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Sobre los libros piratas en Bolivia

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PIRATAS DE HOY
Por: Oso Mier

(Un excelente artículo sobre la piratería de libros impresos en Bolivia, para disfrutarlo y reflexionar)

Estimada doña Mirtita:

Disculpe que me dirija a usted sin papel sellado ni timbres de ley, para denunciar ante su autoridad, que hace años soy víctima de los piratas sin parche en el ojo ni sangre en la cara, que fotocopian mis libros y han hecho de que mis nietos ya no tomen leche.
Soy autor de catorce libros y anualmente recibía por la venta legal de los mismos una pequeña suma que ahora se ha reducido a la mínima expresión, hecho que ha determinado que a mis nietecitos que antes les decían los “ositos” por redondos y bonitos como su abuelo, les digan ahora los jipuris” porque la manga de desnutridos que tengo como descendientes, están una pena.
Todo porque mis libros, se venden, pero en el mercado negro. He sabido que esos delincuentes hasta tiene abogados y como a mi no me alcanza para contratar uno, es que directamente, doña Mirtha le pido que en calidad de Fiscal Adscrita tome libros en el asunto.
He sabido que no conoce el caso, pero si pide ayuda al Ministerio del Interior para que le preste los buzos y espías que tiene el gobierno, seguro que va a tener una amplia información sobre éste delito que está matando la literatura.
Lo triste doña Mirtha es que su autoridad no haya pasado nunca por el mercado negro del libro, por lo menos a comprar una novelita chuta y ahí, a lo mejor se anotaba un porto con la sociedad y actuaba de oficio, no solo prohibiendo que nos sigan robando, sino metiendo a la cárcel a esos analfabetos que viven de nuestras letras.
Le cuento que mi editor, ya no edita mis libros y los piratas lo venden al precio que se vendía antes, o sea que ni siquiera hay el argumento de decir “literatura al alcance de los pobres” a algún slogan demagógico como están de moda a nombre de socializar hasta los calcetines.
Por otro lado, no se preocupe por los que escribimos. Vamos a seguir haciéndolo, aunque las letras nunca superaron al fútbol y menos a la cerveza.
El día que falsifiquen cerveza, se cae el gobierno, mientras falsifiquen libros o discos, no pasa nada, limonada, pero no estaría por demás hacer cumplir las leyes.
No le adjunto uno de mis libros porque el único ejemplar que tengo, es uno chuto que compró mi sobrino donde los piratas cuando le pidieron en la escuela, donde debía enseñarse que lo robado no se compra porque es una forma de complicidad, pero los maestros tampoco saben de esas cosas.
Espero que con mano férrea y justa, reviva las épocas de la Inquisición y mande a la hoguera los libros chutos en defensa de la cultura de nuestro pueblo.
¡Que viva el carnaval!
* Autor de libros, deudor de Bancos, tiene a la venta “El Quijote” y “El Poema del Cid”, versión completa, con un poster de Sofía Loren de yapa.


Ulysses de James Joyce

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128 años del viajero sin patria: Ulises
Por: Darwin Pinto

Dios era un gran ruido en la calle… Dios era un rayo que caía sobre las casas y entraba por las ventanas sin pedir permiso. Eso lo llenaba de terror en sus años de infancia y lo hacía encerrarse en los armarios y hablar consigo mismo, lo hacía monologar interiormente, lo entrenaba para ser el creador de una de las prosas más complejas del idioma inglés y uno de los escritores más llamativos del mundo.
Hijo de un padre irresponsable, borracho y anticlerical, y de una madre ferozmente católica y demasiado débil, como buen irlandés, James Joyce era un ser humano de ésos que entienden las cosas a su manera y les importa un comino pararse a pensar cómo complacer a los que no lo entienden y se quedan por detrás ladrando su descontento.
Sólo así se puede entender que haya popularizado, pese a las críticas, el estilo literario del monólogo interior, que tiene su máxima expresión en su novela Ulises, escrita con estilos diferentes en cada uno de sus capítulos.
A James Joyce, acostumbrado a lidiar con los demonios interiores de su amor desmedido a su padre alcohólico y al desdén por su madre católica, jamás le hicieron mella las críticas feroces de detractores de elevados quilates, como la de la escritora inglesa Virginia Wolf, que cierta vez lo calificó de “pobre proletario ignorante”. Su frivolidad céltica lo hizo sobrevivir al dolor físico que le causaba su ceguera provocada por el alcohol barato y a la miseria de su vida, que desde el principio fue la triste crónica de un alma sosegada en una marcha inevitable hacia la decandencia y la autodestrucción.
Pese a su extraña característica de caerle mal a la gente de su época, el tiempo le dio la razón. El 2 de febrero este dublinés, que se autoexilió de su país y se declaró ciudadano de sí mismo, hubiera cumplido 128 años de no haber muerto en 1941 por una complicación en las entrañas, casi ciego y sin patria en un hospital de pobres de Zurich (Suiza). Extraña coincidencia, allí iría a morir en 1986 Jorge Luis Borges, uno de los estudiosos más importantes de la obra de Joyce.
Ulises
Aún su familia no había perdido lo poco de dignidad que le restaba tras el descalabro emocional del padre de los 11 niños. Cuando el pequeño James en la escuela escuchó el relato de su maestro sobre las aventuras de Ulises, el personaje de Homero que aparece tanto en la Iliada como en la Odisea. Odiseo, que es el otro nombre de Ulises, eran un griego que no tenía la fuerza del rey Agamenón, ni la fiereza de Aquiles, pero tuvo la audacia de idear la estrategia de entrar en la sitiada Troya en el interior de un gran caballo de madera.
Cuando el maestro preguntó a los chicos con qué héroe de la historia homérica se identificaban, el chico Joyce dijo simplemente: Ulises, que en nada se parecía a los musculosos héroes homéricos.
Ulises (Ulysses) novela experimental en la que intentó que cada uno de sus episodios o aventuras no sólo condicionara, sino también “generara” su propia técnica literaria: así, al lado del “flujo de conciencia” o monólogo interior (básicamente se trata de escribir lo que se piensa en estados de duermevela) se encuentran capítulos escritos al modo periodístico, teatral, el ensayo científico, o incluso imitando las series de preguntas y respuestas de los catecismos.
Sus ataques a las instituciones, principalmente a la Iglesia católica y al Estado, son continuas, y muchos de sus pasajes fueron declarados obscenos por sus contemporáneos.
Las fobias
Joyce, hermano mayor en una familia católica irlandesa (minoría dominada por el protestantismo en un país desgarrado por la ocupación inglesa), detestaba el rugby, el boxeo, la lucha, los deportes de contacto físico que para los ingleses servían para dominar el temperamento, pero le gustaba la natación. Le aterrorizaban los truenos, porque a él le habían enseñado desde niño que Dios era un gran ruido en la calle y justificaba sus arranques de pánico en las jornadas de tormenta diciendo que los rayos entraban en las casas sin pedir permiso. Al preguntársele por el porqué de su temor a las tormentas cuando niño, mientras que sus hijos no, James respondió: “Ah, ellos no tienen religión”.
Fuente: El deber / Brújula. Edición del sábado 28 de enero de 2008


Buena leche

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Los amores blancos de Borges
Por: Ramón Rocha Monroy

En 1963, Jorge Luis Borges se enamoró de María Esther Vázquez. Cuando su amigo Adolfo Bioy Casares se enteró ya era tarde; Borges sufría y de pronto encontró una receta inesperada aunque poco aconsejable. Un día le propuso matrimonio, pero ella dijo que había otro, y eso le afectó mucho. “Estoy triste con todo el cuerpo. Lo siento en las rodillas, en la espalda”, se quejó, y Silvina, la esposa de Bioy, comentó: “Borges está de nuevo mal. Está pálido”.
“Parece un destino circular al que estoy condenado. Esta situación se repite, cada tantos años…”, agregó Borges, y esto le dio pie a Bioy para pensar una clave del drama, que la registró así en su diario: “Tengo aquí una intuición: la relación con esta mujer debe de ser un noviazgo blanco. Con noviazgo blanco quiere retener a las mujeres… Sin comprender la realidad, habla de su trágico destino repetido y de que por una fatalidad siempre aparece un hombre y se las quita. (Una mujer que le dura un año o dos con amor blanco dura mucho; Borges no puede quejarse: debería jactarse.)”.
¿Cuántos amores blancos tuvo Borges?¿Y cuántos amores de color? De estos últimos, probablemente ninguno: lo dominaba la imagen de la madre, pero también una ausencia de vocación por el amor carnal, que le hacía preferir la épica y desechar con asco incluso la insinuación de una escena literaria erótica.
La posibilidad de casarse con esa muchacha incluso lo habría animado a conocer Bolivia. Así lo comentaba Borges: “Como ese viaje a Bolivia, para el que me invitaron ahora. Te imaginás, qué ironía. Porque si hubiera podido ir con esta chica, casado con ella, hubiera sido maravilloso…”
Por entonces dictaba sin cobrar un peso un seminario de inglés antiguo, y se quejaba: “A las muchachas, cuando van a inscribirse, les dicen: No hay orden. Y el seminario no tiene ningún valor académico; desde el punto de vista de la carrera, las muchachas pierden su tiempo conmigo”. Una de ellas, María Kodama, se casaría veinte años después con él y lo llevaría a morir a Ginebra, lejos del Buenos Aires que amó y de la amistad de Bioy, que cultivó durante medio siglo.
Por esos días, la ceguera debió agobiarlo como nunca. Bioy se quejó de leer con anteojos. “Qué clavo esto de no ver sin anteojos”, dijo, y Borges respondió: “Qué clavo esto de no ver con anteojos”.
Borges tocó fondo en su pena de amor, y entonces encontró un curioso remedio. “Hoy andaba deshecho -le confió a Bioy-, y de pronto recordé las palabras de Shakespeare: ‘Sweet are the uses of adversity’ y pensé que de algún modo debería aprovechar mi desventura. ¿Comprendés? No quería aprovecharla literariamente, sino en algo más real. Entonces me acordé de que tengo una muela que me incomoda”… y se la hizo sacar. “Salí a la calle bastante contento con la experiencia, y de pronto me acordé de esa mujer y la magia de la muela desapareció”, comentó.
Otro día, Borges comió en casa de Bioy y dijo: “Seguía muy deprimido. Resolví insistir con mi sistema de aprovechar la desdicha. ¡Me saqué otra muela!”.
n.del e.: La foto es de Borges con María Esther Vasquez


