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El triunfo de un escritor comprometido: Juan Gelman gana el Cervantes

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Juan Gelman, rabia, amor y poesía
El Cervantes premia la riqueza de registros del autor argentino
Por: José Andrés Rojo – Guadalajara (México) – 30/11/2007

“Empecé a escribir poemas a los nueve años. Claro que fue por una chica. Al principio le mandaba versos de un argentino del siglo XIX, Almafuerte, pero no me hizo caso. Así que decidí probar yo mismo. Tampoco me hizo caso. Ella siguió por su camino y yo me quedé con la poesía”. Juan Gelman reconoce encontrarse emocionadísimo con el Premio Cervantes en conversación telefónica desde el Distrito Federal, donde vive hace ya años. “Anoche vi que estaba en la lista de los favoritos, pero me dije: ‘Juan, vos no”, cuenta. Admira tanto al resto de los escritores que se barajaban en las quinielas, que se dijo que esta vez no le tocaba.
Benedetti: “Es una de las voces más creadoras de la poesía americana”
La ultraderecha le hizo la vida imposible en sus años en Argentina
Así que era casi un retoño cuando le entró el vicio. “Mi hermano mayor me recitaba a mis siete u ocho años versos de Pushkin en ruso. Me llevaba a un rincón apartado y yo caía rendido por el ritmo y la música de aquellas palabras que no entendía en absoluto”, explica.
La facultad de integrar un compromiso personal y político que viene de lejos y unas vicisitudes terribles en su pensamiento y su lenguaje poético, en vez de sepultar de forma planfletaria su poesía. Esa virtud -dibujada por el galardonado del año pasado y miembro del jurado, Antonio Gamoneda- de alguien que tras esas circunstancias lleva “la poesía tatuada en los huesos”, según el ministro César Antonio Molina, llevaron ayer a Gelman a obtener por mayoría el Premio Cervantes y los 90.450 euros de su dotación. Gamoneda habló también de la aportación del escritor argentino al “enriquecimiento de la lengua castellana por sus incursiones en la lengua sefardí” y la “condición polifónica” de sus versos.
Sólo la suma de unos méritos así podían haberle ayudado a imponerse en la selección final a otros cuatro nombres de postín, algunos de ellos eternos candidatos: Blanca Varela, Nicanor Parra, José Emilio Pacheco y Mario Benedetti. Este último aseguró ayer: “Lo considero una de las voces más creadoras de la poesía latinoamericana y un periodista muy sagaz. Sus versos están llenos de preguntas que son a su vez una respuesta lúcida y despojada. Su palabra se proyecta hacia el lector, y lo alude, transformándolo”.
El jurado estuvo formado por Gamoneda, Víctor García de la Concha, Francisco Albizúrez, José Miguel Ullán, José Manuel Sánchez Ron, María Ángeles Pérez, Amalia Iglesias, Martín Caparrós, Alfredo Conde, Rogelio Blanco y Mónica Fernández.
“Cervantes y Shakespeare me acompañan desde hace mucho”, dice Gelman. “Pero no sólo el Quijote, también las Novelas ejemplares, el Persiles, el teatro… Me asombra la riqueza de la lengua, sus resonancias, la manera de utilizar las palabras”.
Gelman nació en 1930 en Buenos Aires. Su familia, judía, procedía de Ucrania, pero hablaba en ruso, la lengua que impuso el zar. Su padre había participado en la revolución fallida de 1905 y había tenido que exiliarse en 1912 en Argentina. Su madre sí vivió la revolución rusa. El padre pudo regresar en 1922, pero todos salieron hacia Buenos Aires seis años después cuando los crímenes de Stalin empezaron a ser insoportables. “Les encantaba la música y la lectura, en ese clima me formé”.
Si su querencia por la poesía empezó a los nueve años, su interés por la política le vino antes. “Recogíamos con los niños del barrio todos los envoltorios plateados de las chocolatinas que encontrábamos por ahí porque nos decían que servían para hacer balas para los republicanos que peleaban contra Franco”. Se le mezclaron, pues, desde muy pronto la pasión por las palabras con la rabia por las injusticias. A finales de los sesenta se incorporó a las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), una organización guevarista, para luchar contra las dictaduras de Lanusse y Onganía”.
La Triple A y los grupos paramilitares les hicieron la vida imposible, y Gelman salió al exilio. En 1976 estaba en Roma cuando llegó la dictadura militar a Argentina. Trajo consigo el infierno. “El 26 de agosto entraron en casa de mi hijo Marcelo y se lo llevaron con su mujer Claudia, que estaba embarazada”, recuerda. “A él lo asesinaron en octubre y a ella se la llevaron a Montevideo. Esperaron a que diera a luz y sólo entonces la liquidaron. Entregaron a la niña a un policía nacional. Tardamos 15 años en encontrar los restos de mi hijo y 23 en encontrar a mi nieta, la primera que me ha felicitado por el premio. Seguimos buscando los restos de mi nuera”.
(Fuente: www.elpais.com)

