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Nueva York



NUEVA YORK: CRÓNICA DE UNA CIUDAD FUGITIVA

Por: Edmundo Paz Soldán

Hace algunos años, cuando estudiaba en Berkeley, mi mamá llegó de visita y la llevé a conocer San Francisco. Me quedé pasmado por la cantidad de fotos que sacó de North Beach, Chinatown y Alcatraz. Hubo un momento en que pensé que, más que la experiencia en sí, lo que justificaba su viaje eran las fotos de éste. Se me ocurrió –y luego lo escribí en un cuento— que acaso hubiera sido un gesto más original no sacar ninguna de las fotos que había sacado, y dedicarse a fotografiar a todos aquellos edificios y calles y esquinas que habían hecho legendaria a la ciudad. Fotografiar más bien el verdadero universo de la ciudad, la anónima y fascinante topografía que permitía y sobre la que descansaba la existencia de algunos ya muy obvios símbolos de postal. El verdadero desafío consistía en visitar Nueva York y no sacar fotos de la estatua de la Libertad, ir a París e ignorar la torre Eiffel, en la ciudad de México recorrer el Zócalo sin una cámara fotográfica a la mano. Si todavía no está muy claro, lo confieso: no soy un buen turista. No sé muy bien cuál es la puerta de entrada y la de salida a la hora de visitar ciudades. Tengo una cámara fotográfica digital con la que suelo viajar, pero con frecuencia la olvido en la habitación del hotel. Y sin embargo, cuando llegan amigos a Nueva York no dejo de ofrecerme a hacerles conocer la ciudad, porque no hay mejor excusa que ésa para que yo la conozca un poco más, nunca del todo, es imposible conocerla del todo. Mi casa está a cuatro horas de Nueva York, y mucha gente cree que vivo en la misma ciudad por la forma tan inmediata en que me ofrezco a acompañarlos el fin de semana a pasear por Manhattan. Y claro, luego me es difícil encontrar el restaurante griego al que prometí llevar a una editora española, o la librería Macondo –toda ciudad del planeta está obligada a tener una librería con ese nombre–. Y tomo la línea del metro equivocada, o me bajo en la estación en la que no debía bajarme; una vez, iba a Wall Street y terminé en Jamaica, Queens. Y me pierdo y me encuentro muchas veces en un par de horas: ¿no es esa la mejor manera de pasear por Nueva York? Soy un pésimo guía, pero mis pasos, pese a todo, van dibujando una suerte de mapa, a la manera del personaje de Paul Auster en La ciudad de cristal. Y la ciudad me salva, porque uno siempre se topa con algo: no, nunca llegué a la estación del metro en Chambers Street, para ver de cerca el puente de Brooklyn y recordar algunos versos de Hart Crane, pero una vez, sin saberlo, entré a la biblioteca Donnell en Mid-Manhattan y me topé con los verdaderos Winnie the Pooh, Tigger y Eeyore, desprendiendo detrás de una vitrina su aura de originales, más pequeños y más viejos que los simulacros que uno está acostumbrado a ver en libros y en la televisión, pero más importantes por, bueno, originales. Nueva York fue fundada en 1625, cuando la compañía Dutch West Indies creó, en el bajo  Manhattan, Nueva Amsterdam. El modesto puerto fue pronto llenándose de inmigrantes, hasta convertirse en la ciudad de inmigrantes por excelencia. Hoy uno puede visitar Ellis Island, lugar de ingreso de doce millones de personas entre fines del siglo XIX y mediados del siglo XX, y leer en una pared  del edificio los nombres de 600.000 de esos inmigrantes (no, yo todavía no he visitado Ellis Island). De acuerdo al censo del 2000, la ciudad cuenta con ocho millones de habitantes; ocho cuadras en Washington Heights cuentan con el mayor promedio de extranjeros por área: casi 9000 mil latinoamericanos (nueve cuadras de Flushing le siguen de cerca, con 8639 coreanos y chinos). Uno de cada tres neoyorquinos ha nacido en otro país; de todos los grupos de inmigrantes, quienes han crecido con mayor rapidez en la última década son los mexicanos, que se han triplicado, y los hindúes, que se han duplicado. Al menos en la mitad de los hogares en la ciudad se habla otro idioma aparte del inglés; de esa mitad, el 53% habla español. Se pueden encontrar letreros en chino y coreano en las tiendas de Queens, en español en los supermercados de Jackson Heights, en ruso en los restaurantes de Forest Hills, en bengalí en Astoria. Muchos llegan a Nueva York para quedarse. Otros son sólo turistas: once millones al año. Eso ocasiona que cualquier visita a los lugares más representativos de la ciudad tenga largas colas y empujones como parte del paisaje. Y yo, que no estoy particularmente interesado en visitar esos íconos de la icónica ciudad, lo he hecho alguna vez, gracias a un hermano o un amigo. Visité el Empire State, y recuerdo el ascensor abarrotado, y desde el piso de observación la exactitud de los versos de ese gran neoyorquino que fue Walt Whitman: “high growths of iron, slender, strong, light, splendidly uprising toward clear skies”. Edificios, y edificios y más edificios. Y por supuesto, recuerdo King Kong, porque hay pocas ciudades tan filmadas como Nueva York, y es imposible que a nuestras impresiones de la ciudad no se cuelen, por ejemplo, las de Woody Allen en Manhattan o Scorsese en Goodfellas. ¿Qué más? Siempre hay más en Nueva York. Visité la Catedral de San Juan El Divino, y descubrí que la iglesia más grande de los Estados Unidos era el símbolo perfecto de la ciudad, siempre fugitiva, siempre a deshaciéndose y rehaciéndose, nunca terminada del todo: la iglesia había comenzado a construirse en 1892 y –sí, no exagero—todavía no había sido concluida (hay más de ochenta comunidades religiosas y muchísmas más seudoreligiosas en la ciudad; entre ellas, la de los Gays y Lesbianas Budistas, las Brujas del Estado de Nueva York, y el Centro de Recursos Paganos de la ciudad de Nueva York). Visité el edificio de la bolsa de valores, y vi por una ventanita, durante cinco minutos, a algunos jóvenes muy bien vestidos vender y comprar acciones como si en ello se les fuera la vida (en ello se les iba la vida). Visité uno de los innumerables edificios de Donald Trump, que tiene esa manía que tenía Stroessner, la de bautizar con su nombre todas sus propiedades (en el caso del dictador paraguayo, aeropuertos y ciudades). Visité Macy’s, hice cola para observar las espectaculares decoraciones navideñas de las vitrinas de Saks, estuve en el Rockefeller Center y no le encontré gracia a tanta gente que trataba de ver a los adolescentes en patines en la pista de hielo. Compré libros nuevos y usados en el Strand, caminé con displicencia por la Quinta Avenida junto a neoyorquinos apurados, elegantes, obligatoriamente vestidos de negro, una bolsa con el logo de Donna Karan o Barnes & Noble. ¿Deberé decir que me maravillaron las luces de Times Square? Aunque, es cierto, terminé dándole la razón a Rodrigo Rey Rosa, que en un gran cuento escribió acerca de cómo había algo de siniestro en la forzada disneyficación (¿existe esa palabra?) de esa zona: sombras espectrales detrás de las imágenes de Pinocho y el ratón Mickey. Vi Art en Broadway, y Alberto Fuguet me convenció de ir una noche al pub de Woody Allen (Woody jamás apareció, y comí la ensalada más cara del mundo). Estuve en el museo de Arte Moderno y en el Metropolitan y en el Guggenheim más de una vez, y casi nunca pagué (pero gasté mucho en pósters de Hopper y Kandinsky). Paseé por Central Park, pero nunca en verano, de modo que me perdí Shakespeare in the Park y algún desfile al aire libre de las modelos de Victoria’s Secret. En el metro vi más de un acto violento y escuché a muchos músicos itinerantes, no todos buenos. Conocí el edificio Dakota, en el que vivía John Lennon, y el lugar donde fue asesinado. Me topé en la calle con Tom Hanks (no le pedí autógrafo). Pasé un par de años nuevos en el frío de Times Square (una vez, había tanta gente que debí quedarme a quince cuadras de donde caía la bola a la medianoche, y tuve que ver el espectáculo a través de una televisión en una café). Y sí, como no, en enero de 1997 visité el World Trade Center con mi hermano Marcelo. Recuerdo poco de esa visita, excepto que pagamos mucho para subir al último piso, y que soplaba un viento helado, y que a la salida estuvimos a punto de comprar gorras de béisbol con nuestros nombres a manera de logos. Una visita anticlimática, digamos, la que uno hace a un lugar emblemático porque es lo que toca visitar y porque no sabe que, bueno, ocurrirá lo que ocurrió. No sacamos fotos. Y sí, me hubiera gustado tener una foto del World Trade Center, aunque no sé lo que hubiera hecho con ella, probablemente la habría perdido. Pero no importa. Porque aunque no recuerdo mucho de mi visita, sí me queda, muy vívida, la imagen espectacular –porque era un espectáculo, y gratuito— de las Torres Gemelas aguardándome cada vez que llegaba a Nueva York, por avión o en Greyhound, recortadas al fondo de la ciudad sublime. Debería terminar hablando de los lugares no icónicos de la ciudad, aquellos rincones secretos que me pertenecen y que le dan vida y energía a mi Nueva York. El restaurante chino-cubano cerca de Barnard College. La tienda de bagels en la calle doce. El pequeño cine en el que vi una película francesa acerca de dos empleadas que matan a sus patrones. La revistería cerca de Columbus Circle. El estrecho departamento de Tammy cuando estudiaba en Columbia, de calefacción siempre excesiva… Pero no. Así como las fotos ocultan más de lo que revelan, las grandes ciudades nos presentan sus símbolos más obvios para que creamos que las conocemos. De los lugares de Nueva York que sólo uno conoce, mejor callar.



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