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FadoCracia (enviado por José Luis Exeni)

FadoCracia

Por Mujeres Creando (enviado por e-mail por José Luis Exeni)

Dicen las paredes: “Pensar es altamente femenino” (Mujeres Croando). Y aclaran: “Llorar es altamente movimientista” (Guillermo Bedregal). Comparan: “Clinton tenía su Salón Oval; el MAS, su Salón Aval”. Provocan: “El Minotauro soy yo” (Mánfred). Dudan: “Si la tiroides, ¿la recogoides?” (Hombres Recreando). Recuerdan: “Patria Libre o Morir” (FSLN). Pronostican: “Tuto 2048”. E ironizan: “

La Cossio-cidad es la madre de todos los vicios” (Gran Chaco). Claman: “Calle-abuelito-Tano” (La curva norte). Previenen: “Cero líneas” (Maradona). Exploran: “¿Dónde está la otra mitad del Medio Oriente?” (Bush Jr.). Y exigen: “¡No a la inmUNITEL!” (Evo). Aleccionan: “Las niñas buenas van al cielo; las malas, a mi dormitorio” (Muralejo). Precisan: “Me he refinado” (Lula). Agitan: “Autonomía, mía, mía” (Branco). Anhelan: “¿Encontraré a

la Maga?” (Cortázar). Y rememoran: “El Estado estaba mórbido” (Das Echart). Dicen las paredes. Ríen y se revuelcan.


Alcoholatum & otros drinks.

Alcoholatum & otros drinks. Crónicas para gatos y pelagatos. Víctor Hugo ViscarraPor  Mariana Ruiz Romero

“Encarar, enfrentarse a un texto, precisa, en primer término, adivinar, asir su identidad”

Virginia Ayllón, Prólogo.

¿Quién es, quién fue Víctor Hugo Viscarra? ¿Podemos decir que el difunto autor de Coba: Lenguaje secreto del hampa boliviano (1981), “Relatos de Víctor Hugo” (1996) y del poemario “Borracho estaba, pero me acuerdo” (2002) -de edición agotada- quien presentó en el 2001, mediante la editorial Correveidile, la serie de crónica Alcoholatum & otros Drinks. Crónicas para gatos y pelagatos, ¿es, era, un autor reconocido? ¿Un autor conocido, al menos? ¿Aceptado?

Acercarse a sus textos plantea las mismas interrogantes. ¿Qué tipo de textos estamos leyendo? ¿Se trata de textos autobiográficos? ¿La autobiografía, en sí,  es parte del canon literario? Muchos argumentan en contra de Víctor Hugo, aduciendo que, meramente, se limitó a reflejar el mundo sórdido donde supo andar. Desde el yo, además, pecado intangible y sutil en los órdenes literarios. Si la autobiografía es por sí misma un género, por así decir, al borde de la literatura, podemos afirmar que lo que escribe, refleja, trasunta Viscarra es doblemente marginal: desde lo que dice –sus personajes, sus escenarios- hasta el cómo lo dice.

Desde su nacimiento (1958) hasta su temprana muerte (2006) Viscarra se vio expuesto al mundo de la calle. Sus cuentos, relatos, crónicas reflejan, según él mismo, a ese mundillo de “rateros, alcohólicos (Víctor Hugo murió de cirrosis fulminante), prostitutas, “polillas” nocherniegos, fracasados…” desde un lugar donde la atención al lenguaje, al código, repite, imita, a la noche que los engendra.

Este sub mundo -donde hace frío casi siempre y donde habitan los personajes menos recomendables de las ciudades de La Paz y Cochabamba- es visto por Viscarra de una manera sorprendente, mediante una curiosidad frente al entorno, dotada a la vez de una fina ternura,  que le permite mostrar, en aquella marginalidad, lo que a primera vista nunca se ve: la vida de los protagonistas. Las ambiciones, deseos y recuerdos presentes en relatos como”A llorar al río” o “Radiografía de la noche”, la firmeza de las imágenes en momentos míseros como lo que se presencia en el “Corredor de la Catedral” alcanzan el efecto, bajo la mirada de Víctor Hugo, de una combinación absorbente e hipnotizante, generando el deseo de no terminar, de perseguir esas vidas hasta el fondo mismo… de la página.

Estas crónicas, cuentos y relatos, esta “autobiografía sin dejar de ser literatura” que según el autor, va en contra de toda definición fácil por parte de aquellos a quienes les resulta importante definir qué entra o no al campo de la literatura, hablan por sí mismos. La prosa ingeniosa, la mirada atenta, la veracidad de las imágenes, bastan para atraer (o repeler, qué duda cabe) al lector curioso, que desee atisbar  más allá de una frontera.

Todo lo cual, ya lo sabemos, a Víctor Hugo Viscarra lo traía sin cuidado.


