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Una nota exclusiva de ecdotica sobre Presidencia sitiada de Carlos Mesa

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“Presidencia sitiada” de Carlos D. Mesa Gisbert
Por: Bartolomé Leal, mayo 2008

(Les presentamos un ensayo inétido sobre Presidencia sitiada de Carlos Mesa escrita por Bartolomé Leal)
El libro de Carlos Mesa es efectivamente un pergeño atípico, distinto (de tal fama venía precedido). Se trata de un testimonio personal, racional y emocional a la vez, aunque esencialmente narrativo, acerca de su tránsito, azaroso, breve y controvertido, por la presidencia de Bolivia. No constituye por lo tanto un informe técnico ni una reivindicación política. Surge más bien como una suerte de ajuste de cuentas, un híbrido entre la remembranza íntima, la autobiografía idealizada, la crónica periodística y el ensayo moral-existencial. Si hay algún símil, sólo me vienen a la mente las memorias de Mitre y Sarmiento en Argentina, por su fuste literario; o los escritos de algunos conquistadores letrados, como Hernán Cortés y Pedro de Valdivia. Sólo que éstos se dirigían sobre todo al rey de España; y Carlos Mesa, ¿a quién?, ¿a su país?
Plantea Carlos Mesa en las páginas iniciales (e insiste a lo largo de todo el texto) que no pretendía ser presidente (y tampoco vicepresidente). En un capítulo compara su ingreso al gobierno con una entrada al infierno; aunque en el capítulo siguiente confiesa, con un lenguaje próximo al erotismo, la atracción que siente por el llamado (y la proximidad) del poder. Poder que le ponen delante, en bandeja, y que no capta que lo va a conducir derecho al desastre. Al respecto, Carlos Mesa ha desnudado como pocos esa pasión por lograr el dominio de las masas, esa irracionalidad, ese llamado de sirena, tan diferente del enfrentamiento con las cámaras o con la página en blanco.
Admirables y minuciosas son sus descripciones, preferibles a las de los novelistas me atrevería a afirmar, de los asedios y ataques al palacio de gobierno. Hay bastante más y bien colorido: la irrupción de la brujería; la maldición de los políticos (una dictadura en envoltura democrática); la historia viva de sus actores; los retratos certeros aunque incompletos de la gente que lo rodeó; la actitud diabólicamente oportunista de la iglesia católica; la desvinculación del protagonista con una dinámica popular que crecería hasta desembocar en Evo Morales y sus huestes; el empleo de una retórica a menudo insulsa (la pretensión de profundidad de un animador de televisión).
No teme revelar que desdeñó la visión de conjunto que debe tener un presidente, y manifiesta (él, un comunicador tan avezado), que no ponderó el peso de los medios de comunicación. Su negativa a formar un partido político para aprovechar su innegable popularidad, la reconoce como error profundo, el derroche de un capital único. Entre líneas se descifra su recóndito mesianismo (voluntad de cumplir una misión superior), su tendencia reducir controversias a temperamentos personales (la relación con Ricardo Lagos). En algunos casos, Carlos Mesa se revela como un pensador de aguda lucidez, y en otras como un naïf un tanto estrambótico. De allí que difícilmente su texto pueda considerarse una plataforma para el futuro, como suelen ser las memorias de los políticos.
Como narrador se revela hábil aunque desequilibrado, a veces destila bronca profunda contra algunos personajes y derrama cariño hacia otros (aunque siempre medido). En esto se muestra tosco a ratos, incluso con miembros de su familia. Uno llega a pensar que se trata de una persona incapaz de amar a nadie, excepto a sí mismo y en grado superlativo. Se revela como un convencido de ser un mago de la palabra, creyendo que le basta con explicar algo a la gente para que se le entienda y se le crea; por ejemplo, respecto al Referéndum sobre el gas. Algo similar le sucede con Ricardo Lagos: le explicará el problema del mar y el otro aceptará su visión, tal un Leviatán dominado. La faz de Carlos Mesa, casi siempre sonriente en las fotos, luce enigmática: ¿Está contento consigo mismo? ¿Nervioso o preocupado? ¿Es un rictus de dolor o una forma de seducir? ¿Sabe que está jugando con fuego y por eso ríe?
A pesar de que afirma varias veces que no se trata de un reporte de su gestión, ocupa un capítulo entero para dar hechos y datos sobre ello. No soslaya, y eso es relevante, la dimensión de lucha de clases: cómo se canalizan las reacciones empresariales a través de los partidos tradicionales. La verba elocuente que despliega es a menudo su peor enemigo. Reconoce como característica suya el distanciamiento propio del historiador, lo cual es una desventaja en política. El mismo contribuyó a crear a Evo Morales, aunque le echa la culpa a la embajada de USA. No se le puede negar al autor su conocimiento profundo de Bolivia, de la historia a la cultura, de la geografía a la etnología, de la economía doméstica a la macroeconomía, de la naturaleza a la infraestructura…
Espléndidos los párrafos dedicados a Gonzalo Sánchez de Losada y sobre todo a Evo Morales, la bête noir de Carlos Mesa, su obsesión, su Behemoth, su doble; débiles a menudo los textos dedicados a otras personalidades o mandatarios. Interesantes sus reflexiones sobre la relación entre Bolivia y Perú. Varias veces menciona que se equivocó a sabiendas, contra la opinión de sus asesores y colaboradores. El video que acompaña al libro es expresivo en este aspecto: sugiere el colosal error de cálculo que significó para el país no visualizar que el petróleo llegaría a 125 dólares por barril, lo cual habría eventualmente hecho rentable la salida por Perú del gas natural hacia México y USA.
Finalmente, la jugada que le hace a Hormando Vaca Diez para impedir que sea presidente, es digna de la Commedia dell’Arte. Creo que a Carlos Mesa le rebrotó el crítico de cine en esta taimada maniobra, donde aparecen las fuerzas armadas “convenciendo” a Hormando Vaca Diez de no insistir en su derecho a la sucesión; luego, quedándose éste en el cargo, sabiendo que constitucionalmente debía irse. Eduardo Rodríguez, en tanto, se mantiene hierático como una estatua. Un asesor del presidente deambula extraviado por Sucre. Todos aparecen bailando en el borde del abismo, al ritmo de Carlos Mesa. ¿Cuál fue la venganza del señor Vaca? Negarle la jubilación de ex-presidente y cooptar al nuevo presidente interino, que hace la vista gorda ante tamañas violaciones de la legalidad. Un final de opereta.
Creo que lo que uno puede retener de este notable fresco existencial, de este brillante strip-tease verbal en ropaje literario, es el espejismo que el libro de Carlos Mesa revela (¿émulo de Ziz?): un personaje volátil que creyó (y sigue creyendo, mientras redacta su libro o perora frente a la cámara) que instalaba un pilar sólido en la sociedad boliviana; pero que en los hechos fue, tan solo, un tembloroso paréntesis. La verdadera historia comenzaría después de él. Y muchas cosas volverían a repetirse, que lo diga don Evo: los hombres van y vienen, pero el caos permanece, glosando al Eclesiastés.
Fuente: www.ecdotica.com

Marcelo Araúz, un cultor cultural boliviano de lujo

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Nombre y apellido: Marcelo Araúz
Por: Lupe Cajias

A pesar del frío, a pesar del viento, muchos nos juntamos aquel atardecer para escuchar los tonos de la música barroca que desplegarían en la iglesia paceña un trío inglés y un coro conformado por muchachas y muchachas provenientes de todo el país. Jóvenes que nos dan su energía entre avemarías y coplas enamoradas.
Desde otro punto del mundo, un estudiante boliviano comenta emocionado porque escuchó a los chicos de San Ignacio de Moxos en elegante templo de Barcelona. “Fui casi obligado, pensando que iba a ser aburrido, que la gente iría por obligación diplomática, que encontraría actitudes paternalistas de los primermundistas con los indígenas. Pronto me di cuenta que estaba equivocado, aplaudía de pie, entusiasmado.”
Decenas de testimonios de los espectadores que llegaron alguna vez al concierto de los chicos de Urubichá, de los del Plan Tres Mil. Al inicio todos tratan de esconder las lágrimas, los sollozos, hasta que se dan cuenta que la emoción es colectiva. Es música sublime que lleva al llanto, que toca lo más profundo de nuestra sensibilidad.
Pocas veces pensamos que detrás de ese privilegio, de esa oportunidad de ser absolutamente humano hecho por mano divina, hay un esfuerzo de personas, de instituciones, de seres que apuestan por la belleza a pesar de todo el ambiente complicado.
Y entre esa opción sobresale sobre todo un hombre, un cruceño, que tiene nombre y apellido: Marcelo Araúz.
El Festival de Música Barroca en los pueblos chiquitanos es cada vez más amplio. Pudimos escuchar a un grupo en la parroquia franciscana de Tarija, otros llegaron hasta San Pedro, hasta Obrajes, en La Paz.
En Santa Cruz, por esos días, el tema dominante era la votación del 4 de mayo. Para Marcelo y la gente de APAC era el festival. Lo realizaron sin dejarse vencer por los augurios de sangre y enfrentamiento.
Como muchos asuntos fueron distorsionados en aquellas fechas, algunos periodistas europeos llegaron a cubrir la nota política imaginando que encontrarían un pre Kosovo, un escenario con gente armada y violenta. Incluso algunas agencias enviaron a más de 10 periodistas, fotógrafos pensando en que la información trágica siempre vende primera plana.
Se encontraron con un ambiente diferente y uno decía, “había incluso un festival y ese mismo domingo la gente fue a escuchar música virreinal”.
También Marcelo ayuda a que veamos buen teatro, boliviano, latinoamericano, europeo.
Antes cooperó para las bibliotecas en todos los barrios; para que se desarrollen festivales de música oriental. A saltos entre su natal Santa Cruz y su amada La Paz, dedicó su trabajo, sus recursos, su creatividad a que más bolivianos gocen de la cultura.
Convencidos, desde la Fundación Cajías cogestionamos el premio Príncipe Klaus del Reino de los Países Bajos a semejante trayectoria.
Muchos otros reconocimientos se han sumado, incluso el Cóndor de los Andes. Ahora, el Concejo Municipal de su ciudad lo eligió como el cruceño más notable. Una nueva medalla para este soldado de la paz.
Nos sumamos a los aplausos felices que desde pueblos, naciones y reinos envían parabienes a Marcelo Araúz. Gente con su decoro explica la maravilla que es Bolivia.
Fuente: www.lostiempos.com

