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Crispín Portugal

La muerte de Crispín Portugal
Por: Marco Montellano
(Hace unos días murió Crispín Portugal, fundador -junto a otros dos compañeros- de la Editorial de El Alto Yerba Mala Cartonera. Marco Montellano le rinde homenaje con este poema).
No somos seres de luz
ni la savia nos recorre.
Las palabras son luciérnagas
en la noche eterna del escritor.
El arte devela a la muerte,
pero es ella la verdadera artista.
Somos árboles jóvenes
pero nos llega el otoño.


Nueva York

NUEVA YORK: CRÓNICA DE UNA CIUDAD FUGITIVA

Por: Edmundo Paz Soldán

Hace algunos años, cuando estudiaba en Berkeley, mi mamá llegó de visita y la llevé a conocer San Francisco. Me quedé pasmado por la cantidad de fotos que sacó de North Beach, Chinatown y Alcatraz. Hubo un momento en que pensé que, más que la experiencia en sí, lo que justificaba su viaje eran las fotos de éste. Se me ocurrió –y luego lo escribí en un cuento— que acaso hubiera sido un gesto más original no sacar ninguna de las fotos que había sacado, y dedicarse a fotografiar a todos aquellos edificios y calles y esquinas que habían hecho legendaria a la ciudad. Fotografiar más bien el verdadero universo de la ciudad, la anónima y fascinante topografía que permitía y sobre la que descansaba la existencia de algunos ya muy obvios símbolos de postal. El verdadero desafío consistía en visitar Nueva York y no sacar fotos de la estatua de la Libertad, ir a París e ignorar la torre Eiffel, en la ciudad de México recorrer el Zócalo sin una cámara fotográfica a la mano. Si todavía no está muy claro, lo confieso: no soy un buen turista. No sé muy bien cuál es la puerta de entrada y la de salida a la hora de visitar ciudades. Tengo una cámara fotográfica digital con la que suelo viajar, pero con frecuencia la olvido en la habitación del hotel. Y sin embargo, cuando llegan amigos a Nueva York no dejo de ofrecerme a hacerles conocer la ciudad, porque no hay mejor excusa que ésa para que yo la conozca un poco más, nunca del todo, es imposible conocerla del todo. Mi casa está a cuatro horas de Nueva York, y mucha gente cree que vivo en la misma ciudad por la forma tan inmediata en que me ofrezco a acompañarlos el fin de semana a pasear por Manhattan. Y claro, luego me es difícil encontrar el restaurante griego al que prometí llevar a una editora española, o la librería Macondo –toda ciudad del planeta está obligada a tener una librería con ese nombre–. Y tomo la línea del metro equivocada, o me bajo en la estación en la que no debía bajarme; una vez, iba a Wall Street y terminé en Jamaica, Queens. Y me pierdo y me encuentro muchas veces en un par de horas: ¿no es esa la mejor manera de pasear por Nueva York? Soy un pésimo guía, pero mis pasos, pese a todo, van dibujando una suerte de mapa, a la manera del personaje de Paul Auster en La ciudad de cristal. Y la ciudad me salva, porque uno siempre se topa con algo: no, nunca llegué a la estación del metro en Chambers Street, para ver de cerca el puente de Brooklyn y recordar algunos versos de Hart Crane, pero una vez, sin saberlo, entré a la biblioteca Donnell en Mid-Manhattan y me topé con los verdaderos Winnie the Pooh, Tigger y Eeyore, desprendiendo detrás de una vitrina su aura de originales, más pequeños y más viejos que los simulacros que uno está acostumbrado a ver en libros y en la televisión, pero más importantes por, bueno, originales. Nueva York fue fundada en 1625, cuando la compañía Dutch West Indies creó, en el bajo  Manhattan, Nueva Amsterdam. El modesto puerto fue pronto llenándose de inmigrantes, hasta convertirse en la ciudad de inmigrantes por excelencia. Hoy uno puede visitar Ellis Island, lugar de ingreso de doce millones de personas entre fines del siglo XIX y mediados del siglo XX, y leer en una pared  del edificio los nombres de 600.000 de esos inmigrantes (no, yo todavía no he visitado Ellis Island). De acuerdo al censo del 2000, la ciudad cuenta con ocho millones de habitantes; ocho cuadras en Washington Heights cuentan con el mayor promedio de extranjeros por área: casi 9000 mil latinoamericanos (nueve cuadras de Flushing le siguen de cerca, con 8639 coreanos y chinos). Uno de cada tres neoyorquinos ha nacido en otro país; de todos los grupos de inmigrantes, quienes han crecido con mayor rapidez en la última década son los mexicanos, que se han triplicado, y los hindúes, que se han duplicado. Al menos en la mitad de los hogares en la ciudad se habla otro idioma aparte del inglés; de esa mitad, el 53% habla español. Se pueden encontrar letreros en chino y coreano en las tiendas de Queens, en español en los supermercados de Jackson Heights, en ruso en los restaurantes de Forest Hills, en bengalí en Astoria. Muchos llegan a Nueva York para quedarse. Otros son sólo turistas: once millones al año. Eso ocasiona que cualquier visita a los lugares más representativos de la ciudad tenga largas colas y empujones como parte del paisaje. Y yo, que no estoy particularmente interesado en visitar esos íconos de la icónica ciudad, lo he hecho alguna vez, gracias a un hermano o un amigo. Visité el Empire State, y recuerdo el ascensor abarrotado, y desde el piso de observación la exactitud de los versos de ese gran neoyorquino que fue Walt Whitman: “high growths of iron, slender, strong, light, splendidly uprising toward clear skies”. Edificios, y edificios y más edificios. Y por supuesto, recuerdo King Kong, porque hay pocas ciudades tan filmadas como Nueva York, y es imposible que a nuestras impresiones de la ciudad no se cuelen, por ejemplo, las de Woody Allen en Manhattan o Scorsese en Goodfellas. ¿Qué más? Siempre hay más en Nueva York. Visité la Catedral de San Juan El Divino, y descubrí que la iglesia más grande de los Estados Unidos era el símbolo perfecto de la ciudad, siempre fugitiva, siempre a deshaciéndose y rehaciéndose, nunca terminada del todo: la iglesia había comenzado a construirse en 1892 y –sí, no exagero—todavía no había sido concluida (hay más de ochenta comunidades religiosas y muchísmas más seudoreligiosas en la ciudad; entre ellas, la de los Gays y Lesbianas Budistas, las Brujas del Estado de Nueva York, y el Centro de Recursos Paganos de la ciudad de Nueva York). Visité el edificio de la bolsa de valores, y vi por una ventanita, durante cinco minutos, a algunos jóvenes muy bien vestidos vender y comprar acciones como si en ello se les fuera la vida (en ello se les iba la vida). Visité uno de los innumerables edificios de Donald Trump, que tiene esa manía que tenía Stroessner, la de bautizar con su nombre todas sus propiedades (en el caso del dictador paraguayo, aeropuertos y ciudades). Visité Macy’s, hice cola para observar las espectaculares decoraciones navideñas de las vitrinas de Saks, estuve en el Rockefeller Center y no le encontré gracia a tanta gente que trataba de ver a los adolescentes en patines en la pista de hielo. Compré libros nuevos y usados en el Strand, caminé con displicencia por la Quinta Avenida junto a neoyorquinos apurados, elegantes, obligatoriamente vestidos de negro, una bolsa con el logo de Donna Karan o Barnes & Noble. ¿Deberé decir que me maravillaron las luces de Times Square? Aunque, es cierto, terminé dándole la razón a Rodrigo Rey Rosa, que en un gran cuento escribió acerca de cómo había algo de siniestro en la forzada disneyficación (¿existe esa palabra?) de esa zona: sombras espectrales detrás de las imágenes de Pinocho y el ratón Mickey. Vi Art en Broadway, y Alberto Fuguet me convenció de ir una noche al pub de Woody Allen (Woody jamás apareció, y comí la ensalada más cara del mundo). Estuve en el museo de Arte Moderno y en el Metropolitan y en el Guggenheim más de una vez, y casi nunca pagué (pero gasté mucho en pósters de Hopper y Kandinsky). Paseé por Central Park, pero nunca en verano, de modo que me perdí Shakespeare in the Park y algún desfile al aire libre de las modelos de Victoria’s Secret. En el metro vi más de un acto violento y escuché a muchos músicos itinerantes, no todos buenos. Conocí el edificio Dakota, en el que vivía John Lennon, y el lugar donde fue asesinado. Me topé en la calle con Tom Hanks (no le pedí autógrafo). Pasé un par de años nuevos en el frío de Times Square (una vez, había tanta gente que debí quedarme a quince cuadras de donde caía la bola a la medianoche, y tuve que ver el espectáculo a través de una televisión en una café). Y sí, como no, en enero de 1997 visité el World Trade Center con mi hermano Marcelo. Recuerdo poco de esa visita, excepto que pagamos mucho para subir al último piso, y que soplaba un viento helado, y que a la salida estuvimos a punto de comprar gorras de béisbol con nuestros nombres a manera de logos. Una visita anticlimática, digamos, la que uno hace a un lugar emblemático porque es lo que toca visitar y porque no sabe que, bueno, ocurrirá lo que ocurrió. No sacamos fotos. Y sí, me hubiera gustado tener una foto del World Trade Center, aunque no sé lo que hubiera hecho con ella, probablemente la habría perdido. Pero no importa. Porque aunque no recuerdo mucho de mi visita, sí me queda, muy vívida, la imagen espectacular –porque era un espectáculo, y gratuito— de las Torres Gemelas aguardándome cada vez que llegaba a Nueva York, por avión o en Greyhound, recortadas al fondo de la ciudad sublime. Debería terminar hablando de los lugares no icónicos de la ciudad, aquellos rincones secretos que me pertenecen y que le dan vida y energía a mi Nueva York. El restaurante chino-cubano cerca de Barnard College. La tienda de bagels en la calle doce. El pequeño cine en el que vi una película francesa acerca de dos empleadas que matan a sus patrones. La revistería cerca de Columbus Circle. El estrecho departamento de Tammy cuando estudiaba en Columbia, de calefacción siempre excesiva… Pero no. Así como las fotos ocultan más de lo que revelan, las grandes ciudades nos presentan sus símbolos más obvios para que creamos que las conocemos. De los lugares de Nueva York que sólo uno conoce, mejor callar.


