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La historia no tan secreta de Fantasmas asesinos

Una versión policial y las obsesiones de un idiota

Por Wilmer Urrelo

(Les pasamos una nota del mismísimo Wilmer Urrelo, reciente ganador del premio Nacional de Novela con Fantasmas Asesinos, aún no publicada, que nos cuenta de manera exclusiva para www.ecdotica.com de qué lo inspiró para escribir su novela. Como saben, Urrelo ganó el Premio Nacional de Primera Novela Nuevo Milenio con Mundo negro)

Era 1986. Un terrible crimen se cometió en la ciudad de La Paz. Un hombre había matado y violado a un niño de siete años de edad. Yo tenía diez. No conocí a ninguno de los dos personalmente. No sabía nada de ellos hasta ese momento. Me gustaba ver los Transformes y He-Man y hacerme la burla de los Cariñositos, ¡ah! y jugar Atari también. Los periódicos, la radio y la incipiente televisión de la época exprimieron el caso del niño muerto. Los políticos de la época también, pues para variar Bolivia vivía días de convulsión política: el 21060, la mano dura, Huanchaca, la intolerancia. Me avergüenza decirlo: la historia del niño me obsesionó a partir de ese momento. No podía pensar en otra cosa. Tenía todos los recortes de los diarios. Sabía los nombres de los involucrados. Cómo habían sucedido las cosas. Pero no sabía qué era violar, por ejemplo. ¿Qué me pasaba entonces? Sí sabía qué era la muerte, en todo caso. Y creo que ese año yo (y tal vez algunos otros niños) descubrimos que éramos vulnerables: que podían hacernos daño, que podíamos morir. A lo mejor por eso me obsesionaba el caso. Pasaron los años. Y creo que a comienzos de los 90’ me cambiaron de colegio. Me parece que no era un buen alumno. Más bien regular. Lo increíble fue que el colegio de marras se hallaba cerca de donde habían hallado el cadáver del niño. Prácticamente al lado donde había sido asesinado. Era como si la historia me estuviera persiguiendo. Ya éramos adolescentes. Pero pese a los años transcurridos la historia del niño circulaba todavía con fuerza entre los alumnos. Cambiada, deformada, transformada. Me había olvidado del asunto (me interesaban más las chicas). Por esa época descubrí a Vargas Llosa. Quería ser como él. Cabe resaltar que el que escribe esto era un maldito: en los recreos me metía a los cursos y abría las mochilas de mis compañeros para destrozar los cuadernos y pisar las calculadoras. Cortaba las hojas. Les ponía pegamento. Les echaba tierra. ¡Cuántos habrán llorado por mi culpa! Cuando alguien me pasaba algún slam (¿sabrán la nueva generación qué es eso?) yo hacía dibujos subidos de tono y respondía a las preguntas con obscenidades dirigidas siempre a las mamás del otro. Era un pobre idiota, en resumen. No sabía por qué lo hacía, en serio. Estaba seguro (era un adolescente, pues) que me convertiría en un delincuente. Hasta que llegó La ciudad y los perros: yo también quiero escribir. Vargas Llosa me salvó la vida. Pero la historia del niño estaba ahí todavía. Quería escribirla desde esa época. Me cambié de colegio otra vez. En esta ocasión los chicos y chicas eran más pendejos y más vivos y más todo: no eran como yo, el “niño bien” que no sabía por qué hacía las cosas. Así que no me quedó más remedio que callarme y ver. Contemplar. Vargas Llosa ya era parte de todos los días de mi vida. Ya no quería ser otra cosa que un escritor. ¡Plop! Salí bachiller. La historia estaba ahí, sin embargo transcurrieron los años y otra vez el tema fue pasando a segundo plano. Vargas Llosa ya no me gustaba tanto como al principio. Descubrí la literatura policial. Hammett, Soriano, Chandler, Himes, Giardinelli, Taibo II, etc. Aunque había algo que me molestaba: no tenía las bolas suficientes para escribir la historia del niño muerto. Del tipo que lo asesinó. De esa extraña obsesión por el tema. De cómo somos los bolivianos frente a ese tipo de temas. Quería ser escritor pero me daba miedo encarar el tema. Los años, por suerte, me dieron una nueva tregua.

