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Concurso de novela en Cochabamba a punto de fracasar

Versión 2007 de concurso de novela a punto de fracasar
Por: Michel Zelada Cabrera
La segunda versión del Premio Nacional de Novela que organiza la Oficialía de Cultura del municipio está al borde del fracaso con solamente dos obras que se presentaron al certamen a tres meses de lanzada la convocatoria e, incluso, con una ampliación del plazo.
Un afiche con la foto de Marcelo Quiroga Santa Cruz pegado en varios lugares de la ciudad fue el principal medio con el que se publicitó el certamen literario, que lleva el nombre del extinto líder socialista.
Sin embargo, los afiches en cuestión no contenían mayor información que el nombre del concurso.
Jhonny Rivera, director de Cultura de municipio, admite que el certamen no ha llenado sus expectativas, pero que están pendientes de la decisión del jurado que será hecho público después de Año Nuevo. Existe la probabilidad de que el concurso sea declarado desierto.
“La verdad es que no nos explicamos porqué el desinterés de la gente, no obstante hemos estado publicitando afiches en el departamento y en el interior del país. O tal vez la cuestión de los premios no ha motivado a los escritores”, dijo Rivera.
El “Marcelo Quiroga Santa Cruz” otorga 8.000 bolivianos como premio único y el certamen de cuento “Adela Zamudio” da 5.000 bolivianos.
En tanto, dos de los jurados que calificaron la primera versión del certamen de novela a principios de 2007, los escritores Adolfo Cáceres Romero y Roberto Ágreda, coincidieron en que las convocatorias a la segunda versión a los concursos no fueron suficientemente publicitadas, y a eso se debe su fracaso.
“No saben promocionarlo ni manejarlo. Con publicar una vez la convocatoria en el periódico creen que todos los interesados se van a enterar”, dijo Cáceres.
Para el escritor, la razón para la ausencia de postulantes es que mucha gente no se ha enterado del certamen.
Para Roberto Ágreda, otro de los jurados de la primera versión, la falta de información y difusión de la convocatoria es la causa para la ausencia de obras en el certamen de novela. Agregó, además, que en general el municipio no toma en serio la actividad literaria.
“No hay un trabajo de coordinación serio y responsable en esta área. Incluso cuando hay gente dispuesta a promover temas literarios, no se le da la importancia debida”, finalizó Ágreda.
Desacuerdos sobre obra
Sobre la premiación del primer certamen del Concurso Nacional de Novela “Marcelo Quiroga Santa Cruz”, el escritor Adolfo Cáceres Romero, quien fue jurado del mismo, dijo que no estaba de acuerdo con la obra de Celso Montaño que resultó premiada.
La falla fue de principio, porque había un solo ejemplar de cada novela, “y a los jurados nos han hecho rotar las obras, no podíamos leerlas simultáneamente, estaba muy mal organizado”, dijo Cáceres. Agregó que ni siquiera hubo entre los jurados una oportunidad para debatir sobre las novelas presentadas.
“A mí la novela no me gustó (Corazón de Bolivia), no pude acabarla siquiera, es un mamotreto. Más parece un alegato de historia y mal escrito”, recordó el escritor, quien afirmó que le rogaron para que firmara el acta porque sin ella no podían publicar la obra.
En tanto, Roberto Ágreda dijo que la novela de Celso Montaño responde a la realidad nacional porque explora el mundo de conflictos de los sectores sociales. “Aunque hay también algunas cosas caprichosas que el género literario se permite”.
Ágreda admitió que la decisión de otorgar el premio a Montaño no fue unánime, que otros se inclinaban por otras novelas.

Despedida de Año Viejo

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Despedida de Año Viejo
Por: Pedro Shimose

