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Cuento del mes: febrero 2008

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Cuento del mes. Una selección de Bartolomé Leal
En nuestra sección del cuento del mes hemos puesto a su disposición el cuento Dimoni para su descarga gratuita.
Mes: Febrero 2008
Título: Dimoni
Autor: Vicente Blasco Ibáñez
Biografía: Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928), versátil escritor español, cercano a la llamada “generación del 98”; aunque sus miembros no lo aceptaron, según se dice, por demasiado exitoso. Ferviente republicano, antimonárquico y masón, es autor de uno de los grandes best-seller de todos los tiempos, Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1916), novela sobre la Gran Guerra. Conoció la cárcel y el exilio. Prolífico, cultivó el relato de tintes costumbristas y naturalistas, preferentemente sobre su Valencia natal. Viajó por Argentina y México, produciendo ensayos políticos que enfurecieron a los nacionalistas locales. Fue traductor y editor de Las mil y una noches, enfureciendo a la iglesia católica. Sus memorias, tituladas La vuelta al mundo de un novelista, son el testimonio lúcido de toda una época. El relato seleccionado corresponde a la serie Cuentos valencianos.


Premio de primer cuento “Noveles escritores”

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Premio de cuento nacional “Noveles escritores”
La Cámara Departamental del Libro de Santa Cruz (CDLSC), como institución organizadora y PETROBRAS como entidad auspiciante, convocan a la segunda versión del Premio Nacional “Noveles Escritores” en el género narrativo: cuento.
Este premio tiene como objetivo difundir la obra inédita de nuevos valores en la literatura nacional.
BASES
1. Podrán participar escritores nacionales y extranjeros con residencia de 3 años en el país.
2. El concurso es sólo para escritores noveles, cuya obra en general no haya sido aún publicada en editoriales institucionales.
Las obras inscritas al concurso deben ser totalmente inéditas y no podrán participar si han obtenido algún premio nacional o internacional.
Para el próximo año (Convocatoria 2009), el género del concurso será novela y, al año siguiente, se propondrá un género diferente en forma rotativa: teatro, poesía, cuento, novela, etc.
3. Las obras deberán presentarse mecanografiadas a una sola cara, a dos espacios, en formato de hoja tamaño carta. El conjunto de cuentos no debe exceder las 300 páginas y un mínimo de 100. Debe entregarse un (1) original y tres (3) copias, perfectamente legibles, en tipo arial o times de 12 puntos.
En la tapa o portada, sólo debe llevar el título de la obra y el seudónimo del autor.
El o la concursante acompañará al texto impreso un CD con la versión digital de la obra, tal cual ha sido presentada.
4. Se otorgará un premio único e indivisible de Bs 8.000.- (ocho mil bolivianos 00/100).
5. La CDLSC se reserva el derecho de escoger la editora, diseño y formato, para la publicación de 500 ejemplares de la obra ganadora.
En calidad de derechos de autor el ganador recibirá 50 ejemplares de la primera edición.
Los criterios de distribución y/o comercialización son responsabilidad exclusiva de los organizadores.
6. La CDLSC designará los tres (3) miembros del jurado y se reservará la secretaría del mismo.
7. El jurado tendrá libertad absoluta para escoger la obra que a su juicio tenga la calidad exigida y su veredicto será inapelable.
8. Si el jurado considera que ninguna de las obras presentadas merece ser premiada, puede declarar desierto el concurso.
9. El jurado está en la libertad de sugerir, además de la premiada, otras obras, de entre las participantes, para su futura publicación.
10. Las obras se presentarán con seudónimo. El nombre, la dirección, correo electrónico (si lo tuviere), teléfonos y el currículo del autor, acompañados de una fotocopia del documento de identidad, deben adjuntarse en un sobre sellado aparte e incluirlo en el mismo sobre en el que se presentan las copias del texto impreso.
Las obras deben ser remitidas a:
PREMIO NACIONAL “NOVELES ESCRITORES”
Cámara Departamental del Libro de Santa Cruz
Calle Ballivián esq. Chuquisaca, Edificio Oriente, 4º Piso, Of. 403,
Telf. (591) (3) 336-5316
Santa Cruz de la Sierra, Bolivia
11. Las copias y originales no ganadores podrán ser recogidos por sus autores en un plazo de dos (2) meses después del veredicto, luego del cual los organizadores no atenderán solicitudes de devolución.
