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Sobre H.C.F. Mansilla



Un escritor entre el amor a los clásicos (y a los animales) y la prosaica realidad de la política (como en todos los tiempos)
Por: María Luisa Amuchástegui (con datos del autor, parientes y colegas)

(Hemos recibido una nota del Dr. Mansiila sobre el arículo que publicamos en www.ecdotica.com el 12 de diciembre titulado Algunas influencias de H.C.F. Mansilla, la que reproducimos: Distinguidos miembros del proyecto: Por pura casualidad un pariente me avisó que Ustedes habían subido a la red un breve texto de la joven historiadora argentina María Luisa Amuchástegui sobre mi persona y obra.
Como el texto salió en LA PRENSA bastante mutilado y con título cambiado por la redacción, me permito hacerles llegar el texto completo y otros dos acerca de mi obras que pueden interesar a los lectores de su proyecto (por el cual los felicito de la manera más cordial). Muy atentamente, Felipe Mansilla)

Se puede decir que la obra de H. C. F. Mansilla está influida por un estímulo de la filosofía clásica: la senda fructífera del conocimiento es aquella generada por la conciliación de eros y logos, camino que fue seguido por Sócrates y sus discípulos. La admiración ante la belleza del cosmos y el asombro frente a las patologías de la vida social fueron los impulsos primigenios de la filosofía. Según Aristóteles, la admiración por el universo se combina con el intento de explicar con rigor y disciplina lo que parece incomprensible. De esta unión de asombro y rigor nace el espíritu crítico. Uno de pensadores más apreciados por Mansilla, Theodor W. Adorno, solía decir que todo conocimiento está fundado en el amor, y siguiendo a Platón, afirmaba que el momento constitutivo de la filosofía era el entusiasmo, la emoción que se siente por las ideas, aunque la constelación actual de la sobriedad y el desencanto nos sugiera una visión muy distinta. Parece que nuestro autor reconoce que si bien no podemos pretender una comprensión cabal de la realidad, podemos en cambio usar nuestros esfuerzos intelectuales para construir un camino precario y provisorio que nos permita vislumbrar algo cercano a la verdad, si es que existe algo tan inasible como la verdad.

El profundo afecto que Mansilla siente por la filosofía representaría la parte del eros. Desde la primera juventud tuvo una gran simpatía por autores como Edward Gibbon y Edmund Burke. Por los testimonios de parientes y amigos parece que nuestro autor se preguntaba a menudo por qué las sociedades se desarrollan de forma tan diferente unas de otras; la cuestión tiene que ver con el hecho de que Mansilla creció entre dos mundos. Una vez, de vacaciones en La Plata (provincia de Buenos Aires), leyó en pocos días dos gruesos volúmenes de Manuel Gálvez, el conocido historiador y novelista argentino: una biografía de Domingo Faustino Sarmiento y otra de Hipólito Yrigoyen, el primer presidente del Partido Radical. Esta lectura tuvo una notable influencia en su carrera. Mansilla quedó profundamente impresionado por la erudición de Gálvez, por el manejo soberano de fuentes y testimonios y por la bella prosa, pero desde un primer momento creyó que se trataba de una maniobra endiabladamente sutil (y por ello muy interesante y digna de ser estudiada) destinada a desacreditar y a ensuciar la labor de la clase dirigente argentina que había construido entre 1862 y 1943 un modelo muy bien logrado de desarrollo económico, que incluía vigorosos elementos democráticos y una cultura cosmopolita, por la que Mansilla siempre sintió mucho cariño. El análisis y la crítica de autores como Gálvez se convirtieron en un impulso constante en el quehacer de Mansilla. Gálvez atacó el “imperialismo cultural” de las potencias occidentales, defendió el nacionalismo y el peronismo y terminó alabando los campos de concentración de la Alemania nazi: una combinación que no es tan rara entre intelectuales latinoamericanos.

Mansilla se percibe como uno de los últimos herederos de la tradición instituida por la ensayística latinoamericana – línea opuesta al revisionismo de Gálvez –, cuyo representante más conocido es precisamente Domingo F. Sarmiento y cuyo autor favorito es Octavio Paz. A partir de la obra de Gálvez y del ascenso del peronismo en la Argentina, Sarmiento dejó de ser el prócer nacional y se convirtió en la bête noire de nacionalistas y socialistas. Se lo acusó de ser el importador de la cultura dominante del Norte y el admirador incondicional de la civilización europea, pero se pasa por alto que él instituyó tempranamente la educación primaria obligatoria, gratuita y laica y se olvida fácilmente las razones que Sarmiento tenía en su tiempo para oponerse a las montoneras arbitrarias e impredecibles de los pequeños caudillos provincianos.