Me asombra que alguien se queje de lo mal que va el mundo. La vida es bella y el mundo gira entre milagros, prodigios y maravillas cotidianas. Este año que acaba, por ejemplo, se despide con las palabras trascendentales de la señorita Britney Spears. Hace un año se afeitó la cabeza a lo bonzo (“tapa’e peto”, diríamos los cambas) y proclamó ante la faz del mundo: “Mi propósito para el año que empieza es llevar bragas”. Hasta entonces, pocos sabían que Britney, “La Sin Calzón”, iba con sus vergüenzas al aire. A partir de las confesiones de la Spears, el mundo es diferente.
Ni el cambio climático ni el terrorismo, ni las guerras ni la verborrea de Hugo Chávez, ni las sequías ni las inundaciones, ni los cataclismos ni la Asamblea Constituyente de Oruro, ni el narcotráfico ni las Spice Girls lograron matar mi fe en la humanidad. Todo sería distinto si no hubiésemos visto a Xuxa, la famosa presentadora de la TV brasileña, quejándose porque “una de las cosas más difíciles hoy en día es hallar un hombre que use preservativos”. Fíjense bien. No se trata de que una mujer talludita y de buen ver se lamente porque hoy sea difícil encontrar ‘un hombre’ en toda la extensión del término (reflexión filosófica y poética a lo Rudyard Kipling). La señora Xuxa se lamenta de no poder encontrar “un hombre que use preservativos” (reflexión sexológica a lo Shere Hite / Informe Kinsey). Como decía Bill Chéspir: “Sex or not sex, that’s question”.
Otra gloria de nuestra civilización occidental es el insólito Concurso de los Mejores Culos (sic) del Mundo, inaugurado a finales de octubre en la ciudad alemana de Múnich. Pueden concursar posaderas femeninas y posaderas masculinas. Los traseros campeones obtienen premios por valor de 10.000 euros. Obsérvese que se trata de un concurso de belleza minimalista. Ya no se premia la belleza física de una persona, ni siquiera de un cuerpo, sino de una parte de ese cuerpo, como en el famoso cuadro El origen del mundo, de Gustave Courbet, o en los cuadros eróticos de Allen Jones.
El año 2007 trastornó nuestra idea del arte y de lo bello. En la prestigiosa Lisson Gallery de Londres se exhibió la obra (¿escultura?) titulada Módulos antropométricos hechos de excrementos humanos…, del (¿artista?) español Santiago Sierra. Para excrementar el misterio, el (¿artista?) excrementador se tomaba el trabajo de explicarle al público que se trataba de ‘artefactos’ construidos con auténtica caca humana defecada por los parias de la India. Todo un sacudón a la conciencia decadente de Occidente, en plan Oswald Spengler. Ver para oler.
No es menos chocante la obra (¿escultura?) titulada La grieta, de la (¿artista?) colombiana Doris Salcedo, exhibida en la Tate Modern de Londres. Se trata de una sala en cuyo suelo de cemento se ha esculpido una grieta de 167 metros de largo y 30 centímetros de profundidad, en la cual es fácil meter la pata. La (¿artista?) se explica: “Se trata de un espacio negativo (sic) que simboliza la fractura (sic) que separa al hombre blanco del resto de la humanidad”. Lo fantástico es que estas ¿’esculturas’? se venden a precios astronómicos.
Nada digamos de la millonaria Paris Hilton y su lío de alcohol, sexo, drogas, cárcel y videos pornográficos. O de las excentricidades de Anna Cirini, profesora italiana que de día enseñaba Lengua y Literatura en una escuela de San Vito al Tagliamento, al noreste de Italia, entre Venecia y Trieste, y por la noche se dedicaba al cine erótico y al video porno. Sus alumnos internautas descubrieron imágenes de su señorita en pelota picada y en posiciones comprometedoras. Las travesuras eróticas de esta ‘Madameweb’ han provocado su despido, pero la ‘Pornoprof’ (así la llaman sus alumnos) promete, desde su ‘blog’, nuevos numeritos. Seguiré informando.
Empecé con Britney Spears y con Britney Spears acabo. Lamento informarles de que, a pesar de su promesa, la señorita Spears sigue sin usar bragas. ¡Feliz Año Nuevo! // Madrid, 28/12/2007.

Cuentoronomio en la librería digital de www.ecdotica.com

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Cuentoronomio
Por: Adolfo Cárdenas

(Libro de cuentos publicado por Gente Común y la Carrera de Literatura de la UMSA en el 2005 que ahora se encuentra disponible en la librería digital de ecdotica. Se podrán leer cuentos de Ariel Mustafá, Arturo Rico, Carolina Hoz de Vila, Cristina Wayar,Daniela Escóbar, Boris Paredes, Lourdes Reinaga y Montserrat Fernández).

