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Homenaje a Fogwill


Mis muertos punk – Fogwill (1941-2010)
Por: Maximiliano Barrientos

El año pasado, cuando fue invitado a la Feria del Libro de Santiago de Chile, dijo que no entendía a los escritores que se las daban de mártires cuando el bloqueo los visitaba. Para Fogwill todo era más sencillo. Dijo que si ese era el caso, les recomendaba que buscaran una página porno en Internet y que aguardaran hasta que la inspiración volviera. Fogwill tenía montones de frases ácidas que corroía al mundillo literario y que eran la comidilla diaria de los medios. Su inteligencia era aguda y por ratos “alienígena”, como pertinentemente la calificó la cronista Leila Guerriero. En la mayoría de las fotos que le tomaron y que ahora saturan distintos sitios de la red aparece con los ojos desorbitados, en pose de combate. Fogwill era una marca registrada. Igual que Hemingway, tardó años en construir su propia leyenda, el personaje desde donde escribía.

Toda esa lucidez despiadada no serviría de nada si no estuviera abalada por una obra contundente. La inteligencia no es el principal don de un narrador. Hay muchos otros que se precisan con más valía. Una inteligencia feroz, desbocada, puede ser perjudicial si es que enturbia la sensibilidad y la respiración de la prosa. No es el caso del Fogwill, quizás porque esa inteligencia “alienígena” tenía poco que ver con lo académico y sí mucho con lo vital, con la posibilidad de mirar en zonas oscuras. Su inteligencia, en otras palabras, tenía que ver con el riesgo, con la valentía. Fogwill escribía este tipo de cosas: “Yo creo con fervor, y me atrevería a demostrarlo, que toda muerte es una precipitación acumulada de la vejez. La bala que una madrugada de octubre de 1952 sesgó la vida de un puntero maosita en el barrio de Banfield, era una carga de vejez que atravesó su piel haciendo que todo el tiempo del universo se le metiera adentro” (Sobre el arte de la novela).

Ninguna de sus novelas llegó a romperme la cabeza. Todas tienen momentos prodigiosos pero aparecen exabruptos que terminan descolocándome (especialmente cuando juega con la metaficción, como es el caso de La experiencia sensible). No ocurre eso con las narraciones de corto aliento. Ahí Fogwill es tremendo, insuperable. La maquinaria de sus cuentos corre a mil por hora, la prosa es filosa y no da respiro. Pienso en Help a él, La larga risa de todos estos años, Música, Muchacha Punk, Sobre el arte de la novela, Japonés. Son mis favoritos junto a la nouvelle que escribió en los años 80 a punta de cocaína y que radiografió la intimidad de un grupo de soldaditos argentinos que vivía como topos en plena guerra de Las Malvinas: Los Pichiciegos.

Una escritura que carece de ritmo es una escritura anémica que no sobrevivirá aun cuando la historia sea interesante y los personajes conmovedores. El ritmo va primero, es el latido secreto, luego viene lo otro: la arquitectura de los textos. Fogwill es básicamente una música constante, incisiva. Ese quizás sea su principal atributo y en algunos casos su defecto más visible. Toda su obra está montada en un mismo tono hipnótico que golpea directo en la mandíbula. Como muestra, un fragmento de Los Pichiciegos:

“Sobraba el tiempo entre los turnos de cavar. Cavaban de mañana, para que el viento tapase el ruido de las rocas. Hablaban:
—¿Qué querrías vos?
—Culear.
—Dormir.
—Bañarme.
—Estar en casa.
—Dormir en cama blanca, limpio.
—Culear.
—Comer bien… ¡Te imaginás un asadito!
—Ver a mis viejos.
No lo podían creer. Verificaron:
—¿A tus viejos?
—Sí, y culear y bañarme—dijo el de los viejos, seguro que para no pasar vergüenza.
—¿Vos, Tano?
—Dormir en cama limpia.
—¿Y vos?
—Yo estar bien lejos, con calor.