La historia no tan secreta de Fantasmas asesinos

Una versión policial y las obsesiones de un idiota

Por Wilmer Urrelo

(Les pasamos una nota del mismísimo Wilmer Urrelo, reciente ganador del premio Nacional de Novela con Fantasmas Asesinos, aún no publicada, que nos cuenta de manera exclusiva para www.ecdotica.com de qué lo inspiró para escribir su novela. Como saben, Urrelo ganó el Premio Nacional de Primera Novela Nuevo Milenio con Mundo negro)

Era 1986. Un terrible crimen se cometió en la ciudad de La Paz. Un hombre había matado y violado a un niño de siete años de edad. Yo tenía diez. No conocí a ninguno de los dos personalmente. No sabía nada de ellos hasta ese momento. Me gustaba ver los Transformes y He-Man y hacerme la burla de los Cariñositos, ¡ah! y jugar Atari también. Los periódicos, la radio y la incipiente televisión de la época exprimieron el caso del niño muerto. Los políticos de la época también, pues para variar Bolivia vivía días de convulsión política: el 21060, la mano dura, Huanchaca, la intolerancia. Me avergüenza decirlo: la historia del niño me obsesionó a partir de ese momento. No podía pensar en otra cosa. Tenía todos los recortes de los diarios. Sabía los nombres de los involucrados. Cómo habían sucedido las cosas. Pero no sabía qué era violar, por ejemplo. ¿Qué me pasaba entonces? Sí sabía qué era la muerte, en todo caso. Y creo que ese año yo (y tal vez algunos otros niños) descubrimos que éramos vulnerables: que podían hacernos daño, que podíamos morir. A lo mejor por eso me obsesionaba el caso. Pasaron los años. Y creo que a comienzos de los 90’ me cambiaron de colegio. Me parece que no era un buen alumno. Más bien regular. Lo increíble fue que el colegio de marras se hallaba cerca de donde habían hallado el cadáver del niño. Prácticamente al lado donde había sido asesinado. Era como si la historia me estuviera persiguiendo. Ya éramos adolescentes. Pero pese a los años transcurridos la historia del niño circulaba todavía con fuerza entre los alumnos. Cambiada, deformada, transformada. Me había olvidado del asunto (me interesaban más las chicas). Por esa época descubrí a Vargas Llosa. Quería ser como él. Cabe resaltar que el que escribe esto era un maldito: en los recreos me metía a los cursos y abría las mochilas de mis compañeros para destrozar los cuadernos y pisar las calculadoras. Cortaba las hojas. Les ponía pegamento. Les echaba tierra. ¡Cuántos habrán llorado por mi culpa! Cuando alguien me pasaba algún slam (¿sabrán la nueva generación qué es eso?) yo hacía dibujos subidos de tono y respondía a las preguntas con obscenidades dirigidas siempre a las mamás del otro. Era un pobre idiota, en resumen. No sabía por qué lo hacía, en serio. Estaba seguro (era un adolescente, pues) que me convertiría en un delincuente. Hasta que llegó La ciudad y los perros: yo también quiero escribir. Vargas Llosa me salvó la vida. Pero la historia del niño estaba ahí todavía. Quería escribirla desde esa época. Me cambié de colegio otra vez. En esta ocasión los chicos y chicas eran más pendejos y más vivos y más todo: no eran como yo, el “niño bien” que no sabía por qué hacía las cosas. Así que no me quedó más remedio que callarme y ver. Contemplar. Vargas Llosa ya era parte de todos los días de mi vida. Ya no quería ser otra cosa que un escritor. ¡Plop! Salí bachiller. La historia estaba ahí, sin embargo transcurrieron los años y otra vez el tema fue pasando a segundo plano. Vargas Llosa ya no me gustaba tanto como al principio. Descubrí la literatura policial. Hammett, Soriano, Chandler, Himes, Giardinelli, Taibo II, etc. Aunque había algo que me molestaba: no tenía las bolas suficientes para escribir la historia del niño muerto. Del tipo que lo asesinó. De esa extraña obsesión por el tema. De cómo somos los bolivianos frente a ese tipo de temas. Quería ser escritor pero me daba miedo encarar el tema. Los años, por suerte, me dieron una nueva tregua.

Algo así parecido al valor

Mundo negro fue la primera novela en serio que escribí. Trata del robo de un manuscrito y las terribles cosas que pasan en los recovecos de los ambientes literarios (las envidias, los deseos de éxito a cualquier precio). Creo que lo hice de un tirón. Antes me había entrenado con cuentos violentos y que no hablaban del país. Transcurrían en lugares indeterminados. En cualquier ciudad del mundo. Presenté la novela a un premio y ganó. Desde ese año (2000) la historia del niño muerto volvió a perturbarme una vez más. Entonces decidí volver a encararlo. ¿No era ya un escritor después de todo? Entonces me puse a investigar: ahí estaban una vez las imágenes del asesino, del niño, de la población paceña pidiendo la pena de muerte. Los expedientes forenses. Los lugares físicos donde transcurrió todo. Pero me pasaron cosas extrañas. Tenía pesadillas. No podía dormir. Me enfermé de cosas extrañas. También retornaron los recuerdos de los años que pasé convencido de que iba a ser una rata (entiéndase: ladrón, chorro, ratero), el deslumbramiento ante chicos distintos a mí, más maduros, con más experiencia en la vida. La memoria es peligrosa, pues descubrí que muchas de las cosas que creía que habían ocurrido no pasaron jamás. Descubrí que el asesino tenía un largo prontuario. Que quizá había un tío suyo al que nadie se dedicó a investigar. Era 2003 y tenía todo para comenzar. Podía ya mentir con conocimiento de causa. Pero no tenía el valor suficiente para hacerlo una vez más. Me faltaban bolas. ¿Cómo escribir sobre algo tan terrible sin sentirse mal? ¿Sin dañarme a mí mismo? ¿Cómo hacer para tocar el fondo del vaso? Hice intentos. Vanos todos. Renuncié. Me fui a Santa Cruz. Aprendí algo de gwarayu. Me hice camba-colla. Pensaba en la historia, claro. Hasta que un día, al finalizar 2005, mientras estaba parado en el techo de mi casa reparando las tejas supe cómo escribir esa historia, pero ante todo creo que agarré valor. ¡Bendita seas Santa Cruz! Coraje. Fantasmas asesinos es una novela dura (un cuatecito mío tuvo pesadillas cuando leyó el manuscrito). No tenía salida. Creo que apuntar por otro lado hubiera sido deshonesto. Algo así como La Pasión de Cristo de Mel Gibson. Tenía que ser una novela desgarradora y sangrienta y qué mejor que el policial para encararla. Éste es el género más adecuado para escribir algo como yo quería: te da la posibilidad de registrar escenas que en otros géneros serían como el lunar peludo y café en la cara de una chica bonita. Así que escribí la historia que me había obsesionado por tanto tiempo. Todos los días. Varias horas seguidas. Al fin sin miedo. Al fin con bolas. Cuando pasaba esto se cumplían veinte años de los hechos reales. Un montón de tiempo.