Sobre el Carnaval cruceño

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La ‘fiesta grande’ como cuna cultural de Santa Cruz
Por: Darwin Pinto

El Carnaval cruceño desde sus inicios ha servido de excusa para dar rienda suelta a la alegría y a algunos excesos felices. Pero también ha sido la fiesta en la que la cultura oriental fue tomando una identidad propia y el jolgorio popular sirvió como ‘musa’ tanto para compositores, músicos, pintores y escritores nacidos en esta tierra como de otros foráneos enamorados de Santa Cruz.
Según Paula Peña, miembro de la Academia Boliviana de la Historia y directora del Museo de Historia Regional y Archivo histórico (frente al correo), se tienen registro de la fiesta grande en las actas capitulares desde 1637.
“El Carnaval ha ido evolucionando. Al principio del siglo XX no había comparsas y la fiesta era sólo para los hombres. En ausencia de las comparsas, los amigos se reunían a caballo y hacían recorridos por el pueblo secuestrando peladas. Después el carnaval evolucionó como toda la cultura, incluyó mujeres e incluso ahora hay comparsas sólo de mujeres”, dijo.
Pintura
El artista plástico Carlos Cirbián realizó series de pinturas carnavaleras en 1997 cuando se encontraron crónicas de la fiesta grande que databan de finales del siglo antepasado. “Hice ese trabajo para la comparsa Chabacanos. Eran imágenes del siglo XIX. Entonces no había comparsas y se salía a caballo con el espíritu de la broma. Luego hice pinturas del Carnaval de los años 30. Entonces había bailes de salón que se hacían en el Palace Theatre (en el ex cine Palace); el Carnaval de calle (que aún pervive), y la gran entrada o corso. El primero estuvo en auge en los años 20. Había mucho glamour en el Palace Theatre. Después de la Guerra del Chaco empezaron a llegar camiones a Santa Cruz, con lo que se inició la era de los carros típicos que sustituyeron a los carretones”, dijo Cirbián.
Otro pintor inspirado por la fiesta grande fue Armando Jordán. Dos de sus obras carnavaleras están en el Museo de Historia: se trata de una imagen del Carnaval de 1934, que era eminentemente masculino, y otra de 1964, en el que ya se ven mujeres.
En homenaje a este pintor, que retrató a Santa Cruz de la Sierra en varios de sus aspectos, el pintor Tito Kuramotto hizo una pintura en 1988 que se llama Homenaje a Armando Jordán. “Forzosamente todo artista cae en un motivo común como es el Carnaval. He pintado mascaritas, danzas y juegos con agua en ese tema que es inagotable”, afirmó Kuramotto.
Música
Según el cantautor y líder de la agrupación Los Cambitas, Armando Terceros (autor del Libro de Oro de autores, compositores e intérpretes de la música oriental), hasta principios del siglo XX la música cruceña sólo se limitaba a la autóctona.
“La primera gran corriente de música de Santa Cruz de la Sierra fue el carnaval, que nació para las fiestas carnestolendas. De España llegó el guachambé, que en Paraguay se convirtió en polca. Hubo bandas paraguayas que trajeron ese ritmo a principios del siglo XX y aquí se le dio un tono alegre y se llamó carnaval. Mateo Flores lo explotó y el carnaval dominó las fiestas hasta que el taquirari apareció en los 40”, explicó Terceros.
Aldo Peña, un clásico de la música carnavalera actual, para la fiesta grande lanzará un taquirari homenaje a las reinas del Carnaval, además de temas como El brincao del zonzo. En sus letras, Peña rememora la picardía del Carnaval de Antaño sobre las aventuras amorosas de algunos fiesteros.
Entre los nuevos aportes a la cultura carnavalera está el grupo Azul Azul, que en 2006 presentó un disco doble con 45 taquiraris de comparsas y este año hicieron la reedición pero en la versión banda.
A eso se suma el Festival de Bandas que se realizó el sábado pasado (ya lleva 16 versiones) y que premió a 14 nuevos temas folclóricos que Aldo Peña se encargará de llevar al CD para esta fiesta grande. Sólo para citar a unos cuantos compositores que aportaron al folclore oriental, antes fueron Godofredo Núñez o Nicolás Menacho. Este último le puso música a un poema de Raúl Otero Reiche llamado El corso de la Flor.
Literatura
De las páginas 755 a la 927 en el tomo V de las Obras completas del fallecido Raúl Otero Reiche, se pueden encontrar sólo ensayos y poemas sobre el Carnaval oriental. El también extinto Hernando Sanabria Fernández dejó El Cancionero Popular de Vallegrande en el que se habla de las tradiciones de la fiesta del dios Momo en ese lugar, mientras que Nino Gandarillas publicó el libro 400 años del carnaval cruceño. Por último, la fundación Nova y el PEN Santa Cruz, publicarán la antología de cuentos carnavaleros Cuentos de Momo y Baco. El trabajo incluye escritos de Biyu Suárez, Centa Reck, Emilio Martínez, Heide Zürcher, M. Sarah Mansilla, Angélica Guzmán y Willi Noack. A su vez, el grupo de teatro La Colina dramatizará el cuento carnavalero Las Mil y Once noches, de Sara Mansilla.
Así el Carnaval sigue alimentando a los artistas que renuevan formas de preservarlo a través del tiempo.
Fuente: El Deber / Brújula. Edición del Sábado 26 de enero de 2008


Carta a Bartolomé Leal sobre en El Cusco el rey

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Estimado Bartolomé:

Las horas dedicadas a la lectura dependen del trabajo que tenga
durante el día y siempre las disfruto en el patio de la casa… pues
dentro de ella…. el computador “me llama”.

Te cuento esto porque el interés por el libro que lea lo mido siempre
según la hora que entre definitivamente a la casa….. y durante los
días que invertí en tu novela, lo hacía cuando ya no había luz solar y
se dificultaba ver las letras. ¡Muy interesante!

Sufro mucho con los libros que tienen una multitud de personajes y una
infinidad de situaciones. Tu novela es fácil de leer, tiene una trama
novedosa y resalta nuestra cultura andina. Me gustó la información
sobre arte religioso y la descripción de lugares que atraviesa José
Leal Cocharcas. Eso sí, me quedé esperando la activa participación de Malena en
los robos de cuadros… parece que creí los chismes de Pancho
Valladares.

De las tres novelas tuyas que he leído, indudablemente es la mejor que has
escrito. ¡Felicitaciones!

Jorge Luis Alonso G.
San Juan, Argentina


Cuento del mes: febrero 2008

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Cuento del mes. Una selección de Bartolomé Leal
En nuestra sección del cuento del mes hemos puesto a su disposición el cuento Dimoni para su descarga gratuita.
Mes: Febrero 2008
Título: Dimoni
Autor: Vicente Blasco Ibáñez
Biografía: Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928), versátil escritor español, cercano a la llamada “generación del 98”; aunque sus miembros no lo aceptaron, según se dice, por demasiado exitoso. Ferviente republicano, antimonárquico y masón, es autor de uno de los grandes best-seller de todos los tiempos, Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1916), novela sobre la Gran Guerra. Conoció la cárcel y el exilio. Prolífico, cultivó el relato de tintes costumbristas y naturalistas, preferentemente sobre su Valencia natal. Viajó por Argentina y México, produciendo ensayos políticos que enfurecieron a los nacionalistas locales. Fue traductor y editor de Las mil y una noches, enfureciendo a la iglesia católica. Sus memorias, tituladas La vuelta al mundo de un novelista, son el testimonio lúcido de toda una época. El relato seleccionado corresponde a la serie Cuentos valencianos.


Premio de primer cuento “Noveles escritores”

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Premio de cuento nacional “Noveles escritores”
La Cámara Departamental del Libro de Santa Cruz (CDLSC), como institución organizadora y PETROBRAS como entidad auspiciante, convocan a la segunda versión del Premio Nacional “Noveles Escritores” en el género narrativo: cuento.
Este premio tiene como objetivo difundir la obra inédita de nuevos valores en la literatura nacional.
BASES
1. Podrán participar escritores nacionales y extranjeros con residencia de 3 años en el país.
2. El concurso es sólo para escritores noveles, cuya obra en general no haya sido aún publicada en editoriales institucionales.
Las obras inscritas al concurso deben ser totalmente inéditas y no podrán participar si han obtenido algún premio nacional o internacional.
Para el próximo año (Convocatoria 2009), el género del concurso será novela y, al año siguiente, se propondrá un género diferente en forma rotativa: teatro, poesía, cuento, novela, etc.
3. Las obras deberán presentarse mecanografiadas a una sola cara, a dos espacios, en formato de hoja tamaño carta. El conjunto de cuentos no debe exceder las 300 páginas y un mínimo de 100. Debe entregarse un (1) original y tres (3) copias, perfectamente legibles, en tipo arial o times de 12 puntos.
En la tapa o portada, sólo debe llevar el título de la obra y el seudónimo del autor.
El o la concursante acompañará al texto impreso un CD con la versión digital de la obra, tal cual ha sido presentada.
4. Se otorgará un premio único e indivisible de Bs 8.000.- (ocho mil bolivianos 00/100).
5. La CDLSC se reserva el derecho de escoger la editora, diseño y formato, para la publicación de 500 ejemplares de la obra ganadora.
En calidad de derechos de autor el ganador recibirá 50 ejemplares de la primera edición.
Los criterios de distribución y/o comercialización son responsabilidad exclusiva de los organizadores.
6. La CDLSC designará los tres (3) miembros del jurado y se reservará la secretaría del mismo.
7. El jurado tendrá libertad absoluta para escoger la obra que a su juicio tenga la calidad exigida y su veredicto será inapelable.
8. Si el jurado considera que ninguna de las obras presentadas merece ser premiada, puede declarar desierto el concurso.
9. El jurado está en la libertad de sugerir, además de la premiada, otras obras, de entre las participantes, para su futura publicación.
10. Las obras se presentarán con seudónimo. El nombre, la dirección, correo electrónico (si lo tuviere), teléfonos y el currículo del autor, acompañados de una fotocopia del documento de identidad, deben adjuntarse en un sobre sellado aparte e incluirlo en el mismo sobre en el que se presentan las copias del texto impreso.
Las obras deben ser remitidas a:
PREMIO NACIONAL “NOVELES ESCRITORES”
Cámara Departamental del Libro de Santa Cruz
Calle Ballivián esq. Chuquisaca, Edificio Oriente, 4º Piso, Of. 403,
Telf. (591) (3) 336-5316
Santa Cruz de la Sierra, Bolivia
11. Las copias y originales no ganadores podrán ser recogidos por sus autores en un plazo de dos (2) meses después del veredicto, luego del cual los organizadores no atenderán solicitudes de devolución.
12. El plazo de recepción y admisión de originales fenece el viernes 29 de febrero de 2008.
El fallo del jurado se conocerá el 23 de abril de 2008, día mundial del Libro.
La obra ganadora se presentará, en ceremonia especial, durante la realización anual de la 9º Feria Internacional del Libro de Santa Cruz.
La próxima convocatoria será lanzada el último día de la Feria Internacional del Libro 2008. Este concurso se efectuará anualmente.
Santa Cruz de la Sierra - Bolivia


