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CRÍTICA: EL LIBRO DE LA SEMANA



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El poseído y su demonio
Por: Rodrigo Fresán (22/12/2007)
(Semanas atrás, obituarios de todo el mundo detallaban los problemas de salud que acabaron con un hombre de 84 años llamado Norman Malech Mailer. Y a continuación, casi todas las necrológicas -con mayor o menor gracia, sin ponerse nunca de acuerdo- discutían acerca de la importancia de Mailer dentro de las letras norteamericanas. ¿Genio o ingenioso? ¿Payaso o domador de leones o, mejor aún, indomable Rey León? En algo sí coincidían todas: Mailer había sido importante, vital, producto de su tiempo y testigo de su época.)
Autor de un puñado de novelas necesarias (su triunfal debut en 1948 con Los desnudos y los muertos, la audaz fantasmagoría egipcia Noches de la antigüedad de 1983 y esa balzaciana historia de la CIA que es El fantasma de Harlot de 1991) pero acaso mucho más interesante como innovador de la crónica y la no-ficción (la recopilación de diatribas y relatos de 1959, Advertisements for myself, donde se daba el lujo de condenar a buena parte de sus pares; Los ejércitos de la noche, de 1968 y ganadora del Pulitzer y del National Book Award, atestiguando la histórica y contracultural marcha sobre el Pentágono, y La canción del verdugo, por la que ganó otro Pulitzer en 1979, recreando los asesinatos y ejecución de Gary Gilmore), Mailer también destacó en lo cuasi-experimental con lo que él mismo definía como “mi voz loca” en Barbary Shore (1951), Un sueño americano (1965) y ¿Por qué estamos en Vietnam?Pero por encima de la obra, los elegiacos profesionales ponían la polimorfa y perversa intensidad de su ocurrente vida. Porque basta un somero repaso a sus idas y vueltas para comprender, enseguida, que Mailer -adorador de Ernest Hemingway, acaso el paciente original- fue uno de los mejores contagiados de esa enfermedad de los escritores de Estados Unidos: la que de tanto en tanto ataca y tienta al incauto con la posibilidad de convertirse en un personaje de su propia imaginación. Así, puede leerse buena parte de la trayectoria de Mailer como la de un artista poseído por sí mismo; sin que esto signifique que el modo en que Mailer se veía frente al espejo fuera el mismo modo en que lo veía el resto de la humanidad o, al menos, el establishment cultural.
Si hay que ser justos y sinceros, a la hora de los resúmenes forenses, el Personaje Mailer, mal que le pese a su abnegado creador, está (con sus catastróficos matrimonios que incluyeron apuñalamiento de cuello de esposa con lapicera, sus absurdas polémicas, su patológica propensión a solucionarlo todo a puñetazos, sus variadas adicciones, la mención de su nombre en el Give peace a chance de John Lennon y el haber aparecido como responsable de la novelización de la película de los ultraviolentos Itchy y Scratchty en un episodio de Los Simpson) lejos de la épica masculina y tronante que él pretendía y muy cerca de los antihéroes de esas geniales farsas cerebrales de Saul Bellow. Lo que no está nada mal, sí; pero a Mailer no le hubiera causado la menor gracia.
De ahí la paradójica broma final de que la última novela publicada en vida por este satisfecho autoposeído trate de la génesis de un mesías monstruoso recapitulada por un tal D. T. o Dieter: demonio de primera clase respondiendo directamente a Satán y velando por la seguridad y buen desarrollo de un niño llamado Adolf Hitler.
El castillo en el bosque -primera parte de un díptico que ya no será- es, también, un libro donde se puede apreciar lo peor y lo mejor de Mailer.
En el lado de los contras, vuelve a estar aquí esa tendencia megalómana e infantilmente ingenua de sentir que un gran tema hace necesariamente a un gran libro. De ahí que, aquí, Hitler -como ya lo fueron Picasso, Kennedy, Cassius Clay, Marilyn Monroe, Neil Armstrong, Oswald y hasta Jesucristo- sea una nueva excusa para acercarse, comprender, a un histórico que, por cercanía, lo vuelva automáticamente a Mailer un poco más histórico, indispensable y, de paso, comprensible. Porque no importa la máscara del héroe o del villano, Mailer siempre escribió sobre sí mismo y así lo explicó en una entrevista: “Se me ha acusado de haber despilfarrado talentos, de haberme entregado a un exceso de actividades, de haberme empeñado con demasiada conciencia en convertirme en famoso, de haber actuado teatralmente en los límites y, en realidad, en el centro de mi propia leyenda pública. Y, por supuesto, como cualquier criminal, soy mi mejor abogado; el día que deje de serlo será un día triste… Siempre me ha parecido que la gente no reacciona ante mí como si estuviera realmente ante mí, sino como si estuviera frente a una fotografía mía. De modo que puedo cambiar la fotografía y divertirme observando las reacciones. El demonio que hay en mí se regocija con esta capacidad camaleónica. La gente cree que ha encontrado el modo de prescindir de mí, pero, como el mayordomo loco, regreso a servir la comida”.
En el lado de los pros, El castillo en el bosque -con su delirio freudiano y sus esperpénticas interpretaciones sobre las raíces del hombre más monstruoso del siglo XX- es exactamente eso: un sabroso y demencial banquete servido por alguien feliz de mailerizar todo lo que toca o golpea con pasión pugilística. Un libro muy divertido -“una comedia” pero “difícil de clasificar”, como apunta el diabólico narrador- con partes de una intensidad pasmosa y otras que provocan la más boba de las risas. Algo que acaba resultando en una curiosa combinación de película de Ed Wood, novela de Chuck Palahniuk, aquel musical kitsch-nazi en Los productores de Mel Brooks y enciclopedia editada en la Twiligth Zone. Y, claro, el resultado de todo esto es Mailer al ciento por ciento. Es decir: la obsesión por el Mal Absoluto, el sexo anal, las parrafadas metafísicas, el incesto, las digresiones absurdas que van de la caída de los zares a la cría de abejas, la misoginia como estandarte y una apreciación casi nerd del sexo renovando la intención de que “mis libros siempre sean provocadores. Lo dije una vez y lo vuelvo a decir ahora: ¿qué sentido tiene el ser escritor si no irritas a mucha gente?”.
Podría entonces decirse que El castillo en el bosque no es un gran libro pero sí que es un -otro- libro del gran Norman Mailer. Alguien que nunca tuvo el tamaño colosal que él sentía tener pero que, tal vez, sí acabó cumpliendo su deseo más íntimo. Deseo que confesó en un momento de rara emoción en la inevitable entrevista con The Paris Review. “Yo quiero ser Tom Sawyer”, sonrío allí Mailer. Es decir: Mailer no quería ser el Ishmael de Melville o el Gatsby de Fitzgerald. Ni siquiera quería ser Huckleberry Finn, versión más oscura del héroe de Twain. No, Mailer quería ser el irresponsable, pícaro y luminoso Tom: un muchacho que siempre se sale con la suya. Leer -y disfrutar- entonces El castillo en el bosque como lo que en realidad es: el sueño de un adolescente de ochenta y cuatro años que se divirtió escribiendo hasta el último aliento persiguiendo a “esa novela que Dostoievski, Marx, Joyce, Freud, Stendhal, Tolstói, Proust, Spengler, Faulkner y Hemingway querrían leer”. No la alcanzó, pero nadie puede negarle que lo intentó. Una y otra vez. Como poseso. –
Fuente: El País



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