Los lugares comúnes

Los lugares comúnes
Por: Pedro Shimose

En 1871, Gustave Flaubert le escribe a George Sand: “¿Se habrá terminado con la metafísica profunda y los lugares comunes? Todo el mal proviene de nuestra gigantesca ignorancia”. Guiado por el propósito de combatir el tópico escribió apuntes destinados a un Diccionario de los lugares comunes, que debía llevar por subtítulo Encyclopédie de la bêtise humaine, es decir, Enciclopedia de la tontería humana.
No llegó a culminar su empresa, dejando sólo unas 40 hojas clasificadas por orden alfabético bajo el título de Dictionnaire des idées reçues (Diccionario de los lugares comunes), publicado en 1911 como apéndice de ese extraño libro –¿novela?– llamado ‘Bouvard et Pécuchet’.
En 1961 se hallaron nuevos manuscritos suyos. Añadidos a los ya publicados, constituyen el famoso diccionario de Flaubert; éste, con Léon Bloy (Exégèse des Lieux Communs/ Exégesis de los lugares comunes, 1902-1913) y Ambrose Bierce (The Cynic’s Work Book, 1906, titulado después The Enlarged Devil’s Dictionary/ El diccionario del diablo, 1911), se dedican a poner en solfa una sarta de frases hechas que atestiguan la estupidez general de los seres humanos.
El lugar común –el estereotipo, el cliché, el tópico, la frase hecha– es, según el diccionario Moliner, la idea vulgar muy repetida. Es, como diría Flaubert, todo lo que se dice y acepta sin discusión, o sea, un gran peligro para la inteligencia y uno de los mayores enemigos del escritor. El periodista, escritor al fin y al cabo, registrador de lo efímero, con suficiente poder para influir en lectores desprevenidos, suele ser, con frecuencia, agente contaminador y propagador del lugar común.
Movido por las prisas del oficio, el periodista echa mano, irreflexivamente, del lugar común. Tal cosa le sucede, por ejemplo, al periodista de las agencias de noticias europeas, cuando define a Bolivia como ‘país andino’, ignorando a la Bolivia no andina, es decir, a más de la mitad del territorio nacional.
O cuando escribe: “Bolivia, país de indios”, ignorando que el 75% de la población boliviana no es indígena, sino un conjunto abigarrado de mestizos, criollos y residentes nacidos en Europa, en Oriente Medio, en Asia y en América, muchos de los cuales son bolivianos de adopción. A pesar de esta evidencia, en Europa se sigue afirmando que Bolivia es “un país de indios”, terrible error sostenido, además, por muchas agencias de noticias que repiten este nocivo lugar común.
Un excelente periodista boliviano acaba de escribir un artículo sobre las pasarelas de moda en Asia y ha caído en la trampa de los lugares comunes. Dice: “…las telas y diseños llegados desde China, Japón, Tailandia y Corea, entre otros países del continente amarillo…” (EL DEBER, 21/10/07). ¿Continente amarillo? Si se refiere a Asia, el periodista no tuvo en cuenta que la India y los países malayos nada tienen que ver con el color amarillo atribuido a Asia.
Rimbaud escribió un soneto dedicado a las vocales: “A noir, E blanc, I rouge, U vert, O bleu: voyelles…”, olvidándosele mencionar el color amarillo que ahora reivindica el periodista boliviano. Después de la fiebre amarilla, la gente suele (o solía) referirse al peligro amarillo (China) y a los monos amarillos (los japoneses). A ese catálogo de estupideces, me permito añadir unas referencias cultas relacionadas con el color amarillo: la rosa amarilla de Giambattista Marino, los cristales amarillos de Juan Ramón Jiménez, la lluvia amarilla de Julio Llamazares y el submarino amarillo de Los Beatles, a bordo del cual mi juventud se sumergió en las aguas musicales del humor hippy en ritmo pop. Hay, por cierto, otros lugares comunes que deberían ser extirpados de nuestro lenguaje corriente, pero hoy no puedo explayarme porque no voy sobrado de espacio.
(Fuente: www.eldeber.com.bo. // Madrid, 30/11/2007.)