Sobre el premio de novela cochabambino

Una tormenta en un Vaso Valluno de Agua
Por: Arturo von Vacano

(Por lo fuerte de las palabras de Celso Montaño, el aludido ganador del premio de novela que convocó el municipio de Cochabamba, este espacio decidió eliminar su artículo en contra de uno de los jueces, Adolfo Cáceres. Sin embargo, la polémica está lejos de acabarse. A continuación una nota de Arturo von Vacano)
Bolivia entera se conmueve estos días con la polémica feroz que intenta iniciar el desconocido autor Celso Montaño Balderrama contra el más conocido autor, profesor y crítico Adolfo Cáceres Romero, ambos vallunos, a mi mejor saber y entender.
La causa de este odioso enfrentamiento es un concurso de novela manejado con los pies por la municipalidad de Cochabamba, concurso en el que participaron dos gatos y cuatro jueces, uno de los cuales se desayunó tarde cuando se decidió el Premio Marcelo Quiroga Santa Cruz, que antes se llamó Néstor Taboada Terán pero cambió de nombre cuando algún avivado de esa municipalidad se enteró de que Néstor Taboada Terán es paceño y no cochala aunque es vecino del Valle, datos que ignoraba el valluno ignorante y municipal mal informado que bautizó este premio.
El caso es que el autor premiado entre gallos y medianoche por tres de los cuatro jueces, este Celso Montaño Balderrama, ha estallado como bomba de siete kilos porque el juez al que dejaron sin desayunar, Adolfo Cáceres Romero, dijo dos o tres frases a la prensa que dejan mal parado al premio aquel, a la obra ganadora y a nadie más.
El pecado de Cáceres Romero es el siguiente, publicado por él mismo en una nota que explica con algún detalle este lío de enorme repercusión internacional. Dice Cáceres que dijo a la prensa sobre la obra de Montaño que “…además, era la obra que menos méritos novelísticos tenía. En sí es un alegato perogrullesco, con trazas de manifiesto demagógico. Cansa y aburre su lectura, por lo reiterativo de sus juicios, con adjetivos al granel” o algo parecido. Habrá que preguntar cómo habrá sido la otra.
Este juicio, al que Cáceres tiene todo el derecho del mundo, provocó una reacción tan absurda como desmedida de parte del novel autor, cuya obra es, claro, totalmente desconocida todavía para los 17 lectores de novelas que se sabe viven en Cochabamba: lo más probable es que todavía no se haya publicado.
La tal reacción se compone de dos páginas en las que se refiere al abolengo de ambos contendores con el más cuidadoso detalle posible, imaginando una estirpe para Cáceres y otro para Montaño quien, como autor de ese disparate, se proclama un Inca de las letras, la historia, la política y, creo, la física nuclear del Ecuador, Bolivia y cualquier territorio próximo o lejano.
Hijo del Sol (¿Cómo lo sabe? ¿Ha preguntado al Sol?) y autodesignado descendiente de la más preclaras familias de este valle extenso de lagrimas desde que Adán era cadete, Montaño Balderrama, un ilustre desconocido hasta este instante, se gasta más de 700 palabras en su ardiente tontería antes de tomar resuello y dejar caer, exhausto, su afiebrada pluma. Es lamentable decirlo, pero ni así presenta prueba alguna de lo que afirma en su papel. Deberemos contentarnos con su palabra, pues, y creerle pariente de la sangre más azul que se diera entre los Incas de merecida fama. Como no nos cuesta nada, declaremos que le creemos. Hoy tenemos otro Inca en Cochabamba, y deberíamos celebrarlo de algún modo.
Es lástima que, a pesar de su abolengo, no se hayan arreglado sus parientes para darle un poquitín más de educación elemental, armado de la cual se hubiera enterado antes de ganar un premio entre gallos y medianoche de las realidades que ahora anoto.
La primera y la más importante es que la ilustre familia que se atribuye este Montaño Balderrama no le servirá de nada en el campo de las letras. Si su obra resulta una porquería, será una porquería útil sólo para avergonzar a sus antepasados, ante los cuales deberá hacer algún sacrificio para ser reconocido una vez más. Montaño Balderrama debería saber ya que los apellidos de alcurnia, como la piel, el color de los ojos y los sesos que llevamos entre oreja y oreja son obra del azar, no nos eligen ni los elegimos, y por tanto son usados sólo por los tontos de capirote que carecen de cualidades personales hasta un extremo inaudito, ese en el que nos dicen: “Yo seré un idiota, pero mi abuelo era general. Respéteme por ser nieto de mi abuelo”.
Otra verdad es aquella que confiere plena independencia a un libro apenas deja las manos de su autor para irse a la imprenta. Tan pronto abandona el estudio de su padre espiritual, cada libro es independiente, vive su propia vida y no pertenece nunca más, en el sentido profundo de la palabra, a su autor. Vive y muere por virtudes o vicios propios sin que su autor pueda hacer nada para cambiar su suerte.
Es necesario anotar para beneficio de polemizadores de este calibre que todo libro, una vez publicado o presentado a un concurso, como es este caso, queda abierto y dispuesto y merecedor de todo tipo de opiniones, denuestos, groserías y maldades provenientes de las especie humana y de otras especies también. Publicar o tratar de publicar significa entregar la obra y, a menudo, el autor, a la opinión de los seis mil millones de bípedos que asfixian el planeta. Cada autor reconoce y cede ese derecho. Muchos buscan esas opiniones. Algunos las compran. Unos pocos las hallan sin haber movido un dedo para provocarlas. Pero todo autor con experiencia sabe que lo indicado en estos casos es aceptar y hasta agradecer tales opiniones, digan lo que digan.
Esta ley no escrita que rige entre los caballeros de la pluma es vigente desde antes de que Adán fuera cadete, de modo que la ignorancia en este aspecto de Montaño Balderrama es chocante y sorprendente, por decir lo menos. ¿Qué pasará luego, cuando la opinión general, la Vox Populi que es la Voz de Dios, coincida con la opinión de Cáceres Romero sobre la obra de Montaño Balderrama? Dos factores parecen indicar que así sucederá: la opinión de Cáceres, que no es ningún novato, y la reacción desmedida de Montaño Balderrama que aquí comento y que dice mucho de su calibre como escritor.
Habrá notado mi amable lector que no defiendo ni por un minuto a Cáceres Romero. He estado con él cuatro veces en mi vida y me reservo mi opinión sobre él y su obra para otro momento, como he hecho siempre desde 1970 cuando de obras y autores se trata. No creo que necesite de defensor alguno. Lo que necesitará será un poderoso digestivo para apaciguar la rabieta que este episodio le causará. Pero, en fin: ¿Quién le manda a meterse en esos líos?
Lo interesante de este episodio es que delata el feroz atraso en que se hallan nuestras letras y quienes hacen su ambiente. No sólo pudo escribir Montaño Balderrama el disparate que comento, sino que la prensa se apresuró a acogerlo y provocar un cacareo de gallinas del que salen malparados el Valle, en primer lugar, y los escritores y lectores de los componentes de este lío ínfimo sin importancia alguna.
Es cierto que casi todos los escritores son unos divos celosos y envidiosos, pero algunos hay que se las arreglan para ocultar esos vicios y para mostrarse civilizados aunque les cueste. Después de todo, se supone que los escritores hacen la cultura de un país. Sólo queda por decir que el papel de Montaño Balderrama que comento no sirve a nuestra cultura sino que atenta contra ella. Si tal papel es una hoja de su rábano, ¿que podremos esperar del rábano entero? Para muestra basta un botón.


Cartas marcadas

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Cartas marcadas
Por: Pedro Shimose

Si usted es una buena persona, sencilla, desprevenida y cándida como “esta tierra inocente y hermosa” llamada Bolivia, no juegue con tahúres redomados en el arte de marcarse faroles y sacarse ases de la manga. Ellos juegan compinchados y con cartas marcadas. Una de esas cartas es la Constituta del MAS, con la cual el Gobierno ha enseñado su ‘full’ de ases y ha ganado, por el momento, una partida que sólo el referéndum podrá invalidar si el pueblo le planta cara con una escalera real de color.
Empecemos por el Título I, Capítulo primero, art. 1. En él se afirma que “Bolivia se constituye (sic) en un Estado Unitario Social de Derecho Plurinacional Comunitario, libre, independiente, soberano, democrático, intercultural, descentralizado y con autonomías…”. Como se habrán dado cuenta, en él no se define la forma de gobierno (República, monarquía, dictadura), sino un Estado contradictorio en sí mismo, porque si el Estado –no la República– es unitario, ¿a qué viene ese galimatías de Estado plurinacional y comunitario… intercultural, descentralizado (sic) y con autonomías (sic)? Si es unitario, no puede ser, al mismo tiempo, “plurinacional, descentralizado y con autonomías”. Así de sencillo, así de claro.
Otra bomba activada es el art. 7 / Título I, Capítulo segundo. “La soberanía reside en el pueblo boliviano y se ejerce de forma directa… e indelegable”. En otras palabras, ¿debemos entender que el ejercicio del poder se va a ejercer a través de los movimientos sociales, de los gremios, de los ayllus, de las tribus? La Constitución vigente reconoce que la soberanía reside en el pueblo, pero que éste delega su soberanía en los poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial. Lo que nos propone la Constituta del MAS es la sustitución de la democracia representativa por un régimen autocrático indigenista, de partido único, con un caudillo convertido en dictador. ¿Este golpe constitucional está amparado por la mayoría de los bolivianos? El referéndum dirimirá este dilema.
Que la mayoría de las luminarias del Derecho masista no fueran capaces de diferenciar una norma jurídica de una norma moral, dice mucho de la inconsistencia jurídica de la Constituta. El art. 8 /Título I, Capítulo II, dice: “El Estado asume y promueve como principios ético-morales de la sociedad plural: ama qhilla, ama llulla, ama suwa (no seas flojo, no seas mentiroso ni seas ladrón), etc.”. Eso dice la Constituta, pero lo primero que te enseñan en cualquier Facultad de Derecho es a no confundir una norma moral de una norma jurídica. Recordaré este principio elemental del Derecho: la norma jurídica es obligatoria y coercitiva; no depende del capricho individual y su incumplimiento es penalizado por el Estado. En cambio, la norma moral no es coercitiva y la única penalización posible es la sanción social, el repudio de la comunidad que sostiene y defiende dichos valores. El art. 8 al que me refiero es una norma moral y sorprende que esté inserta en la Constituta.
El art. 5 / Título I, Capítulo 1 se refiere a los idiomas oficiales del Estado y enumera 36 idiomas nativos, además del castellano; idiomas que corresponden a las 36 presuntas autonomías originarias que propone el MAS con la intención perversa de propiciar una nueva división territorial del país y así dominar las ciudades enfrentando al ‘lumpenproletariat’ rural con la población urbana, en beneficio del proyecto hegemónico aimara de Felipe ‘Mallku’ Quispe, mientras Evo Morales se hace el Nelson Mandela porque, claro, en Bolivia hay ‘apartheid’ e impera la esclavitud (¡!).
Queda mucha tela por cortar, pero yo no soy sastre. Por el momento, los magistrados reunidos en Tarija han dictaminado que la Constituta del MAS es ilegal e ilegítima. Un jurista –don Carlos Montero Rivero (EL DEBER, 30/12/07)– lo dijo más alto y más claro: es inconstitucional porque, en agosto de 2007, los asambleístas habían cesado ya en sus funciones. // Madrid, 25/01/2008.


