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Palacio Quemado de Edmundo Paz Soldán



Palacio quemado: la ficción explicando la historia
Por Wilmer Urrelo

(Discurso de presentación de Palacio Quemado en la Feria del Libro de La Paz realizado el 11 de agosto de 2007)
Hace algunos años atrás, por motivos de trabajo, me vi en la peligrosa necesidad de ingresar a Palacio de gobierno. De esa visita recuerdo claramente dos cosas: los pasillos oscuros y malolientes, y una sensación de estar fuera de todo tiempo y lugar, un tufillo de ser invulnerable una vez que estuve en los ambientes donde dizque se timbraron a Belzu. Esta novela, Palacio quemado, tiene entre varios méritos el narrar de forma descarnada al poder político boliviano. De ese del cual despotricamos todo el tiempo, pero también de quien formamos parte de alguna manera. Así que cuando la leí no tuve más remedio que preguntarme: “¿por qué quienes llegan a Palacio parecen estar en otra dimensión, haber salido de pronto de la realidad en la que vivían antes?”. Todos los gobiernos, absolutamente todos, son prisioneros de Palacio, el cual es sinónimo de poder. Él los gobierna y no gobiernan desde él. La novela que nos convoca hoy tiene como protagonista a un intelectual llamado Óscar. Pero antes de contarles más detalles sobre él me gustaría compartir con ustedes una reflexión del mismo cuate sobre el poder y sus influencias enceguecedoras: (abro comillas) “Pero esa fortaleza se evaporaba apenas salía de Palacio. A medida que me alejaba de la plaza Murillo me empequeñecía…” (cierro comillas). Habitar Palacio te cambia la perspectiva, hace que la realidad real se transforme en la realidad palaciega. Y ejemplos a lo largo de nuestra historia política boliviana hay varios: “¿Dónde está la crisis que no la veo?”, se preguntaba Jaime Paz Zamora en alguna oportunidad durante su presidencia. O Sánchez de Lozada, quien hasta tuvo que convencer a su esposa durante la crisis de octubre para que nos leyera la Biblia por televisión y ver si de esa manera no lo echaban de la presidencia. Y ahí les va uno más reciente: la inflación sólo está en nuestra imaginación, nos dicen desde Palacio ahora y no en los mercados o en la tienda de la esquina.
Palacio quemado, la novela, cuenta esencialmente la historia de Óscar, intelectual asalariado y escribidor de discursos. Un intelectual como los hay muchos por estas tierras: un ser no solamente seducido por el poder sino embebido por éste. Y comprado. Compradísimo. Algo así como los que aparecen en la tele disfrazados de analistas políticos. No les voy a contar la novela entera, claro, pero sí les puedo decir que es uno de los trabajos que más me gustó de Edmundo después de Río Fugitivo. Es uno de los avances más notables en su novelística. Si en Río Fugitivo nos relataba la vida de Roby, un adolescente de imaginación peligrosa en medio de plena crisis económica durante el gobierno de la UDP, Palacio quemado no es más que la maduración de una especie del ente político boliviano. Me explico: la UDP y el adolescente se parecen, ambos saben que están en el límite de algo; uno para hacerse adulto, el otro para desaparecer, una izquierda en sus últimos minutos de vida. Mientras tanto, Óscar y la crisis de octubre también son similares. Óscar, ya les dije, es el prototipo del intelectual comprado, el cual sabe que las cosas están mal, que no tienen retroceso, pero que aún así se niega a admitirlo y la crisis de octubre no es más que la confirmación de lo mismo: la derecha y sus últimos días, es el final de algo, con muertos de por medio, pero un final que se niega a ser tal. Y esta cuestión de épocas ya acabadas que se niegan terminar la vemos todos los días: basta abrir un periódico para seguir hallando a personas que creen que todo sigue como antes. Paz Soldán, en una entrevista a un medio peruano reflexionando al respecto, decía hace poco: (abro comillas) “… quería retratar en el narrador, [en Óscar], esa especie de ambigüedad, el tener esa buena conciencia, sentirse mal, y no hacer nada”(cierro comillas).