12. El plazo de recepción y admisión de originales fenece el viernes 29 de febrero de 2008.
El fallo del jurado se conocerá el 23 de abril de 2008, día mundial del Libro.
La obra ganadora se presentará, en ceremonia especial, durante la realización anual de la 9º Feria Internacional del Libro de Santa Cruz.
La próxima convocatoria será lanzada el último día de la Feria Internacional del Libro 2008. Este concurso se efectuará anualmente.
Santa Cruz de la Sierra - Bolivia


Sobre el premio de novela cochabambino

Una tormenta en un Vaso Valluno de Agua
Por: Arturo von Vacano

(Por lo fuerte de las palabras de Celso Montaño, el aludido ganador del premio de novela que convocó el municipio de Cochabamba, este espacio decidió eliminar su artículo en contra de uno de los jueces, Adolfo Cáceres. Sin embargo, la polémica está lejos de acabarse. A continuación una nota de Arturo von Vacano)
Bolivia entera se conmueve estos días con la polémica feroz que intenta iniciar el desconocido autor Celso Montaño Balderrama contra el más conocido autor, profesor y crítico Adolfo Cáceres Romero, ambos vallunos, a mi mejor saber y entender.
La causa de este odioso enfrentamiento es un concurso de novela manejado con los pies por la municipalidad de Cochabamba, concurso en el que participaron dos gatos y cuatro jueces, uno de los cuales se desayunó tarde cuando se decidió el Premio Marcelo Quiroga Santa Cruz, que antes se llamó Néstor Taboada Terán pero cambió de nombre cuando algún avivado de esa municipalidad se enteró de que Néstor Taboada Terán es paceño y no cochala aunque es vecino del Valle, datos que ignoraba el valluno ignorante y municipal mal informado que bautizó este premio.
El caso es que el autor premiado entre gallos y medianoche por tres de los cuatro jueces, este Celso Montaño Balderrama, ha estallado como bomba de siete kilos porque el juez al que dejaron sin desayunar, Adolfo Cáceres Romero, dijo dos o tres frases a la prensa que dejan mal parado al premio aquel, a la obra ganadora y a nadie más.
El pecado de Cáceres Romero es el siguiente, publicado por él mismo en una nota que explica con algún detalle este lío de enorme repercusión internacional. Dice Cáceres que dijo a la prensa sobre la obra de Montaño que “…además, era la obra que menos méritos novelísticos tenía. En sí es un alegato perogrullesco, con trazas de manifiesto demagógico. Cansa y aburre su lectura, por lo reiterativo de sus juicios, con adjetivos al granel” o algo parecido. Habrá que preguntar cómo habrá sido la otra.
Este juicio, al que Cáceres tiene todo el derecho del mundo, provocó una reacción tan absurda como desmedida de parte del novel autor, cuya obra es, claro, totalmente desconocida todavía para los 17 lectores de novelas que se sabe viven en Cochabamba: lo más probable es que todavía no se haya publicado.
La tal reacción se compone de dos páginas en las que se refiere al abolengo de ambos contendores con el más cuidadoso detalle posible, imaginando una estirpe para Cáceres y otro para Montaño quien, como autor de ese disparate, se proclama un Inca de las letras, la historia, la política y, creo, la física nuclear del Ecuador, Bolivia y cualquier territorio próximo o lejano.
Hijo del Sol (¿Cómo lo sabe? ¿Ha preguntado al Sol?) y autodesignado descendiente de la más preclaras familias de este valle extenso de lagrimas desde que Adán era cadete, Montaño Balderrama, un ilustre desconocido hasta este instante, se gasta más de 700 palabras en su ardiente tontería antes de tomar resuello y dejar caer, exhausto, su afiebrada pluma. Es lamentable decirlo, pero ni así presenta prueba alguna de lo que afirma en su papel. Deberemos contentarnos con su palabra, pues, y creerle pariente de la sangre más azul que se diera entre los Incas de merecida fama. Como no nos cuesta nada, declaremos que le creemos. Hoy tenemos otro Inca en Cochabamba, y deberíamos celebrarlo de algún modo.