He aquí la ciudad

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Estambul
Por: Pedro Shimose

Estoy en Estambul, junto a mis traductores y colegas turcos, en pleno Festival Internacional de Poesía. El narrador Orhan Pamuk (Premio Nobel de Literatura 2006) nació aquí y a él le debo, como lector, una experiencia intelectual gratificante. Su libro de memorias titulado Estambul. Ciudad y recuerdos (2003) me hizo comprender mejor la ‘intrahistoria’ de esta ciudad compleja y bella. Con prosa realista y agudas reflexiones, Pamuk nos explica su ciudad y rectifica, amablemente, los tópicos difundidos en Occidente por Lamartine, Gautier, Nerval, Flaubert, Loti y Mark Twain –en el siglo XIX– y por Knut Hamsun, André Gide y Joseph Brodsky –en el siglo XX– acerca de Estambul y sus palacios, sus harenes, derviches y cementerios.
Hace ocho años visité Estambul y me encantó, pues pude cotejar la ciudad de mis sueños de adolescente con una ciudad poliédrica, pujante y cosmopolita, de la cual quedas prendado. Mi interés por Estambul nace en la literatura y el cine. En las escuelas de Riberalta de los años 40, se nos hacía recitar poemas, de los cuales sólo memorizábamos el ritmo y la música de los versos. Uno de esos poemas era Canción del pirata, de José de Espronceda, aquél que dice, en su segunda estrofa: “Asia a un lado, al otro Europa, / y allá a su frente Stambul”. (Espronceda escribe con ‘S’ inicial lo que hoy escribimos Estambul).
El nombre de esta ciudad creció en mí al proyectarse en los cines de mi pueblo la película Estambul (dir. Norman Foster, 1942), interpretada por Joseph Cotten, Orson Welles y Dolores del Río. La verdad sea dicha, los riberalteños íbamos a deleitarnos con la belleza de la estrella mexicana (nuestra Greta Garbo), cuyo nombre real era Dolores Asúnsolo Martínez. La II Guerra Mundial había producido una serie de películas de espionaje cuya acción transcurría en ciudades exóticas como Casablanca, El Cairo y Estambul. Años después vería, ya en La Paz, dos películas que acentuaron mi interés por esta ciudad: Estambul 65 (dir. Antonio Isasi, 1965), con Horst Buchholz, Silva Koscina y Klaus Kinsky, y Topkapi (dir. Jules Dassin, 1965), con Melina Mercouri, Maximilian Schell, Peter Ustinov y Robert Morley.
A estas alturas de mi vida, yo había profundizado mis conocimientos históricos y jurídicos en la UMSA. Autores como Arnold Toynbee y Theodor Mommsen me indujeron a indagar por qué era importante esta ciudad nacida durante la hegemonía griega en el Mediterráneo (s. VII a.C.), refundada bajo el imperio romano bizantino con el nombre de Constantinopla (s. IV) y rebautizada por el imperio otomano (s. V) con el nombre de Estambul (Ístanbul, en turco). Según la leyenda, Istanbul deriva de la expresión griega ‘eis tan polis’, que quiere decir: “He aquí la ciudad”.
Bizancio fue una referencia literaria para los modernistas hispanoamericanos. Rubén Darío, Enrique Gómez Carrillo, Vargas Vila, Herrera y Reissig, Amado Nervo y Gregorio Reynolds la evocaron asociándola con el lujo, la decadencia y la voluptuosidad. Ecos de esa melodía modernista resuenan en algunos versos de Lezama Lima y Gastón Baquero. Y así, hasta que viene Orhan Pamuk a situarnos en la Estambul de hoy mismo, ‘su’ Estambul vivida y sufrida con cierto deje de altiva melancolía, ya anunciado en una frase del periodista Ahmed Rasim que Pamuk cita como epígrafe inicial de su libro sobre Estambul: “La belleza del paisaje está en su amargura”.
En 1965 cité al poeta Veli Vanik en una crónica sobre Marcelo Quiroga Santa Cruz que, por entonces, no había incursionado en la política. Después, otros notables poetas turcos llamaron mi atención: Nazim Hikmet, Ilhen Berk (eterno candidato al Premio Nobel), Adnan Ozer y Tugrull Tanyol. Turquía es, en sus raíces más profundas, parte importante de Occidente, esa cultura que reivindica Pamuk, sin negar el pasado otomano con sus grandezas y miserias y su joven tradición republicana. En tierras hoy turcas se codificó el Derecho romano, se fundó el mito de la guerra de Troya, fructificó la filosofía presocrática, floreció el arte bizantino y aquí nació, en la ciudad de Tarso, el apóstol San Pablo, lo cual no es poca cosa. // Estambul, 16/05/2008.
Fuente: www.eldeber.com.bo

Sobre el Señor de Eldorado de Alcides Parejas

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La “osadía” de Alcides Parejas Moreno
Por: Miguel E. Gómez Balboa

Extremadura, España… Un mito, un soñador, una aventura… El Nuevo Mundo… Cartagena de Indias, Libertad… Lima, Cusco… Santa Cruz de la Sierra… Eldorado… El mito vuelve a la palestra literaria de la tinta del renombrado historiador cruceño Alcides Parejas Moreno en su primera novela, El Señor de Eldorado. Una travesía que permite al lector emprender un periplo imaginario por la España y el suelo altoperuano del siglo XVI, y conocer algunos personajes que marcaron la historia de la conquista española en el Nuevo Mundo y la fundación de Santa Cruz de la Sierra. Parejas habla en esta entrevista de su incursión en el género de la novela, a lo que califica como una “osadía”.
—¿La publicación de esta novela era algo que tenía pendiente, una deuda consigo mismo?
—Yo creo que sí. Siempre he tenido una especial atracción por la literatura, por la novela y el cuento: desde muy chico mi padre me introdujo en el cuento, primero, y en la novela, después. Siempre he estado detrás de eso. Y he tenido la suerte de leer en la universidad a los que considero maestros de la lengua española, especialmente a Sorín, el hombre de las frases cortas y redondas. Entonces, era una deuda conmigo mismo, y a mis 63 años me lancé a escribir una novela.
Además que era algo que tenía muy dentro: mostrar dos cosas. Primero, que uno de los móviles de la conquista española fueron los mitos, aquellos clásicos que manejaba el hombre de principios del siglo XVI, que venían de esa extraña mezcla de hombre del medioevo y hombre del renacimiento, de esos hombres que entraron en la Edad Media con ideas y soluciones modernas a problemas que se les plantearon; y uno de los que me atrajeron más fue el mito de Eldorado, en todas sus versiones, un mito enormemente bello en sí mismo y, por otro lado, es tal vez el único que está presente en toda América, un mito que salta y que termina curiosamente en el oriente boliviano.
Y segundo, el hecho del descubrimiento y la conquista igual me pareció una epopeya interesante y fascinante. Mezclé esos dos elementos y me atreví a incursionar en la novela.
—Juan de la Rosa y Cuevas, ¿cuánto de ficción y realidad hay en este personaje?
—Con base en unos hechos históricos sobre la conquista y el descubrimiento de América, creo en realidad dos personajes ficticios: uno del siglo XVI y el descendiente de éste en el siglo XX. Este último busca al otro personaje, trata de sacarlo del olvido y se mueve a través de esa búsqueda. Juan de la Rosa y Cuevas es un extremeño, nacido en Almendro, un pueblo que existe. La historia cuenta todo el proceso de este hombre que desde muy pequeño es inducido por el párroco en la idea de América y renuncia a la cruzada europea por la cruzada indiana. Entonces, yo le hago saltar a Sevilla, a América, y de un lado a otro hasta encontrarse con personajes importantes que son los que le van a redondear la existencia y le van a resolver su búsqueda de Eldorado.
—¿Cuánto tiempo le llevó hilvanar la trama y los personajes?
—El proceso ha sido de entre 10 y 12 meses, y fue muy divertido porque ha sido casi un asunto familiar. Tengo dos hijos y una mujer historiadores, y cuando mi hijo Felipe, el número cinco de mis hijos, me desafió a que escribiera una novela, desde el primer momento don Juan de la Rosa y Cuevas se convirtió en un miembro más de la familia. En todas las reuniones familiares lo conversábamos. Este personaje se convirtió en parte de la cotidianidad familiar; les iba contando a mi esposa e hijos lo que mi personaje iba haciendo, a veces a pesar mío, y ellos me ayudaron a construirlo. Entonces, ésa fue una de las partes más bonitas de este proceso.
—O sea, es propiedad de la familia Parejas…
—(Risas) casi, casi…
—¿El hecho de ser historiador le facilitó la labor a la hora de hilvanar esta novela?
—No es tan fácil. La investigación histórica te ciñe a unos documentos, o sea, hay que cuestionar al documento; aunque no puedes forzar a éste, no puedes crear ni inventar una realidad. El historiador no es un creador, sino un científico que trabaja con documentos. En cambio, el novelista es un hombre que es capaz de crear, y ésa es la maravilla y ahora la sentí. El hecho de la creación realmente es algo que te mueve, algo que te hace decir: ¡Qué maravilla es el ser humano y qué maravilla es el lenguaje!, y la lengua española, sin lugar a dudas, es una maravilla. Entonces, no es fácil pero es enormemente gratificante.
Aparte, son pocos los historiadores que han incursionado en la novela. Aquí hubo dos casos: el de Enrique Finot, que escribe sus Tierra adentro y Cholo por tarde; la primera, en el fondo, es un retrato de sí mismo, del hombre que vuelve al oriente y es devorado por éste. Y el otro caso es el de Hernando Saravia Fernández y, por lo menos que ahora recuerde, no hay otro que hubiera osado como he osado yo.
—Seguramente que le gustaría repetir esta osadía…
—Me gustaría escribir otras cosas (de ficción) sin lugar a dudas, pero por ahora no hay nada. Tendrá que venir de pronto el tema, y confieso que hay un par que ya me ronda, pero veremos qué pasa. Primero espero que esta novela sea leída, quiero saber qué reacción tiene la gente: si es una novela creíble, que vale la pena, y si vale la pena vendrán las otras cosas.
Vida y obra
Alcides Parejas Moreno nació en Portachuelo, Santa Cruz, en 1944. Doctor en Historia de la Universidad de Sevilla, ha publicado una veintena de libros de investigación histórica y numerosos artículos en revistas nacionales y extranjeras.
Es miembro de Número de la Academia Boliviana de Historia, de la Academia Nacional de Ciencias y de la Academia de Historia Eclesiástica. Miembro de la Sociedad de Estudios Geográficos e Históricos de Santa Cruz y de la Sociedad Boliviana de Historia. Doctor Honoris Causa de la UPSA. Premio Anual de la Cultura de la Fundación Manuel Vicente Ballivián. Premio Gunnar Mendoza de Gestión Cultural.
Fuente: www.laprensa.com.bo

Ensayo sobre Cuando Sara Chura despierte de Juan Pablo Piñeiro de Miguel Esquirol

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Cuando Sara Chura Despierte
Por: Miguel Esquirol Ríos