Incurrir por segunda vez en la factura de un texto de introducción para presentar una colección de relatos elaborados en el taller de Técnicas Creativas de la Carrera de Literatura de la Universidad Mayor de San Andrés, implica el doble esfuerzo de comentarlo tanto favorable como críticamente con la necesaria distancia para elaborar un juicio estético que no coquetee con el clásico como odioso paternalismo al que estamos tan acostumbrados, ni con la presunción con la que se mira el producto de un estado incomprendido como el que nos ha tocado habitar.

Se dirá, entonces, que los cuentos incluidos en este volumen no son precisamente aquellos a los que el transitorio lector está habituado; por el contrario, exigen la participación comprometida de alguien avezado en el consumo de este tipo de literaturas; de alguien que no esté buscando la aparatosa rudeza del efecto único, sino más bien textos que estén inscritos en la indagación de formas y temáticas que a momentos transgreden las leyes del género.

En esta transición los patrones clásicos desaparecen, el énfasis en lo psicológico se manifiesta con mucha más amplitud y el cambio logra, a momentos, producir lo que se ha dado en llamar historias conciénciales; o, por el contrario, la experiencia radica en el planteamiento de un recital de eventos con origen en el quehacer o la memoria colectivas que aterrizan en lo individual, cuando no en lo lúdico, donde las reglas del juego son de propiedad del autor.

Así la unidad, paradójicamente, está dada por la desunidad y las representaciones se mueven por rangos de género, minoría, u otros que ninguna breve introducción tendrá la capacidad para listarlos en su diversidad. Pero aquel lector avezado y avisado podrá reconocer esas subjetivas líneas que se mueven de Joyce a Woolf; de Onetti a Estenssoro o de Schowob a Cortazar como sombras con obsesiones de pervivencia en la pluma de estos escritores.

Estas historias comienzan donde toda antología termina; es decir, obedecen a presiones de la contemporaneidad con toda su carga de individualismo y lo que este sugiere: la gama de patologías generadas por la soledad, la angustia y la ansiedad del ser humano y su obsesión por hacer de todo ello un acto de comunicación.

Cada uno a su modo incurren en el acto omnisciente de la creación que surge de la memoria que deforma, transfiere, reinventa aquello que en la vida de todo ser humano no son mas que dos o tres experiencias decisivas o impresionantes, tanto que parece imposible que alguien no pueda sentirse afectado, deslumbrado, asombrado, iluminado, roto o humillado por ese oficio que cuenta dos o tres historias cada vez con un disfraz diferente, con una máscara exótica.

Todo aquello que las hace irreconocibles, ferozmente nuevas a partir de la pasión y la imaginación de prestidigitadores que oponen mito y razón; juego y tragedia; fantástico y cotidiano; virtud y perversión en sus mundos de asombro y sueño. Esos mundos que buscan incesantemente la complicidad del lector, el gemelo anónimo, dispuesto al paseo por los caminos de esta, por ahora, Terra Incognita.

Una noche más en el paraíso

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Una noche más en el paraíso
Por: Hugo Montes R.

(Ya se encuentra en nuestra librería el libro de cuentos Una noche más en el paraíso de María Libertad Cárdenas. Les recordamos que nuestra librería le permite comprar los textos en formato digital a través del sistema paypal que se encuentra en los Estados Unidos, por lo tanto bastante seguro. Una vez que compre el libro, nuestro sistema se lo enviará en formato PDF).
Una noche más en el paraíso encierra una colección de relatos breves más o menos independientes entre sí y que a la vez conforman una unidad narrativa que es casi imposible dejar de advertir.
Aunque este volúmen no está planteado estructuralmente como una secuencia, nos recuerda más a la forma musical de variaciones sobre un tema que se repite una y otra vez pero presentado bajo distintas luces.
El “tema” en cuestión no es otro que la gangrena que se va apoderando del alma, la descomposición inevitable de ciertas formas de vida. Pero también nos encontramos ante la alegoría de la descomposición de todas las formas de vida, independiente de su calificación moral.
La soledad, que se hace más descarnada cuando las miradas y los cuerpos de los personajes se buscan en el silencio, da paso a una profunda melancolía y hasta diríamos nostalgia, si se pudiera sentir nostalgia por lo que no se ha vivido -se trata esencialmente de un ejercicio de ficción-, pero eso no impide a la autora comunicar la atmósfera con penetración y crudeza sorprendentes.