Es lástima que, a pesar de su abolengo, no se hayan arreglado sus parientes para darle un poquitín más de educación elemental, armado de la cual se hubiera enterado antes de ganar un premio entre gallos y medianoche de las realidades que ahora anoto.
La primera y la más importante es que la ilustre familia que se atribuye este Montaño Balderrama no le servirá de nada en el campo de las letras. Si su obra resulta una porquería, será una porquería útil sólo para avergonzar a sus antepasados, ante los cuales deberá hacer algún sacrificio para ser reconocido una vez más. Montaño Balderrama debería saber ya que los apellidos de alcurnia, como la piel, el color de los ojos y los sesos que llevamos entre oreja y oreja son obra del azar, no nos eligen ni los elegimos, y por tanto son usados sólo por los tontos de capirote que carecen de cualidades personales hasta un extremo inaudito, ese en el que nos dicen: “Yo seré un idiota, pero mi abuelo era general. Respéteme por ser nieto de mi abuelo”.
Otra verdad es aquella que confiere plena independencia a un libro apenas deja las manos de su autor para irse a la imprenta. Tan pronto abandona el estudio de su padre espiritual, cada libro es independiente, vive su propia vida y no pertenece nunca más, en el sentido profundo de la palabra, a su autor. Vive y muere por virtudes o vicios propios sin que su autor pueda hacer nada para cambiar su suerte.
Es necesario anotar para beneficio de polemizadores de este calibre que todo libro, una vez publicado o presentado a un concurso, como es este caso, queda abierto y dispuesto y merecedor de todo tipo de opiniones, denuestos, groserías y maldades provenientes de las especie humana y de otras especies también. Publicar o tratar de publicar significa entregar la obra y, a menudo, el autor, a la opinión de los seis mil millones de bípedos que asfixian el planeta. Cada autor reconoce y cede ese derecho. Muchos buscan esas opiniones. Algunos las compran. Unos pocos las hallan sin haber movido un dedo para provocarlas. Pero todo autor con experiencia sabe que lo indicado en estos casos es aceptar y hasta agradecer tales opiniones, digan lo que digan.
Esta ley no escrita que rige entre los caballeros de la pluma es vigente desde antes de que Adán fuera cadete, de modo que la ignorancia en este aspecto de Montaño Balderrama es chocante y sorprendente, por decir lo menos. ¿Qué pasará luego, cuando la opinión general, la Vox Populi que es la Voz de Dios, coincida con la opinión de Cáceres Romero sobre la obra de Montaño Balderrama? Dos factores parecen indicar que así sucederá: la opinión de Cáceres, que no es ningún novato, y la reacción desmedida de Montaño Balderrama que aquí comento y que dice mucho de su calibre como escritor.
Habrá notado mi amable lector que no defiendo ni por un minuto a Cáceres Romero. He estado con él cuatro veces en mi vida y me reservo mi opinión sobre él y su obra para otro momento, como he hecho siempre desde 1970 cuando de obras y autores se trata. No creo que necesite de defensor alguno. Lo que necesitará será un poderoso digestivo para apaciguar la rabieta que este episodio le causará. Pero, en fin: ¿Quién le manda a meterse en esos líos?
Lo interesante de este episodio es que delata el feroz atraso en que se hallan nuestras letras y quienes hacen su ambiente. No sólo pudo escribir Montaño Balderrama el disparate que comento, sino que la prensa se apresuró a acogerlo y provocar un cacareo de gallinas del que salen malparados el Valle, en primer lugar, y los escritores y lectores de los componentes de este lío ínfimo sin importancia alguna.
Es cierto que casi todos los escritores son unos divos celosos y envidiosos, pero algunos hay que se las arreglan para ocultar esos vicios y para mostrarse civilizados aunque les cueste. Después de todo, se supone que los escritores hacen la cultura de un país. Sólo queda por decir que el papel de Montaño Balderrama que comento no sirve a nuestra cultura sino que atenta contra ella. Si tal papel es una hoja de su rábano, ¿que podremos esperar del rábano entero? Para muestra basta un botón.


Cartas marcadas

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Cartas marcadas
Por: Pedro Shimose

Si usted es una buena persona, sencilla, desprevenida y cándida como “esta tierra inocente y hermosa” llamada Bolivia, no juegue con tahúres redomados en el arte de marcarse faroles y sacarse ases de la manga. Ellos juegan compinchados y con cartas marcadas. Una de esas cartas es la Constituta del MAS, con la cual el Gobierno ha enseñado su ‘full’ de ases y ha ganado, por el momento, una partida que sólo el referéndum podrá invalidar si el pueblo le planta cara con una escalera real de color.
