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Los lugares comúnes



Los lugares comúnes
Por: Pedro Shimose

En 1871, Gustave Flaubert le escribe a George Sand: “¿Se habrá terminado con la metafísica profunda y los lugares comunes? Todo el mal proviene de nuestra gigantesca ignorancia”. Guiado por el propósito de combatir el tópico escribió apuntes destinados a un Diccionario de los lugares comunes, que debía llevar por subtítulo Encyclopédie de la bêtise humaine, es decir, Enciclopedia de la tontería humana.
No llegó a culminar su empresa, dejando sólo unas 40 hojas clasificadas por orden alfabético bajo el título de Dictionnaire des idées reçues (Diccionario de los lugares comunes), publicado en 1911 como apéndice de ese extraño libro –¿novela?– llamado ‘Bouvard et Pécuchet’.
En 1961 se hallaron nuevos manuscritos suyos. Añadidos a los ya publicados, constituyen el famoso diccionario de Flaubert; éste, con Léon Bloy (Exégèse des Lieux Communs/ Exégesis de los lugares comunes, 1902-1913) y Ambrose Bierce (The Cynic’s Work Book, 1906, titulado después The Enlarged Devil’s Dictionary/ El diccionario del diablo, 1911), se dedican a poner en solfa una sarta de frases hechas que atestiguan la estupidez general de los seres humanos.
El lugar común –el estereotipo, el cliché, el tópico, la frase hecha– es, según el diccionario Moliner, la idea vulgar muy repetida. Es, como diría Flaubert, todo lo que se dice y acepta sin discusión, o sea, un gran peligro para la inteligencia y uno de los mayores enemigos del escritor. El periodista, escritor al fin y al cabo, registrador de lo efímero, con suficiente poder para influir en lectores desprevenidos, suele ser, con frecuencia, agente contaminador y propagador del lugar común.
Movido por las prisas del oficio, el periodista echa mano, irreflexivamente, del lugar común. Tal cosa le sucede, por ejemplo, al periodista de las agencias de noticias europeas, cuando define a Bolivia como ‘país andino’, ignorando a la Bolivia no andina, es decir, a más de la mitad del territorio nacional.
O cuando escribe: “Bolivia, país de indios”, ignorando que el 75% de la población boliviana no es indígena, sino un conjunto abigarrado de mestizos, criollos y residentes nacidos en Europa, en Oriente Medio, en Asia y en América, muchos de los cuales son bolivianos de adopción. A pesar de esta evidencia, en Europa se sigue afirmando que Bolivia es “un país de indios”, terrible error sostenido, además, por muchas agencias de noticias que repiten este nocivo lugar común.
Un excelente periodista boliviano acaba de escribir un artículo sobre las pasarelas de moda en Asia y ha caído en la trampa de los lugares comunes. Dice: “…las telas y diseños llegados desde China, Japón, Tailandia y Corea, entre otros países del continente amarillo…” (EL DEBER, 21/10/07). ¿Continente amarillo? Si se refiere a Asia, el periodista no tuvo en cuenta que la India y los países malayos nada tienen que ver con el color amarillo atribuido a Asia.
Rimbaud escribió un soneto dedicado a las vocales: “A noir, E blanc, I rouge, U vert, O bleu: voyelles…”, olvidándosele mencionar el color amarillo que ahora reivindica el periodista boliviano. Después de la fiebre amarilla, la gente suele (o solía) referirse al peligro amarillo (China) y a los monos amarillos (los japoneses). A ese catálogo de estupideces, me permito añadir unas referencias cultas relacionadas con el color amarillo: la rosa amarilla de Giambattista Marino, los cristales amarillos de Juan Ramón Jiménez, la lluvia amarilla de Julio Llamazares y el submarino amarillo de Los Beatles, a bordo del cual mi juventud se sumergió en las aguas musicales del humor hippy en ritmo pop. Hay, por cierto, otros lugares comunes que deberían ser extirpados de nuestro lenguaje corriente, pero hoy no puedo explayarme porque no voy sobrado de espacio.
(Fuente: www.eldeber.com.bo. // Madrid, 30/11/2007.)



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