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La muerte en la tradición oral y literaria boliviana
Por:Martín Zelaya Sánchez

Utilizar a la muerte como temática, pretexto o razón literaria es tratar de responder a una de las preguntas que desde siempre se ha hecho el hombre de cualquier cultura, época o creencia. La recurrencia de esta preocupación en las tradiciones orales y escritas de los pueblos y culturas, no sólo de Bolivia, sino de todo el mundo, refleja una de las encrucijadas continuas de la humanidad: la impotencia de no poder controlar nuestra propia existencia.
El literato Omar Rocha nos dice que “el arte funerario es conmemoración en el sentido de recordar, rememorar a través de ceremonias (fiestas), de acciones simbólicas ligadas a cumplir una función cultural de gran importancia: matar a la muerte”.
Es así que la muerte para la reflexión andina, según señala el sacerdote y antropólogo Xavier Albó, se entreteje en constante contrapunto de respeto, cariño y temor, junto con la seguridad de que está también preñada de vida futura, en lo que coincide con el cristianismo, con el que se hibridizó tras la conquista.
En ese sentido, para los aymaras, el largo camino de la existencia (thakhi) no acaba con la muerte, sino que encuentra en ésta un punto de inflexión en la senda a otra forma de vida superior. Lo importante en este contexto —comenta Albó— “es que el pueblo aymara cree que se puede mantener una constate relación con las almas que ya han transitado a ese espacio, ya sea en los sueños, o con la oración y los ritos”.
Concepciones
El antropólogo Edgar Arandia explica que “el sentido aristotélico de la esfera del hombre y la esfera de la naturaleza, ambas separadas, originó la pulsión entre dos concepciones de la vida-muerte entre la tradición judeo cristiana y la concepción indígena de la esfera única hombre/naturaleza”.
Desde la visión indígena boliviana, tanto andina como oriental, no se muere para siempre, siempre se apela a volver y las cosas que deja el difunto contienen pedazos de ese espíritu que acompañan a los que se quedan sobre la tierra. Están ligados a la naturaleza como una sola cosa
“De ahí que —agrega el también artista plástico— para las culturas andinas y amazónicas todo tenga su alma, su iya, en la cultura guaraní y sus formas de alma en las culturas andinas: jiska ajayu, o alma pequeña, la kamasa, el lugar donde mora el coraje y el jacha ajayu, el alma/mundo, el gran espíritu que rodea el mundo”.
Todo este imaginario se fue formando siglo tras siglo y subsistió en la filosofía de cada pueblo, transmitiéndose en leyendas, mitos y narraciones orales, ante la inexistencia de escritura en todas las culturas que se asentaron en suelo donde actualmente está la república de Bolivia.
Ante la muerte, dice la filóloga española Anabel Sáiz, se mantienen distintas posturas. “El cristianismo, por ejemplo, vino a ofrecer un consuelo con la vida después del fin terrenal. Así, el problema del sentido de la existencia humana llega a su grado máximo cuando el hombre se pregunta por su fin. El sentido de la vida varía, pues, de acuerdo con lo que éste piense de ésta ya que puede considerarla como un fin definitivo (“polvo somos”) o puede admitir algún tipo de inmortalidad anímica”.
Autores y obras
Durante la última década hay un interés creciente por entender las culturas bolivianas, no sólo desde la perspectiva académica, sino desde su trascendencia para la vida contemporánea y varios escritores y artistas han conseguido expresiones que pueden consolidar la personalidad de la literatura boliviana.
Arandia cita a René Bascopé Aspiazu, “un narrador por cuyos relatos paseaban las concepciones de la caducidad del cuerpo desde vertientes materialistas”; A Ramón Rocha Monrroy “que con una novela corta, El Run Run de la calavera, situada en el valle de Poconam adopta la mirada más festiva sobre la muerte; Jesús Urzagasti que tiene personajes y situaciones memorables en torno al deceso y la trasncendencia. “Asimismo, la poesía acoge el tema recurrentemente en: Jaime Saenz, Humberto Quino, René Roso, Marcelo Quiroga Santa Cruz, y otros”.
Séneca dice en su Espístola a Lucilio: “podemos sentir y conocer la pérdida de un hijo, la de la fortuna, etc. No podemos sentir nuestra propia muerte porque instantáneamente, en el mismo momento de ocurrir, ella nos hace insensibles a todo. Es absurdo el temor por lo que, cuando ocurra, no lo podremos ya sentir”.
[Fuente: www.laprensa.com.bo]



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