Empecemos por el Título I, Capítulo primero, art. 1. En él se afirma que “Bolivia se constituye (sic) en un Estado Unitario Social de Derecho Plurinacional Comunitario, libre, independiente, soberano, democrático, intercultural, descentralizado y con autonomías…”. Como se habrán dado cuenta, en él no se define la forma de gobierno (República, monarquía, dictadura), sino un Estado contradictorio en sí mismo, porque si el Estado –no la República– es unitario, ¿a qué viene ese galimatías de Estado plurinacional y comunitario… intercultural, descentralizado (sic) y con autonomías (sic)? Si es unitario, no puede ser, al mismo tiempo, “plurinacional, descentralizado y con autonomías”. Así de sencillo, así de claro.
Otra bomba activada es el art. 7 / Título I, Capítulo segundo. “La soberanía reside en el pueblo boliviano y se ejerce de forma directa… e indelegable”. En otras palabras, ¿debemos entender que el ejercicio del poder se va a ejercer a través de los movimientos sociales, de los gremios, de los ayllus, de las tribus? La Constitución vigente reconoce que la soberanía reside en el pueblo, pero que éste delega su soberanía en los poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial. Lo que nos propone la Constituta del MAS es la sustitución de la democracia representativa por un régimen autocrático indigenista, de partido único, con un caudillo convertido en dictador. ¿Este golpe constitucional está amparado por la mayoría de los bolivianos? El referéndum dirimirá este dilema.
Que la mayoría de las luminarias del Derecho masista no fueran capaces de diferenciar una norma jurídica de una norma moral, dice mucho de la inconsistencia jurídica de la Constituta. El art. 8 /Título I, Capítulo II, dice: “El Estado asume y promueve como principios ético-morales de la sociedad plural: ama qhilla, ama llulla, ama suwa (no seas flojo, no seas mentiroso ni seas ladrón), etc.”. Eso dice la Constituta, pero lo primero que te enseñan en cualquier Facultad de Derecho es a no confundir una norma moral de una norma jurídica. Recordaré este principio elemental del Derecho: la norma jurídica es obligatoria y coercitiva; no depende del capricho individual y su incumplimiento es penalizado por el Estado. En cambio, la norma moral no es coercitiva y la única penalización posible es la sanción social, el repudio de la comunidad que sostiene y defiende dichos valores. El art. 8 al que me refiero es una norma moral y sorprende que esté inserta en la Constituta.
El art. 5 / Título I, Capítulo 1 se refiere a los idiomas oficiales del Estado y enumera 36 idiomas nativos, además del castellano; idiomas que corresponden a las 36 presuntas autonomías originarias que propone el MAS con la intención perversa de propiciar una nueva división territorial del país y así dominar las ciudades enfrentando al ‘lumpenproletariat’ rural con la población urbana, en beneficio del proyecto hegemónico aimara de Felipe ‘Mallku’ Quispe, mientras Evo Morales se hace el Nelson Mandela porque, claro, en Bolivia hay ‘apartheid’ e impera la esclavitud (¡!).
Queda mucha tela por cortar, pero yo no soy sastre. Por el momento, los magistrados reunidos en Tarija han dictaminado que la Constituta del MAS es ilegal e ilegítima. Un jurista –don Carlos Montero Rivero (EL DEBER, 30/12/07)– lo dijo más alto y más claro: es inconstitucional porque, en agosto de 2007, los asambleístas habían cesado ya en sus funciones. // Madrid, 25/01/2008.


