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Concurso de novela en Cochabamba a punto de fracasar

Versión 2007 de concurso de novela a punto de fracasar
Por: Michel Zelada Cabrera
La segunda versión del Premio Nacional de Novela que organiza la Oficialía de Cultura del municipio está al borde del fracaso con solamente dos obras que se presentaron al certamen a tres meses de lanzada la convocatoria e, incluso, con una ampliación del plazo.
Un afiche con la foto de Marcelo Quiroga Santa Cruz pegado en varios lugares de la ciudad fue el principal medio con el que se publicitó el certamen literario, que lleva el nombre del extinto líder socialista.
Sin embargo, los afiches en cuestión no contenían mayor información que el nombre del concurso.
Jhonny Rivera, director de Cultura de municipio, admite que el certamen no ha llenado sus expectativas, pero que están pendientes de la decisión del jurado que será hecho público después de Año Nuevo. Existe la probabilidad de que el concurso sea declarado desierto.
“La verdad es que no nos explicamos porqué el desinterés de la gente, no obstante hemos estado publicitando afiches en el departamento y en el interior del país. O tal vez la cuestión de los premios no ha motivado a los escritores”, dijo Rivera.
El “Marcelo Quiroga Santa Cruz” otorga 8.000 bolivianos como premio único y el certamen de cuento “Adela Zamudio” da 5.000 bolivianos.
En tanto, dos de los jurados que calificaron la primera versión del certamen de novela a principios de 2007, los escritores Adolfo Cáceres Romero y Roberto Ágreda, coincidieron en que las convocatorias a la segunda versión a los concursos no fueron suficientemente publicitadas, y a eso se debe su fracaso.
“No saben promocionarlo ni manejarlo. Con publicar una vez la convocatoria en el periódico creen que todos los interesados se van a enterar”, dijo Cáceres.
Para el escritor, la razón para la ausencia de postulantes es que mucha gente no se ha enterado del certamen.
Para Roberto Ágreda, otro de los jurados de la primera versión, la falta de información y difusión de la convocatoria es la causa para la ausencia de obras en el certamen de novela. Agregó, además, que en general el municipio no toma en serio la actividad literaria.
“No hay un trabajo de coordinación serio y responsable en esta área. Incluso cuando hay gente dispuesta a promover temas literarios, no se le da la importancia debida”, finalizó Ágreda.
Desacuerdos sobre obra
Sobre la premiación del primer certamen del Concurso Nacional de Novela “Marcelo Quiroga Santa Cruz”, el escritor Adolfo Cáceres Romero, quien fue jurado del mismo, dijo que no estaba de acuerdo con la obra de Celso Montaño que resultó premiada.
La falla fue de principio, porque había un solo ejemplar de cada novela, “y a los jurados nos han hecho rotar las obras, no podíamos leerlas simultáneamente, estaba muy mal organizado”, dijo Cáceres. Agregó que ni siquiera hubo entre los jurados una oportunidad para debatir sobre las novelas presentadas.
“A mí la novela no me gustó (Corazón de Bolivia), no pude acabarla siquiera, es un mamotreto. Más parece un alegato de historia y mal escrito”, recordó el escritor, quien afirmó que le rogaron para que firmara el acta porque sin ella no podían publicar la obra.
En tanto, Roberto Ágreda dijo que la novela de Celso Montaño responde a la realidad nacional porque explora el mundo de conflictos de los sectores sociales. “Aunque hay también algunas cosas caprichosas que el género literario se permite”.
Ágreda admitió que la decisión de otorgar el premio a Montaño no fue unánime, que otros se inclinaban por otras novelas.


Despedida de Año Viejo

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Despedida de Año Viejo
Por: Pedro Shimose

Me asombra que alguien se queje de lo mal que va el mundo. La vida es bella y el mundo gira entre milagros, prodigios y maravillas cotidianas. Este año que acaba, por ejemplo, se despide con las palabras trascendentales de la señorita Britney Spears. Hace un año se afeitó la cabeza a lo bonzo (“tapa’e peto”, diríamos los cambas) y proclamó ante la faz del mundo: “Mi propósito para el año que empieza es llevar bragas”. Hasta entonces, pocos sabían que Britney, “La Sin Calzón”, iba con sus vergüenzas al aire. A partir de las confesiones de la Spears, el mundo es diferente.
Ni el cambio climático ni el terrorismo, ni las guerras ni la verborrea de Hugo Chávez, ni las sequías ni las inundaciones, ni los cataclismos ni la Asamblea Constituyente de Oruro, ni el narcotráfico ni las Spice Girls lograron matar mi fe en la humanidad. Todo sería distinto si no hubiésemos visto a Xuxa, la famosa presentadora de la TV brasileña, quejándose porque “una de las cosas más difíciles hoy en día es hallar un hombre que use preservativos”. Fíjense bien. No se trata de que una mujer talludita y de buen ver se lamente porque hoy sea difícil encontrar ‘un hombre’ en toda la extensión del término (reflexión filosófica y poética a lo Rudyard Kipling). La señora Xuxa se lamenta de no poder encontrar “un hombre que use preservativos” (reflexión sexológica a lo Shere Hite / Informe Kinsey). Como decía Bill Chéspir: “Sex or not sex, that’s question”.
Otra gloria de nuestra civilización occidental es el insólito Concurso de los Mejores Culos (sic) del Mundo, inaugurado a finales de octubre en la ciudad alemana de Múnich. Pueden concursar posaderas femeninas y posaderas masculinas. Los traseros campeones obtienen premios por valor de 10.000 euros. Obsérvese que se trata de un concurso de belleza minimalista. Ya no se premia la belleza física de una persona, ni siquiera de un cuerpo, sino de una parte de ese cuerpo, como en el famoso cuadro El origen del mundo, de Gustave Courbet, o en los cuadros eróticos de Allen Jones.
El año 2007 trastornó nuestra idea del arte y de lo bello. En la prestigiosa Lisson Gallery de Londres se exhibió la obra (¿escultura?) titulada Módulos antropométricos hechos de excrementos humanos…, del (¿artista?) español Santiago Sierra. Para excrementar el misterio, el (¿artista?) excrementador se tomaba el trabajo de explicarle al público que se trataba de ‘artefactos’ construidos con auténtica caca humana defecada por los parias de la India. Todo un sacudón a la conciencia decadente de Occidente, en plan Oswald Spengler. Ver para oler.
No es menos chocante la obra (¿escultura?) titulada La grieta, de la (¿artista?) colombiana Doris Salcedo, exhibida en la Tate Modern de Londres. Se trata de una sala en cuyo suelo de cemento se ha esculpido una grieta de 167 metros de largo y 30 centímetros de profundidad, en la cual es fácil meter la pata. La (¿artista?) se explica: “Se trata de un espacio negativo (sic) que simboliza la fractura (sic) que separa al hombre blanco del resto de la humanidad”. Lo fantástico es que estas ¿’esculturas’? se venden a precios astronómicos.
Nada digamos de la millonaria Paris Hilton y su lío de alcohol, sexo, drogas, cárcel y videos pornográficos. O de las excentricidades de Anna Cirini, profesora italiana que de día enseñaba Lengua y Literatura en una escuela de San Vito al Tagliamento, al noreste de Italia, entre Venecia y Trieste, y por la noche se dedicaba al cine erótico y al video porno. Sus alumnos internautas descubrieron imágenes de su señorita en pelota picada y en posiciones comprometedoras. Las travesuras eróticas de esta ‘Madameweb’ han provocado su despido, pero la ‘Pornoprof’ (así la llaman sus alumnos) promete, desde su ‘blog’, nuevos numeritos. Seguiré informando.
Empecé con Britney Spears y con Britney Spears acabo. Lamento informarles de que, a pesar de su promesa, la señorita Spears sigue sin usar bragas. ¡Feliz Año Nuevo! // Madrid, 28/12/2007.


Cuentoronomio en la librería digital de www.ecdotica.com

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Cuentoronomio
Por: Adolfo Cárdenas

(Libro de cuentos publicado por Gente Común y la Carrera de Literatura de la UMSA en el 2005 que ahora se encuentra disponible en la librería digital de ecdotica. Se podrán leer cuentos de Ariel Mustafá, Arturo Rico, Carolina Hoz de Vila, Cristina Wayar,Daniela Escóbar, Boris Paredes, Lourdes Reinaga y Montserrat Fernández).

Incurrir por segunda vez en la factura de un texto de introducción para presentar una colección de relatos elaborados en el taller de Técnicas Creativas de la Carrera de Literatura de la Universidad Mayor de San Andrés, implica el doble esfuerzo de comentarlo tanto favorable como críticamente con la necesaria distancia para elaborar un juicio estético que no coquetee con el clásico como odioso paternalismo al que estamos tan acostumbrados, ni con la presunción con la que se mira el producto de un estado incomprendido como el que nos ha tocado habitar.

Se dirá, entonces, que los cuentos incluidos en este volumen no son precisamente aquellos a los que el transitorio lector está habituado; por el contrario, exigen la participación comprometida de alguien avezado en el consumo de este tipo de literaturas; de alguien que no esté buscando la aparatosa rudeza del efecto único, sino más bien textos que estén inscritos en la indagación de formas y temáticas que a momentos transgreden las leyes del género.