La verdadera vida de Jaime Saenz

La Verdadera Vida de Jaime Saenz, desde la noche y el alcohol hasta su atracción por el nazismo y su sexualidad
Por: Leonardo Garcia-Pabon

Jaime Saenz (1921-1986) nació, vivió y murió en La Paz, ciudad que fue su espacio vital y el permanente trasfondo de su obra. Reconocido como uno de los autores más importantes de toda la literatura boliviana, tanto su vida como su obra marcaron profundamente el espacio cultural boliviano de este siglo.
En Saenz, vida y obra se suponen y se iluminan mutuamente. Así, la imagen de escritor rebelde, marginado, alcohólico, nocturno y enemigo del artificio de la “gente bien”, no sólo remite a uno de los pocos enfants terribles de las letras bolivianas, sino que es parte integrante de una vida que asumió la escritura con vocación monástica. El resultado de esta vida fue una obra que es una visión de mundo extraordinaria y original, como pocas en el contexto de la literatura boliviana y latinoamericana.
Dos preocupaciones esenciales marcan su existencia y, sin duda, su obra: la muerte y el alcohol.
La fascinación por la muerte fue algo vivencial para Saenz. Como él mismo relata en su libro más autobiográfico, La piedra imán (1989), visitar la morgue para contemplar los muertos fue una de las extravagantes actividades de su juventud. Pero en este acto se debe ver no sólo una necrofilia, sino una obsesión por comprender vida y muerte como una unidad que sería lo que él llamó, con mayúsculas, la Verdadera Vida.
Precisamente, en la oscuridad, en un cuerpo que está dejando de ser cuerpo, en un alma que se ve inseparable de su cadáver, Saenz afirma haber llegado a la Verdadera Vida, lo que es, al mismo tiempo, acceso al conocimiento trascendental al que aspira:
“Mientras viva, el hombre no podrá comprender el mundo; el hombre ignora que mientras no deje de vivir no será sabio”. […] “Qué tendrá que ver el vivir con la vida; una cosa es el vivir, y la vida es otra cosa./ Vida y muerte son una y misma cosa.” (Obra poética, 1975: 259-60)
El impacto del alcohol en su vida está ampliamente explorado en dos libros: el poema La noche (1984), y la novela Felipe Delgado (1979). Saenz negó muchas veces que esta novela fuera de inspiración autobiográfica, pero no se puede dejar de ver en ella algunos aspectos de su vida personal, especialmente los referidos a su época de alcohólico.
Aunque es difícil precisar fechas, la etapa alcohólica de Saenz duró desde su adolescencia hasta su madurez, unos 15 años más o menos (c. 1945-1960), habiendo sufrido en ese tiempo dos crisis de delirium tremens. En La piedra imán, Saenz nos entrega por boca de varios personajes una vívida imagen de sus años de alcoholismo. Por ejemplo, su tía (la mujer que acompañó y cuidó a Saenz toda su vida) dice: “Ya pareces un degenerado bebiendo día y noche en esa bodega, metido ahí, con los matones y los rateros. Tus gritos se oyen hasta la Plaza y no trabajas ni haces nada, y tu vida es beber y beber…” (: 71). En otro lugar, uno de sus amigos le transmite la opinión que se tiene de él: “Caramba; qué se hará con este don Jaime. Persona tan decente, y el pobre joven anda botando piojos. Un aparapita es un lujo al lado de él. … Pero es su culpa… Es demasiado irresponsable y hasta abusivo, y a veces ya parece uno de esos energúmenos y malentretenidos sin Dios ni ley. Insulta a todo el mundo y pelea con todos, anda vociferando y desafiando, mete escándalos por aquí y por allá, … y de repente baja a la morgue a profanar los cadáveres, … y se hace ultrajar y pisotear, y finalmente entra a la botica, rompe los vidrios y lo llevan a la policía, y todavía se burla del comisario y le habla en no sé qué idioma, que nadie entiende, y que seguramente él ha inventado. Y así don Jaime se hace odiar”.
En esta últimas líneas, se puede ver la confluencia de los temas mayores de su vida y su obra: el alcohol, la muerte y el lenguaje. Confluencia que más adelante será oposición, enfrentamiento y elección, porque Saenz, en un momento de su vida, se dio cuenta de que beber y escribir eran incompatibles. Comprendió que había que elegir una de las dos opciones de forma radical y definitiva. La renuncia al alcohol fue un gesto ético y poético, pues Saenz eligió la entrega a su obra como forma de vida, como el principio que, en adelante, regiría sus actos.
A la vez, esa entrega significó la creación de un universo poético, cuya clave está en esa misma elección y en la transformación “alquímica” de la experiencia alcohólica en escritura.
Esta renuncia voluntaria al alcohol ocurrida aproximadamente en la década de los sesenta fue uno de los mayores triunfos en su vida. Salvo esporádicas recaídas, Saenz no volvió a beber hasta poco antes de su muerte en 1986. En estos años, alejado del alcohol, escribió la mayor parte de su obra. En 1980, una de sus recaídas lo llevó al borde de la muerte y de ese trance nació su texto La noche (1984), un poemario, se diría aterrador, pues da la visión de la experiencia del alcohol y la muerte desde el interior de esa misma experiencia.
Su vida de alcohólico creó asombro y rechazo en la sociedad paceña de los años cincuenta. Rechazo y marginamiento que se mantendrá en los círculos literarios y sociales más conservadores por el resto de su vida. Pero su personalidad y su literatura atrajeron y sedujeron a un grupo grande e importante de jóvenes artistas, escritores e intelectuales. Como pocas veces en la historia de la literatura boliviana, este escritor pudo, si no crear escuela, por lo menos establecer un grupo de seguidores a su ética y a su poética.
Se puede decir que muy pocos representantes de la literatura, la música o la pintura contemporánea en Bolivia han dejado de tener alguna relación o influencia de Saenz. Incluso su importancia se ha sentido en las nuevas generaciones de videastas y cineastas.
Tal vez lo que más llamó la atención, sobre todo a gente joven, fue el aspecto romántico de su estilo de vida, reflejado en su horario de trabajo y de vida social: dormir en el día y vivir de noche.
Las veladas nocturnas con Jaime Saenz fueron durante años y hasta el momento de su muerte, probablemente, un espacio marginal y rebelde de rico intercambio intelectual. Los famosos “Talleres Krupp”, la habitación donde Saenz recibía a sus visitas, se convirtieron en una institución, donde la edición de revistas literarias, el juego de dados, la música de Bruckner o de Simeón Roncal, las charlas sobre Milarepa y las lecturas de poemas fueron la tónica permanente.
Hay que decir que el trato con Saenz era muy exigente. Las relaciones de Saenz con sus amigos se mezclaron más de una vez con lo maravilloso y lo tenebroso en experiencias poéticas y mágicas, con resultados no muy felices. Así nació el mito de Saenz amigo de lo oscuro y de la magia, el iniciado y el alquimista. En realidad, esta imagen fue creada por la desconfianza y el temor ante un ser que se negó a participar en la “normalidad” de una vida que encontraba falsa.
La publicación póstuma de su novela, Los papeles de Narciso Lima Achá (1991), arroja luces sobre otros dos importantes aspectos de su vida: su sexualidad y su atracción por el nazismo.
La atracción por el nazismo de Saenz, similar a la de Ezra Pound en algunos elementos, fue más bien un rechazo a la sociedad burguesa moderna y una exaltación de lo irracional y lo esóterico como métodos de conocimiento del mundo.
De ahí que su interés por el nazismo estuvo más cerca de la magia que de la política. En cuanto a su sexualidad, un aspecto poco conocido de su vida, no hay duda de la importancia que debió tener el mundo de las relaciones homosexuales. Así lo prueba la escritura de Los papeles de Narciso Lima Achá, donde se narra básicamente una historia de amor entre un joven boliviano y uno alemán. Cabe señalar que Saenz nunca se definió como homosexual y su vida amorosa conocida estuvo siempre heterosexualmente orientada.
Lo cual se muestra, por ejemplo, en que Saenz se casó con una mujer alemana de origen judío y con ella tuvo una hija. Este matrimonio, donde lo judío y la heterosexualidad predominan, indica la dificultad de asignarle una etiqueta a sus intereses políticos y sexuales.