La saga del esclavo en la biblioteca de ecdotica

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Las tematizaciones de la novela histórica: La saga del esclavo de Adolfo Cáceres
Por: Renato Prada Oropeza

(Tenemos el placer de informarles que www.ecdotica.com tiene disponible en su biblioteca la novela La saga del esclavo de Adolfo Cáceres Romero. Líneas abajo encontrará el ensayo de Renato Prada Oropeza sobre la misma)
1. Introducción
El discurso literario puede tematizar, es decir, tomar como sustancia del contenido toda una época histórica, de mayor amplitud que un evento dentro de la misma; por ejemplo la época del llamado Siglo de las Luces, como lo hace magistralmente Alejo Carpentier en la novela homónima, o un acontecimiento dentro de una época, por ejemplo, dentro de la insurgencia altoperuana en contra del dominio del imperio español, la novela de Nataliel Aguirre, Juan de la Rosa, que relata el evento de la resistencia de la ciudad de Cochabamba al ejército imperial español, comandada por el general Goyeneche. Ahora bien, dentro del primer caso todavía podemos establecer dos subclases: la que se aboca a ofrecer (mediante el empleo de los mecanismos y técnicas propias del discurso novelesco) el marco socio-histórico de la época, sin “enfocar” o novelizar dentro de éste ningún personaje histórico, al menos de particular relieve –es el caso de la novela de Carpentier–; mientras que el otro tipo de novela puede tomar, como sustancia de su contenido, algunos eventos y personajes históricos, y, mediante los artificios narrativos, combinarlos con personajes y eventos que pertenecen a la ficcionalización, transformarlos en la forma de su contenido: en las significaciones, los sentidos y los valores que se presentan en su discurso como sus características propias. Éste es el caso de la novela del boliviano Adolfo Cáceres Romero, La saga del esclavo, a la cual queremos dedicar este ensayo.
Precisemos: dentro de la novela histórica de época, entonces, tenemos unas que limitan su tarea a la configuración (político-social e ideológica) de un período histórico determinado mediante la creación de una diégesis (“historia” o narración) que tiene como sus sujetos importantes y centrales a personajes ficticios; otras, tejen su diégesis con personajes efectivamente históricos, los cuales, por tanto, ya pertenecen a la historia “oficial”, o a la memoria colectiva de un pueblo: estos personajes, al ingresar al relato ficticio, obviamente, tienen relación con situaciones, eventos y personajes que no corresponden a la historia reproducida por el discurso historiográfico, sino que son “creados”, instaurados, por el discurso novelesco de manera ficticia. En estos casos se puede establecer una sola diégesis, una sola “historia narrada”, con los dos “ingredientes” antes mencionados; o, por el contrario, el relato puede instaurar dos diégesis, paralelas en cierto modo: una que desarrolla ficticiamente los eventos históricos y configura a sus personajes históricos pegándose, de una manera más o menos estricta, a ellos o apartándose, de una manera libre, sostenida por la ficción, de los materiales que le ofrece la historiografía o la memoria colectiva; y, otra, que establece algunos paralelismos entre los eventos y sus sujetos “históricos” y los eventos y sujetos ficticios que en algunos momentos de la intriga se entrecruzan. Este último es el caso de la novela que abordamos. De este modo, tendríamos como elementos que componen el marco histórico a una diégesis compleja, constituida por la ficcionalización de los eventos históricos, por una parte, y, por otra, la narración de la intriga de los acontecimientos, y sus sujetos correspondientes, que pertenecen enteramente a la ficción; y que entre ambos se presentan entrelazamientos ya sea a la manera de enclaves que se incrustan en uno de los ejes, el fáctico o el ficticio, o que se desarrollan por separado mientras uno de ellos queda en suspenso. Al menos esa es la impresión que nos causa La saga del esclavo.
2. Los dos ejes diegéticos de la Saga…
La novela establece los dos ejes de su diégesis desde el incipit de la narración: “Cuando el doctor Castelli ingresó por las estrechas, sinuosas y polvorientas calles de la Villa Imperial de Potosí, triunfante a la cabeza de sus tropas, el zambo Francisco supo que su amo aún agonizaba; que ni los golpes ni la cuchillada habían conseguido acabar con su vida” (2006 : 13).
El primer eje, que llamaremos “factual” para distinguirle del ficticio, se halla constituido por los personajes propiamente históricos, el central de los cuales es el doctor Castelli, miembro de la expedición militar libertaria al Alto Perú: las Fuerzas Auxiliares de las Provincias Unidas, encomendadas por la revolución triunfante de mayo en el Río de la Plata, presidida precisamente por un potosino: Cornelio Saavedra. Este eje diegético tiene una particularidad a la que nos referiremos más adelante.
