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Crítica a Fantasmas Asesinos



Fantasmas Asesinos
Por: Miguel Esquirol Ríos

Todo comenzó con un niño muerto, un niño brutalmente asesinado que se convirtió en el detonador de una obsesión. Por un lado esta es la obsesión del personaje de la primera parte, un joven que desea ser escritor como Vargas Llosa, pero al que la literatura parecer le hace más mal que bien, llevándolo por oscuras regiones, colegios fiscales, prostitución y el menosprecio de su familia. En ocasiones los libros se nos pueden entrar tan dentro que empiezan a corroernos por dentro, como insectos alimentándose de un cuerpo en putrefacción. Al parecer este es el efecto que las novelas de Vargas Llosa ocasionan en el personaje Javier Hurato, y la historia del niño muerto es la que quiere salir convertida en novela pero no encuentra un camino o una forma.
Pero también es la obsesión de este escritor que inspirado en una historia real, decidió dedicarle 600 páginas a la historia de este niño muerto. La primera frase de la novela ya predispone a esta obsesión: [/”Hoy fue mi primer día en el colegio Irlandés. Los alumnos más antiguos dicen que acá mataron a un chico hace algunos años”/].
Este niño muerto entonces se convierte en el fantasma que contagia de muerte a todos aquellos que alguna vez se acercaron con él. Al joven intento de escritor, a los policías que investigan el crimen, a los políticos que lo usan como arma, e incluso años después, a las familias de las mujeres obsesionadas por ese niño convertido en santo. Porque ese niño es la clave que encerrará el secreto de la novela, un secreto que sólo puede ser comprendido si uno tiene diez años y nos cuentan que alguien de nuestra edad ha sido violado y brutalmente asesinado. Una vez descubierta esa verdad, el libro se comporta como el reflejo de todos aquellos que quedaron obsesionados o marcados con la historia de ese niño.
[*”Fantasmas Asesinos“*] es una novela policial, aunque tiene la estructura de otro tipo de novelas consideradas más series. Un amplio juego de voces y puntos de vista, cambios de registro, sobretodo aquellos que rodean al corazón de la historia presentados en forma de diario, de conversación por mail y de artículo periodístico. Pero en la construcción de la historia en sí, de los personajes y de la trama detectivesca es claro el subgénero, oscuro y sucio de sangre y barro, que le permitió su nacimiento. Pero incluso como novela negra aportará nuevos elementos, los detectives son aquí miembros del Cuerpo de la policía, la investigación se hace a través de tortura y rachas de suerte en lugar de proceso deductivo, los personajes se mueven por pasiones diversas y no sólo el deseo de resolver el misterio, y un pasado sombrío de torturador y verdugo rodea a aquel que podría considerarse el detective de la novela. Mientras tanto el villano, no se entretiene sólo con un crimen sino que desgrana una diversidad de fechorías, para terminar silencioso y sin quejas en una apestosa celda de la comisaría.
La novela está situada en la ciudad de La Paz que se oculta detrás de la ficción, pero deja entrever callejuelas y patios de colegio, canchones y comisarías, burdeles y edificios. Los personajes son típicamente bolivianos, sin caer en el folklorismo, pero a la vez fácilmente abstraibles a un espacio común donde se encuentren con Sam Spade y Philip Marlowe. El momento histórico donde tanto el asesinato como sus repercusiones tienen lugar está controlado por un dictador que hace las funciones de un presidente con el apodo de “Gusano”, lo que permite una serie de juegos de palabras. Se trata además de un país atemorizado por los fantasmas de la dictadura, y por un sanguinario grupo revolucionario que se hacía llamar “Los Apóstoles”, posiblemente el mayor logro de la novela. Miembros de la iglesia que decidieron tomar las armas y sin mostrar piedad lucharon contra el sistema, tan crueles como el propio sistema contra el que luchan, fueron finalmente exterminados como perros pero su temible sombra sigue acechando a la escena política del país.
Urrelo ha logrado con esta historia sin final feliz y con escenas que llegan a hacer verdadero daño, una excelente novela que a pesar de contar con algunos cabos sueltos y vicios del género, mantiene atrapado al lector al mismo tiempo que horrorizado como aquel que ve el noticiero del medio día sin animar a tragarse la comida que tiene en la boca.



Una Respuesta »

  1. […] recuerdo cuando leí Fantasmas asesinos por primera vez. Fue hace tres años. El dueño de la editorial no tenía dinero para pagar una de […]

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