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Edmundo Paz Soldán en Chile



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Reverbero sobre Palacio Quemado
Por: Bartolomé Leal

La novela Palacio Quemado de Edmundo Paz Soldán se presentó el 4 de noviembre en la jornada de cierre de la 27a Feria Internacional del Libro de Santiago. El evento se abrió con una pobre introducción a cargo de un crítico de la farándula literaria chilena, quien en lugar de aludir al autor y a su obra, se permitió un balbuceo superficial sobre política boliviana; lo cual no impidió a Edmundo desplegar su agudeza de profesor universitario y escritor consagrado. Se metió pues en la onda y explicó algo del complicado contexto político durante el período que cubre Palacio Quemado, brindando al público una visión a menudo sarcástica sobre las turbulencias sociales y étnicas que quiso retratar en el libro, donde mezcla personajes históricos conocidos con otros ficticios.
Pero yo quedé reverberando acerca de dónde radicaba lo esencial, lo profundo, lo original de la novela de Edmundo Paz Soldán. Pues no se trata de un texto de historia ni tampoco de una novela histórica, ese subgénero a menudo espurio y, en ocasiones, infame. La lectura posterior de Palacio Quemado me mostró cosas totalmente diferentes, que deseo expresar a continuación, aunque no garantizo la coherencia de lo que sigue.
Para mí, que me gano la vida como plumario a sueldo, produciendo, editando o sintetizando textos acerca de la realidad socioeconómica de América Latina, siempre me ha inquietado el destino final de aquellos escritos (que deben corresponder a tres cuartas partes de lo que escribo)… Algunos permanecen por un tiempo en las bibliotecas o en las estanterías de otros burócratas, a menudo son descartados y ulteriormente reciclados y, a veces, aunque raramente, logran ganarse un espacio en las librerías de segunda mano o los mercados de las pulgas. Nadie busca leer ese tipo de escritos, son aburridos para unos, periclitados por naturaleza para otros, letra muerta, papel con tinta. En esta categoría caben los informes especializados, los proyectos de ley, los decretos, las cartas abiertas, los testamentos, los obituarios y, en forma destacada, los discursos.
Es precisamente la vida de uno de estos escribidores mercenarios y anónimos, aunque consciente de su abyección literaria, el que recrea Edmundo. Uno de esos personajes oscuros, no exentos de ambición, serviles, maestros del oportunismo, que deambulan por los corredores del poder, aprovechando la que constituye quizá su única ventaja comparativa: el dominio de la técnica de enganchar sujeto y predicado. El protagonista de Palacio Quemado no desconoce las miserias de su oficio de autor de discursos, y sabe que se ha convertido en un traidor integral, en un bufón al mejor postor. Vive en el infierno de la neutralidad. Se involucra fríamente en la corrupción. Se trata del ventrílocuo como una suerte de Prometeo en clave oral. Y eso no tiene nada que ver con la historia. La sede de gobierno, la política boliviana, los movimientos sociales, las intrigas y escándalos, no son sino un decorado. El tema significativo es la identidad, tan lejana y tan cercana. Por mucho que el personaje busque nuestra solidaridad, se preocupe de tópicos fuertes como el suicidio de su hermano, el hijo de quien se hace cargo o la distancia frente al padre, no logra concertar simpatía. Sus devaneos provocan una cierta sensación de repugnancia. Y eso me parece un contenido central en la novela.
Pero hay otro tema, no menos viscoso. Me refiero a la problemática del ego. Lo he comprobado personalmente. Hay gente a la cual no le disgusta emerger como personaje de una obra de ficción (o como base de un personaje), pero siempre que la imagen que se entrega de ellos sea la adecuada, o que sea coherente con la visión que cada cual tiene de sí mismo y de sus méritos de cualquier laya (intelectuales, genéticos, morales o físicos). Ese ego o visión íntima que cada quien construye sobre sí, es materia de grandes penurias. Es difícil de mantener. El temor al ridículo, a que otros vean una imagen que no corresponde a los deseos (o ilusiones) más íntimas, el odio a las tergiversaciones o ajustes de cuenta, el destape de hechos vergonzosos, provocan reacciones en ocasiones tremebundas. Muchos políticos bolivianos, por ejemplo, transcritos en Palacio Quemado, deben haber quedado profundamente ofendidos por la forma en que ellos han creído verse retratados en esos nombres en clave. Tal vez eso explique ciertas reacciones.
Lo anterior me parece que suena, además, acorde con la mirada olímpica del escritor de oficio (en genérico), del poder de su palabra, de su nombre y su prestigio, en suma, de su impunidad para fustigar a la dupla persona/personaje. La novela se sitúa en esa posición, la del demiurgo, que se considera con licencia para distorsionar, calificar o vituperar a los políticos de su país, reales o imaginarios; qué importa, son todos títeres creados por mi imaginación y mi memoria. Sin perdonar, en tal degüello, a las esposas eternas, las amantes oficiales/clandestinas, o las putas de categoría. El escribidor está convencido que él dirige los hilos de la historia, el que a través de los discursos dirige las movidas estratégicas de esos políticos convertidos en sus monigotes. Pero eso es una fantasía. Los políticos son unos tiburones ávidos que saben bien lo que quieren, las palabras son sólo un medio. Ellos están continuamente devorando a sus edecanes y amanuenses, sin que éstos siquiera se percaten.
Pero el escribidor sueña: yo, escritor, seguiré allí, en mis textos, ustedes serán una broma de la historia. Da lo mismo pues que, en lugar del origen patricio que ustedes vocean, en lugar de la descendencia del conquistador que los enorgullece, los haga vástagos de la más media clase media, o la más mestiza clase baja; en lugar de la imagen de demócratas que se ustedes construyeron, los desnude como los dictadores que nunca dejaron de ser; en lugar de los magos de la palabra que presumían ser, los escalpe como unos verborreicos vacuos. Da lo mismo, dan lo mismo. Yo escritor, los veo así y aspiro a que mis lectores los vean también así. Sin máscaras…
¡Qué humillación! Los grandes y pequeños prohombres cultivan una lectura idealizada de ellos mismos, tanto en el gran ámbito de la política como en el pequeño de la empresa o la familia. Con razón la respuesta es una justa ira. ¡Todo el trabajo de una vida para crearme una imagen, y viene este novelista y me desviste ante el mundo! La historia tal vez pierde. Pero, pero, en el caso de Palacio Quemado, creo que la literatura gana. Es lo único que perdura. Nadie recordará esos discursos tan plenos de buenas intenciones, tan retóricos y mentirosos, como que fueron escritos por otros, unos amanuenses tarifados que ni siquiera merecen un nombre. En el infierno del ridículo, descrito en Palacio Quemado, se juntan el político y el autor de sus discursos. Algún día, por supuesto, llenarán los libros de historia –escritos por los vencedores–, mas en alguna parte, en una novela, quedó estampada su intrínseca deshonra. ¡A quemar Palacio Quemado!
Un último reverbero. Se sugiere en Palacio Quemado la fuerza de un factor poco analizado aunque, con el correr de los años, empieza a hacerse patente para algunos. Me refiero al poder del azar en la historia, de cómo ciertos acontecimientos ocurren de una determinada manera y condicionan el desarrollo del futuro. Si hubieran mediado otros factores, tal vez la historia habría sido diferente. El poder se construye sobre tales azares, ¿por qué enorgullecerse de haberlo conseguido o lamentarse de haberlo perdido?
(Fuente: www.ecdotica.com)



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