En esta transición los patrones clásicos desaparecen, el énfasis en lo psicológico se manifiesta con mucha más amplitud y el cambio logra, a momentos, producir lo que se ha dado en llamar historias conciénciales; o, por el contrario, la experiencia radica en el planteamiento de un recital de eventos con origen en el quehacer o la memoria colectivas que aterrizan en lo individual, cuando no en lo lúdico, donde las reglas del juego son de propiedad del autor.

Así la unidad, paradójicamente, está dada por la desunidad y las representaciones se mueven por rangos de género, minoría, u otros que ninguna breve introducción tendrá la capacidad para listarlos en su diversidad. Pero aquel lector avezado y avisado podrá reconocer esas subjetivas líneas que se mueven de Joyce a Woolf; de Onetti a Estenssoro o de Schowob a Cortazar como sombras con obsesiones de pervivencia en la pluma de estos escritores.

Estas historias comienzan donde toda antología termina; es decir, obedecen a presiones de la contemporaneidad con toda su carga de individualismo y lo que este sugiere: la gama de patologías generadas por la soledad, la angustia y la ansiedad del ser humano y su obsesión por hacer de todo ello un acto de comunicación.

Cada uno a su modo incurren en el acto omnisciente de la creación que surge de la memoria que deforma, transfiere, reinventa aquello que en la vida de todo ser humano no son mas que dos o tres experiencias decisivas o impresionantes, tanto que parece imposible que alguien no pueda sentirse afectado, deslumbrado, asombrado, iluminado, roto o humillado por ese oficio que cuenta dos o tres historias cada vez con un disfraz diferente, con una máscara exótica.

Todo aquello que las hace irreconocibles, ferozmente nuevas a partir de la pasión y la imaginación de prestidigitadores que oponen mito y razón; juego y tragedia; fantástico y cotidiano; virtud y perversión en sus mundos de asombro y sueño. Esos mundos que buscan incesantemente la complicidad del lector, el gemelo anónimo, dispuesto al paseo por los caminos de esta, por ahora, Terra Incognita.


Una noche más en el paraíso

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Una noche más en el paraíso
Por: Hugo Montes R.

(Ya se encuentra en nuestra librería el libro de cuentos Una noche más en el paraíso de María Libertad Cárdenas. Les recordamos que nuestra librería le permite comprar los textos en formato digital a través del sistema paypal que se encuentra en los Estados Unidos, por lo tanto bastante seguro. Una vez que compre el libro, nuestro sistema se lo enviará en formato PDF).
Una noche más en el paraíso encierra una colección de relatos breves más o menos independientes entre sí y que a la vez conforman una unidad narrativa que es casi imposible dejar de advertir.
Aunque este volúmen no está planteado estructuralmente como una secuencia, nos recuerda más a la forma musical de variaciones sobre un tema que se repite una y otra vez pero presentado bajo distintas luces.
El “tema” en cuestión no es otro que la gangrena que se va apoderando del alma, la descomposición inevitable de ciertas formas de vida. Pero también nos encontramos ante la alegoría de la descomposición de todas las formas de vida, independiente de su calificación moral.
La soledad, que se hace más descarnada cuando las miradas y los cuerpos de los personajes se buscan en el silencio, da paso a una profunda melancolía y hasta diríamos nostalgia, si se pudiera sentir nostalgia por lo que no se ha vivido -se trata esencialmente de un ejercicio de ficción-, pero eso no impide a la autora comunicar la atmósfera con penetración y crudeza sorprendentes.


Un relato sobre la vida en Rusia de principios de S. XX

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Moscú y la Revolución
Por Javier Claure C. *

Dicen que siempre me encantaba la música. Cuando tenía dos años, mi padre solía venir a mi cuarto y tocaba su violín para que yo quedase dormida. Me fascinaba mucho las melodías que salían de ese armonioso instrumento. Y me cuentan que solía levantar la cabeza, con los ojos bien abiertos, para escuchar la música. Mi padre estaba convencido de que la música sería mi destino. Pero la música no jugó un papel importante en mi vida. A mí más bien me fascinaba el ballet.

Recuerdo muy bien, que una vez estaba de pie, en mi cama, mirando a la pared del frente, donde se mostraba una escena de mucha gente y unas bellas damas bailando ballet. Me gustó mucho esa película y creo que desde entonces empezó mi interés por el ballet.

De niña era tranquila y no me importaba jugar sola. Dicen que era muy sensible y que me impresionaba mucho el sufrimiento de otras personas. Mis padres solían llevarme a pasear por los bellos bulevares y parques de Moscú. Yo tendría unos nueve años en ese entonces. Un cierto día, por casualidad, entramos a una iglesia y vi un crucifijo con un hombre clavado. Me entró mucha curiosidad y pregunté quién era ese hombre con clavos en los pies y las manos. Una persona que estaba a mi lado me contestó: “Jesús, el hijo de Dios”. Y que lo habían crucificado porque otra gente odiaba lo que él predicaba y, además, no creían que era el hijo de Dios. Todo eso me causó pánico y me puse a llorar. Cuando llegamos a casa, mis padres estaban afligidos porque me sentía muy triste. Me llevaron a la cama y me leían cuentos de hadas. Así quede dormida.

Mi padre era checoslovaco de nacionalidad. Había llegado a Rusia en 1892 y tenía algunas dificultades porque era católico. Se conoció con mi madre, Elena Alexándrovna, y más tarde decidieron casarse. De esa manera obtuvo el permiso de residencia. Mi madre, costurera de profesión, nunca quería hablar de su familia, hasta que un día descubrí que mi abuelo, Michail Alexándrovna, fue echado de su familia porque decidió casarse con mi abuela, una mujer que no pertenecía a la aristocracia. Mi familia me contaba que mi abuelo materno era un gran violinista y pertenecía a la orquesta filarmónica del Teatro de Bolshoi. Murió en 1876 a consecuencia de una pulmonía y después de algunos años mi abuela también murió.

Mi madre se crío, entonces, con una familia de comerciantes ricos. En Rusia era una costumbre que la gente de dinero se hiciese cargo de ciertos niños huérfanos. Se les inculcaba a adquirir una educación decente. A los niños se les enseñaba un oficio y a las mujeres a encontrar un buen marido.

Yo tuve una educación muy estricta. Mi madre siempre insistía que la frase “debo hacer” debería formar parte de mi vida. Por eso aprendí muy temprano a no decir “no puedo”. Estaba convencida de que podía hacer todo lo que me proponía. A veces pienso en el pasado, y me sorprendo enormemente de esa forma de pensar. Cuando me hacía algún daño no lloraba por mí misma. Trataba de no preocupar a nadie y mi frase favorita era: “No es nada. En cualquier caso, todo se pasará cuando me case”.

Ni siquiera lloraba por el dolor físico. Una vez cuando estabamos subiendo una montaña, me tropecé y caí unos dos metros abajo. Me hice una herida en la rodilla y no lloré. Siempre pensé que podía aguantar el dolor físico, pero no así los problemas emocionales y el sufrimiento de otras personas. Lloraba por el dolor ajeno.

Cuando tenía unos diez años, decidí hacer algo para ayudar a mi familia. Junté todos mis juguetes y muñecas en una pequeña maleta vieja; y me marché a uno de los mercados de Moscú. Toda la gente me miraba un poco extraño, creían que estaba jugando porque gritaba ofreciendo mi mercancía. Finalmente, logré vender todas esas cosas y creí que me habían pagado bien, pero cuando llegué a casa, mis padres me dijeron que era poco dinero lo que llevaba. De todas maneras, fue una pequeña ayuda de mi parte.

Uno de mis pasatiempos en esa época era robar manzanas del jardín de un vecino. El señor Sergey Sokolov era rico y se había casado cuatro veces. Dicen que tenía 15 hijos. Su casa era un palacio y su jardín lleno de árboles frutales. Mi amiga, Svetlana, se subía a un árbol de manzanas y desde arriba empezaba a llover manzanas, mientras que yo recibía las frutas haciendo una canasta con mi mandil. Una de esas ocasiones, de pronto apareció un hombre alto con un cinto en la mano. Estaba convencida que nos iba a pegar con ese látigo. Le grité a Svetlana para que corriéramos, pero una fuerza extraña se apoderó de mi y quedé quieta. Ahí estaba yo como una estatua con todas las manzanas en mi mandil. El hombre alto era el portero del señor Sokolov y nos advirtió que no volviéramos a trepar al árbol. Después de unos minutos vino Svetlana para recogerme, pero yo seguía en un estado de shock. Hasta que finalmente me acompañó hasta mi casa. Fue una aventura que siempre me acuerdo.

En 1914 pasamos el verano en un lugar llamado Gilindzik a las afueras del Caucasus. Un cierto día se realizaba un concierto en el parque y ahí me puse a bailar ballet. Mi madre me contó que ese día, mientras yo bailaba, una señora se puso a conversar con ella y le comentaba que tenía mucho talento y que debería ir a una academia. Era la señora Madame Devellieré, célebre bailarina de ballet del teatro de Moscú. Aparentemente, los comentarios de la famosa dama causó mucha impresión a mi madre y, por esa razón, empecé en la academia de ballet.

Con el transcurso del tiempo Moscú se iba convirtiendo en algo insoportable. Las noches eran muy tétricas y siempre me daba miedo.

A mediados del año 1916, existían disturbios violentos contra los extranjeros, y eso era un peligro para mi padre porque era considerado como tal. Tenía el pelo oscuro y fácilmente podían confundirlo como judío.

