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Los poetas ven al oficio como una necesidad libre de su entorno
Por: Martín Zelaya Sánchez

El crítico literario estadounidense Harold Bloom dice que los poemas pueden ayudarnos a hablar más plena y claramente con nosotros mismos, y a oír esa conversación. La poetisa boliviana María Soledad Quiroga escribe poesía “porque necesito hacerlo, porque esa es la manera que tengo de expresarme, de ser yo misma; escribir un poema es intentar descifrar la realidad y descifrarse a uno mismo”.
¿Cuál es el sentido de hacer poesía en Bolivia, qué implicancias tiene y cuáles son las condiciones y retos del vate boliviano? Con estas interrogantes como eje, decenas de escritores convergieron hace unos días en el tercer Festival de Poesía al Aire Libre.
“El sentido de escribir poesía en Bolivia es el mismo que en cualquier otra parte, en tanto —dice Quiroga— responde a una necesidad personal. Yo no creo en eso del compromiso de la literatura, no creo que pueda ni deba ser vehículo de denuncia social, no creo en la instrumentalización de la literatura”. En ello la autora coincide con gran parte de los participantes de este encuentro
Benjamín Chávez, Premio Nacional de Poesía 2006, considera que “el sentido acá y en cualquier parte del mundo, es la manifestación de aspectos cognitivos, emocionales, estéticos, desde un modesto, pero propio punto de vista”.
Otros factores
Pero, ¿y los factores externos, la coyuntura, la idiosincrasia que intervienen, determinan e influyen en este oficio?
El pequeño universo de lectores y el reducido mercado editorial de la poesía es, a diferencia de otros géneros, común en Bolivia y en casi todas partes del mundo, por lo que, salvadas las diferencias en cuanto a tradición y volumen poblacional, la realidad internacional de los vates no dista mucho.
Silvio Mignano, escritor italiano, actual embajador de su país en Bolivia, señala que “en Italia y Europa, incluso más que en Bolivia y América Latina, el público de la poesía es reducido, pero esto, paradójicamente, puede dar un sentido de mayor libertad: sabes bien que cuando escribes poemas te estás dirigiendo a un grupo de lectores que te van a entender, que están comprometidos con la literatura, que esperan de ti una voz auténtica. No puedes fallar, suele ser un lector más exigente”.
“Es cierto que en Bolivia los lectores son muy pocos, especialmente los de poesía; podría decirse incluso que los únicos que leen poesía son los poetas. Estamos lejos de la situación de algunos autores chilenos, como Neruda, que fueron verdaderos fenómenos de masas, y muy lejos de casos como el de Medellín, donde se congregan multitudes a escuchar lecturas”, comenta Quiroga al respecto.
Aristas
El encuentro, que reunió a poetas reconocidos como Humberto Quino, Jorge Campero o Jaime Nisttahuz, y a autores emergentes como Osmar Filipovich, Pamela Romano o Montserrat Fernández, se dividió en cuatro mesas temáticas. Después de leer su producción, los participantes debatieron en cada una de ellas sobre los siguientes tópicos: la poesía emergente, la generación contestataria, el eje La Paz-Santa Cruz y la producción en el interior, y el Premio Nacional de Poesía Yolanda Bedregal.
En esta última mesa estuvo Chávez, quien considera que “todo concurso es un apoyo a la creación, pues al otorgar dinero se está pagando por un trabajo realizado. Pero el Yolanda Bedregal es además un concurso que contribuye a la circulación del libro, al publicarlo.
Así, también apoya a la industria editorial y al consumo (lector). En cuanto a la valoración de la obra literaria que todo concurso presupone, ésta no es ni puede ser infalible, pero sí atendible de validar o desechar”.
María Soledad Quiroga cierra este tópico. “En el caso de un Premio Nacional habría que ser más cuidadoso y tal vez premiar una trayectoria poética y no un libro. Se han dado algunos casos de premios inmerecidos, sobre todo porque las bases de los concursos obligan a otorgar los galardones anualmente, aunque el nivel de los concursantes no sea bueno, creo que habría que modificar esto para evitar que se vaya devaluando”.
Azar acrobático y malabarista
Pamela Romano (Estudiante de Literatura)
Llegar a la poesía desde un sentido escritural —creería— no es una elección; parecería, más bien, ser un azar y no por eso ser una faena improvisada —quizás malabarista, acrobática, pero siempre ejercitada a la mira cuidadosa de jugar sobre/ con un vacío. Escribir desde ahí (desde la conciencia de ese lugar sin lugar, al que se ha llegado quién sabe por qué) posibilita que considere la escritura poética como un oficio —como lo hago; que pueda rebatir y cuestionar siempre una voz confesional, ante la cual, pensaría, el poeta debiera alejarse como si fuera una enfermedad. Resumiendo, escribo para sentirme más incómoda: me gusta pensar que la poesía es el oficio de esa incomodidad, de saber que lo mejor sería dejar de escribir y sin embargo se sigue escribiendo. ¿Qué implicancia tiene todo esto en el contexto boliviano? Yo no sé. Creería que ninguna en un sentido práctico; quizás sólo plástico (que es lo que importa). Como premio nacional y desde una mirada optimista, el Premio Yolanda Bedregal tendría que generar algo así como un “canon” o referencia de la poesía boliviana actual. Parece esto imposible siendo que la calidad de las obras galardonadas es dispareja (en rigor, nunca se pensarán iguales las escrituras de Urioste y Chávez, por ejemplo. De ahí que el Premio de Poesía sea un lugar “dudoso” y, creería, le falten todavía años para ser entendido como un aporte eficaz al panorama poético.
La poesía es ancestral; el acto de escribirla, contemporáneo
Montserrat Fernández es una joven poetisa paceña que participó por primera vez en el festival en la mesa de jóvenes, o nuevos poetas. Cavila, en este espacio, brevemente, sobre los ejes del debate planteado
— ¿Por qué escribes poesía?
— Barthes dijo: “preguntarse por qué se escribe ya es un progreso respecto a la bendita inconsciencia de los “inspirados” pero es un progreso desesperado, no hay respuesta.”Escribir, pues, no tiene causas, más sí efectos. Particularmente, escribir poesía es decir el mundo por primera vez. No se confunda, pues, decir con descubrir, ya que uno simplemente es improbable y absoluto; el otro es dogmático. Pero, al final, escribir poesía es indudablemente un efecto… variable.
— ¿Cuál es el sentido de escribir poesía en Bolivia? ¿Implica algún compromiso, necesidad o razón? ¿Afecta el hecho de que sea muy pequeño el universo de lectores y el mercado editorial?
— En Bolivia la poesía es ancestral; sólo el acto de escribirla es contemporáneo. Por eso, nuestra poesía contiene una complejidad original, pues conforme se escribe —se busca la palabra para decir cómo sentimos un tiempo y un espacio— nos acercamos a la compresión de la tierra boliviana, de nuestro tiempo y nuestro espacio.
—Entonces, la palabra se presenta innecesaria, pues sólo queda contemplar la inmensidad del sonido, en silencio. Tal inmensidad—aquella que construye y reconstruye el significado— sea, tal vez, el sentido de escribir poesía en Bolivia. Queda, sin embargo, la posibilidad de que la poesía sea una moda, pues están aquellos que buscan la reciprocidad de la literatura: escribo, soy intelectual.
— ¿Qué opinas del Premio de Poesía Yolanda Bedregal? ¿Qué fines cumple y qué aporte da el catálogo de ganadores al panorama poético nacional?
— El premio de poesía Yolanda Bedregal se presenta como espacio único de incentivo para los jóvenes poetas. Su aporte no se reduce al descubrimiento de nuevos talentos, pues el reconocimiento proporciona al crítico literario la ampliación de su campo de estudio y, por tanto, la necesidad de la apertura.
El espléndido vicio del verso
Silvio Mignano (Escritor y diplomático italiano)

