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El libro “nashonal”



El libro “nashonal”
Por: Guillermo Mariaca Iturri

Hace dos semanas estuve en la 26º Feria del Libro de Santiago de Chile presentando un libro mío. Al mismo tiempo, participé en el 75º Congreso de la sociedad de escritores y tuve la oportunidad de escuchar las presentaciones de editores chilenos y europeos que se quejaban del poco apoyo estatal. Casi al final de esa mesa no pude evitar, con una mezcla de vergüenza y amargura, decirles que compartía su preocupación, pero no su tono de bolero.
La Feria del Libro de Chile no tiene la dimensión de la de Buenos Aires o la de Guadalajara o de varias brasileñas, sospecho que ni siquiera la de Bogotá. Pero comparada con la nuestra es una enormidad en todos los sentidos. Es un verdadero evento cultural donde el aspecto comercial parece estar limitado al lugar que debe ocupar. Pero, sobre todo, ostenta su salud editorial. Además de la presencia de todas las editoriales multinacionales con su impactante efecto de globalización cultural que hacen de Chile un país con una identidad nacional de tipo tan europeo, están las 70 editoriales chilenas. Sí, 70; algunas, encima, chilenísimas. No como nosotros que tenemos 4 ó 5, sino 70. Y como varias de estas editoriales tienen catálogos francamente impresionantes, uno se queda avergonzado.
En 1993 el congreso chileno aprobó la ley de fomento del libro y la lectura que permitió la creación del Consejo Nacional del Libro y la Lectura. Este Consejo tiene como miembros a representantes de la sociedad civil, además de un fondo concursable que tiene por objetivos apoyar la edición de obras nacionales, la implementación de bibliotecas, el fomento del libro y la lectura, la capacitación y la exportación de libros. Nosotros ni ley tenemos. Entonces, claro, uno se queda amargado.
¿Por tanto, de qué se quejan? Primero de que el libro nacional sigue pagando impuestos como si fuera un objeto comercial cualquiera; esa queja cualquiera entiende. Segundo, del perfil “demasiado” comercial de la Feria del Libro. Eso también se entiende. Tercero, se quejan porque a pesar de ser chilenos, tienen todavía mucho de latinoamericanos, es decir, se quejan porque sí. Y ese es el momento en el que no pude evitar enojarme y reirme. Porque era como comer exquisiteces delante del miserable. No lloriqueen, sigan peleando; ustedes, comparados con nosotros, son un paraíso editorial.
Pero medio a escondidas, tenía una profunda vergüenza y mucha amargura. Cómo es posible que un país como el nuestro, con tanta riqueza cultural, sí, riqueza, no sólo diversidad, no sólo colonización, desprecie sus culturas con tanto sudor. Cómo es posible que ningún gobierno nacional o municipal fomente en serio la lectura y la creación y, más grave, que nuestra propia gente desprecie al libro. O que lean al carnaval o a los tejidos como relajo, como exotismo, como adorno, no como un valor increíblemente maravilloso y extraordinariamente desafiante. Cómo es posible que ignoremos y despreciemos con tanta persistencia a nuestra principal riqueza. Ya no era sólo vergüenza y amargura, era cosa. Esa sensación de hueco indescriptible.
Me miraron calladitos y dijeron que bueno, que sí, pero que esto y lo otro y lo de más allá, pero finalmente que sí. Que estaba bien nomás quejarse, pero que estaría mejor seguir peleando, seguir escribiendo, seguir publicando, seguir adorando a sus poetas y, por ahí, comenzar a leer en serio a los mapuches o a su carnaval del norte, la tirana, ese su carnaval tan andino. Nos levantamos todos con una sonrisa a media asta y el editor portugués que estaba en la mesa se acercó y me regaló el último número de su bellísima revista dedicada a América Latina. Mi sonrisa, entonces, se convirtió en rictus. Era demasiado.
(fuente: www.laprensa.com.bo)



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