El segundo eje es el enteramente ficticio; aunque, en algunos momentos de su desarrollo, se entrecruza pertinentemente con el primero. Éste se halla constituido a su vez por dos fábulas importantes: la que ofrece el relato del zambo Francisco Cegadez, por una parte, y por otra, la de Isabel, hija del amo del zambo, asesinado por éste, el Maestre don Benito Cienfuentes, un prominente hombre de negocios de la Villa Imperial de Potosí, español de origen.
Este segundo eje diegético, que es el más desarrollado en la novela, tanto en la configuración de los personajes como en la trama de los eventos, tiene correspondencia además con otros pequeños relatos pertenecientes a personajes de alguna manera relacionados ya sea con la subdiégesis del zambo, como la de Isabel, lo que concede a la novela una complejidad bastante ceñida.
Al emerger la segunda subdiégesis, la de Isabel, en la página 66, el lector ve que su función es de suma importancia para establecer la oposición ideológica, configurativa del lado de los personajes no identificados con la causa libertaria que encabeza Castelli. De este modo, se justifica plenamente su inserción en la novela histórica de Cáceres, cuya intención narrativa se va precisando en el desarrollo del discurso como desmitificadora tanto de los héroes de la Independencia hispanoamericana, consagrados por la historia oficial como hombres de una trayectoria prístina, como de ciertos acontecimientos político-sociales ocurridos en épocas del inicio de la idea libertaria, caracterizada no siempre por la claridad y solvencia moral de sus actores. Ésta es una muestra de lo que afirmamos en otro ensayo al precisar la función de la novela histórica, frente a la historiografía: aclarar, mediante conjeturas verosímiles –fundadas y motivadas de manera ficticia dentro del discurso narrativo– la dimensión ética, política de los personajes y sus eventos.
3. La puntualización “histórica” de la intriga
El discurso de la novela de Cáceres se divide en capítulos, de mayor o menor brevedad, encabezados por subtítulos propios del género narrativo histórico, o, quizás sería mejor decir, de la crónica; en el sentido de que una crónica puntualiza los acontecimientos no sólo en relación a fechas precisas: días, meses, sino también partes incluso de un día: media tarde, al anochecer, etc. Este código, el subtítulo, que denota una fecha o un dato cronológico (parte del día o de la noche), cumple con la función de establecer una relación de los “hechos”, cuyo desarrollo está siendo relatado de una manera precisa, cosa que el lector debe tomar en cuenta, aunque no le sería posible verificar los datos ofrecidos, pues no son registrados por ningún discurso factual (historiográfico) perteneciente a las fechas mencionadas. Y tampoco sería pertinente ya que se trata de un artificio literario para instaurar su diégesis “como si se tratara de un crónica puntual-factual”, aunque estamos ante un crónica ficticia.
El discurso relata los eventos de su diégesis en un orden cronológico que va desde lo que nos anuncia el primer capítulo: “Potosí, domingo 25 de noviembre de 1810, al medio día”, hasta el final: “Viernes 13 de septiembre [de 1811]”, es decir una duración cronológica de 10 meses.
Ahora bien, dentro del la diégesis factual, el último capítulo, irónicamente empieza como el primero: “Cuando el general Goyeneche ingresó por las estrechas, sinuosas y polvorientas calles de la Villa Imperial, triunfante a la cabeza de sus tropas, el pueblo se había volcado a lo largo de su trayecto, recibiéndole con inusitadas muestras de júbilo […]” (: 344. Las cursivas marcan la diferencia cualitativa entre las dos entradas triunfales. V. el siguiente apartado.).
3.1. El valor desmitificador de la diégesis factual
Una simple comparación de la constitución discursiva y sus valores semánticos de los dos capítulos arriba mencionados nos devela la intencionalidad de la obra de Cáceres que, como ya dijimos, es desmitificar el discurso historiográfico oficial, al menos el difundido en las instituciones escolares (en las clases o cátedras dedicadas a transmitir los eventos históricos de nuestra emergencia como países independientes del imperio español), o reproducido por la memoria colectiva.