Mansilla leyó muy joven el Facundo de Sarmiento, y debe a este autor la primera inspiración para una crítica de la cultura política del autoritarismo y para la necesidad y prioridad de construir instituciones sólidas de carácter liberal-democrático. En la provincia de Santa Fe, de donde era oriundo Gálvez y donde Mansilla ha publicado muchos artículos en revistas culturales, se dice que la obra de este último se reduce, en el fondo, a ser una reivindicación del liberalismo de Sarmiento frente al nacionalismo identitario de Gálvez, que está otra vez en medio de un curioso renacimiento. Aquí se recuerda la proverbial frase de Mansilla: “En la Argentina toda política posterior a 1943 es sólo decadencia”. Parece que es una actualización de un bon mot del general y escritor Lucio V. Mansilla, héroe nacional argentino.

Durante sus estudios en Alemania (1962-1973) conoció muchos estudiantes latinoamericanos, asiáticos y africanos. Le llamó la atención el hecho de que nacionalistas e izquierdistas de toda laya despreciaran la esfera de los derechos individuales y las libertades públicas, consagrándose a una retórica altisonante y muy popular que celebraba las maldades del imperialismo, pero que soslayaba los factores negativos de las propias tradiciones culturales.

Para volver al comienzo: la porción del logos en la obra de Mansilla está conformada por esfuerzos teóricos y analíticos. Con sus libros nuestro autor ha intentado realizar un aporte a la construcción de una consciencia crítica de problemas. Su enfoque puede ser visto como una contribución al debate contemporáneo entre las teorías que postulan la preeminencia de un modelo normativo de desarrollo (el surgido primeramente en Europa Occidental) y aquellas que proclaman la diversidad fundamental de todos los regímenes civilizatorios, que serían entre sí inconmensurables, incomparables e irreductibles a un metacriterio de entendimiento común.

Mansilla se ha situado, con algunas reservas, en la tradición crítica de las ciencias sociales, poniendo en duda las bondades de la modernidad. Ha intentado rescatar lo valioso del orden premoderno, como la religión (en cuanto fuente de sentido), la estética de lo bello y las normativas aristocráticas en variados campos. (Este es el tema de su último libro.) Su intención general – si existe algo así – ha sido proponer una teoría del sentido común guiado críticamente, aplicable al espacio de los asuntos histórico-sociales. Siguiendo a sus maestros de la Escuela de Frankfurt, ha evitado definiciones de los conceptos centrales, y más bien ha tratado de explicitarlos a lo largo de sus textos, a menudo de manera indirecta. Para ello menciona numerosos ejemplos políticos e históricos, que son analizados en algún detalle. Mansilla ha mostrado un marcado interés por datos empíricos y aspectos testimoniales (una herencia de su padre), y desconfía de meros edificios de palabras, por más brillantes que estas parezcan ser.

Aquí parece relevante intercalar algunos datos personales. Mansilla nació en La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, el 17 de noviembre de 1942. Tanto en Argentina como en Bolivia sus antepasados pertenecieron a la clase dirigente del ancien régime. La mejor herencia de su infancia fue el amor que recibió de sus padres, Hugo Mansilla Romero y Josefina Ferret d’Ara. Su padre fue ingeniero civil e hidráulico, graduado con máximos honores en la Universidad Nacional de La Plata. Durante cincuenta años fue catedrático de la Universidad Mayor de San Andrés, de la cual también fue rector en varias oportunidades. De sus padres Mansilla heredó la gran pasión por los libros, las bibliotecas y los idiomas. Hasta hoy admira los prolijos cuadernos llenos de ejercicios para aprender lenguas extranjeras de Don Hugo. Quizás se deba a este legado el interés del hijo por los detalles empíricos y la desconfianza por los edificios teóricos sin sustento tangible. Del padre dice Mansilla también haber heredado la pasión por la música clásica (sus compositores preferidos son los del padre: Mozart, Haydn, Beethoven y Tchaikovsky). De la madre admiró su religiosidad interior, exenta de ritos y supersticiones, el cariño hacia la naturaleza y la predilección por los gatos. De su hermana Graciela, quien también adora a los felinos, aprendió el valor imperecedero de las obras clásicas, tan diferente de las modas y los productos efímeros y comerciales del arte contemporáneo.

Durante la infancia viajó numerosas veces a la Argentina por ferrocarril. Aún hoy recuerda cada estación y cada paisaje del largo trayecto La Paz – Buenos Aires, que por aquel entonces duraba cinco días. Era una travesía que empezaba en el orden premoderno boliviano y terminaba en la evidente modernidad argentina: un viaje que vinculaba dos mundos muy diferentes entre sí. Sus abuelos españoles, su madre argentina, el conocimiento temprano de dos ámbitos civilizatorios muy distintos y la lectura de innumerables autores de la más diversa procedencia generaron en Mansilla un talante cosmopolita, una desconfianza hacia los nacionalismos de todo tipo y una distancia frente a las apologías del terruño, la sangre, las costumbres y la raza.

