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Edmundo Paz Soldán en Chile

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Reverbero sobre Palacio Quemado
Por: Bartolomé Leal

La novela Palacio Quemado de Edmundo Paz Soldán se presentó el 4 de noviembre en la jornada de cierre de la 27a Feria Internacional del Libro de Santiago. El evento se abrió con una pobre introducción a cargo de un crítico de la farándula literaria chilena, quien en lugar de aludir al autor y a su obra, se permitió un balbuceo superficial sobre política boliviana; lo cual no impidió a Edmundo desplegar su agudeza de profesor universitario y escritor consagrado. Se metió pues en la onda y explicó algo del complicado contexto político durante el período que cubre Palacio Quemado, brindando al público una visión a menudo sarcástica sobre las turbulencias sociales y étnicas que quiso retratar en el libro, donde mezcla personajes históricos conocidos con otros ficticios.
Pero yo quedé reverberando acerca de dónde radicaba lo esencial, lo profundo, lo original de la novela de Edmundo Paz Soldán. Pues no se trata de un texto de historia ni tampoco de una novela histórica, ese subgénero a menudo espurio y, en ocasiones, infame. La lectura posterior de Palacio Quemado me mostró cosas totalmente diferentes, que deseo expresar a continuación, aunque no garantizo la coherencia de lo que sigue.
Para mí, que me gano la vida como plumario a sueldo, produciendo, editando o sintetizando textos acerca de la realidad socioeconómica de América Latina, siempre me ha inquietado el destino final de aquellos escritos (que deben corresponder a tres cuartas partes de lo que escribo)… Algunos permanecen por un tiempo en las bibliotecas o en las estanterías de otros burócratas, a menudo son descartados y ulteriormente reciclados y, a veces, aunque raramente, logran ganarse un espacio en las librerías de segunda mano o los mercados de las pulgas. Nadie busca leer ese tipo de escritos, son aburridos para unos, periclitados por naturaleza para otros, letra muerta, papel con tinta. En esta categoría caben los informes especializados, los proyectos de ley, los decretos, las cartas abiertas, los testamentos, los obituarios y, en forma destacada, los discursos.
Es precisamente la vida de uno de estos escribidores mercenarios y anónimos, aunque consciente de su abyección literaria, el que recrea Edmundo. Uno de esos personajes oscuros, no exentos de ambición, serviles, maestros del oportunismo, que deambulan por los corredores del poder, aprovechando la que constituye quizá su única ventaja comparativa: el dominio de la técnica de enganchar sujeto y predicado. El protagonista de Palacio Quemado no desconoce las miserias de su oficio de autor de discursos, y sabe que se ha convertido en un traidor integral, en un bufón al mejor postor. Vive en el infierno de la neutralidad. Se involucra fríamente en la corrupción. Se trata del ventrílocuo como una suerte de Prometeo en clave oral. Y eso no tiene nada que ver con la historia. La sede de gobierno, la política boliviana, los movimientos sociales, las intrigas y escándalos, no son sino un decorado. El tema significativo es la identidad, tan lejana y tan cercana. Por mucho que el personaje busque nuestra solidaridad, se preocupe de tópicos fuertes como el suicidio de su hermano, el hijo de quien se hace cargo o la distancia frente al padre, no logra concertar simpatía. Sus devaneos provocan una cierta sensación de repugnancia. Y eso me parece un contenido central en la novela.