La saga del esclavo en la biblioteca de ecdotica

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Las tematizaciones de la novela histórica: La saga del esclavo de Adolfo Cáceres
Por: Renato Prada Oropeza

(Tenemos el placer de informarles que www.ecdotica.com tiene disponible en su biblioteca la novela La saga del esclavo de Adolfo Cáceres Romero. Líneas abajo encontrará el ensayo de Renato Prada Oropeza sobre la misma)
1. Introducción
El discurso literario puede tematizar, es decir, tomar como sustancia del contenido toda una época histórica, de mayor amplitud que un evento dentro de la misma; por ejemplo la época del llamado Siglo de las Luces, como lo hace magistralmente Alejo Carpentier en la novela homónima, o un acontecimiento dentro de una época, por ejemplo, dentro de la insurgencia altoperuana en contra del dominio del imperio español, la novela de Nataliel Aguirre, Juan de la Rosa, que relata el evento de la resistencia de la ciudad de Cochabamba al ejército imperial español, comandada por el general Goyeneche. Ahora bien, dentro del primer caso todavía podemos establecer dos subclases: la que se aboca a ofrecer (mediante el empleo de los mecanismos y técnicas propias del discurso novelesco) el marco socio-histórico de la época, sin “enfocar” o novelizar dentro de éste ningún personaje histórico, al menos de particular relieve –es el caso de la novela de Carpentier–; mientras que el otro tipo de novela puede tomar, como sustancia de su contenido, algunos eventos y personajes históricos, y, mediante los artificios narrativos, combinarlos con personajes y eventos que pertenecen a la ficcionalización, transformarlos en la forma de su contenido: en las significaciones, los sentidos y los valores que se presentan en su discurso como sus características propias. Éste es el caso de la novela del boliviano Adolfo Cáceres Romero, La saga del esclavo, a la cual queremos dedicar este ensayo.
Precisemos: dentro de la novela histórica de época, entonces, tenemos unas que limitan su tarea a la configuración (político-social e ideológica) de un período histórico determinado mediante la creación de una diégesis (“historia” o narración) que tiene como sus sujetos importantes y centrales a personajes ficticios; otras, tejen su diégesis con personajes efectivamente históricos, los cuales, por tanto, ya pertenecen a la historia “oficial”, o a la memoria colectiva de un pueblo: estos personajes, al ingresar al relato ficticio, obviamente, tienen relación con situaciones, eventos y personajes que no corresponden a la historia reproducida por el discurso historiográfico, sino que son “creados”, instaurados, por el discurso novelesco de manera ficticia. En estos casos se puede establecer una sola diégesis, una sola “historia narrada”, con los dos “ingredientes” antes mencionados; o, por el contrario, el relato puede instaurar dos diégesis, paralelas en cierto modo: una que desarrolla ficticiamente los eventos históricos y configura a sus personajes históricos pegándose, de una manera más o menos estricta, a ellos o apartándose, de una manera libre, sostenida por la ficción, de los materiales que le ofrece la historiografía o la memoria colectiva; y, otra, que establece algunos paralelismos entre los eventos y sus sujetos “históricos” y los eventos y sujetos ficticios que en algunos momentos de la intriga se entrecruzan. Este último es el caso de la novela que abordamos. De este modo, tendríamos como elementos que componen el marco histórico a una diégesis compleja, constituida por la ficcionalización de los eventos históricos, por una parte, y, por otra, la narración de la intriga de los acontecimientos, y sus sujetos correspondientes, que pertenecen enteramente a la ficción; y que entre ambos se presentan entrelazamientos ya sea a la manera de enclaves que se incrustan en uno de los ejes, el fáctico o el ficticio, o que se desarrollan por separado mientras uno de ellos queda en suspenso. Al menos esa es la impresión que nos causa La saga del esclavo.
2. Los dos ejes diegéticos de la Saga…
La novela establece los dos ejes de su diégesis desde el incipit de la narración: “Cuando el doctor Castelli ingresó por las estrechas, sinuosas y polvorientas calles de la Villa Imperial de Potosí, triunfante a la cabeza de sus tropas, el zambo Francisco supo que su amo aún agonizaba; que ni los golpes ni la cuchillada habían conseguido acabar con su vida” (2006 : 13).
El primer eje, que llamaremos “factual” para distinguirle del ficticio, se halla constituido por los personajes propiamente históricos, el central de los cuales es el doctor Castelli, miembro de la expedición militar libertaria al Alto Perú: las Fuerzas Auxiliares de las Provincias Unidas, encomendadas por la revolución triunfante de mayo en el Río de la Plata, presidida precisamente por un potosino: Cornelio Saavedra. Este eje diegético tiene una particularidad a la que nos referiremos más adelante.
El segundo eje es el enteramente ficticio; aunque, en algunos momentos de su desarrollo, se entrecruza pertinentemente con el primero. Éste se halla constituido a su vez por dos fábulas importantes: la que ofrece el relato del zambo Francisco Cegadez, por una parte, y por otra, la de Isabel, hija del amo del zambo, asesinado por éste, el Maestre don Benito Cienfuentes, un prominente hombre de negocios de la Villa Imperial de Potosí, español de origen.
Este segundo eje diegético, que es el más desarrollado en la novela, tanto en la configuración de los personajes como en la trama de los eventos, tiene correspondencia además con otros pequeños relatos pertenecientes a personajes de alguna manera relacionados ya sea con la subdiégesis del zambo, como la de Isabel, lo que concede a la novela una complejidad bastante ceñida.
Al emerger la segunda subdiégesis, la de Isabel, en la página 66, el lector ve que su función es de suma importancia para establecer la oposición ideológica, configurativa del lado de los personajes no identificados con la causa libertaria que encabeza Castelli. De este modo, se justifica plenamente su inserción en la novela histórica de Cáceres, cuya intención narrativa se va precisando en el desarrollo del discurso como desmitificadora tanto de los héroes de la Independencia hispanoamericana, consagrados por la historia oficial como hombres de una trayectoria prístina, como de ciertos acontecimientos político-sociales ocurridos en épocas del inicio de la idea libertaria, caracterizada no siempre por la claridad y solvencia moral de sus actores. Ésta es una muestra de lo que afirmamos en otro ensayo al precisar la función de la novela histórica, frente a la historiografía: aclarar, mediante conjeturas verosímiles –fundadas y motivadas de manera ficticia dentro del discurso narrativo– la dimensión ética, política de los personajes y sus eventos.
3. La puntualización “histórica” de la intriga
El discurso de la novela de Cáceres se divide en capítulos, de mayor o menor brevedad, encabezados por subtítulos propios del género narrativo histórico, o, quizás sería mejor decir, de la crónica; en el sentido de que una crónica puntualiza los acontecimientos no sólo en relación a fechas precisas: días, meses, sino también partes incluso de un día: media tarde, al anochecer, etc. Este código, el subtítulo, que denota una fecha o un dato cronológico (parte del día o de la noche), cumple con la función de establecer una relación de los “hechos”, cuyo desarrollo está siendo relatado de una manera precisa, cosa que el lector debe tomar en cuenta, aunque no le sería posible verificar los datos ofrecidos, pues no son registrados por ningún discurso factual (historiográfico) perteneciente a las fechas mencionadas. Y tampoco sería pertinente ya que se trata de un artificio literario para instaurar su diégesis “como si se tratara de un crónica puntual-factual”, aunque estamos ante un crónica ficticia.
El discurso relata los eventos de su diégesis en un orden cronológico que va desde lo que nos anuncia el primer capítulo: “Potosí, domingo 25 de noviembre de 1810, al medio día”, hasta el final: “Viernes 13 de septiembre [de 1811]”, es decir una duración cronológica de 10 meses.
Ahora bien, dentro del la diégesis factual, el último capítulo, irónicamente empieza como el primero: “Cuando el general Goyeneche ingresó por las estrechas, sinuosas y polvorientas calles de la Villa Imperial, triunfante a la cabeza de sus tropas, el pueblo se había volcado a lo largo de su trayecto, recibiéndole con inusitadas muestras de júbilo […]” (: 344. Las cursivas marcan la diferencia cualitativa entre las dos entradas triunfales. V. el siguiente apartado.).
3.1. El valor desmitificador de la diégesis factual
Una simple comparación de la constitución discursiva y sus valores semánticos de los dos capítulos arriba mencionados nos devela la intencionalidad de la obra de Cáceres que, como ya dijimos, es desmitificar el discurso historiográfico oficial, al menos el difundido en las instituciones escolares (en las clases o cátedras dedicadas a transmitir los eventos históricos de nuestra emergencia como países independientes del imperio español), o reproducido por la memoria colectiva.
El primer capítulo no fija su atención enteramente en Castelli y su actuación tanto en su entrada triunfal a la Villa Imperial como en el acontecimiento político de su arenga al pueblo, sino que va entrelazado, muchas veces dentro de un mismo párrafo con la historia reciente del zambo Francisco. Incluso la presentación de Castelli ofrece ya algunas características propias a una configuración no muy favorable:
El doctor […] en ese momento se consideraba el vencedor de Suipacha, no obstante haber estado esperando el resultado de ese combate en la región de Yavi, lejos del campo de batalla” […] “Castelli recibía complacido todas esas atenciones [brindadas más bien por un gentío huraño], en desmedro del general Balcarce y de su jefe de Estado Mayor, brigadier Eustaquio Díaz Vélez, quienes […] habían logrado esa victoria […] (: 13-14. Las cursivas son nuestras y ponen de relieve las cargas semánticas de una persona más bien oportunista y sin muchos escrúpulos.)
El gentío, por no decir pueblo, conglomerado para brindar la recepción y escuchar la proclama del doctor Castelli, decíamos que se muestra más bien huraño, no eufórico. Incluso, al percatarse de la constitución de la tropa, es vencido por la reticencia:
El vecindario potosino miraba con desconfianza a los negros y mulatos que parecían ser desaforados y estar sin sujeción alguna a sus superiores, quienes no hacían nada por controlarlos, dado que eran tanto o más insubordinados que los mulatos y campestres que, a lo largo de su trayecto, habían cometido una serie de robos, atracos y estupros en muchos pacíficos villorrios, sin que sus pobladores supieran a quien o dónde quejarse, tampoco se sabía si eran sólo agregados o se daban tal nombre, siendo verdaderos delincuentes, puesto que andaban a las avemarías asaltando y robando […] (: 14. Las cursivas son nuestras y nos ofrecen la configuración semántica negativa de una tropa que no puede merecer la confianza de un pueblo y menos dar la esperanza de una liberación real.)
La discurso mismo no es lo que pudiéramos llamar brillante ni alentador, pues el doctor Castelli, da muestras de un cierto desconcierto y su mente se halla más bien dispersa evocando su pasado espléndido durante la revolución de mayo. Y si bien el narrador nos presenta a un público titubeante entre la franca y eufórica recepción al ejército libertario y su miedo, y este sentimiento parece dominar más en el gentío, sobre todo ante la brutalidad ostentosa de la tropa que se hace más evidente:
[…] “¡Hijos de puta, viva el doctor Castelli!”, atronó súbitamente la voz de un mulato que lucía los galones de sargento. La multitud enmudeció y sólo se dejó escuchar la risotada de los soldados. El doctor, cortado en ese frenesí de gloria que lo conmovía, volvió a desplegar nerviosamente el rollo de papel; después de todo, ésa era la única manera que tenían esos soldados –como muchos otros de inigualable bravura– para exteriorizar sus sentimientos. “Ilustres…” empezó a decir, pero los ilustres vecinos de la villa del cerro más rico del mundo, ofendidos y temerosos de nuevos y peores agravios, comenzaron a retirarse […] (: 20. Las cursivas son nuestra y refuerzan la configuración antes señalada)
Además, en un excelente uso del discurso indirecto libre, el párrafo anterior reconfirma la carencia de una autocrítica de los jefes militares o de sus estadistas, como es el caso del doctor Castelli, con respecto al valor ético de su ejército y el impacto que éste tiene entre la gente común, el pueblo. Esta falta de un criterio ético sólido se manifiesta en diferentes oportunidades en el transcurso del relato. Vuelve a mostrarse, de manera muy evidente, cuando los tres asesinos del Maestre son reclutados como miembros de la armada libertadora; en la actitud de Castelli, frente al reclamo de Isabel al justificar sus actos de pillaje como justicieros de la revolución independentista; además, cuando un grupo desaforado de malhechores asalta la hacienda de Pedro Vicente Cañete, les despoja de sus caballos, vacas, viola y mata a una muchacha; y luego, comandados por Juan de Altamirano, son recibidos por el ejército libertador con muestras de gran simpatía.