Todo es mentira, algo es verdad

Fantasmas asesinos aborda la muerte de ese niño. Pero también las obsesiones de un idiota (en cierta medida yo), el amor, la situación política de finales de los años 80’, el fanatismo, la hipocresía de los bolivianos cuando ocurren casos tan terribles como el que narro. Dice Vargas Llosa que escribir una novela es como hacer un strip-tease pero al revés. En vez de quitarse la ropa el autor se la pone, camufla, cambia los hechos… pero también afirma que es una manera (el escribir) de exhibir sus demonios, sus fantasmas, sus obsesiones. ¿Será eso? Ya pasaron varios meses y aún no puedo escribir ficción. ¿Macurca literaria?, tal vez. Ahora me preocupa cómo recibirán semejante novela. En serio. Les juro. Yo mismo estoy asustado.


Andes ateos

Andes ateos

Por Rodrigo Antezana Patton

 

Hace poco tiempo tuve la oportunidad de ver la película “Amargo Mar” de Antonio Eguino, como señalaba un amigo—muy apropiadamente—la película funciona como docu-ficción y logra transmitir la idea histórica que la motivó, la pérdida del litoral boliviano se convierte en una equivocada artimaña de intereses egoístas en vez de la torpe derrota de un pueblo en jolgorio. Su más reciente filme, “Los Andes no creen en dios”, tiene en común la mirada al pasado. Ahora no se trata de una tesis histórica, la inspiración de la película son dos cuentos y una novela de Adolfo Costa du Rels, menuda ambición. El cine se presta muy bien para adaptar cuentos, pierde bastante cuando se arrima a las novelas, unir nada menos que tres narraciones en una es un proyecto muy ambicioso. Tal vez, demasiado.

Con algún que otro ‘pero’ a detalles (se bambolea el tren, no se mueve. Se quema la casa, con Photoshop. Etc.), “Los Andes” es una película muy bien lograda. Hablo de un sonido claro de principio a fin, no se pierde un diálogo, no está ausente el ambiente. La iluminación de cada escena; aunque uniforme, deja una imagen clara, inclusive de noche. Una mención especial, y realizada de pie, se debe hacer a la reconstrucción histórica de los diversos lugares que los personajes visitan: la Terminal de Uyuni, el prostíbulo, los vistazos a la ciudad de esos años, son de lo mejor que ha visto el cine boliviano. Ah, y no debo olvidar mencionar a la locomotora y los vagones.

Entre los artistas que participan en la cinta encontramos al peruano más famoso del cine boliviano (sin que esto se deba interpretar como un resentimiento chauvinista, es una inevitable broma, nomás), Diego Berti, en el papel de Alfonso Claros, una alusión al autor de la novela, Adolfo Costa. Su interpretación, una vez más, es sólida, con soltura y encanto. Es fácil creer que él está en la pantalla, no como persona sino como personaje. Un aplauso especial debe ir al famoso Milton Cortés, cochabambino honorario, cuyo timbre privilegiado le permitió lanzar dos sencillos de mucho éxito en los años 90. Actor de telenovelas, series y “Jonás y la ballena rosada”, Milton tiene más que suficiente experiencia para dar la talla necesaria y encarnar a Joaquín Ávila con realismo. El filme también nos muestra que no ha perdido un ápice de su talento de cantante. La presencia femenina más destacada es Carla Ortiz, no sólo por su belleza, también por razones histriónicas y narrativas. Ella es Claudina Morales, la que corrompe a los hombres. La historia le otorga suficientes diálogos como para exhibir su talento; y esto no lo digo con doble sentido, a diferencia del resto del elenco femenino ella consigue presentar un personaje.

También están muchas otras caras conocidas; y no tanto, del teatro nacional, que suelen aparecer en el cine. Está Jorge Ortiz, lo que no será una sorpresa para nadie. ¿Dónde no ha estado este actor? Su filmografía y la del país casi están a la par. En “Los Andes”, Ortiz será Genaro, el catador de minerales. Asoma su rostro el actor y aparece el veterano aventurero de la montaña. En cuanto al resto del elenco, de otorgarle una oración a cada cual sería, en proporción, más generoso de lo que lo fue la cinta con sus respectivos personajes. Sucede que hay muchos en “Los Andes”, ya que también hay tantas historias. Otorga riqueza a una construcción narrativa el poseer personajes secundarios con personalidad, o siquiera presencia. Ahí están todos: ‘los Smithies’, los muchos ‘gringos’ que visitan la montaña, las mujeres conservadoras, la ‘dueña’ del local, el cura de pequeño pueblo. Muchos personajes, muchas historias.