Pero hay otro tema, no menos viscoso. Me refiero a la problemática del ego. Lo he comprobado personalmente. Hay gente a la cual no le disgusta emerger como personaje de una obra de ficción (o como base de un personaje), pero siempre que la imagen que se entrega de ellos sea la adecuada, o que sea coherente con la visión que cada cual tiene de sí mismo y de sus méritos de cualquier laya (intelectuales, genéticos, morales o físicos). Ese ego o visión íntima que cada quien construye sobre sí, es materia de grandes penurias. Es difícil de mantener. El temor al ridículo, a que otros vean una imagen que no corresponde a los deseos (o ilusiones) más íntimas, el odio a las tergiversaciones o ajustes de cuenta, el destape de hechos vergonzosos, provocan reacciones en ocasiones tremebundas. Muchos políticos bolivianos, por ejemplo, transcritos en Palacio Quemado, deben haber quedado profundamente ofendidos por la forma en que ellos han creído verse retratados en esos nombres en clave. Tal vez eso explique ciertas reacciones.
Lo anterior me parece que suena, además, acorde con la mirada olímpica del escritor de oficio (en genérico), del poder de su palabra, de su nombre y su prestigio, en suma, de su impunidad para fustigar a la dupla persona/personaje. La novela se sitúa en esa posición, la del demiurgo, que se considera con licencia para distorsionar, calificar o vituperar a los políticos de su país, reales o imaginarios; qué importa, son todos títeres creados por mi imaginación y mi memoria. Sin perdonar, en tal degüello, a las esposas eternas, las amantes oficiales/clandestinas, o las putas de categoría. El escribidor está convencido que él dirige los hilos de la historia, el que a través de los discursos dirige las movidas estratégicas de esos políticos convertidos en sus monigotes. Pero eso es una fantasía. Los políticos son unos tiburones ávidos que saben bien lo que quieren, las palabras son sólo un medio. Ellos están continuamente devorando a sus edecanes y amanuenses, sin que éstos siquiera se percaten.
Pero el escribidor sueña: yo, escritor, seguiré allí, en mis textos, ustedes serán una broma de la historia. Da lo mismo pues que, en lugar del origen patricio que ustedes vocean, en lugar de la descendencia del conquistador que los enorgullece, los haga vástagos de la más media clase media, o la más mestiza clase baja; en lugar de la imagen de demócratas que se ustedes construyeron, los desnude como los dictadores que nunca dejaron de ser; en lugar de los magos de la palabra que presumían ser, los escalpe como unos verborreicos vacuos. Da lo mismo, dan lo mismo. Yo escritor, los veo así y aspiro a que mis lectores los vean también así. Sin máscaras…
¡Qué humillación! Los grandes y pequeños prohombres cultivan una lectura idealizada de ellos mismos, tanto en el gran ámbito de la política como en el pequeño de la empresa o la familia. Con razón la respuesta es una justa ira. ¡Todo el trabajo de una vida para crearme una imagen, y viene este novelista y me desviste ante el mundo! La historia tal vez pierde. Pero, pero, en el caso de Palacio Quemado, creo que la literatura gana. Es lo único que perdura. Nadie recordará esos discursos tan plenos de buenas intenciones, tan retóricos y mentirosos, como que fueron escritos por otros, unos amanuenses tarifados que ni siquiera merecen un nombre. En el infierno del ridículo, descrito en Palacio Quemado, se juntan el político y el autor de sus discursos. Algún día, por supuesto, llenarán los libros de historia –escritos por los vencedores–, mas en alguna parte, en una novela, quedó estampada su intrínseca deshonra. ¡A quemar Palacio Quemado!
Un último reverbero. Se sugiere en Palacio Quemado la fuerza de un factor poco analizado aunque, con el correr de los años, empieza a hacerse patente para algunos. Me refiero al poder del azar en la historia, de cómo ciertos acontecimientos ocurren de una determinada manera y condicionan el desarrollo del futuro. Si hubieran mediado otros factores, tal vez la historia habría sido diferente. El poder se construye sobre tales azares, ¿por qué enorgullecerse de haberlo conseguido o lamentarse de haberlo perdido?
(Fuente: www.ecdotica.com)


