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Sobre la huelga que mantienen los escritores de Holywood



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La palabra y la voz
Por: Miguel Esquirol Ríos

En el siglo XIX el teatro era un espacio para las clases más cultas. Donde la fina literatura se cultivaba con pasión casi fanática. Es por eso que no resulta del todo extraño la prohibición de teatros populares como forma de entretenimiento primero, y cuando no pudieron evitar el surgimiento de estos espacios, la prohibición de la palabra hablada.
Los teatros oficiales son reservados a las clases altas, y lo que se les permite al pueblo son representaciones sin diálogos, ni hablados ni siquiera cantados, y ello bajo el pretexto de que “el verdadero teatro no sea corrompido”.
Jesús Martín Barbero
Al surgir esa ley logró que las representaciones populares variaran teniendo que emplear mímica, expresiones exageradas, disfraces característicos (la polichinela, el arlequín), efectos especiales y sonoros. Pero esta ley también demostró el poder que tenía la palabra. Y es que el pueblo analfabeto era poseedor de la voz, de los relatos hablados, las leyendas y los chismes, e incluso de los periódicos y gacetas leídos por un único lector en una multitud. En cambio la nobleza era la poseedora de la palabra.
Con la llegada de los folletines el pueblo empezó a apropiarse de la palabra. Extensas novelas publicadas semanalmente en periódicos de gran tiraje atrayendo a miles de lectores. Las aventuras, crímenes y romances escritos para ellos les concedían el poder de la palabra. Algunos nombres destacaban como Dumas, pero en general los autores eran desconocidos o ignorados, y en el caso del mismo Dumas, con varios “negros” sin nombre que escribían para ellos.
Han pasado varios siglos y tanto la voz y las palabras han cambiado de manos. Hace unas semanas aquellos “negros” sin nombres decidieron revelares y el sindicato de los guionistas de Hollywood ha entrado en huelga. Los actores, presentadores e incluso los productores se han quedado entonces sin palabras, mientras que estas bien a recaudo se convertían en herramientas de poder y negociación.
A veces queremos creer que nadie es dueño de las palabras. Que la libertad de prensa y las nuevas tecnologías las han liberado . Pero sabemos que eso no es cierto. Y aunque apoyamos moralemente a los guionistas nos damos cuenta que siguen existiendo quienes creen ser poseedores de las palabras. La única forma de combatir eso es utilizar aquello que nunca dejó de ser nuestro: La voz.



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