El Comandante y el Rey

El Comandante y el Rey
Por: Mario Vargas Llosa

Es verdad que una imagen vale mil palabras y, una secuencia de imágenes, diez mil. El incidente que ha inmortalizado la sesión de clausura de la última Cumbre Iberoamericana celebrada en Santiago de Chile, divulgado al mundo por las cámaras de televisión, dice más e ilustra mejor sobre el caudillo venezolano Chávez y congéneres, así como sobre las relaciones de España con América Latina, que decenas de sesudos ensayos.
Los mejores guionistas de Hollywood no lo hubieran hecho tan bien si querían abrir el espectáculo con la imagen —entre cómica y siniestra— de un espadón tercermundista en plena acción. Interrumpiendo al Presidente del Gobierno español que, tímidamente, se atrevía a recordar a los mandatarios latinoamericanos que “nacionalizar empresas no garantiza nada”, el comandante Hugo Chávez se apodera del micro y se dispara en insultos contra José María Aznar, quien alguna vez habría invitado a Venezuela a algo tan ignominioso como integrarse “al primer mundo”, propuesta fascista que el caudillo tropical rechazó, claro está, porque “somos humanos y los fascistas no son humanos. Creo que una serpiente es más humana que un fascista o que un racista”. La estupidez conceptual se enriquece si quien la emite se expresa con la vulgaridad del comandante Chávez y su gesticulación cuartelera. Hasta aquí nada que sorprenda, aunque, sí, mucho que entristezca y avergüence, si quien presencia la escena es latinoamericano y, sobre todo, venezolano.
Entonces, Rodríguez Zapatero pide la palabra a Michelle Bachelet —la Presidenta de Chile dirige la sesión— y, extremando el respeto de las formas y buscando con verdadera angustia las palabras más prudentes, trata de dejar sentada su protesta por la “descalificación” que se ha hecho de un ex presidente “que fue elegido por los españoles”. Digo “trata de” porque, pese a sus educadas maneras, hasta en dos oportunidades es groseramente interrumpido de nuevo por Hugo Chávez, quien, como la presidenta Bachelet le ha cortado el micro, levanta virilmente la voz a fin de que ninguno de los presentes se libre de escucharlo. A estas alturas, el Rey de España, al que literalmente hemos visto demudarse y enrojecer a lo largo de toda esta escena sin poder ocultar la irritación que le produce, irrumpe con su contundente “¿Por qué no te callas?” que, por un instante, deja al soldadote de marras quieto y mudo, como sin duda le ocurría en el cuartel cuando su superior lo aderezaba de carajos. La presidenta Bachelet introduce un inesperado toque de humor al sugerir con meliflua voz a los presentes “que eviten los diálogos”.
Otro tercermundista y comandante entra en escena, esta vez un Daniel Ortega maltratado por los años con una calvicie acelerada y una panza capitalista, para desgañitarse atacando a España por los bombardeos de Estados Unidos contra Libia, por las supuestas depredaciones de Unión Fenosa y contra los embajadores españoles por conspirar contra el Frente Sandinista… hasta que el Rey de España se levanta y deja sentada su protesta abandonando la sesión.
La enseñanza más obvia e inmediata de este psicodrama es que hay todavía una América Latina anacrónica, demagógica, inculta y bárbara a la que es una pura pérdida de tiempo y de dinero tratar de asociar a esa civilizada entidad democrática y modernizadora que aspiran a crear las Cumbres Iberoamericanas. Esta será una aspiración imposible mientras haya países latinoamericanos que tengan como gobernantes a gentes como Chávez, Ortega o Evo Morales, para no mencionar a Fidel Castro. Que sean o hayan sido populares y ganaran elecciones no hace de ellos demócratas. Por el contrario, muestra la profunda incultura política y lo frágil que son las convicciones democráticas de sociedades capaces de llevar al poder, en libres comicios, a semejantes personajes. Ellos no asisten a las Cumbres a trabajar por el ideal que las convoca. Van a utilizarlas como una tribuna para internacionalizar la demagogia y las bravatas con que mantienen hipnotizados a sus pueblos y, por eso, esas Cumbres están condenadas al fracaso y al circo. Antes, la estrella indiscutible de ellas era Fidel Castro y sus espectáculos antiimperialistas, que enloquecían de felicidad a los gacetilleros amantes de escándalos. Ahora que Castro dejó de ser caudillo para convertirse en analista internacional —el único que en Cuba habla y despotrica con envidiable libertad— el histrión preferido de la prensa amarilla es Chávez, émulo y ventrílocuo de aquél.