En el calor todos estuvieron de acuerdo. Uno dijo:

—Culear y ser brasilero.
—Qué: ¿negro?
—Cualquier cosa. ¡Pero brasilero!”

Su muerte, ocasionada por un enfisema pulmonar, sorprendió a todos. Tenía 69 años y hacía sólo unas semanas estuvo en Montevideo participando en un congreso literario organizado por la revista Eñe donde despotricó, entre otras cosas, contra los narradores españoles a quienes calificó de mediocres. El único que se salvó, con justicia, fue Manuel Vilas. Desde 2007 la editorial Periférica reeditó con gran éxito sus libros en España. Apareció en excelentes ediciones Un guión para Artkino, Los Pichiciegos y Help a él. Siempre es extraño escribir sobre un escritor que acaba de morir porque se tiene la impresión —que puede ser puramente ilusoria—de que se lo ha conocido a fondo, como si fuera un amigo. Fogwill seguramente era un tipo difícil, pero los que lo conocieron aseguran que era dadivoso. Ayudó a autores jóvenes que consideraba talentosos facilitando la publicación de sus textos. El sábado pasado fue un día triste para muchos. Para otros, sus enemigos, significó el fin de esa vocecita que siempre estaba echando luz sobre sus puntos blandos. Escucho una y otra vez Nebraska de Bruce Springsteen mientras escribo esto. Es un disco tenue, de climas oscuros, ideal para decirle adiós y para salir a la calle y perderse en el ruido.

Fuente: Ecdótica

Vidas imaginarias


Herencias en Bolaño
Por: Christian J. Kanahuaty

Debo reconocer que desde que vi la película Roma de Adolfo Aristarain estuve pendiente de la aparición, en librerías o en puestos de libros de segunda mano, del libro Vidas imaginarias de Marcel Schwob, libros casi de culto, y que no encontré hasta hace una semana.

El libro llegó a mis manos, de nuevo, gracias a Don Jaime Nistauz; lo visité en su puesto de libros y volvimos a conversar de nuestros escritos, hablamos de nuestros amigos y recordamos pasajes de libros que nos habían gustado, él como siempre tratando de que yo leyera más policiales y yo sin saber explicarle con certeza qué tipo de libros eran los que me gustaban, porque decirle que las novelas intimistas o las de aventuras o las del tipo de novelas que escriben Fadanelli, Volpi, Auster, Barrico, Tabucchi, Tolstoi, Echenique, Fresán, etc. me parecía que era lo mismo que guardar silencio.

Así que le pregunté si tenía novedades, buscó y me pasó como unos cuatro libros pero se dio cuenta que no hacían eco en mí, así que me dijo que tenía Vidas imaginarias, casi salto porque siempre que lo visito le pregunto si tiene ese libro, aunque está última vez pregunté primero por la Montaña mágica sin duda persuadido por Mann luego de haber leído ese fantástico libro La novela de una novela; pero en fin, la cuestión es que buscó un poco entre sus libros y revistas y ahí estaba, primera edición en lengua española, editorial Seix Barral de España. Entonces lo compré.

Y aquí es a dónde quería llegar. Ese libro fue leído y alabado por personas como Jorge Luis Borges, Bioy Cásares y Alfonso Reyes. Y todos ellos escribieron libros que trajeron resonancias de ese extraño e imaginativo volumen, pero, fue casi en la mitad del libro que me di cuenta que Bolaño también lo había utilizado como caja de herramientas en Entre paréntesis. Bolaño cita a Schwob sólo para decirnos que Borges, Reyes y otros más son herederos de él, y quizás también, sin quererlo, también lo es el primer libro de cuentos de Rodrigo Fresán Historia argentina, pero él mismo Bolaño evita decir que Literatura nazi en América, su tercer libro, es una nueva puesta en escena de lo que planteó Schwob en su libro.