Un guión puede darse el lujo de ser ambicioso, si esa ambición le abre senderos y lo proyecta a los lejos. Es bueno pensar en abarcarlo todo, es un desafío. Supuestamente, el proceso de construcción iría revelando qué podría narrarse y que no. Ahí están, a pesar de todo, la historia de la misqui simi y de los Andes, junto a muchas otras más. El gran problema, de esta agradable y bien realizada película, es el haber convertido a su personaje principal, Alfonso Claros, en uno secundario. Hay una pregunta para cada presencia (evitando revelar la historia), incluso para los que apenas muestran sus caras: ¿cuál es la tragedia en el pasado de Clota?, ¿encontrará, Genaro, el filón que tanto busca?, ¿quién ha complotado con los Smithies?, ¿está Joaquín enamorado de Claudina?, ¿y qué será del amor que lo espera en Cochabamba? Etc. ¿Cuál es la pregunta de Alfonso? Porque él está ahí, allá, con ella y él, pero la historia, en ningún momento, llega a ser suya.

El gran problema de otorgar a un papel principal el trabajo de lazo entre las distintas historias es que todo le pasa a él, sin que en verdad importe (¿Es suya la mina?, ¿la misqui simi?, ¿qué?). Así, “Los Andes” es un filme que es grato ver, pero nunca logra generar expectativa por lo que va a pasar. Hay un limitado número de escenas que deberán llevar la historia, si ésta historia no es del personaje principal, entonces hay mucho tiempo perdido en el ‘lazo’.

Los bolivianos lamentamos mucho lo caro que cuesta hacer cine, pero un guión es papel y tiempo. Antes de emprender el esfuerzo titánico de convertir el papel en celuloide, los realizadores deberían revisarlo seriamente, ya que es la base de todo el trabajo por venir. El personaje de Joaquín podría haber llevado toda la historia, o Genaro, para convertir a los otros en personajes secundarios, incluyendo al muy bien plantado Alfonso. Se hizo a la inversa y la película pierde por ello. “Los Andes” tiene a favor una técnica cuidada, desde el sonido hasta la iluminación, una reconstrucción atractiva, y un solo gran defecto. ¿Será suficiente para convocar a las ávidas masas de cine boliviano? Espero que sí, pero no sé si será suficiente para satisfacerlos.


La morada del poeta

La morada del Poeta

Por Claudia Bowles O.

(Como homenaje póstumo a la muerte de Robertito Echazú, y con el permiso de Claudia Bowles, podrán (re)leer el prólogo que se encuentra en Poesía Completa (Editorial Nuevo Milenio), para que sigan disfrutando y conociendo un poco más de este poeta tarijeño, ahora ausente) 

Polvo serán estos versos que disperse el viento o el olvido

Roberto Echazú Un poema es un lugar donde se juegan las posibilidades o imposibilidades de ‘decir’ al mundo; es el ámbito de la conjetura dubitativa, de lo conflictivo, propio de la modernidad. Pero es también un espacio donde se juega el sí mismo; donde profundizar en el verbo nos lleva a encontrar la ausencia; es un espacio donde ya no hay dioses y ni la palabra  nos protege de la herrumbre del olvido. El lenguaje poético solo permite nombrar las ausencias, y eso en rigor, es lo que encontramos en la poesía de Roberto Echazú.Desde 1879,  a pesar de que la esencia significativa de este primer libro parece ser la más distante de sus aflicciones, Echazú nos habla  de ausencias. Más adelante, como en Morada del olvido, lo hará evocando una suma de presencias queridas. Finalmente, desde Akirame (1966) hasta Memorias Presentes (2000), su poesía se sumerge en las profundidades de la conciencia del hombre. Y es a partir de aquí,  que surge una voz lírica cuyo ritmo e intensidad nos corta el aliento. *******

La historia es el punto de partida que se transfigura, en 1879, en un instrumento para referir el amor, la vida y la muerte. Es, hay que decirlo, una visión trágica de nuestra historia, la que da inicio a su obra poética. Visión trágica, que Echazú descubre en 1879 e intuye en el resto de su poesía. En principio, por la certidumbre de que el devenir del hombre boliviano se ha construido sobre la sangre vertida y perdida…la sangre que construyevictoria y porvenir (En el mar...)Pero en 1879 está también presente la configuración de una sospecha (que más adelante se comprueba: de la imagen de un “país -no país”,  en el que  no existe la posibilidad de gozar, donde  los placeres se construyen tan solo olvidando el pasado, y donde la única herencia telúrica compartida por todos, es la soledad. He ahí la conciencia de lo trágico. Echazú retrocede en el tiempo y desciende en el espacio para descubrir la fealdad y el sinsentido, la miseria de la guerra sobre la que se ha fundado y de donde emerge la imagen cercenada, mutilada de nuestro ser. A diferencia  de otra poesía enunciativa, aquí ésta nos aproxima a la esencia misma del hombre, alimento de su propia historia. Poesía de la celebración pero por negación: como un antiguo ritual, el poeta recobra su rol de oráculo para cantar la poesía del recuerdo de los grandes fastos de la historia. Pero, ¿no es este en realidad un recuerdo también de la pérdida de utopías más recientes? Podríamos sospechar de una preocupación más inmediata en el tiempo y en el espacio, que orienta su mirada hacia los conflictos sociales de este último tercio del siglo.                                              

Vivimos largo tiempo en las cárceles por creer en la juventud

absorbida

en una muchedumbre

unida por la misma sangre(Nada tiene en común…)

La voz en plural del poeta, que se solidariza con el mundo y habla en nombre de él, pronunciando esa palabra mágica capaz de conjurar el olvido, es esa la voz de 1879, palabra protectora y paternal, que intenta, por lo menos, existir y trascender en la poesía. Es la poesía asumida con voluntad de poder, como posibilidad de cambio.

por el poder de la verdad; por el poder de una caricia una multitud sonriente.

