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Entrevista a Maximiliano Barrientos

Maximiliano Barrientos: “A la literatura no la determina el tema, sino el enfoque”
Por: Martín Zelaya Sánchez

Alguna vez en una charla de escritores —luego de la presentación de algún libro, y alrededor de una mesa, ya en el festejo, como debe ser— experimentados vates, viejos y testarudos novelistas y algunos jóvenes tan sólo amantes de los libros concluimos, tras ardua disputa, que tres son las grandes “promesas” (si se me permite usar este término tan futbolero) de la nueva literatura boliviana: Juan Pablo Piñeiro (Cuando Sara Chura despierte), Rodrigo Hasbún (Cinco) y Maximiliano Barrientos (Los daños). Paceño, cochabambino y cruceño, respectivamente. Este último acaba de publicar su segundo libro Hoteles (La Hoguera, 2007), pretexto más que cabal para buscarlo y conversar.
—Según deja entrever Edmundo Paz Soldán en la contratapa de tu recientte libro, ¿es una novela compuesta por relatos que bien pueden ser independientes?
—El libro está compuesto por tres narraciones de largo aliento, la última incluso podría llegar a ser una nouvelle. Si bien son independientes, retoman personajes que aparecieron primeramente en dos cuentos de Los daños y en una novela todavía inédita titulada Afuera. Construir un universo de personajes que aparezcan constantemente a lo largo de sucesivos cuentos y novelas es algo que me seduce y que intentaré seguir llevando adelante.
—¿Qué puedes decir de “Hoteles”: temática, estilo, objetivos (si es que se necesita algún objetivo para escribir) y sobre su proceso de creación?
—El libro responde a ciertas constantes visuales que llegaron a funcionar como fetiches: estaciones de servicio, hoteles de paso, lavanderías públicas, cementerios de automóviles, carreteras perdidas, bares poco iluminados, cafés que abren toda la noche… Toda esa mitología que es muy propia del road movie. En la nota de la presentación cité un ensayo del filósofo eslovaco Slavoj Zizek, quien sostenía que la razón por la que es imposible hacer un remake de Hitchcock o por qué cada uno de estos remake termina siendo una obra de divulgación se debe a constantes que no tienen ninguna carga simbólica pero que están en toda la obra del director británico y que determinan la textura de sus películas.
Algo similar sucedió con Hoteles, la textura de la narración está muy ligada, determinada por esos fetiches visuales, es por eso que el libro llega a convertirse en una fábula sobre el nomadismo, sobre las personas en constante fuga y sobre los lugares de paso, los escenarios de la fuga. Lo que, en un sentido formal, lo acerca a ciertas películas de Jim Jarmusch o Win Wenders o a las fotografías de Robert Frank y Stephen Shore.
—Háblanos de tus primeros acercamientos al mundo de la literatura, tus primeros escritos y tus primeras lecturas.
—Empecé a escribir ficción a los 18 años, hace casi una década. Cuentos, pero también algunas novelas muy ingenuas, muy despreocupadas por la forma. Ficciones que emulando el gran título de Pynchon son eso: cuentos de aprendizaje que agradezco no haber publicado nunca. Pocas lecturas sobrevivieron, poco de esa geografía estoy interesado en releer, salvo algunas excepciones como Faulkner, Hemingway y Borges. Desde un comienzo tuve una buena relación con la literatura norteamericana, relación que se fue afianzando a través de los años y que se volvió saludablemente obsesiva.
—Te quedas con la novela, el cuento o la poesía, ¿por qué?
—Me quedo con la novela y el cuento, y no siento la necesidad de escoger uno u otro género. Han habido escritores excepcionales que sólo han escrito relatos cortos como Carver, Borges y en la actualidad Charles D’Ambrosio. Otros funcionaron en los dos registros pero definitivamente se los recordará como cuentistas, es el caso de Cheever, Flannery O’Connor, Richard Bausch y posiblemente Charles Baxter. Y otros, los más raros, escritores que hicieron y están haciendo una importante obra en los dos registros: Richard Ford, Roberto Bolaño y Juan Carlos Onetti. Hace años que ya no leo poesía, me agotó su lenguaje tan autorreferencial y sus búsquedas tan abstractas. La poesía que todavía me interesa es la de un lenguaje concreto y directo que en su mayoría es escrita por narradores o por cantautores como Leonard Cohen, Elliott Smith y Bob Dylan. Sin embargo, es justo decir que disfruté mucho Los espacios de la enfermedad, de Anabel Gutiérrez.
—¿Cómo te va con el ensayo, cuáles son tus temas y autores favoritos?
—Antes era un lector más asiduo de ensayos, poco a poco los fui dejando. Los ensayos que me interesan son los que tratan de literatura y que están escritos en su mayoría por escritores. Me alejo de la prosa académica, solemne, no la logro digerir muy bien. También me alejé de ciertos escritores franceses como Blanchot y Barthes. La razón creo que es básicamente una cuestión de estilo. Prefiero una prosa directa como la de Harold Bloom, Susan Sontag o Richard Rorty.
—¿Cuáles son tus autores y libros de cabecera, tanto nacionales como internacionales?
—Carver, Cheever, Richard Ford, Denis Johnson, J.D. Salinger, Graham Swift, Roberto Bolaño, Ricardo Piglia, Philip Roth, Kazuo Ishiguro, Rick Moody, Cormac McCarthy, Foster Wallace, A. M. Homes, Haruki Murakami, James Ellroy… la lista es mucho más larga. Aquí en Bolivia admiro el trabajo de Rodrigo Hasbún y de Edmundo Paz Soldán.
—¿Qué piensas de esa opinión de que hay una literatura elaborada, profunda y otra light o fútil?
—Hay buena literatura y hay mala literatura, pero no están determinadas por el tema, sino por el enfoque, el acercamiento, la textura, el estilo. Carver se convirtió en uno de los mejores cuentistas del siglo XX haciendo literatura sobre ex alcohólicos que trataban de seguir adelante o sobre matrimonios de gente obrera que quería recuperar los grandes momentos. Puig se convirtió en un escritor imprescindible de la literatura latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX haciendo literatura sobre un mundo que antes estaba asociado exclusivamente con el folletín.
No hay temas grandes y temas pequeños, temas profundos y temas superficiales. Hay escritores con miradas poderosas y otros con miradas tímidas. Hay escritores que se juegan todo por la obra y otros que no. ¿Qué es lo que determina a un autor profundo? ¿Que hable sobre la muerte o sobre la pérdida de la inocencia o sobre la ausencia de Dios? ¿De qué sirve un escritor que construya su obra con estos temas y la elabora con lugares comunes? Termina siendo mala literatura, termina siendo mierda.
—En Bolivia tenemos una especie de trauma de que nuestra literatura, y por ende nuestros escritores, nunca alcanzaron un nivel destacado, comparable sólo por poner un ejemplo a Vargas Llosa y García Márquez. ¿Qué opinas al respecto?
—Creo que en Bolivia no hay la infraestructura suficiente para apoyar a un escritor que quiera hacer una obra, pero esto es algo que ya se dijo y que se lo sabe muy bien. El problema radica en que esto se lo puede utilizar como excusa y como una forma de autocompadecernos, de justificar nuestra mediocridad, y nosotros, los bolivianos, amamos las justificaciones. Hacer una obra requiere valentía, requiere una apuesta similar a la de Pascal. Requiere saltar al vacío con los ojos abiertos. La obra de Edmundo Paz Soldán poco a poco ha ido construyéndose afuera, así que hay pensar que él lo está consiguiendo. Talento, trabajo y suerte. De eso se trata. Y no quejarse más por las condiciones. Tener muy claro qué tipo de escritor quieres ser.
—¿Coincides con que la tendencia literaria actual es la mezcla de géneros y la exagerada preocupación por la forma, y no sólo por el fondo?
—Creo en algo que dijo George Steiner en uno de de sus ensayos: en las grandes obras no hay una división entre forma y fondo, ésta es imposible hacerla porque el fondo es la forma, la forma es el fondo. Son indivisibles. Es imposible establecer esta división en libros como El sonido y la furia, En busca del tiempo perdido, Meridiano sangre o en Mi vida como hombre. Todos ellos son un estilo muy fuerte y original, y el estilo en sí es ese mundo que habita las obras. Sólo en las novelas de divulgación puede darse esta división, un ejemplo es lo que en la postguerra se conoció como novelas de tesis, es decir, aquéllas que servían para ilustrar y difundir ciertas ideas filosóficas.
La fusión de géneros es algo que se dio mucho hace algún tiempo. Escritores como Sebald, Claudio Magris, Enrique Vila Matas o Ricardo Piglia escribieron libros que eran a un mismo tiempo novelas, crónicas de viaje, ensayos y crítica literaria. Algunos con muy buen resultado, otros no tanto. Creo que este fenómeno, como otros en el pasado siglo (la meta ficción, las narraciones postmodernas, etc.) surgen como reacción a la narración tradicional, pero creo que ésta siempre prevalecerá. El excesivo uso de artificios, en algunos casos, llega a convertirse en una muletilla, en una forma de esconder un hecho un poco doloroso: el no saber narrar naturalmente, la imposibilidad de contar una historia de forma sencilla. Siempre hay que volver a Hemingway y a Scott Fitzgerald y a Richard Ford, maestros de la narración pura.
—Esboza muy breves ideas que se te vengan a la cabeza con los siguientes nombres de escritores.
— Miguel de Cervantes Saavedra: El padre de la novela moderna.
— William Shakespeare: El centro del canon de la literatura en lengua inglesa.
— Vladimir Nabokov: Estilista de lujo cuya influencia sobrevive en un narrador tan importante como el irlandés John Banville. Fue el autor de una de las grandes novelas americanas a pesar de su nacionalidad rusa.
— Jorge Luis Borges: El centro del canon de la literatura en lengua española del siglo XX. Quizás uno de los primeros escritores latinoamericanos que pensó a la literatura en una autonomía total que ahora defendemos como si siempre hubiese sido así.
—Julio Cortázar: Autor de una novela de culto y de algunos cuentos memorables.
—Charles Bukowski: Un escritor que te puede mover el piso si lo lees antes de cumplir 25 años. Si no lo haces hasta entonces, lo mejor es no leerlo. Se lo recordará más como poeta y cuentista que como novelista.
—Roberto Bolaño: Muy cerquita de Borges en ese canon. Autor imprescindible, una rara mezcla de Kerouac, Nicanor Parra, Borges y Carver. Una fusión de santo, mendigo y samurai literario. Al igual que sucedió con Borges, su gran pelea es contra su propia leyenda. Y el gran peligro, que ésta pese más que su obra.
—Enrique Vila Matas: Escritor que como la Nouvelle Vague demostró que la literatura es también una forma de experiencia, que los límites entre ésta y la vida son estrechos y en algunos momentos invisibles. Sin embargo, esta conciencia literaria tan presente puede llegar a agotar. En su nuevo libro se aleja de eso y vuelve a una literatura de corte más empírico. Habría que ver con qué resultados.
[Fuente: www.laprensa.com.bo]