Un relato sobre la vida en Rusia de principios de S. XX

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Moscú y la Revolución
Por Javier Claure C. *

Dicen que siempre me encantaba la música. Cuando tenía dos años, mi padre solía venir a mi cuarto y tocaba su violín para que yo quedase dormida. Me fascinaba mucho las melodías que salían de ese armonioso instrumento. Y me cuentan que solía levantar la cabeza, con los ojos bien abiertos, para escuchar la música. Mi padre estaba convencido de que la música sería mi destino. Pero la música no jugó un papel importante en mi vida. A mí más bien me fascinaba el ballet.

Recuerdo muy bien, que una vez estaba de pie, en mi cama, mirando a la pared del frente, donde se mostraba una escena de mucha gente y unas bellas damas bailando ballet. Me gustó mucho esa película y creo que desde entonces empezó mi interés por el ballet.

De niña era tranquila y no me importaba jugar sola. Dicen que era muy sensible y que me impresionaba mucho el sufrimiento de otras personas. Mis padres solían llevarme a pasear por los bellos bulevares y parques de Moscú. Yo tendría unos nueve años en ese entonces. Un cierto día, por casualidad, entramos a una iglesia y vi un crucifijo con un hombre clavado. Me entró mucha curiosidad y pregunté quién era ese hombre con clavos en los pies y las manos. Una persona que estaba a mi lado me contestó: “Jesús, el hijo de Dios”. Y que lo habían crucificado porque otra gente odiaba lo que él predicaba y, además, no creían que era el hijo de Dios. Todo eso me causó pánico y me puse a llorar. Cuando llegamos a casa, mis padres estaban afligidos porque me sentía muy triste. Me llevaron a la cama y me leían cuentos de hadas. Así quede dormida.

Mi padre era checoslovaco de nacionalidad. Había llegado a Rusia en 1892 y tenía algunas dificultades porque era católico. Se conoció con mi madre, Elena Alexándrovna, y más tarde decidieron casarse. De esa manera obtuvo el permiso de residencia. Mi madre, costurera de profesión, nunca quería hablar de su familia, hasta que un día descubrí que mi abuelo, Michail Alexándrovna, fue echado de su familia porque decidió casarse con mi abuela, una mujer que no pertenecía a la aristocracia. Mi familia me contaba que mi abuelo materno era un gran violinista y pertenecía a la orquesta filarmónica del Teatro de Bolshoi. Murió en 1876 a consecuencia de una pulmonía y después de algunos años mi abuela también murió.

Mi madre se crío, entonces, con una familia de comerciantes ricos. En Rusia era una costumbre que la gente de dinero se hiciese cargo de ciertos niños huérfanos. Se les inculcaba a adquirir una educación decente. A los niños se les enseñaba un oficio y a las mujeres a encontrar un buen marido.

Yo tuve una educación muy estricta. Mi madre siempre insistía que la frase “debo hacer” debería formar parte de mi vida. Por eso aprendí muy temprano a no decir “no puedo”. Estaba convencida de que podía hacer todo lo que me proponía. A veces pienso en el pasado, y me sorprendo enormemente de esa forma de pensar. Cuando me hacía algún daño no lloraba por mí misma. Trataba de no preocupar a nadie y mi frase favorita era: “No es nada. En cualquier caso, todo se pasará cuando me case”.

Ni siquiera lloraba por el dolor físico. Una vez cuando estabamos subiendo una montaña, me tropecé y caí unos dos metros abajo. Me hice una herida en la rodilla y no lloré. Siempre pensé que podía aguantar el dolor físico, pero no así los problemas emocionales y el sufrimiento de otras personas. Lloraba por el dolor ajeno.

Cuando tenía unos diez años, decidí hacer algo para ayudar a mi familia. Junté todos mis juguetes y muñecas en una pequeña maleta vieja; y me marché a uno de los mercados de Moscú. Toda la gente me miraba un poco extraño, creían que estaba jugando porque gritaba ofreciendo mi mercancía. Finalmente, logré vender todas esas cosas y creí que me habían pagado bien, pero cuando llegué a casa, mis padres me dijeron que era poco dinero lo que llevaba. De todas maneras, fue una pequeña ayuda de mi parte.