Sara Chura busca a un detective para que encuentre al cadáver que respira. Esta imposible entidad será la que permitirá que ella despierte.
La novela boliviana, ambientada en la fiesta del Gran Poder escrita por Juan Pablo Piñeiro, muestra una ciudad caótica, una ciudad chola. A medio camino de las culturas indígenas de las influencias de la modernidad.
Otros personajes acompañan al detective en esta búsqueda. Un inventor y su ayudante “puntocom”, un loco que quiere ser presidente, una ciega que puede ver (ver la ciudad entera, ver a los vivos y a los muertos), y un personaje cuya vida se conforma de retazos literarios. Escondido en sus experiencias encontraremos a un Hamlet andino, a un Bartleby paceño, siempre leyendo los clásicos desde la transgresión de la fiesta popular.
Sara Chura es algo más que una mujer, la personificación de la fiesta o los mismos cerros donde se asienta La Paz. Sara Chura se encuentra más debajo, y aún así en todas partes. Ella es el imaginario social de La Paz, o la posibilidad del surgimiento de este imaginario paceño. En medio de la fiesta (espacio que vuelca las relaciones y confunde la verdad), a partir de diversos personajes, o más bien en la transformación animal (liminar) de estos y sobretodo anunciando un cambio social que invertirá todas las relaciones, en esa enumeración escandalosa que es el capítulo El Bolero Triunfal de Sara.
Para Castoriadis el cambio social “implica discontinuidades radicales que no pueden ser explicadas en término de causas deterministas o presentadas como una secuencia de acontecimientos”. Este cambio social al que él se refiere es la llegada de Sara Chura, la secuencia de acontecimientos es irracional e imposible. Y ella misma es el magma significante que se mueve debajo de la ciudad y en todas partes al mismo tiempo.
La primera vez, y quizás la única, que en la novela la vemos corpórea, es una gigantesca mujer de tres metros, totalmente borracha y que no habla con su propia voz sino a través del propio detective. Ella, en ese instante, es únicamente exceso surgido directamente de la imaginación (y la boca) del detective que al usar disfraces es todos los paceños a un tiempo.
El otro enigmático individuo es el muerto que respira. Su historia nos muestra como de estar vivo un día, se encierra en si mismo, pierde todos los sentidos y contactos con el exterior. Se convierte en un ser cerrado en si mismo, una especie de cuerpo sin órganos (según Deleuze) que aunque se va abriendo al exterior, nunca logrará una relación fluida entre el interior y el exterior. De allí el Muerto que respira.
¿Cuál es su importancia para que Sara Chura despierte?. El muerto que respira es lo abyecto por excelencia, (en el sentido de Kristeva). Un día parte de nosotros, pero ahora externo, es alejado de la sociedad y convertido en un obrero, en un productor (aunque nunca de sentidos). No es ni objeto ni sujeto, no está muerto, pero tampoco vivo.
Cuando Sara Chura Despierte, que habla del despertar a la conciencia de lo Paceño a través de su imaginario, pero también al cambio de las estructuras tradicionales, es una compleja obra encerrada en si misma y que es necesaria diferentes herramientas para interpretar. Nosotros, como el detective de mentira, el pajpaku hablador, tenemos que utilizar diferentes pieles teóricas para acercarnos a la obra y presenciar sin encandilarnos a Sara Chura dormida que amenaza en cualquier momento con despertar.
Fuente: www.ecdotica.com

Sobre René Moreno

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Para leer a Gabriel René Moreno, una propuesta de Marcelo Urioste
Por: René Danilo Arze A.

E n 1987, tras defender su doctorado (Ph.D.) en la Universidad de Gainesville, Florida, Marcelo Urioste —insigne poeta, escritor, prematuramente fallecido en Washington en 1994—preparó una versión más depurada de su tesis con el propósito de dar a conocer su contenido en Washington, en una editorial que soñaba crear con el nombre de ´José Martí´. El deseo del poeta no pudo plasmarse por razones económicas. Poco tiempo después sus páginas merecieron la Mención Honrosa de la OEA, que convocó a un concurso internacional en homenaje al sesquicentenario del nacimiento de Gabriel René-Moreno (1834-1908).
La obra permanece inédita y desconocida en su real dimensión, con excepción de unos fascículos publicados por El Deber en 1987 (dato del historiador Gustavo Adolfo Prado).
Por la novedad de su contenido y calidad literaria (prosa poética) sobre temas tan áridos como son los textos del insigne historiador y polígrafo boliviano —cuyo centenario de desaparición se recuerda este año—, nos permitimos recomendar a las autoridades de la Universidad Autónoma Gabriel René-Moreno la publicación y divulgación en el presente 2008 de esta invalorable tesis inédita.
Fragmento de la obra
´Tres hombres distintos pueden verse en el cristal del tiempo. El primer hombre se alojó en un albergue potosino en el año 1880, año en el que un viento derrotado llegó de las costas del Pacífico. Mientras ciertos panfletos anónimos maldecían a ese ´infame traidor vendido al enemigo´, una multitud enfurecida se congregó ante el albergue para matarlo. Por milagro, nadie divisó una escurridiza silueta en los tejados; una silueta que buscaba deslizarse hacia una discreta callejuela colonial, una silueta que corría por su vida (Ramiro Condarco, 1971, pp. 270-271). El segundo hombre recibió un visitante en su despacho atiborrado de libros y papeles. El visitante, Jaime Mendoza, lo describió en detalle: bigote patriarcal, paso tardo, mediano de estatura, despejado de frente, altivo de maneras, directo en el mirar, tenaz de hábitos, delicado de piel, con idéntico aliño en el hablar y el vestir, replegado sobre sí, y preguntando siempre, con imperceptible tristeza, por la patria lejana (J. Mendoza, 1937, pp. 101-108). El tercer hombre, embozado, atravesó los acantilados de los Andes utilizando rutas de contrabandistas de vinos, con el revólver al cinto, con espuelas, con botas de montar, y un poncho negro. A lomo de mula recorrió el largo viaje de Sucre a Buenos Aires. Gonzalo Bulnes, en su Historia de la Guerra del Pacífico, describió aquella estación de lluvias en la que los aguaceros humedecían senderos que ni las mulas mendocinas se atrevían a cruzar. Un edicto de captura, firmado el 3 de febrero de 1881, galopaba detrás del fugitivo (G. Bulnes, 1890).
El espía que escapó del linchamiento escurriéndose a través de los quejumbrosos tejados potosinos; el bibliógrafo que recorrió medio siglo de libros, poblando su antigua soledad y prosa y crónica; y el esbozado jinete contrabandista que atravesó los acantilados de los Andes, solamente tienen una cosa en común: se llaman Gabriel René-Moreno. Los vecinos de la Villa Imperial que iban a colgar sin más trámite al ´espía´ en la Plaza del Regocijo, bajo el resplandor de una noche azul seca, se habrían sorprendido al saber que el peligrosísimo sujeto era un inofensivo bibliotecario, tan erudito como tímido. Su silueta, la de un solterón empedernido; su corazón, el de un amante de la exótica y aromática flor de los escombros, ese perfume que atrae irresistiblemente a quienes recolectan los documentos que la historia abandona malheridos de tiempo (Moreno, 1983, p. 37). No en vano corría la segunda mitad del siglo XIX, siglo de pólvora que vio deportado a Montalvo, encarcelado a Palma, sobre el caballo a Sarmiento, y en la máquina a Martí: ´Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo a la cabeza, sino con las armas de almohada´ (Martí, 1891).
[…] Moreno papelista, Moreno crítico literario, Moreno cronista, Moreno escritor, Moreno ideólogo. He aquí los temas que debemos volver a repensar. He aquí las dimensiones sustanciales de una obra comprometida con todas las oscuras y radiantes efervescencias de la sociedad latinoamericana. Éste no es un fervor anacrónico, puesto que el siglo XIX es la raíz de nuestra época, pero es riesgoso, porque Gabriel René-Moreno, con esa mezcla explosiva de mordacidad chuquisaqueña y picardía cruceña, desacreditan a todos los que se acercan a su estatua para quemar incienso y entonarle himnos de alabanza. Así increpó en 1907, a un crítico zalamero: Se entra de rondón al palacio de la apología, en momentos de haber la sindéresis y el sentido moral hecho abandono de la guardia (Moreno, 1905, p. 252).
Por todas estas razones, propongo sacar de las bibliotecas olvidadas al controvertido cronista; propongo desempolvar sus libros; propongo reiniciar el juicio a sus prejuicios; propongo acceder al recinto de su escultórica erudición, propongo replantear lo que en René-Moreno cabe de actual y válido; propongo criticar su crítica; propongo remontar los enconos y alabanzas que provocó esta amarga y bella prosa, en una sociedad hostil al acto de escribir.´.
Fuente: www.la-razon.com

El tiempo pasa

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El tiempo pasa… Añoranzas
Por: Claudio Ferrufino-Coqueugniot

La tecnología ha avanzado con desenfreno. También el arte. Si pienso en la música, creo que me volví obsoleto. Pareciera que la aparición de artistas con trazas de cambiar la historia ya se acabó. Posiblemente es un prejuicio de la edad que crea cánones a veces ya insalvables.
Me creo moderno en cuanto a música y sin embargo mis alcances no avanzan más lejos de Nirvana y Pearl Jam. ¿Y hace cuánto que murió Kurt Cobain? Catorce años: todo un espacio.
Por las mañanas, mientras manejo, escucho un programa llamado Breakfast with the Beatles. Un desayuno muy antiguo diría yo. Cruzando la avenida Habana tocaban en la radio My sweet Lord, de George Harrison. Aumenté el volumen, y en el signo de pare un grupo de colegiales me miró como algo antediluviano. Pensarían qué mierda son Hare Krishna y el dulce Señor. Con los pantalones en medio del ano se alejaron, caminando apenas porque debe de ser difícil caminar vestido así.
En 1975 traje de Córdoba, Argentina, un casete de los Doors. Tenía 15 años y aquello era nuevo. Lector de Pelo, conocía la historia nebulosa del cantante Jim Morrison. Entonces escuchábamos sobre todo a los Beatles, a Crosby, Stills, Nash & Young (mi madre trajo un disco del cuarteto desde el centro del KKK en Alabama: Tuscaloosa), Pink Floyd y, en las fiestas, bailábamos Chico Puntual de Deep Purple o guardábamos copias de Uriah Heep o Ten Years After. En otros lados ya había explosionado el punk, pero a Bolivia llegó cuando perecía, exceptuando quizá una canción de los Clash.
La música, como la literatura, en términos de novedad, llegó tarde a nuestra juventud. Quizá por ello nos formamos con los clásicos. Aún hoy cuesta ponerse al día con los libros. Esporádicamente recurro a algún novísimo pero mis lecturas trashuman todavía por los años cincuenta (Christopher Isherwood) o, detrás aún, por las bellas novelas de Joseph Roth en los campos de guerra de la Ucrania revolucionaria.
Las miles de canciones incluyen un máximo cronológico que señalaría a Violent Femmes. Anhelo todavía llenar el vacío de mi ignorancia de lo que se produce hoy… En parte lo debo a que en el exilio voluntario de los Estados Unidos, tal vez por la distancia pero más por la diversidad encontrada, me incliné con fervor hacia la música de América Latina y, en menor grado pero con igual expectativa, a cualquier tipo de música ‘étnica’ que me privó de seguir el tranco violento del rock and roll.
No era raro que manejáramos ebrios por el Distrito de Columbia, con Fernando Vargas en un viejo y grande V8 Cadillac. Atronábamos la mañana entonces con Born to be wild o, cuando llegaba el tiempo de reflexión y el crepúsculo se ceñía a las adustas hojas de los plátanos de la ciudad, cambiamos el estruendo de Steppenwolf por las líneas de Leonard Cohen. Pero luego de aquellos años de Hotel Chelsea #10, donde Cohen le canta con nostalgia al espectro de Janis Joplin, aparecieron Rubén Blades, Aymara, Los Fronterizos, que se embriagaron con los amigos en casa. El rock se estancó. Luego, ya ido yo de la comunidad boliviana -andaba en amores con Norteamérica en piel y en cultura- me arrimé a los últimos resabios del punk, no sólo en sus nombres ilustres sino en el punk local que funcionó como una gigantesca base redentora de la música moderna en el país. Pete Townshend -de los Who- decía que el punk había salvado al rock. Murió Ian Curtis, vocalista de Joy Division, y quienes le sobrevivieron crearon New Order: había nacido el New Wave, antecesor del rock alternativo que hoy, primera década del siglo XXI, aún aletea en simulacros de vida. El epitafio de Ian Curtis reza: “Love will tear us apart”, tal vez premonitorio, una secuela al fin del Flower Power que terminó en Altamont.
Había cerveza negra, en vasos de pinta, en El Gallo Negro, bar seudo-punk donde no sólo la cerveza era oscura: también los trajes de las muchachas. Buzzcocks, las sesiones Peel de The Cure, The Gang of Four, los recién aparecidos Mekons, The Pogues, The Pixies. Y siempre retornaba al Rey, Elvis, aunque ahora me gusta descubrir las canciones que cantaba y que eran composiciones de otros ni tan famosos del añejo R&B, sin quitarle mérito a Presley. También lo hicieron -esta suerte de copia- los Beatles y los Stones y de allí nació Bob Dylan, de la gran herencia negra, entre las muchas cosas que su talento cargaba.
Corté la lectura de Rolling Stone, que no sólo es una magnífica revista de música. El tiempo avasalla y resulta imposible perseguir ningún sueño de erudición en campo alguno. No sé siquiera si otra revista excelente del mismo estilo, Spin, sobrevivió al tiempo. La dirigía el hijo de Bob Guccione, de Penthouse y fracasos célebres como Calígula, pero hermosas e inolvidables mujeres: Janine Lindemulder, Leslie Glass que fue arrebatada de su desnudez y de su existencia por el cáncer. Spin denunció los crímenes de Roberto D’Abuisson cuando aún la guerra civil destrozaba a El Salvador.
El avance inexorable de la música moderna se diluye en los entreactos de un cambio de ritmo a otro: Blues, R&B, rock and roll, la música progresiva, el rock metálico, el Punk, el New wave, Alternative, y también las fechas de la historia personal con sus dosis de trabajo, de amor, de concentración, de sexo y de cansancio.
Fuente: www.eldeber.com.bo