(Por el Poder…)

1879 nos evoca el cercenamiento territorial, pero sin saberlo con certeza, también nos anuncia lo que será el fin último de su búsqueda y de su escritura.

En un día futuro las puertas abiertas

de las casas para comprender

la razóny descender al fondo de los lechos

abiertala gloria, la miseriaoculta.

(”Nada tiene en común“)

Desde entonces, Echazú ha permanecido, con la poesía, en el tiempo del desamparo, el tiempo de la ausencia de los dioses, en una especie de exilio hacia el interior, que lo transporta de texto en texto, configurando siempre un mismo y reiterado espacio: el del ocaso, el del fin, el de la muerte como un retorno a la tierra.

******

La poesía existe para que la muerte no tenga la última palabra. En esta lucha, en esta agonía, la palabra es la victoria del hombre, victoria pasajera y efímera; es proyección contra el anti-destino del hombre, —la muerte, ya que no la eternidad; y como su victoria nunca es definitiva,  debe ser incesantemente reiterada.

Tal es el nacimiento de la soledad en las lindes de las razas

Tal su ardua permanencia que la amamos

Y así nuestro canto se eleva sobre los altos follajesde la gloria    

(Akirame)

Pero la presencia de la poesía es como el olvido, que lleva a Orfeo a volcar la mirada y, sabiéndolo,  perder a Eurídice. Pierde a la amada, pero ha llegado a las profundidades. Y, sin embargo, ¿podría haber sido de otro modo? ¿Podría la poesía ser de otro modo? ¿Podría el poeta elegir la vida cómoda y segura del mundo? La paradoja reside en el hecho de que esa ansiada liberación que se busca en la poesía, solo se alcanza muriendo en su búsqueda. La poesía es una afirmación de la vida, aún cuando su escritura sea una irresistible aproximación a la muerte. Se ha dicho que a lo largo de sus diversos fragmentos, en Akirame, se va erigiendo el eje principal de gran parte de la poesía de Echazú. Aquí la voz del poeta se multiplica en disonantes participaciones que, alternativamente, pregunta y responde sin encontrar más que tumbas y silencio. No queda sino el espacio vacío de lo que fue humano y vital. El poeta  está frente a la desolación de la desolación, la muerte misma. Una imprecación reiterada hacia la muerte se repite                       

“¡Malamada y servidora de proscritos!                       

¿Por qué su púnica excusa en túmulos de dolor                        

y de olvido, sus baluartes hunde?

Pero no hay respuesta posible. El tiempo cíclico, el tiempo del eterno retorno, el que dejaba la posibilidad del renacimiento, del resurgimiento, ha pasado. Ahora el hombre está solo, disperso y errante en un espacio que también se ha fragmentado, errante en su propia dispersión. El universo se desgrana y separa de sí, es una totalidad que ha dejado de ser ‘pensable’ sino como ausencia. La poesía busca, bajo la forma de diálogo, encontrar al otro. Las tinieblas, el silencio, los surcos vacíos, la fealdad y el cansancio, acechan  al poeta.

Y toda la gran dicha que en la agonía se aliena, es curso

que sigue a su inmensa soledad. 

Una única esperanza se vislumbra 

Mi amor que también es arma amante

que solo se renueva en ti despejando a la muerte Desde la aparición de las vanguardias, especialmente del surrealismo, se ha creído en el poder del amor. El amor y la palabra son las únicas armas contra lo perecedero, y la muerte una puerta de fuga hacia la eternidad.

¡Amar!,

¡amar!,

¡amar!,

en las altas cruzadasde tu alma.

Sobre la altivez del corazón

dejando su ropaje en los vestibularios del espíritu-¡Sobriedad  y manera de ser! - Oh perennidad de amor

El amor se puede salvar por medio del reconocimiento del otro: el ‘otro’ y el ‘yo’ que se identifican en una mismidad ‘para hacer de mi espíritu una semejanza tuya’. Por otro lado, la esperanza, como refugio, ya aparece aquí dentro de un espacio preferencial, al que luego se retornará en todo un poemario. 

******* Tras veintiuno años de silencio, Echazú publica Provincia del Corazón (1987), anunciándose ya los más apreciados tópicos de su poesía. Tras él vendrá Morada del Olvido (1989) que junto a Gabriel Sebastián (1994) y Humberto Esteban (1994) son los libros centrales en lo que se refiere a sus vínculos más íntimos e invariables.En estos últimos textos, Echazú se acerca a la fuente de vida del hombre: la tierra que guarda, como el árbol, el recuerdo y los sueños que dan sostén a la vida. ¿Qué en común tienen estos ’seres’ que con nombre y apellido habitan estas páginas? Por qué hablarles? Provincia del Corazón y Morada del Olvido reúnen estos poemas/relato, como un homenaje al hombre simple y libre, gesto cargado de amor por el género humano, que sólo se compara con el amor filial de los poemarios dedicados a sus hijos.-Te amo Gabriel-y que el rey

no me lo prohiba

ni se alargue

en su ley.