Ya hemos dicho muchas veces que Bolaño era más que un escritor, un lector y que ahí radicaba su fuerza y su aparente y sutil valentía. El valor de Bolaño no estaba en ir a Chile –por accidente- antes del golpe del 73, ni estaba en ser guardaparques, ni en vender lencería y bisutería, no, sí un poco estaba fundada en el hecho de haber quemado sus naves innumerables veces en busca del amor o del libro proyectado. Pero me parece que el verdadero valor de Bolaño y su valentía está en poner en duda el valor de la literatura desde la literatura en cada una de sus novelas y en particular con La literatura nazi en América. Que como decíamos tiene un fuerte eco de Schwob; un eco que lo hace poner en escena historias de personas inexistentes que estuvieron ligadas al mundo del arte durante buena parte de la mitad del siglo XX y más precisamente durante todo el advenimiento del nazismo en Europa y en América, tanto es así que algunos de los personajes retratados por Bolaño guardan entre sus más íntimos tesoros fotos con Adolfo Hitler.

Es un libro extraño, sin duda, pero más extraño aún es no haber reparado mucho en él, sí, en Bolaño se cumple la sentencia que dice que fue de menor a mayor y que cada libro suyo fue mejor que el anterior, pero habría que investigar en la obra de Bolaño para encontrar todos los juegos y guiños metaliterarios que establece y que encubre, la literatura con él siempre estará en entredicho, siempre se la criticará y siempre se la reactualizará y por ello Bolaño es un autor nuevo que parece ser de otro tiempo.

Bolaño puede no decirte que la fórmula para narrar la aprendió de tal o cual escritor, pero te lo muestra en el texto, en el verdadero lugar en que se hace literatura: dentro de un libro. Como hemos podido leer en sus entrevistas Bolaño no sólo era un polemista sino que se empecinaba en dar la contraria, y eran, ahora que lo pienso, defensas de un escritor que aún no se sentía por completo seguro de lo que había hecho, porque no era de los que creen en los halagos, era más bien de los que creen en lo desafortunado que es ser escritor en estas tierras. Y es por ello, que el 2666 al ser leído en clave “historia de la literatura” termina siendo un buen expediente de lo que la literatura en palabras grandes muestra y esconde en sus líneas mayores. Y también es por eso que se encargaba de dar listados de autores antes que “consejos sobre el arte de escribir cuentos”; a Bolaño, como a cualquiera de nosotros, le gustaba que lo lean, no que le pregunten ¿Cómo funciona la literatura y cómo se hace para escribir un buen cuento y en qué medida sus novelas son autobiográficas? No, esas preguntas a Bolaño le despertaban ideas más que respuestas, pero eran ideas que se trabajaban en el tiempo. No en la entrevista efímera, sino en el libro perdurable.

Por ello las reactualizaciones, los intertextos, la metaliteratura, la literatura por la literatura desde la literatura y para la literatura. Y ahí como Schwob la literatura es el momento, más que el lugar, de decir lo que no se dijo antes y de reír aunque no se tengas ganas de reír y sobre todo, de volver hacia el pasado cuando todo en el mundo te obliga para ir hacia adelante.

Fuente: Ecdótica

Música para rinocerontes


Los rinocerontes de Terranova
Por: Wilmer Urrelo Zárate

Debo confesar que me gustan los libros raros. Los inclasificables. Me refiero a aquellos que ya la gente pasó al olvido y no los recuerda ni por si acaso. Esos libros que fueron creación de personas ya descartadas por el tiempo y por la literatura llamada «seria». (Eça de Queiroz nos vemos en el cielo). ¿Las razones? No las sé. Puede ser por la esperanza de hallar una gran sorpresa o bien un enorme desencanto. Ya lo dije: lo raro me gusta. Me atrae sin contemplaciones.

Algo así me pasó con Música para rinocerontes (Editorial El Cuervo, 2010) de Juan Terranova. El autor es argentino, nacido en 1975, porteño (pero buena gente, me dijeron). Tiene ya en su carrera un buen número de títulos, sobre todo novelas, aunque también le dio por el lado de la poesía y la crónica. Sin embargo, acá en Bolivia lo empezamos a conocer por estos ¿relatos?, ¿cuentitos?, ¿principios de ensayo?