Tres a cuatro veces por semana venían soldados a inspeccionar nuestra casa. Sospechaban que ocultábamos a personas buscadas. Nunca tocaban el timbre. Golpeaban la puerta con la culata de los fusiles y si no se abría rápido, no dudaban en echarla abajo. Yo solía abrir la puerta cada vez que los soldados se hacían presentes en nuestra casa. Mi madre lo decidió así, porque sabía que un soldado ruso jamás podía hacer daño a una niña. Era bien amable y les hacía entrar a los soldados diciéndoles que mi hermana mayor tenía fiebre tifoidea. Era una mentira, por supuesto, para que tuvieran compasión de nosotros. Abrían rápidamente los roperos y luego se marchaban. Nunca nos paso algo malo en esas batidas. Teníamos, seguramente, un ángel de la guarda que nos protegía.

Las condiciones sanitarias de nuestra casa eran muy malas. De alguna manera nos habían invadido piojos y ratones que saltaban por todas partes. Mi madre trataba de combatirlos con agua caliente, pero fracasó.

Ese mismo año, fuimos a visitarle a una tía que vivía en Bogorodskoe, una aldea a unos 200 kilómetros de Moscú. Mis padres tenían una casa de campo allí. Una noche me desperté a causa de tremendos ruidos afuera. Me asomé a la ventana y vi que algunas de las casas, a nuestro alrededor, ardían en llamas. Unos hombres andaban buscando extranjeros, especialmente alemanes y judíos. Por suerte teníamos una empleada en la casa, cuyo nombre era Valentina. Una buena mujer rusa. Ella defendió nuestras vidas esa noche. Salió al balcón con un ícono en la mano y su novio que pertenecía a ejercito ruso. Les gritaba a los malhechores que mi madre era rusa y mi padre checoslovaco. Y que, además, éramos cristianos grecos-ortodoxos. De esa manera nos dejaron libres, pero la atmósfera en Bogorodskoe era muy hostil y decidimos volver a Moscú. Nos fuimos en tren, pero apenas arribamos a destino, nos dimos cuenta que la situación estaba peor. Habían quemando casas y negocios que pertenecían a extranjeros.

Un día paseando por Moscú, anunciaban que el camarada Vladimir Lenin iba a dar un discurso. Yo tenía 13 años, y no entendía muy bien el por qué de tanto desorden social. A pesar de esta falta de conocimiento fui a escuchar las palabras de Lenin. Cuando lo vi, me impresionó bastante aquel hombre pequeño que hablaba con una voz delgada. Decía las cosas con gran seguridad, pero me molestaba cuando hablaba caminando de un lado para otro, con una mano en el bolsillo y con la otra gesticulando.

La vida se iba haciendo difícil; hasta que finalmente, en 1917, estalló la Revolución durante el gobierno de Kerensky. Por aquel entonces, estudiaba en el colegio “Winkler” de Moscú. Un colegio de elite para extranjeros.

Había un caos tremendo en Moscú durante los años de la Revolución. La comida y medicamentos escaseaban. Para comprar un pedazo de pan, o cualquier cosa, había que hacer cola. Cada persona llevaba un número en la espalda y realmente era asombrosa la paciencia de los moscovitas. Alguna gente estaba parada hasta dos días y el pan que se recibía no era de buena calidad.

Los depósitos de trigo y centeno fueron incendiados. Vi cómo esas reservas de alimentos se convirtieron en llamas de fuego. Existía mucha hambre en el pueblo y era muy difícil obtener alimentos. Mis padres tuvieron que vender sus joyas y otras cosas de valor para conseguir comida.

Hacía un frío tremendo y para mantener caliente nuestro departamento tuvimos que quemar, en la estufa hecha por mi padre, algunos muebles de madera.

Mi madre confeccionaba ropa para vender y mi padre viajaba al campo para hacer trueque con los campesinos. A veces retornaba con alimentos, pero otras veces con las manos vacías. Era una situación insoportable y uno tenía que hacer lo imposible para comer. En la casa de un vecino, en Sheremetevo, solíamos plantar patatas y verduras. Así pudimos saciar el hambre por momentos, pero no era suficiente. Se notaba hambre en todas partes. Un día fuimos al mercado a comprar y, de pronto, mi madre exclamó: “Ahora vamos a cocinar una comida rica” y compró carne. Llegamos a casa y preparó la comida, pero notábamos que la carne tenía un olor y sabor raro. Nos sentíamos mal después del almuerzo. Al día siguiente, nos enteramos que alguien estaba vendiendo carne humana. A las afueras de Moscú, en Lubyanka, un campamento que pertenecía a los revolucionarios, se llevaba a cabo la ejecución de prisioneros. Alguien robó un cadáver allí y lo vendió en el mercado como filetes.

Ocurrió algo muy extraño cuando mi padre se encontraba de visita en Sheremetevo. Uno de los vecinos, que era revolucionario, fue asesinado y se armó un gran escándalo. Hicieron una investigación y mi padre, junto a otras personas, fueron a parar a la cárcel en Moscú. La esposa del difunto llegó hasta la cárcel para identificar al asesino, ya que supuestamente ella lo había visto correr. Cuando vio a mi padre, insistió que era él el que saltó la verja y salió corriendo después de que su marido fuera asesinado. Era, naturalmente, una situación terrible para mi padre y toda la familia. Pero afortunadamente, el médico forense señaló que mi padre tenía una rodilla mala que no la podía doblar. Y, por lo tanto, no era el asesino.

Gracias a ese veredicto salió de la prisión. Mi madre solía decir: “si no sabemos la razón del porque, pues Dios lo sabe”. Y eso es muy cierto, mi padre tuvo un accidente en su vida, le quedó mala la rodilla y eso lo salvó.

Una de las escenas de la Revolución que más me impactó, fue la pelea entre un monarca y un revolucionario. Los dos luchaban, frente a frente, sentados en caballos y con sables. Nunca pude olvidar aquel terrible cuadro cuando uno de ellos cortó la cabeza del otro con el sable.

* Esta historia fue contada por una persona que nació en Moscú a principios del siglo pasado. Su hija, una viejecita rusa cultísima que era mi vecina, me deleitaba con sus charlas, historias y anécdotas. Ella me entregó diez hojas que su mamá había escrito en inglés. Hojas ilegibles, ajadas, amarillentas por el tiempo y manchadas con café. El relato que leen arriba, es lo que pude rescatar de ese testimonio. Hoy ella y su madre descansan bajo el cielo de Moscú.


Carta a Miguel Esquirol

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Carta a Miguel Esquirol
Por: Michael Gamarra

Estimado Miguel Esquirol:
Gracias por ese mensaje, que aunque masivo y provenir de alguien a quien no conozco personalmente, tiene el valioso toque del contacto entre un ser humano y otro, lo cual lamentablemente hoy, a una parte grande de la humanidad se le está paulatinamente incitando a perder. El “progreso”, el mismo que en los años 30 motivó al genio de Charles Chaplin producir aquel impactante film “Tiempos Modernos”, parece querer en el tercer milenio conducirnos a una raza de Robots, en la que todos pensaremos y actuaremos de igual forma, despreciando los colores de la diversidad, y encasillándonos en un gris monótono. frío y rígido, totalmente reñido con nuestra condición de seres vivos. Cada día es más frecuente que al llamar por teléfono a una organización, grande o pequeña, nos encontramos conque quien nos habla es una máquina incapaz de distinguir matices y sólo sabe que lo que no es blanco debe ser negro y viceversa.Hacia dónde nos conducirá eso no puedo imaginar. Por otra parte resulta alarmante el incremento del egoísmo que se palpa en todas las esferas, pero en especial en aquellos que cuando han llegado a posiciones destacadas, olvidan por completo la responsabilidad que tienen para con la sociedad que los ha elevado a dicho sitial.Por mi parte, soy de los que cree que todavía, en especial en las culturas iberoamericanas, late un humanismo que no quiere dejarse doblegar por el pragmatismo de estos tiempos.El proteger ese humanismo, mantenerlo y difundirlo al resto del mundo, es una forma de fortalecer la esperanza de que habrá para nuestros descendientes un mundo mejor, sin intolerancia, sin guerras, sin terrorismo, sin sobresaltos.Personalmente he encontrado en la difusión de nuestra lengua y literatura, un camino hacia esa meta, no importa que sea una “estrella inalcanzable”. Gracias nuevamente, y adelante. Sigue escribiendo, Miguel Esquirol. Encontrarás lo que buscas. Con deseos de un exitoso 2008, para ti y todos tus amigos, con un ingrediente importante: buena salud. Cordialmente desde Australia


BUENA LECHE

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¡Alas para el 2008!
Por: Ramón Rocha Monroy