Pitágoras en Santa Cruz

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Pitágoras en Santa Cruz
Por: Pedro Shimose

Pitágoras (Samos, ¿608/584? a.C.–¿Crotona? /¿Metaponto?, 504 a.C.), filósofo griego –el primero en llamarse a sí mismo ‘filósofo’ (el que aspira a la sabiduría) en vez de ‘sofos’, o sea, sabio– fue, al mismo tiempo, taumaturgo, profeta y matemático. Inventó, hace 2.500 años, la tabla de multiplicar que lleva su nombre, ésa que aprendimos de peladitos en la escuela: 2×1=2; 2×2=4; 2×3=6…; proclamó “la existencia de un espacio vacío que aspiraba el cielo”, anticipándose al estudio de los agujeros negros, iniciado por Schwarzschild en 1916; influyó en el desarrollo de los instrumentos musicales de cuerdas al enunciar la llamada ‘gama de Pitágoras’ e inventó el famoso teorema que revolucionó la geometría (a2 = b2 + c2): “El cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos”. Para celebrar el descubrimiento del teorema, Pitágoras ofrendó a los dioses una hecatombe (ordenó la matanza de 100 corderos), mientras sus amigos y discípulos organizaban una gran fiesta en la que participó todo el mundo como si fuera la entrada del corso del Carnaval cruceño.
Por sus estudios matemáticos, contribuyó a la formación del racionalismo occidental. Elocuente y profundo observador de la naturaleza y las cosas, influyó en la opinión pública de su tiempo, tanto en su manera de pensar como en su manera de vivir y comportarse.
El domingo pasado, Pitágoras estuvo en Santa Cruz. Vestía una larga túnica de lino cuando lo pillé en un fogón camba. A pesar de su proverbial frugalidad en el comer y el beber, se sirvió un buen plato de majao con jacuú de yuca. “De este modo y sin que sirva de precedente –dijo– rompo mi dieta estricta de miel, pan y agua. Como le habrá comentado el doctor Lucho Roca, soy vegetariano”, añadió.
Para justificar su rechazo de la carne, habló de la transmigración de las almas (la metempsicosis) y proclamó la contraposición entre la ‘unidad’ y la ‘dualidad’ que algunos pensadores califican de funesta. Estas determinaciones rigen todavía, pero aclaró que él fue el primero que las reveló al conocimiento humano. Dijo que hay tres maneras distintas de pensar las cosas. La primera con arreglo a la ‘diversidad’ (tal el caso de esta tierra inocente y hermosa llamada Bolivia), la segunda con arreglo a la ‘contraposición’ (la Constitución del MAS opuesta al estatuto autonomista) y la tercera con arreglo a la ‘relación’ (del occidente andino y el oriente de la ‘media luna’).
La tesis fundamental de la filosofía pitagórica, según Aristóteles, consiste en afirmar “que el número es la esencia de todas las cosas y que la organización del universo en su conjunto se halla determinado por un sistema armónico de números y de relaciones entre ellos” (Metafísica I, 5). De ahí se deduce que el grupo más simple es el formado por los números 3, 4 y 5. A los postres se sirvió un cafecito y dijo que el número 3 es un número muy importante, pero aclaró que el número 4 es más importante aún porque es el mismo número 3 más desarrollado. Por lo tanto, Pitágoras declaró –en exclusiva– que el número 4 adquiere un rango casi mágico, porque del 4 surge el número 10, o sea, el ‘Tetraktis’, cifra mágica cuya fórmula es la siguiente: 1 + 2 + 3 + 4 = 10. Por esta razón, los cruceños eligieron el domingo 4 de mayo para realizar su referéndum autonómico. No fue algo casual, sino una decisión pitagórica de alto vuelo matemático. Después de todo, los autonomistas han demostrado que no son cuatro gatos, aunque cuatro son los departamentos que piden autonomía y cuatro los jinetes del Apocalipsis.
Visiblemente cansado, Pitágoras se caló el sombrero de saó, se calzó las abarcas y se fue a dormir la siesta. Mañana, después de conocer los resultados oficiales del referéndum, liará sus bártulos y retornará a Grecia, a seguir inventando huevaditas como esa tabla de multiplicar que los estudiantes ignoran porque ahora todo lo resuelve la dichosa maquinita calculadora. //Madrid, 09/05/2008.
Fuente: www.eldeber.com.bo

Ensayo sobre la poesía boliviana

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Chairo con alguna notable poesía boliviana última
Por: Pedro Granados