Noticias: nueva sección en ecdotica

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El Cuento del Mes
Esta nueva sección que www.ecdotica.com ha comenzado a ofrecer a sus lectores y lectoras, no tiene otro propósito que poner a disposición, en forma directa y amigable, versiones electrónicas de relatos cortos significativos en la historia del género…Procuramos dar o conocer (o reconocer) autores relativamente poco apreciados, o al menos no pertenecientes al reducido grupo de los grandes consagrados del género narrativo breve, aquéllos que asoman en todas las antologías. Aunque respecto a estos últimos, ofrecemos cuentos menos conocidos, o recientemente descubiertos. Cuando hace falta, traducimos textos no disponibles en castellano.Una breve biografía intenta situar a los autores para conocimiento del lector, lectora; tanto en la época que los vio vivir, como en unos pocos detalles de sus vidas que nos parecen relevantes… y que los hacen inmortales. La idea es que ustedes, lectores y lectoras, quieran ir por más, buscar nueva información y otros cuentos, que la red virtual es un piélago lleno de sorpresas y aventuras, un espacio de libertad inédito en la historia de la humanidad, y a ello queremos contribuir desde www.ecdotica.com.
Los cuentos están en formato PDF y si no tienen el lector, tienen que descargarlo de la sección descargas, ya sea el Adobe Acrobat o el Foxit Reader . Que disfruten pues nuestro Cuento del Mes.
(www.ecdotica.com)