MURIO AYER ROBERTO FONTANARROSA

Un artista genial, que es un sello del mejor humor argentino (*)
Por: Alberto Amato (
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(Padecía una grave enfermedad neuromuscular que incluso le impidó seguir dibujando. Colaborador de Clarín desde hace décadas, brilló en varios campos).
Nos hizo reír. Mucho. A todos. Durante mucho tiempo.
Sólo por eso, deberíamos haberle colgado del pecho y las solapas las medallas al heroico valor en combates imposibles.
No intentemos colgárselas ahora que está muerto porque se nos va a reír en la cara. Y lo peor, con esa risa cargada de ironía que te calificaba para siempre como un pelotudo impenitente. Palabra ésta, la penúltima, que reivindicó la memorable tarde (para las letras) de noviembre de 2004 en la que cerró en Rosario el Congreso Internacional de la Lengua Española.
Ayer, a los 62 años, murió Roberto Fontanarrosa. Una enfermedad neurológica degenerativa, que entre otras cosas le impedía dibujar, le provocó una insuficiencia respiratoria. Murió a las tres de la tarde en el Sanatorio Central de Rosario, apenas una hora después de haber sido internado. “Mi terapia —dijo no hace mucho— es el cariño de la gente”. De haber sido cierto, Roberto seguiría vivo.
Era un genio. Y era, además, una buena persona. No es común esa conjunción. Era un amigo fiel, amaba el fútbol, la música popular, la buena mesa, el lenguaje claro y el humor.
Sobre todo el humor. Incapaz de escatimarlo, nos lo regaló durante décadas en sus trazos inconfundibles e imborrables que ya son un pedazo de historia; en sus personajes entrañables, como el gaucho Inodoro Pereyra, el Renegáu, y su perro Mendieta, o despiadados, como Boogie, el Aceitoso, el mercenario que nació sin saber que la realidad iba a terminar por copiarlo.
Fontanarrosa había nacido en Rosario en 1944. Y allí pasó casi toda su vida, aferrado a las calles y al paisaje de su ciudad, sabedor que, como aseguraba Borges, la patria es el sitio donde uno ha transcurrido su juventud.
Rara vez bajaba a Buenos Aires. Sus amigos del alma iban a verlo a Rosario. Uno de ellos, Joan Manuel Serrat, ha confiado a carcajadas algunos detalles de esos encuentros que también ya son historia.
¿Qué hacer de ahora en más sin Fontanarrosa? Borges, otra vez: sólo nos queda el goce de estar tristes. Sin solemnidades. Porque El Negro nos va a sacudir otra de sus carcajadas. Pero es una pena enorme su muerte. Es de esos tipos que no tienen reposición. No hay muchos.
Empezó su carrera como dibujante en 1968 como una prolongación lógica de su infancia anclada a legendarias revistas de historietas: “Rayo Rojo”, “Puño Fuerte”, “El Tony”, “Misterix” y la inolvidable “Hora Cero” que fundó Héctor Oesterheld a quien Hugo Pratt le dibujaba Ernie Pike, el corresponsal de guerra inspirado en un personaje real, Ernie Pyle.
En otra revista de leyenda, “Hortensia” fundada en Córdoba por Alberto Cognini, nacieron Boogie e Inodoro. En 1973, de la mano de Caloi, Altuna, Tabaré, Dobal y Crist, Fontanarrosa se instaló en este diario, para nuestro regocijo.
Ayer, cuando se conoció su muerte, algo extraño sucedió en esta redacción. Poco a poco, por sectores, la fue ganando un intenso silencio. No debe haber nada más extraño y turbador que una redacción en silencio. Nació en Deportes, donde El Negro tenía hondos y buenos amigos, y se extendió luego como una pesada ola umbría. Fue un silencio que duró poco, antes de que todo volviera a lo habitual. Pero será difícil lo habitual sin El Negro.
Fontanarrosa fue también escritor y periodista.
Tenía la repentización, la capacidad de observación y el poder de síntesis de los periodistas, tan corregidos y aumentados, que muchos de nosotros deberíamos imitarlo.
En 1983, con la democracia recién recuperada, un semanario le pidió una viñeta que sintetizara los horrores de la dictadura. Apenas una hora hora después llegó el fax, desde Rosario, claro, con el retrato de un hombre agobiado, gastado, deteriorado, envejecido, que hablaba de las virtudes de la democracia. Su entrevistador le preguntaba entonces cuál era su edad, y el tipo contestaba: “Catorce”.
Escribió tres novelas (Best Seller, El Area 18 y La Gansada) y varios libros de cuentos desopilantes, con retratos imborrables de guerreros derrotados, de futbolistas descascarados, de poetas sin rima, de fracasados del alma, de cultores del quiero y no puedo, habitantes de regiones indómitas con idiomas inabarcables.
Todos se han editado tal vez en España en un solo tomo en lo que debe ser el primer y único tratado sociológico sobre el país escrito en forma de cuentos. De todos sus formidables personajes, sobresalen los aforismos de Ernesto Esteban Echenique, que ahora también serán historia.
Dicen que Gaetano Donizetti incluyó en su opera cómica “L”Elisir d”Amore” el aria “Una furtiva lágrima” para que quedara constancia de sus intenciones y cualidades. En sus muchos cuentos de humor, El Negro incluyó páginas de alta literatura, de las que le gustaba leer aunque confesara con pudor que jamás leyó a los clásicos: “No leí El Quijote, y creo haberlo intentado”. En 2004, en cambio, admitió haber leído a Tolstoi, “Anna Karenina” y haberse sorprendido por lo cinematográfico de las descripciones. Al igual que Tolstoi, Fontanarrosa pintó su aldea para pintar el mundo entero.
Pero además expresó como nadie el sentimiento popular para desentrañar los misterios de esas cuatro o cinco cosas que nos mueven en la vida: el amor, la amistad, la locura, la muerte, la pasión. Sus libros de cuentos llevan como título el sello de las frases diarias, que repetimos una y otra vez en las casas: No sé si he sido claro, Te digo más, Usted no me lo va a creer, El mundo ha vivido equivocado.Ese humor callejero, de tablón y de real Academia que campeaba en sus cuentos era fácilmente identificable en algunos juegos de palabras y situaciones absurdas que encarnaba otros artistas geniales, Les Luthiers, con quienes el Negro colaboraba con deleite también para nuestro regocijo.
Era un tipo simple consciente de que, reveló alguna vez, la simplicidad es un punto de llegada, no un punto de partida.
Dato sabido pero ineludible, era un irreductible hincha de Rosario Central en ese universo partido en dos que es el Rosario del fútbol. Inventó un cuento de disparate para eternizar un momento de gloria del club de sus amores, el pase a la final del campeonato y a la gloria arrancados nada menos que a las manos de su rival eterno. Y le puso como título la fecha de la epopeya: 19 de diciembre de 1971.
Tenía la lucidez, y también la valentía, necesaria para quitarle dramatismo a todo, para hacerle pito catalán a la solemnidad, a la que despreciaba con el ropaje de la ironía, como lo hacía con ciertos círculos intelectuales que intentaban no hallar oro literario en su humor delirante, que buena falta le hubiera hecho a Tolstoi, dicho sea de paso.
“En el ámbito intelectual me parece muy pasible de humorizar —dijo hace año y medio en una entrevista en la revista Ñ de Clarín— Me hace gracia. Porque lo contrario de lo humorístico no es lo serio. Lo contrario de lo humorístico es lo pomposo. Todas esas instituciones que son altamente pomposas, el ejército, la Iglesia y los círculos intelectuales, se prestan para cagarse de risa. Realmente”.
Alguna vez el propio Fontanarrosa habló de sus influencias literarias: Jack London, Jorge Luis Borges, Ernest Hemingway, J. D. Salinger, Norman Mailer, pero siempre se sintió más cercano a los dibujantes y a los periodistas. Y mucho más cercano a los periodistas deportivos, que ayer se dolieron de su muerte con fiero estupor.
Fontanarrosa transpiraba fútbol. Su lógica tiene la lógica endeble de ese deporte apasionado. El Negro iba todavía más lejos: “Como juego, el fútbol es una forma de aprendizaje muy directa de la vida y más cuando se está constantemente sometido a la competencia”.
Otro de sus personajes célebres, que El Negro encerró en el difícil formato de la crónica periodística breve, estuvo también ligado al fútbol. La Hermana Rosa, pitonisa, vidente, hechicera y enamorada eterna de los vaivenes del seleccionado nacional de fútbol y de algunos de sus atletas, que también es ya un pedazo de la historia.
Enfrentó su mal con el coraje de un león. Vistió sus sentimientos con el cauteloso disfraz del optimismo. Supo y aceptó esa insospechada ironía de Dios que le quitó la movilidad para dibujar y le quitó, cómo no, dramatismo y solemnidad. No entendía ni jota de todo lo que la ciencia le decía sobre su mal: “Repito como un loro. Posiblemente padecí una atrofia monomiélica, una neurona que se muere antes de tiempo”, confesó al periodista de Clarín Camilo Sánchez. Y con un gesto pícaro decía que los médicos no lo habían tranquilizado cuando admitieron que era un mal del que se sabe poco: “Ojo, no sólo acá, en el mundo entero se sabe poco de la enfermedad”.
Cuando el daño en su cuerpo fue mayor, escribió veinte o treinta simpáticas líneas en la que anunciaba que su brazo o su mano habían quedado inútiles y que confiaba a su amigo Crist los dibujos que él iba a dedicarse a pensar. Vio un costado positivo en el drama: ahora, sus dibujos tendrían mejores colores.
Aceptó premios y homenajes con la conciencia plena que eran póstumos con adelanto. No lo dijo, pero lo pensó. En el homenaje que Clarín le rindió el año pasado cuando la entrega del Premio Novela, sus ojos brillaron con tierna malignidad cuando dijo: “Un premio a la trayectoria… Está bien que no empecé recién, pero todavía tengo mucho por delante…” Lo dijo con una sonrisa que decía más que la frase, junto a su mujer Gabriela y sostenido por su hijo Franco, de 23 años, un músico, bajista que detesta el fútbol, como debe ser.
Antonio Gala dice que el hombre siempre es más fuerte que cualquier cosa que lo mata. Dice que aún en medio de una tormenta marina el hombre nunca está a merced de un elemento: “El hombre sabe que se muere, pero el mar no sabe que lo mata”, dice el escritor español.
Tal vez el Negro no haya leído nunca a Gala, pero con ese espíritu enfrentó sus horas finales. Supo que se le iba la vida y nos ayudó a reír. Eso es ser fiel a un estilo.
Ayer mismo, este diario publicó la última genialidad de Fontanarrosa, con los colores de Crist: una viñeta de rigurosa actualidad, tamizada por una tierna ironía, sobre las andanzas de la ex ministro de Economía. Eso también es ser fiel a un estilo.
Ya sabemos como vamos a andar de ahora en más, sin el humor y la compañía entrañables del Negro Fontanarrosa.
Mal, pero acostumbrados.
(*) Tomado del diario www.clarín.com de su edición del día viernes 20 de julio de 2007.


