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Registrando los márgenes



Registrar los márgenes. Parte 3/3
Por: Maximiliano Barrientos

Quizás ningún otro escritor boliviano contemporáneo ilustre mejor la dificultad de establecer límites claros entre literatura y periodismo como Víctor Hugo Viscarra. Su ejemplo es bastante ilustrador, precisamente porque su obra -considerada como obra de literatura y en muchos casos como obra de ficción- se sustenta en la minuciosa crónica de los lugares que recorrió, de las personas que conoció y de las experiencias que vivió en noches donde el alcohol, el insomnio y el frío eran pequeños reinos. Crónicas testimoniales en las que Viscarra funciona como observador y protagonista (todas son narradas en primera persona por un observador que no ostenta objetividad), y que sin quererlo -es muy probable que nunca los haya leído- lo hacen un representante tardío del Nuevo Periodismo, quizá el único en Bolivia.
Viscarra murió en 2006 a los 48 años y lo que dejó fueron seis libros (un diccionario que recopila términos del hampa paceña, tres volúmenes de cuentos, una autobiografía y un libro póstumo que recopila relatos y fragmentos de prosa) y sobretodo, un mito. En Viscarra, igual que en Jaime Saenz y en Charles Bukowski, es difícil establecer auténticas diferencias entre vida y obra, y está dificultad radica en que el escritor se encargó de hacer imposible distinguirlas, mimetizando en todo momento -en declaraciones y en escritos- al personaje y al autor.
Comencé esta ponencia hablando de Mitchell y de dos crónicas fundacionales del periodismo literario. Y ahora, al concluir con Viscarra, no puedo dejar de mencionar ciertas similitudes entre el huidizo Joe Gould y el irreverente autor de Alcoholatum & otros Drinks. Ambos están obsesionados por registrar los márgenes, por dejar constancias de personas con peculiares estilos de vida que los asemeja a nómadas o criminales en algunos casos. Gould y Viscarra, vagabundos que se afanan por revelar una cara de la ciudad poco usual, escritores underground que nunca podrán formar parte de una literatura oficial y que se regodean de ello. Mientras Gould aspiraba a un proyecto de proporciones titánicas -uno que nunca pudo realizar- , Viscarra lo fue llevando a cabo en una escala mucho menor. La obra de Gould es un fantasma, la de Viscarra es un catálogo de testimonios o en algunos casos, un manual para la sobrevivencia en las calles.
“Y sé muy bien que no se puede separar la literatura de la propia vivencia si no se reconoce los avatares y las vicisitudes que uno ha vivido y bebido. Las vivencias personales son las que cuentan, y si estas memorias me ayudan a librarme de mis demonios, y a quienes las lean les sirvan de algo, podré pensar que no fueron escritas en vano”, escribe en Borracho estaba, pero me acuerdo. En Viscarra, como en Capote, se da esa voluntad por confundir ambos registros. ¿Dónde comienza la ficción y termina la realidad en sus relatos y crónicas? ¿Dónde el testimonio, dónde la invención? Y, algo todavía más relevante que también se aplica a los perfiles de Música para camaleones, ¿si se hubiera limitado a recopilar los testimonios y las cosas que vio (y vivió), hubiera tenido el mismo efecto, hubiera llegado a los mismos niveles de intensidad? Es ahí, en las posibilidades con las que juega la ficción, donde se da el verdadero efecto de veracidad de la literatura. Ahí, en los intersticios que se producen entre los hechos fríos y lo que pudo haber sucedido, donde la literatura se convierte en una poderosa mirada a la realidad humana.
¿Por qué leer algo que desde un comienzo se nos dice que no es cierto?, se preguntaba Marías en la conferencia del premio Rómulo Gallegos. Porque la ficción, se me ocurre en este momento, revela realidades que permanecen ocultas, porque sin la ficción no podríamos llegar a conocernos, a estar familiarizados con nuestros miedos o con las aspiraciones más fraudulentas o entrañables, no sobrellevaríamos el pasado y sus pérdidas o no afrontaríamos los temblores del futuro; careceríamos de la compasión necesaria para sobrellevarnos a nosotros y a los otros. Porque sólo a través de la ficción todo ese material humano con que se embadurna la privacidad puede ser mirado y tomado en su absoluta singularidad, gracias a la óptica de sensibilidades cuya lucidez nos permite estar más cerca de los otros, nos permite estar menos solos.
Harold Bloom lo explica de esta manera en Cómo leer y por qué. “Leer bien es uno de los mayores placeres que puede proporcionar la soledad, porque, al menos en mi experiencia, es el placer más curativo. Lo devuelve a uno a la otredad, sea la de uno mismo, la de los amigos o la de los que pueden llegar a serlo. Leemos no sólo porque nos es imposible conocer a bastante gente, sino porque la amistad es vulnerable y puede menguar o desaparecer”.
Sólo me basta decir que una mirada más atenta revelará que ese antagonismo entre narraciones reales y ficticias no es tal en cierto tipo de literatura que ya está empezando a surgir en Bolivia. Los últimos relatos de Giovanna Rivero o Cinco, sobrecogedor volumen de cuentos de Rodrigo Hasbún con el que se inaugura una nueva generación de escritores bolivianos que responden a nuevas tradiciones de lecturas y búsquedas estéticas, son ejemplos de una literatura que mira y ahonda en una realidad íntima como ningún otro registro o disciplina podría hacerlo. Ficciones veraces que, como dice la canción de Lou Reed, son espejos, reflejan lo que cada uno de ustedes es en el fondo.



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