Frente a este relato nada alentador para la causa libertaria, se presenta la entrada de Goyeneche a la Villa Imperial con una configuración distinta, aunque el narrador no descuida matizar el alborozo del pueblo potosino ante la entrada de los monárquicos, con la duda y el temor a las represalias:
Para unos, él era un restaurador de la legalidad y del orden monárquico; para otros, un guerrero feroz y sanguinario que probablemente –como lo había hecho en La Paz y Cochabamba– iba a aplicar mano dura contra ese pueblo, en represalia por haberse sublevado, apoyando a los insurgente del Río de la Plata; pero a pesar de lo que pudiera suceder, todos empezaron a adornar la ciudad, pintando sus casas […] Varios de los colaboradores de Castelli habían sido apresados y esperaban que Goyeneche les dictara sentencia. Las nuevas autoridades se habían esmerado en hacer de esa recepción un digno e inolvidable homenaje al vencedor de los independentistas. (: 345. Las palabras en cursiva nos corresponden.)
Y el acto se realiza con toda la solemnidad esperada en la cual no se presenta ningún incidente que lo desluzca, como es el caso de Castelli. Aunque también devela el narrador implícito la actitud de una expectativa ambivalente: temor y confianza, no exento de un cierto oportunismo, que se hace más evidente tres días después con el arribo del alto clero: “[…] Llegó a Potosí el arzobispo de Charcas, Fray Benito de Moxó y Fráncoli, acompañado de varios canónigos del coro metropolitano, a fin de ponerse al servicio de ese jefe realista en la celebración de los actos de desagravio a las autoridades fusiladas por Castelli” (: 346). Indudablemente para el año de 1810 todavía no había cuajado la idea libertaria frente al dominio del imperio español en la manera que lo hace dos lustros después, no sólo por el fuerte y despótico dominio militar, sino porque en las mismas ciudades la clase del poder económico e ideológico se hallaba integrada en su mayoría por españoles provenientes de la península Ibérica, y sus descendientes directos que no sentían sus intereses todavía afectados, pues, como es el caso de Isabel y su esposo, dependían de los intereses de familia.
Sin embargo, este capítulo final es también muy significativo porque relata un acto de justicia, paradójicamente realizado por las huestes del sanguinario Goyeneche: uno de los temibles delincuentes, el más brutal y facineroso de los que toman parte tanto en la diégesis del zambo, como en la del ejército de Castelli, Juan de Altamirano, “venía más atrás, con las manos amarradas, casi rastras, prisionero de esas victoriosas tropas realistas”. Aunque, a decir verdad, el discurso no aclara si es llevado por delincuente o por haberse enrolado a las tropas del condescendiente Castelli. Pero, como dijimos, el narrador implícito no se descuida tampoco de anotar la voracidad económica del general español, pues abandona la Villa Imperial, “llevándose junto a las siete mulas recuperadas, toda la plata labrada que se hallaba en la Catedral, como también lo haría después en Chuquisaca, quedándose solamente los blandones con los canónigos. Tanto el Arzobispo como el cuerpo eclesiástico consintieron ese despojo” (: 348)Dentro de la configuración del movimiento libertario o, mejor, de la actuación de la expedición armada en el Alto Perú, si bien domina una caracterización más bien negativa, hay un momento, en el recuerdo de Castelli, que es particularmente significativo pues adquiere el valor de una epifanía capital:
[…] cosa curiosa, no se le había borrado de la mente la diminuta figura de una anciana que, en la posta de Manogasta, en Santiago del Estero, el pasado 8 de octubre le obsequiara una flor, con una singular muestra de solidaridad y civismo, al responderle cuando le preguntó por su edad: “Señor, no soy tan vieja como parezco –le dijo ella–; pues no cuento de edad sino cuatro meses; nací el 25 de mayo de 1810, y hasta entonces no creo haber vivido un solo día”; así era el pueblo, su pueblo; así, la convicción con la que recibía ese movimiento revolucionario […] (: 19. Las cursivas nos corresponden.)
Y esto nos da pie para reflexionar sobre el valor de la desmitificación (una de la funciones que puede cumplir la novela histórica): revelar la complejidad de un acontecimiento al mostrarnos, mediante el recurso de la ficción, aspectos que el discurso historiográfico no puede hacerlo muchas veces, ceñido como está a afirmar o negar sólo lo que es amparado por el documento. El fragmento que citamos nos enseña la cara positiva de la revolución libertadora al señalar el profundo impacto en las capas sociales más humildes, al menos de las ciudades.
3.2. La redención humana del dolor y el pecado: la diégesis ficticia
Ya dijimos que esta diégesis paralela a la que noveliza los hechos históricos puede ser dividida en dos. La que relata la “saga” del esclavo, el zambo Federico y la que nos narra la historia de Isabel, para nombrarla con sus señas completas: María Isabel Cienfuentes y Orgaz, la desventurada hija del Maestre don Benito Cienfuegos.
Si bien la novela empieza con un admirable despliegue discursivo en el cual se entrecruzan las dos diégesis principales de la novela –muchas veces el entrecruzamiento se da en un mismo párrafo, aunque la maestría del manejo de los dos planos es tal que no da pie a ninguna confusión. A esta complejidad se añade el empleo de una técnica impecable en los planos temporales de la historia del zambo: empieza por relatar su asistencia al acontecimiento histórico-político de la proclama de Castelli, después de haber participado en el brutal acto de agresión a su amo con otros dos cómplices: Mariano Ventura y Juan de Altamirano, con el fin de robar la tienda del Maestre. El zambo se halla en un estado de tensión nerviosa extrema, pues tiene la certeza de que el Maestre sufre una dolorosa agonía. Llevado por la piedad y el amor que siente todavía hacia su amo moribundo, “en medio de ese estrépito de miedo y alborozo –miedo de los vecinos [habitantes de la ciudad] y alborozo de los soldados–, el zambo Francisco decidió volver a la casa de su amo, el Maestre, para ultimarlo si aún seguía con vida” (: 21). Es aprehendido por las todavía autoridades monárquicas, junto a sus dos cómplices, y en el interrogatorio irrumpe en un arranque de arrepentimiento, y declara que sólo lo mató para terminar con sus sufrimientos por las terribles heridas que le inflingieron sus cómplices. Los tres son condenados; pero en el siguiente capítulo, que corresponde a 15 días después, nos sorprendemos al seguir el relato de los afanes del padre Aldana que los que serán ejecutados son tres personalidades sobresalientes del antiguo régimen, pues se produjo el relevo de las autoridades judiciales, y los tres malhechores se hallan ahora integrando el cuerpo del ejército libertador.
La “saga” del zambo, quien irónicamente había sido declarado liberto por su amo, al cual debía además el saber leer y el haber gustado de las manifestaciones poéticas más exquisitas del Siglo de Oro español, como son los poemas de Fray Luis de León, tiene como un hipertexto (el texto que tematiza anteriormente en la literatura Occidental ofreciendo algunos códigos característicos a los cuales de una u otra manera se remonta el lector competente) a Crimen y castigo, pues el zambo se halla realmente arrepentido de su acción violenta contra la vida de su amo, y toma como su tarea redimirse realmente –además de haber sido absuelto por el padre Aldana–, razón por la cual se enrola al ejército, donde sigue las enseñanzas del piadoso y ejemplar cura. Luego de la muerte del padre Aldana, intenta ingresar en la orden de los franciscanos, y aunque no lo hace por decisión propia, vive una vida religiosa intensa y, finalmente reencuentra al gran amor de toda su vida, la mulata Eudolinda.
Sin embargo, desde el punto de vista de la configuración de los personajes y espacios, así como la intensidad del relato, la diégesis de Isabel es mucho más rica y dramática. Pues desde su inicio, en la página 66, domina en el contrapunteo con respecto a la diégesis factual. La configuración de Isabel como una mujer, si bien dotada de una fuerte voluntad de resistencia y lucha, como un personaje complejo, es ejemplar y resalta sobre todos los otros personajes de la novela. El relato que empieza con el enfrentamiento ante Castelli y su tensa y desesperada odisea que le lleva, acompañada de tres jóvenes y fieles servidores (dos muchachos y la mulata Eudolinda, la mujer amada por el zambo Francisco), se convierte en una larga y desesperada travesía en medio de un paraje desértico, frío, desolado y adverso. Sin duda, los capítulos breves y cortados, intercalados con la diégesis factual, constituyen los momentos más eficaces en el dominio del lenguaje narrativo, sobre toda la espantosa noche en que son amenazados por dos feroces canes, Gory y Castalia, convertidos en verdaderos depredadores, es realmente magistral. La tensión dramática se mantiene hasta la página 184, cuando la pobre mujer, cuyos bienes fueron incautados por el ejército porteño, es acogida en la casa de su cuñado Juvenal, por la servidumbre de éste. Luego llega su esposo de su viaje a Buenos Aires, nace su primogénito y, finalmente, con el triunfo de las tropas de Goyeneche y la restauración del poder del imperio español, logra, paradójicamente, que se le haga justicia.
3.4. Entre Suipacha y Guaqui, radiografía de una derrota: la diégesis factual
Como ya vimos en 3.1. la historia real integra, bajo las modificaciones impuestas por la ficcionalización, el enfrentamiento de la causa libertaria, encarnada por las tropas auxiliares del Río de la Plata, cuyo personaje central hasta muy avanzada la historia –prácticamente hasta la eminente derrota que sufrirá frente a las tropas realistas encabezadas por el sanguinario Goyeneche– es el doctor Castelli, integra decimos la contraposición de dos programas narrativos. Al primer programa narrativo de liberación se le opone el antiprograma de las fuerzas monárquicas. Aunque, y aquí radica uno de los méritos de la novela, las cosas no se presentan de manera tan simple, tan maniquea: como aliados del antiprograma se presentan los factores de desorden, caos y la indisciplina de las tropas auxiliares, por una parte, y por otra, la calidad de muchos de sus milicianos, algunos de los cuales fueron mercenarios: hombres sin escrúpulos, ladrones, violadores y asesinos. Los personajes más notorios entre estos últimos son los dos facinerosos Juan de Altamirano y Mariano Ventura, dos hombres típicamente protervos, desde el inicio al final de la novela, sin ninguna remisión.
La narración nos conduce desde el triunfo de Suipacha, por el ejército porteño auxiliar a su derrota en Guaqui, terminando con la disolución militar y moral de los hombres que podían jugar, al menos, un papel más digno en nuestra larga alborada independentista. Si bien, de la batalla triunfal sólo sabemos por la connotación que implica su entrada en la Villa Imperial, su avance hacia La Paz, donde son recibidos con grandes honores ofrecidos por el primo del general Goyeneche que se apresta a dar el zarpazo mortal a los hombres de Castelli, mientras éste, con la frivolidad y la vanagloria que le caracterizan, cae en los enredos del Gobernador de La Paz destinados a distraer su atención que debería centrarse sobre todo en la continuación de la campaña militar y no en el jolgorio y la buena vida. La batalla de Guaqui es relatada con un contrapunto excelente entre el frío y acertado cálculo de Goyeneche y la falta de una estrategia definida y contundente de los patriotas del Río de la Plata. La disolución militar y, sobre todo moral, ocupa al narrador de una manera más amplia y, podríamos decir, programática: emergen los generales y comandantes militares tales como Francisco de Rivero y el general Balcarce; pero sobre todo la reacción del pueblo potosino que se rebela contra los crímenes y atropellos de la banda de Juan de Altamirano y Mariano Ventura, quienes al pretender violar a la mulata Eudolinda, encienden la chispa de la insurrección, la cual termina en una masacre al pueblo y un repliegue a sus cuarteles de lo que pudiéramos llamar los residuos del ejército auxiliar.
Los límites de este ensayo, señalados en la introducción, no nos permiten entrar en toda la riqueza de esta excelente novela histórica, pues es tan compleja como amplia, sin embargo, no queremos dejar de señalar uno de sus aciertos narrativos –del cual, lamentablemente, el narrador implícito no saca mayor provecho: la emergencia de un factor metadiscursivo cuando el discurso narra el atropello brutal al pueblo potosino hecho por la banda de Juan de Altamirano, que es secundado por la tropa libertaria, y que desencadena en una masacre y en una revuelta popular es relatada por un cronista, el cual emerge en el discurso como actor, reflexiona sobre su escritura y actúa sobre ella. Este momento es realmente de una maestría narrativa innegable y nos lleva a cerrar este breve análisis hermenéutico manifestando algo que desde Nietzsche sabemos que son nuestros discursos: interpretaciones de una interpretación, apenas eso. Nada más que eso.


