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En memoria de Ernesto Zambrana



En memoria de Ernesto Zambrana
Por: Pedro Shimose

Si algo distinguía a este hombre era su fidelidad a Bolivia, reflejada en su amor insobornable a Santa Cruz, su tierra natal. Aficionado a la historia, dedicó su vida a coleccionar, restaurar y conservar todo aquello que tuviera que ver con la historia del pueblo cruceño. Vivía entre manuscritos, legajos, actas, edictos, resoluciones, manifiestos, cartas, gacetillas y mamotretos relacionados con la historia de Santa Cruz. Su curiosidad era inmensa; su tesón, inagotable; su erudición, pasmosa; su memoria, infalible; su optimismo, sorprendente. Sus sueños anularon sus expectativas y sus proyectos se vieron reducidos a un puñado de folletos, artículos de prensa y tres libros valiosos en su aparente insignificancia temática.
Ernesto Zambrana Cascales (Santa Cruz de la Sierra, 25/10/1953-ídem, 17/11/2007) murió en brazos de su esposa, doña Josefina Ribera, compañera leal en las soledosas horas de estudio y en la consabida lucha cotidiana por el masaco y la olla de locro. Abatido por una complicación pancreática, su muerte fulminante nos deja desolados y aturdidos porque, como dijera Quevedo, “el que muere no tiene más que morir; y el que vive tiene que morir más”.
Era una personalidad y, al mismo tiempo, un personaje. Una personalidad definida por su vocación de archivista y un personaje anacrónico por su acendrado patriotismo y su rectitud de espíritu, ajeno a estos tiempos cínicos de componendas y trapicheos. Era un hombre sincero, abierto y sin segundas intenciones. Algunos lo consideraban un ser mezquino porque dizque mezquinaba los libros de su biblioteca particular que muchos consideraban valiosa sin haberla tasado y, lo que es peor, sin haberla visto siquiera, pues Ernesto no la enseñaba a nadie. Otros lo consideraban caprichoso, pero todo era verborrea de suspicaces y envidiosos. “Libro prestado, libro perdido”, solía decir; por eso su biblioteca permaneció inaccesible al asedio de metiches y noveleros.
Hace siete años lo conocí en Madrid y, desde entonces, nos unió el interés por la historia y los libros. En cierta ocasión fui obsequiado con un ejemplar del libro Para ellas, del poeta y periodista beniano Fabián Vaca Chávez (edición cruceña de 1987, con prólogo de Roger de Barneville). En otra, me regaló tres fotografías de la Riberalta antigua, ésa que ya no existe más porque se fue con nuestra juventud, divino tesoro…
Ernesto era un conversador afable y divertido. Cosa linda era escucharle parlotear sobre las costumbres y las tradiciones populares cambas. Por eso hay que lamentar que no transmitiera por escrito todo el bagaje de su sabiduría. Al ser hombre de acción no se le daba muy bien escribir libros. Temperamental e inquieto, su energía lo arrastraba hacia la pesquisa de referencias documentales y el acopio de datos, tarea en la cual consumió su existencia.
Dejó publicados folletos y artículos registrados en periódicos y revistas. Su vocación, desde los ya lejanos días de la Universidad de Córdoba (Argentina), era la archivística. Cursó estudios de especialización en España, conocimientos que luego aplicó en Santa Cruz de la Sierra, la boliviana. Viajó por todo el oriente de Bolivia y ocupó puestos de relevancia social, cultural y cívica en instituciones de gran solera. Publicó tres libros. Uno, titulado Federación de Fraternidades Cruceñas. Un compromiso con Santa Cruz (2002). Otro, quizás el más importante, La historia a través de las calles de Santa Cruz de la Sierra (1992). Y un tercero, El Arenal en la vida cruceña (2003), escrito en colaboración con el joven músico, periodista y escritor Damián Vaca Céspedes. Vale la pena consultarlos.
Aunque publicó poco, este hombre que acaba de morir hizo mucho por su pueblo. Su labor de conservación, organización y enriquecimiento del Archivo Municipal de Santa Cruz, bastaría para honrar su nombre.
Madrid, 23/11/2007. (fuente.www.eldeber.com.bo)



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