Ahí, en esas incógnitas, está parte de la fuerza de Música para rinocerontes. Se trata de una serie de doce «historias» a secas que componen este libro. Títulos, de inicio, estrambóticos y por lo tanto desconcertantes: «Una remera con la cara de Stalin», «¿Dónde están los delfines?», «Hombres que saltan en jaulas de animales salvajes». Casi todas estas «historias» tienen como trasfondo a la melancolía, a la gente sola, dos temas que, dicho sea de paso, empiezan a ponerse no sé si de moda, pero sí de «estoy a la orden para lo que usted guste, señor» en aquellos escritores menores de cincuenta años.

Lo bueno es que ambos aspectos están presentes con lucidez en las «historias» de Terranova. Muchas de ellas tienen que ver con lo cotidiano, también, con la vida periodística (y una frase, ojo, lapidaria y premonitoria para todo aquel que desee dedicarse a los medios de comunicación: «Se lo veía feliz de haber dejado el periodismo») o bien con aquellas películas que de niños entusiasmaron tanto a los que ya somos peligrosamente treintañeros: «El planeta de los simios», por ejemplo, de lejos la mejor «historia» de este libro.

Se refiere, por su puesto, a esa obra maestra que fue la primera versión del film (la más contemporánea es mejor olvidarla). Fue gratificante cómo gracias a esta «historia» pude recordar parte de mi niñez olvidada: yo quería convertirme, y ya mismo, en un simio al terminar de ver por primera vez la peli en cuestión; aunque lo malo del efecto Terranova es que me di cuenta ahora, con tristeza y resignación, una veintena de años después, que lo logré.

Y también está aquella imagen del final del largometraje que vuelve siempre a mi mente cuando pasan esas irritantes imágenes turísticas de EE. UU. (¿la fantasía erótica de Bin Laden y de los movimientos sociales?); obvio, me refiero a la Estatua de la Libertad hundida en el mar, derrotada, casi inexistente, un símbolo de que no todo es eterno. Y Terranova rescata esa clave en su esencia, no sólo a lo largo de esta «historia», sino, sobre todo, por una frase que me dejó helado: «…El planeta de los simios es una contradicción del peronismo».

Por suerte, el libro vale la pena ser leído también por Fuego chino, La máquina idiota y Pornopunk.

De manera que lo irresistible reside, pues, en lo desconcertante del argumento de cada pequeña «historia». No me refiero al efecto sorpresa que ya todos conocemos sino al hecho de preguntarte de pronto en medio de la lectura lo siguiente: «¿cómo no se me ocurrió que podía escribirse de esto antes?». En fin, son «historias» que se las disfruta por su rapidez, aunque ante todo por descolocarnos en medio de una realidad que cada día que pasa se parece más a un cuartel militar.
Eso sí, no entendí (una banalidad, ya lo sé) por qué llamarla Música para rinocerontes. ¿Valdrá la pena averiguarlo? Si se puede ojalá alguien me saque de la duda.

Fuente: Ecdótica

Entrevista a David Mondacca


David Mondacca presenta El santo del cuerno
Foto: Fernando Cuellar

El actor presenta su libro con una puesta en escena este sábado. La obra, con 24 historias de los “lustras”, le valió el premio Adolfo Costa Du Rels.

Convivió cinco días con los lustrabotas paceños, vestido como ellos, con pasamontañas y cargando su cajita de madera. Una de las conclusiones del actor David Mondacca es que muchos de estos personajes, tan ch’ukutas, pasan inadvertidos para el resto de la gente.

“Cuando alguien se te acerca ni siquiera te mira a los ojos ni contesta al saludo, y cuando eres viejo es peor, mucha gente ni siquiera se te acerca por miedo”. Fue esta situación de desamparo lo que le motivó a escribir El Santo del cuerno, obra ganadora del concurso de dramaturgia Adolfo Costa Du Rels.

—Mañana a las nueve de la noche presenta El Santo del Cuerno

—Sí, es la primera vez que lanzo el libro y lo hago en la XV Feria del Libro de La Paz. La obra fue presentada en mayo.

—¿Será una presentación teatralizada?