Hoteles de Maximiliano Barrientos

maximiliano.jpgLos hoteles de Maximiliano Barrientos
Por: Martín Zelaya Sánchez

Historias rutinarias, y tediosas en las que, no obstante, se entretejen las angustias existenciales de cada personaje. El sello del novel autor cruceño, cercano al estilo de los mejores cuentistas estadounidenses, indaga sobre todo en el “yo”
Historias cotidianas. El relato de un día común en la vida de alguien, con sus ritos y rutinas de costumbre, trabajo, estudios, obligaciones y relaciones. Sin una trama compleja, rebuscada o armada, sin un nudo o problemática central y también lejos de la sorpresa y golpe de timón que aconsejan los manuales del buen cuentista. Pero con mucha agilidad y habilidad para decir más entrelíneas y tácitamente.
Ese es el común denominador de Hoteles, segundo libro de Maximiliano Barrientos (Santa Cruz, 1979). Una fresca y esperanzadora prosa que les debe mucho, tal vez demasiado, a los maestros del relato estadounidense, desde Hemingway y Truman Capote, hasta Raymond Carver, salvando las distancias.
Carver, para muchos el mejor cuentista de fines del siglo pasado, escribe en Vitaminas del libro Catedral: “Yo tenía empleo y Patti no. Trabajaba unas horas de noche en el hospital. No hacía nada. Trabajaba un poco, firmaba la tarjeta por ocho horas y me iba a beber con las enfermeras. Al cabo de un tiempo, Patti quiso trabajar. Decía que necesitaba un empleo por dignidad personal. Así que empezó a vender vitaminas de puerta en puerta”.
Y Barrientos escribe en Turismo de su libro Hoteles: “Desde hace algún tiempo vivo con Alejandra, mi novia, pero hace una semana viajó a Argentina para pasarse una temporada con sus padres. Nació en Mendoza y vino hace algunos años a hacer una investigación sociológica, traída por la universidad en la que trabajo. Acabó su estudio y decidió quedarse en Santa Cruz. ¿La razón?: me conoció.
El estadounidense es célebre por dotar de impensable agudeza a sus tramas que aparentemente no dicen nada: un ebrio y una histérica que apenas se soportan juntos, una pareja de jubilados que se pasan las horas, los días y los años en desesperante rutina, o un misterioso hombre que viaja por EEUU sin objetivos ni rumbo precisos.
Barrientos transmite la misma sensación. Historias vacuas de damas cruceñas que engañan a sus maridos con jóvenes modelos. Empresarios que se desviven por el ansiado ascenso que jamás llegará y jóvenes que ocupan su tiempo en beber cerveza y conocer chicas en los pubs de la cálida noche camba.
La fuerza del escrito se encuentra en el manejo psicológico de los monólogos, que predominan en el estilo utilizado, en desmedro del diálogo, y en la casi siempre pertinente voz narradora omnisciente.
La identidad en todos sus bemoles, generalmente en crisis, es, a no dudar, la mayor preocupación de Maximiliano Barrientos que se nota de entrada en las características de sus personajes. A ello se suman el ansia de libertad y quiebre de rutina, y la tentación de la transgresión.
Una mayor pulcritud en la redacción y construcción de párrafos, y una mejor coordinación en la yuxtaposición de escenas y planos, espaciales y temporales (la saludable diferencia con los referentes antes citados, que va de la mano con la tendencia narrativa actual) son los pendientes en el joven autor, aunque el ojo entrenado hace presumir que ello no será mayor problema con el suceder de los libros.
[Fuente: www.laprensa.com.bo]