En alguna nota que escribí acerca de la novela decía que Palacio quemado tocará a muchos (si hay algo que lastima a políticos y demás poderosos bolivianos son dos cosas: tocarles el ego y tocar su plata), lastimará a varios y los más se sentirán aludidos. Y es que no es para menos. ¿No pasa una gran parte de lo que narra Edmundo en la vida real? ¿O por lo menos lo sabemos de oídas? Ahí está, por ejemplo, la azarosa vida amorosa de los presidentes. Los bolivianos no somos muy de chismes que digamos, digo, así al nivel de los argentinos o los peruanos, por poner dos ejemplos. ¿Pero no les parece que sería divertidísimo saber qué hacen los políticos luego de salir de Palacio y justo cuando NO se dirigen a sus casas? ¡Cuántos machotes perderían esa fama de serlo! ¿Estarán en el prostíbulo y esas “otras” casas la verdadera historia de Bolivia? A lo mejor lo sepamos cuando dejemos de ser mojigatos. En fin, otro de los grandes aciertos de la novela que me gustaría resaltar son sin duda sus personajes. Es como si el autor hubiese realizado una radiografía de las personas poderosas, de aquellas fascinadas por el poder y también de aquellas que están cerca a ver si pueden sacar algo. No sólo está Óscar dentro de esta fauna espeluznante, está también el tipo duro, aquel que cree que todo puede funcionar a base de carajazos: el Coyote, ministro de Gobierno dentro de la novela, es alguien que no pasa desapercibido. Ya sé que se trata de alguien a quien se debe odiar tan sólo por el puesto que detenta, pero es más detestable porque su doble discurso es evidente. El Coyote no guarda las formas: es algo así como el marido infiel que dice: “tengo dos mujeres y qué”. O mejor: es algo así como un dictador democrático, el cual quiere convencer a medio mundo que todas las matufias que está haciendo se hallan dentro de lo legal y a favor de la gobernabilidad. En fin, un perfecto abogado de nuestra tierra. También está Natalia, personaje arribista, tira sacos como los hay a montones, de esos que sólo esperan el mínimo resquicio para aprovecharse del Estado y sacar las más jugosas comisiones. Pero lo rico de todo es que cuando hablamos de alguien así siempre pensamos en un hombre. En este caso es una mujer, aunque no sé si el autor lo hizo a propósito o fue una necesidad de la trama, pero nos muestra que la corrupción es la única que no discrimina en este país lleno de racistas: lo mismo le da negros que blancos, indios que blanquiñosos, cambas que collas. Empero si hay un personaje que me encantó fue el vicepresidente Mendoza. Éste es el arquetipo del intelectual sesentero o setentero que cree que puede cambiar las cosas a base de honradez y transparencia. ¡Qué ingenuidad! Si Mendoza fuera real estoy seguro que creería todavía que La naranja mecánica es una gran película. En la novela aparece como un tipo aturdido por las cosas que están pasando, la realidad le muestra que la política boliviana va por otro lado. (Abro comillas) “Algunos en Palacio narra el protagonista sobre Mendoza empiezan a verlo como a un sujeto desleal en quien no se podía confiar, un ser sin agallas, un calzonazo” (cierro comillas).
Pero antes de acabar me gustaría terminar este breve texto mencionando lo siguiente: esta novela es como el primer capítulo de ese fin trágico de la política tradicional boliviana, y el comienzo (se creyó) de otra manera de hacer política. Es complicado este país y es triste ser boliviano. Varios se vieron en el dilema de entender Bolivia: ahí están los historiadores, los sociólogos, los economistas y hasta (¡Dios nos agarre confesados!) los periodistas. La mayor parte con vanos resultados. Por eso estoy convencido que por suerte tenemos ahí a la novela y a novelistas como Paz Soldán para remediar de alguna manera este problema. Dicen las personas con experiencia en la vida que no hay nada mejor que un tropezón para enderezarnos (eso de “tropecé dos veces con la misma piedra” no viene al caso). Palacio quemado es una especie de tropezón, mejor: un puñetazo en plena cara no sé si al país pero sí a los bolivianos. Un puñetazo violento y necesario, si se quiere.
Justamente hace unos días atrás, por todo este lío del fin de la Asamblea Constituyente, se realizó una jornada de oración en todo el país y cuando veía a la gente en las iglesias con velitas en la mano y escuchaba las declaraciones que afirmaban que nuestro país necesitaba de la ayuda del Altísimo durante esta época tan complicada yo pensaba: “me late que no sólo necesitaremos la colaboración desinteresada del Altísimo sino también del Bajísimo y a lo mejor hasta de otros recursos”. Y cuando volví a tomar mi ejemplar de Palacio quemado para escribir este texto me convencí aún más que la ficción es, quizá, la mejor manera de entender un país. Que la ficción es ese otro recurso fuera del Altísimo y el Bajísimo. Bienvenida sea pues esta novela.



Una Respuesta »

  1. Rosse Marie Caballero dice:

    Amigo Urrelo:
    Me parece que está demás decir ‘atrás’ en la frase “Hace algunos años atrás…” porque resulta redundante. El decir ‘Hace’ implica que fue en el pasado, pues no se justificaría decir “Hace algunos años adelante…”
    Un abrazo,
    Rosse MArie Caballero

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