Los plagios de Bryce Echenique

Informe.21: ¡Tantas veces… Bryce!
Por:
www.peru21.com
Con los nuevos hallazgos, hasta ahora suman 27 las copias del autor de Tantas veces Pedro. En su mayoría, los plagiados son académicos españoles que colaboran en la revista Jano. De los 16 nuevos calcos, casi todos son textuales.
Si, como dice Alfredo Bryce Echenique, el plagio es un homenaje, él ha pasado los últimos años homenajeando a una considerable cantidad de académicos, escritores y periodistas, sobre todo españoles. Sin embargo, más allá de una respuesta divertida, el tema es bastante serio porque apoderarse del trabajo de otros es el más repudiado de los vicios intelectuales.
HASTA HOY ERAN 11.
Hace un año, el ensayista Herbert Morote acusó a Bryce de plagio. Como Morote era un autor poco conocido, algunos no tomaron en serio su denuncia. Bryce, incluso, lo ninguneó. Sin embargo, el 20 de marzo de este año, el tema tomó ribetes de escándalo: el embajador Oswaldo de Rivero lo acusó de haber reproducido un texto suyo. Ante las evidencias, el novelista no tuvo otra opción que reconocer la copia, pero responsabilizó de esto a su secretaria. Dos días después, el 22 de marzo, este diario hizo públicos tres plagios más. A su vez, algunos blogs hallaron otros tres. En los meses de mayo y junio, se dieron a conocer tres nuevas copias: dos fueron descubiertas por Perú.21 (15 y 30 de mayo de 2007, las víctimas fueron tres académicos españoles) y, la otra, que era vox pópuli, correspondía a un plagio hecho por Bryce, en 1993, a su amigo Guillermo Niño de Guzmán. Es decir, la excusa de un descuido o de un mal manejo reciente de archivos cayó por sí sola pues, de estas 11 reproducciones, una corresponde a 1993 y otra a 1996.
EL PEZ POR LA BOCA MUERE.
La verdad es que Bryce tiene la costumbre sistemática de apoderarse del trabajo de otros y, para ocultar lo evidente, cada día fue creando una maraña de mentiras que, paradojas de la vida, él mismo ha ido destruyendo. Por ejemplo, hace dos semanas declaró en Caretas que la excusa de su secretaria era una mentira: “Mi secretaria era yo. Todo eso me lo inventé porque estuve aturdido”, afirmó. También dejó de lado otra de sus excusas, la del complot por su oposición al régimen de Fujimori: “Bueno, ya no creo que (el complot) sea fujimontesinista. Sé quién lo paga”, le respondió a Caretas. Nosotros le preguntamos ahora: Si vio que se publicó con su nombre artículos que no eran suyos, ¿por qué no dijo nada?, ¿por qué cobró por ellos?
Como bien señala el escritor español José María Pérez Álvarez, una de sus víctimas: “Nadie se opuso a Fujimori tanto como Vargas Llosa y, que yo sepa, nadie anda por allí acusándolo de apoderarse del trabajo de otros”. Hasta ahora, lo único que no acepta Bryce es que el plagiario es él.
NUEVOS HALLAZGOS.
María Soledad de la Cerda es una periodista y profesora universitaria chilena. Cuando se enteró de las denuncias contra Bryce, su instinto de investigadora la llevó a revisar los textos publicados por el novelista durante los últimos años. Una a una aparecieron las evidencias de nuevas copias. Ella se contactó con nosotros y nos informó de sus hallazgos. Luego de que Perú.21 verificara la información, podemos hacer públicos 16 nuevos plagios del autor de Un mundo para Julius. De ellos, 15 fueron publicados por la revista española Jano donde, curiosamente, Bryce es colaborador.
De todos los textos, tres pertenecen al periodista español Juan Carlos Ponce: ‘La angustia de Kafka’ (Jano N° 1404, octubre de 2001), ‘John Steinbeck, el novelista de los oprimidos’ (Jano N° 1423, marzo de 2002) y ‘Sartre y la literatura’ (Jano N° 1498, noviembre de 2003). Bryce tituló a sus artículos: ‘La angustia de Kafka’ (El Comercio, 22/6/2003, y La Nación de Argentina, 21/12/2003), ‘John Steinbeck, la voz de los oprimidos’ (La Nación de Argentina, 29/6/2003) y ‘El verdadero Sartre’ (El Mercurio de Chile, 12/5/2006). Dos conclusiones previas: Bryce plagia, incluso, textos sobre literatura, materia que, se supone, domina. Luego, muchas veces ni siquiera cambia el título del original. Los dos primeros son copias casi textuales -otra práctica común-, y el tercero lo es en un 80%.
Nos comunicamos con Ponce quien, además de confirmar las malas prácticas de nuestro novelista, nos dijo: “Coincido en que el plagio, en algunas ocasiones, es un acto de admiración. Yo añadiría que la admiración lleva implícitos respeto y reconocimiento”.
REINCIDENTE.
Hace algunas semanas, el diario El País (España) informó que Bryce se había comunicado con José María Pérez Álvarez, ‘Chesi’, un conocido escritor español, y le había ofrecido disculpas por el plagio que le había hecho. Tendrá que disculparse otra vez. Copió casi literalmente el artículo ‘La locura’, que fue publicado por ‘Chesi’ en Jano y en Galipress, en 2005, y por Bryce, con el mismo título, en la revista mexicana Nexos N° 351, de marzo de 2007.
Otros autores ‘multicopiados’ son Juan Soto Viñolo y Carmen Lloret, que son padre e hija. Ella se llama Carmen Soto Villa, es filósofa, vive en Viena y firma algunos textos con seudónimo. De ellos, Bryce se apropió de ‘Cary Grant, un ícono del cine’ (Jano N° 1414, enero de 2002) y de ‘Andy Warhol: El arte como negocio’ (Jano N° 1424, marzo de 2002). El escritor peruano tituló a ’sus’ textos ‘Cary Grant y el sueño americano’ (La Nación, 4/4/2004) y ‘Un artista de los negocios’ (La Nación, 2 de marzo de 2003). Otra vez, salvo algunas palabras, la reproducción es literal.
Al médico Blas Gil Extremera también le copió dos textos: ‘John Ford, la épica del western’ (Jano N° 1564, mayo de 2005) y ‘El intrigante Antonio Salieri’ (Jano N° 1359, octubre de 2000). El primero es calcado casi íntegramente -incluido el título- por Bryce en la revista Nexos N° 343, de julio de 2006. Al segundo lo titula ‘El envidioso Antonio Salieri’ y lo publica en la Revista de Libros de El Mercurio (Chile), el 1 de setiembre de 2001. Gil, luego de confirmar los plagios, declaró a Perú.21 que tomaba el tema “con sorpresa”.
Al español Cristóbal Pera, Bryce le calcó el texto ‘Culturas y civilizaciones’ (Jano N° 1581, octubre de 2005), que publicó con su nombre el 17 de setiembre de 2006, en El Comercio. Otro texto que el autor de El huerto de mi amada plagió es ‘William Blake y los proverbios del infierno’, de Jorge de la Paz, publicado en el N° 59, año 1986, de la revista de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior, de México (ANUIES). Bryce lo copia casi todo y lo titula ‘Las andanzas de ultratumba de William Blake’. El texto aparece en El Universal de Caracas (23/11/2002).
El 15 de febrero de 2004, en La Nación de Argentina, el narrador peruano publica el texto ‘PsicoWoody’ (apareció antes, el 5 de abril de 2003, en la Revista de Libros de El Mercurio con el nombre ‘La cabeza del cine psico: Woody Allen’). Este es un calco de ‘El psicoanálisis en el cine de Woody Allen’, un artículo del médico español Benjamín Herreros Ruiz, aparecido en Jano N° 1425, de marzo de 2002.
REPRODUCE HASTA EL TÍTULO.
A los siguientes cinco artículos, Bryce no les cambia ni siquiera el título: 1) ‘El divorcio de Woody Allen’, de Albert Mallofré, publicado en Jano N° 1490, octubre de 2003. La versión del narrador peruano aparece en Nexos N° 324, de diciembre de 2004 y, también, el 24 de enero de 2005 en La Nación de Argentina. 2) ‘1905, el año milagroso’, de Victoria Toro, Jano N° 1561, abril de 2005. Bryce lo publica en El Comercio, 16/10/2005. 3) ‘La enfermedad de la nostalgia’, de Luis M. Iruela, Jano N° 1580, octubre de 2005. Consta como texto del novelista en El Comercio, 28/5/2006. 4) ‘Contra las fotos de ataúdes con soldado dentro’, de Josep Pernau, Jano N° 1523, de mayo de 2004. Bryce lo publica en El Comercio, 31/7/2005. 5) ‘Estrellas médicas’, de Sergi Pàmies, Jano N° 1517, de abril de 2004. Consta como texto del peruano en Nexos N° 342, de junio de 2006. Nos comunicamos con Pàmies, quien nos dijo: “No me parece tanto un plagio como una fotocopiadora”.
Después de estas pruebas, ¿Bryce seguirá responsabilizando a la prensa?
(Tomado de www.peru21.com con autorización de Augusto Alvarez Rodrich [alvarezrodrich@peru21.com] o ver el artículo en el enlace directo: http://www.peru21.com/P21Impreso/Html/2007-07-18/ImP2Cultura0755839.html. Edición del miércoles 18 de julio de 2007)


