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Los amores blancos de Borges
Por: Ramón Rocha Monroy

En 1963, Jorge Luis Borges se enamoró de María Esther Vázquez. Cuando su amigo Adolfo Bioy Casares se enteró ya era tarde; Borges sufría y de pronto encontró una receta inesperada aunque poco aconsejable. Un día le propuso matrimonio, pero ella dijo que había otro, y eso le afectó mucho. “Estoy triste con todo el cuerpo. Lo siento en las rodillas, en la espalda”, se quejó, y Silvina, la esposa de Bioy, comentó: “Borges está de nuevo mal. Está pálido”.
“Parece un destino circular al que estoy condenado. Esta situación se repite, cada tantos años…”, agregó Borges, y esto le dio pie a Bioy para pensar una clave del drama, que la registró así en su diario: “Tengo aquí una intuición: la relación con esta mujer debe de ser un noviazgo blanco. Con noviazgo blanco quiere retener a las mujeres… Sin comprender la realidad, habla de su trágico destino repetido y de que por una fatalidad siempre aparece un hombre y se las quita. (Una mujer que le dura un año o dos con amor blanco dura mucho; Borges no puede quejarse: debería jactarse.)”.
¿Cuántos amores blancos tuvo Borges?¿Y cuántos amores de color? De estos últimos, probablemente ninguno: lo dominaba la imagen de la madre, pero también una ausencia de vocación por el amor carnal, que le hacía preferir la épica y desechar con asco incluso la insinuación de una escena literaria erótica.
La posibilidad de casarse con esa muchacha incluso lo habría animado a conocer Bolivia. Así lo comentaba Borges: “Como ese viaje a Bolivia, para el que me invitaron ahora. Te imaginás, qué ironía. Porque si hubiera podido ir con esta chica, casado con ella, hubiera sido maravilloso…”
Por entonces dictaba sin cobrar un peso un seminario de inglés antiguo, y se quejaba: “A las muchachas, cuando van a inscribirse, les dicen: No hay orden. Y el seminario no tiene ningún valor académico; desde el punto de vista de la carrera, las muchachas pierden su tiempo conmigo”. Una de ellas, María Kodama, se casaría veinte años después con él y lo llevaría a morir a Ginebra, lejos del Buenos Aires que amó y de la amistad de Bioy, que cultivó durante medio siglo.
Por esos días, la ceguera debió agobiarlo como nunca. Bioy se quejó de leer con anteojos. “Qué clavo esto de no ver sin anteojos”, dijo, y Borges respondió: “Qué clavo esto de no ver con anteojos”.
Borges tocó fondo en su pena de amor, y entonces encontró un curioso remedio. “Hoy andaba deshecho -le confió a Bioy-, y de pronto recordé las palabras de Shakespeare: ‘Sweet are the uses of adversity’ y pensé que de algún modo debería aprovechar mi desventura. ¿Comprendés? No quería aprovecharla literariamente, sino en algo más real. Entonces me acordé de que tengo una muela que me incomoda”… y se la hizo sacar. “Salí a la calle bastante contento con la experiencia, y de pronto me acordé de esa mujer y la magia de la muela desapareció”, comentó.
Otro día, Borges comió en casa de Bioy y dijo: “Seguía muy deprimido. Resolví insistir con mi sistema de aprovechar la desdicha. ¡Me saqué otra muela!”.
n.del e.: La foto es de Borges con María Esther Vasquez



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