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Una sonrisa de colores



Una sonrisa de colores
Por Wilmer Urrelo

Voy a iniciar con una anécdota: pocos días después de haber ganado el Premio Nacional de Novela alguien en una entrevista en una radio me preguntó: “¿y qué hace un comunicador social escribiendo novelas?”. A lo mejor el entrevistador intentó, como se dice, darme el golpe bajo de entrada. Pero por fortuna creo tener cierta cintura para estas lides. Así que al instante retruqué y le dije: “prefiero que me preguntes qué es lo que hace un novelista metido a comunicador”. Y es que ser escritor en Bolivia es aún visto como un entretenimiento, como un hobby de fin semana, como una segunda profesión. Ustedes disculparán que retrate de manera tan cruda el pensamiento generalizado de los bolivianos acerca de esta profesión pero lamentablemente es así. ¿Habría ocurrido lo mismo, por ejemplo, en la Argentina sólo por citar un lugar cercano? ¿Habrían hecho la misma pregunta? Claro que no. Cuando decidí dedicarme un año entero a escribir Fantasmas asesinos y no hacer otra cosa más acostumbraba evitar encontrarme en la calle con amigos o conocidos, pues siempre se desarrollaba una escena que me molestaba bastante. Resulta que si me encontraba con alguien éste me preguntaba: “¿y qué estás haciendo?”, entonces yo sacaba el pecho y orgullosamente respondía: “estoy escribiendo una novela”. Entonces la otra persona luego de parpadear por algunos segundos decía: “pero en qué estás trabajando”. Es por eso que estoy cada vez más convencido que escribir, que este oficio, es el más peligroso del mundo (y no tanto el periodismo, como decía el Gabo que al fin y al cabo es aceptado como normal por el grueso de la gente). Y ya que estamos con esta onda de los discursos me vienen a la mente unas cuantas palabras del extinto Roberto Bolaño dichas al momento de recibir el Premio Rómulo Gallegos en 1999 (abro comillas): “¿Entonces qué es una escritura de calidad? Pues lo que siempre ha sido: saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura básicamente es un oficio peligroso. Correr por el borde del precipicio: a un lado el abismo sin fondo y al otro lado las caras que uno quiere, las sonrientes caras que uno quiere, y los libros, y los amigos, y la comida. Y aceptar esa evidencia aunque a veces nos pese más que la losa que cubre los restos de todos los escritores muertos. La literatura, como diría una folclórica andaluza, es un peligro” (cierro comillas). Es un peligro, claro, porque una vez que te atrapa no puedes sacártela con un psicoanalista, con un yatiri y ni siquiera con la psicomagia del buen Alejandro Jodorowsky. Simplemente te atrapa, como la mujer celosa, esa que te controla los horarios, los gustos, la forma de vestir e incluso las amistades. Entonces, si es tan maravillosa ¿por qué el Estado y la gente nos sigue ninguneando? Ahí les va otra anécdota novelística: Hace un tiempo tuve que ir a sacar mi Cédula de Identidad y cuando quise que en la línea asignada a la profesión me pusieran escritor el oficial a cargo me dijo: “mejor le ponemos periodista o profesor de literatura”. ¡Imagínense hasta dónde hemos llegado! Claro, los escritores existimos para el Estado solamente los fines de semana (cuando la mayor parte escribe), cuando nos morimos o bien cuando ganamos un premio. Luego, naranjas, nada de nada ¡y si te he visto no me acuerdo! Otro ejemplo recurrente es lo que me ocurría en la Universidad. Resulta que me la pasaba leyendo todo el tiempo: en las aulas, al esperar en el aula mientras llegaba el docente, en medio de las clases y mis compañeros (con los que siempre me llevé mal) creían que era un cráneo, un cerebrito. Sin embargo, este panorama cambió totalmente, radicalmente, cuando se enteraron que lo que leía eran novelas y no las fotocopias que nos obligaban a memorizar. A partir de ese día me vieron como un tipo raro, un payaso, un excéntrico al que había que tenerle lástima, pues a este pobre cuate le gusta leer novelas, ¡vaya pérdida de tiempo! Seguramente ustedes se preguntarán: “¿y si te tratan tan mal, por qué sigues metido en esta vaina?”. La respuesta es sencilla: porque la literatura es subversiva. Por eso. Es un acto que está diciendo al mundo que no estamos de acuerdo con la realidad, con esta realidad. A continuación unas palabritas del buen Vargas Llosa en su conferencia titulada La literatura y la vida (abro comillas): “La literatura no dice nada a los seres humanos satisfechos con su suerte, a quienes colma la vida tal como la viven. Ella [la literatura] es alimento de espíritus indóciles y propagadora de inconformidad, un refugio para aquél al que sobra o falta algo… es una forma astuta que hemos inventado a fin de desagraviarnos a nosotros mismos de las imposiciones de esa vida injusta que nos obliga a ser siempre los mismos…” (cierro comillas). Por supuesto que yo opino lo mismo, es más, creo que si tomáramos a la literatura más en serio en Bolivia nadie nos metería el dedo a la boca: nadie nos diría cuándo hacer un paro cívico, cuándo hacer una huelga de hambre, cuándo sentirnos felices. Eso es lo bueno de la literatura: te da la posibilidad de ser otro, de ser distinto a los demás, no digo mejor ni peor, sino distinto, atributo que ya es mucho dentro de los tiempos actuales. Pero si la literatura es todo esto, ¿por qué hay gente que lee tan poco y si lo hace lo hace tan mal? Imagino que la pobreza tiene algo que ver aunque también está la actitud de quienes manejan nuestros destinos. ¿No nos dijo un ministro que él prefería leer en las arrugas de su abuelo antes que un libro? Qué lamentable que ningún periodista le haya preguntado: “¿y qué arruga le gustó más?, ¿la que está cerca del ojo derecho o del pómulo izquierdo?”. Y mejor no hablo de los cívicos, pues cada vez que abren la boca parecen recitar sólo las líneas del cuadrado y obtuso Prontuario escolar.
Pero no todo es malo. La literatura dio grandes satisfacciones a la humanidad. Ahí tenemos a Los Miserables, a 2666, Conversación en La Catedral, El Quijote, los cuentos del Chueco Céspedes o la guillotina afilada de las palabras en las novelas del injustamente olvidado Tristán Marof.
¿Qué más puedo decir sobre la literatura? Ah, sí: en alguna oportunidad mi sobrina de tres años y algunos meses me pidió que le comprara una sonrisa de colores. ¿Qué es una sonrisa de colores? ¿Cómo se compra una sonrisa de colores? ¿Ustedes los saben? Después de pensarlo bastante al fin pude dar con la respuesta: una sonrisa de colores es un chupete con sabor a sandía. Así es la literatura, amigos, como una sonrisa llena de colores, como un chupete con sabor a sandía.



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