Mansilla asistió a la escuela primaria y secundaria en La Paz, en el Colegio Alemán (1949-1961). A partir de 1962 estudió ciencias políticas y obtuvo su doctorado en filosofía en la Universidad Libre de Berlin (1973). Fueron los años más dichosos de su vida, libres de problemas financieros y llenos de promesas y esperanzas. La vida, como en casi todos los mortales, se encargó de ensombrecer paulatinamente este panorama de felicidad despreocupada. La juventud preserva, aunque equivocadamente, la ilusión de la esperanza, que se diluye paulatinamente, y con ella el sentido de la existencia. Como no tuvo que trabajar regularmente, Mansilla dispuso de mucho tiempo para viajar y pensar. Puso su pie en los cinco continentes. Hoy confiesa tener una relación lúdico-erótica con la escritura y la lectura: el hecho de escribir y leer le brinda una satisfacción intensa, gratificante y duradera. Y hasta dice no le preocupan los modestos y hasta inexistentes frutos materiales que genera la actividad intelectual. Desde su primera juventud él siempre soñó con ser escritor y particularmente ensayista. Quizás a esto se deba su pasión por los moralistas franceses como Michel de Montaigne, el Cardenal de Retz, La Rochefoucauld y Voltaire, además de ensayistas contemporáneos como Hannah Arendt, Isaiah Berlin, Octavio Paz, Hans Magnus Enzensberger y Mario Vargas Llosa, con quienes nuestro autor ha reconocido una gran deuda intelectual.

En la obra de Mansilla es evidente el peso de corrientes y autores alemanes. Los filósofos clásicos alemanes, pero también Max Weber y la denominada Escuela de Frankfurt han ejercido en él una gran influencia. Sus profesores del entonces famoso Instituto de Ciencias Políticas (Otto-Suhr-Institut) de la Universidad Libre de Berlín moldearon también sus ideas y el trasfondo de sus concepciones. Muchos de sus maestros eran partidarios de la socialdemocracia alemana y fueron víctimas del nazismo, como Ernst Fraenkel y Richard Löwenthal, quienes fueron importantes teóricos del pluralismo ideológico y adversarios acérrimos de todo totalitarismo. Tal vez por ello Mansilla adoptó como las bases fundamentales de su filosofía el Estado de Derecho, el alto valor de la institucionalidad, una aversión marcada por toda forma de autoritarismo, la relevancia de los derechos humanos y la alta estimación de la Constitución alemana de mayo de 1949.

Sus largos años en la Alliance Française y sus incansables viajes por Francia le han ganado fama de ser un admirador acrítico de la civilización francesa, pero en realidad Mansilla es tributario de la cultura alemana. En el fondo comparte la opinión de Hannah Arendt, citada a menudo en sus escritos, de que los intelectuales franceses son brillantes, pero superficiales, en comparación con la profundidad de los filósofos alemanes. Esta contraposición entre la civilización francesa y la cultura alemana es algo que se pega a casi toda persona que haya estudiado en tierras germánicas. El se cree curiosamente heredero de las tradiciones culturales francesas, pero lo cierto es que su relación con el pensamiento francés es por demás ambigua y hasta fragmentaria. El aprecio de Mansilla – su clara admiración – por la civilización francesa termina con la Ilustración del siglo XVIII. En todo caso se trata más bien de un amor por un estilo literario y de vida encarnado por la nobleza francesa y sus grupos intelectuales, un estilo que ya se diluyó durante el siglo XIX. Es más bien una nostalgia a la manera de Balzac, que Mansilla ha tematizado en varias obras que elogian las usanzas y los valores de la antigua aristocracia y que censuran, al mismo tiempo, los hábitos de las nuevas élites plutocráticas y cleptocráticas, que sólo piensan a corto plazo en el enriquecimiento personal y no dejan una huella en el universo cultural.

Bajo la influencia de la Escuela de Frankfurt Mansilla desarrolló su Teoría crítica de la modernización (1986) y una Teoría crítica del poder (aparecida en 1994). En ellas pone en duda, por un lado, la trinidad sagrada de progreso, crecimiento y desarrollo, y por otro la modernidad occidental como único paradigma. De igual manera intenta preservar lo rescatable del orden premoderno y nos recuerda que los anhelos de autenticidad y autonomía terminan a menudo en resultados de mediocridad e imitación (título de uno de sus libros). En conclusión: lo criticable es un resultado perceptible en muchos países del Tercer Mundo, los cuales pretenden establecer modelos autónomos de desarrollo (la identidad colectiva está a menudo basada en un curioso pero vano designio de originalidad), pero que después de todo se limitan a imitar los paradigmas occidentales de evolución, con especial énfasis en sus aspectos técnico-económicos.