Entrevista

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El sabor nuestro de cada día
Por: Michel Zelada Cabrera

Uno de los pocos, o quizá el único cultor en Bolivia de la crónica gastronómica, el escritor Ramón Rocha Monroy, cuenta detalles del singular género y sobre sus aficiones en cuanto a comidas se refiere
Dice Ramón Rocha Monroy que la cama y la mesa son los mejores inventos de la civilización. Porque los dos objetos están destinados al disfrute, al placer. Sin embargo no basta tener al alcance los accesorios, para disfrutarlos hay que estar desprovisto de toda acidez. Y la única condición para bloquear la acidez, según el autor de el El run run de la calavera, es mantener el buen humor.
Así como las placenteras actividades de la cama y la mesa requieren de buen humor y ph alcalino, el arte de escribir sobre cocina, comida y temas afines también requiere de una ausencia total de acidez.
Y es con ese espíritu festivo que Rocha Monroy ha emprendido la escritura de una y mil crónicas gastronómicas desde hace varios años. Crónicas en principio dispersas en diversos periódicos, semanarios y suplementos culturales, pero ahora reunidos en dos libros publicados por la editorial El País. El primero es Crítica de la sazón pura y el segundo titulado Todos los cominos conducen aroma.
Con estas publicaciones, el laureado con el Premio Nacional de Novela ingresa como digno y único representante boliviano a la galería de los cultores de la crónica gastronómica
“El único requisito para lograr una buena crónica gastronómica es también el buen humor. Las tensiones hacen que el organismo segregue ácido clorhídrico en exceso y cause las irritaciones estomacales y las úlceras, y así no se escribe”, confesó el escritor.
Pero es necesario aclarar que Rocha Monroy, el Ojo de Vidrio, con sus crónicas gastronómicas procura transferir una metáfora de las sensaciones del gusto, es decir no es el transcriptor de recetas ni secretos de cocina, sino que procura describir en palabras lo que se siente al saborear los mejores manjares de la cocina.
Además de los anteriores libros citados, Rocha Monroy tiene también un tercero en preparación que llevará por título Comer en ayunas hace daño.
Novelista, cuentista, narrador oral, ex viceministro, actual funcionario de la UMSS, bloguero, guionista y lector, el polifacético Ramón Roca Monroy cuenta de su experiencia en esta incursión literaria cómo es la crónica gastronómica.
- Además de un apetecible plato de comida, claro. ¿Con qué otras fuentes literarias nutre esta vocación de cronista del buen comer?
- Es posible que sea el único cultor en Bolivia de un arte mayor que tiene cultores extraordinarios como Javier Domingo en España; Raúl Vargas en Perú y Abel Gonzales en Argentina, entre muchos otros.
Jean-François Revel es uno de los primeros que me ha iluminado sobre las dos grandes tendencias de la cocina: la tradicional y la de búsqueda, de aventura.
Actualmente mis lecturas se han diversificado con la lectura de un filósofo del vientre, como es Michel Onfray, quien tiene más libros publicados que años (tiene 60 libros y 50 años). Él se inspira sobre todo en la filosofía de Nietzsche al postular una ética del disfrute, del cuerpo y no del espíritu o de alma.
- ¿En qué medida el quehacer gastronómico local y nacional, ayudan a nutrir la crónica gastronómica?
- En gran medida. Es más, esas son mis fuentes principales. Probablemente esto de la crónica gastronómica no hubiera prosperado sin la abundante oferta gastronómica que existe en Cochabamba.
Mi primera experiencia ha sido precisamente aquí, cuando tenía un suplemento denominado Viernes de Soltero, allí escribí mis primeras crónicas que no han sido recogidas en los libros.
- ¿Qué piensa de la cocina boliviana?
- Creo que nuestra oferta tradicional es fundamentalmente tradicional. Pienso que la verdadera potencia está en nuestra cocina del sur. De las viejas capitales de la audiencia de Charcas y sus alrededores.
Es en esa zona dónde se ha conservado el culto mayor por el ají, por la alquimia del ají. Sin embargo en Bolivia cada región tiene su propio gusto y sus propias texturas.
Solo hay que mencionar la gran cantidad de salteñas, no hay una que se parezca a la otra. Sin embargo en cuanto a la cocina andina hay muchas sorpresas como la que propone Rita del Solar, una gran cultora de la cocina “novoandina”.
Ésta es una cocina de búsqueda que se basa en ingredientes prehispánicos. Los resultados son sorprendentes. Gran parte de las comidas está en base a quinua, ají, chuño, tunta y toda la variedad de productos andinos que ya conocían los collas y los incas.
- ¿Cuál es el límite entre lo que escribe como experiencia directa con la comida por un lado, y por otro como resultado de una asimilación literaria sobre el tema?
- Yo escribo sobre sabores deliciosos porque como muy mal. Escribo de nostalgia porque he tenido una época en la que comía muy bien, pero ahora con la crisis ya no puedo disfrutar de los sabores que se han quedado en mi paladar como recuerdos de un tiempo heroico. Entonces necesariamente es un producto literario.
- ¿Y en cuanto a la creación de literatura gastronómica, además de las crónicas qué otros trabajos ha emprendido o piensa realizar?
- Precisamente ahora estoy preparando un estudio sobre la Historia de la Empanada en América Latina, y hasta donde he podido abarcar tenemos por lo menos tres propuestas interesantes que son la llauch”a, la salteña y la pukakapa. Ahora mis sesudas investigaciones están enfocadas en esos tres magnos y metafísicos temas.
- En una de sus crónicas menciona que la chhanqa de conejo es la “enseña patria de la gastronomía cochabambina”, ¿por qué?
- Porque es un plato seductor que y debe ser el más antiguo y minuciosamente prehispánico.
Toda a variedad de picantes son versiones de la cocina española a las cuales se las ha agregado gracia y picardía con el ají.
En el caso de la chhanqa de conejo hay un rito, y una utilización de ingredientes naturales. Hay un rechazo de las especias, que curiosamente es característico de la nueva cocina.
La nueva cocina usa hierbas y sabores naturales y desdeña las especias que han sido características de la cocina medieval, que disfrazaban los sabores.
En el caso de la chhanqa de conejo, toda la apuesta está centrada en la ternura del conejo de indias, en el aroma de la cebolla verde, del haba tierna y la hierbabuena, de modo que yo, así no comiera, me gustaría siempre pedir un ch”illami de chhanqa de conejo para perfumar la mesa.
- Se suele afirmar que el cochabambino es, por naturaleza, un ser dedicado en gran medida a la comida ¿Qué piensa de eso?
- En general el cochabambino criollo suele preferir más la cantidad que la calidad. Sin embargo tenemos una cualidad que sólo existe entre los grandes cultores de la cocina y es el don de hablar de cocina mientras comemos, es decir hablar de la comida mientras comemos.
Es una rara cortesía que se ha perdido en las grandes civilizaciones por culpa del capitalismo.
El “bussines man” come ahora a orillas de su computadora y con la mente fija en su negocio y le da lo mismo consumir comida china que hamburguesa.
En los pueblos cultos como los mexicanos, los franceses o los chinos, hablan en la mesa sobre lo que está comiendo y generan alrededor de la mesa todo un espacio de diálogo. Y esa es una virtud que tenemos los cochabambinos.
(Fuente: www.lostiempos.com)