El autor [peruano] reflexiona, luego de un viaje por ciudades bolivianas, sobre los versos que más le impactaron de la novel poética nacional.
1. Hace aproximadamente tres meses, y por 15 días (3 al 18 de febrero), viajé por Bolivia. Llevaba mi novela breve, En tiempo real, y colaboraba con Andrés Ajens en la presentación del número cinco de la revista Mar con soroche. De este modo llegué a La Paz, que es donde se inició esta especie de caravana literaria, pero también estuve en las ciudades de Cochabamba y Santa Cruz de la Sierra. Aquí fui secuestrado sólo unos minutos, felizmente, porque mis policías-secuestradores quizá se amilanaron con un par de nombres locales que les endilgué; aunque fue en Cochabamba, camino nuevamente a La Paz y luego al Perú, donde hurtaron del todo mi billetera (siempre venida a menos, por cierto). En realidad, todos estos fragmentos de episodios hacían sentirnos en casa —y en tiempo real— a Juvenal Agüero (personaje de mi noblogas) y a mí. Experiencias donde se intercalaban, oportunamente, otras de belleza ante el paisaje que visitaba y, por supuesto, de alegría ante la gente que conocía o reencontraba. Entre ésta varios poetas que me regalaron, aparte de la amistad, también sus libros. Con algunos de estos últimos, más otros que compré, he cocinado este “chairo” casero con sus rociados pellejitos crocantes de chancho y todo.
2. En este chairo propongo que Humberto Quino (1950), Jorge Campero (¿1952?), Juan Carlos Quiroga (1962), Benjamín Chávez (1971), tanto como Vilma Tapia (1960) y Jessica Freudenthal (1978) podrían escribir, juntos, un extraordinario poemario apócrifo. Es decir, siendo una marca tan importante en los versos de todos ellos cierta idea de la naturaleza —inspirada, por lo general, desde la urbe—, se vuelve pertinente o entrañable lo ecológico. Por cierto, lo ecológico entendido en sentido muy amplio; aunque rastreado en aquellas obras por las frecuentes referencias a animales y, digamos también, al hábitat humano. Obvio, en Jaguar azul (Campero), en Coitus ergo sun (Quino), en Pequeña librería de viejo (Chávez), en los poemas de Vilma Tapia y, curiosamente también, hasta en los textos de Quiroga y Freudenthal.
3. En este sentido, estableciendo una atrevida y no menos arbitraria ecuación, a la actualización mágica y ritual del mito cosmogónico en Campero —a sus versos henchidos de gracia e intenso testimonio— le correspondería, más bien, el “pensamiento débil” de Chávez ilustrado en un bestiario —frente al “puma” de su colega— constituido por animales menores, en aprietos o de escaso prestigio: kiwi, pez, tortuga, perro fiel, etc. A estos dos poetas —en este aspecto, opuestos entre sí— se les sumarían también, aunque por distintas razones, otros dos autores con poéticas disímiles; se trata de la dupla Quino/Quiroga. Frente a la autoconciencia grave, demiúrgica, maldita y trascendentalista del primero: “Cosido a un cuerpo/ Oculto su mal/ Se desgrana el iluminado (subrayado nuestro)” (Mapa de poema), de clara estirpe rimbaudiana, nos topamos con el aire ligero y casual —radicalmente antidemiúrgico— de la poesía del segundo (quizá la propuesta más postmoderna entre todos ellos). Contraste entre Quino y Quiroga que considero fundamental para orientarse con cierta precisión a través del cada vez más abigarrado mapa de la poesía boliviana actual. Me estoy refiriendo a la línea imaginaria que ahora mismo dividiría a los epígonos de Jaime Saenz (1921-1986) de los otros; en lúcidas palabras del mismo Juan Carlos Quiroga, tendríamos pues:
“El uso elegante del mecanismo de la crítica a esa especie de agujero negro que ha constituido la poesía de Jaime Saenz. Casi indiferentes a la metafísica del lenguaje e inclusive a la trascendencia de la palabra, estos poetas [se refiere a los de su antología Siete acordes de la sinfonía del silencio] han descubierto que la escritura poética perdió no sólo su sentido, sino un lugar claro en el mundo.[…] Hay una especie de descreencia en la experiencia literaria, es decir, una falta de fe en el acto de escribir y en el acto de decir” (8)1.
Por lo tanto, frente a la nítida y prestigiosa figura del poeta huidobriano o nerudiano, creador y poseso, tendríamos acaso las borrosas pinceladas —y sobre papel reciclado o de despacho— de los poetas a lo Nicanor Parra. Obviamente, quedan asimismo perfiladas el resto de posibles complementaciones y, sobre todo, de otras subsecuentes oposiciones; por ejemplo, la de Quino/Campero. Al respecto, cabe señalar que —entre todas las otras comparaciones— quizá sea este paralelo el más automático y socorrido hasta ahora: urbe/campo, subjetivismo/exteriorismo, racionalidad política/racionalidad mítica, etc. Sin embargo, otros debates son también posibles; como el Quiroga/Chávez, mientras la diferencia no sea únicamente la del sentido del humor del primero frente al segundo (¿paradigma Cortázar/Sábato?).
4.En cuanto al aporte de las poetas mujeres respecto de aquel poemario apócrifo, pienso que es absolutamente necesario. Dado el caso, postulo que, por ejemplo, los poemas de Vilma Tapia y Jessica Freudenthal son opuestos y, asimismo, también complementarios:
“Pósate en mi mano gorrión hazme mansa” (Vilma Tapia, De Luciérnagas del fondo); Circe no duerme.
Toca la piel y la convierte en animal: en perro, león, cerdo, serpiente, araña…
Circe duerme ya, no está el Vellocino.
Ulises está lejos.
Sólo está la muerte circundando su lecho.
Circe duerme ya.
Jessica despierta. (Jessica Freudenthal, De Hardware)
Sin embargo, a su modo —y en su género— considero que las propuestas de ambas poetas son análogas a las de Jorge Campero y Humberto Quino. Me explico. Mientras Tapia intenta rescatar y comunicar la esencia o el aura perdida de las cosas (entre éstas la de uno mismo o las de la diversa y compleja naturaleza), la poesía de Freudenthal, en palabras de Quino, “se desposa con una lúcida conciencia del desengaño […] es al mismo tiempo una abertura sobre el horror de vivir, de amar, de morir” (9)2. Coinciden entre ellas también, eso sí, y contra lo que pareciera guardar ahora mismo muy poca importancia, en que las dos elaboran sus versos con el rigor y el cuidado y el pleno acierto del decir.
5. En todo este contexto, y ahora entre los representantes de la poesía del oriente boliviano, la poesía del consagrado narrador Homero Carvalho (1957) merece un comentario aparte. Sus temas marcadamente locales parecieran reelaborar, extemporáneamente, una suerte de indigenismo camba; sin embargo, mirados mejor, pronto se nos revelan antimelancólicos. Carvalho, además, no pretende hablar por otros; por el contrario, como en el caso del Inca Garcilaso en Los comentarios reales, lo suyo es un soliloquio donde el diseño de su arcadia (Los reinos dorados) funcionaría más bien como una utopía: “En los territorios/ de los Reinos Dorados/ el mundo sigue naciendo/ sin pasado que nos gobierne/ ni tristeza que nos condene/ el mundo es hoy y nosotros/ los amantes de este nuevo tiempo”. De algún modo, este autor nacido en el Beni ensaya una forma de amnesia del álgido presente que, tal como lo expresa bellamente su coterráneo Nicomedes Suárez-Araúz, “no significa la negación de la memoria, sino la expansión de la conciencia” (28)3. Diametralmente opuesto en su poética a la de Juan Carlos Quiroga, de Homero Carvalho rescataríamos, para la escritura de nuestro poema virtual, sin duda alguna el fervor: avis muy rara hoy en día.
6. Soy consciente de que mi panorama de la poesía boliviana última no es completo ni, mucho menos, exhaustivo; apenas si me he manejado con alguna, entre aquella culta y escrita sólo en español. Simplemente he pretendido, trazando una hipotenusa imaginaria, hacer un corte —espero en algo productivo— a una sandía exhuberante y en apariencia muy apetitosa. No existe el poema perfecto y, personalmente, el que aún no se ha escrito presumo siempre sea el mejor. Pienso que parte del problema puede radicar en el inadecuado talante o perspectiva del yo poético. Desde su pacto inicial —y decisivo con el lector— algunos autores quieren pasar por listos, otros por simpáticos o elocuentes, y no faltan algunos que, en vez de tratar de enternecernos, apelan de entrada a nuestra filantropía. Este pequeño texto no ha querido sino llamar la atención, en última instancia, sobre estas cosas. Es decir, que en tanto autores individuales nuestras obras pueden exhibir verdaderos hallazgos verbales, pero arrastrar también
—en relación con el lector— involuntarias imposturas del yo poético. Creo que esto tiene que ver, sobre todo, con nuestra educación
—tradicionalmente autoritaria, bancaria y clasista en toda Latinoamérica— antes que con nuestra sagrada subjetividad. Relación autor- lector que, en el caso particular de la poesía, lo es todo o casi todo en este mismo arte. ¿Quién dijo que la poesía está hecha sólo de palabras? Aquel poema ideal parecería ser más bien un conjunto orquestado y proporcionado de distintas cosas a través de una acaso frágil y opaca, pero no menos persuasiva, voz poética. ¿Urgente moción entonces, y ya en pleno siglo XXI, a favor de una práctica poética boliviana de corte colectivo?
Fuente: www.laprensa.com.bo

Diálogo de la lengua entre Iwasaki y Paz Soldán

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Diálogo de la Lengua
Por: Caridad Plaza