Claro que hay otra América Latina, más decente, honrada, culta y democrática que la representada por estos energúmenos. Estaba allí, en esa sesión de clausura, invisible y muda, como siempre en estas ocasiones en la que los caudillos, hombres fuertes, “comandantes” y payasos se apoderan de las candilejas. ¿Por qué callan y se dejan ningunear y eclipsar de esa manera si ellos son infinitamente más respetables y dignos de ser escuchados que aquéllos? No sólo porque algunos están sobornados por los petrodólares que derrocha el venezolano a diestra y siniestra. A menudo lo hacen porque temen ser víctimas de las diatribas y descalificaciones de aquellos matones, que les pueden soliviantar a sus extremistas criollos y, también, aunque parezca mentira, porque ellos, que sólo son gobernantes civiles que tratan mal que bien o bien que mal de ajustarse a las limitaciones que les señalan las leyes y constituciones, se sienten mandatarios de segunda frente a esos dioses omnímodos que no tienen otro freno para sus excesos y bellaquerías que su soberana voluntad. La salida del Rey de España tuvo la virtud de rasgar el velo de hipocresía que circunda las Cumbres Iberoamericanas a las que, en apariencia —no en la realidad— asisten jefes de Gobierno y de Estado dignos del mismo respeto y consideración. Falso de toda falsedad: el señor Chávez tiene unas credenciales que lo exoneran de toda respetabilidad civil y democrática, pues, el 4 de febrero de 1992, traicionó su uniforme y actuó con felonía intentando un golpe militar contra un gobierno constitucional y legítimo en el que decenas de oficiales y soldados venezolanos murieron defendiendo el Estado de Derecho. Levantarse contra un gobierno constitucional es el peor crimen que pueda cometer un militar y por eso el comandante Chávez fue juzgado, condenado y enviado a la cárcel. Que en lugar de pasarse allí muchos años fuera amnistiado por el presidente Rafael Caldera y luego premiado por una mayoría de venezolanos con la Presidencia de la República no lo absuelve, sólo muestra hasta qué punto estaba turbado ese electorado que se dejó seducir por los cantos de sirena de un demagogo y que está ahora lamentándose amargamente de su error.
Lo absurdo, lo delirante de lo ocurrido en Santiago de Chile es que el comandante Chávez eligiera, para descargar sus iras y convertir en blanco de su mojiganga tercermundista, a España, un país cuyo gobierno ha hecho esfuerzos denodados para llevarse en paz con él, e, incluso, echarle una mano internacionalmente cuando todo el Occidente democrático lo censuraba por sus atropellos a los derechos humanos y sus complicidades con las satrapías fundamentalistas.
¿Alguna otra enseñanza que sacar de todo esto? Que, como es evidente que a los tigres y a las hienas no se las aplaca con venias y sonrisas y echándoles corderos, conviene mucho más a un país democrático como España privilegiar en sus relaciones a países que representan la civilidad, la libertad, la legalidad, y con los que tiene la seguridad de una cooperación real y de largo plazo, que tratar por todos los medios de ganarse la amistad de quienes representan las antípodas de lo que, afortunadamente para los españoles, es hoy España. Ni la Cuba de Fidel Castro ni la Venezuela de Chávez merecen ser, hoy, los amigos dilectos del gobierno español, y sí, en cambio todos esos discretos y esforzados gobiernos que, en el resto del continente latinoamericano trabajan por sacar a sus pueblos de esa barbarie del subdesarrollo que representan no sólo los bajos índices de crecimiento y las vertiginosas desigualdades de ingreso, educación y oportunidades, sino, también, la demagogia y la matonería políticas encarnadas en Ortega y Chávez que las televisiones de todo el mundo pusieron en evidencia en la clausura de la Cumbre Iberoamericana.
Es posible que, al reaccionar como lo hizo, el Rey de España transgrediera el protocolo. ¡Pero qué alegría nos deparó a tantos latinoamericanos, a tantos millones de venezolanos! ¿La prueba? Que he escrito este artículo arrullado por los animados compases del flamante pasodoble que ahora entonan y bailan en todas las universidades venezolanas, que se titula “¿Por qué no te callas?” y cuya tonadilla y letra llueven sin tregua sobre mi computadora.