Algo así parecido al valor

Mundo negro fue la primera novela en serio que escribí. Trata del robo de un manuscrito y las terribles cosas que pasan en los recovecos de los ambientes literarios (las envidias, los deseos de éxito a cualquier precio). Creo que lo hice de un tirón. Antes me había entrenado con cuentos violentos y que no hablaban del país. Transcurrían en lugares indeterminados. En cualquier ciudad del mundo. Presenté la novela a un premio y ganó. Desde ese año (2000) la historia del niño muerto volvió a perturbarme una vez más. Entonces decidí volver a encararlo. ¿No era ya un escritor después de todo? Entonces me puse a investigar: ahí estaban una vez las imágenes del asesino, del niño, de la población paceña pidiendo la pena de muerte. Los expedientes forenses. Los lugares físicos donde transcurrió todo. Pero me pasaron cosas extrañas. Tenía pesadillas. No podía dormir. Me enfermé de cosas extrañas. También retornaron los recuerdos de los años que pasé convencido de que iba a ser una rata (entiéndase: ladrón, chorro, ratero), el deslumbramiento ante chicos distintos a mí, más maduros, con más experiencia en la vida. La memoria es peligrosa, pues descubrí que muchas de las cosas que creía que habían ocurrido no pasaron jamás. Descubrí que el asesino tenía un largo prontuario. Que quizá había un tío suyo al que nadie se dedicó a investigar. Era 2003 y tenía todo para comenzar. Podía ya mentir con conocimiento de causa. Pero no tenía el valor suficiente para hacerlo una vez más. Me faltaban bolas. ¿Cómo escribir sobre algo tan terrible sin sentirse mal? ¿Sin dañarme a mí mismo? ¿Cómo hacer para tocar el fondo del vaso? Hice intentos. Vanos todos. Renuncié. Me fui a Santa Cruz. Aprendí algo de gwarayu. Me hice camba-colla. Pensaba en la historia, claro. Hasta que un día, al finalizar 2005, mientras estaba parado en el techo de mi casa reparando las tejas supe cómo escribir esa historia, pero ante todo creo que agarré valor. ¡Bendita seas Santa Cruz! Coraje. Fantasmas asesinos es una novela dura (un cuatecito mío tuvo pesadillas cuando leyó el manuscrito). No tenía salida. Creo que apuntar por otro lado hubiera sido deshonesto. Algo así como La Pasión de Cristo de Mel Gibson. Tenía que ser una novela desgarradora y sangrienta y qué mejor que el policial para encararla. Éste es el género más adecuado para escribir algo como yo quería: te da la posibilidad de registrar escenas que en otros géneros serían como el lunar peludo y café en la cara de una chica bonita. Así que escribí la historia que me había obsesionado por tanto tiempo. Todos los días. Varias horas seguidas. Al fin sin miedo. Al fin con bolas. Cuando pasaba esto se cumplían veinte años de los hechos reales. Un montón de tiempo.

Todo es mentira, algo es verdad

Fantasmas asesinos aborda la muerte de ese niño. Pero también las obsesiones de un idiota (en cierta medida yo), el amor, la situación política de finales de los años 80’, el fanatismo, la hipocresía de los bolivianos cuando ocurren casos tan terribles como el que narro. Dice Vargas Llosa que escribir una novela es como hacer un strip-tease pero al revés. En vez de quitarse la ropa el autor se la pone, camufla, cambia los hechos… pero también afirma que es una manera (el escribir) de exhibir sus demonios, sus fantasmas, sus obsesiones. ¿Será eso? Ya pasaron varios meses y aún no puedo escribir ficción. ¿Macurca literaria?, tal vez. Ahora me preocupa cómo recibirán semejante novela. En serio. Les juro. Yo mismo estoy asustado.



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