(Gabriel Sebastián)

Con una palabra tuya se acrecentó

el universo

(Humberto Esteban)

En ambos libros, la presencia de los niños es de una fuerza renovadora y mágica, que hace renacer la vida y recobrar la simpleza de los orígenes. Y sin embargo, la solitaria melancolía desde la cual nos habla el poeta, traiciona  este intento por interactuar y dialogar, porque el hijo finalmente es un espejo, que le devuelve la palabra, como confidencia a sí mismo:

¿Cómo hablar de la luz

si son tus ojos

donde veo mi alma?

Entre todos estos textos y en otra línea de su poesía, “Tríptico del hombre y de la tierra” es uno de los poemas de mayor vitalidad. La preocupación por la guerrilla es una manifestación de solidaridad que encuentra su intermediación textual en este poema, bello, profundo y complejo. En una larga serie de brevísimos versos, encadenados unos a otros, los sentidos de la pertenencia, la libertad y la muerte se intercalan, se superponen, se entrecruzan una y otra vez en una dispersión infinita. Como condensado epíteto, que resume la visión de la nación negada, una antítesis contradictoria que describe al país como un no-ser en  una  perspectiva que por lo tanto  le niega al yo la posibilidad de serlo. Con Tríptico… el poeta se hace uno con el  hombre  y con la tierra, pero en un país-no país, sin libertad, no es posible ser. Por eso no queda más que la muerte:

Vamos

nomás

es mejor

morir a cuestas….con el fusil

bajo el brazo

caminando

monte

adentro.

Y es que monte adentro, es mejor morir a cuestas… Echazú ha alcanzado a hablar sobre  el hombre, hablando desde el hombre mismo. El país-no país es una evidencia: este no es un país, pues carece de la libertad para serlo. ¿Es esto un pensar el país o un sentirlo? Cómo trazar la línea divisoria entre el pensarse y el expresarse de los que habla Blanca Wiethüchter? Sentimiento y certeza, la poesía contenida en Provincia … esta es poesía que devela verdades y las convierte en sentimiento. Es conocimiento al mismo tiempo que manifestación vital. Provincia del Corazón y sobre todo Morada del olvido, son cantos al hombre de la tierra libre, que se vierten como bálsamos ante el olvido y la  espera:

Santiago Chambi tiene un reloj

Santiago

tiene

pero no tiene

un país.

Qué pena

Santiago Chambi

Qué pena

tiene las hierbas

Y

Qué pena, tiene tu voz

Es un lenguaje enunciativo y expresivo a la vez, que alcanza una fusión de lo reflexivo y lo mayor, la realidad insondable e inasequible se escurre por momentos ante la mirada insistente que busca el sentido:

En vano

el verso llama

en su severo

tablero

al encendido amor

de una dicha

(”Julio Chámas”)

Aproximándose a lo que será su poesía final, estas exclamaciones desesperadas quisieran respuesta cierta y buena:

¿Qué piensas Roberto Molina

después de saberte

compartido

entre

el viento

y

el olvido(…)

Espadas o

cuchillos

todo es igual

y convergen

siempre

en la brusca

herida

del olvido. 

*****

Quien profundiza el verso, muere, encuentra su muerte como abismo.

M. .Blanchot. Solo Indigencias (1989) inaugura la secuencia final de estos textos donde la brevedad y densidad dan cabida a la revelación más sobrecogedora estremecedora que recoge esta obra, y que junto a Inscripciones (1997) y Umbrales (1998), constituye la confirmación de una búsqueda que ya se había anunciado desde el primer poemario. Estos mínimos versos, donde un patio y una estrella, son el escenario perfecto para la contemplación última, donde la soledad es también sinónimo de paz, donde ya no hay que hablar sino escuchar: Si este es mi destino

que en su afán

la muerte

mi mombre

sólo encuentre en todosu camino

(”Solo Indigencias“)

Desde los himnos del los primeros poemas, los cantos amorosos a los hijos, con los cantos tristes  de esta última escritura, todos son una muestra de la desgarradura del poeta. Aún la fraternidad, nacida del mismo sentimiento de soledad, es fraternidad sobre el vacío. Ahora ya se ‘ins-/escribe’, se deja registro, se talla la huella del paso por la vida con la propia palabra; se desgarra de sí el último aliento vital, para recobrar la calma y esperar.

¿Quién llama

a la puerta

para decir

que ya no existo?

¿Eres tú padre

acaso

que me llamas

o

eres

tú madre

que me lloras?                                                                       

(Camino y Cal)                                 

Poco a poco, se van abriendo las puertas, se desplazan los espacios. Ya casi nada queda: 

Hay demasiada muerte  

para tan poca vida.


[1] Palabra de origen japonés que significa “resignación ante lo inevitable”.

[2] En Provincia del corazón

[3] Wiethüchter, Blanca: Poesía Boliviana Contemporánea en Tendencias Actuales de la Literatura Boliviana. Institute for the Study of Ideologies &Literature. Minneapolis/Valencia 1985 p.76 