Mano a mano entre el escritor peruano, Fernando Iwasaki y el novelista boliviano Edmundo Paz Soldán sobre el español, los escritores de la diáspora y el futuro de la literatura hispana
CARIDAD PLAZA.—Fernando, usted lleva mucho tiempo en España, es casi un andaluz y Edmundo acaba de llegar a nuestro país [España], después de pasar en Estados Unidos los últimos 20 años. Los dos dejaron sus países muy jóvenes, ¿tal vez porque era más fácil ser escritor en otros lugares?
FERNANDO IWASAKI.—Estoy seguro de que a Edmundo le pasó lo mismo que a mí. Yo no me fui del Perú para poder escribir y conozco a pocos que digan que se van de su país porque quieren ser escritores. Me fui con la carrera terminada, para ampliar mis estudios en un medio universitario más exigente y para investigar en el Archivo de Indias. Ya había publicado algunos relatos y un libro de cuentos, pero mi objetivo no era convertirme en escritor sino hacer una investigación histórica. En esa época quería enseñar historia. Y, por otra parte, tenía un proyecto familiar, porque mi esposa es sevillana y era razonable que viviéramos en Sevilla.
EDMUNDO PAZ SOLDÁN.—Yo me fui a Estados Unidos con una beca de fútbol, que me pagaba todos los estudios, pero no para dedicarme a escribir. Entonces lo de ser escritor era más un pasatiempo que una vocación. En Estados Unidos descubrí su sistema de becas y comprobé que en el mundo académico podía desarrollar una vida dedicada a los libros. Hice un doctorado en literatura latinoamericana, después de haber terminado un B. A. en Ciencias Políticas. Me fui muy joven, en el año 1988, y he estado allá casi 20 años. Pero empezaba a extrañar el español que se habla en la calle, a echar de menos la posibilidad de comprar un periódico en mi lengua y leerlo a un café. José Donoso, que enseñaba en Princeton, decía que llegó un punto en su vida en que necesitó el español de la calle para su escritura y decidió regresar a Santiago de Chile.
F. I.—Porque se nos queda viejo el español que se habla en nuestros países. Los escenarios casi siempre son del país de origen, pero los personajes hablan un lenguaje de los años en los que dejamos el país…
E. P. S.—Sí y si te das cuenta, el mismo Vargas Llosa, utiliza coloquialismos peruanos de la época en que él vivía en Lima.
F. I.—Pero, además de la lejanía, todos absorbemos el habla popular, el habla de la calle, hasta cierta edad. No veo a ningún español de más de 40 años que diga «guay» o «tronco» o «colega». Es cierto que utilizamos el habla de Bolivia y del Perú de la época en que salimos, pero porque ya estaba consolidada, porque se habían cerrado nuestros universos, nuestros códigos. En Sevilla hay muchas chicas peruanas, de veinte y pocos años, que estudian flamenco en la Fundación que yo dirijo y, cuando me escuchan hablar, me dicen que hablo como sus mamás. Eso quiere decir que sus mamás utilizan el mismo lenguaje que tenía yo cuando salí. Con la música pasa igual. Yo llego hasta Police y, a partir de ahí, aunque sé que existen otros grupos, no me dicen nada.
E. P. S.—Mi caso es paradójico. Como vivía en Estados Unidos, era mucho más consciente de que si utilizaba cualquier anglicismo iban a pensar que era un agringado y recuerdo que, en mis primeros cuentos, mi español era lo más neutro y lo más castizo posible. Con los años me fui soltando porque me di cuenta que un español tan puro no era auténtico y empecé a utilizar otro español más influido por el inglés, que es el que se habla en Latinoamérica. Eso, claro, es diferente del spanglish. Cuando dicen «te llamo para atrás» —I call you back— a mí me suena rarísimo, tal vez porque llegué con más de 20 años a Estados Unidos. Si hubiera vivido desde niño en un barrio latino sería distinto. Pero sí, utilizo palabras como jeens, que es como llaman los latinoamericanos a los pantalones vaqueros.
F. I.—Sí, en España dicen vaqueros, pero hay otras contaminaciones como, por ejemplo, sponsor. A veces aquí se ve el cornflake en el ojo ajeno y no en el propio.
C. P.—Edmundo, comentaba usted antes que su intención es vivir en España…
E. P. S.—He vivido un año en Sevilla, ahora estoy en Madrid y me encanta, pero por lo pronto volveré a los Estados Unidos en agosto. En cuanto al futuro…
F. I.—Edmundo no lo va a decir, pero yo sí. Sería estupendo que alguna universidad española, algún departamento de literatura hispanoamericana, pudiera llegar a un acuerdo con la Cornell University para que Edmundo pase un semestre en España y otro allá. Saldríamos ganando todos.
C. P.—Es que en Estados unidos, la mayoría de los escritores latinoamericanos están vinculados a Universidades. En España es más difícil porque nuestra Universidad es muchos más cerrada. Hay que pasar por el escalafón de funcionario.
F. I.—Y no sólo ocurre con los escritores. Paco de Lucía, por ejemplo, sería rechazado por los Conservatorios españoles porque no tiene título. Enseguida saldría el guitarrista clásico, con su título, a decir «pero: ¿quién es éste?, ¿cómo va a dar clases de guitarra flamenca en un conservatorio?, ¿qué preparación tiene?». Eso ocurre con la literatura y con casi todas las expresiones artísticas, porque nuestro metabolismo funciona en clave burocrática.
C. P.—Los dos tienen vocación de escritores, aunque Edmundo se haya dedicado más a la novela y Fernando esté a caballo entre el cuento, el ensayo, la narración…
F. I.—Yo vivo más a caballo porque no estoy en el mundo académico. Lo dejé por el año 90, cuando empecé a colaborar en prensa, en el Diario 16, y a dedicarme a la gestión cultural. Desde comienzo de los 90, vivo de dirigir fundaciones, no de la literatura. A veces, en América Latina se tiene la falsa percepción de que estamos montados en el grand slam literario y no es así. Yo, para poder escribir, tengo que hurtarle tiempo al descanso, a mi familia, a las vacaciones… Durante años he publicando en editoriales muy pequeñas, casi inexistentes y he ido rescatando los libros que habían aparecido en esas editoriales y las obras que he escrito durante aquellos años. Y parece que no he dejado de escribir…
Pero no es tan fácil porque tengo «familia a plazo fijo» e «hipoteca numerosa». Tengo una hija que estudia en Madrid, otra que va a entrar en la Universidad y todo eso conspira contra esa idea romántica del escritor a tiempo completo. Y respecto a que estoy a caballo entre el cuento y el ensayo, tal vez sea así porque he estudiado Historia y utilizo algunos recursos. Fernando Savater dice en el prólogo de su Apología del sofista y otros sofismas que la filosofía es un género literario, estoy de acuerdo. ¿Por qué no pueden ser una variante de la ficción los ensayos, las memorias o los artículos? No me gusta escribir respetando los cánones o los géneros y hago mío lo que decía Guillermo Cabrera Infante: «yo no publico novelas, publico libros y luego los editores ya verán cómo lo venden». Me encuentro muy cómodo escribiendo algo que puede parecer un ensayo, una novela, un cuento y que tiene mezcla de todo.
E. P. S.—El mundo académico de Estados Unidos me dio la posibilidad de escribir sin tener que estar pendiente de si los libros se venden o no. Y vivo de los libros, de la literatura, pero como profesor, aunque esa dedicación me deje tiempo para escribir, que es lo más difícil de encontrar. Soy afortunado, porque puedo desarrollar una carrera literaria, de una manera relativamente tranquila. Y pienso en los escritores bolivianos, que tienen que dedicar la mayor parte de su energía a las «labores alimenticias» porque no tienen más remedio que hacer muchas cosas para llegar a fin de mes y claro, así es muy difícil entregarse a la literatura. Pero todo tiene sus sacrificios. Yo vivo en un pueblo de 60.000 habitantes, en la frontera con Canadá, con inviernos de 6 meses… Y aunque bromeo, cuando les digo a mis amigos que algunos viernes por la noche me pongo a escribir porque no tengo otra cosa que hacer, es un poco triste. Es tal el aislamiento…
F. I.—Tu obra corre peligro si te vienes a vivir a España, porque aquí es difícil aislarse.
E. P. S.—En cuatro meses que llevo en Madrid de sabático —quería comenzar una nueva novela— he escrito 30 páginas.
F. I.—Esa es una de las razones por las que no me he movido de Sevilla, porque he sido consciente de que en Madrid o en Barcelona, la vida literaria es un sarao ininterrumpido.
Pero también aquí hay que trabajar. Mis amigos me dicen que me he ido del Perú y sigo trabajando como un peruano. Y es verdad, pero la diferencia está en que en el Perú lo que ganaba sólo me daba para tapar huecos y lo que gano aquí me permite alguna holgura.
E. P. S.—Sí, he podido comprobar que en Madrid, como capital cultural de nuestro mundo, el que no cae, resbala. Por aquí pasa todo el mundo y, ¿cómo no los vas a ver? Hay una actividad constante.
F. I.—En un congreso en el que estuvimos Edmundo y yo que, por cierto, fue el último acto en el que participó Roberto Bolaño, me pidieron que escribiera un artículo sobre la recepción en España de la literatura latinoamericana y yo dije, jugando con las palabras, que la recepción era un coctelito y esa es la verdad.
C. P.—Volpi, desde el grupo Crack y usted, dentro de la antología McOndo, se han convertido un poco en los parricidas de la generación de los 60…
F. I.—Yo no creo que Edmundo… Los mexicanos tenían a quién matar, pero en la literatura boliviana el «boom» es Edmundo…
E. P. S.—McOndo fue una antología más visceral que meditada. Fue como dar un portazo para demostrar que nos habíamos saturado del realismo mágico. Pero visto con cierta perspectiva —han pasado diez años y se han publicado muchas antologías— McOndo se ha convertido en un referente de nuestra generación. De hecho, de los 17 autores que la componen 8 o 10 tienen hoy carreras literarias muy sólidas. Es verdad que fue poco reflexiva, pero su fuerza reside ahí, porque si en el prólogo Alberto Fuguet y Sergio Gómez se hubieran puesto a matizar, habría perdido su capacidad de irritar a la gente. Hay que recordar que, en 1996, cuando salió la antología, algunos de los escritores que figuraban en ella se desmarcaron por la ferocidad del ataque, porque el prólogo no fue consultado con los autores y porque las críticas fueron durísimas. Nos llamaron «chiquillos vendidos a la cultura popular norteamericana» y «alienados». Durante años decir «McOndo» o «crack» era como decir una mala palabra. Y justo en Sevilla, en 2003, siete años después, lo que era una mala palabra se convirtió en un referente de nuestra generación…
F. I.—Una lanza a favor de los autores del «boom». Yo no sería escritor ni tendría la formación que tengo si no hubiera leído a esos escritores y creo que comparten mi opinión todos los que están en esa antología. ¿Qué sería de mí si no hubiera leído a Vargas Llosa, a García Márquez, a Carlos Fuentes, a Cabrera Infante, a Donoso y, por supuesto, a Borges y a otros más? Así que yo no tengo ninguna cuenta que ajustar. Naturalmente, hay libros que me gustan más y otros que me gustan menos y uno tiene que encontrar su estilo y su poética, al margen de sus lecturas.
C. P.—¿Hay diferencias entre los escritores de dentro y fuera del país? Recuerdo un congreso de escritores peruanos que se celebró en Madrid y en el que hubo algunos problemas.
F. I.—La polémica más que en el congreso, surgió en el Perú y yo, además, la viví a distancia porque eso de ser japonés es bueno —no soy ni andino ni criollo—. Pero quiero creer que hubo un malentendido que el tiempo ha ido apaciguando. En el Perú hay escritores que no han tenido necesidad de irse para tener prestigio literario. Aunque es muy reciente, hoy se puede tener estatus de escritor sin moverse del país. Nadie duda de la calidad de escritores como Miguel Gutiérrez, Oswaldo Reynoso, Alonso Cueto y de algunos chicos muy jóvenes que, desde su primer libro, reivindican su condición de escritores. Se acabó esa historia de que para encontrar buenos escritores peruanos había que buscarlos en el extranjero. En el Perú hay que escribir en los ratos libres, igual que en Bolivia, eso no ha cambiado, pero al menos se ha avanzado en el reconocimiento social. Lo que puede ser diferente entre los de dentro y los de fuera es el mercado, los lectores y las ventas, pero esa es otra cuestión.
C. P.—En un Diálogo de la Lengua entre Jorge Volpi y Mario Bellatín, este último, que había vivido muchos años en el Perú, me comentaba que México es un país infinitamente más fácil para un escritor…
E. P. S.—Es que el sistema mexicano es celebre por la institucionalización de las becas. Todos los escritores mexicanos amigos tienen o han tenido algún tipo de beca y, además, becas buenas.
F. I.—Nada que ver con el Perú. Tampoco hay una Universidad comparable al Colegio de México, ni una editorial como el Fondo de Cultura Económica. Y, por supuesto, no hay ningún sistema de becas ni de ayudas, pero hay buenos escritores porque, a pesar de la adversidad, la gente quiere crecerse y hoy el Perú está viviendo una especie de burbuja. Claro que Alonso Cueto siempre estuvo ahí y que su libro La batalla del pasado, fue publicado por Alfaguara España hace muchísimos años. Fernando Ampuero también estaba, aunque el lector español no lo conociera. Y Jaime Bayly viene publicándose desde hace muchos años. Estamos en un buen momento, porque soy de los que creen que un escritor latinoamericano que logra ser reconocido en España o en Estados Unidos, como es el caso de Roberto Bolaño ahora, abre camino a más gente de su país. Hay personas que piensan que no, que cuando un colombiano o un peruano triunfa, le está cerrando el camino a otro colombiano y a otro peruano…
E. P. S.—Esa es una forma de pensar muy latinoamericana.
F. I.—Sí y hay que cambiarla. Hay que reivindicar la generosidad y el elogio como algo positivo. En América Latina y también en España, muchas veces se elogia a alguien con la intención de ofender a otro, para que el otro se pique. Hay que dar un paso al frente y dejar muy claro cuáles son tus sinceras admiraciones.
E. P. S.—Pero volvamos a las ayudas que reciben los escritores. En América Latina hay dos modelos de apoyo al escritor: el mexicano, que es un apoyo estatal y el chileno, con más influencia de Estados Unidos, en el que es la empresa privada la que da becas a jóvenes escritores y artistas. En Bolivia, como supongo que pasará en Paraguay, en Ecuador y en los países pequeños, no hay apoyos ni del Gobierno ni de las empresas. Estás huérfano y, desde el principio, tienes que arreglártelas sólo y con el añadido de que estás fuera de los circuitos literarios latinoamericanos. No hay congresos ni actividades culturales importantes, de nivel continental, y las editoriales grandes, que publican a escritores latinoamericanos se enfocan en México, Argentina o Cuba, que son países con tradición literaria. En Bolivia estás, como decimos allá, «a la de Dios», estás a la intemperie.
