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Noticias del cuento norteamericano



NOTICIAS DEL CUENTO NORTEAMERICANO
Por: Edmundo Paz Soldán

Lo admito: soy uno más de esos que critican el hecho de que los lectores no le den más importancia al género del cuento, pero que, a la hora de escoger sus lecturas en una librería, se decanta con facilidad por la novela que todos están discutiendo, el clásico de Dickens con el que uno está en deuda. No apoyamos al género y somos los primeros en quejarnos cuando nos topamos con un editor que, cuando le ofrecemos una colección de cuentos, nos pregunta si de por ahí no tenemos una novela a punto de terminar. Curioso estatus el del cuento, un género que, por la longitud de los textos, debería estar destinado a cosas mayores entre los lectores contemporáneos. Pero no: en vez de escoger un compact con diez canciones –de las cuales cuatro suelen ser muy buenas–, preferimos una larga sinfonía que quizás sea mediocre. En fin…
Con todo, el cuento se las ingenia para sobrevivir. No sé quién compra los libros, pero en Estados Unidos los editores los siguen publicando. No sólo eso: un buen cuento publicado en una revista como el New Yorker puede servir para iniciar una carrera con los reflectores de la crítica puestos en la obra (por ejemplo, el peruano-americano Daniel Alarcón). Hay un amplio abanico de espacios para publicar, desde los journals de prestigio que nadie compra pero que se encuentran en las bibliotecas (Epoch), hasta revistas muy bien financiadas, de diseño elegante (Zoetrope: All Story, de Francis Ford Coppola).
Aunque los latinoamericanos tenemos una tradición cuentística excepcional, lo cierto es que la norteamericana es mucho más amplia, más diversa, y se renueva con más frecuencia. Sólo pensando en escritores que han publicado un libro importante de cuentos en los últimos seis meses, se puede mencionar a Deborah Eisenberg, Charles D’Ambrosio y George Saunders. En la lista también se incluyen escritores que han publicado antologías con algunos textos inéditos, y cuya retrospectiva nos muestra su calidad: Joyce Carol Oates, Amy Oates. Si queremos rizar el rizo y hablar de la tradición de cuentos en inglés, podríamos incluir en esta lista a la canadiense Alice Munro y al irlandés William Trevor (más rizos para ser rizados: Brokeback Mountain, una de las películas más debatidas de los últimos tiempos, está basada en un gran cuento de Annie Proulx).
El minimalismo de los ochenta, el de Carver y Ann Beattie y Bobbie Ann Mason, ya es parte del canon, pero hoy hay pocos rastros de su presencia en los cuentistas de primera fila. Los escritores que cuentan hoy son maximalistas, dados a experimentos formales (Saunders), a temas político-sociales (Eisenberg), a georgrafías diversas (D’Ambrosio). La “ficción doméstica” norteamericana, ésa que se ocupa de la vida emocionalmente pobre en los suburbios de la clase media norteamericana y que se desentiende de las grandes corrientes de la historia, se convirtió en un cliché porque se abusó de ella. Sí, en escritores como Deborah Eisenberg se pueden reconocer los temas y los registros más conocidos de la “ficción doméstica”, pero a condición de que entienda que, aquí, lo doméstico no es sinónimo de dócil, de familiar, de pequeño. Un cuento de su última colección, The Twilight of the Superheroes (Farrar, Straus & Giroux), es claro al respecto. En el cuento, que lleva el mismo título del libro, un grupo de cuatro jóvenes con un futuro incierto se queda a cuidar el piso lujoso de un coleccionista de arte en Nueva York. Este piso, con un patio ideal para barbeques, se encuentra frente a las Torres Gemelas. Ya lo sabemos: el 11 de septiembre partirá la vida de estos jovenes en un antes y un después. El barrio entero de los jóvenes se llena de “una patina pegajosa de ceniza de crematorio, incluso dentro de los pisos con ventanas cerradas”. Es, de verdad, el crepúsculo de los superhéroes, aquel que nos muestra que todo el poder y despreocupación de una sociedad ante lo que ocurre en el mundo se revela como una fachada lamentable. Todo en el cuento parece ocurrir en ese patio lleno de ceniza, pero éste se nos revela como un microcosmos que contiene multitudes. Se han escrito muchas novelas sobre el 11 de septiembre, pero ninguna con el poder emocional del relato de Eisenberg.
Charles D’Ambrosio es, como Eisenberg, un escritor realista, pero sus preocupaciones no son tan urbanas. En The Dead Fish Museum (Knopf), D’Ambrosio se enfoca en gente al borde de la locura, geografías al borde del mapa: en “Screenwriter”, el personaje principal es un guionista millonario que solía trabajar en Hollywood, pero que ahora se encuentra recluido en un sanatorio, sus facultades mentales extraviadas. En “Up North”, el narrador descubre que las infidelidades de su esposa, su promiscuidad, se deben a que en su infancia fue violada por un amigo o familiar, y se obsesiona por descubrir al violador; “The Bone Game” transcurre en caminos perdidos en el estado de Washington, en reservaciones indias en el noroeste de los Estados Unidos. Los personajes de D’Ambrosio son seres desesperados cuyos transtornos mentales los dejan siempre con un pie fuera de la realidad. El realismo de D’Ambrosio es similar: sabe que ver a tu pareja prenderse fuego delante tuyo puede ser para algunos más realista que cualquier pesadilla o alucinación.
En cuanto a Saunders, escritor de la generación de Moody y Franzen, In Persuasion Nation (Riverhead), nos muestra que tenía razón el crítico que lo describió como una mezcla de Pynchon y South Park. Saunders es un satirista capaz de escribir cuentos que transcurren, literalmente, en el espacio restringido de un anuncio publicitario. “I Can Speak” es muy bueno, pero Arreola llegó cincuenta años antes allí, con “Baby HP”. En el último texto del libro, “Commcomm”, hay gente asesinada que se resiste a morir. ¿Una metáfora para el género cuentístico? Quizás.



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