Apuntes en torno a la obra y la vida de Víctor Hugo Viscarra

Apuntes en torno a la obra y la vida de Víctor Hugo ViscarraPor Pablo Gozalves (Director y Editor de Tercera Piel)Aproximarse a la obra de Víctor Hugo Viscarra es una oportunidad inigualable para hablar de los fundamentos de la escritura y también una posibilidad de indagar en la expresión del vértigo que deseo traducir como la experiencia del límite. Sí —digo del límite— porque es en el umbral de la marginalidad que él existe y escribe. Para Viscarra escribir es responder a una necesidad inmediata, es un desahogo que permite expectorar los movimientos internos; una terapéutica como entendiera Cioran, porque es a partir de la desgarradura constituyente del individuo que se hace necesario el acto de la escritura, para atenuar las presiones interiores y para debilitar sus erupciones en la carne; una catarsis en sentido pleno. Su espíritu testimonial trasunta en el mundo del margen del que se siente portavoz y del que se ha alimentado toda su obra literaria. Pero nuestro escritor no solo ha enriquecido la literatura boliviana con sus relatos, memorias y cuentos. Sus investigaciones sobre el coba —lenguaje secreto del hampa boliviano— son un aporte sólido a los lingüistas de nuestro país y una base referencial imprescindible para ingresar en los sectores del “lumpen”.La forma de plasmar los hechos en palabras, las vivencias de las que participa como testigo y narrador o como tejedor que hila en el recuerdo de las imágenes autobiográficas, no es forzada, tiene valor intrínseco y responde a la necesidad de proyectar hacia el exterior el centro existencial que construye su mundo literario.El acto de escribir cobra sentido entonces como acontecimiento solitario, en el cual el individuo se mira en el espejo para retratarse y dialogar consigo mismo. Es por esto que no se exhibe cuando escribe, porque escribe para sí mismo. Después, por el carácter público del objeto artístico, la obra supera al autor y deja de pertenecerle. En varias entrevistas Víctor Hugo Viscarra afirmó enfáticamente: “publico, asumiendo las consecuencias, lo que los escritores mediocres prefieren callar”. Sin embargo, y paradójicamente, su obra no ocupa un lugar marginal en Bolivia y su nombre está impreso en mayúsculas en la narrativa contemporánea de nuestro país.Seguidor de las obras de José León Sánchez, de Dostoyevski y de Bukowski entre otros, Viscarra deambula los barrios marginales de la ciudad de La Paz, observando, participando, hilando, cuestionando a esta sociedad que mira la pobreza con desdén e hipocresía. Su estilo de vida transgresor sacude el conformismo del establishment. El aspecto exterior y anecdótico de su obra y su vida nos revelan la exploración de un hombre que se interna en lo profundo de las zonas de extrema tensión del ser humano; en la miseria consustancial del individuo.La noche entumecida de frío, los basurales, las cantinas y prostíbulos en decadencia, las calles vacías, los estertores y vahos del alcohol son los escenarios en los que se desenvuelven los relatos, con apariencia sórdida y en un aislamiento fundamental que le otorgan los rasgos de aquellos hombres “heridos” a los que se ha negado el don de la ilusión. Como Artaud que al afirmar en una carta: “yo he nacido de mi dolor” Viscarra escribe desde el apocalipsis personal en el que se encuentra, porque, y esto apunta a desentrañar los fundamentos de la escritura, “Escribir es un acto fisiológico”; “Escribir es inscribir algo en la carne. Es tatuar al que lee” según afirma Trías.Bordear los límites es no pertenecer a ningún lado, es conducir la nave de los locos, destinado al exilió en el propio desierto interior. Como el monstruo necesario que atemoriza a la ciudad y que escribe sus memorias apoyando sus cuadernos en los extramuros de la ciudad mientras vela, insomne, lo intolerable de la noche, más allá del estremecimiento, en la frontera de la vida en sociedad que no comprende y del individuo enfrentado a su propia sombra.


Roberto Echazú ha muerto

Roberto Echazú ha muerto

Por Pedro Shimose
En Tarija se me ha muerto Roberto Echazú, amigo del alma, compañero. Poeta elegíaco, existencialista, su obra consagra la poesía coloquial elevada a categoría de gran arte. A los 24 años irrumpió en la escena literaria con el espaldarazo del crítico Juan Quirós, director del influyente suplemento Presencia Literaria. Quirós editó y prologó el primer libro de Roberto, titulado 1879, seguido de Akirame (resignación ante lo inevitable, en japonés), poesía críptica de engañosa sencillez, tributaria de Óscar Cerruto, Antonio Ávila Jiménez, Paul Eluard y Saint-John Perse. Después optaría por un lenguaje más directo, fundado en el habla cotidiana, sin renunciar por ello a su estilo depurado.
Portador de una inmensa cultura literaria, Roberto Echazú Navajas (Tarija, 01/05/1937-ídem, 09/04/2007) era, sin embargo, una persona humilde y discreta, nada arrogante. Parecía ingenuo y frágil, pero en realidad tenía la fortaleza de las almas buenas y la sabiduría de los grandes taciturnos, tan llenos de silencio. Cuando nos veíamos –en Tarija, La Paz o Madrid– su presencia angelical alentaba mi fe en la poesía, porque su palabra, como la de René Char o Albert Camus, destilaba autenticidad y hondura. Sabía un montonazo de teoría literaria y, sin embargo, su palabra transparente rechazaba el exhibicionismo intelectual de los eruditos a la violeta. Hacía gala de una fingida ignorancia. Existencialista, iba por el mundo con el alma desollada ante el absurdo de nacer para morir, para ir muriéndonos de a poquito, en medio del tráfago diario, dolido de la condición humana que Pascal desentrañó en sus Pensamientos y Albert Camus diseccionó en su ensayo El mito de Sísifo, héroe griego –símbolo del absurdo– condenado a transportar, a la cima de una montaña, una pesada roca que luego volvía a despeñarse. Así se explica que, en 1959, Roberto fundara en Córdoba (Argentina), en compañía de José T. Marano, la revista Sísifo, en la que colaboraban Rodolfo Alonso, Edgar Ávila Echazú, Armando Zárate y Martha Casanova, entre otros. Un desengaño amoroso, unido a otros líos políticos, lo forzaron a retornar a Bolivia. Instalado en La Paz, nos conocimos en 1962, en la redacción del diario Presencia. Roberto llevaba bajo el brazo un libro de Miguel Hernández, Cancionero y romancero de ausencias. Hablamos de Saint-John Perse, Paul Eluard, Oscar Cerruto, Apollinaire, Pavese, Ávila Jiménez…
Gran parte de su obra es elegíaca; otra, muy poca, está reservada a la amistad; el resto es silencio. Al releerlo, me invade un largo escalofrío, pues compruebo que el amor le fue esquivo. Ahora, está instalado en el silencio total, en la perplejidad de su nada. Arrastra su soledad como Sísifo arrastra su roca. Desde allí nos contempla y nos habla de su atroz nostalgia del Paraíso, y de una muchacha que le inspiró el poema Tú eres pura…, su único poema de amor.
Publicó quince títulos en forma de folletos: 1879, 1961; Akirame, 1966; Tríptico del hombre y de la tierra, 1969; Provincia del corazón, 1987; Morada del olvido, 1989 (Madrid, 1990); Sólo indigencias, 1989; La sal de la tierra, 1992; Gabriel Sebastián, 1994; Humberto Esteban, 1994; Camino y cal, 1997; Inscripciones, 1997; Umbrales, 1998; Memorias cercanas, 2002), Cercas de soledad, 2003; y Sobre las hojas del otoño, 2006. Hace años, se publicó su Poesía completa (Santa Cruz de la Sierra, Editorial Nuevo Milenio, 2001; 252 págs.) con prólogo de Claudia Bowles O. de Cárdenas. A cinco años de su publicación ha quedado incompleta. Sería oportuno actualizar ese compendio. El poeta se lo merece.
Roberto Echazú se ha ido. En Camino y cal (1997), el poeta describió su propia muerte: “Ha crecido/ la noche/ para ti.// Ya no habrá/ más camino/ que la luz/ de las estrellas…”. Su cuerpo descendió a la tierra, pero su obra queda entre nosotros. Ars longa, vita brevis. Leámosle. // Madrid, 13/04/2007