Nuevos Horizontes de Lupe Cajías

Lupe Cajías, Ed. Gente Común, La Paz, 2007***
Por: Gustavo Soto Santiesteban

Este libro de Lupe Cajías nos invita a recorrer seis décadas de una aventura ética y estética, de una apuesta cultural libertaria, la de la comunidad de vida, de solidaridad y de arte llamada Nuevos Horizontes, surgida en Tupiza, lugar donde a decir de René Zavaleta, en 1959, “el teatro se estaba volviendo pueblo, como no ocurría - ni ocurre- en ninguna parte del país”.
De esa historia mal conocida de Tupiza, se ocupa con acierto el libro y nos permite comprender la memoria del lugar y la concurrencia de personajes extraordinarios que le ha dado al país; entre otros, el ácrata Alipio Medinaceli, el maestro Víctor Agustín Ugarte, el Grupo Nuevos Horizontes -del cual era parte Alfredo Domínguez- y sobre todo uno de sus animadores, un tal Liber Forti o como él se denomina de preferencia: un **NH.**
Desde ese pueblo singular, surgió esta iniciativa -que con sus características propias ha retomado, en la última década el Teatro de los Andes, avecindado en Yotala-. En general, de Nuevos Horizontes -fundado el primero de mayo de 1946- se ha conocido la notable articulación afectiva y social de su actividad cultural con el proletariado minero. Pero, al contrario de lo que se nos viene a la mente, no se trata, ni se trató de un teatro “militante” ni propagandístico. A lo largo de los 16 años de actividad como Conjunto -y de sus 41 años como revista- en sus sucesivas giras por los distritos mineros del sur y del norte, por el Chaco y los pueblos y ciudades del país, en su repertorio alternaron comedias, obras sociales y obras de la vanguardia teatral de la época: Cuzzani, Figuereido, Rodolfo Gonzáles Pacheco, Tennesse Williams, por citar algunos.
El lector del libro, no dejará de sorprenderse de la diversidad y de la universalidad de las relaciones afectivas y estéticas tramadas por esta suerte de Internacional de la ternura, de las que da cuenta el **Boletín Informativo**, (noticias del teatro de aquí y de allá, comentarios de películas, reseñas de debates sociales, noticias de autores y obras, correspondencia, etc.) y la pionera Revista TEATRO.
Vaya este índice como muestra e invitación a su lectura (Teatro nº 11, junio de 1961):
Vittorio Gassman: **Sobre el Teatro Popular Italiano**
Eugene Ionesco: **El Teatro busca al hombre, más allá de la historicidad* Jean Paul Sastre: ** Análisis del teatro burgués**
Michael Chejov: **Curso sobre la técnica de la actuación**
Friedrich Durrenmat **La visita de la anciana dama**, comedia trágica en tres actos y catorce cuadros.
Nuevos Horizontes era sobre todo una comunidad que asumió el desafío autogestionario en torno a una librería y una imprenta que permitió al Conjunto compartir y aprender el oficio tipográfico, el pan, el arte, las dificultades de la autonomía económica, los conflictos de la heterodoxia y del libre-sentimiento. Esta convergencia de la esperanza en la educación del pueblo a través del arte y de la solidaridad con las luchas sociales de la época, se concretó en 1963, con la Asesoría cultural de Líber a la FSTMB y a la COB en el plano nacional; y a la COD local a través de un Sindicato de trabajadores del arte y la cultura. Eran los años de la revolución y de la centralidad proletaria, como los denota la literatura sociológica.
El libro que nos ofrece Lupe Cajías, tiene además el mérito de devolvernos la palabra y la sensibilidad de sus protagonistas, a través de montajes de los Boletines y de la Revista TEATRO que nuestra generación desconocía, y, para quienes las hemos tenido alguna vez en las manos, esas páginas de papel sábana, nos permiten asomarnos a una época, a unos hombres y mujeres que, a la manera de Barret, vivían **un horizonte cargado de tinieblas pero en sus corazones sonreía la aurora**. Tal parece ser el secreto de esa utopía cultural que la prensa de los años 60 llamó el “Milagro de Tupiza”.
[Fuente:www.opinion.com.bo]


Narradores jóvenes en Sucre

S.09 narradores jóvenes de Bolivia en Sucre
Varias son las voces críticas que ya se han manifestado acerca de la aparición de una nueva camada de narradores jóvenes que podrían moldear el destino de las letras de nuestro país en el Tercer Milenio.
El núcleo mencionado gira en torno a las figuras de Rodrigo Hasbún (Cochabamba), Wilmer Urrelo (La Paz), Juan Pablo Piñeiro (La Paz), Maximiliano Barrientos (Santa Cruz), Roger Otero (Santa Cruz) y Giovanna Rivero (Santa Cruz).
Por supuesto esta lista no se agota, pero estos son escritores que vienen desarrollando una actividad sostenida y reconocida dentro de los círculos nacionales e internacionales literarios.
Tal vez el caso más representativo sea el de Rodrigo Hasbún (Cinco), que fue el único escritor boliviano que asistió al encuentro Bogota 39, que pretendía reunir a 39 escritores menores de 39 años más representativos del Continente en unas jornadas en las cuales se discutió el futuro de la literatura latinoamericana a partir de la obra de cada uno de ellos.
Edmundo Paz Soldán es, según el testimonio de varios, el modelo de escritor nacional con el que más se identifica este grupo cuyas características son fragmentarias como el tiempo que les ha tocado vivir.
Sin embargo, más allá de la coincidencia en la edad, todos menores de 30 años, seguramente el público de la Capital podrá descubrir las líneas generales que le darán rostro a nuestra literatura en las próximas décadas en el encuentro denominado S.O9. Narrativa Boliviana en el Tercer Milenio, que no solo reunirá a estos escritores, sino también a críticos literarios y teóricos, los próximos 8 y 9 de noviembre en La Casa de la Libertad.
Una buena oportunidad para hablar de literatura y sus desafíos.
[Fuente: http://correodelsur.com/2007/punoletra_1016/editorial.html]


Poemas ganadores

Jóvenes con corazón de poeta

Dentro de la categoría de poemas del concurso organizado por la Mesa Departamental de Concertación por la Lectura y Escritura (MDC-LEE) y el diario EL DEBER participaron más de 300 obras de jóvenes entre los 12 y los 18 años. El jurado determinó que los ganadores fueran Paola Andrea Luna, Jorge Rodrigo Calero y Mariana Ferreira Ichazo.
A continuación publicamos sus trabajos:

Nosé
Autora: Paola Andrea Luna

Nosé si mis pensamientos
y mis sentimientos
tengan un lugar
entre la realidad y los sueños

Es igual que nosé
al mirar el cielo
si todo lo que tengo
permanecerá con el tiempo

Nosé si algún día
cambiará mi comportamiento
y si eso pasa sólo espero
que no sea tarde para dar remedio

Nosé si los resentimientos
y el mal sentir
se apoderaran de la gente
que más quiero

También nosé
si en un futuro
todo lo que viviré
me dará buenos frutos

O lo inmaterial que me han ofrecido
se quedara a pesar de los obstáculos
que puedan impedir sinceros deseos

Pero si así fuese
tal vez me dañara
por eso lo único que sé
cuando se cierra una puerta se abre otra
o cuando hay un final existe un comienzo

VEO
Autor: Jorge Rodrigo Calero

Veo tus ojos, potentes de fuego
cual si fueran estrellas del firmamento
que hacen de mi vida un juego
un juego peligroso
el cual presiento que me asesinará
que me destrozará en pedazos
que me destruirá y me desaparecerá
y de mí no quedará ni un trazo.
Veo tu rostro, y tu cabello volando al viento
como ave volando al infinito,
pero un volar calmado y lento
como un lánguido y parsimonioso rito.
Veo tu caminar remotamente,
tu figura reflejándose ante mi vista
distante, lejanamente
pero sincera y realista
dirigiéndote hacia mí
dejando a la luna opaca
por tus ojos de curucusí
y tu sonrisa formando una hamaca
en la cual descansarán mis penas
de la cual despertó el amor
de la cual fluyó en mis venas
la inspiración de trovador.
Llegas hasta mí y en tu cara albina
unas lágrimas aguadas de tristezas
sutiles, tenues, finas
recorren tu rostro
atiborrado de belleza.
Caigo en cuenta
porque vienes a mí
porque él te hizo llorar
por eso estás aquí
pero a mí no me ha de importar
y trataré de hacerte olvidar,
de que relegues ese desliz
de lograr tanta pasión de amar
y poderte hacer feliz.

Sin nombre
Autora: Mariana Ferreira

Está en medio de la nada.
No piensa, no habla,
sólo espera ahí sentada.

Lleva puesta una peluca,
su rostro maquillado,
altas botas de recluta
y cigarro en una mano.

La pobreza la detiene,
y por algo de dinero
a los hombres entretiene.

Invita en su empleo
a desnudar su humilde piel,
vender su cuerpo entero
y que le paguen por placer.