Noticias del cuento norteamericano

NOTICIAS DEL CUENTO NORTEAMERICANO
Por: Edmundo Paz Soldán

Lo admito: soy uno más de esos que critican el hecho de que los lectores no le den más importancia al género del cuento, pero que, a la hora de escoger sus lecturas en una librería, se decanta con facilidad por la novela que todos están discutiendo, el clásico de Dickens con el que uno está en deuda. No apoyamos al género y somos los primeros en quejarnos cuando nos topamos con un editor que, cuando le ofrecemos una colección de cuentos, nos pregunta si de por ahí no tenemos una novela a punto de terminar. Curioso estatus el del cuento, un género que, por la longitud de los textos, debería estar destinado a cosas mayores entre los lectores contemporáneos. Pero no: en vez de escoger un compact con diez canciones –de las cuales cuatro suelen ser muy buenas–, preferimos una larga sinfonía que quizás sea mediocre. En fin…
Con todo, el cuento se las ingenia para sobrevivir. No sé quién compra los libros, pero en Estados Unidos los editores los siguen publicando. No sólo eso: un buen cuento publicado en una revista como el New Yorker puede servir para iniciar una carrera con los reflectores de la crítica puestos en la obra (por ejemplo, el peruano-americano Daniel Alarcón). Hay un amplio abanico de espacios para publicar, desde los journals de prestigio que nadie compra pero que se encuentran en las bibliotecas (Epoch), hasta revistas muy bien financiadas, de diseño elegante (Zoetrope: All Story, de Francis Ford Coppola).
Aunque los latinoamericanos tenemos una tradición cuentística excepcional, lo cierto es que la norteamericana es mucho más amplia, más diversa, y se renueva con más frecuencia. Sólo pensando en escritores que han publicado un libro importante de cuentos en los últimos seis meses, se puede mencionar a Deborah Eisenberg, Charles D’Ambrosio y George Saunders. En la lista también se incluyen escritores que han publicado antologías con algunos textos inéditos, y cuya retrospectiva nos muestra su calidad: Joyce Carol Oates, Amy Oates. Si queremos rizar el rizo y hablar de la tradición de cuentos en inglés, podríamos incluir en esta lista a la canadiense Alice Munro y al irlandés William Trevor (más rizos para ser rizados: Brokeback Mountain, una de las películas más debatidas de los últimos tiempos, está basada en un gran cuento de Annie Proulx).
El minimalismo de los ochenta, el de Carver y Ann Beattie y Bobbie Ann Mason, ya es parte del canon, pero hoy hay pocos rastros de su presencia en los cuentistas de primera fila. Los escritores que cuentan hoy son maximalistas, dados a experimentos formales (Saunders), a temas político-sociales (Eisenberg), a georgrafías diversas (D’Ambrosio). La “ficción doméstica” norteamericana, ésa que se ocupa de la vida emocionalmente pobre en los suburbios de la clase media norteamericana y que se desentiende de las grandes corrientes de la historia, se convirtió en un cliché porque se abusó de ella. Sí, en escritores como Deborah Eisenberg se pueden reconocer los temas y los registros más conocidos de la “ficción doméstica”, pero a condición de que entienda que, aquí, lo doméstico no es sinónimo de dócil, de familiar, de pequeño. Un cuento de su última colección, The Twilight of the Superheroes (Farrar, Straus & Giroux), es claro al respecto. En el cuento, que lleva el mismo título del libro, un grupo de cuatro jóvenes con un futuro incierto se queda a cuidar el piso lujoso de un coleccionista de arte en Nueva York. Este piso, con un patio ideal para barbeques, se encuentra frente a las Torres Gemelas. Ya lo sabemos: el 11 de septiembre partirá la vida de estos jovenes en un antes y un después. El barrio entero de los jóvenes se llena de “una patina pegajosa de ceniza de crematorio, incluso dentro de los pisos con ventanas cerradas”. Es, de verdad, el crepúsculo de los superhéroes, aquel que nos muestra que todo el poder y despreocupación de una sociedad ante lo que ocurre en el mundo se revela como una fachada lamentable. Todo en el cuento parece ocurrir en ese patio lleno de ceniza, pero éste se nos revela como un microcosmos que contiene multitudes. Se han escrito muchas novelas sobre el 11 de septiembre, pero ninguna con el poder emocional del relato de Eisenberg.
Charles D’Ambrosio es, como Eisenberg, un escritor realista, pero sus preocupaciones no son tan urbanas. En The Dead Fish Museum (Knopf), D’Ambrosio se enfoca en gente al borde de la locura, geografías al borde del mapa: en “Screenwriter”, el personaje principal es un guionista millonario que solía trabajar en Hollywood, pero que ahora se encuentra recluido en un sanatorio, sus facultades mentales extraviadas. En “Up North”, el narrador descubre que las infidelidades de su esposa, su promiscuidad, se deben a que en su infancia fue violada por un amigo o familiar, y se obsesiona por descubrir al violador; “The Bone Game” transcurre en caminos perdidos en el estado de Washington, en reservaciones indias en el noroeste de los Estados Unidos. Los personajes de D’Ambrosio son seres desesperados cuyos transtornos mentales los dejan siempre con un pie fuera de la realidad. El realismo de D’Ambrosio es similar: sabe que ver a tu pareja prenderse fuego delante tuyo puede ser para algunos más realista que cualquier pesadilla o alucinación.
En cuanto a Saunders, escritor de la generación de Moody y Franzen, In Persuasion Nation (Riverhead), nos muestra que tenía razón el crítico que lo describió como una mezcla de Pynchon y South Park. Saunders es un satirista capaz de escribir cuentos que transcurren, literalmente, en el espacio restringido de un anuncio publicitario. “I Can Speak” es muy bueno, pero Arreola llegó cincuenta años antes allí, con “Baby HP”. En el último texto del libro, “Commcomm”, hay gente asesinada que se resiste a morir. ¿Una metáfora para el género cuentístico? Quizás.