Reportaje

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Un ‘thriller’ de mujeres detective en la China moderna. Wei Liang usa la novela negra para cuestionar la sociedad
Por: Aurora Intxausti

Mei, la protagonista de El ojo de jade, se asemeja bastante a Diane Wei Liang, autora de una novela policiaca en la que se descubren las miserias y bondades de una sociedad que se está modernizando como la china, y el pasado de un país en el que proliferaron los campos de trabajo y las muertes. Tiene mucho de ella, pero también de las mujeres que dirigen agencias de detectives en la provincia de Pekín, donde se dedican a investigar divorcios por motivos de infidelidad. Y, por cierto, con mucho éxito.
Wei Liang (Pekín, 1966) habla pausada, acompañada de un té, para desentrañar su experiencia en la plaza de Tiananmen, los terribles sucesos que costaron la vida a decenas de estudiantes. “La vida después de aquello no fue igual para mí. Las imágenes de lo ocurrido están en la retina, al igual que el sufrimiento. China empezó a ser distinta”. La escritora acabó sus estudios de Empresariales y Económicas en Estados Unidos, donde impartió clases en la universidad durante 11 años. “Un día decidí contar una historia, El lago sin nombre, que era la de mi vida como estudiante, y a partir de ese instante opté por cambiar, abandonar los números y dedicarme a las letras”. Su madre siempre decía que ser escritora en China es una de las profesiones más arriesgadas. “No seguí su consejo, tal vez porque no estoy viviendo en mi país”.
Le gusta la novela negra como lectora, a pesar de que en su país no se prodigue ese género, y se siente muy vinculada a la literatura americana y europea. “Creo que es bueno narrar la crónica social a través del género policiaco. Está muy pegado a la realidad”.
En El ojo de jade (Siruela), una mujer decide montar una agencia de detectives y un familiar suyo le encarga que encuentre un valioso jade de la dinastía Han que fue sustraído durante la revolución cultural. La investigación le lleva a descubrir muertes, traiciones y, cómo no, relaciones amorosas. La novela se ha vendido en 25 países, aunque no en el suyo. “Me gustaría que se editase mi libro en mi lengua y que pudiese ser leído allí, pero por ahora lo contemplo como algo difícil. Es imposible escribir sobre China sin enfrentarse con su historia, porque eso es lo que es, y ése es el contexto en el que viven mis personajes”.
Es consciente del brutal cambio que está registrando su país. “Las mayores aventuras arquitectónicas y las mayores dosis de experimentación culturales se están registrando en estos momentos en China. Hay mucho dinero y mucha gente con ganas de abrirse al mundo. La gente es más feliz y con posibilidades de llevar a cabo cosas interesantes”, explica Wei Liang. Una situación que se contrapone con el elevado nivel de corrupción que se está registrando en diferentes estamentos de la sociedad. “El dinero logrado de manera fácil lleva a corromper a la sociedad, y eso es algo que también está pasando en mi país. Ese tipo de situaciones es bueno que se cuenten y yo creo que puede hacerlo a través del género policiaco”. Habla con ciertas dosis de nostalgia pero sin querer echar la vista atrás. Cada año vuelve a China para encontrarse con sus raíces, pero ahora prefiere seguir aprendiendo de la cultura europea. En su próximo libro, Mariposas de papel, la detective Mei seguirá investigando en su ciudad.
(Fuente: www.elpais.es)


Entrevista

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“Algunas veces, las vidas largas significan soledad”. José Saramago cumple 85 años en medio de homenajes y exposiciones
Por: Juan Cruz (Madrid - 16/11/2007)