Esta mañana, una criatura alada me envió desde el cielo un sobre que entró por la ventana abierta de mi dormitorio. Tenía un sello postal extraño: era la vera imagen de Julio Cortázar, consagrada por el Consejo de Cronopios de una República nueva que se llama Harmonía Libertaria. Ya tuve noticias de este país maravilloso en harmonialibertaria.blogspot.com, que tod@s podríamos consultar con provecho. En fin, abrí el sobre y contenía la siguiente carta:
Queridísim@s:
Este año sentimos una comezón constante en los omoplatos. Al principio parecían dos picaduras que no nos dejaban dormir, que picaban, ardían, dolían y nos obligaban a pasar las yemas de los dedos en busca del origen de la comezón.
No sé si algun@ de nosotr@s fue al médico para averiguar el origen; yo sólo recuerdo que enfrenté dos espejos y al ver mi espalda me sorprendió ver que me crecían dos pequeñas astas de novillo, pero pobladas de un suave vellón como la pelusa de los pollitos o de los duraznos. Lo que al principio debió parecer un fenómeno aislado se convirtió en una especie de epidemia, en una mutación genética que nos arrastró a tod@s a una nueva realidad, a una nueva República cuyo símbolo mayor son las alas. Alas para volar, alas para imaginar, alas para huir, alas para encontrar, alas para amar, alas para reír, alas para ser iguales. Alas.
Apenas aprendimos a remontar vuelo, las cosas de este mundo nos parecieron tan pequeñas… particularmente, claro, las diferencias sociales, las discusiones políticas, los odios y rencores, las rupturas, los divorcios, la curiosa costumbre de llorar, la penosa costumbre de hacer sufrir, el absurdo sentimiento de la envidia, la compulsión por el trabajo, la avaricia disfrazada de eficiencia empresarial, la acumulación de riquezas, los celos, las ironías y sarcasmos, las palabras crueles, los sobreentendidos, los prejuicios, las indirectas… Pero lo que nos pareció más pero más absurdo fue el acaparamiento de tierras. ¿Para qué disputarse decenas, centenas, miles, cientos de miles de hectáreas si ahora éramos dueños del cielo del Planeta? ¿Para qué si no hay forma de parcelar el cielo, de luchar por él como se lucha por una hectárea, por un metro cuadrado de tierra? ¡El cielo es propiedad comunitaria, pertenece a tod@s pero nadie se lo disputa!
Ya sabemos que las alas duelen cuando están creciendo, llegan con sangre, llegan con miedos e incertidumbre, como los sueños. Pero no soñar es malo. Como decía alguien y repetía Cortázar, hay que soñar, pero a condición de realizar minuciosamente nuestros sueños. Lo contrario es tener miedo a la libertad, pero nosotr@s, como decía el finado Alfredo Medrano, plata y miedo nunca vamos a tener. Vamos a soñar a pierna suelta, a tambor batiente. Vamos a dormir como las piedras cuando las bate el viento. Vamos a remontarnos de este mundo mezquino para seguir construyendo un mundo libre, sin hambre, sin niños tristes, sin seres codiciosos, sin astucias, sin triquiñuelas, sin chijchicas o xixicas. Para eso aprendimos a volar, para hacer fintas, sombreritos, caños, paredes, amagues, cachañas, tecniquitas y toda clase de suertes de ese oficio mayor y el más humano: el juego.


Kikin teatro gana el Bertolt Brecht de teatro

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El Kikin de Diego Aramburo
Por: Mabel Franco

(El grupo cochabambino acaba de imponerse en el concurso nacional Bertolt Brecht de teatro.)
Kikinteatro va dejando una impronta en la actividad escénica de Cochabamba. Si se habla de teatro en esa capital, ahí está, en primer lugar, el grupo cuyo nombre apela a una partícula quechua —kikin— para describir la amplitud de conceptos que maneja su director, Diego Aramburo. ´Dependiendo del contexto en el que se use la palabra, kikinteatro puede significar como el teatro o el teatro mismo´, explica el llajtamasi radicado en La Paz.
Si en los inicios del proyecto kikin, en los 90, la primera acepción tranquilizaba a Aramburo —´pues yo quería hacer cine desde que estaba en el colegio´—, hoy, él y sus actores optan claramente por la segunda. ´Estamos haciendo teatro, aunque con la certeza de que las fronteras con las otras artes no son rígidas´ y se pueden traspasar.
El Kikinteatro acaba de ganar el X Festival nacional Bertolt Brecht que se organiza en Cochabamba, con la obra Romeo y Julieta, una adaptación libre del clásico de Shakespeare.
La noticia se dio a conocer el anterior domingo, apenas unos días después del preestreno que se hizo en Patiño de La Paz y en pleno ajuste de la relación de la obra con el espectador. Porque la cercanía de ambos es vital para la puesta que ahonda en el ser adolescente de los personajes. Algo que permite a Aramburo dramaturgo hallar similitudes con una Bolivia también adolescente, según él la ve, sumida en una confrontación tan inútil como destructiva.
Aramburo empezó a hacer teatro en la escuela y con grupos de amigos. Como adolescente, se acercó a Peter Travesí e integró el elenco juvenil de Tra-la-la. Pero lo que quería hacer era audiovisuales. Así que envió su solicitud a Cuba antes de salir bachiller. No obtuvo la beca, porque el 89 fue un año difícil para la isla, luego de la caída del muro de Berlín y otros cambios mundiales.
Mientras esperaba, escribió una obra y la montó con aficionados. ´Como no sabía nada de teatro, era más fácil hacerlo´, bromea. Al mismo tiempo, postuló a otra beca en la Alianza Francesa y esta entidad le puso en contacto con actores nacionales y extranjeros. Así, ´la gente y la vida me fueron llevando al teatro´.
Lo propio pasaría en Sao Paulo (Brasil) a donde fue a estudiar cine y terminó en el escenario, con beca incluida. Desde allí envió una carta a Grotowski, que aún vivía, sin sospechar que desde la escuela de este maestro, en Italia, le responderían invitándole a acudir a probar suerte.
Con estas señales, el joven Aramburo decidió asumir el teatro como profesión. Y nació Kikinteatro, un espacio para la experimentación de donde han salido actores y actrices, como Glenda Rodríguez, y una dramaturga como Claudia Eid (El masticadero, premio Dirección destacada del Bertolt Brecht por La partida de Petra y Bodas de sangre). Lo que no es poco decir.
Aramburo ha viajado mucho. ´Moverse te permite abrir la cabeza´, dice. Estuvo becado en Canadá y se fue a Francia —donde hizo de director asistente de Hubert Colas en la obra Macbeth—. ´Esto es parte de lo que me ha dado el teatro: poder hablar de Bolivia´ allí donde no se sabía nada o se tenía una imagen romántica y hasta folklórica.
Otra recompensa que reconoce el teatrista es la satisfacción de sentir que la gente, el público, de Cochabamba y de los festivales de Santa Cruz y La Paz, ha aceptado seguir las propuestas, a veces muy conceptuales, como fue el caso de Cuento del amor, con una consecuencia no siempre a la par de la crítica nacional.
La prueba del reconocimiento está en que siete de sus obras han sido premiadas en el país. Una de ellas, Crudo, ha recorrido Latinoamérica con excelente crítica de los especialistas de diarios como Página 12 de Buenos Aires y El Tiempo de Bogotá.
Pero, ¿qué le ha dado Aramburo al teatro? ´Creo, espero, estar aportando a una visión boliviana de entender las artes. Bolivia desborda cultura y por eso se da poca atención a la producción artística. A este debate me interesa aportar: cómo es producir, pensar el arte, consumirlo´. Y, ´a estas alturas en que se ha logrado una madurez en la técnica, lo prioritario es el concepto, esto me preocupa´.
Otro aporte ´es la construcción de una obra a través de muchos montajes, una identidad detrás de toda la producción´. Lo que, podría añadirse, le ha dado identidad a Kikinteatro. Sus obras pueden ser, para el punto de vista de la crítica, una muy buena y otra no tanto. Pero es un hecho que hay un sello propio. Este año, Aramburo ha confirmado la solvencia de su mirada y factura con dos obras. La primera, una puesta de Happy Days, de Samuel Beckett (agosto, La Paz), con una impresionante actuación de Patricia García, y la segunda, con la puesta en marcha de Romeo y Julieta, actuada por Lía Michel (premio de actuación) y Jorge Alanis.
Sobre esta última obra, el jurado del Bertolt Brecht ha destacado la ´búsqueda continua de una interpelación al público, la propuesta escénica y los códigos y elementos utilizados, la adaptación a un contexto contemporáneo y la dirección de actores´. Y ha ponderado la coherencia de la propuesta dramatúrgica entre el texto y la puesta en escena, destacándose la construcción estética con una adecuada utilización de los elementos plásticos´, así como ´el nivel de compromiso de los actores con sus roles´.
El premio consiste en el auspicio de una gira por las principales ciudades del país. Así que la historia de los amantes adolescentes, con su carga de obsesiones, excesos, caprichos y contradicciones que les ha aportado la mirada de Aramburo, estará en La Paz, seguramente también en el marco del Festival Internacional de Teatro (Fitaz) que se realizará el 2008.
LOS BERTOLT BRECHT 07
Romeo y Julieta • Primer lugar. Reconocimiento a la actriz Lía Michel y menciones por su escenografía y adaptación de la obra (Diego Aramburo).
Otros • Dirección destacada, Claudia Eid (La partida de Petra y Bodas de sangre); actor, Alejandro Marañón; escenografía (Bodas de Sangre); Dramaturgia (La partida de Petra). Menciones: Saúl Alí (actor de Macabro, La Paz), Cynthia Díaz (actriz de Usted me obligó a hacerlo, La Paz).
Fuente: La Razón