Mira su reloj,
ya es de madrugada.
Espera muchas horas
y no consigue nada.

Está preocupada,
no sabe qué hacer.
si no llegan clientes
no tendrá para comer.

Una lágrima negra
adorna sus ojos.
y el viento despeina
sus cabellos rojos.

Todo está tranquilo
el silencio se disputa.
De repente alguien grita:
¿Cuánto cobras, puta?

Levanta la mirada,
su mundo se ilumina,
y observa sonriente,
que al fin llegó un cliente.

Rápidamente,
la mujer sube al carro.
No piensa,
su cuerpo no le importa
solo piensa en su pago,
y en ganar otra derrota.

[Fuente: www.eldeber.com.bo]


Ensayo sobre la nueva narrativa boliviana. Parte 1.

Cuentistas bolivianos bajo el signo de la postmodernidad
Por: Miguel Aillón Valverde
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La historia del cuento en Bolivia se vio constreñida, como muchas otras al interior de las geografías andinas, por el contexto de su producción. Sus variantes se pueden resumir en el conjunto de corrientes literarias de corte, en general, realista. Por esto, la obra de exponentes nacionales del género, hasta más o menos fines de la década de los ‘80, se engarza directamente con temáticas y formas costumbristas, indigenistas o de lucha social.
Desde esta perspectiva, el cuento boliviano tuvo –como ya lo sugirió Julio Ortega de manera general en el prólogo a El muro y la intemperie (1989)– la gran capacidad de retratar las complejas estructuras del contexto de producción así como de fracturarlas sutilmente desde los códigos de un discurso textual que se debe a los rasgos históricos y sociales de la comunidad.
Y si bien a lo largo del anterior siglo ha habido escritores que se han apartado de este modo de creación narrativa (Cerruto y Quiroga Santa Cruz, obviamente), no es sino hasta la década de los ‘90 que desde un mercado editorial en plena efervescencia, se perfilan narradores que con una producción más o menos regular plantean, desde el lenguaje y su trama, formas renovadas de escritura.
Quizás se podría pensar que los escritores que publican en los noventas marcan una transición entre el realismo tradicional y la escritura puramente fictiva. El caso paradigmático sería el de Edmundo Paz Soldán. Integrante de la autodenominada generación McOndo, sus libros combinan no sólo “realidades individuales y privadas (…) herencias de la fiebre privatizadora mundial”, como ya lo sugirieron Alberto Fuguet y Sergio Gómez –inventores, de alguna manera, del colectivo–, sino también la preocupación por retratar, alegóricamente, temas históricos y político-sociales.
En sus libros, y como él mismo sugirió en alguna entrevista, “todos los personajes, hasta los imaginarios, son verdaderos”. Así, entre la tentativa de la re/creación retórica de la historia y la construcción de una subjetividad única desde espacios de la memoria re/inventada, germina una obra ecléctica que conjunciona elementos de la literatura que bien podría tildarse como tradicional o neorrealista, así como de otra que siguiendo la experimentación formal y temática de narradores precedentes, marca una zona de transición refrescante al interior de las letras nacionales.
Los nuevos
A este modo de producción literario se suman en los primeros años del nuevo siglo escritores jóvenes, sobre todo cuentistas, que con una conciencia precoz no sólo de los mecanismos del lenguaje sino de la constitución literaria del mundo, dejan atrás todo rasgo de una obra realista para adentrarse en textos que, como máquinas ficcionales puras (a decir de Emilio Martínez), exploran –sin sentirse representantes de ninguna ideología, cultura o espacio definidos– individualidades quebrantadas por el contexto de cambio en el que los absolutos se han fragmentado para dar paso a una serie de interrogantes que tratarán de responder desde la escritura.
Los textos nacidos bajo este signo, alejados de los resabios especulares de la narrativa tradicional, se legitiman como autónomos al interior del esqueleto discursivo de la realidad: pretenden conformar, hasta cierto punto, la realidad misma. El discurso literario teje, entonces, un entramado de signos que trata de despojarse de representaciones directas con el entorno para crear códigos polisémicos que transgreden las estructuras establecidas.
El contexto se consuma en el texto, mostrando allí la inestabilidad de una realidad constreñida por el caos de lo fragmentario. Al perderse los horizontes ciertos de las utopías, el discurso narrativo repta entre los restos de una era teñida por el consumo desnacionalizador que se refleja en la cultura popular y urbana, y cuya permanencia depende, en última instancia, del mercado. La literatura regresa sobre sí misma para tratar ya no de asir significados fugaces sino de re/construirlos, en el afán por ganar un lugar en el gran solar de contiendas discursivas de una contemporaneidad tildada, en última instancia, como postmoderna.
Con este bagaje a cuestas, los nuevos cuentistas buscan a través de su producción, redefinir el género y, de paso (conciente o inconscientemente, directa o parabólicamente), tratar de explicar y habitar las circunstancias del presente. Así surgen propuestas interesantes como las que trataré de esbozar en adelante a partir del trabajo de Maximiliano Barrientos con Los daños (2006) y Rodrigo Hasbún con Cinco (2006).