El otro de los grandes temas de Mansilla es la ecología política, derivada de una incursión a la selva tropical y del enorme cariño que en su niñez tuvo por los animales domésticos. El libro pionero de Dennis L. Meadows: The Limits to Growth (1972) le impresionó vivamente. Esta obra emergió como innovadora e importante a causa de su enfoque. En lugar de presuponer, como casi todas las teorías, que la naturaleza y sus recursos son casi ilimitados y están al servicio del desarrollo, este estudio invierte los términos en forma realista y se pregunta por las consecuencias de un desarrollo perenne a la vista de recursos finitos y de una degradación gigantesca del medio ambiente, motivada precisamente por el progreso material y sus secuelas, como el crecimiento demográfico en el Tercer Mundo (parcialmente aun de orden exponencial), que se debe también a mejoras en la salud e higiene públicas, mejoras ciertamente modestas, pero de consecuencias imprevisibles en otros ámbitos de la vida social.

El núcleo de la teoría de Mansilla es el siguiente. Desde que existe una seria reflexión histórico-filosófica de alcance mundial, es decir desde mediados del siglo XVIII, se pensaba que el desenvolvimiento de Asia, Africa y del Nuevo Mundo era explicable mediante leyes evolutivas y principios teóricos generales originados en Europa, que podrían ser aplicados, con algunas reservas, a las sociedades extra-europeas, teniendo en cuenta naturalmente un retraso típico e irremediable en las tierras de ultramar. Hasta hace pocas décadas se daba por cierto que esas normas universales eran idénticas con las secuencias de desarrollo diseñadas para Europa Occidental, donde culminaría indefectiblemente la gran historia comenzada en la Grecia clásica. No sólo las tendencias hegeliano-marxistas compartían esta idea central; derechistas de toda laya y tecnócratas apolíticos creían y creen firmemente que las naciones de Asia, Africa y América Latina están destinadas a repetir ─ con una lamentable demora ─ el adelanto ejemplar que exhibían Europa y Estados Unidos.

Mansilla pasó los años 1988 y 1989 en Europa y experimentó de cerca la declinación del comunismo y la caída del muro de Berlin. (Nos imaginamos que fue un tiempo feliz para él.) La evolución político-social posterior a 1989 y la decadencia de las grandes teorías han significado un claro rechazo a las leyes de una evolución histórica única y obligatoria, lo que conlleva también una negación de las esperanzas mesiánicas secularizadas y de las revoluciones radicales. Hay cada vez más dudas en torno a doctrinas que predican, en el fondo, un propósito y fin comunes a todos los pueblos del planeta. Este ideal de un progreso perenne satisface, por otra parte, requerimientos psíquicos elementales y por ello inevitables en todos los hombres: la seguridad de haber encontrado su lugar en el cosmos, la superación de las dudas y los conflictos, la justificación de decisiones dolorosas e inciertas. De ahí se derivó la inmensa popularidad y divulgación de esas teorías monistas del desarrollo universal.

La teoría crítica de la modernización de Mansilla quiere seguir un camino intermedio. No admite un solo precepto organizador o una visión unitaria del mundo social; trata más bien (a) de poner en cuestión los paradigmas teóricos que subyacen a todo monismo, es decir al postulado de una unidad primigenia de todos los fenómenos y, simultáneamente, (b) de postular algunas hipótesis críticas acerca de decursos evolutivos válidos para numerosos casos. Precisamente el análisis de las monstruosidades del siglo XX parece apoyar las siguientes convicciones provisorias de Mansilla: un claro escepticismo ante la dominación del mundo contemporáneo por la tecnología (la crítica de la razón instrumentalista), la desconfianza frente a los decursos evolutivos obligatorios y a las presuntas bondades del desarrollo acelerado, y finalmente la concepción de que los valores estéticos, contenidos sobre todo en la literatura y en el arte, permiten un conocimiento tan veraz y genuino como la filosofía y la ciencia. Esto ayuda a evitar dos extremos: el suponer que la realidad se reduce a lo inmediato, externo y cuantificable según datos estadísticos y el afirmar que la dimensión del presente y de la experiencia empírica es algo deleznable, efímero, superficial y sin mucha relevancia. La devaluación de la historia no llega a convencer plenamente, como tampoco la creencia en leyes evolutivas y en metas inevitables del desarrollo humano.

Para terminar: nuestro autor se mueve entre la rigurosidad académica y la pasión estética. Su vida es un nexo entre construcciones abstractas y dilemas existenciales, un intento de examinar cómo la existencia es configurada por la razón y deteriorada por el sinsentido. Pero aun así Mansilla se adhiere a una frase de Sir Isaiah Berlin, quien dijo que los escritores pueden clasificarse en zorros y erizos: “El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una gran cosa”. La simpatía de Mansilla está del lado de los simpáticos y bellos zorros.



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