Ecdotica en twitter

Siguenos en @ecdotica

Donaciones

Ayudanos a difundir libros gratuitos

Crispín Portugal

La muerte de Crispín Portugal
Por: Marco Montellano
(Hace unos días murió Crispín Portugal, fundador -junto a otros dos compañeros- de la Editorial de El Alto Yerba Mala Cartonera. Marco Montellano le rinde homenaje con este poema).
No somos seres de luz
ni la savia nos recorre.
Las palabras son luciérnagas
en la noche eterna del escritor.
El arte devela a la muerte,
pero es ella la verdadera artista.
Somos árboles jóvenes
pero nos llega el otoño.

Nueva York

NUEVA YORK: CRÓNICA DE UNA CIUDAD FUGITIVA

Por: Edmundo Paz Soldán

Hace algunos años, cuando estudiaba en Berkeley, mi mamá llegó de visita y la llevé a conocer San Francisco. Me quedé pasmado por la cantidad de fotos que sacó de North Beach, Chinatown y Alcatraz. Hubo un momento en que pensé que, más que la experiencia en sí, lo que justificaba su viaje eran las fotos de éste. Se me ocurrió –y luego lo escribí en un cuento— que acaso hubiera sido un gesto más original no sacar ninguna de las fotos que había sacado, y dedicarse a fotografiar a todos aquellos edificios y calles y esquinas que habían hecho legendaria a la ciudad. Fotografiar más bien el verdadero universo de la ciudad, la anónima y fascinante topografía que permitía y sobre la que descansaba la existencia de algunos ya muy obvios símbolos de postal. El verdadero desafío consistía en visitar Nueva York y no sacar fotos de la estatua de la Libertad, ir a París e ignorar la torre Eiffel, en la ciudad de México recorrer el Zócalo sin una cámara fotográfica a la mano. Si todavía no está muy claro, lo confieso: no soy un buen turista. No sé muy bien cuál es la puerta de entrada y la de salida a la hora de visitar ciudades. Tengo una cámara fotográfica digital con la que suelo viajar, pero con frecuencia la olvido en la habitación del hotel. Y sin embargo, cuando llegan amigos a Nueva York no dejo de ofrecerme a hacerles conocer la ciudad, porque no hay mejor excusa que ésa para que yo la conozca un poco más, nunca del todo, es imposible conocerla del todo. Mi casa está a cuatro horas de Nueva York, y mucha gente cree que vivo en la misma ciudad por la forma tan inmediata en que me ofrezco a acompañarlos el fin de semana a pasear por Manhattan. Y claro, luego me es difícil encontrar el restaurante griego al que prometí llevar a una editora española, o la librería Macondo –toda ciudad del planeta está obligada a tener una librería con ese nombre–. Y tomo la línea del metro equivocada, o me bajo en la estación en la que no debía bajarme; una vez, iba a Wall Street y terminé en Jamaica, Queens. Y me pierdo y me encuentro muchas veces en un par de horas: ¿no es esa la mejor manera de pasear por Nueva York? Soy un pésimo guía, pero mis pasos, pese a todo, van dibujando una suerte de mapa, a la manera del personaje de Paul Auster en La ciudad de cristal. Y la ciudad me salva, porque uno siempre se topa con algo: no, nunca llegué a la estación del metro en Chambers Street, para ver de cerca el puente de Brooklyn y recordar algunos versos de Hart Crane, pero una vez, sin saberlo, entré a la biblioteca Donnell en Mid-Manhattan y me topé con los verdaderos Winnie the Pooh, Tigger y Eeyore, desprendiendo detrás de una vitrina su aura de originales, más pequeños y más viejos que los simulacros que uno está acostumbrado a ver en libros y en la televisión, pero más importantes por, bueno, originales. Nueva York fue fundada en 1625, cuando la compañía Dutch West Indies creó, en el bajo  Manhattan, Nueva Amsterdam. El modesto puerto fue pronto llenándose de inmigrantes, hasta convertirse en la ciudad de inmigrantes por excelencia. Hoy uno puede visitar Ellis Island, lugar de ingreso de doce millones de personas entre fines del siglo XIX y mediados del siglo XX, y leer en una pared  del edificio los nombres de 600.000 de esos inmigrantes (no, yo todavía no he visitado Ellis Island). De acuerdo al censo del 2000, la ciudad cuenta con ocho millones de habitantes; ocho cuadras en Washington Heights cuentan con el mayor promedio de extranjeros por área: casi 9000 mil latinoamericanos (nueve cuadras de Flushing le siguen de cerca, con 8639 coreanos y chinos). Uno de cada tres neoyorquinos ha nacido en otro país; de todos los grupos de inmigrantes, quienes han crecido con mayor rapidez en la última década son los mexicanos, que se han triplicado, y los hindúes, que se han duplicado. Al menos en la mitad de los hogares en la ciudad se habla otro idioma aparte del inglés; de esa mitad, el 53% habla español. Se pueden encontrar letreros en chino y coreano en las tiendas de Queens, en español en los supermercados de Jackson Heights, en ruso en los restaurantes de Forest Hills, en bengalí en Astoria. Muchos llegan a Nueva York para quedarse. Otros son sólo turistas: once millones al año. Eso ocasiona que cualquier visita a los lugares más representativos de la ciudad tenga largas colas y empujones como parte del paisaje. Y yo, que no estoy