Ensayo sobre la nueva narrativa boliviana. Parte 2

Contra el Archivo
Por: Miguel Aillón Valverde
2/3
Lo primero que llama la atención en estos narradores es el esfuerzo por desmarcar su trabajo de la tradición literaria nacional. Se da en ellos, como dice Julio Ortega, una “fuerza descentradora de (sus) discursos que transgrede el Archivo” (1997: 12): esa especie de catálogo que constituye y configura no sólo el canon de la literatura boliviana sino además las estructuras narrativas que rigen las obras en un determinado periodo de tiempo.
(…) el desconocimiento de la literatura extranjera contemporánea en Bolivia es total –dice Barrientos en una entrevista publicada el año pasado–. Casi nadie, y esto es triste, ha leído a Handke o a Moody, a McEwan, a Cheever, a Harold Brodkey, a Foster Wallace, a Homes o a Bernhard, a Alan Pauls o a Fogwill… Hay un notable atraso de conexiones e influencias literarias, por eso la literatura que se escribe acá no es muy fresca, cuando lees un texto te da la impresión que se ha escrito hace cuarenta años, a veces, tenés la impresión de que estás leyendo una novela del siglo XIX.
En la misma dirección, Rodrigo Hasbún afirma:
(…) nunca fui visitante asiduo de la tradición boliviana, casi al contrario (…) Pensar en las tradiciones como cuartos cerrados, y en esta época aún más, puede ser peligroso. Prefiero visualizarlas como espacios abiertos en los que abundan las corrientes de aire. Que los escritores se nutran y aprendan de tradiciones que no son las suyas propias quizá sea lo más saludable para ellos mismos y para las tradiciones a las que supuestamente pertenecen, que se verán renovadas y sabrán respirar mejor.
El discurso narrativo se libera de referentes localistas para romper con la estructura consolidada del Archivo literario nacional, replanteando formas heterogéneas en el afán por contar sus historias. Las prácticas textuales se plantean, entonces, transfronterizas: cuentos peregrinos que nacen en zonas límite, cercados por bordes que permiten vislumbrar la experiencia de lo ajeno y que quebrantan, de esta manera, toda suerte de pertenencia y códigos de arraigo.
Se crea un espacio enlucido, una especie de no-lugar narrativo, en el que la escritura se abre en todas direcciones para permitir que ésta no sólo albergue tradiciones literarias extrañas, sino otro tipo de discursos forjados por una cultura popular –cine y música, sobre todo– cada vez más presente a manera de intertexto. De esta forma los cuentos juegan con múltiples registros estilísticos y temáticos que impiden su adscripción a una esfera definida, para crear territorios universales por el que los personajes deambulan azorados. Tal vez por esto los cuentos de Rodrigo Hasbún están situados en ciudades sin nombre que pueden ser cualquier lugar, logrando así que la mirada se desplace de la geografía pública a la vida privada, de la mirada colectiva a las historias individuales: exploran, en definitiva, la conflictiva fragmentación de la intimidad contemporánea.
Voy de paso. De hecho, ¿dónde estamos? (…) La gorda respondió. No era un nombre familiar. No era un nombre que le recordara nada. Le preguntó por la carretera. Era la que pensaba: le hacían falta dos horas y media más de viaje (2006: 12).
La nominación de las ciudades desaparece, es omitida en la narración, se desconoce la realidad social o geográfica y así, aquéllas pueden ser todas las ciudades o ninguna. Lo mismo sucede con los cuentos de Maximiliano Barrientos quien, a pesar de que en el primer texto que abre Los daños nombra a Santa Cruz de la Sierra como principal escenario, la atención –y tensión– se concentra después en otro tipo de espacios que ya nada tienen que ver con lo topográfico sino más bien con lo personal, re/construyéndose constantemente a partir de una identidad fracturada, una identidad cuyo centro generador es, finalmente, la memoria.
Recuerdos y nostalgia
El pasado, en los textos de Barrientos, se trasforma en el territorio ideal que se rescata a través de la literatura. Simulacro del lenguaje que vuelve sobre una especie de paraíso perdido para descubrir y re/inventar los elementos de un presente complejo: memoria obstinada, desesperada por asir lo que quedó atrás cuando todo semejaba perfecto, único y unitario. El recordar, entonces, se transforma en el verbo clave para los sujetos que pueblan las páginas de estos cuentos, porque es en el pasado donde se buscan las claves del ser presente.
Como si ver una y otra vez esas escenas (ya para nada reales, en muchos casos inventadas o recreadas por la imaginación), sirviesen para fabricar un mundo perdido: porque ella vivió con esa impresión, la de tener dentro de sí las ruinas de un mundo perfecto (…) Casi diría después que el mundo de su memoria es un lenguaje cifrado que contiene la fórmula de una felicidad perdida, pero eso lo pensaría después… (Barrientos, 2006: 21).
Los relatos de Rodrigo Hasbún tienen el mismo disparador para sus tramas. Carretera, el primer cuento del libro narra la historia de un hombre que regresa a la ciudad donde una prima suya está a punto de casarse. Como una metáfora de la memoria, el personaje vuelve en el tiempo mientras conduce por caminos vacíos y “paisajes clausurados en la oscuridad”.
De nuevo en el auto, los ojos cerrados diez, quince, veinte segundos, recordó los primeros años en su nueva casa, acompañado de su nueva familia. Esos recuerdos no se le aparecían claros ni evidentes, pero al menos estaban. Y eran buenos recuerdos. Recuerdos felices (2006: 13. Las cursivas son mías).
La memoria se fuerza para explicar las condiciones presentes, las estructuras de una vida que se rige por el sinsentido de lo periódico. La melancolía por las evocaciones afloran y maquinarias mnemotécnicas tratan de construir puentes coherentes entre lo que sucedió y lo que les sucede a los personajes. Sin embargo, como todo simulacro, la memoria es el espacio de algo que en el fondo no existe. Esta conciencia genera vacío y el individuo de Carretera se torna un ente que transita por una ruta sin punto de partida o de llegada: vagabundo de sí mismo, es un fantasma que ronda indefinidamente las estaciones de su desventura.
Desde esta perspectiva, la memoria deviene en un topos ideal que hay que tratar de preservar. Para estos personajes, la vida no es sino el conjunto de recuerdos de un pasado perfecto que ya no está pero que hay que sostener a toda costa, ya sea mental o materialmente. En el cuento Un día perfecto, se lee:
Tomar imágenes mentales. Vivir para tener un preciso y selecto número de imágenes mentales. Hacer de la vida íntima un museo perfecto de cosas que ya no existen, de personas que se han ido a vivir con otros (Barrientos, 2006: 49).
Otro ejemplo sería el de Alejandra, una de las protagonistas de Álbum de Rodrigo Hasbún, que, como leit motive de su cotidianeidad, trata de reunir los “momentos” de su vida a través de fotografías imaginarias que conformarían la colección fallida de un pasado ya inexistente en contraste con una vida monótona y falta de sentido:
El lugar donde hemos sido felices, anotaría en la foto que le encantaría que le tomaran en ese momento. Si la anotación la haría ya desde su nuevo país, desde una ciudad enorme, añadiría entre paréntesis: (ya no existe, existe cada vez menos) (2006: 30).
Prueba de un tiempo extinto, quedan las imágenes. Roland Barthes en La cámara lúcida, apunta: “Lo que la fotografía reproduce al infinito únicamente ha tenido lugar una sola vez: repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente” (1990: 31). Y es por eso que los recuerdos, como fotografías que evidencian un tiempo muerto y la imposibilidad de su repetición existencial, dejan paso a la nostalgia; impresión que, de más está decir, guía el comportamiento y perfil de los protagonistas que tratan de asirse a algo que en algún momento semejó ideal y que ahora sólo constituye una estructura de vida en crisis por el contexto de incertidumbre, desocialización y flujos constantes de la época.
Ingrid lo abraza, le besa el cuello, busca la cámara y saca una foto en la que los dos salen fuera de foco: dos rostros con sueño o tristeza o vestigios de una nostalgia anticipada que durará años y que será el ejemplo más palpable de que existió la felicidad. Una felicidad difícil y rara, pero felicidad a fin de cuentas (Barrientos, 2006: 83).


Ensayo sobre la nueva narrativa boliviana. Parte 3.

Fragmentación discursiva
Por: Miguel Aillón Valverde
3/3
Pero esta poética no sólo establece la temática de los cuentos sino también su estructura. Así por ejemplo en Fotos tuyas, cuando empieces a envejecer, Maximiliano Barrientos configura el relato como la serie de fotografías desordenadas en las que se bosqueja la vida de Diana/Ingrid a partir de capítulos que son las fechas en las que fueron tomadas las instantáneas. En el vaivén de sucesos pasados, el lector es como el atolondrado visitante a quien en una casa cualquiera y como símbolo de confianza, se le muestra los retratos que aún no se han acomodado en el álbum familiar.
Esta “organización” formal –libre, fragmentada y heteróclita–, parece reflejar, de la misma manera, el fin de muchos de los paradigmas modernos que tienen que ver con las ideas de totalidad (metarrelatos, diría Lyotard). Visto de manera panorámica, esta característica sería parte del nuevo modelo que da cuenta de las maneras de afrontar no sólo el trabajo narrativo sino, además, una realidad sustentada en lo eventual.
La disolución de la estructura se ve reflejada, sobre todo, en los últimos cuentos de cada uno de los libros –Vidas ejemplares de Barrientos, y Pareja en café o cama o calle, sobre fondo blanco o gris de Hasbún– en los que se manejan capítulos fraccionados (casualmente en ambos) por números ascendentes que juegan temporalmente con la dinámica interna de la(s) historia(s) que se cuenta(n).
Así, a la manera vanguardista que también influyó en el cambio de paradigmas formales en la novela de la década de los 60’s en Latinoamérica (lo que genéricamente se bautizó como la antinovela), los cuentos se asemejan a aquélla en este tipo de procedimientos narrativos que subvierten el orden secuencial y lógico de contar, y de esta manera, derogar la perspectiva –o ilusión– de totalidad comprensiva. La fragmentación discursiva en los cuentos, no sólo deja de lado la idea de coherencia textual sino que incluso desmarca las filiaciones genéricas que separan a la novela del cuento y éste, muchas veces, del microrrelato o de la poesía, a más de dar mayor potestad al narrador para crear estructuras ficcionales en extremo polisémicas.
Realidad/ficción
De lo apuntado se infiere que los autores poseen un grado de conciencia narrativa que tiende a problematizar el discurso literario en todos sus niveles, y que se traduce en una estrategia discursiva privilegiada por la postmodernidad: la metaficción. A partir de esta categoría, Un día perfecto, Los adioses y Vidas ejemplares de Maximiliano Barrientos; tanto como Álbum y Pareja en café o cama o calle, sobre fondo blanco o gris de Rodrigo Hasbún, juegan con las posibilidades de la narración evidenciando la construcción literaria al interior del texto, reflexionando a través de personajes autorreferenciales sobre el proceso mismo de la escritura, y definiendo las (im)posibilidades del reflejo especular de la realidad o las frágiles fronteras entre ésta y la literatura. La ficcionalización de la escritura está planteada, entonces, como una forma plena de indagación, descubrimiento y explicación, ya no sólo de la creación sino de la realidad en sí.
De esta manera los cuentos impugnan categorías definidas y legitimadas por los cánones literarios para conflictuar los órdenes de veracidad y verosimilitud, fusionándose éstas en un espacio de incertidumbre que obliga al lector –a manera de provocación– a replantear su posición con respecto a estructuras de significados múltiples.
Por lo dicho hasta aquí, se puede concluir que la cuentística de ambos narradores marca un giro en la forma de afrontar el oficio narrativo. Los relatos incluidos en Los daños y Cinco reafirman una vocación transgresora propia del cuento contemporáneo, que además los inscribe –sospecho que como ellos así lo quieren– en vertientes desterritorializadas que permiten la universalización final de los textos.
Bibliografía
Barrientos, Maximiliano. Los daños, La Hoguera, Santa Cruz de la Sierra, 2006.
Barthes, Roland. La cámara lúcida, Paidós, Barcelona, 1990.
Hasbún, Rodrigo. Cinco, Gente Común, La Paz, 2006.
Ortega, Julio. El muro y la intemperie: el nuevo cuento latinoamericano, Ediciones del Norte, Hanover, U. S. A., 1989.
Antología del cuento latinoamericano del siglo XXI. Las horas y las hordas, Siglo XXI, México 1997.