Extraños en el paraíso

A 25 años de la muerte de John Cheever
Por Maximiliano Barrientos
(Hace un cuarto de siglo un cáncer renal acabó con la vida de John Cheever, uno de los escritores más brillantes de su generación. Su influencia y su obra gozan de una salud intachable, y todo indica que se mantendrá así en sucesivas generaciones. A continuación, una semblanza del narrador al que se apodó sabiamente como el Chéjov de los suburbios).

Esto aparece en alguna parte de sus Diarios: “Escribir bien, con pasión, con menos inhibiciones, ser más cálido, más autocrítico, reconocer el poder de la lujuria tanto como su fuerza, escribir, amar. (…) No disimular nada ni ocultar nada, escribir sobre las cosas más cercanas a nuestro dolor, a nuestra felicidad; escribir sobre mi torpeza sexual, el sufrimiento de Tántalo, la magnitud de mi desaliento -creo entreverlo en sueños- , mi desesperación”.
Y durante casi cincuenta años, desde que concibió Expulsado, relato publicado a sus diecisiete años en la revista New Republic en el que cuenta su expulsión de la Academia Thayer, John Cheever, uno de los escritores más brillantes e influyentes de la segunda mitad del siglo XX, fue fiel a esa norma estética que el mismo se impuso, y sus narraciones -las cinco novelas pero especialmente los 161 cuentos que vieron la luz primeramente en revistas como New Republic, Collier’s Story, Atlantic, Esquire y, sobretodo, The New Yorker-, le valieron el sobrenombre del Chéjov de los suburbios.
Su universo es la crónica detallista del infierno invisible subyacente a las familias privilegiadas que llevan placenteras vidas en los suburbios, habitando amplias casas con piscinas donde los hombres tienen una animada vida social con fiestas y reuniones y grandes trabajos y saludables hijos y una esposa que no los abandona, hombres que no se ven afectados por grandes tragedias -no hay muertes ni actos heroicos (el malestar es mucho más silencioso y sus causas más sutiles)-. Su universo, uno de los más singulares y complejos de la ficción contemporánea norteamericana, es el testimonio -escrito con una de las prosas más solventes y enigmáticas de su generación- de los muladares escondidos tras el barniz de normalidad, pero también es la búsqueda de redención -e ahí los destellos místicos que el escritor y periodista Rodrigo Fresán asemeja con los que habitan la obra de J.D. Salinger- en un mundo contingente; por eso, sus personajes –muchos alteregos del propio Cheever- se encuentran en sitios acomodados como extraños, extranjeros que no entienden por qué las relaciones humanas se volvieron un campo de batalla, por qué la esposa súbitamente se tornó una enemiga y sobretodo, no entienden cuándo llegaron ahí ni cuáles fueron las culpas o las causas que determinaron tantos cuestionamientos. Sus personajes buscan una salida y una visión redentora. Y Cheever a veces la entrevé. Y Cheever dejó algunas obras maestras en el camino (Adiós, hermano mío, La cura, El ladrón de Shady Hill, Las joyas de los Cabot, El nadador o El brigadier y la viuda de golf), en la persecución de esa visión.
Estar lejos de casa o no saber dónde quedó. Estar lejos de casa en su propia casa, con la gente que ama y necesita y ve como extraños -o ellos a él-, e ahí su universo.
LEJOS DE CASA
Cheever nació en 1912 en Quincy, Massachusetts. Después de la expulsión de su colegio por haber sido encontrado fumando y por demostrar una notoria falta de interés por sus estudios, se dedicó a la literatura a tiempo completo, viviendo de los cuentos que vendía a muy buen precio a las revistas y semanarios antes mencionados, pero fue The New Yorker -bajo la edición de William Maxwell, Gus Lombrano y Harold Ross- el que lo acogió en una familia donde se publicaba a los escritores más talentosos de esos años: John Updike, Truman Capote, Vladimir Nabokov, J.D. Salinger y Philip Roth por nombrar algunos de esa camada (ahora también sigue siendo una plataforma de grandes valores, Rick Moody, Michael Chabon, Lorrie Moore, Haruki Murakami o veteranos activos como William Trevor y Alice Munro son algunas de las firmas que aparecen con frecuencia), lo que le permitió desentenderse de las obligaciones que acarrea un empleo convencional para mantener a la familia que había formado en 1937, año en que se casó con Mary Winternitz.
***
El gran tema de Cheever -anticipándose a la literatura de ficción y no ficción actual que lo ha convertido prácticamente en un cliché- es la familia como problema, como territorio de guerra, como ruinas de un paraíso extraviado. Su literatura, descarnada e intimista, explora las relaciones entre esposo y esposa, hijos y padres, y deja constancia -en párrafos hermosamente escritos- de la soledad de gente que al parecer lo tiene todo y que alcanzó la cúspide del sueño americano. Sus dos primeras novelas: Crónica de los Wapshot (1957), con la que ganó el National Book Award, y El escándalo de los Wapshot (1964), son precursoras de lo que años más tarde se llamó realismo domestico o realismo sucio. Sin embargo, donde su genialidad está más latente es en los relatos cortos. Ése es el lugar donde su sagacidad alcanza cimas difíciles de superar a la hora de mostrar los quiebres, las pequeñas paranoias de todos los días, la necesidad imperiosa de reencuentros que lo curen y santifiquen, que lo devuelvan al mundo como nuevo.
***
Su literatura es la literatura del cansancio. Ése parece ser una constante en sus cuentos y novelas. Hombres envejecidos y maduros, alejados de la infancia y de la juventud, viviendo vidas que siempre estuvieron ahí, ya hechas, amoldadas. En sus ficciones, a pesar de la compleja y asombrosa arquitectura de su prosa, no hay frescura, esa frescura que se respira en escritores como J.D. Salinger o Hanif Kureishi, con quienes siempre se tiene la impresión de estar leyendo a adolescentes que miran y entienden e intentan traducir al mundo desde una galaxia donde la incertidumbre tiene todavía una rara fascinación y es una suerte de privilegio. Los personajes de Cheever siempre están agotados, como si toda su vida hubieran sido trabajadores descontentos o esposos a los que ya no los aman o padres contrariados por el afecto de sus hijos.
Quizás esto responde -alejándonos de lo puramente literario- a ese carácter conservador y a su puritanismo. Algunos críticos apuntaron que esa contradicción entre el moralista y su incapacidad para asumir su homosexualidad, su alcoholismo y una vida por momentos desenfrenada, haya sido uno de los factores desencadenantes de la problemática existencial que se filtra en su obra, sin embargo, como afirma su hijo Benjamin en el prólogo de sus Diarios, en los últimos años dejó el alcohol y logró reconciliarse con sus propios impulsos, pero la vida -en un grado mucho menor que antes- siguió siendo un problema, algo que lo preocupaba, un motivo de reflexión constante.
La búsqueda de Cheever -si su ficción puede ser entendida como tal- es un intento por reconciliarse con un territorio en guerra: su propia familia, el ansia de una vida más generosa y plena, una bondad natural que él sabía que debía estar allí pero no encontraba más que rastros difíciles en caras hostiles: desconocidos en el metro o solitarios en bares o un hermano cuya propia decadencia era un reflejo de la suya.
REGRESAR A CASA
Esto parece el paraíso es su última novela, la publicó en 1982, a los 70 años, meses antes de que un cáncer en sus riñones acabe con su vida, pero no con la leyenda.
La novela fue escrita en un momento en el que los reconocimientos empezaban a llegar de todas partes. La reciente publicación de Cuentos y relatos de John Cheever, en los que se recopiló la totalidad de sus historias, lo hizo merecedor del premio Pulitzer y del National Book Critics Circle Award, y se convirtió -raro en una colección de relatos- en el libro más vendido del año. Harvard le otorgó un doctorado a pesar de que lo habían expulsado a los diecisiete y desde entonces no había vuelto a pisar la universidad, salvo para dictar cursos de escritura creativa como un escritor confundido que, entre sus ejercicios predilectos, les pedía a sus estudiantes que elaboren una carta de amor imaginando que están en una casa consumida por el fuego. En lo personal las cosas también mejoraron, dejó el alcohol y las relaciones con su esposa Mary adquirieron una estabilidad razonable después de que Cheever aceptó sus impulsos homosexuales. Todo parecía retomar un cause que años atrás, en un momento que resultaría difícil predecir, se habían torcido. Cheever, después de años de exilio y de vagabundeo por los suburbios de su propia mente e infelicidad, empezaba a sentirse en casa, por lo que no resulta raro que quisiera cerrar una trayectoria pequeña (en cuanto a libros publicados) pero muy concisa, con una novela que festeje ese regreso tan anhelado, esa redención aparentemente definitiva.
Y esa novela fue escrita con una prosa que persigue los destellos del satori, destellos que iluminan y enceguecen, paréntesis hechos en el ruido y en el desorden que asegura que todo -por ese instante, mientras dura la fuerza del encantamiento de una de las escrituras más arrolladoras de su generación- todo irá bien. El amor y la naturaleza como fuerzas redentoras en el universo Cheever, pero también la literatura, a la que consideró el triunfo sobre el caos (La muerte de Justina). El amor, la naturaleza basta y la literatura contraponiéndose a ese mundo de suburbio en el que los hombres se degeneran paulatinamente. Eso era el paraíso para Cheever. Y el paraíso es fantasmagórico y a veces se borra y vuelven los viejos infiernos, pero nunca se quedan del todo. Aparecen y desaparecen, y sus personajes oscilan entre esas visiones y vuelven a casa o se van al trabajo, viajan en tren o ingresan a pequeños bares poco iluminados para saber que afuera siempre habrá alcohólicos y asesinos y pederastas y amenazas nucleares y esposas infieles e hijos desobedientes, pero por ese momento, en el instante en el que nada de ese ruido puede afectarlos -mientras están en el metro o en el dormitorio de sus casas de suburbio o en esos jardines con piscina tan propios del paisaje cheeveriano- todo está bien, hay orden en el caos.
***
Paraísos amenazados. Paraísos que se perdieron o que se están perdiendo. Paraísos recuperados por momentos, entrevistos apenas. La literatura de Cheever bordea esos registros. Da fe del hombre que estuvo ahí y los vivió.