particularmente interesado en visitar esos íconos de la icónica ciudad, lo he hecho alguna vez, gracias a un hermano o un amigo. Visité el Empire State, y recuerdo el ascensor abarrotado, y desde el piso de observación la exactitud de los versos de ese gran neoyorquino que fue Walt Whitman: “high growths of iron, slender, strong, light, splendidly uprising toward clear skies”. Edificios, y edificios y más edificios. Y por supuesto, recuerdo King Kong, porque hay pocas ciudades tan filmadas como Nueva York, y es imposible que a nuestras impresiones de la ciudad no se cuelen, por ejemplo, las de Woody Allen en Manhattan o Scorsese en Goodfellas. ¿Qué más? Siempre hay más en Nueva York. Visité la Catedral de San Juan El Divino, y descubrí que la iglesia más grande de los Estados Unidos era el símbolo perfecto de la ciudad, siempre fugitiva, siempre a deshaciéndose y rehaciéndose, nunca terminada del todo: la iglesia había comenzado a construirse en 1892 y –sí, no exagero—todavía no había sido concluida (hay más de ochenta comunidades religiosas y muchísmas más seudoreligiosas en la ciudad; entre ellas, la de los Gays y Lesbianas Budistas, las Brujas del Estado de Nueva York, y el Centro de Recursos Paganos de la ciudad de Nueva York). Visité el edificio de la bolsa de valores, y vi por una ventanita, durante cinco minutos, a algunos jóvenes muy bien vestidos vender y comprar acciones como si en ello se les fuera la vida (en ello se les iba la vida). Visité uno de los innumerables edificios de Donald Trump, que tiene esa manía que tenía Stroessner, la de bautizar con su nombre todas sus propiedades (en el caso del dictador paraguayo, aeropuertos y ciudades). Visité Macy’s, hice cola para observar las espectaculares decoraciones navideñas de las vitrinas de Saks, estuve en el Rockefeller Center y no le encontré gracia a tanta gente que trataba de ver a los adolescentes en patines en la pista de hielo. Compré libros nuevos y usados en el Strand, caminé con displicencia por la Quinta Avenida junto a neoyorquinos apurados, elegantes, obligatoriamente vestidos de negro, una bolsa con el logo de Donna Karan o Barnes & Noble. ¿Deberé decir que me maravillaron las luces de Times Square? Aunque, es cierto, terminé dándole la razón a Rodrigo Rey Rosa, que en un gran cuento escribió acerca de cómo había algo de siniestro en la forzada disneyficación (¿existe esa palabra?) de esa zona: sombras espectrales detrás de las imágenes de Pinocho y el ratón Mickey. Vi Art en Broadway, y Alberto Fuguet me convenció de ir una noche al pub de Woody Allen (Woody jamás apareció, y comí la ensalada más cara del mundo). Estuve en el museo de Arte Moderno y en el Metropolitan y en el Guggenheim más de una vez, y casi nunca pagué (pero gasté mucho en pósters de Hopper y Kandinsky). Paseé por Central Park, pero nunca en verano, de modo que me perdí Shakespeare in the Park y algún desfile al aire libre de las modelos de Victoria’s Secret. En el metro vi más de un acto violento y escuché a muchos músicos itinerantes, no todos buenos. Conocí el edificio Dakota, en el que vivía John Lennon, y el lugar donde fue asesinado. Me topé en la calle con Tom Hanks (no le pedí autógrafo). Pasé un par de años nuevos en el frío de Times Square (una vez, había tanta gente que debí quedarme a quince cuadras de donde caía la bola a la medianoche, y tuve que ver el espectáculo a través de una televisión en una café). Y sí, como no, en enero de 1997 visité el World Trade Center con mi hermano Marcelo. Recuerdo poco de esa visita, excepto que pagamos mucho para subir al último piso, y que soplaba un viento helado, y que a la salida estuvimos a punto de comprar gorras de béisbol con nuestros nombres a manera de logos. Una visita anticlimática, digamos, la que uno hace a un lugar emblemático porque es lo que toca visitar y porque no sabe que, bueno, ocurrirá lo que ocurrió. No sacamos fotos. Y sí, me hubiera gustado tener una foto del World Trade Center, aunque no sé lo que hubiera hecho con ella, probablemente la habría perdido. Pero no importa. Porque aunque no recuerdo mucho de mi visita, sí me queda, muy vívida, la imagen espectacular –porque era un espectáculo, y gratuito— de las Torres Gemelas aguardándome cada vez que llegaba a Nueva York, por avión o en Greyhound, recortadas al fondo de la ciudad sublime. Debería terminar hablando de los lugares no icónicos de la ciudad, aquellos rincones secretos que me pertenecen y que le dan vida y energía a mi Nueva York. El restaurante chino-cubano cerca de Barnard College. La tienda de bagels en la calle doce. El pequeño cine en el que vi una película francesa acerca de dos empleadas que matan a sus patrones. La revistería cerca de Columbus Circle. El estrecho departamento de Tammy cuando estudiaba en Columbia, de calefacción siempre excesiva… Pero no. Así como las fotos ocultan más de lo que revelan, las grandes ciudades nos presentan sus símbolos más obvios para que creamos que las conocemos. De los lugares de Nueva York que sólo uno conoce, mejor callar.