Sonidos de la noche

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El “sin sabor” de la obra de José AntonioValdivia
“Hambre”, es la palabra que define bien lo que se pretende explicar en estas líneas. Así como las ganas de comer que despierta el exquisito olor de un trozo de carne a la parrilla, exactamente así, un libro despierta ciertos sentidos, una obra capaz de robarse la atención entera y permitir vivir junto a ella todo lo escrito en cada una de sus páginas.
Partiendo de esta reacción básica y natural en un lector, Los sonidos de la Noche, novela recientemente publicada de José Antonio Valdivia, pese a su singular y poético nombre, de sonidos no tiene nada y de ruido mucho. Escrita en primera persona, esta obra presenta un protagonista: ¿el Ulises moderno? Alias el “Navegante”. Este sujeto presenta su vida anterior a su papel de escritor, como una de las mejores vidas, viene de padres especiales, la madre la “más bella flor del valle”, los abuelos ni que decir, es tanta la maravilla de los personajes primarios que de hecho el nieto (el navegante) heredo sin más el talento de escritor del abuelo.
Y así sin más, recién llegado a una ciudad X presenta sus relatos que inmediatamente son publicados en una revista femenina logrando tal éxito que empieza a adquirir remuneración económica y fama de escritor. La fama de ser el “¿nuevo Carver, Chévoj o Cheveer?”, así al menos, dice que hablan de él la crítica y, claro, su público femenino.
Pero la fama no llega sólo a eso, si no que una futura Miss se va a vivir en la misma casa del “celebre escritor” porque resulta que es la sobrina de la casera y que además lo admira.
De tal modo su cielo de “súper héroe” se amplía, que le da a la afamada fans el título de “Penélope”, (la de Ulises) y es tal el encanto de la chica por este personaje que “nació estrella” que al tercer día de apenas llegar y conocerlo le da su “virginidad”.
Pero claro que no será la única. Un ego tan alto y masculino necesita de más y sale a escena otra mujer loca por él, bautizada como Lorelei. ¿Distinguen alguna gran hazaña?
¿Existe una historia? ¿Dónde? No la veo. Hasta Corin Tellado en sus novelas rosa tiene más originalidad creativa y al menos responde a lo básico de todo relato: Introducción, nudo y desenlace.
Tomando en cuenta sus otros escritos, no se puede decir que Valdivia no sepa escribir, lo que no sabe es “hilar fino”, no basta la utilización de palabras bonitas, un tanto poéticas que en este caso, tienden a cansar, a confundir a experimentar la tentación de darle un “mejor uso” a esas páginas tan llenas de “vana gloria”.
Aún no se como pude transitar en ellas. En conclusión Sonidos de la Noche es una difícil lectura que lejos de producir hambre, produce nauseas y los “ruidos” dolor de cabeza. Particularmente prefiero al verdadero Homero.
Fuente: Los Tiempos


El General y sus Presidentes

Hans Kundt y Ernst Röhm, dos alemanes en la vida de Bolivia
(La Guerra del Chaco es vista desde nuevas fuentes gracias al trabajo de Robert Brockmann, quien además reconstruye el paso por el país de Ernst Röhm, un aguerrido nacionalsocialista.)
De niño, Robert Brockmann escuchaba decir a su padre, cada vez que aparecía alguna información sobre Ernst Röhm, miembro del Tercer Reich en Alemania: “Ése estuvo en Bolivia”. Así que, desde sus 13 años, quien se dedicaría años más tarde a la labor periodística —fue Subdirector de La Razón— comenzó a reunir papeles sobre ese personaje vinculado con Adolf Hitler, quien terminó ordenando que se le fusile, el 30 de junio de 1934, durante la Noche de los Cuchillos Largos.
El 2004, Brockmann leyó, en unos ensayos de Charles Arnade, referencias sobre la presencia de Röhm en el país. El antiguo interés revivió y, luego de contactarse con el investigador estadounidense, comenzó a armar un rompecabezas que derivaría en un libro de historia. Libro que, siguiendo la pista de Röhm, condujo al autor hacia la figura de otro alemán, Hans Kundt, que terminó constituyéndose en el pilar de las indagaciones del periodista historiador.
La anterior semana, Plural Editores entregó el libro con el título El general y sus presidentes. Vida y tiempos de Hans Kundt, Ernst Röhm y siete presidentes de Bolivia, 1911-1939.
Visitas al Archivo y Biblioteca Nacional, en Sucre; revisión de la prensa nacional e internacional de la primera mitad del siglo XX, indagaciones minuciosas en la Internet… las fuentes primarias y secundarias remiten en el libro a 500 referencias. Así que el método y el contenido de El general… son indudablemente de corte histórico; pero “la escritura es periodística; me he esforzado para que la lectura sea un placer, casi como una novela”.
Entre varios descubrimientos que permite la labor de Brockmann, por ejemplo sobre el periodo previo a la Guerra del Chaco, lo que se hace evidente es que tanto Röhm como Kundt jugaron papeles decisivos para la historia del país. Colegas y hasta amigos —Kundt habría posibilitado la llegada del influyente militar, cabeza de las SA (camisas pardas), el brazo armado del Nacional-Socialismo—, terminaron enfrentados en 1930. La causa fue el intento de prórroga del presidente Hernando Siles, a quien Kundt servía, y la oposición militar que se articuló en Oruro. Brockmann ha encontrado en esta última fracción la mano de Röhm. Y destaca algo que la historia ha olvidado: lo sangrienta que fue la asonada. La caída en desgracia de Siles afectó a Kundt, que tuvo que huir del país. Y a Röhm le llamó Hitler que veía peligrar su posición y necesitaba del aguerrido personaje.
De este último, de quien se sabía era homosexual, el autor reproduce correspondencia relacionada con Bolivia, con lujo de detalles sobre sus amantes. Lejos estaba entonces el personaje de sospechar que su homosexualidad ayudaría luego a Hitler —a quien tuteaba, como nadie más se atrevía— a justificar su asesinato.
De Kundt se volvería a saber en Bolivia, cuando la Guerra del Chaco se hizo cuesta arriba para las fuerzas bolivianas. El mismo pueblo que le había echado antes exigiría su retorno.
Este capítulo es profundizado por Brockmann, quien confiesa su aspiración: “quiero que mi libro sea un referente sobre la guerra, pues hay mucha nueva información, con fuentes no consideradas hasta ahora” y que echan luces sobre responsabilidades que, en general, han pesado únicamente sobre el alemán que llegó a comandar las fuerzas militares bolivianas.
Más allá del valor que tiene reconstruir la historia, Brockmann se encuentra con que facetas fundamentales que él ha investigado se parecen muchísimo a lo que pasa hoy en el país. Y extrae una conclusión debidamente documentada: los bolivianos no toleran prorroguismos ni periodos demasiado largos en el poder. El general y sus presidentes. Vida y tiempos de Hans Kundt, Ernst Röhm y siete presidentes de Bolivia, 1911-1939. Plural Editores y Embajada de Alemania en Bolivia. La Paz, 2007. 470 páginas.
Fuente: La Razón


Tomar distancia

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Tomar distancia
Por: Patricio Lennard