El primer capítulo no fija su atención enteramente en Castelli y su actuación tanto en su entrada triunfal a la Villa Imperial como en el acontecimiento político de su arenga al pueblo, sino que va entrelazado, muchas veces dentro de un mismo párrafo con la historia reciente del zambo Francisco. Incluso la presentación de Castelli ofrece ya algunas características propias a una configuración no muy favorable:
El doctor […] en ese momento se consideraba el vencedor de Suipacha, no obstante haber estado esperando el resultado de ese combate en la región de Yavi, lejos del campo de batalla” […] “Castelli recibía complacido todas esas atenciones [brindadas más bien por un gentío huraño], en desmedro del general Balcarce y de su jefe de Estado Mayor, brigadier Eustaquio Díaz Vélez, quienes […] habían logrado esa victoria […] (: 13-14. Las cursivas son nuestras y ponen de relieve las cargas semánticas de una persona más bien oportunista y sin muchos escrúpulos.)
El gentío, por no decir pueblo, conglomerado para brindar la recepción y escuchar la proclama del doctor Castelli, decíamos que se muestra más bien huraño, no eufórico. Incluso, al percatarse de la constitución de la tropa, es vencido por la reticencia:
El vecindario potosino miraba con desconfianza a los negros y mulatos que parecían ser desaforados y estar sin sujeción alguna a sus superiores, quienes no hacían nada por controlarlos, dado que eran tanto o más insubordinados que los mulatos y campestres que, a lo largo de su trayecto, habían cometido una serie de robos, atracos y estupros en muchos pacíficos villorrios, sin que sus pobladores supieran a quien o dónde quejarse, tampoco se sabía si eran sólo agregados o se daban tal nombre, siendo verdaderos delincuentes, puesto que andaban a las avemarías asaltando y robando […] (: 14. Las cursivas son nuestras y nos ofrecen la configuración semántica negativa de una tropa que no puede merecer la confianza de un pueblo y menos dar la esperanza de una liberación real.)
La discurso mismo no es lo que pudiéramos llamar brillante ni alentador, pues el doctor Castelli, da muestras de un cierto desconcierto y su mente se halla más bien dispersa evocando su pasado espléndido durante la revolución de mayo. Y si bien el narrador nos presenta a un público titubeante entre la franca y eufórica recepción al ejército libertario y su miedo, y este sentimiento parece dominar más en el gentío, sobre todo ante la brutalidad ostentosa de la tropa que se hace más evidente:
[…] “¡Hijos de puta, viva el doctor Castelli!”, atronó súbitamente la voz de un mulato que lucía los galones de sargento. La multitud enmudeció y sólo se dejó escuchar la risotada de los soldados. El doctor, cortado en ese frenesí de gloria que lo conmovía, volvió a desplegar nerviosamente el rollo de papel; después de todo, ésa era la única manera que tenían esos soldados –como muchos otros de inigualable bravura– para exteriorizar sus sentimientos. “Ilustres…” empezó a decir, pero los ilustres vecinos de la villa del cerro más rico del mundo, ofendidos y temerosos de nuevos y peores agravios, comenzaron a retirarse […] (: 20. Las cursivas son nuestra y refuerzan la configuración antes señalada)
Además, en un excelente uso del discurso indirecto libre, el párrafo anterior reconfirma la carencia de una autocrítica de los jefes militares o de sus estadistas, como es el caso del doctor Castelli, con respecto al valor ético de su ejército y el impacto que éste tiene entre la gente común, el pueblo. Esta falta de un criterio ético sólido se manifiesta en diferentes oportunidades en el transcurso del relato. Vuelve a mostrarse, de manera muy evidente, cuando los tres asesinos del Maestre son reclutados como miembros de la armada libertadora; en la actitud de Castelli, frente al reclamo de Isabel al justificar sus actos de pillaje como justicieros de la revolución independentista; además, cuando un grupo desaforado de malhechores asalta la hacienda de Pedro Vicente Cañete, les despoja de sus caballos, vacas, viola y mata a una muchacha; y luego, comandados por Juan de Altamirano, son recibidos por el ejército libertador con muestras de gran simpatía.