— Para esta oportunidad voy a presentar mi obra con una actuación. Es una historia unipersonal de un lustrabotas viejo, en la que el hombre ya ha perdido habilidad en las manos y nadie quiere acercarse a él. En la puesta en escena participan mis alumnos de la Universidad Católica Boliviana.

—¿De qué trata la obra?

—Es una exaltación del oficio del “lustra” en las ciudades de La Paz y El Alto, ésta es la idea que engloba el texto y a través de este pretexto me metí en la vida de los “lustritas”. Cuento 24 historias.

—¿Cómo logró escribir de los “lustras”?

—En realidad tuve que adentrarme con ellos por cinco días y convivir, es grave estar enmascarado y llegar a ser invisible.

—¿En qué editorial se imprimió?

—En la Editorial Nuevo Milenio, el costo del libro será de 40 bolivianos y estará disponible en Martínez Achinni.

Fuente: La Prensa

Reseña a La maquinaria de los secretos de Homero Carvalho


Los entresijos del control secreto en la novela de Homero Carvalho
Por: Haydee Nilda Vargas Guerrero

La maquinaria de los secretos es una novela que devela los oscuros entresijos del servicio secreto en Bolivia, cuyos personajes reales son entrenados en EE.UU, en Cuba o Venezuela, según la tendencia ideológica del gobierno de turno.

Homero Carvalho nos presenta varias piezas de esa poderosa maquinaria, moldeadas cada una de ellas según las necesidades y requerimientos de “La consultora”, disfraz de un organismo misterioso: María de las Mercedes, “espía de escritorio” con conocimientos de los clásicos de la literatura; Leandro, especialista en crear ambientes y trabajar encubierto; Kevin, el más joven, especialista en pandillas y universitarios. Zacarías, apodado el palabrero, es analista del lenguaje; capaz de descifrar el origen, procedencia, estamento, profesión e ideología con sólo escuchar o leer un escrito de éste.

A medida que vamos conociendo a Zacarías, lo admiramos. Con el progreso de la narración vacilamos entre la sorpresa y el temor; aunque luego nos inclinamos por el respeto a su estatus profesional. Hábil en su oficio, autor subrepticio de actitudes, comportamientos y decires de políticos en ejercicio cree que la investigación puede ser efectiva sin apelar a la tortura física, y, a pocos días de jubilarse, decide filtrar información sobre procedimientos que atentan contra los derechos humanos de los individuos. Entonces nos preguntamos si Zacarías representa la zona iluminada de la institución o quizás la soledad y el peso de los años ha minado su fortaleza y lo convierten en traidor.

De un tiempo a esta parte resulta difícil clasificar la producción literaria de los escritores, ya no están regidos por los cánones clásicos, ahora oscilan entre la novela, la crónica periodística y el ensayo, el mismo Carvalho dijo que “hay gente que después de leerla piensa que es una novela ensayo. Otros, que nunca se había escrito una novela tan cruda; en fin, la novela es lo que es”. De lo que estamos seguros es de que su “novela” ficciona la horrorosa realidad creada por un fantasma todopoderoso y gana cada vez más lectores ante la evidencia de lo insólito. La maquinaria de los secretos es un híbrido literario que responde a las exigencias del lector de nuestro tiempo.

La novela abre las ventanas de un lugar insospechado, presente pero oculto a los ojos de habitantes ingenuos que nunca llegan a conocer totalmente al monstruo que mueve los tentáculos con miles de ojos, capaz de introducirse hasta en el personalísimo espacio de la voluntad de los individuos.

El autor alude con brochazos maestros a la historia reciente de golpes de Estado y accionar político, cuestiona métodos y técnica utilizados en el control político. Político sí, porque no se dirige a cumplimentar la seguridad del colectivo ciudadano, sino a consolidar la estructura de poder de los gobernantes, aunque la población crea lo contrario y, desesperada, exija persecución a delincuentes, soluciones inmediatas a la inseguridad, sumando legalidad a quienes reman en la ilegalidad.

Fuente: Ecdótica



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