Fragmento de “Camila Rochet” de Ignacio Fritz

Fragmento de “Camila Rochet” de Ignacio Fritz (Chile)
“La muerte de alguien siempre disminuye. Siempre he pensado en la muerte. Cuando tenía diez años, mi abuelo me llevaba a pasear al Cementerio General. Yo siempre me ponía a mirar los féretros y los mausoleos. Algunos mausoleos muy viejos, con musgo y antiquísimos, y con diseños estrafalarios algunos. Es curiosos: después de todo la muerte no es más que dejar de existir. ¿Y qué pasó con esas vivencias? ¿Con esos amores? ¿Con esas familias? Algunos fueron padres, hijos, madres, vagabundos, presidentes de la República, vagabundos.
Algunos estuvieron solos, tan solos como yo”.


Fragmento de “Iguanas Rojas” de Gabriela Arévalo

Fragmento de “Iguana rojas” de Gabriela Arévalo (Bolivia)
“Pero hoy, aquel sueño sin sentido acapara todo. Pequeñas iguanas rojas trepadas en blancas cortinas de encaje. Y yo prendiendo fuego. No puedo pintar. Las iguanas no me dejan pintar. Solo me traen recuerdos. Mientras busco mis lápices sanguina, el sonido y el aroma del mar aclaran las cosas. ¿Isabel? Ella era una chiquilla perdida, decía que buscaba amor; en realidad, estaba buscando mamá. Se equivocó de persona, yo me equivoqué de actitud. Me dio algo de pena dejarla, pero no tenía de otra. Tengo una idea: me lavaré las manos, ordenaré los bocetos e iré por unos cigarrillos. Es un buen día para comenzar a fumar. Es un buen día para algunos cambios”.


Gabriela Arévalo en antología internacional

La joven escritora Gabriela Arévalo publica en antología internacional
Una nueva escritora cochabambina empieza a descollar en el extranjero; se trata de la joven Gabriela Arévalo Angulo, quien participa con un cuento en una antología internacional, que será presentada mañana.
Este 26 de octubre, a las 19:00 horas, en el salón de la biblioteca del Centro Simón I. Patiño (Av. Potosí No. 1450), tendrá lugar la presentación del libro Antología de la novísima narrativa hispanoamericana, obra que compila un conjunto bastante representativo de las tendencias literarias de la nueva generación de escritores de la lengua hispana.
El libro, realizado por iniciativa de la Unión Latina, tiene la característica de ser bienal, y la convocatoria para participar del proceso de selección para la Antología del 2008 será presentada también el viernes.
Con la iniciativa bienal Antología de la Novísima Narrativa Breve Hispanoamericana, se busca poner en escena a los escritores de ficción, menores de 27 años, que se están iniciando, y retratar la evolución del continente narrativo hispanohablante.
Para ello, la primera convocatoria salió desde Madrid hasta Santiago de Chile. Se tuvo el objetivo de buscar en talleres literarios, revistas, universidades, Internet y todo sitio o institución susceptible de generar relatos, a los novísimos autores.
Apoyó tal iniciativa el otorgamiento del Premio Unión Latina a la Novísima Narrativa Breve Hispanoamericana, con el que se distingue al mejor relato de la antología.
La primera convocatoria se la realizó a finales del 2005. Luego de un proceso de selección, el jurado, conformado por Ángel Gustavo Infante (Instituto de Investigaciones Literarias de la Universidad Central de Venezuela), Coral Pérez Gómez (Fundación Editorial El perro y la rana) y Carlos Leañez Aristimuño (Unión Latina), presentó una selección final, escogiendo un cuento por país participante, de un total de 102 obras presentadas.
En el caso de Bolivia, participaron 13 jóvenes escritores, de los cuales se eligió el cuento “Iguanas Rojas”, escrito por Gabriela Arévalo Angulo, ya que, en palabras de Cárlos Leañez, miembro del jurado, “presenta un lenguaje más globalizado, refrescando la tradición literaria de su país, con un cuento sin más referentes geográficos que una añoranza”.
Arévalo es actualmente integrante del equipo que produce el suplemento cultural Ramona de OPINIÓN, puesto del que se hizo, justamente, al haber ganado uno de los primeros concursos de cuento corto de la revista.
Los autores
Todos los autores presentes en la “Antología”, en su mayoría inéditos, nacieron a partir de 1980. Y, desde la piel de la ficción breve, vienen a dar cuenta del tiempo que les ha tocado vivir. Ellos son: la mexicana Alma Lilia Luna, el puertorriqueño Lester Ojeda, la uruguaya Eglé Vera y sus vecinos Alejandro Javier Varela, Bruno Cancio y Víctor Wassex; los venezolanos Rodrigo Blanco, Cárlos Gómez y Daniela Maestres, la peruana Claudia Ullos, los chilenos Ignacio Fritz, Rodrigo Sepúlveda y Juan Pablo Roncote, la colombiana Paola Esteban, los nicaragüenses Ulises Juárez y Ezequiel D’león, la boliviana Gabriela Arévalo, el paraguayo Blas Enríaquez Brítez y el argentino Andrés Washington.
“Son nombres que, más allá de la casa materna, suenan a seudónimos, cuando apenas comienzan a ser fastidiados con el calificativo de ‘promesas’; pero eso no importa. Lo que importa es lo que aportas, el producto imaginario actual, tan útil para divertir como para saborear los giros de la lengua en la región y obtener una copia cercana a nuestras más recientes actrices culturales”, se dice en la presentación de la antología.
A nivel general, la tendencia es realista. Los escritores no recurren a la memoria con la frecuencia acostumbrada. No hay lecciones ni grandes tragedias.
Los cuentos destacados
Aparte de la obra escrita por Arévalo, destacan tres cuentos. En el primero se habla de la trasgresión juvenil, montada sobre una plataforma estructural impecable de “Camila Rochet”, cuento que tiene por escenario Santiago de Chile y que dio a su autor, el chileno Ignacio Fritz, el premio Unión Latina.
El humor crítico pasa revista a la condición colonial cotidiana de Puerto Rico en el cuento “El periódico”.
Por último, la intertextualidad anima la ambigüedad sexual, subterránea como el metro, de un venezolano, psiquiatra forense en “Una larga fila de hombres”.
Todos los otros cuentos, sin embargo, permiten al lector aventurarse a entender las implicaciones transculturales del “salir con alguien”, conocer los comercios del cuerpo, indagar en la simulación y las fábulas urbanas.
Del mismo modo, el lector podrá actualizarse en abandono paterno, descifrar los códigos secretos de los paraísos artificiales y, finalmente, seguir el curso del delirio y los sueños en el ámbito privado.
Es una amplia invitación, una puerta que se abre y así va a permanecer, para dar a conocer, en todo el ámbito hispano, a las promesas de nuestra literatura.
El libro es una selección bastante completa de aquellos nombres que, dentro de poco, estarán llenando los estantes de todo buen lector.
Los organizadores
La Unión Latina es una organización internacional fundada en 1954 para promover y difundir la herencia cultural y las identidades del mundo latino.
Presente en cuatro continentes, la entidad reúne 37 Estados miembros y trabaja para que se tome conciencia de la importancia de las culturas y las lenguas latinas.
La Unión Latina se esfuerza por difundir el patrimonio literario en las distintas lenguas neolatinas entre todos sus Estados miembros.
Además, apoya la creación contemporánea a través de encuentros entre escritores, críticos e investigadores y de galardones destinados a reconocer la obra de autores consagrados o de jóvenes talentos, según sea el caso.