Son dos alumnos, los más bajos del curso, los que toman distancia apoyando la mano en el hombro de las chicas de adelante. Y es la preceptora, recreo tras recreo, la que inspecciona que ese hombro sólo sea para ellos un punto de apoyo, y no algo que pueda ser tocado o envuelto con la mano. Ya el jefe de preceptores la ha instruido en lo que él llama el “punto justo”: la habilidad de una mirada alerta a la que no se le escape nada pero que no sea notada por los chicos. Y así María Teresa vigila que ese acercamiento sea leve, retraído; que nunca se disponga más a la caricia que al contacto.
Cuando esa escena se le representó mentalmente a Martín Kohan, sintió que era el germen de una nueva novela. Ya hacía tiempo que le estaba rondando en la cabeza la idea de escribir sobre el Colegio Nacional de Buenos Aires, del que él había sido alumno. Y acaso sus recuerdos, tramados con la historia de esa institución de la que egresaron próceres como Belgrano y Alberdi, y en cuyas aulas se inspiró Miguel Cané para escribir Juvenilia, hicieron que su deseo de hablar del rigor disciplinario que durante el último tramo de la dictadura reinaba en los claustros coincidiera con su natural inclinación a desandar la historia argentina de manera oblicua en su literatura. Una inclinación que en su obra comenzó a gestarse en las torsiones paródicas que a propósito de las figuras de Echeverría y San Martín realizó sobre la novela histórica en Los cautivos y El informe, y que terminó de adquirir forma en el desafectado relato del conscripto que asiste a un médico apropiador de bebés en Dos veces junio, y en la indagación que en Museo de la revolución pone en foco la militancia en los años 70.
Una literatura del detalle: eso es lo que hace Martín Kohan. Algo que en Ciencias morales se plasma en la severa vigilancia que ejerce el personaje de la preceptora, pero también en cómo la guerra de Malvinas, en cuyo contexto transcurre la acción de la novela sin que hasta el final se la nombre, es apenas aludida en la exacerbación del sentimiento nacionalista que lleva a los alumnos a poner más empeño al cantar Aurora, o en ese programa de TV en que unas señoras bienintencionadas aparecen donando sus alhajas a la patria. “Hay algo del orden político, de la dominación, que se juega en las relaciones cotidianas. Y esos vínculos no constituyen la parte anecdótica del poder”, piensa Kohan. De ahí que su intención de plasmar el mundo aparte que era el Nacional de Buenos Aires, “esa institución que prometía funcionar encapsulada” y cuyos muros entonces eran casi impermeables a lo que sucedía afuera, tenga en Ciencias morales una réplica en miniatura en ese habitáculo del baño de varones en que la preceptora se esconde en las horas de clase con el fin de pescar fumando a un alumno al que un día le siente olor a cigarrillo en el uniforme. Algo que María Teresa hará obsesivamente, inmersa en un ritual que tendrá derivaciones sexualmente escabrosas (es difícil no pensar en el personaje que Elfriede Jelinek concibe en La pianista), y que será avalado por Biasutto, el jefe de preceptores, para quien fumar en los baños del colegio dista de ser una simple travesura.
“Es el espíritu de la subversión que nos amenaza”, le dirá Biasutto a María Teresa, siendo coherente con su fama (heroica para muchos de sus compañeros) de haber sido el principal responsable, unos años antes, de la confección de listas dentro del colegio. Un comentario en el que se vislumbra el cinismo de alguien que sabe perfectamente que la otra guerra, la “guerra sucia”, ya se había terminado, y en la que el colegio, como tantos otros, había sido uno de sus campos de batalla. Es precisamente en la época en que la desaparición de alumnos del colegio era apenas un rumor proveniente de un pasado cercano cuando Kohan ingresa al Nacional de Buenos Aires. “Mi paso por el colegio en realidad son dos, porque tanto el colegio como el país cambian a la mitad. Yo curso en el Buenos Aires entre 1980 y 1985, y eso hace difícil dar una definición de lo que fue para mí esa experiencia, porque hubo un momento en que todo cambió radicalmente, y eso ocurre en el año 82. Fueron dos colegios, en todos los sentidos. Cuando yo entro en el 80, el momento más brutal de la represión ya había pasado. No quedaba de eso más que un eco flotando en el aire. De hecho, en mi división no hubo desaparecidos ni tampoco yo viví la situación de cuando se produjeron las desapariciones. Todo eso era —tal como dejo ver en Ciencias morales— algo de lo que se sabía pero no se sabía bien al mismo tiempo. Entonces, mi experiencia y la de muchos de mis compañeros era la de una absoluta naturalización de esas condiciones. No era una situación que nos resultara opresiva, y sólo después la empezamos a pensar en esos términos. Sí la vivíamos, quizá, con cierto temor, pero con un gran deseo de obedecer, con una marcada disposición al acatamiento. Para mí eso era el colegio, así era, y las condiciones policiales que allí se vivían recién adquirieron ese aspecto retrospectivamente. En mi caso personal, cuando desde el colegio se comenzó a revisar lo que allí había pasado, la pregunta que me hice fue: ¿cómo pude pensar que todo esto era normal? Y esa es una pregunta que quise responderme escribiendo la novela”.
El Nacional Buenos Aires que describe Miguel Cané en Juvenilia era un colegio de varones. Y el que vos describís tiene alumnos varones y mujeres, cuyo contacto es regulado constantemente por los preceptores. ¿Pensaste de entrada la tensión sexual como eje del libro?
—En gran medida sí, porque a mí la novela se me ocurrió, como se me suelen ocurrir, a partir de una o dos escenas fuertes, que las veo en la cabeza y me ayudan a empezar a armar la trama. Y la que me permitió empezar a armar la trama de Ciencias morales es la de la preceptora en el control de la formación. Ahí, efectivamente, aparece la cuestión paranoica con respecto al contacto. Yo no sé bien en qué año el colegio se hizo mixto, pero en Juvenilia es claro que antes era un colegio de varones y también un internado. En este sentido, algo de la lógica de la internación que se lee en Juvenilia me permitió armar Ciencias morales. Más allá de que no es una novela en la que los alumnos duerman en el colegio. La significación “internado” me quedó dando vueltas y luego se imbricó con la situación de controlar que allí hubiera varones y mujeres. Así, la escena de la formación, que ponía los cuerpos tan en juego ante la mirada de la preceptora, me permitió plantear de entrada la tensión sexual como problema. Porque en un punto me parece hasta más razonable que un colegio sea sólo de varones o sólo de mujeres, antes que admitir que sea mixto para después vigilar maniáticamente que no haya contacto.
¿Por qué decidiste que el personaje de María Teresa fuera tan mojigato, tan reprimido incluso?
—Me parecía interesante jugar con la figura del “represor reprimido”. Más allá de que ella no es estrictamente una represora. Ahí me sirvió algo que no estaba tan premeditado, que fue hacerla jugar respecto de Biasutto, el jefe de preceptores. Eso me ayudó a complejizar el personaje, a que no fuera tan lineal, porque ella misma empieza en algún punto a funcionar como víctima. Respecto de todas las situaciones, María Teresa es un poco ejecutora de algo que no termina de saber bien en qué consiste, y su función como engranaje en la maquinaria del control disciplinario es algo que ejecuta sin ver, sin poder ver la maquinaria entera. Esa función que ella tiene en el sistema de control disciplinario del colegio tenía que corresponderse con la relación que mantiene, en cuanto a sexualidad, consigo misma y con su propio cuerpo. Y ahí es donde fui confirmando la idea de que la novela tenía que escribirla en tercera persona, más allá de que estuviera siempre pegada al personaje de la preceptora. Jugar con la posibilidad de que el lector supiera lo que ella no sabe, incluso de sí misma.
A la hora de analizar las diferentes instituciones disciplinarias, entre las que incluye a la escuela, Foucault decía que la atención a los detalles está en la base de las técnicas de encauzamiento de la conducta. No en vano María Teresa, con su mirada siempre alerta y minuciosa, indaga hasta los más mínimos gestos y movimientos de sus alumnos.
—Hubo una especie de confluencia casi espontánea entre lo que Foucault, a quien vos mencionás, introduce en términos de “microfísica” y mi propia tendencia de escritura. No es algo buscado deliberadamente, pero es claro que mi escritura lleva al detalle, el pormenor, la demora. Terminé de aceptar eso cuando empecé a escribir Museo de la revolución, porque ahí me propuse a priori ir directo al desarrollo de la trama. Pero después de escribir las primeras cinco páginas me di cuenta que el protagonista todavía estaba tratando de encender la luz del micro.
¿Y eso dirías que proviene de la literatura de Saer?
—Sí, pero también de la de David Viñas. Sin caer en el ritmo moroso del detalle que caracteriza a Saer, en la escritura de Viñas hay una captación de detalles que me parece asombrosa. Sus diálogos van acompañados, generalmente, por observaciones gestuales de una enorme precisión de detalle. Eso es algo que me gusta mucho en Viñas. En el caso de Saer, su capacidad de descomponer o de desintegrar me resulta admirable.
Ya que hablás de Viñas, Un dios cotidiano, además de Juvenilia, es otra novela que transcurre en un claustro educativo. ¿La tuviste en mente de alguna manera?
—Yo trato de que esos sustratos funcionen como sustratos. Trato de no traerlos, de no releer, porque sé que pueden estar detrás de lo que se me está ocurriendo y así evito pegarme demasiado. Esa novela de Viñas me interesó mucho. Por lo tanto sé que funcionó; pero no premedité ni custodié ese funcionamiento. Otro texto que podría mencionar es El director, de Gustavo Ferreyra. Había ideas a las que yo les venía dando vueltas cuando leí esa novela, a fines de 2005, y ese director de escuela, esa figura gris que Ferreyra trabaja tan bien me ayudó, con las diferencias del caso, a pensar el personaje de la preceptora.
Antes de ponerte a escribir, ¿te ocupaste de investigar cómo se modificó durante la dictadura el régimen disciplinario en las escuelas?
—No. Yo no investigo nunca. Y una cosa que no dejo de preguntarme es por qué no encuentro la motivación para hacerlo. Cuando yo estaba escribiendo Los cautivos, la novela sobre Echeverría, sabía que la casa en la que él se había refugiado en la Estancia Los Talas se conservaba, e incluso que podía visitársela, porque me lo habían dicho. Pero no fui a Los Talas y no vi la casa hasta después de haber terminado la novela. Y eso quizá tiene que ver con que aunque yo trabaje con personajes reales, como Echeverría o San Martín, o con la pelea Firpo-Dempsey, que fue un episodio real, para mí el hecho de no investigar es un requerimiento para concentrarme en las capas de significación que reposan sobre ellos. Nunca me interesan como hechos reales o personajes reales, sino en la medida en que empiezan a emanar algún sentido. A mí me importa mucho qué significa que Firpo haya tirado a Dempsey del cuadrilátero, y que después haya perdido la pelea, porque para mí ahí hay algo del orden de la argentinidad. Y ahí es donde reside mi principal motivación literaria. Los datos concretos casi siempre son inventados o equivocados en mis textos, y no me preocupa que así sea, siempre y cuando capte bien una significación o la sensibilidad de un mito. Me interesaba captar la verdad de que el Colegio Nacional de Buenos Aires se imagine a sí mismo como un concentrado de la Argentina. Una patria en miniatura.
La idea de que la historia del Nacional de Buenos Aires y la historia de la Patria son una y la misma cosa comienza a gestarse, en gran medida, en Juvenilia. Un texto con el que Kohan se cruzó por primera vez a los 13 años, ya que era de lectura obligatoria en el curso de ingreso al colegio. “La lectura de Juvenilia se instituía como una prueba de iniciación. Era el umbral en el que comenzaba a erigirse el orgullo relacionado con el sentido de pertenencia, ya que lo que uno estaba leyendo era un clásico de la literatura y lo que te decían era: entrar en este colegio es entrar en la tradición. De ahí que ingresar al Nacional Buenos Aires fuera, en cierto punto, acceder al mundo de la mitología patria. Cosa que me convocó para escribir Ciencias morales, al igual que antes lo habían hecho otros mitos patrios, como Echeverría o San Martín”.
Más allá de que los apellidos de los alumnos que aparecen son los que tenían realmente los compañeros de Kohan, en la novela el juego entre la realidad y la ficción evidencia un límite. “No hay ninguna transposición autobiográfica directa en Ciencias morales. Yo no aparezco, no estoy, salvo en la evocación de ciertos recuerdos que me ayudaron en la escritura. Nunca una experiencia mía pasa plenamente a la literatura. Para mí siempre hay como un corte. Y eso queda claro en esta novela, en la que estaba todo dado para que fuera autobiográfica”. Algo parecido, aunque en menor medida, le pasó a Kohan escribiendo Dos veces junio. “Yo de chico vivía en el Bajo Belgrano, muy cerca de la cancha de River, y cuando se jugó el Mundial 78 yo tenía once años. Y los recuerdos que retengo, si bien me ayudaron a dar cuenta de cierto clima de época y a describir las inmediaciones del estadio, en donde solía andar en bicicleta, no ingresaron a la novela sino bajo la forma de la evocación espacial”.
Dos veces junio en cierto modo termina donde empieza Ciencias morales: en la guerra de Malvinas. ¿Qué relaciones percibís entre ambos libros?
—Yo no la pensé como continuación. Cuando la novela cobró forma, me di cuenta de que había resonancias de una en la otra. Sí la escritura me llevó a ámbitos parecidos, en lo que se refiere a ver funcionar un mecanismo de autoridad. Y en cierto modo también la pregunta era la misma: ¿cómo se forma un obediente? Porque el obediente supone una voluntad de obedecer que es modelada por un poder que no sólo se impone represivamente, sino que suscita deseo. Por algo en Ciencias morales no es sólo un control represivo lo que se ve operando. En el caso de la preceptora, el propósito de hacer su trabajo de la mejor manera posible no es en ella una imposición, sino un deseo.
A diferencia de Juvenilia, en donde las tretas de los alumnos son reprendidas muchas veces, en Ciencias morales casi no hay espacio para el castigo porque tampoco lo hay para la indisciplina. ¿El contexto en que transcurre la acción te hubiera permitido procesar la picaresca que se lee en Juvenilia?
—No. Cuando estaba pensando esta novela, mientras contemplé la alternativa de la picaresca estudiantil no se me ocurría nada. Y aun hoy no se me ocurriría nada. Primero, porque no es el tono narrativo que elegiría para una novela que transcurre en la dictadura. Por otro lado, cuando decidí hacer foco en la subjetividad de las autoridades, en las máquinas de producir obediencia, ahí sí apareció un camino. Pero eso me pedía absolutamente otro registro, que no era el de la picaresca, y entonces empezó a resonar Dos veces junio, en la medida en que necesité un registro tanto o más neutro cuanto menos neutro era lo que se estaba contando.
En ambas novelas la guerra de Malvinas entra tangencialmente. ¿Qué diálogos sentís que Ciencias morales establece con otros textos que se han escrito sobre Malvinas?
—Me parece que Malvinas, en términos generales, siempre fue la experiencia de los combatientes en el frente. Aunque más no fuese a la manera de Los pichyciegos: la de los soldados que para no tener que combatir se esconden debajo de la tierra. Incluso, en ese caso, el escenario de la narrativa de Malvinas son las islas y la guerra. Sólo recordaba un caso, el de Gustavo Nielsen, quien en La flor azteca escribió una historia que transcurre durante la guerra, pero donde se la ve a la distancia. Y como Malvinas en Ciencias morales entra como telón de fondo, porque es tan lateral como el personaje del hermano de María Teresa, que no aparece porque está cumpliendo el servicio militar obligatorio, creo que Malvinas funciona como un no-acontecimiento no sólo porque nunca es narrado sino porque tampoco el hermano va a la guerra.
No obstante, si de alguna forma en Ciencias morales se vive el drama de la guerra, es a través de la angustia que al personaje de la madre le produce saber que su hijo puede ser enviado en cualquier momento al frente.
—Sí, pero eso yo lo veía, al mismo tiempo, como algo que a ella también le toca el orgullo. La madre llora más cuando el hijo está en Villa Martelli, haciendo el servicio militar, que ante la perspectiva de que pueda ser uno de los soldados movilizados por la guerra. Lo que implica, aunque no de una manera tan marcada, la pregunta que yo me hacía en Dos veces junio: ¿cómo se produce en un padre el deseo de que un hijo vaya a la guerra? Un deseo que nunca es pura y exclusivamente ese deseo, pero que sí involucra cierta clase de positividad, sea bajo la forma del heroísmo, del valor o del sacrificio por la patria. Algo de eso traté de retomarlo acá en la figura de una madre que, a medida que su hijo es movilizado y está más cerca de Malvinas, llora menos. Y si llora menos es porque su hijo pasa de ser un colimba martirizado a ser un soldado de la patria. Aunque nada de eso llega a cobrar forma, porque él no va a Malvinas. El hecho de que él mande postales en las que cuanto más cerca está de las islas menos tiene para decir, habla precisamente de eso: de que no tiene nada para contar porque no va a la guerra.