En memoria de Ernesto Zambrana

En memoria de Ernesto Zambrana
Por: Pedro Shimose

Si algo distinguía a este hombre era su fidelidad a Bolivia, reflejada en su amor insobornable a Santa Cruz, su tierra natal. Aficionado a la historia, dedicó su vida a coleccionar, restaurar y conservar todo aquello que tuviera que ver con la historia del pueblo cruceño. Vivía entre manuscritos, legajos, actas, edictos, resoluciones, manifiestos, cartas, gacetillas y mamotretos relacionados con la historia de Santa Cruz. Su curiosidad era inmensa; su tesón, inagotable; su erudición, pasmosa; su memoria, infalible; su optimismo, sorprendente. Sus sueños anularon sus expectativas y sus proyectos se vieron reducidos a un puñado de folletos, artículos de prensa y tres libros valiosos en su aparente insignificancia temática.
Ernesto Zambrana Cascales (Santa Cruz de la Sierra, 25/10/1953-ídem, 17/11/2007) murió en brazos de su esposa, doña Josefina Ribera, compañera leal en las soledosas horas de estudio y en la consabida lucha cotidiana por el masaco y la olla de locro. Abatido por una complicación pancreática, su muerte fulminante nos deja desolados y aturdidos porque, como dijera Quevedo, “el que muere no tiene más que morir; y el que vive tiene que morir más”.
Era una personalidad y, al mismo tiempo, un personaje. Una personalidad definida por su vocación de archivista y un personaje anacrónico por su acendrado patriotismo y su rectitud de espíritu, ajeno a estos tiempos cínicos de componendas y trapicheos. Era un hombre sincero, abierto y sin segundas intenciones. Algunos lo consideraban un ser mezquino porque dizque mezquinaba los libros de su biblioteca particular que muchos consideraban valiosa sin haberla tasado y, lo que es peor, sin haberla visto siquiera, pues Ernesto no la enseñaba a nadie. Otros lo consideraban caprichoso, pero todo era verborrea de suspicaces y envidiosos. “Libro prestado, libro perdido”, solía decir; por eso su biblioteca permaneció inaccesible al asedio de metiches y noveleros.
Hace siete años lo conocí en Madrid y, desde entonces, nos unió el interés por la historia y los libros. En cierta ocasión fui obsequiado con un ejemplar del libro Para ellas, del poeta y periodista beniano Fabián Vaca Chávez (edición cruceña de 1987, con prólogo de Roger de Barneville). En otra, me regaló tres fotografías de la Riberalta antigua, ésa que ya no existe más porque se fue con nuestra juventud, divino tesoro…
Ernesto era un conversador afable y divertido. Cosa linda era escucharle parlotear sobre las costumbres y las tradiciones populares cambas. Por eso hay que lamentar que no transmitiera por escrito todo el bagaje de su sabiduría. Al ser hombre de acción no se le daba muy bien escribir libros. Temperamental e inquieto, su energía lo arrastraba hacia la pesquisa de referencias documentales y el acopio de datos, tarea en la cual consumió su existencia.
Dejó publicados folletos y artículos registrados en periódicos y revistas. Su vocación, desde los ya lejanos días de la Universidad de Córdoba (Argentina), era la archivística. Cursó estudios de especialización en España, conocimientos que luego aplicó en Santa Cruz de la Sierra, la boliviana. Viajó por todo el oriente de Bolivia y ocupó puestos de relevancia social, cultural y cívica en instituciones de gran solera. Publicó tres libros. Uno, titulado Federación de Fraternidades Cruceñas. Un compromiso con Santa Cruz (2002). Otro, quizás el más importante, La historia a través de las calles de Santa Cruz de la Sierra (1992). Y un tercero, El Arenal en la vida cruceña (2003), escrito en colaboración con el joven músico, periodista y escritor Damián Vaca Céspedes. Vale la pena consultarlos.
Aunque publicó poco, este hombre que acaba de morir hizo mucho por su pueblo. Su labor de conservación, organización y enriquecimiento del Archivo Municipal de Santa Cruz, bastaría para honrar su nombre.
Madrid, 23/11/2007. (fuente.www.eldeber.com.bo)