C. P.—Y, a pesar de eso, surgen algunos…
E. P. S.—Lo impresionante es que aparezcan obras de primer nivel en ese medio, como la de Juan Claudio Lechín, que fue finalista en 2005 del Rómulo Gallegos o la de los jóvenes, como Rodrígo Hasbún, que formó parte del Congreso de Jóvenes Escritores Bogotá 39, con 25 o 26 años. Y están también Maximiliano Barrientos, un escritor que pronto será publicado en España por la editorial Periférica, y Giovanna Rivero, una cuentista de primer nivel, todavía poco conocida, que estudia en los Estados Unidos. En la generación nueva, la de los escritores de 25 a 30 años, hay 5 o 6 de un alto nivel, pero es imposible saber si seguirán escribiendo dentro de diez años. Muchos se quedan en el camino por las dificultades económicas de Bolivia, donde las ediciones son de 500 o 1.000 ejemplares y en el que la mayoría de los libros que se compran son piratas…
C. P.—Tal vez las editoriales grandes debe rían ser más generosas y tratar de publicar y distribuir mejor a los jóvenes talentos.
F. I.—Pero eso es muy difícil. Una multinacional editorial cualquiera, sobre todo si tiene delegaciones en América Latina, tiene que dividirse en lo que llaman los tecnócratas, «unidades de negocio». Las editoriales tienen su sede central en España y sus «unidades de negocio» en Chile, Perú, Colombia, Bolivia, etc. y cada una de esas unidades ofrece sus autores a otra unidad de la misma corporación. Tú puedes estar publicado en España, pero si la delegación mexicana no compra tu novela, entonces tu novela no llega a México. Si eres un valor seguro —como Fuentes, Vargas Llosa o Javier Marías— te compran en todas partes, pero si no, tu novela no sale del país que la editó. Y no es cierta aquella idea tan extendida de que si publicas en Madrid tu obra se distribuirá por toda América Latina, porque eso siempre depende de las delegaciones o «unidades de negocio» de cada país. Sin embargo, puede ocurrir que publicando en una delegación argentina del mismo grupo editorial, se interesen por tus libros desde Chile o Colombia. Por lo tanto, publicar en España no te asegura que tus libros se distribuyan desde México hasta la Patagonia.
C. P.—¿La distribución no está centralizada?
F. I.—No, no y depende mucho, además, de los delegados y de los gestores de cada lugar. Pero, desde luego, no es radial, no pasa todo por Madrid.
E. P. S.—Sin embargo en el ADN de todo escritor latinoamericano está muy metida la idea de que tienes que publicar en España. Un escritor boliviano no está interesado en publicar en Argentina o en México. Quiere publicar en España y luego llegar a otros países.
F. I.—Y no en España, en general. Quieren publicar en editoriales con un cartel atractivo y eso depende de las revistas que lea o de los blogs a los que entre. Eso tú lo sabes, Edmundo. Hay autores que publican en una determinada editorial, que ganan dinero porque tienen buenos contratos y, sin embargo, sueñan con pasarse a otra, sólo porque en su catálogo hay un grupo de escritores con prestigio literario. Es como si creyeran que se pueden impregnar, que se les puede pegar algo del talento del otro por estar en el mismo catálogo. Hay una sobremitificación de lo español y no se sabe que en España no te conoce nadie si no publicas en Madrid o en Barcelona. Hay publicaciones de Ayuntamientos y de Diputaciones desconocidas. Yo tengo un libro publicado por la Diputación de Huelva —Tres noches de corbata— que no existe.
E. P. S.—Yo tengo una antología de cuentos publicada por Algaida, que prácticamente sólo circuló en Andalucía.
C. P.—¿Cómo está la distribución de los libros en español en Estados Unidos?
E. P. S.—Ha mejorado muchísimo. Cuando yo llegué, tenía que pedir a los amigos que me enviaran libros de México y de España. Ahora ya no, ahora al menos está lo básico y, además, por Internet, se puede conseguir casi todo. Pero, claro, si vas a una de las grandes cadenas, Barnes & Noble por ejemplo, encuentras muy poco. Lo que me llama la atención es que, para el año 2020, se calcula que uno de cada cuatro norteamericanos tendrá ascendiente latino y, sin embargo, los profesores que enseñamos español en las Universidades en los Estados Unidos, pertenecemos a los departamentos de Foreign Lenguages, de Lenguas Extranjeras. Yo me pregunto, ¿hasta cuándo el español va a ser considerado una lengua extranjera?
F. I.—En noviembre de 2006, en la feria de Miami —¿te acuerdas, Edmundo?—, fuimos a escuchar a Barak Obama y se disculpó por no hablar español. Pero yo, que soy latinoamericano y puedo invocar mi condición de marciano en España, no me preocupa lo que ocurre con el español en Estados Unidos, ¡me preocupa lo que está pasando con el español en España! Con esa gente qué te dice que no quiere hablar español. Ejemplos hay a montones y a mí eso me inquieta.
E. P. S.—Estados Unidos es una rara combinación porque, por un lado, es un país-continente y, por otro, es provinciano, en el mal sentido de la palabra. Como es tan grande y se publica tanto, su literatura es autónoma y sólo el 2,5 por ciento de los libros que están en el mercado son de autores extranjeros. En Alemania creo que es el 45 por ciento y en España está en el 20 y ¡es tan saludable traducir autores de otros países! Allá bromeamos diciendo que, cada cinco años, un autor extranjero «gana la beca» de ser considerado importante. El penúltimo fue Sebald y ahora le ha tocado a Roberto Bolaño. Pero son excepciones que confirman la regla. Los norteamericanos no leen traducciones, ni del español, ni del alemán, ni del francés. Hace poco tiempo salió un artículo en la revista Times sobre la decadencia de la cultura francesa y yo creo que se basó en que, de una lista de los diez escritores franceses más importantes, sólo uno o dos habían sido traducidos al inglés.
F. I.—En España se traduce mucho, pero yo digo, bromeando, que tiene que ver con el fútbol. El «boom» de los escritores latinoamericanos coincidió con la llegada de los «oriundos». Más tarde se publicó a Kundera y empezó el interés por los autores eslavos, inmediatamente después de la entrada de jugadores eslavos en equipos importantes. Estamos a punto de conocer la literatura africana porque ya están aquí sus jugadores y, como China triunfe en el fútbol, vamos a empezar a leer a los autores chinos. Cuando llegue Japón será mi turno. Ya conocemos a Haruki Murakami, pero tiene que triunfar el fútbol japonés para que la literatura japonesa pase a primer plano. Primero llega el fútbol y después los escritores.
C. P.—¿Cuáles son sus próximos proyectos literarios?
E. P. S.—Mis futuros proyectos tienen que ver más con los Estados Unidos: novelas sobre la patología de la violencia en la sociedad contemporánea, y sobre la forma en la que la inmigración latina está cambiando a los Estados Unidos. En mis últimas novelas me he preocupado por narrar acerca del impacto de las nuevas tecnologías en la vida cotidiana.
Eso aparece en Sueños digitales, La materia del deseo y El delirio de Turing. En esas novelas también me interesaba, tomando la crisis actual de Bolivia como punto de partida, explorar acerca de la naturaleza del poder en la América Latina, acerca de la relación entre el poder y la violencia, entre la democracia de hoy y las dictaduras de nuestro pasado más reciente.
En la última novela, Palacio Quemado, he añadido a esa reflexión un intento por situar al intelectual cortesano, ver cómo, por decirlo de alguna manera, la letra ha sido cómplice de las armas en el continente. Hasta ahora, todas mis novelas las he ambientado en Bolivia, tal vez porque los escritores somos lentos y tardamos mucho en procesar las experiencias. Palacio Quemado, está ambientado en La Paz y tiene que ver con la caída del presidente Sánchez de Losada y el fin del modelo neoliberal en Bolivia. Es una novela muy política, y creo que es parte de una tendencia actual entre los escritores de las nuevas generaciones —Benavides, Roncagliolo— de volver a las preocupaciones sociales, políticas. Y ahora, después de llevar 20 años en Estados Unidos, me ha dado por ambientar mi próxima historia en ese país y estoy escribiendo una novela sobre el mundo adolescente de Estados Unidos, sobre la violencia en un high school: la psicopatología de la violencia en la vida cotidiana, los asesinos en serie, el chico que coge una pistola y decide matar a sus compañeros. Y la novela quiere explorar por qué ocurren esas cosas. Alguien me dijo que había similitudes con Palacio Quemado pero creo que no, porque en esa historia se hablaba de la violencia de Estado y ahora quiero tratar la violencia al margen del Estado.
F. I.—Estoy escuchando a Edmundo y estoy pensando que la violencia está presente en muchos países del mundo, aunque tenga menos prensa que en Estados Unidos. Yo trabajo con gente del flamenco y un día estaba tratando de explicar a mis alumnos —casi todos chicos gitanos de una barriada muy violenta y casi sin Ley— eso del duende, esa cosa en la que todo el mundo cree en el flamenco y que, en realidad, es una metáfora utilizada por Lorca, que viene de Nietzsche y que nace de la tragedia. ¿Ustedes conocen alguna tragedia griega?, les pregunté. Los chicos no conocían ninguna y les expliqué Edipo, un personaje mitológico, que mata a su padre y se acuesta con su madre. Y, entonces, me dice uno de los niños: «Anda, si eso ha pasao en mi bloque». ¿Qué les iba a seguir explicando?
Esas cosas en Estados Unidos salen en los periódicos porque su lente es más potente y enfoca sus problemas. Ahí están las obras de Faulkner, ¿habrá iniquidades más grandes, crímenes más sórdidos, abyecciones más terribles que las que podemos encontrar diseminadas por la obra de Faulkner? Y, sin embargo, mucha gente se estremece con A sangre fría de Truman Capote y no se impresiona con Faulkner.
C. P.—¿Qué está escribiendo en los ratos libres que le deja su actividad como director de la Fundación Cristina Heeren de Arte Flamenco?
F. I.—Ahora mismo no estoy escribiendo mucho. Comencé una novela en septiembre de 2006, donde me gustaría ridiculizar el caudillaje militar del siglo XIX y los nacionalismos del siglo XX. Escribí de un tirón 40 páginas y ahí se quedó porque no he tenido tiempo de retomarla. Necesito tomarme un mes de vacaciones y dos meses sin sueldo para poder hacer algo. Y calculo tres meses de trabajo a razón de 16 horas diarias para terminarla, porque tengo que sentarme, leer lo que está escrito, pensar y trabajar de acuerdo a un plan. Yo no hago borradores y escribo directamente, pero no me vale disponer de sólo cuatro horas diarias. No puedo.
E. P. S.—Sin embargo, para mí, cuatro horas es mucho. Yo no escribo más de dos horas.
C. P.—¿Por qué momento creen ustedes que pasa la literatura en español?
F. I.—Me gusta eso de literatura en español y hay que reivindicarla como tal, porque nosotros nos leemos mutuamente, con independencia de que uno sea argentino, el otro puertorriqueño y el otro de Albacete. Desde que vivo aquí, para mí ha sido importantísimo leer literatura española y he descubierto lo que vale Jardiel Poncela o Sender y, por supuesto, los contemporáneos: Belén Gopegui, Javier Cercas, Vila-Matas, Javier Marías, Muñoz Molina… que ya forman parte de mi canon, de mi universo. Yo creo que hoy, más que una literatura española y otra latinoamericana, hay una literatura en español.
E. P. S.—Estoy de acuerdo. Las próximas generaciones van a estar más mezcladas y van a desaparecer los compartimentos estancos entre la literatura española y la latinoamericana. En cuanto al momento actual, creo que estamos atravesando un muy buen momento y que el listón está muy alto.
F. I.—Como Eduardo Jordá un escritor de Mallorca, que acaba de ganar el premio Málaga de novela y que es extraordinario. Es poeta, es autor de libros de viajes, es traductor y es un gran escritor, al que todavía no se conoce lo suficiente.
E. P. S.—Yo pienso en Juan Gabriel Vásquez y sus dos novelas últimas, Los informantes y La historia secreta de Costaguana, con las que se está consolidando como un referente fundamental, o Rodrigo Fresán, o Jorge Benavides.
F. I.—Y sumaría a Jorge Volpi y a muchas mujeres. Hay una escritora chilena, que me parece maravillosa y de la que no se habla mucho en España, Andrea Maturana. Mayra Santos Febres es una puertorriqueña extraordinaria y la salvadoreña Jacinta Escudos, que vive en Costa Rica, también es muy buena. Y está la argentina María Fasce y la ecuatoriana Gabriela Alemán.
E. P. S.—Y la boliviana de la que hablé, Giovanna Rivero y otra chilena, Lina Meruane…
F. I.—No sé si la literatura en español va a tener presencia en el mundo, pero yo me siento muy bien acompañado.
C. P.—Cambiando de tema, ¿cómo ven el fenómeno Bolaño? Volpi asegura que lo único que une, en estos momentos, a los escritores latinoamericanos es su admiración por él.
F. I.—Es un héroe trágico y eso no ha pasado desapercibido.
E. P. S.—Y, en los últimos diez años, ha escrito una obra contra el tiempo, desesperadamente. Su muerte ha provocado una mitificación rápida. Detrás, por supuesto, hay una obra de primerísimo nivel, pero su recepción habría sido más pausada, más lenta, si siguiera vivo.
F. I.—Sería interesante, en estos momentos de tanto elogio, leer las opiniones de hace algunos años para poder discernir las oportunistas y las que sentían fascinación por la figura de Roberto. Yo tenía cierta relación con Bolaño —nos escribíamos, nos llamábamos por teléfono—, pero no sabía que estaba enfermo hasta que le conocí personalmente en Sevilla. Había reseñado casi todos sus libros y escrito textos expresando mi mejor consideración sobre Los detectives salvajes porque me parecía una novela portentosa. Y hoy hay escritores que quieren ser como él y hay que decirles que, para ser Bolaño, no sólo hace falta escribir como él, sino que hay que haber sufrido como él. Sentir que se te acaba el tiempo, ver a tus hijos todas las noches y saber que los vas a perder y, sin embargo, volver a tu ordenador y seguir trabajando. Bolaño se ponía el mundo por montera porque estaba viviendo en la prórroga y se lo estaba jugando todo a los penaltis. Por eso iba a Chile y decía lo que le daba la gana porque estaba mirando la muerte a los ojos. Que no vengan ahora diciendo que quieren ser Bolaño.
E. P. S.—Estoy coeditando un libro de ensayos sobre Bolaño, con el crítico Gustavo Faverón. Se llama Bolaño Salvaje y será publicado en marzo por Candaya. Incluirá, entre otros, ensayos del mismo Iwasaki, de Fresán, Villoro, Vila-Matas, Carmen Boullosa, Volpi, Ignacio Echeverría, Alan Pauls, Franz, Masoliver Rodenas, Jordi Carrión…
Fuente: www.elboomeran.com