CRÍTICA: EL LIBRO DE LA SEMANA

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El poseído y su demonio
Por: Rodrigo Fresán (22/12/2007)
(Semanas atrás, obituarios de todo el mundo detallaban los problemas de salud que acabaron con un hombre de 84 años llamado Norman Malech Mailer. Y a continuación, casi todas las necrológicas -con mayor o menor gracia, sin ponerse nunca de acuerdo- discutían acerca de la importancia de Mailer dentro de las letras norteamericanas. ¿Genio o ingenioso? ¿Payaso o domador de leones o, mejor aún, indomable Rey León? En algo sí coincidían todas: Mailer había sido importante, vital, producto de su tiempo y testigo de su época.)
Autor de un puñado de novelas necesarias (su triunfal debut en 1948 con Los desnudos y los muertos, la audaz fantasmagoría egipcia Noches de la antigüedad de 1983 y esa balzaciana historia de la CIA que es El fantasma de Harlot de 1991) pero acaso mucho más interesante como innovador de la crónica y la no-ficción (la recopilación de diatribas y relatos de 1959, Advertisements for myself, donde se daba el lujo de condenar a buena parte de sus pares; Los ejércitos de la noche, de 1968 y ganadora del Pulitzer y del National Book Award, atestiguando la histórica y contracultural marcha sobre el Pentágono, y La canción del verdugo, por la que ganó otro Pulitzer en 1979, recreando los asesinatos y ejecución de Gary Gilmore), Mailer también destacó en lo cuasi-experimental con lo que él mismo definía como “mi voz loca” en Barbary Shore (1951), Un sueño americano (1965) y ¿Por qué estamos en Vietnam?Pero por encima de la obra, los elegiacos profesionales ponían la polimorfa y perversa intensidad de su ocurrente vida. Porque basta un somero repaso a sus idas y vueltas para comprender, enseguida, que Mailer -adorador de Ernest Hemingway, acaso el paciente original- fue uno de los mejores contagiados de esa enfermedad de los escritores de Estados Unidos: la que de tanto en tanto ataca y tienta al incauto con la posibilidad de convertirse en un personaje de su propia imaginación. Así, puede leerse buena parte de la trayectoria de Mailer como la de un artista poseído por sí mismo; sin que esto signifique que el modo en que Mailer se veía frente al espejo fuera el mismo modo en que lo veía el resto de la humanidad o, al menos, el establishment cultural.
Si hay que ser justos y sinceros, a la hora de los resúmenes forenses, el Personaje Mailer, mal que le pese a su abnegado creador, está (con sus catastróficos matrimonios que incluyeron apuñalamiento de cuello de esposa con lapicera, sus absurdas polémicas, su patológica propensión a solucionarlo todo a puñetazos, sus variadas adicciones, la mención de su nombre en el Give peace a chance de John Lennon y el haber aparecido como responsable de la novelización de la película de los ultraviolentos Itchy y Scratchty en un episodio de Los Simpson) lejos de la épica masculina y tronante que él pretendía y muy cerca de los antihéroes de esas geniales farsas cerebrales de Saul Bellow. Lo que no está nada mal, sí; pero a Mailer no le hubiera causado la menor gracia.
De ahí la paradójica broma final de que la última novela publicada en vida por este satisfecho autoposeído trate de la génesis de un mesías monstruoso recapitulada por un tal D. T. o Dieter: demonio de primera clase respondiendo directamente a Satán y velando por la seguridad y buen desarrollo de un niño llamado Adolf Hitler.
El castillo en el bosque -primera parte de un díptico que ya no será- es, también, un libro donde se puede apreciar lo peor y lo mejor de Mailer.
En el lado de los contras, vuelve a estar aquí esa tendencia megalómana e infantilmente ingenua de sentir que un gran tema hace necesariamente a un gran libro. De ahí que, aquí, Hitler -como ya lo fueron Picasso, Kennedy, Cassius Clay, Marilyn Monroe, Neil Armstrong, Oswald y hasta Jesucristo- sea una nueva excusa para acercarse, comprender, a un histórico que, por cercanía, lo vuelva automáticamente a Mailer un poco más histórico, indispensable y, de paso, comprensible. Porque no importa la máscara del héroe o del villano, Mailer siempre escribió sobre sí mismo y así lo explicó en una entrevista: “Se me ha acusado de haber despilfarrado talentos, de haberme entregado a un exceso de actividades, de haberme empeñado con demasiada conciencia en convertirme en famoso, de haber actuado teatralmente en los límites y, en realidad, en el centro de mi propia leyenda pública. Y, por supuesto, como cualquier criminal, soy mi mejor abogado; el día que deje de serlo será un día triste… Siempre me ha parecido que la gente no reacciona ante mí como si estuviera realmente ante mí, sino como si estuviera frente a una fotografía mía. De modo que puedo cambiar la fotografía y divertirme observando las reacciones. El demonio que hay en mí se regocija con esta capacidad camaleónica. La gente cree que ha encontrado el modo de prescindir de mí, pero, como el mayordomo loco, regreso a servir la comida”.
En el lado de los pros, El castillo en el bosque -con su delirio freudiano y sus esperpénticas interpretaciones sobre las raíces del hombre más monstruoso del siglo XX- es exactamente eso: un sabroso y demencial banquete servido por alguien feliz de mailerizar todo lo que toca o golpea con pasión pugilística. Un libro muy divertido -”una comedia” pero “difícil de clasificar”, como apunta el diabólico narrador- con partes de una intensidad pasmosa y otras que provocan la más boba de las risas. Algo que acaba resultando en una curiosa combinación de película de Ed Wood, novela de Chuck Palahniuk, aquel musical kitsch-nazi en Los productores de Mel Brooks y enciclopedia editada en la Twiligth Zone. Y, claro, el resultado de todo esto es Mailer al ciento por ciento. Es decir: la obsesión por el Mal Absoluto, el sexo anal, las parrafadas metafísicas, el incesto, las digresiones absurdas que van de la caída de los zares a la cría de abejas, la misoginia como estandarte y una apreciación casi nerd del sexo renovando la intención de que “mis libros siempre sean provocadores. Lo dije una vez y lo vuelvo a decir ahora: ¿qué sentido tiene el ser escritor si no irritas a mucha gente?”.
Podría entonces decirse que El castillo en el bosque no es un gran libro pero sí que es un -otro- libro del gran Norman Mailer. Alguien que nunca tuvo el tamaño colosal que él sentía tener pero que, tal vez, sí acabó cumpliendo su deseo más íntimo. Deseo que confesó en un momento de rara emoción en la inevitable entrevista con The Paris Review. “Yo quiero ser Tom Sawyer”, sonrío allí Mailer. Es decir: Mailer no quería ser el Ishmael de Melville o el Gatsby de Fitzgerald. Ni siquiera quería ser Huckleberry Finn, versión más oscura del héroe de Twain. No, Mailer quería ser el irresponsable, pícaro y luminoso Tom: un muchacho que siempre se sale con la suya. Leer -y disfrutar- entonces El castillo en el bosque como lo que en realidad es: el sueño de un adolescente de ochenta y cuatro años que se divirtió escribiendo hasta el último aliento persiguiendo a “esa novela que Dostoievski, Marx, Joyce, Freud, Stendhal, Tolstói, Proust, Spengler, Faulkner y Hemingway querrían leer”. No la alcanzó, pero nadie puede negarle que lo intentó. Una y otra vez. Como poseso. -
Fuente: El País