Sobre Adela Zamudio

“Poemas” de Adela Zamudio [*]
Por: Luis H. Antezana J.
(Vuelo a morar en ignorada estrella
Libre ya del suplicio de la vida.
Allá os espero; hasta seguir mi huella,
Lloradme ausente pero no perdida.
Adela Zamudio
).
El Ministerio de la Cultura venezolano, por intermedio de la Editorial El Perro y La Rana, está editando una colección de clásicos de la literatura latinoamericana. Cuando, allá por el 2004-5, preguntaron por Bolivia, entre otras posibilidades, se les indicó que hacía muchos años –desde 1977– que no se difundía la poesía de Adela Zamudio y que, por razones tanto poéticas como sociales, Adela Zamudio era todo un símbolo cultural en Bolivia. La editorial aceptó llevar a cabo el proyecto y acaba de concretizarlo en su reciente edición de los poemas de Adela Zamudio (Caracas, Ministerio de la Cultura - Editorial EL Perro y La Rana, 2007, 209 pp.).
Esta edición compila, por un lado, todos los materiales de la que, en 1977, publicó la Honorable Alcaldía Municipal de Cochabamba en homenaje a doña Adela (Adela Zamudio, Petisa, educadora, polemista) y, por otro, incluye además el ensayo “Adela Zamudio, guerrillera del Parnaso” (1980) de Joaquín Aguirre Lavayén. El prólogo de Eduardo Ocampo Moscoso a la edición de 1977 (”Personalidad y obra de doña Adela Zamudio”) y el ensayo de Aguirre Lavayén, que introducen esta nueva edición, diseñan muy bien el contexto y los alcances de la obra de Adela Zamudio; algo muy apropiado, en este caso, asumiendo que el libro se difundirá, sobre todo, en y desde Venezuela. Además, no hay que olvidar que la edición de 1977 ya incluía varios ensayos de doña Adela; no sólo los polémicos y pedagógicos (”Reflexiones,” “Carta abierta,” “Instrucción moral”) sino, también, junto a “Por una enferma,” su “Discurso” en los Juegos Florales de 1915, en el que expone su manera de entender la poesía. Textos en prosa que, por supuesto, también complementan documentalmente los introductorios de Ocampo Moscoso y Aguirre Lavayén. Pero, claro, el núcleo de esta edición es su poesía y, por ello, apropiadamente, el libro se titula Poemas.
A estas alturas, ¿qué se puede decir sobre la poesía de doña Adela? Cronológicamente, su importancia dentro del romanticismo en Bolivia es ya definitiva. También, es un hecho que su poesía ha vencido los (posibles) límites de dicha cronología, es decir, su actualidad no cesa. Sin duda, la lectura genérica de su obra ha permitido destacar aún más esa permanente actualidad, donde, por ejemplo, se la reconoce toma una gama de valores precursores. Literariamente, uno de ellos, subrayado por los recientes estudios de su obra en prosa (la novela Íntimas [1913], y, los Relatos y Cuentos [1943], hasta tendría alcances latinoamericanos: el de haber encontrado y construido una voz femenina para la expresión literaria en este Continente. En fin, ya sabemos que doña Adela es uno de nuestros más altos valores culturales y sociales –no en vano, el Día de la Mujer en Bolivia se celbra el día de su cumpleaños– muy bien cuidada, dicho sea de paso– colabore a difundir sus logros más allá de nuestros horizontes.
[*]Tomado de Lecturas de Los Tiempos del 24 de junio de 2007.


Artur Lundkvist

ARTUR LUNDKVIST
Por Javier Claure Covarrubias

(El gran poeta, escritor y  crítico literario, Artut Lundkvist, murió el 11 de diciembre de 1991 en un hospital de Estocolmo. Su producción abarca cerca de 100 libros entre poesía, traducciones, narrativa y ensayos).
Artur Lundkvist es, sin duda, uno de los escritores suecos más importantes del siglo pasado. Nació en Oderljunga, el 3 de marzo de 1906, una aldea situada al sur de Suecia. Hijo de un agricultor y una costurera. Desde temprana edad mostró su vocación literaria y su sueño por ser escritor. A menudo atormentaba a sus allegados preguntándoles cómo se escribían las diferentes palabras. Así, sabiendo leer y escribir, ingresó al colegio. Creció en las tierras de su padre en un ambiente proletario y limitado.
A un comienzo saciaba su sed de leer con diferentes revistas, pero gradualmente fue avanzando hacia una literatura más seria. Se prestaba libros y otros documentos de la biblioteca comunal que en aquellos tiempos había en la pequeña aldea.
El resultado de esas lecturas le proporcionó un buen conocimiento de los escritores suecos y extranjeros del 1800. Y, a medida que pasaba el tiempo, era más consciente que debía abandonar el campo para aprender idiomas, tener acceso a los medios culturales y conocer a gente en el ámbito literario. Su vida, como la de todo genio, fue llena de anécdotas. Vivía en un cuartucho con mala calefacción y siempre con el temor de empeñar su máquina de escribir. Esto era su mayor preocupación. La comida pasaba a segundo plano, tal es así, que cuando lo llamaron para ingresar al servicio militar, se encontraba desnutrido.
Afortunadamente, al cabo de un tiempo, conoció a una muchacha, quien, además de cobijarle y hacerle la vida más llevadera dándole “un amor sin hijo”, fue una compañera que sabía escuchar sus versos de enamorado.
El 19 de abril de 1928, publicó su primer poemario “Ascua” (Glöd) y se destaca, pese a ciertas discrepancias con sus colegas, como poeta del proletariado y pionero del modernismo. Los matutinos suecos de ese entonces, alagaron los poemas de Lundkvist, ya que escribía con una madurez idiomática y riqueza de metáforas.
Esa fecha clave marca el comienzo de su brillante trayectoria literaria y, a partir de ahora, se cumple su sueño más anhelado, creando de una manera asombrosa.
Artur Lundkvist, sostenía la idea de que un buen narrador debería escribir de un modo complicado, es decir, con una sintaxis compleja. Y aunque los libros de este mismo autor no sean tan difíciles de leer, aseguraba que los únicos escritores que tenían derecho al Premio Nobel de Literatura, eran aquellos que escribían dificultoso. Porque, según su juicio, éstos son los renovadores de un idioma.
El aislamiento que sufrió Suecia durante la  Segunda Guerra Mundial afectó de alguna manera al escritor. En su libro “Autobiografía” (självporträtt) confiesa que en ese período carecía de vivencias y de material adecuado para poder escribir. 
Se dedicó a viajar por diferentes países del mundo. Fue después de estos viajes que las ideas le llovieron como rayos de oro y nuevamente empezó a escribir. Llevaba en sus adentros un profundo interés por el compromiso social y político. Durante la guerra fría de los dos sistemas socioeconómicos, sentía una enorme preocupación por una posible Tercera Guerra Mundial. Con tal motivo viajó a Paris en 1958. Allí participó, entre connotadas personalidades, en una conferencia para tratar temas sobre la Paz del mundo.
Lundkvist se destacó en este evento. Por un lado, sus intervenciones ganaban el apoyo del Consejo Mundial de la Paz y, por el otro, el de los soviéticos; llegando casi al acuerdo de crear un círculo internacional que diera a conocer, ante los ojos del mundo, obras literarias relacionadas con el problema de la Paz mundial.
El mismo año, cuando se encontraba de vacaciones en España con su esposa, la poetisa María Wine, recibió una carta firmada por tres literatos, entre ellos Pablo Neruda. Se le comunicaba que fue nombrado para el Premio Lenin de la Paz. Inmediatamente contestó a dicha carta, dando instrucciones para que su nombre fuera borrado de la lista de candidatos, puesto que él, según su propia apreciación, no se merecía ese premio. Esta gran humildad rodeaba la personalidad de Artur Lundkvist.
Sin embargo, las cosas siguieron su curso y, finalmente, fue galardonado con tal laurel. Pero no quiso viajar a Moscú, colocándose de esta manera en una situación bastante incómoda, porque odiaba las ceremonias públicas y pomposas. Además, la elección de Boris Pasternak como Premio Nobel de ese año, causó malestar al régimen soviético de esa época.
Al cabo de un tiempo llegó a Estocolmo, el monto en efectivo destinado a ese premio, Lundkvist lo donó a un fondo para la traducción de prosa y poesía sueca a diferentes idiomas.
Sus viajes a la China, India, Africa, Sudamérica y ex Unión Soviética jugaron un papel importante en el desarrollo de su creación y conocimiento sobre la literatura universal.
Un hecho de gran interés, fue que no viajaba únicamente como observador de la literatura, pues existía algo más profundo en su ser. Su compromiso político en diferentes organizaciones, la participación en conferencias, charlas con personas privadas, su curiosidad por conocer más, se constituyeron en el principal impulso para embarcarse hacia otros continentes. De esta manera pudo ver con sus propios ojos, las injusticias sociales y atropellos contra los Derechos Humanos en muchos países del llamado Tercer Mundo. No sin motivo señalaba Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura 1990, al referirse a Artur Lundkvist: “Viajaba por el mundo no solamente para conocer, sino que lo abrazaba con todas sus entrañas”.
Durante esos viajes se contactó con muchos escritores y poetas. Conoció más de cerca la calidad de sus trabajos y circunstancias de vida. Introdujo en Suecia a muchos narradores latinoaméricanos y, así, abrió nuevos horizontes literarios para el pueblo sueco.
En 1968 entró a la Academia Sueca, ocupando la silla número 18 y se convierte en un asesor de escritores extranjeros. Algunos prosistas y poetas que recibieron el Premio Nobel de Literatura fueron, en gran parte, traducidos al sueco por el propio Lundkvist.
Los libros de Artur Lundkvist, también fueron traducidos a muchos idiomas. Algunos de ellos están llenos de angustia, problemas sociales, pesimismo a consecuencia del empeoramiento de relaciones entre los dos bloques antagónicos en la década del sesenta.
Y en la práctica, a pesar de que a veces manifestaba un cierto descontento con los sistemas ideológicos existentes de la época, casi siempre sus ideas y principios lo llevaron a identificarse con las doctrinas de la izquierda. En sus textos existe una ironía metafísica que no se dirige a un grupo de personas, sino a las condiciones de vida en esencia. Reprochaba la actitud de las sociedades de consumo de Occidente. Sentía que el mundo cambiaba a su alrededor y buscaba nuevas imágenes y símbolos para poder explicar este cambio. Es por eso que no se aferró al tipo de visiones que algunas teorías le proporcionaban porque según él, se hallaban en estancamiento. Decía además, que debería existir una relación entre el realismo y el simbolismo. Y que ésta relación debería estar en un cambio permanente. De este modo la poesía y la prosa adquirirían vivacidad, expresión y sorpresa.
Para Artur Lundkvist, la poesía era una lucha permanente entre la realidad y el sueño, el día y la noche, el ser humano y el cosmos.
Crear un poema, le significaba estar en correspondencia con los humanos y la vida en sí. Pero, al mismo tiempo, constituía una dimensión infinita de la existencia y el enaltecimiento de la conciencia.