He nacido como poeta, luego me he convertido esencialmente en narrador. Sin embargo, nunca he dejado de sentir una atracción casi prepotente hacia los versos. Me doy cuenta que cuando escribo novelas tengo una mayor capacidad de esconderme, de jugar: los personajes, que finalmente son los que más me interesan, construyen una suerte de pantalla que me permite actuar y mezclar distintos aspectos de mi personalidad. En cambio, cuando escribo poemas me siento al desnudo, más auténtico, y posiblemente detrás del estímulo a seguir dedicándome a este género se encuentre justamente la necesidad de expresar mi propio ego.
En el tiempo que vivo en este país, he podido percibir que la poesía es un elemento fuerte dentro de la literatura y en general de la cultura boliviana. Es suficiente pensar en una voz poderosa como la de Franz Tamayo, pero también en Jaime Saenz, un gran poeta que escribió una extraordinaria novela, algo parecido a José Lezama Lima en Cuba. En el panorama actual, sigue viéndose un profundo compromiso de los autores bolivianos hacia la poesía: Benjamín Chávez, por ejemplo, es una voz madura, conciente y completa, un poeta ya de nivel internacional. Otro caso es Rodolfo Ortiz, un experimentador genial, con una intensidad que muy pocas veces he visto, incluso en otros países. Hay un gran movimiento juvenil, hay revistas especializadas, como la Mariposa Mundial, y en fin, un humus muy favorable a la cultivación de ese esplendido vicio que es el verso.
(Fuente: www.laprensa.com.bo)



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