Crítica a Los ingenuos de Verónica Ormachea

Los ingenuos de Verónica Ormachea
Por: Ramón Rocha Monroy

Tuve el gusto de presentar y recomendar la novela Los ingenuos (Ed. Alfaguara, 2007, Mención Honrosa del IXº Premio Nacional) de Verónica Ormachea Gutiérrez, por la intensidad dramática con que narra uno de los períodos de mayor enfrentamiento en nuestra historia, que va desde el colgamiento de Villarroel hasta la Revolución del 52 y el intento más serio por derrocarla en noviembre de 1953.
Los ingenuos es la visión de los vencidos, una familia de terratenientes que Verónica pinta en sus claroscuros, para subrayar la brecha insalvable que preexistió al 52 y acaso pervive hasta hoy en una sociedad caracterizada por el “sentimiento de otredad”, pues unas clases no se reconocen con otras por razones sobre todo étnicas. Como suele suceder, la visión de los vencedores suele convertirse en hagiografía; en cambio, la visión de los vencidos produce novelas como Doctor Zhivago, de Boris Pasternak y tantas otras que tienen en común con Los ingenuos la fuerza expresiva para retratar una sociedad que se derrumba y otra que no acaba de nacer.
Pero la historia la escriben los vencedores y la memoria popular ha canonizado a Gualberto Villarroel, en tanto que tiende a olvidar los excesos de la represión en el período que transcurre en esta novela. Así como somos deudores de Arguedas, quizá hasta hoy, así también lo somos de Montenegro y Céspedes, pues los tres han tatuado la memoria de nuestros días algunas veces con intuiciones extraordinarias y no pocas con sus prejuicios sociales o étnicos.
Los ingenuos no tiene experimentos vanos con el lenguaje, pues lo subordina al drama. Otra virtud es la construcción de los personajes a trazo seguro que permite diferenciarlos y les da vida propia. Es singular el caso de la madre, tan bien retratada en su energía de casta y en sus prejuicios, como también la historia de amor que transcurre en la novela quizá tan sólo para subrayar que somos una sociedad tan enfrentada que el encuentro es imposible.
Esto me induce a confirmar que somos una sociedad desencontrada con una peligrosa vocación por el libelo, que es la ausencia de debate, y por el linchamiento. Dos cuadros pinta Verónica Ormachea que han de perdurar en la memoria de sus lectores: el colgamiento de Villarroel y la trágica muerte del padre de Juliana, la protagonista, en su finca de Comanche. Esta forma de hacer “justicia” por mano propia es una opción rápida y gratuita, pero también primitiva en exceso. Si leemos nuestra historia desde la óptica del linchamiento, es posible que varios tomos no sean suficientes para recordar tanta sangre derramada de uno y de otro lado.
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Crítica al Inquisidor de Patricio Sturlese

El Inquisidor
Por: Ramón Rocha Monroy

La escueta nota biográfica de Patricio Sturlese dice que nació en Buenos Aires en 1973; que es hijo de inmigrante genovés y estudia Teología como alumno laico del Colegio Máximo de San Miguel, Argentina. Es director de Cultura de la Sociedad Italiana del partido de San Miguel.
La novela El Inquisidor ha sido lanzada simultáneamente en 20 países, con una extensa gira de Sturlese que dura lo que va del año. Hemos encontrado noticias y críticas en la prensa de Guatemala, Panamá, Costa Rica, Venezuela y Colombia. En ellas, el escritor de 34 años cuenta que era jardinero y quedó sin trabajo durante la crisis del 2001. Ya había escrito El Inquisidor y decidió buscar una casa editora. “En un comienzo me fue difícil lograr que el texto llegara a manos de un editor”; pero llegó a buenas manos y fue seleccionado para un catálogo de best seller de bolsillo de la conocida editorial.
“Para empezar soy un laico que estudia teología –revela Sturlese–. Además leí una novela de Morris West sobre Giordano Bruno, dominico panteísta quemado en la hoguera, y me topé en Roma con una estatua de este supuesto hereje. Luego, cuando volví a recoger hojas secas en otoño, tuvo muchas horas para pensar en la historia”.
La novela está escrita en un lenguaje ceñido a la intensidad de la trama. Está poblada de diálogos bien construidos que alivianan el argumento y lo proyectan en un telón de fondo que es la historia tenebrosa del Tribunal del Santo Oficio bajo el pontificado de Clemente VIII.
Sturlese se mueve con desenfado en escenarios de fines del siglo XVI en Europa; recorre sitios históricos ya olvidados y nombra cosas de las cuales el tiempo ha dejado sólo la sombra de las palabras que las designaban. No es una novela pesada pues se mueve con la velocidad de un thriller sacro que cuenta la historia del Inquisidor General de Liguria en busca de un libro maldito, el Necronomicon, cuyo paradero conoce un hereje preso en las mazmorras del santo tribunal. La historia se adensa con referencias a brujerías, hechizos, suplicios, ejecuciones y sociedades secretas que se mueven a la sombra en pos del libro maldito. El Necronomicon es un libro ficticio creado por la imaginación de H.P. Lovecraft; significa en griego el Libro de las leyes de los muertos; Lovecraft lo atribuye a un sabio árabe y remonta la quema de los ejemplares del libro maldito al siglo XIII. Sin embargo, para Sturlese ha quedado una copia, que es el cuerpo del delito de su novela.
Algunos personajes de El Inquisidor existieron realmente. Ello da cuerpo a sus personajes ficticios, entre ellos, el protagonista. El libro tiene 500 páginas y a Sturlese le costó tres años de trabajo. Anuncia que viene un segundo libro escrito antes de la publicación de “El Inquisidor”. Ambos completan la bibliografía de este escritor argentino que ingresó con su primera novela por la puerta ancha de los best sellers internacionales.
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Feria Internacional del Libro de Cochabamba