(A los 85 años, que cumple hoy, a José Saramago le han descubierto otra vida. A él se le había olvidado, pero su mujer, Pilar del Río, la encontró en un montón de maletas que él había arrinconado, como un recuerdo cerrado, en su casa de Lisboa. Hasta ahora.)
El próximo 23 de noviembre, en la Fundación César Manrique de Lanzarote, se podrá ver el contenido de esa vida desconocida del autor de El hombre duplicado. Y hoy, en el Auditorio del Centro Cultural Conde Duque, en Madrid, recibirá un homenaje al que él asistirá después de una convalecencia provocada por una gripe que incubó en Argentina y que estos días se le manifestó en Madrid. Ese homenaje se repetirá en Lisboa el próximo día 18.
Volvió de Argentina el último sábado. Lo que vio allí, en homenaje a los desaparecidos, le produjo “una inmensa emoción”. Más de un kilómetro de nombres y nombres de los desaparecidos, esculpidos en piedra. “No hay nada más. Sobriedad de la piedra. Ese color oscuro”.
Lloró en silencio en ese parque. “No vale la pena que lleves flores, simplemente mira. Cada una de esas piedras y cada nombre escrito en ellas es algo que se ha perdido para ser evocado. Junto al mar. Con una sobriedad intensa. Allí, donde está este Parque de la Memoria, fue descubierto el cuerpo de un chico de 14 años que había sido empalado. Ahora va a haber allí una escultura que va a representarlo; cuando sube la marea, la figura desaparece… Y luego vuelve, como una resurrección”.
Afectado aún por esa visión, Saramago afronta una semana en la que él mismo va a asistir al reencuentro con quien fue. A los 85 años le espera otro Saramago. “Y es curioso que ese hombre de mi juventud venga cuando cumplo 85 años”, explica. Una edad “a la que se llega con suerte”. “Algunas veces, las vidas largas significan soledad”, añade. Pero en su caso, “con salud suficiente para estar haciendo cosas”, esa edad llega con una novela en camino (El viaje del elefante) y con una actividad que no cesa.
Esa vida desconocida le ha sorprendido a Saramago “porque revela que en esos tiempos en que siempre pensé que no había hecho nada escribí como un verdadero loco”. La Fundación César Manrique muestra, bajo la dirección de Fernando Gómez Aguilera, “cantidad de papeles, cuentos, una novela no terminada… Han descubierto una vida mía que estaba soterrada y de la que yo no me acordaba”.
La novela recuperada es Tierra del pecado; Saramago la dejó inconclusa, “y dejarla inacabada era una forma de autocrítica; pensé que no valía la pena, y la dejé ahí, arrinconada. Fue una especie de acto de humildad. Yo pensaba: no puedo seguir escribiendo libros si yo mismo sé que no vale la pena hacerlos. Pero seguí escribiendo, vaya que si seguí. Lo que ellos han encontrado es algo asombroso; no sé cuándo escribí todo eso; yo pensaba que después de Tierra de pecado me había detenido, y lo cierto es que continué y continué. Ahora se ve que el pasado que tengo no es el pasado que creí haber tenido”.
Eran textos de un chico de 19 años, que venía de una familia analfabeta. Saramago no les ve “tanta calidad”, pero sí la fuerza que ya en ese momento le hacía decir con toda tranquilidad “yo quiero ser un escritor”. Una convicción que acabó por convertirse en una especie de compromiso: “Estaba aquí para escribir, esa era mi vocación. Lo tenía tan claro que escribía, y ahí está esa novela incompleta”.
No la ha leído, no ha leído ninguno de esos papeles. “Me los enseñaron Pilar y Fernando, pero los dejo para verlos como los verá cualquiera, en la Fundación”, comenta. Pilar los encontró, dice ella, “en cajas que habían estado viajando por distintas mudanzas, desde su primer matrimonio. Cuando terminó su segundo matrimonio se quedaron en una buhardilla. Y en el tercero, que es nuestro caso, vinieron a Lanzarote, donde vivimos desde 1993. Pero eran cajas que jamás se habían revisado”.
-Saramago, ¿y no tuvo curiosidad por saber qué había dentro?
-No.
-¿Por qué?
-Si yo no tuve curiosidad, ¿cómo voy a saber por qué no tenía curiosidad?
Saramago no espera encontrar allí “maravillas”. Son, dice, “divertimentos de un chico de 18 o 19 años, sin estudios académicos, sin universidad. Salvo las lecturas de las bibliotecas yo no sabía nada más”. Pero había, dice él, “un hilo rojo” que se ha mantenido desde entonces en toda su obra. “Ese hilo rojo sería para mí”, dice, “un sentido de responsabilidad con respecto a la escritura. Escribiendo mejor o peor, yo sabía cuál era mi tarea. Sin ninguna reserva, era un escritor”.
Escritor, ¿eso qué es? “Una manera de entender el mundo, una forma de asistir a un universo que entonces empezaba a manifestarse con una serie de cambios que requerían de mi coherencia de pensamiento y de acción. Y ahí he estado, uniendo esas convicciones con mi experiencia, aprendiendo con las equivocaciones”.
El convento en el cuartel
A Saramago le hace mucha ilusión escuchar cómo suena en el viejo cuartel del Conde Duque la música de Scarlatti, que es la música de Memorial del convento. La leyenda dice que fue ese libro el que llevaba bajo el brazo su mujer, Pilar del Río, cuando le fue a buscar a Lisboa, como lectora apasionada. Luego cruzaron la delgada línea sentimental y se hicieron marido y mujer.
Así que esta noche esa música, que también se escuchará el 18 de noviembre en Lisboa, se combinará con la lectura que haga el actor Juan Echanove de trozos del libro que viajó a Lisboa y con las interpretaciones de Elina Mustonen (clave), Sirkka Lampinaki (soprano) y Lili Dahlberg (bailarina), dirigidos todos por Lisbeth Landefort.
Es una ocasión muy especial para el escritor; se la han preparado sus editores, Alfaguara, la Fundación José Saramago (que se reunirá la semana próxima en Lanzarote) y Radio 3, y él la aprecia como algo muy especial: “Yo no me he acostumbrado a que la gente me quiera, así que estos son momentos muy impactantes para mí en lo que se refiere a las emociones”.
Lo que le gusta, sobre todo, es que no sea un simple happy birthday, sino algo mucho más creativo. La Fundación César Manrique ha reconstruido sus edades, hasta llegar a esta época, en la que él busca “dentro de la piedra”. Antes fueron las épocas de La semilla, El periodo formativo, La estatua. “Y ahora estoy, por así decirlo, en la época de la piedra. La piedra no sabe que es piedra. Hasta El Evangelio según Jesucristo yo he estado describiendo una estatua. A partir de entonces traté de introducirme en la piedra. En estos libros míos recientes interrogo y me interrogan; ésa es la diferencia”.
(fuente: www.elpais.es)




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