La verdadera vida de Jaime Saenz

La Verdadera Vida de Jaime Saenz, desde la noche y el alcohol hasta su atracción por el nazismo y su sexualidad
Por: Leonardo Garcia-Pabon

Jaime Saenz (1921-1986) nació, vivió y murió en La Paz, ciudad que fue su espacio vital y el permanente trasfondo de su obra. Reconocido como uno de los autores más importantes de toda la literatura boliviana, tanto su vida como su obra marcaron profundamente el espacio cultural boliviano de este siglo.
En Saenz, vida y obra se suponen y se iluminan mutuamente. Así, la imagen de escritor rebelde, marginado, alcohólico, nocturno y enemigo del artificio de la “gente bien”, no sólo remite a uno de los pocos enfants terribles de las letras bolivianas, sino que es parte integrante de una vida que asumió la escritura con vocación monástica. El resultado de esta vida fue una obra que es una visión de mundo extraordinaria y original, como pocas en el contexto de la literatura boliviana y latinoamericana.
Dos preocupaciones esenciales marcan su existencia y, sin duda, su obra: la muerte y el alcohol.
La fascinación por la muerte fue algo vivencial para Saenz. Como él mismo relata en su libro más autobiográfico, La piedra imán (1989), visitar la morgue para contemplar los muertos fue una de las extravagantes actividades de su juventud. Pero en este acto se debe ver no sólo una necrofilia, sino una obsesión por comprender vida y muerte como una unidad que sería lo que él llamó, con mayúsculas, la Verdadera Vida.
Precisamente, en la oscuridad, en un cuerpo que está dejando de ser cuerpo, en un alma que se ve inseparable de su cadáver, Saenz afirma haber llegado a la Verdadera Vida, lo que es, al mismo tiempo, acceso al conocimiento trascendental al que aspira:
“Mientras viva, el hombre no podrá comprender el mundo; el hombre ignora que mientras no deje de vivir no será sabio”. [...] “Qué tendrá que ver el vivir con la vida; una cosa es el vivir, y la vida es otra cosa./ Vida y muerte son una y misma cosa.” (Obra poética, 1975: 259-60)
El impacto del alcohol en su vida está ampliamente explorado en dos libros: el poema La noche (1984), y la novela Felipe Delgado (1979). Saenz negó muchas veces que esta novela fuera de inspiración autobiográfica, pero no se puede dejar de ver en ella algunos aspectos de su vida personal, especialmente los referidos a su época de alcohólico.
Aunque es difícil precisar fechas, la etapa alcohólica de Saenz duró desde su adolescencia hasta su madurez, unos 15 años más o menos (c. 1945-1960), habiendo sufrido en ese tiempo dos crisis de delirium tremens. En La piedra imán, Saenz nos entrega por boca de varios personajes una vívida imagen de sus años de alcoholismo. Por ejemplo, su tía (la mujer que acompañó y cuidó a Saenz toda su vida) dice: “Ya pareces un degenerado bebiendo día y noche en esa bodega, metido ahí, con los matones y los rateros. Tus gritos se oyen hasta la Plaza y no trabajas ni haces nada, y tu vida es beber y beber…” (: 71). En otro lugar, uno de sus amigos le transmite la opinión que se tiene de él: “Caramba; qué se hará con este don Jaime. Persona tan decente, y el pobre joven anda botando piojos. Un aparapita es un lujo al lado de él. … Pero es su culpa… Es demasiado irresponsable y hasta abusivo, y a veces ya parece uno de esos energúmenos y malentretenidos sin Dios ni ley. Insulta a todo el mundo y pelea con todos, anda vociferando y desafiando, mete escándalos por aquí y por allá, … y de repente baja a la morgue a profanar los cadáveres, … y se hace ultrajar y pisotear, y finalmente entra a la botica, rompe los vidrios y lo llevan a la policía, y todavía se burla del comisario y le habla en no sé qué idioma, que nadie entiende, y que seguramente él ha inventado. Y así don Jaime se hace odiar”.
En esta últimas líneas, se puede ver la confluencia de los temas mayores de su vida y su obra: el alcohol, la muerte y el lenguaje. Confluencia que más adelante será oposición, enfrentamiento y elección, porque Saenz, en un momento de su vida, se dio cuenta de que beber y escribir eran incompatibles. Comprendió que había que elegir una de las dos opciones de forma radical y definitiva. La renuncia al alcohol fue un gesto ético y poético, pues Saenz eligió la entrega a su obra como forma de vida, como el principio que, en adelante, regiría sus actos.