Éxito de la Feria del Libro
Ramón Rocha Monroy

Por primera vez siento mucho gusto de repetir un lugar común: la Feria Internacional del Libro, de Cochabamba, superó toda expectativa. El Comité Organizador presidido por Marcelo Paz Soldán y Rodrigo Antezana Patton escogió el sitio y el tamaño adecuados, y concentró la colaboración de las editoriales y de instituciones como nuestro meritorio Club Social.
Ricardo Serrano, director de la Editorial El País me decía que las primeras versiones de las Ferias de La Paz y Santa Cruz fueron más modestas y tuvieron entre cinco mil y ocho mil visitantes. Esta primera versión de la Feria en Cochabamba superó hasta el viernes las 7.000 visitas, sin contar las que se registrarán hasta su clausura este domingo. Los más beneficiados fueron los estudiantes de primaria y secundaria, que quedaron exentos de la contribución de 2 bolivianos por entrada.
Las presentaciones de libros fueron favorecidas por numeroso público. Entre ellas, destacó el esfuerzo del Centro de Estudios Superiores [Universitarios] / CESU, de la Universidad de San Simón, que desplegó valiosos trabajos de sus investigadores, algunos de ellos publicados por la joven Editorial Gente Común. Huéspedes muy aplaudidos fueron: Bartolomé Leal, quien vino invitado por Editorial Nuevo Milenio, y Carlos Valverde, autor de 3 novelas publicadas por El País; Fernando Mayorga me sopló al oído que, al igual que Gladys Moreno, a Valverde lo quieren aquí más que en Santa Cruz.
Tres visitas asimismo importantes tuvo la Feria: el flamante premiado en el concurso de Novela Alfaguara Wilmer Urrelo, autor de Fantasmas asesinos, Verónica Ormachea, autora de Los ingenuos, probablemente el libro más vendido de la Feria, y el joven escritor argentino Patricio Sturlese, autor de El Inquisidor, best seller lanzado por Random House Mondadori simultáneamente en 20 países, que llegó invitado por Librería Litexsa, de La Paz. Homero Carvalho presentó asimismo Los reinos dorados, extenso y bello poema sobre las tierras del Enín.
Alfaguara destacó que entre los 9 premios nacionales, 5 son escritores cochabambinos. La Editorial El País se vino con banners king size de sus autores: Antonio Mitre, Carlos Valverde, Pedro Shimose, Gonzalo Lema y este servidor. La Editorial La Hoguera trajo también libros de Gonzalo Lema, Homero Carvalho, Gaby Vallejo y César Verduguez. Gente Común presentó a su seleccionado de autores que incluye creadores jóvenes y otros ya consagrados como Gary Daher y Adolfo Cárdenas. Nuevo Milenio presentó las Obras Completas de Edmundo Camargo entre otros títulos que integran su prestigioso catálogo; Plural presentó la Poesía Completa de Óscar Cerruto junto a Felipe Delgado, de Jaime Saenz; y mostró, con sus numerosos títulos, que tiene el catálogo más extenso del país. A todas las editoriales y librerías, nuestra gratitud más calurosa. ¡Bienvenidos a Cochabamba! ¡No somos como dicen!
Entre las recomendaciones para el próximo año, hay que insistir en un Foro de Lectores, para darles voz y premiar su generosa concurrencia. Asimismo, es necesario montar una cafetería. En fin, un diez para los organizadores y un abrazo circular a los escritores y público locales, que prestaron toda su colaboración a este esfuerzo.
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Hombre muerto

Hombre muerto, caminante nocturno
Por: Andrés Laguna

Some are born to sweet delight. Some are born to endless night.
UNO Pocas veces uno tiene el placer y el honor de escribir sobre una de sus películas favoritas. Ese placer, ese honor lo tengo ahora. En el ciclo “Ser y narración” del Instituto Superior de Filosofía y Humanidades “Luis Espinal”, se proyectó una de las obras maestras del venerable director estadounidense Jim Jarmusch, Deadman (**Hombre muerto**, 1995). En alguna nota que publiqué hace algún tiempo en otro medio escribí que Jarmusch es el **cine** y, desde mi humilde criterio, esta es su cinta más brillante. La cinta es una especie de western metafísico, cuenta la historia de William Blake (interpretado por el más brillante Jhonny Depp) un sujeto urbano que tiene todas las características del tipo al que todo le sale mal. Blake, hombre de ciudad sin mucho sentido de la estética, viaja al **lejano oeste** con la promesa de un trabajo y de una vida mejor. Cuando llega al nefasto pueblillo y a la empresa donde supuestamente lo espera un flamante empleo, un funcionario extrañísimo (encarnado por el siempre interesante John Hurt) le informa que su puesto ya está ocupado. Blake exige hablar con Dickinson (el legendario Robert Mitchum en uno de sus últimos papeles memorables), el dueño de la empresa, que lo despide con la amabilidad que tiene un hombre duro del oeste, apuntándole con una escopeta. Sin un centavo, Blake se va a un bar donde conoce a una bella florista, Thel Russell (Mili Avital). Estos dos curiosos personajes terminan en una habitación de hotel haciendo el amor, su romance se ve interrumpido por la intromisión del amante de la mujer (Gabriel Byrne), que por celos la mata. Blake aterrado termina disparándole al asesino de Thel. Lo que Blake desconoce es que el hombre al que acaba de dar muerte es el hijo de Dickinson, el dueño de la empresa en la que debía trabajar. Dickinson enfurecido ante el fallecimiento de su hijo contrata a tres truhanes memorables (Lance Henriksen, Michael Wincott y Eugene Byrd) a los que les encomienda liquidar a Blake. William debe correr, William debe escapar, William es un hombre muerto. En la carrera por su vida, en medio del bosque, Blake se encuentra con “Nadie” (un genial Gary Farmer), un indio que fue educado por blancos. Cuando el personaje de Depp le dice tímidamente su nombre, el indio no lo puede creer. “Nadie” conoce a William Blake, sabe que es un brillante poeta inglés, sabe que también hizo bellos grabados, sabe que fue un rebelde, un hombre que cuestionó a la racionalidad, a la autoridad, a la moral, sabe que William Blake revolucionó a la poesía inglesa, pero sobre todo sabe que William Blake está muerto. En ese momento, “Nadie” se convertirá en una especie de Virgilio, en un guía que conducirá a nuestro Blake a su destino, ser William Blake.
DOS La cinta está repleta de menciones y homenajes al poeta inglés del siglo XVI, homónimo del personaje principal, varios de sus poemas son fundamentales para el desarrollo del film, incluso el nombre de la florista, de la mujer que detona todos los eventos de la película fue extraído de una de las obras de Blake, El libro de Thel. A través de la narración del indio “Nadie”, el personaje William Blake va construyendo su propia historia. Ahí está lo notable del film. En un principio no me di cuenta claramente, pero esta cinta también podría haber hecho parte de nuestro ciclo dedicado a Nietzsche, pues nuestro William Blake, el de la película de Jarmusch, termina realizando un camino que tiene varias resonancias con el pensamiento del autor de Más allá del bien y del mal. Blake termina convirtiéndose en lo que realmente es, pasa de ser un hombre urbano y civilizado a convertirse en un guerrero feroz, en un guerrero del alma. Pierde los anteojos que utiliza al principio de la película, renuncia a ver, su instinto lo obliga a guiarse por el olfato, como un animal depredador. El débil y tímido “Bill” Blake, guiado por “Nadie”, termina convirtiéndose en el poderoso William Blake, el hombre muerto que no tiene mucho que perder, el caminante nocturno, el hombre muerto, el hombre salvaje, el hombre muerto, el hombre rebelde, el hombre muerto.
TRES La cinta es impecable desde cualquier punto de vista. El reparto es soberbio, además de los ya mencionados, las participaciones de Iggy Pop, Jared Harris y Alfred Molina, entre otros, son brillantes. La fotografía del Robby Muller (compinche infaltable de Jarmusch) es maravillosa. La música de Neil Young es desgarradora. El guión y la dirección de Jim Jarmusch es, como Depp dijo en alguna entrevista, “lo más cercano a la perfección.
Pocas películas logran lo que Deadman, ser un objeto estético perfecto, contar una historia notable, combinar la comedia disparatada con las reflexiones más profundas, ser una obra maestra.
Deadman es una de las razones por las que uno sigue vivo, es una de las razones por las que uno no le tema a la muerte, es una de las razones por las que uno se anima a ser lo que uno es, por las que uno acepta risueño su destino trágico.
[Fuente:www.opinion.com.bo]




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