Mauro y los dinosaurios

Mauro y los dinosaurios
Por: Pedro Shimose

La socialista Ségolène Royal, candidata perdedora en las pasadas elecciones presidenciales francesas, acaba de publicar el libro Mi más bella historia sois vosotros. En él ataca sin piedad a los viejos dirigentes del Partido Socialista Francés, llamándolos ‘paquidermos’. Quizás ha querido homologarlos a los rinocerontes, en clara alusión a Rhinocéros, obra teatral de Eugenio Ionesco, maestro del teatro del absurdo.
En Bolivia los llamaríamos ‘cuerudos’, pero la prensa prefirió llamarlos ‘dinosaurios’, con un refinamiento poco corriente en nuestro medio. Algunos recordarán que, en 1998, se desató la lucha por el poder en el seno de ADN (Acción Democrática Nacionalista), partido confeccionado a la medida del ex dictador Banzer. Los dinosaurios eran los viejos dirigentes reacios a combatir la corrupción y opuestos a la modernización de un partido identificado todavía con el pasado dictatorial de su jefe. En contraposición, los jóvenes reformistas fueron llamados ‘pitufos’, al identificarlos con aquellos duendecillos azules y diminutos dibujados por Pierre Culliford (Peyo).
El 20 de octubre pasado el economista, empresario, poeta y político Mauro Bertero Gutiérrez, dirigente ‘pitufo’ de la agonizante ADN, renunció a la política, dando por perdida la batalla regeneracionista en su partido. Su carta de renuncia (EL DEBER, 21/10/07) es sintomática. En sus párrafos más significativos dice: “Embargado del agotamiento moral de haber sido testigo directo de la traición, la deslealtad, la pugna inmisericorde por el poder y el extremo cálculo que relega el interés de la nación, anteponiendo al mismo las agendas personales y partidarias (…) No he renegado ayer, no lo hago hoy ni lo haré mañana, de las contribuciones que ADN ha realizado a la vida democrática de la nación. Como he sostenido siempre, la vida es demasiado corta para cambiar de camiseta o de color partidario”. Está dicho todo y al que le calce el guante, que se lo chante. Como mis pacientes y abnegados lectores saben, no soy hombre de partido. ADN me importa un guapomó, pero la democracia sí me importa y actitudes como la de Mauro Bertero Gutiérrez merecen ser comentadas porque en Bolivia no son moneda corriente.
La democracia no es, como la mayoría cree, una palabreja para encubrir ambiciones personales, abusos de poder, negocios oscuros, negociados gaseosos, chanchullos y repartija de pegas que han terminado por ensuciar la historia de Bolivia en estos últimos 23 años y sumirnos en el infortunio. La democracia es, más allá de la teoría, un modo de convivencia en libertad y un modo de gobernar con la ley en la mano. Ella se sostiene con actos de coraje cívico como el de este político adenista, que merece el respeto de todos, seamos o no adenistas.
Pero está visto que estos gestos no interesan a la ciudadanía, porque son silenciados y caen inmediatamente en el olvido. Por poner un ejemplo, pocos recuerdan el intento regeneracionista de don Javier Campero Paz. Mientras desempeñó el cargo de secretario general del MNR intentó democratizar su partido mediante una reforma que incluía, entre otras cosas, el retorno a las fuentes doctrinales en defensa de los intereses de la nación y la renovación de la dirigencia con líderes jóvenes, capaces y honestos. Naturalmente, los dinosaurios de su partido lo condenaron al ostracismo.
Ni los cambios climáticos ni las radiaciones cósmicas, ni el impacto de asteroides y meteoritos han logrado eliminarlos. Han experimentado mutaciones y ahora los vemos deambular por la escena nacional como si se hubieran fugado del Museo Paleontológico del Parque Cretácico de Sucre, inaugurado hace tres semanas. Parodiando a Tito Monterroso, diré: “Cuando despertamos, los dinosaurios todavía estaban aquí…”, en la inconstitucional Asamblea Constituyente de Oruro, en el Gobierno que no gobierna y en la oposición muda, ciega y paralítica. // Madrid, 21/12/2007.
Fuente: www.eldeber.com.bo


Microcuentos

Microcuentos
Por: Homero Carvalho Oliva

Pachamama
Doña Justina Cusicanqui, tierna y sabia anciana, cuenta que escuchó a su abuela relatar la historia de un aymara que, ante los porfiados sacerdotes que pretendían bautizarlo cristianamente, respondió muy sereno:
- Yo nada espero del cielo, todo me lo dio la tierra
Cuento
Había una vez una mujer a quién un sueño erótico dejó embarazada.
Estatuas desveladas
Hay hombres que tienen bien merecidos sus monumentos. Las palomas, esos tiernos símbolos de la paz, nos vengan de todos sus agravios.
Sodoma y Gomorra
Hubo una vez en el tiempo una ciudad cuya única hembra casta era la muerte.
Los dueños del mundo
Se creían inmortales hasta que, un fatídico día de números gemelos como las alas del demonio, el cielo se les vino encima.
El tío Sam
Y cuando despertó, el Che Guevara todavía estaba ahí.
Renacido
El día que, por fin, publicó su libro murió el escritor que decía ser y nació un nuevo miembro de la Asociación de Escritores.


Doce monedas para El Barquerdo en la librería digital de ecdotica

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Doce Moneda para el Barquero de Adolfo Cárdenas
Por: María Libertad

(Se encuentra disponible en la librería de www.ecdotica.com el libro de cuentos de Adolfo Cárdenas Franco, Doce monedas para El Barquero publicado el 2005 por Editorial Gente Común)
Existen lugares que escapan a la percepción ordinaria, lugares a los que no se accede sólo queriéndolo y a donde la mayoría de la gente no quiere ir nunca. Están ahí, cohabitando con el mundo convencional, como rendijas oscuras que filtran vapores demasiado espesos, demasiado pestilentes. Hay que estar de un humor especial, un poco desequilibrado, para asomarse a espiar a través de esos agujeros y añadirle una cuantas nubes plomizas a cualquier impredecible atardecer soleado.
No se trata únicamente de un solemne culto por el más allá y por la muerte; más bien es una especie de revelación, un caer en cuenta de que este más allá está más acá de lo que se cree y de que no es un solo y exclusivo lugar, sino que se multiplica e invade territorios que, aparentemente, no le pertenecen. Sólo hay que aguzar ojos, olfato , oídos y algunos otros sextos sentidos para percibir este mundo donde resulta completamente lógico angustiarse hasta la desesperación por no estar más angustiado y resolver que la única solución es cometer matricidio, porque ¿quién no ha querido matar a su madre una que otra vez?




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