El libro “nashonal”

El libro “nashonal”
Por: Guillermo Mariaca Iturri

Hace dos semanas estuve en la 26º Feria del Libro de Santiago de Chile presentando un libro mío. Al mismo tiempo, participé en el 75º Congreso de la sociedad de escritores y tuve la oportunidad de escuchar las presentaciones de editores chilenos y europeos que se quejaban del poco apoyo estatal. Casi al final de esa mesa no pude evitar, con una mezcla de vergüenza y amargura, decirles que compartía su preocupación, pero no su tono de bolero.
La Feria del Libro de Chile no tiene la dimensión de la de Buenos Aires o la de Guadalajara o de varias brasileñas, sospecho que ni siquiera la de Bogotá. Pero comparada con la nuestra es una enormidad en todos los sentidos. Es un verdadero evento cultural donde el aspecto comercial parece estar limitado al lugar que debe ocupar. Pero, sobre todo, ostenta su salud editorial. Además de la presencia de todas las editoriales multinacionales con su impactante efecto de globalización cultural que hacen de Chile un país con una identidad nacional de tipo tan europeo, están las 70 editoriales chilenas. Sí, 70; algunas, encima, chilenísimas. No como nosotros que tenemos 4 ó 5, sino 70. Y como varias de estas editoriales tienen catálogos francamente impresionantes, uno se queda avergonzado.
En 1993 el congreso chileno aprobó la ley de fomento del libro y la lectura que permitió la creación del Consejo Nacional del Libro y la Lectura. Este Consejo tiene como miembros a representantes de la sociedad civil, además de un fondo concursable que tiene por objetivos apoyar la edición de obras nacionales, la implementación de bibliotecas, el fomento del libro y la lectura, la capacitación y la exportación de libros. Nosotros ni ley tenemos. Entonces, claro, uno se queda amargado.
¿Por tanto, de qué se quejan? Primero de que el libro nacional sigue pagando impuestos como si fuera un objeto comercial cualquiera; esa queja cualquiera entiende. Segundo, del perfil “demasiado” comercial de la Feria del Libro. Eso también se entiende. Tercero, se quejan porque a pesar de ser chilenos, tienen todavía mucho de latinoamericanos, es decir, se quejan porque sí. Y ese es el momento en el que no pude evitar enojarme y reirme. Porque era como comer exquisiteces delante del miserable. No lloriqueen, sigan peleando; ustedes, comparados con nosotros, son un paraíso editorial.
Pero medio a escondidas, tenía una profunda vergüenza y mucha amargura. Cómo es posible que un país como el nuestro, con tanta riqueza cultural, sí, riqueza, no sólo diversidad, no sólo colonización, desprecie sus culturas con tanto sudor. Cómo es posible que ningún gobierno nacional o municipal fomente en serio la lectura y la creación y, más grave, que nuestra propia gente desprecie al libro. O que lean al carnaval o a los tejidos como relajo, como exotismo, como adorno, no como un valor increíblemente maravilloso y extraordinariamente desafiante. Cómo es posible que ignoremos y despreciemos con tanta persistencia a nuestra principal riqueza. Ya no era sólo vergüenza y amargura, era cosa. Esa sensación de hueco indescriptible.
Me miraron calladitos y dijeron que bueno, que sí, pero que esto y lo otro y lo de más allá, pero finalmente que sí. Que estaba bien nomás quejarse, pero que estaría mejor seguir peleando, seguir escribiendo, seguir publicando, seguir adorando a sus poetas y, por ahí, comenzar a leer en serio a los mapuches o a su carnaval del norte, la tirana, ese su carnaval tan andino. Nos levantamos todos con una sonrisa a media asta y el editor portugués que estaba en la mesa se acercó y me regaló el último número de su bellísima revista dedicada a América Latina. Mi sonrisa, entonces, se convirtió en rictus. Era demasiado.
(fuente: www.laprensa.com.bo)



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