Avances editoriales

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Río Fugitivo de Edmundo Paz Soldán en edición española
LIBROS DEL ASTEROIDE

En la ciudad boliviana de Cochabamba una clase de muchachos inicia su último curso en el Don Bosco, un colegio privado y católico al que asisten sobre todo hijos de familias acomodadas.
Las borracheras, los primeros escarceos con las drogas y el sexo, las fanfarronadas, y las continuas faltas de disciplina son algunos de los ritos de paso con que los alumnos intentan, sin saberlo, afirmar su individualidad y liquidar su adolescencia. Al fondo, ligeramente atenuada por los muros del colegio, aparece la realidad boliviana de los ochenta: huelgas, inestabilidad política, racismo, desigualdades sociales, etcétera. De todo ello va dando cuenta Roby, el narrador de la novela: aprendiz de escritor y cronista oficial del curso, autor de novelitas policíacas y fanzines subversivos que circulan de mano en mano. Cuando la muerte de una persona cercana le sorprende, las certidumbres en las que hasta entonces se apoyaba -familia, colegio, amigos- se tornan irreales; en su intento por resolver el enigma de la muerte, Roby buscará su camino hacia la madurez.
Novela finalista del premio Rómulo Gallegos, hasta ahora inédita en España, y crónica sentimental de toda una generación, Río Fugitivo es el libro que confirmó a Edmundo Paz Soldán como uno de los valores más sólidos de la reciente literatura latinoamericana.

Capítulo 1
En aquellos días ya lejanos -pero todavía recuperables para mi memoria-, yo pensaba en el crimen perfecto. Un crimen que sucediera en las primeras páginas de una novela, preferiblemente en un cuarto cerrado, de manera que detective y lector tuvieran que aguzar el ingenio para descubrir al criminal que, por otra parte, debía ser alguien del que nadie sospechara, pero que, una vez descubierto, obligaría a decir al lector «cómo no lo pensé antes». Un crimen que fuera capaz de sostener toda la trama de una historia, poblado de pistas y detalles a su alrededor, todo debía reverberar, cualquier detalle debía estar cargado de múltiples significados: por qué se detuvo el reloj de péndulo del comedor a las once y cincuenta y tres de la noche, qué hacía esa corbata roja tirada en el piso al lado del muerto, por qué no ladró Hércules esa aciaga noche de tormenta, tan incapaz Hércules de hacer otra cosa que ladrar en las noches de tormenta. Un crimen perfecto sólo hasta el último capítulo, porque al final se descubre, descubrimos todos, que ningún crimen es perfecto. Si lo fuera no habría novela, el invento no se entiende sin el accidente, las pistas están ahí para que al final cobren sentido en una estructura general, la pregunta del porqué debe ser respondida, las muertes sin solución están exiliadas en el torpe y transitorio mundo en el que habitamos todos.
Pensaba en el crimen perfecto ese lunes, a las ocho y media de la mañana, en el que los alumnos de los ciclos Intermedio y Medio del Don Bosco nos encontrábamos formados en el patio del colegio, entonando el himno nacional. «Es ya libre, ya libre este suelo», era el primer día de clases «y ya cesó su servil condición». La bandera tricolor era izada lentamente por Cardona, el mejor alumno de mi curso, de ese curso al que me asomaba con expectativa el primer día del último año. Bandera e himno al mismo tiempo, toda la parafernalia simbólica de la nación mientras el Conejo Zambrana mascaba chicle y Lanza seguro que pensaba en Michelle y alguien decía «el que baña a su hermana paralítica tiene el secreto de la inmortalidad» y Chino le daba un codazo al Borracho Gómez y le contaba que esa tarde se iba a tirar a su empleada y Aldunate revisaba su maleta en busca de su tablero de ajedrez y Murciélago no paraba de mencionar su flamante chamarra Members Only y Camaleón decía que el domingo había visto Risky Business con Tom Cruise y le había parecido alucinante y Torres comentaba que se acababa de comprar el casete de Cindy Lauper, Girls Just Wanna Have Fun, y el Salvaje se acomodaba la cristalería y yo pensaba en el crimen perfecto. Nublado cielo de marzo, día de aire inmóvil, «y en sus aras, de nuevo juremos, morir antes que esclavos vivir, morir antes que esclavos vivir, morir antes que esclavos vivir».
Fuente: http://www.elboomeran.com/obra/56/rio-fugitivo/

Reacciones al cuento Nueva York de Bartolomé Leal

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Nueva York de Bartolomé Leal

En octubre de 2007 creamos dentro de www.ecdotica.com, junto con el escritor Bartolomé Leal, una sección que llamamos “EL cuento del mes” que sería una selección de cuentos de distintos autores de la literatura universal. Esta sección se ha convertido en una de las más visitadas y muchas de éstas esperan lo que nos presentará Leal cada mes. Los cuentos están circulando entre los lectores.

Para celebrar el día del libro, Bartolomé Leal “regaló” el cuento inédito Nueva York del que el sitio http://coleccionistadelecturas.blogspot.com/2008/04/nueva-york-bartolom-leal.html ha comentado lo siguiente:

Un cuento apenas de dos hojas que desde el título nos engaña, que mala es la humana costumbre de leer con preconceptos, es posible que en nuestro deseo de “comernos”, de entenderlo, nos traicionen las ideas ya concebidas, pero Leal es sin duda ingenioso, se divierte explicando todo, omitiendo lo esencial y cuando estamos ya caminando por esa calle peligrosa en forma de Y las revelaciones nos atrapan, justo al final de la segunda hoja cuando todo parece claro y en realidad nada lo es.

La maestría de decir ocultando nos sumerge en un relato fresco y entretenido que juega con la imaginación y busca poner a prueba la capacidad de observación del lector. Un verdadero regalo.

Volviendo al cuento del mes, en mayo Leal ha seleccionado Lobitón que ya se encuentra disponible para su descarga en nuestra sección el cuento del mes. Debido a la gran cantidad de visitas que tenemos, estamos tratando de incorporar una especie de foro para que podamos compartir ideas sobre el cuento leído.

Ecdotica

Acerca de la película Monstruo

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El monstruoso espectáculo
Por: Rodrigo Antezana Patton

Al escribir su libro sobre la batalla de Mogadiscio (Somalia), Mark Bowden encontró que, al relatar sus experiencias en el combate, los soldados utilizaban con mucha frecuencia la frase ‘como en una película’. Aparentemente, la mejor comparación para ellos, de explosiones, tiroteos, ataques de helicopteros, la presencia del enemigo en cada esquina, etc., era haciendo una referencia a las fantasías de Hollywood. El libro de Bowden, La caída del Halcón Negro, se convertiría así mismo en una película, pocos años más tarde. La batalla que acontenció en 1993 se estrenó en la pantalla grande el 2002. De la realidad a la ficción. Lo interesante del asunto es que los soldados recordaban su propia experiencia haciendo referencia a la ficción cinematográfica. Pantallas, pantallas.
Allá por los años… mmm, no recuerdo cuándo, un director filmaba una escena, la imagen resultante quedaba muy estática. Director y fotógrafo se reunieron para ver cómo podían agilizar el momento. Experimentaron haciendo uso de una imagen más suelta, como si alguien estuviese mirando. La imagen en la pantalla, más errática, buscaba imitar la realidad del punto de vista. El resultado fue atractivo, más real. Debemos recordar que antes de las cámaras digitales (80’s) todos los noticieros se hacían con cámaras filmadoras de 16 mm, las imágenes, por fuerza de limitaciones técnicas, eran más estáticas que las actuales, a menos que sucediese un problema, y el camarógrafo debiera correr, moverse, la imagen se movía, perdía el enfoque. Se veía mal, y emocionante. Muchos filmes buscaron imitar esa agilidad de ‘noticiero en apuros’. Con CNN reportando cualquier conflicto desde los 80’s, con visiones de batallas y bombardeos en las pantallas de televisión, no como películas, sino como noticias, la brutalidad de la realidad llegaba a nosotros con la fuerza de la fantasía—la realidad, no lo olviden, no puede ser editada, ni retransmitida.
‘Parecía una noticia de CNN’, supongo que pronto será una frase acostumbrada, o tal vez nunca lo sea, ya que suena mucho más interesante el decir ‘como en una película’. Sin embargo, directores y cinematógrafos no podían evitar ser inspirados, a veces, por la dinámica de los programas de televisión, recuerden que todos ellos, en mayor o menor medida, habían crecido viéndola desde 1950 y pico; bastante más tarde en nuestro país. Ade