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Reseña de la novela histórica de Verónica Ormachea



Los ingenuos
Por: Jorge Siles Salinas

“El sábado 6 de agosto de 1825 Bolivia
comenzó su vida como una nación indepen-
diente; estaba en el umbral de una terrible y
espantosa historia”. (Charles Arnade. “La
dramática insurgencia de Bolivia”, últimas
líneas).

Las amargas palabras finales de uno de los personajes de la novela Los ingenuos de Verónica Ormachea, recogidas de la última página del libro, reflejan el tono ácido, pesimista y doloroso en que se desenvuelve la trama narrativa de esta obra recientemente publicada, que ninguna persona interesada en el transcurso de nuestra vida política, a partir de los años 40 del pasado siglo, debiera excusarse de leer. En la estación del ferrocarril de La Paz, Carlos –sujeto avieso y de mala entraña, que ha sido tratado con brutalidad suma por los agentes del poder que se ha hecho dueño del país- lanza esta tremenda exclamación: “Juro que nunca jamás volveré a Bolivia”. Y la hermana, que es como la heroína de la novela, que habla en primera persona en el desarrollo del relato, pone fin al libro con este párrafo expresivo: “Y el tren desapareció en medio de la puna inhóspita, desértica, infecunda y descolorida como nuestros corazones. Y nos fuimos para siempre…”.
Los ingenuos: ¿Por qué el título de esta extensa y apasionada novela histórica? ¿Quiénes son los ingenuos de los que trata la obra? Sin querer preguntárselo a la autora, prefiero dar mi propia interpretación de las intenciones que guiaron a Verónica al titular de ese modo su relato. Mi versión personal es ésta: los ingenuos son los que, pese a las calamidades sin nombre que se abaten sobre sus existencias, siguen pensando que tales oprobios y desgracias se desvanecerán pronto, que la pesadilla desaparecerá en cualquier momento y se trocará en la realidad de todos los días, amarga y desoladora como siempre, pero que no pasará de ser eso, un sueño aterrador del que la conciencia se liberará apenas se disipe la tormenta. Es la ingenuidad de los que se autoengañan con falsas ilusiones, particularmente de los que son incapaces de percibir que la historia se repite, que los males que al presente se suceden tienen en el pasado sus precedentes innegables, y que, en el fondo, la naturaleza humana es siempre la misma, con sus recurrencias fatales a la destrucción y a la maldad.
No podría decir, por tanto, que, guiándome por la gracia juvenil de la autora, por el atractivo de su personalidad amable y colmada de simpatía, me hubiera dejado arrastrar a la lectura de su novela pensando que en ella iba a encontrar una fuente continua de distracciones y de invitaciones al optimismo. Si así hubiera procedido, habría caído pronto en una desilusión abrumadora. Porque en las páginas de Los ingenuos no se encuentra eso sino, por el contrario, un cruel desencanto ante la realidad que vivimos los bolivianos, un extenuante pesimismo derivado de la observación de nuestro pasado, nuestro presente y nuestro porvenir. Los ingenuos no es en verdad reflejo de la personalidad de la autora sino una reverberación de las desventuras y penalidades que arrastra consigo la vida cotidiana de nuestro país.
La historia que nos cuenta Verónica Ormachea se sitúa primordialmente en los años que van desde 1940 a 1956, esto es, hasta el término del primer período de gobierno del MNR, bajo la presidencia de Paz Estenssoro. Pues se trata de una novela cuyo interés apunta fundamentalmente al proceso político vivido entonces por nuestro país. Naturalmente, pretender poner al lector de golpe y porrazo en la revolución que se desencadena en 1952 habría sido un absurdo en el que la habilidad narrativa de la escritora estaría muy lejos de caer. Su punto de arranque está muy atrás de los acontecimientos de 1950, justo en el tiempo conveniente para ofrecer al lector la perspectiva necesaria para comprender lo que con el tiempo habría de pasar.
“Un libro esperado” dice el título de esta nota. En efecto, quienes tenían conocimiento de que la autora dedicaba años de su trabajo a la preparación de una novela ambientada particularmente en los sucesos revolucionarios que se iniciaron en 1952, aguardaban con ansiedad la publicación de ese libro que, según se comentaba, sería, a la vez, fruto de una laboriosa información histórica y de una inspiración personal, en el orden literario e imaginativo, dando lugar a un cuadro fidedigno de los acontecimientos, sin ocultar su carácter patético y, aún, sobrecogedor, pero, al mismo tiempo, siendo una muestra de la capacidad creativa de la autora al dar emoción y vida a los personajes y al escenario en que ellos se mueven.
Sabemos que Verónica Ormachea se valió de todos los medios que un buen periodista, como lo es ella, utiliza para la realización de su tarea: habló con cuantas personas pudieron suministrarle datos sobre los acontecimientos de aquellos días; consultó colecciones de periódicos; consiguió cartas, leyó manifiestos políticos, visitó los lugares de los sucesos, confrontó declaraciones y testimonios de la más variada índole. Especial interés tuvieron para ella los libros escritos por quienes fueron víctimas de las atrocidades cometidas en los lugares de tortura establecidos por los siniestros ejecutores de esos atentados, como el chileno Gayán Contador o el verdugo máximo, San Román.
Así, el libro que comentamos constituye, más que una crónica de horrores o de tragedias familiares, un gran libro de denuncia, un documento imprescindible para el juzgamiento de una época de sangre y terror vivida por un amplio sector de la población boliviana. Los ideales de justicia y de liberación que por entonces se proclamaron y que en diversa medida se alcanzaron gracias a quienes se acogieron de buena fe a esos principios, quedaron manchados, por desgracia, debido a los métodos sórdidos que se emplearon, en gran parte a imitación de los sistemas totalitarios que por entonces degradaron a la especie humana, precisamente en pueblos de vieja y arraigada cultura.
En suma, el mérito principal del libro de nuestra autora es que su obra ha venido a llenar un increíble vacío en la bibliografía boliviana producida en los últimos años, el relativo a las acciones brutales que se cometieron en las cárceles y campos de concentración en el período de 1952 a 1956. A lo que habría que agregar el pesimismo certero que ella abriga acerca de la posibilidad de que las circunstancias sombrías que en su libro se describen vuelvan a desgarrar la vida de los bolivianos.
[Fuente: Pulso]



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