A la vez, esa entrega significó la creación de un universo poético, cuya clave está en esa misma elección y en la transformación “alquímica” de la experiencia alcohólica en escritura.
Esta renuncia voluntaria al alcohol ocurrida aproximadamente en la década de los sesenta fue uno de los mayores triunfos en su vida. Salvo esporádicas recaídas, Saenz no volvió a beber hasta poco antes de su muerte en 1986. En estos años, alejado del alcohol, escribió la mayor parte de su obra. En 1980, una de sus recaídas lo llevó al borde de la muerte y de ese trance nació su texto La noche (1984), un poemario, se diría aterrador, pues da la visión de la experiencia del alcohol y la muerte desde el interior de esa misma experiencia.
Su vida de alcohólico creó asombro y rechazo en la sociedad paceña de los años cincuenta. Rechazo y marginamiento que se mantendrá en los círculos literarios y sociales más conservadores por el resto de su vida. Pero su personalidad y su literatura atrajeron y sedujeron a un grupo grande e importante de jóvenes artistas, escritores e intelectuales. Como pocas veces en la historia de la literatura boliviana, este escritor pudo, si no crear escuela, por lo menos establecer un grupo de seguidores a su ética y a su poética.
Se puede decir que muy pocos representantes de la literatura, la música o la pintura contemporánea en Bolivia han dejado de tener alguna relación o influencia de Saenz. Incluso su importancia se ha sentido en las nuevas generaciones de videastas y cineastas.
Tal vez lo que más llamó la atención, sobre todo a gente joven, fue el aspecto romántico de su estilo de vida, reflejado en su horario de trabajo y de vida social: dormir en el día y vivir de noche.
Las veladas nocturnas con Jaime Saenz fueron durante años y hasta el momento de su muerte, probablemente, un espacio marginal y rebelde de rico intercambio intelectual. Los famosos “Talleres Krupp”, la habitación donde Saenz recibía a sus visitas, se convirtieron en una institución, donde la edición de revistas literarias, el juego de dados, la música de Bruckner o de Simeón Roncal, las charlas sobre Milarepa y las lecturas de poemas fueron la tónica permanente.
Hay que decir que el trato con Saenz era muy exigente. Las relaciones de Saenz con sus amigos se mezclaron más de una vez con lo maravilloso y lo tenebroso en experiencias poéticas y mágicas, con resultados no muy felices. Así nació el mito de Saenz amigo de lo oscuro y de la magia, el iniciado y el alquimista. En realidad, esta imagen fue creada por la desconfianza y el temor ante un ser que se negó a participar en la “normalidad” de una vida que encontraba falsa.
La publicación póstuma de su novela, Los papeles de Narciso Lima Achá (1991), arroja luces sobre otros dos importantes aspectos de su vida: su sexualidad y su atracción por el nazismo.
La atracción por el nazismo de Saenz, similar a la de Ezra Pound en algunos elementos, fue más bien un rechazo a la sociedad burguesa moderna y una exaltación de lo irracional y lo esóterico como métodos de conocimiento del mundo.
De ahí que su interés por el nazismo estuvo más cerca de la magia que de la política. En cuanto a su sexualidad, un aspecto poco conocido de su vida, no hay duda de la importancia que debió tener el mundo de las relaciones homosexuales. Así lo prueba la escritura de Los papeles de Narciso Lima Achá, donde se narra básicamente una historia de amor entre un joven boliviano y uno alemán. Cabe señalar que Saenz nunca se definió como homosexual y su vida amorosa conocida estuvo siempre heterosexualmente orientada.
Lo cual se muestra, por ejemplo, en que Saenz se casó con una mujer alemana de origen judío y con ella tuvo una hija. Este matrimonio, donde lo judío y la heterosexualidad predominan, indica la dificultad de asignarle una etiqueta a sus intereses políticos y sexuales.