Músicos que rebuscan en la intimidad de la poesía

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Músicos que rebuscan en la intimidad de la poesía
Por: Javier Badani Ruiz

Escudriñan su textura, analizan su métrica y se internan en su intimidad textual con el único objetivo de vestirla de melodía. Desde la Edad Media, los músicos se han apropiado de los versos de una poesía para devolverlas a la vida transformadas en una canción. Y este año, ese intenso trabajo de musicalización tocará, a través de dos proyectos distintos, los versos de Adela Zamudio, una de las poetas más importantes de la literatura boliviana, y el trabajo de Benjamín Chávez, Premio Nacional de Poesía 2006.
Bajo el impulso del intelectual Luis ´Cachín´ Antezana —pionero de trabajos multimedia como La Bodega de Jaime Saenz y de La Pascana de Gladys Moreno—, los músicos Óscar García y Juan Carlos Orihuela asumieron el reto de dotar de un nuevo lenguaje musical a cuatro poesías de Zamudio: Epitafio, Nacer hombre, Tristeza y Fin de siglo. Este trabajo engalanará un CD interactivo dedicado a la escritora cochabambina que saldrá próximamente.
Por su parte, el cantautor Luis Rico —que ya trabajó en la poesía de Coco Manto y Marcelo Urioste— tiene previsto iniciar este 2008 la musicalización de los versos del orureño Benjamín Chávez. ´La meta es la de visibilizar el trabajo de los escritores contemporáneos´, explica.
Ambos emprendimientos se suman a la larga lista de trabajos musicales en el país que han musicalizado a poetas de la talla de Óscar Alfaro, Jaime Saenz y Matilde Casazola. Pero la semilla fue sembrada siglos atrás en el Viejo Mundo de la mano de narradores artísticos como los juglares, quienes ponían música a las historias y leyendas orales.
´La poesía nació unida a la música y la música (entonces) servía para que se grabaran en la memoria de los miembros de la comunidad los valores morales´, escribe la española Blasina Cantizano en la investigación ´Poesía y música, relaciones cómplices´.
A partir del siglo XX, los cantautores españoles iniciaron una ola de homenajes a los escritores más importantes de la literatura castellana, poniendo música a sus poemas. Los más prolíficos en esta labor fueron Paco Ibáñez y Joan Manuel Serrat. Este último se centró en los escritos de Antonio Machado (1835-1939), entre ellos, los poemas He andado muchos caminos y La saeta.
La influencia del trabajo de Serrat pronto recaló en sus pares latinoamericanos. ´En Bolivia, los cantautores intentamos seguir sus pasos musicalizando a nuestros poetas. Para ello tuvimos que alejarnos del enraizamiento musical hacia nuestra cultura y apegarnos a la tendencia de la música de autor´, recuerda Luis Rico, quien destaca la labor realizada por el tarijeño Nilo Soruco con la lírica de Óscar Alfaro.
La chuquisaqueña Matilde Casazola es otra de las autoras nacionales cuya obra ha sido musicalizada en más de una ocasión. Entre otros, su talento inspiró al reconocido compositor Cergio Prudencio, quien adaptó orquestalmente el poema Cantar en el camino en ritmo de tango para la película El Atraco, del cineasta Paolo Agazzi.
Además de poeta, cantautora, la artista de 66 años —que hasta ahora no ha puesto música a ninguno de sus versos— asegura que existe grandes diferencias a la hora de encarar la composición de una poesía o trabajar en el texto de una canción.
´Yo hago obra poética y por el otro lado canción y ambas no tienen mucho que ver. Para hacer una canción, el texto debe necesariamente que ser más elástico y debe adaptarse a la música. La poesía, en cambio, tiene en sí misma una musicalidad, un ritmo y un lenguaje que es saboreado por el lector de forma íntima´, señala Casazola, quien musicalizó poemas de Federico García Lorca y César Vallejo, entre otros.
Sin embargo, a pesar de que la poesía posee musicalidad, transponerle melodía a través de los instrumentos musicales y dotarle de una voz es un trabajo que requiere de una ardua labor.
´La poesía es más metafórica que el texto de una canción y tiene una cadencia y métrica que debe mantenerse en la esencia de la canción´, explica Luis Rico, quien tiene como uno de sus proyectos para este año —celebrando sus 40 años de vida artística— la incorporación de música a la obra de los vates contemporáneos del país. Los versos del joven poeta Benjamín Chávez serán los primeros.
El compositor y productor musical Óscar García señala que si bien no existe requisitos, a la hora de elegir un poema para su musicalización es necesario que los versos tengan ritmos bien definidos y que inviten a la música.
´Los textos que son muy largos, que tienen puntos suspensivos o signos de interrogación son difíciles de musicalizar. La poesía es ritmo; el problema está en imponerle uno nuevo. Si se hace mal, se provocará un choque fuerte de ambos ritmos que será perceptible para el oyente´.
Otro de los desafíos es el de transponer al lenguaje musical la intencionalidad propuesta en el texto. ´En Nacer hombre (poema de Adela Zamudio) utilizamos un tratamiento textural y rítmico reiterativo cuya base melódica incluye una técnica minimalista que es repetitiva, pero no aburrida´, explica. A esto se sumó el trabajo vocal en diversos planos sonoros realizado por la soprano Carla Casanovas, quien le dio voz al texto de la literata.
Al final, los cuatro poemas de Zamudio tienen un tratamiento musical distinto, delimitado por el discurso textual. En Fin de siglo un aire de cueca fue necesario para dar vida al soneto. En cambio, la brevedad de Epitafio invitó al dominio de la percusión.
´Musicalizar un poema es una sensación única. En este caso nos obligó a redescubrir a Zamudio, una poeta sensacional del siglo XIX, pero que fue olvidada por su posición \’feminista\’, que en realidad era un pensamiento mucho más profundo. Y eso se ve en lo que ella dejó escrito´, manifiesta el también poeta Juan Carlos Orihuela, quien junto a Óscar García y Pablo Muñoz musicalizaron en los años 80, con Cantos Nuevos, la poesía de García Lorca. Una década después, esa experiencia impulsó la aparición de Memoria del destino, trabajo donde se puso melodía a destacados poetas bolivianos.
Una de las claves para encarar la adaptación de una rítmica musical a los textos poéticos es la apropiación de los versos. ´Antes de su musicalización necesito leer una y otra vez el poema, dejar que cada palabra me inspire una melodía. Si no, no lo hago´, dijo a La Razón el cantautor ítalo-argentino Gianfranco Pagliaro, durante su visita al país el 2005. Y esa conexión se hizo sentir en La Paz cuando Pagliaro cantó su adaptación de Balada de Claribel, poema de Franz Tamayo.
Los primeros emprendimientos
En la Edad Media, los juglares —que viene del latín jocularis, bromista— fueron los encargados de difundir la llamada ´mester de juglaria´, un conjunto de poesía épica y lírica.
Los juglares cantaban o recitaban los ´mester´ para recreo de la nobleza, de los reyes y del público en general. Los épicos recitaban, entonces, poesía narrativa, mientras que los líricos se dedicaban a cultivar versos sentimentales y difundir composiciones poéticas como serranillas y coplas que eran compuestas por trovadores.
Personajes de humilde origen, los juglares eran diversos: desde el cantor de tabernas hasta el adornado con paños costosos que subía a los palacios y acompañaba a los nobles en sus viajes.
La poesía adquirió después, durante el siglo XIX, una nueva funcionalidad a través del lied (canción), utilizado en la música clásica europea. Acompañado de un piano, el intérprete daba vida al texto literario a través de su voz. Uno de los compositores que impulsó el lied fue Franz Schubert, quien escogió los selectos escritos de Johann Wolfgang von Goethe, Wilhelm Müller y Friedrich Schiller para insertar tramas imaginarias a sus obras. Con datos de www.recmusic.org