Uno de mis pasatiempos en esa época era robar manzanas del jardín de un vecino. El señor Sergey Sokolov era rico y se había casado cuatro veces. Dicen que tenía 15 hijos. Su casa era un palacio y su jardín lleno de árboles frutales. Mi amiga, Svetlana, se subía a un árbol de manzanas y desde arriba empezaba a llover manzanas, mientras que yo recibía las frutas haciendo una canasta con mi mandil. Una de esas ocasiones, de pronto apareció un hombre alto con un cinto en la mano. Estaba convencida que nos iba a pegar con ese látigo. Le grité a Svetlana para que corriéramos, pero una fuerza extraña se apoderó de mi y quedé quieta. Ahí estaba yo como una estatua con todas las manzanas en mi mandil. El hombre alto era el portero del señor Sokolov y nos advirtió que no volviéramos a trepar al árbol. Después de unos minutos vino Svetlana para recogerme, pero yo seguía en un estado de shock. Hasta que finalmente me acompañó hasta mi casa. Fue una aventura que siempre me acuerdo.

En 1914 pasamos el verano en un lugar llamado Gilindzik a las afueras del Caucasus. Un cierto día se realizaba un concierto en el parque y ahí me puse a bailar ballet. Mi madre me contó que ese día, mientras yo bailaba, una señora se puso a conversar con ella y le comentaba que tenía mucho talento y que debería ir a una academia. Era la señora Madame Devellieré, célebre bailarina de ballet del teatro de Moscú. Aparentemente, los comentarios de la famosa dama causó mucha impresión a mi madre y, por esa razón, empecé en la academia de ballet.

Con el transcurso del tiempo Moscú se iba convirtiendo en algo insoportable. Las noches eran muy tétricas y siempre me daba miedo.

A mediados del año 1916, existían disturbios violentos contra los extranjeros, y eso era un peligro para mi padre porque era considerado como tal. Tenía el pelo oscuro y fácilmente podían confundirlo como judío.

Tres a cuatro veces por semana venían soldados a inspeccionar nuestra casa. Sospechaban que ocultábamos a personas buscadas. Nunca tocaban el timbre. Golpeaban la puerta con la culata de los fusiles y si no se abría rápido, no dudaban en echarla abajo. Yo solía abrir la puerta cada vez que los soldados se hacían presentes en nuestra casa. Mi madre lo decidió así, porque sabía que un soldado ruso jamás podía hacer daño a una niña. Era bien amable y les hacía entrar a los soldados diciéndoles que mi hermana mayor tenía fiebre tifoidea. Era una mentira, por supuesto, para que tuvieran compasión de nosotros. Abrían rápidamente los roperos y luego se marchaban. Nunca nos paso algo malo en esas batidas. Teníamos, seguramente, un ángel de la guarda que nos protegía.

Las condiciones sanitarias de nuestra casa eran muy malas. De alguna manera nos habían invadido piojos y ratones que saltaban por todas partes. Mi madre trataba de combatirlos con agua caliente, pero fracasó.

Ese mismo año, fuimos a visitarle a una tía que vivía en Bogorodskoe, una aldea a unos 200 kilómetros de Moscú. Mis padres tenían una casa de campo allí. Una noche me desperté a causa de tremendos ruidos afuera. Me asomé a la ventana y vi que algunas de las casas, a nuestro alrededor, ardían en llamas. Unos hombres andaban buscando extranjeros, especialmente alemanes y judíos. Por suerte teníamos una empleada en la casa, cuyo nombre era Valentina. Una buena mujer rusa. Ella defendió nuestras vidas esa noche. Salió al balcón con un ícono en la mano y su novio que pertenecía a ejercito ruso. Les gritaba a los malhechores que mi madre era rusa y mi padre checoslovaco. Y que, además, éramos cristianos grecos-ortodoxos. De esa manera nos dejaron libres, pero la atmósfera en Bogorodskoe era muy hostil y decidimos volver a Moscú. Nos fuimos en tren, pero apenas arribamos a destino, nos dimos cuenta que la situación estaba peor. Habían quemando casas y negocios que pertenecían a extranjeros.