MURIO AYER ROBERTO FONTANARROSA

Un artista genial, que es un sello del mejor humor argentino (*)
Por: Alberto Amato (
aamato@clarin.com)robert.jpg
(Padecía una grave enfermedad neuromuscular que incluso le impidó seguir dibujando. Colaborador de Clarín desde hace décadas, brilló en varios campos).
Nos hizo reír. Mucho. A todos. Durante mucho tiempo.
Sólo por eso, deberíamos haberle colgado del pecho y las solapas las medallas al heroico valor en combates imposibles.
No intentemos colgárselas ahora que está muerto porque se nos va a reír en la cara. Y lo peor, con esa risa cargada de ironía que te calificaba para siempre como un pelotudo impenitente. Palabra ésta, la penúltima, que reivindicó la memorable tarde (para las letras) de noviembre de 2004 en la que cerró en Rosario el Congreso Internacional de la Lengua Española.
Ayer, a los 62 años, murió Roberto Fontanarrosa. Una enfermedad neurológica degenerativa, que entre otras cosas le impedía dibujar, le provocó una insuficiencia respiratoria. Murió a las tres de la tarde en el Sanatorio Central de Rosario, apenas una hora después de haber sido internado. “Mi terapia —dijo no hace mucho— es el cariño de la gente”. De haber sido cierto, Roberto seguiría vivo.
Era un genio. Y era, además, una buena persona. No es común esa conjunción. Era un amigo fiel, amaba el fútbol, la música popular, la buena mesa, el lenguaje claro y el humor.
Sobre todo el humor. Incapaz de escatimarlo, nos lo regaló durante décadas en sus trazos inconfundibles e imborrables que ya son un pedazo de historia; en sus personajes entrañables, como el gaucho Inodoro Pereyra, el Renegáu, y su perro Mendieta, o despiadados, como Boogie, el Aceitoso, el mercenario que nació sin saber que la realidad iba a terminar por copiarlo.
Fontanarrosa había nacido en Rosario en 1944. Y allí pasó casi toda su vida, aferrado a las calles y al paisaje de su ciudad, sabedor que, como aseguraba Borges, la patria es el sitio donde uno ha transcurrido su juventud.
Rara vez bajaba a Buenos Aires. Sus amigos del alma iban a verlo a Rosario. Uno de ellos, Joan Manuel Serrat, ha confiado a carcajadas algunos detalles de esos encuentros que también ya son historia.
¿Qué hacer de ahora en más sin Fontanarrosa? Borges, otra vez: sólo nos queda el goce de estar tristes. Sin solemnidades. Porque El Negro nos va a sacudir otra de sus carcajadas. Pero es una pena enorme su muerte. Es de esos tipos que no tienen reposición. No hay muchos.
Empezó su carrera como dibujante en 1968 como una prolongación lógica de su infancia anclada a legendarias revistas de historietas: “Rayo Rojo”, “Puño Fuerte”, “El Tony”, “Misterix” y la inolvidable “Hora Cero” que fundó Héctor Oesterheld a quien Hugo Pratt le dibujaba Ernie Pike, el corresponsal de guerra inspirado en un personaje real, Ernie Pyle.
En otra revista de leyenda, “Hortensia” fundada en Córdoba por Alberto Cognini, nacieron Boogie e Inodoro. En 1973, de la mano de Caloi, Altuna, Tabaré, Dobal y Crist, Fontanarrosa se instaló en este diario, para nuestro regocijo.
Ayer, cuando se conoció su muerte, algo extraño sucedió en esta redacción. Poco a poco, por sectores, la fue ganando un intenso silencio. No debe haber nada más extraño y turbador que una redacción en silencio. Nació en Deportes, donde El Negro tenía hondos y buenos amigos, y se extendió luego como una pesada ola umbría. Fue un silencio que duró poco, antes de que todo volviera a lo habitual. Pero será difícil lo habitual sin El Negro.
Fontanarrosa fue también escritor y periodista.
Tenía la repentización, la capacidad de observación y el poder de síntesis de los periodistas, tan corregidos y aumentados, que muchos de nosotros deberíamos imitarlo.
En 1983, con la democracia recién recuperada, un semanario le pidió una viñeta que sintetizara los horrores de la dictadura. Apenas una hora hora después llegó el fax, desde Rosario, claro, con el retrato de un hombre agobiado, gastado, deteriorado, envejecido, que hablaba de las virtudes de la democracia. Su entrevistador le preguntaba entonces cuál era su edad, y el tipo contestaba: “Catorce”.
Escribió tres novelas (Best Seller, El Area 18 y La Gansada) y varios libros de cuentos desopilantes, con retratos imborrables de guerreros derrotados, de futbolistas descascarados, de poetas sin rima, de fracasados del alma, de cultores del quiero y no puedo, habitantes de regiones indómitas con idiomas inabarcables.
Todos se han editado tal vez en España en un solo tomo en lo que debe ser el primer y único tratado sociológico sobre el país escrito en forma de cuentos. De todos sus formidables personajes, sobresalen los aforismos de Ernesto Esteban Echenique, que ahora también serán historia.
Dicen que Gaetano Donizetti incluyó en su opera cómica “L”Elisir d”Amore” el aria “Una furtiva lágrima” para que quedara constancia de sus intenciones y cualidades. En sus muchos cuentos de humor, El Negro incluyó páginas de alta literatura, de las que le gustaba leer aunque confesara con pudor que jamás leyó a los clásicos: “No leí El Quijote, y creo haberlo intentado”. En 2004, en cambio, admitió haber leído a Tolstoi, “Anna Karenina” y haberse sorprendido por lo cinematográfico de las descripciones. Al igual que Tolstoi, Fontanarrosa pintó su aldea para pintar el mundo entero.