LOS VERSOS

´Nacer hombre´
Adela Zamudio
Cuánto trabajo ella pasa
Por corregir la torpeza
De su esposo, y en la casa,
(Permitidme que
me asombre).
Tan inepto como fatuo.
Sigue él siendo la cabeza.
¡Porque es hombre!
Fragmento del poema musicalizado por Orihuela y García.

´La saeta´
Antonio Machado

¿Quién me presta una escalera, para subir al madero,
para quitarle los clavos
a Jesús el nazareno?
¡Oh, la saeta, el cantar
al Cristo de los gitanos,
siempre con sangre en
las manos, siempre
por desenclavar!
Fragmento de la pieza trabajada por Joan Manuel Serrat.

“Balada de Claribel”
Franz Tamayo

En la desolada tarde,
Claribel,
Al calor de un sol que no arde, Claribel,
me vuelve el amante alarde
Aunque todo dice
´es tarde Claribel´.
Lleva en sus alas el viento, Claribel, tu nombre como
un lamento, Claribel…
Obra musicalizada por Pagliaro.

´Idilio muerto´
César Vallejo

Que estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita de junco y capulí; ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita la sangre, como flojo cognac, dentro de mí
Dónde estarán sus manos que en actitud contrita planchaban en las tardes
blancuras por venir…
Fragmento de la obra
musicalizada por Casazola.
Fuente: www.la-razon.com


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Cien años del nacimiento de Fernando Diez de Medina
Hace casi una semana se recordó el nacimiento del escritor Fernando Diez de Medina (La Paz, 14/01/1908– 21/09/1990). Miembro de la llamada Generación del Centenario, bautizada por él como ‘Generación de la fe’, pertenece a una dinastía de bolivianos ilustres, según comenta en un artículo publicado por El Deber, el escritor Pedro Shimose.
Desde el memorialista Tadeo Diez de Medina (siglo XVIII) hasta el periodista Raúl Diez de Medina (siglo XX), pasando por el historiador Lucio Diez de Medina, el arqueólogo Federico Diez de Medina y el diplomático e internacionalista Eduardo Diez de Medina –padre del escritor–, los Diez de Medina prestaron servicios distinguidos a la cultura boliviana.
Periodista, polemista, conferencista. Por espacio de más de sesenta años practicó el periodismo cotidiano o eventual. Fue reportero, crítico, redactor, columnista y editorialista en varios diarios de Bolivia. Emprendió numerosas campañas cívicas y de reforma social. Esta labor persistente no se puede evaluar porque en su mayor parte fue anónima y no está recogida en ningún libro.
Como polemista impugnó ideas de Papini, Toynbee, Madariaga, Assis de Chateaubriand, Menéndez Pidal, L.A. Sánchez, Arnade, Rodó y otros. En Bolivia refutó conceptos de Tamayo, Arguedas, Canelas, Céspedes, Espada, Arze Quiroga, aparte de muchas intervenciones periodísticas sobre temas políticos y literarios.
Dictó más de 50 conferencias, políticas unas, otras de carácter cultural, en las principales universidades y teatros del país, así como en Lima, Nueva York, Madrid, Génova, Roma y en entidades culturales. Algunas conferencias fueron dadas en las minas y las cinco que dictó sobre la reivindicación marítima de Bolivia, reproducidas en diarios y libros.
Publicaciones
Diez de Medina colaboró en muchos diarios y revistas de Francia, Italia, España, Estados Unidos, México, Cuba, Venezuela, Colombia, Ecuador, Argentina, Chile, Perú y Uruguay. Principalmente en “Cuadernos Hispanoamericanos” y “Mundo Hispánico” de Madrid; “Bolívar” y “El Tiempo” de Bogotá; “Cuadernos Americanos” de México; “Revista Nacional de Cultura” y “El Nacional” de Caracas; “Américas” de Washington; “Cuadernos” de París y con mayor asiduidad en “La Nación” y en “La Prensa” de Buenos Aires. Figura en más de 30 historias, diccionarios de literatura y antologías en diversos idiomas.
Su producción intelectual ha sido ampliamente comentada por escritores de prestigio y publicaciones en Europa y de las tres Américas. Las críticas a sus libros pasan de varios centenares en el país y el exterior.
Capítulos de sus libros se tradujeron al francés, italiano, alemán, inglés, danés y portugués.
En la política
De 1948 a 1951 fundó y dirigió el Grupo Cívico “Pachakuti”, que inspirado en ideas vernáculas, postuló una democracia responsable, la revolución integral y justicia económica para las mayorías postergadas.
Perteneció al Movimiento Nacionalista Revolucionario durante cinco años, como invitado en 1955 y fue expulsado “por desviacionismo” en 1960, por haber pedido amnistía general, freno a la violencia y la moralización del partido.
Sólo actuó durante cuatro años en las postrimerías del primer período de Paz Estenssoro, durante el gobierno de Siles Zuazo y otros cuatro años durante el gobierno del General Barrientos Ortuño.
“Fernando Diez de Medina es recordado y juzgado más por su agitada y controvertida actividad política que por su vasta, importante y dispar obra literaria. Entusiasta, fantasioso y audaz, su vida fue una sucesión de experiencias fallidas en oficios ajenos a la literatura”, dice Shimose, en el mencionado artículo.
Espoleado por un ambicioso proyecto vital, escribió 40 libros. Abarcó todos los géneros literarios posibles –desde el poema hasta el manifiesto polémico–, pero su fuerte fue el ensayo literario. Sus ensayos políticos son discursos moralizantes escritos con afectación y estilo sentencioso. Su crítica impresionista de la literatura boliviana se halla condensada en el libro Literatura boliviana (La Paz, 1953/Madrid, 1954), escribe Shimose.
Fuente: www.lostiempos.com


Jedi Fiction in a Conacine Edition

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Uno de los propósitos por la que decidimos crear www.ecdotica.com era el de dar espacio a aquellos que no pueden publicar sus libros debido a los elevados costos que representa la impresión. Cuántos grandes escritores no tendrán sus textos escondidos, que no los hayan publicado. No todos tienen un Max Brody, como Kafka, para publicarlos.
Hasta le fecha, en nuestra biblioteca gratuita: www.ecdotica.com/libros-gratis/ hemos publicado cuentos de Edmundo Paz Soldán, Maximiliano Barrientos (entre otros).
Ahora publicamos el texto de un escritor (no se si es boliviano que vive en Suecia) que se llama Miguel Lundin Peredo quien nos regala uno de sus cuentos denominado Jedi Fiction in a Conacine Edition. Cumplimos nuestro sueño, publicamos a alguien que posiblemente no tenga posibilidad de publicar de otra forma. Lo presentamos a nuestros lectores, quienes serán los únicos que podrán juzgarlo, literariamente, claro.
Queremos seguir publicando a aquellos que no tienen voz, que no encuentran alternativas para publicar sus textos. Descárgenlo, leanlo, coméntelo, lo que sea, que esta bien. Una página, una de las más visitadas en Bolivia www.aeromental.com ha enlazado a su página el cuento, por lo que les agradecemos.