Sobre lo minimo

El cuento más breve del mundo(*)
Por: Eduardo Berti

Hace pocos meses (en noviembre de 2006) la revista Wired convocó a una treintena de escritores norteamericanos, en su mayoría de ciencia ficción, y les pidió que escribiesen un cuento de apenas seis palabras, tomando como ejemplo un micro relato de Ernest Hemingway cuyo texto completo dice en inglés “For sale: baby shoes, never worn” y que, según parece, el autor de Los asesinos tenía por una de sus obras maestras.
Abundaron los cuentos de tinte político (alusiones directas a Bush y a Irak), y hasta hubo perlas: Steven Meretzky propuso “Muy confundido, leyó su propio obituario” (He read his obituary with confussion); Bruce Sterling escribió “Era muy caro seguir siendo humano” (It cost too much staying human), y Ben Bova puso “Salvó al mundo volviendo a morir” (To save humankind he died again), los que podrían ser, además, brillantes inicios de novela. En cuanto a Margaret Atwood, empleando una audaz elipsis jugó con la lógica secreta que vincula dos hechos o noticias: “Hallan cadáver incompleto. Médico compra yate” (Corpse parts missing. Doctor buys yatch).
En sus cuentos más ortodoxos, Hemingway ya había dado muestra de su capacidad sintética y de su economía expresiva. Su “A very short story”, para muchos una versión reducida y avant la leerte de Adiós a las armas, tiene tan sólo 767 palabras en inglés pero, pese al título, no es su relato más corto: “A banal Story” tiene 634 y, el más breve de sus cuentos, exceptuando los intertextos de In Our Time (1925), acaso sea “The Revolutionist”, que no llega a las quinientas palabras.
Un buen trabajo de cómo trabaja Hemingway es “Hills like white elephants” (Colinas como elefantes blancos), cuya intriga se reduce a un diálogo entre dos personajes acerca de una operación médica, nunca explicitada. El lector deduce, o no, que la chica está embarazada y que el hombre la presiona para que el bebé no nazca. La palabra clave (aborto) jamás es puesta en boca de los personajes ni tampoco mencionada por el narrador.
“Vendo zapatos de bebé, sin usar” es, en este sentido, digno de Hemingway. Lo omitido (¿Otro aborto?) queda resonando en la mente del lector. No estamos ante una novela, o ante un cuento tradicional, donde una lectura gradual nos irá respondiendo los interrogantes: ¿Quién vende los zapatos? ¿Por qué los vende? ¿Por qué están sin uso? ¿Ha ocurrido algo con el bebé? ¿Qué ha ocurrido?
En el cuento de seis palabras adjudicado a Hemingway nos hallamos ante un hecho presente (el aviso que “ocupa” todo el relato) pero asimismo ante un hecho pasado que obra de dato escondido. Estamos a un paso de la tan citada “Tesis del cuento” de Ricardo Piglia. “Un cuento siempre cuenta dos historias”, concluye Piglia, para quien todo cuento es un relato que encierra un relato secreto.
En “Vendo zapatos de bebé, sin usar”, lo mismo que en buena parte de la llamada microficción, los procedimientos que hemos mencionado (la omisión deliberada, la tesis de los dos relatos simultáneos) son llevados a un extremo. Todo está, en este caso, “fuera” del texto. O “fuera de campo”, como dicen los directores de cine cuando la acción no es registrada por la cámara.
Aunque parezca imposible, circulan en libros y antologías cuentos todavía más breves. Luisa Valenzuela escribió uno de apenas dos palabras (“Que bueno”, así, sin tildes ni signos de exclamación) aunque se apoyó en un título provocadoramente extenso (“El sabor de la medialuna a las nueve de la mañana en un viejo café de barrio donde a los 97 años Rodolfo Mondolfo todavía se reúne con sus amigos los miércoles por la tarde”); Aloé Azid ha postulado un cuento de una sola palabra (“Yo”) y cuyo título es “Autobiografía”, pero la cosa no excede de una broma muy ingeniosa, ya que en su caso no se puede hablar de “acción” ni de relato.
Cierto consenso ha establecido que entre nosotros, lectores de lengua española (e incluso entre el lectorado europeo, un poco a la sombra de Ítalo Calvino), el centro de “cuento más breve” recayese en el “Dinosaurio” del guatemalteco Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía seguí allí”.
En la tradición de la micro ficción norteamericana, por su parte, por años se ha estimado que “el cuento más breve del mundo” era un celebrado texto de Fredric Brown: “The last man on earth sat in a room. There was a knock on the door.” (El último hombre sobre la tierra está sentado a solas en una habitación. Llaman a la puerta”), en verdad una reescritura de “Mensaje” de Thomas Bailey Aldrich (“Una mujer está sentada sola en una casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos los otros seres han muerto. Golpean a la puerta), incluido en la famosa Antología de la Literatura Fantástica, de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo, y adjudicado a Borges por algunos estudiosos de la obra de Bailey Aldirch.
Durante décadas se ha afirmado que la microficción en castellano (Arreola, Denevi, Piñera, Valadés, etc.) lograba textos más breves que la llamada sudden fiction o flash fiction norteamericana. Aunque esto ha dejado de ser tan así en los últimos tiempos, es cierto que las antologías norteamericanas consagradas al “cuento hiperbreve” incluyen textos de 750 palabras, cuando en castellano suele rondar las 300 o, como máximo, 500 palabras.
(*) Tomado del Semanario Pulso. Número 399.




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