Pero además expresó como nadie el sentimiento popular para desentrañar los misterios de esas cuatro o cinco cosas que nos mueven en la vida: el amor, la amistad, la locura, la muerte, la pasión. Sus libros de cuentos llevan como título el sello de las frases diarias, que repetimos una y otra vez en las casas: No sé si he sido claro, Te digo más, Usted no me lo va a creer, El mundo ha vivido equivocado.Ese humor callejero, de tablón y de real Academia que campeaba en sus cuentos era fácilmente identificable en algunos juegos de palabras y situaciones absurdas que encarnaba otros artistas geniales, Les Luthiers, con quienes el Negro colaboraba con deleite también para nuestro regocijo.
Era un tipo simple consciente de que, reveló alguna vez, la simplicidad es un punto de llegada, no un punto de partida.
Dato sabido pero ineludible, era un irreductible hincha de Rosario Central en ese universo partido en dos que es el Rosario del fútbol. Inventó un cuento de disparate para eternizar un momento de gloria del club de sus amores, el pase a la final del campeonato y a la gloria arrancados nada menos que a las manos de su rival eterno. Y le puso como título la fecha de la epopeya: 19 de diciembre de 1971.
Tenía la lucidez, y también la valentía, necesaria para quitarle dramatismo a todo, para hacerle pito catalán a la solemnidad, a la que despreciaba con el ropaje de la ironía, como lo hacía con ciertos círculos intelectuales que intentaban no hallar oro literario en su humor delirante, que buena falta le hubiera hecho a Tolstoi, dicho sea de paso.
“En el ámbito intelectual me parece muy pasible de humorizar —dijo hace año y medio en una entrevista en la revista Ñ de Clarín— Me hace gracia. Porque lo contrario de lo humorístico no es lo serio. Lo contrario de lo humorístico es lo pomposo. Todas esas instituciones que son altamente pomposas, el ejército, la Iglesia y los círculos intelectuales, se prestan para cagarse de risa. Realmente”.
Alguna vez el propio Fontanarrosa habló de sus influencias literarias: Jack London, Jorge Luis Borges, Ernest Hemingway, J. D. Salinger, Norman Mailer, pero siempre se sintió más cercano a los dibujantes y a los periodistas. Y mucho más cercano a los periodistas deportivos, que ayer se dolieron de su muerte con fiero estupor.
Fontanarrosa transpiraba fútbol. Su lógica tiene la lógica endeble de ese deporte apasionado. El Negro iba todavía más lejos: “Como juego, el fútbol es una forma de aprendizaje muy directa de la vida y más cuando se está constantemente sometido a la competencia”.
Otro de sus personajes célebres, que El Negro encerró en el difícil formato de la crónica periodística breve, estuvo también ligado al fútbol. La Hermana Rosa, pitonisa, vidente, hechicera y enamorada eterna de los vaivenes del seleccionado nacional de fútbol y de algunos de sus atletas, que también es ya un pedazo de la historia.
Enfrentó su mal con el coraje de un león. Vistió sus sentimientos con el cauteloso disfraz del optimismo. Supo y aceptó esa insospechada ironía de Dios que le quitó la movilidad para dibujar y le quitó, cómo no, dramatismo y solemnidad. No entendía ni jota de todo lo que la ciencia le decía sobre su mal: “Repito como un loro. Posiblemente padecí una atrofia monomiélica, una neurona que se muere antes de tiempo”, confesó al periodista de Clarín Camilo Sánchez. Y con un gesto pícaro decía que los médicos no lo habían tranquilizado cuando admitieron que era un mal del que se sabe poco: “Ojo, no sólo acá, en el mundo entero se sabe poco de la enfermedad”.
Cuando el daño en su cuerpo fue mayor, escribió veinte o treinta simpáticas líneas en la que anunciaba que su brazo o su mano habían quedado inútiles y que confiaba a su amigo Crist los dibujos que él iba a dedicarse a pensar. Vio un costado positivo en el drama: ahora, sus dibujos tendrían mejores colores.
Aceptó premios y homenajes con la conciencia plena que eran póstumos con adelanto. No lo dijo, pero lo pensó. En el homenaje que Clarín le rindió el año pasado cuando la entrega del Premio Novela, sus ojos brillaron con tierna malignidad cuando dijo: “Un premio a la trayectoria… Está bien que no empecé recién, pero todavía tengo mucho por delante…” Lo dijo con una sonrisa que decía más que la frase, junto a su mujer Gabriela y sostenido por su hijo Franco, de 23 años, un músico, bajista que detesta el fútbol, como debe ser.
Antonio Gala dice que el hombre siempre es más fuerte que cualquier cosa que lo mata. Dice que aún en medio de una tormenta marina el hombre nunca está a merced de un elemento: “El hombre sabe que se muere, pero el mar no sabe que lo mata”, dice el escritor español.
Tal vez el Negro no haya leído nunca a Gala, pero con ese espíritu enfrentó sus horas finales. Supo que se le iba la vida y nos ayudó a reír. Eso es ser fiel a un estilo.
Ayer mismo, este diario publicó la última genialidad de Fontanarrosa, con los colores de Crist: una viñeta de rigurosa actualidad, tamizada por una tierna ironía, sobre las andanzas de la ex ministro de Economía. Eso también es ser fiel a un estilo.
Ya sabemos como vamos a andar de ahora en más, sin el humor y la compañía entrañables del Negro Fontanarrosa.
Mal, pero acostumbrados.
(*) Tomado del diario www.clarín.com de su edición del día viernes 20 de julio de 2007.