Encomio de Roberto Echazú

BUENA LECHE ENCOMIO DE ROBERTO ECHAZÚ

Por Ramón Rocha Monroy
Ayer murió Robertito Echazú. Murió de hiperestesia. Cuando pregunto si la gente prefiere la hiperestesia o la templanza, por lo general no entienden lo primero y escogen lo segundo. Roberto Echazú Navajas escogió la hiperestesia.
Escoger es una exageración: para él la hiperestesia fue un destino, una fatalidad, como lo fue la poesía. Él no escogió el doloroso oficio de poeta: le cayó encima como una tortuga que se desprendiera de las garras de un águila. Y lo volvió clarividente. La luz de un nuevo conocimiento lo encegueció de tal manera que se dio cuenta de varias cosas tristes: percibió que de este mundo no podemos caernos, que somos una partícula de vida en el ápice de un instante, que nacemos condenados a empujar la roca de Sísifo, que estamos solos, terriblemente solos, que los únicos seres verdaderamente humanos son los hijos de la miseria, y que la única pulsión de vida que nos hace más humanos es el buen humor y la buena leche para aguantar las cosas de este mundo.
Por supuesto que esta vocación ineludible de Robertito por la poesía y la clarividencia comenzó a molestar al mundo.
A los hijos, a los jóvenes, a los amigos, les encanta que los soportes como si fueran tus enfants terribles, pero no toleran que te conviertas en un padre terrible. A tu cónyuge le encantaría que fueras comedido, pulcro, puntual, flaco y abstemio, que tu aliento oliera a eucalipto y no a vino, que no conocieras otro lecho que el de ella y que te hicieras escaso yendo a trabajar las ocho horas de los cinco días laborales y que fueras al mercado el sábado y cocinaras el domingo y no buscaras otro regocijo que bostezar en la tibieza del hogar.
Al Estado, lo dijo Platón, los poetas le importan un ardite. Los gobiernos te pueden dar pega pero sólo si te obligas a escribir discursos y memorias, encomios y libelos, editoriales y autobiografías que firmarán otros. La sociedad te convocará a sus horas cívicas y te ignorará por el resto de tus días.
Robertito Echazú Navajas murió de tanto vivir, pero, más aún, de sentir la vida con intensidad y dolor. De este modo, tarde o temprano tenía que sumergirse en el otro lado de la noche. Y, como dice Jaime Sáenz, en nombre de unos cuantos elegidos: “¿En qué consiste el otro lado de la noche? El otro lado de la noche consiste en que la noche, simple y llanamente, se te entra por la espalda y se posesiona de tus ojos, para mirar con ellos lo que no puede mirar con los suyos. Entonces ocurre una cosa muy rara: en determinado momento, tú empiezas a mirar el otro lado de la noche, y muy pronto llegas a comprender que éste se halla ya dentro de ti.”
Dudo que alguna vez se haya sentido tentado de volver del otro lado de la noche, porque Sáenz le había advertido lo que le esperaba:
“A tu retorno, el mundo te mira con malos ojos: eres un extraño, eres un intruso, y sientes en lo hondo que el mundo no quiere que lo contemples; lo que quiere es que te vayas y desaparezcas –lo que quiere es que ya no estés aquí. Y como al fin y al cabo el mundo eres tú, imagínate, tendrás que tener mucha fuerza, mucha humildad, mucho gobierno, para enfrentarte contigo mismo –vale decir, con el mundo.”




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