Sobre Felipe Delgado de Jaime Saenz

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Algunos apuntes sobre Felipe Delgado
Por:Adolfo Cárdenas

Una lectura más de la emblemática novela de Jaime Saenz, que hace algunos meses fue reeditada por primera vez después de 28 años
Al hablar con varias personas, inscritas obviamente en el tramo del consumo literario, y preguntar específicamente sobre el peso de la obra de Saenz en la literatura contemporánea, he encontrado cierta reticencia sobre el tema en cuanto a acercamientos o alejamientos alrededor de ella.
Algunos convienen en que es un gran poeta, pero… Otros pretenden que sus referencias están dirigidas a un espacio muy particular como es la ciudad de La Paz y que en ese sentido concitan el interés de la paceñidad tan sólo. Alguien dijo: “Felipe Delgado es como el bizcocho de Alasita: mucha masa y pocas pasas…”.
Y todavía alguno más pretendía que el imaginario Saenziano no correspondía al de la ciudad de La Paz en su contemporaneidad, seguido todo esto de un largo etcétera de justificaciones sobre la no lectura o no comprensión de esta novela en particular.
Explicar dichas actitudes no es inédito ni original, por el contrario, entran de hecho en las confrontaciones entre lo que se ha dado en llamar los Saenzianos y los no Saenzianos, y que circunvalan alrededor de lo formal o lo contextual en el aparente marco de un primer nivel de lectura, es decir, la comprensión de la historia narrada en apariencia sin recurrir a los simbolismos que ella pueda conllevar.
A mi entender, Felipe Delgado, alter ego de su autor, es el Caronte que guía a quien quiera seguirlo a través de territorios que destilan la bruma propia de la noche, más no aquella de las luces de neón, sino la que nos adentra en la sordidez de los callejones del inconsciente.
En este sentido, ¿cuál es la ciudad que plantea Saenz? En apariencia es La Paz como puede serlo Praga o Cochabamba, aunque en realidad el artista nos habla de una ciudad interior, de la perfecta desconocida, de aquella que se rechaza por motivos de salud mental porque si bien —y como es de reconocimiento estético— el artista —lo repito— puede transitar impunemente dichos territorios sin el temor de perderse para siempre entre sus recovecos, acaso el viajero pierda la pista y en algún momento se hunda para siempre en aquellos laberintos.
Ése es el desafío de un escritor que no busca la vulgaridad de la gloria vana y que, por el contrario, convoca a quien quiera seguirlo en un ritual que aparentemente es solamente la noche, el frío, el alcohol o el estado alterado, pero que en profundidad se constituye en mero vehículo, mero ayudante en el tránsito hacia las profundidades del terror primordial. Esas geografías son sólo conocidas por los iniciados en la reflexión sobre los grandes temas de la literatura y el pensamiento filosófico, vale decir la banalidad de la vida como ruido mundano, el esfuerzo por entender la muerte desde la finitud o lo insustancial de la compañía del prójimo a veces tan próximo.
Quizá ésta es la explicación de por qué Felipe Delgado jamás será una novela de consumo masivo, convirtiéndose en todo caso en un texto de culto para quienes quieran entender que esta ciudad es la noche de otras ciudades en las que se puedan respirar aires más displicentes. Esta ciudad comprendida por escritores de mi generación tales como Humberto Quino o René Bascopé o los inmediatamente posteriores como Juan Carlos Orihuela o Rubén Vargas, entre otros, y para quienes el poema perfecto sólo deviene del alarido.
Luego de balbucear apenas algo de lo mucho, luego del vano intento de descifrar esta novela con sus portentosos claro-oscuros, es que no queda nada más que intentar definirla con las propias palabras de Saenz cuando dice:
En las profundidades del mundo existen espacios muy grandes / Un vacío presidido por el propio vacío / que es causa del terror primordial del pensamiento y del eco.
Existen honduras inimaginables, concavidades ante cuya fascinación, ante cuyo encantamiento / seguramente uno se quedaría muerto.
Ruidos que seguramente uno desearía escuchar, formas y visiones que uno desearía mirar / cosas que seguramente uno desearía tocar, revelaciones que seguramente uno desearía conocer / quién sabe con qué secreto deseo, de llegar a saber quién sabe qué…
Fuente: www.laprensa.com.bo


Entrevista a Wolfango Montes

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Wolfango Montes, letras sobre el diván
Por:Darwin Pinto

El autor cruceño habla de su más reciente novela publicada y de la que acaba de terminar y aún no ha presentado. También esboza sus pasiones: la novela y la psiquiatría, e indica los pasos para ser escritor y para ser lector
Son las 09.25. Faltan cinco minutos para la hora pactada, pero él ya está listo. Abre la puerta, apretón de manos, y tras andar por un pasillo en el interior de su casa, en el centro de la ciudad de Santa Cruz, nos acomodamos en una sala que tiene la comodidad precisa para charlar sin presiones con el escritor cruceño más leído en la actualidad. Atrás queda el estrés de los micros demorados y el calor de la mañana armada con su garrote de grados centígrados. Entonces, Wolfango Montes invita a sentarse y la grabadora empieza a correr…
—Tu novela Los aimaras están llegando fue la más vendida en la Feria del Libro y una de las más leídas …
—En esa novela coloqué a una familia conservadora cruceña en una situación límite: la hija menor se enamora de un aimara, y eso genera un conflicto.
—¿Se la puede considerar como una metáfora sobre Bolivia?
—Sí. Existen personajes de todos los tipos: el idealista, la chica que “traiciona” a la región, los racistas y los radicales de izquierda de un socialismo indígena.
—¿Cómo eliges los temas?
—El tema me elige. De repente comienzo a sentir una presión… Para esa novela yo había empezado a sentir una preocupación grande por lo que pasa en Bolivia y percibí que llegábamos a una encrucijada histórica. La historia suele ir lenta, pero hay momentos en que todos los procesos se aceleran. En este momento es difícil saber lo que nos depara este 2008. Estas situaciones el político las puede resolver por una acción política, otra gente la ignora, o se preocupa o se enferma, pero el artista debe transformarla, sublimarla para entenderla.
—En situaciones así, ¿los artistas deben aclarar los escenarios?
—No creo que el arte debe estar al servicio de una causa. Cuando ocurrió eso con el realismo socialista fue un fracaso. El artista transforma el problema y le da características estéticas. La persona al entrar en contacto con la sinfonía, el cuadro o el poema, por catarsis se identifica. Creo que T.S. Eliot dijo que los artistas son las antenas de la sociedad.
—¿Los aimaras están llegando es tu primera novela política?
—En Jonás y la ballena rosada toqué temas sociales. En todas mis novelas intento hacer una aventura del alma. Son temas que me interesan y yo siento esa presión íntima para expresarlos. A veces son temas psicológicos o sociales, pero el tema político social es la primera vez.
—¿Qué novela te habría gustado escribir?
En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust.
—¿Cuándo decidiste ser escritor?
—Desde muy pequeño viví en un mundo de libros. Así uno termina queriendo ser escritor por imitación. A los 17 años tenía ya una vocación y a esa edad desistí de serlo (risas). Me dije: “¿Será que se puede ser escritor aquí, en un lugar perdido en América del Sur?”.
—¿Y por qué eres psiquiatra?
—Me parece que no podía estudiar otra profesión, porque ahí se juntan una serie de ciencias. Para ser un buen psiquiatra tienes que conocer al ser humano como materia, psique y espíritu. Al mismo tiempo, un buen psiquiatra debe tener una visión filosófica del mundo y una postura en relación con la condición humana. Un buen psiquiatra termina leyendo grandes obras de literatura porque ellas nos enseñan mucho más que un libro de psicología. Era una profesión que me daría más placer que trabajo.
—Entonces la psiquiatría te devolvió a la literatura…
—Sí, me trajo de vuelta y no me siento culpable. Si un cirujano lee a James Joyce dirá: Estoy perdiendo el tiempo (risas). Un psiquiatra no, por el monólogo interior y todo lo demás…
—¿Por qué te quedaste en Brasil?
—No fue una decisión, fueron accidentes de la vida. Me casé allá y comencé a trabajar. Allá se trabaja muy bien en mi profesión. Intenté trabajar aquí un año y medio y tuve dificultades porque antes los psiquiatras no podían competir contra las chupas. Algunos cruceños en aquella época resolvían los problemas bebiendo. Existía una negación del mundo interior. Sin embargo, he percibido que eso acá ya ha cambiado. Yo hablo de una generación que fue obligada a ser activa. Negar el problema interior no era un defecto, fue una generación que construyó la Santa Cruz de ahora. Cuando construyes y te dedicas a la acción, no puedes pararte y pensar mucho en tu mundo interior porque eso te detiene.
—¿Te gusta más ser el psiquiatra Vanucci o el escritor Montes?
—La escritura te toma pocas horas del día y si sólo te dedicas a eso pierdes el contacto con la gente. Un novelista necesita el contacto con las personas. En mi consultorio tengo muchas vidas pasando rápidamente frente a mí, es como si yo viviera 20 ó 30 vidas al mismo tiempo. Eso enriquece al escritor.
—Según tu experiencia, ¿cuáles son los atributos que debe tener un buen escritor?
—Creo que el novelista debe ser una persona que tenga bastante experiencia en la vida y conocimiento del ser humano. Debe ser alguien culto, haber leído mucho. Se aprende a escribir leyendo. Existe el buen escritor que no es un gran hombre y el buen escritor que sí es un gran hombre. En el mundo occidental tenemos ese segundo criterio como modelo y para mí el gran hombre y gran escritor ideal es Goethe.
—Y para ser un buen lector, ¿qué se necesita?
—Los hombres más inteligentes de la humanidad dejaron condensado su pensamiento en libros. Tienes que saber aceptar la grandeza y disfrutarla.
—¿En qué andas trabajando ahora?
—Ya terminé una novela que no sé cuándo la voy a publicar. Se llama La Habana nunca más. Trata sobre la historia de amor entre un escritor boliviano y una poetisa cubana.
—¿Cuál es tu método de trabajo?, tomas apuntes, te enfocas en los principios y finales…
—Tomo apuntes, escribo y reescribo. A veces la historia se dispara y hay que reencauzarla.
—¿Te preocupa el lector o sólo escribes tu historia?
—Tengo respeto por el lector, pero no me dejo dominar por él. Si escribes un libro pensando en el lector, vas a bajar la calidad. El libro está hecho para él, pero durante la construcción hay que dejarse guiar por los demonios internos, por las intuiciones.
Fuente: www.laprensa.com.bo