Los plagios de Bryce Echenique

Informe.21: ¡Tantas veces… Bryce!
Por:
www.peru21.com
Con los nuevos hallazgos, hasta ahora suman 27 las copias del autor de Tantas veces Pedro. En su mayoría, los plagiados son académicos españoles que colaboran en la revista Jano. De los 16 nuevos calcos, casi todos son textuales.
Si, como dice Alfredo Bryce Echenique, el plagio es un homenaje, él ha pasado los últimos años homenajeando a una considerable cantidad de académicos, escritores y periodistas, sobre todo españoles. Sin embargo, más allá de una respuesta divertida, el tema es bastante serio porque apoderarse del trabajo de otros es el más repudiado de los vicios intelectuales.
HASTA HOY ERAN 11.
Hace un año, el ensayista Herbert Morote acusó a Bryce de plagio. Como Morote era un autor poco conocido, algunos no tomaron en serio su denuncia. Bryce, incluso, lo ninguneó. Sin embargo, el 20 de marzo de este año, el tema tomó ribetes de escándalo: el embajador Oswaldo de Rivero lo acusó de haber reproducido un texto suyo. Ante las evidencias, el novelista no tuvo otra opción que reconocer la copia, pero responsabilizó de esto a su secretaria. Dos días después, el 22 de marzo, este diario hizo públicos tres plagios más. A su vez, algunos blogs hallaron otros tres. En los meses de mayo y junio, se dieron a conocer tres nuevas copias: dos fueron descubiertas por Perú.21 (15 y 30 de mayo de 2007, las víctimas fueron tres académicos españoles) y, la otra, que era vox pópuli, correspondía a un plagio hecho por Bryce, en 1993, a su amigo Guillermo Niño de Guzmán. Es decir, la excusa de un descuido o de un mal manejo reciente de archivos cayó por sí sola pues, de estas 11 reproducciones, una corresponde a 1993 y otra a 1996.
EL PEZ POR LA BOCA MUERE.
La verdad es que Bryce tiene la costumbre sistemática de apoderarse del trabajo de otros y, para ocultar lo evidente, cada día fue creando una maraña de mentiras que, paradojas de la vida, él mismo ha ido destruyendo. Por ejemplo, hace dos semanas declaró en Caretas que la excusa de su secretaria era una mentira: “Mi secretaria era yo. Todo eso me lo inventé porque estuve aturdido”, afirmó. También dejó de lado otra de sus excusas, la del complot por su oposición al régimen de Fujimori: “Bueno, ya no creo que (el complot) sea fujimontesinista. Sé quién lo paga”, le respondió a Caretas. Nosotros le preguntamos ahora: Si vio que se publicó con su nombre artículos que no eran suyos, ¿por qué no dijo nada?, ¿por qué cobró por ellos?
Como bien señala el escritor español José María Pérez Álvarez, una de sus víctimas: “Nadie se opuso a Fujimori tanto como Vargas Llosa y, que yo sepa, nadie anda por allí acusándolo de apoderarse del trabajo de otros”. Hasta ahora, lo único que no acepta Bryce es que el plagiario es él.
NUEVOS HALLAZGOS.
María Soledad de la Cerda es una periodista y profesora universitaria chilena. Cuando se enteró de las denuncias contra Bryce, su instinto de investigadora la llevó a revisar los textos publicados por el novelista durante los últimos años. Una a una aparecieron las evidencias de nuevas copias. Ella se contactó con nosotros y nos informó de sus hallazgos. Luego de que Perú.21 verificara la información, podemos hacer públicos 16 nuevos plagios del autor de Un mundo para Julius. De ellos, 15 fueron publicados por la revista española Jano donde, curiosamente, Bryce es colaborador.
De todos los textos, tres pertenecen al periodista español Juan Carlos Ponce: ‘La angustia de Kafka’ (Jano N° 1404, octubre de 2001), ‘John Steinbeck, el novelista de los oprimidos’ (Jano N° 1423, marzo de 2002) y ‘Sartre y la literatura’ (Jano N° 1498, noviembre de 2003). Bryce tituló a sus artículos: ‘La angustia de Kafka’ (El Comercio, 22/6/2003, y La Nación de Argentina, 21/12/2003), ‘John Steinbeck, la voz de los oprimidos’ (La Nación de Argentina, 29/6/2003) y ‘El verdadero Sartre’ (El Mercurio de Chile, 12/5/2006). Dos conclusiones previas: Bryce plagia, incluso, textos sobre literatura, materia que, se supone, domina. Luego, muchas veces ni siquiera cambia el título del original. Los dos primeros son copias casi textuales -otra práctica común-, y el tercero lo es en un 80%.