Un día paseando por Moscú, anunciaban que el camarada Vladimir Lenin iba a dar un discurso. Yo tenía 13 años, y no entendía muy bien el por qué de tanto desorden social. A pesar de esta falta de conocimiento fui a escuchar las palabras de Lenin. Cuando lo vi, me impresionó bastante aquel hombre pequeño que hablaba con una voz delgada. Decía las cosas con gran seguridad, pero me molestaba cuando hablaba caminando de un lado para otro, con una mano en el bolsillo y con la otra gesticulando.

La vida se iba haciendo difícil; hasta que finalmente, en 1917, estalló la Revolución durante el gobierno de Kerensky. Por aquel entonces, estudiaba en el colegio “Winkler” de Moscú. Un colegio de elite para extranjeros.

Había un caos tremendo en Moscú durante los años de la Revolución. La comida y medicamentos escaseaban. Para comprar un pedazo de pan, o cualquier cosa, había que hacer cola. Cada persona llevaba un número en la espalda y realmente era asombrosa la paciencia de los moscovitas. Alguna gente estaba parada hasta dos días y el pan que se recibía no era de buena calidad.

Los depósitos de trigo y centeno fueron incendiados. Vi cómo esas reservas de alimentos se convirtieron en llamas de fuego. Existía mucha hambre en el pueblo y era muy difícil obtener alimentos. Mis padres tuvieron que vender sus joyas y otras cosas de valor para conseguir comida.

Hacía un frío tremendo y para mantener caliente nuestro departamento tuvimos que quemar, en la estufa hecha por mi padre, algunos muebles de madera.

Mi madre confeccionaba ropa para vender y mi padre viajaba al campo para hacer trueque con los campesinos. A veces retornaba con alimentos, pero otras veces con las manos vacías. Era una situación insoportable y uno tenía que hacer lo imposible para comer. En la casa de un vecino, en Sheremetevo, solíamos plantar patatas y verduras. Así pudimos saciar el hambre por momentos, pero no era suficiente. Se notaba hambre en todas partes. Un día fuimos al mercado a comprar y, de pronto, mi madre exclamó: “Ahora vamos a cocinar una comida rica” y compró carne. Llegamos a casa y preparó la comida, pero notábamos que la carne tenía un olor y sabor raro. Nos sentíamos mal después del almuerzo. Al día siguiente, nos enteramos que alguien estaba vendiendo carne humana. A las afueras de Moscú, en Lubyanka, un campamento que pertenecía a los revolucionarios, se llevaba a cabo la ejecución de prisioneros. Alguien robó un cadáver allí y lo vendió en el mercado como filetes.

Ocurrió algo muy extraño cuando mi padre se encontraba de visita en Sheremetevo. Uno de los vecinos, que era revolucionario, fue asesinado y se armó un gran escándalo. Hicieron una investigación y mi padre, junto a otras personas, fueron a parar a la cárcel en Moscú. La esposa del difunto llegó hasta la cárcel para identificar al asesino, ya que supuestamente ella lo había visto correr. Cuando vio a mi padre, insistió que era él el que saltó la verja y salió corriendo después de que su marido fuera asesinado. Era, naturalmente, una situación terrible para mi padre y toda la familia. Pero afortunadamente, el médico forense señaló que mi padre tenía una rodilla mala que no la podía doblar. Y, por lo tanto, no era el asesino.

Gracias a ese veredicto salió de la prisión. Mi madre solía decir: “si no sabemos la razón del porque, pues Dios lo sabe”. Y eso es muy cierto, mi padre tuvo un accidente en su vida, le quedó mala la rodilla y eso lo salvó.

Una de las escenas de la Revolución que más me impactó, fue la pelea entre un monarca y un revolucionario. Los dos luchaban, frente a frente, sentados en caballos y con sables. Nunca pude olvidar aquel terrible cuadro cuando uno de ellos cortó la cabeza del otro con el sable.

* Esta historia fue contada por una persona que nació en Moscú a principios del siglo pasado. Su hija, una viejecita rusa cultísima que era mi vecina, me deleitaba con sus charlas, historias y anécdotas. Ella me entregó diez hojas que su mamá había escrito en inglés. Hojas ilegibles, ajadas, amarillentas por el tiempo y manchadas con café. El relato que leen arriba, es lo que pude rescatar de ese testimonio. Hoy ella y su madre descansan bajo el cielo de Moscú.



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