Nos comunicamos con Ponce quien, además de confirmar las malas prácticas de nuestro novelista, nos dijo: “Coincido en que el plagio, en algunas ocasiones, es un acto de admiración. Yo añadiría que la admiración lleva implícitos respeto y reconocimiento”.
REINCIDENTE.
Hace algunas semanas, el diario El País (España) informó que Bryce se había comunicado con José María Pérez Álvarez, ‘Chesi’, un conocido escritor español, y le había ofrecido disculpas por el plagio que le había hecho. Tendrá que disculparse otra vez. Copió casi literalmente el artículo ‘La locura’, que fue publicado por ‘Chesi’ en Jano y en Galipress, en 2005, y por Bryce, con el mismo título, en la revista mexicana Nexos N° 351, de marzo de 2007.
Otros autores ‘multicopiados’ son Juan Soto Viñolo y Carmen Lloret, que son padre e hija. Ella se llama Carmen Soto Villa, es filósofa, vive en Viena y firma algunos textos con seudónimo. De ellos, Bryce se apropió de ‘Cary Grant, un ícono del cine’ (Jano N° 1414, enero de 2002) y de ‘Andy Warhol: El arte como negocio’ (Jano N° 1424, marzo de 2002). El escritor peruano tituló a ’sus’ textos ‘Cary Grant y el sueño americano’ (La Nación, 4/4/2004) y ‘Un artista de los negocios’ (La Nación, 2 de marzo de 2003). Otra vez, salvo algunas palabras, la reproducción es literal.
Al médico Blas Gil Extremera también le copió dos textos: ‘John Ford, la épica del western’ (Jano N° 1564, mayo de 2005) y ‘El intrigante Antonio Salieri’ (Jano N° 1359, octubre de 2000). El primero es calcado casi íntegramente -incluido el título- por Bryce en la revista Nexos N° 343, de julio de 2006. Al segundo lo titula ‘El envidioso Antonio Salieri’ y lo publica en la Revista de Libros de El Mercurio (Chile), el 1 de setiembre de 2001. Gil, luego de confirmar los plagios, declaró a Perú.21 que tomaba el tema “con sorpresa”.
Al español Cristóbal Pera, Bryce le calcó el texto ‘Culturas y civilizaciones’ (Jano N° 1581, octubre de 2005), que publicó con su nombre el 17 de setiembre de 2006, en El Comercio. Otro texto que el autor de El huerto de mi amada plagió es ‘William Blake y los proverbios del infierno’, de Jorge de la Paz, publicado en el N° 59, año 1986, de la revista de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior, de México (ANUIES). Bryce lo copia casi todo y lo titula ‘Las andanzas de ultratumba de William Blake’. El texto aparece en El Universal de Caracas (23/11/2002).
El 15 de febrero de 2004, en La Nación de Argentina, el narrador peruano publica el texto ‘PsicoWoody’ (apareció antes, el 5 de abril de 2003, en la Revista de Libros de El Mercurio con el nombre ‘La cabeza del cine psico: Woody Allen’). Este es un calco de ‘El psicoanálisis en el cine de Woody Allen’, un artículo del médico español Benjamín Herreros Ruiz, aparecido en Jano N° 1425, de marzo de 2002.
REPRODUCE HASTA EL TÍTULO.
A los siguientes cinco artículos, Bryce no les cambia ni siquiera el título: 1) ‘El divorcio de Woody Allen’, de Albert Mallofré, publicado en Jano N° 1490, octubre de 2003. La versión del narrador peruano aparece en Nexos N° 324, de diciembre de 2004 y, también, el 24 de enero de 2005 en La Nación de Argentina. 2) ‘1905, el año milagroso’, de Victoria Toro, Jano N° 1561, abril de 2005. Bryce lo publica en El Comercio, 16/10/2005. 3) ‘La enfermedad de la nostalgia’, de Luis M. Iruela, Jano N° 1580, octubre de 2005. Consta como texto del novelista en El Comercio, 28/5/2006. 4) ‘Contra las fotos de ataúdes con soldado dentro’, de Josep Pernau, Jano N° 1523, de mayo de 2004. Bryce lo publica en El Comercio, 31/7/2005. 5) ‘Estrellas médicas’, de Sergi Pàmies, Jano N° 1517, de abril de 2004. Consta como texto del peruano en Nexos N° 342, de junio de 2006. Nos comunicamos con Pàmies, quien nos dijo: “No me parece tanto un plagio como una fotocopiadora”.
Después de estas pruebas, ¿Bryce seguirá responsabilizando a la prensa?
(Tomado de www.peru21.com con autorización de Augusto Alvarez Rodrich [alvarezrodrich@peru21.com] o ver el artículo en el enlace directo: http://www.peru21.com/P21Impreso/Html/2007-07-18/ImP2Cultura0755839.html. Edición del miércoles 18 de julio de 2007)



Close
E-mail It