Frente a este relato nada alentador para la causa libertaria, se presenta la entrada de Goyeneche a la Villa Imperial con una configuración distinta, aunque el narrador no descuida matizar el alborozo del pueblo potosino ante la entrada de los monárquicos, con la duda y el temor a las represalias:
Para unos, él era un restaurador de la legalidad y del orden monárquico; para otros, un guerrero feroz y sanguinario que probablemente –como lo había hecho en La Paz y Cochabamba– iba a aplicar mano dura contra ese pueblo, en represalia por haberse sublevado, apoyando a los insurgente del Río de la Plata; pero a pesar de lo que pudiera suceder, todos empezaron a adornar la ciudad, pintando sus casas […] Varios de los colaboradores de Castelli habían sido apresados y esperaban que Goyeneche les dictara sentencia. Las nuevas autoridades se habían esmerado en hacer de esa recepción un digno e inolvidable homenaje al vencedor de los independentistas. (: 345. Las palabras en cursiva nos corresponden.)
Y el acto se realiza con toda la solemnidad esperada en la cual no se presenta ningún incidente que lo desluzca, como es el caso de Castelli. Aunque también devela el narrador implícito la actitud de una expectativa ambivalente: temor y confianza, no exento de un cierto oportunismo, que se hace más evidente tres días después con el arribo del alto clero: “[…] Llegó a Potosí el arzobispo de Charcas, Fray Benito de Moxó y Fráncoli, acompañado de varios canónigos del coro metropolitano, a fin de ponerse al servicio de ese jefe realista en la celebración de los actos de desagravio a las autoridades fusiladas por Castelli” (: 346). Indudablemente para el año de 1810 todavía no había cuajado la idea libertaria frente al dominio del imperio español en la manera que lo hace dos lustros después, no sólo por el fuerte y despótico dominio militar, sino porque en las mismas ciudades la clase del poder económico e ideológico se hallaba integrada en su mayoría por españoles provenientes de la península Ibérica, y sus descendientes directos que no sentían sus intereses todavía afectados, pues, como es el caso de Isabel y su esposo, dependían de los intereses de familia.
Sin embargo, este capítulo final es también muy significativo porque relata un acto de justicia, paradójicamente realizado por las huestes del sanguinario Goyeneche: uno de los temibles delincuentes, el más brutal y facineroso de los que toman parte tanto en la diégesis del zambo, como en la del ejército de Castelli, Juan de Altamirano, “venía más atrás, con las manos amarradas, casi rastras, prisionero de esas victoriosas tropas realistas”. Aunque, a decir verdad, el discurso no aclara si es llevado por delincuente o por haberse enrolado a las tropas del condescendiente Castelli. Pero, como dijimos, el narrador implícito no se descuida tampoco de anotar la voracidad económica del general español, pues abandona la Villa Imperial, “llevándose junto a las siete mulas recuperadas, toda la plata labrada que se hallaba en la Catedral, como también lo haría después en Chuquisaca, quedándose solamente los blandones con los canónigos. Tanto el Arzobispo como el cuerpo eclesiástico consintieron ese despojo” (: 348)Dentro de la configuración del movimiento libertario o, mejor, de la actuación de la expedición armada en el Alto Perú, si bien domina una caracterización más bien negativa, hay un momento, en el recuerdo de Castelli, que es particularmente significativo pues adquiere el valor de una epifanía capital:
[…] cosa curiosa, no se le había borrado de la mente la diminuta figura de una anciana que, en la posta de Manogasta, en Santiago del Estero, el pasado 8 de octubre le obsequiara una flor, con una singular muestra de solidaridad y civismo, al responderle cuando le preguntó por su edad: “Señor, no soy tan vieja como parezco –le dijo ella–; pues no cuento de edad sino cuatro meses; nací el 25 de mayo de 1810, y hasta entonces no creo haber vivido un solo día”; así era el pueblo, su pueblo; así, la convicción con la que recibía ese movimiento revolucionario […] (: 19. Las cursivas nos corresponden.)
Y esto nos da pie para reflexionar sobre el valor de la desmitificación (una de la funciones que puede cumplir la novela histórica): revelar la complejidad de un acontecimiento al mostrarnos, mediante el recurso de la ficción, aspectos que el discurso historiográfico no puede hacerlo muchas veces, ceñido como está a afirmar o negar sólo lo que es amparado por el documento. El fragmento que citamos nos enseña la cara positiva de la revolución libertadora al señalar el profundo impacto en las capas sociales más humildes, al menos de las ciudades.
3.2. La redención humana del dolor y el pecado: la diégesis ficticia
Ya dijimos que esta diégesis paralela a la que noveliza los hechos históricos puede ser dividida en dos. La que relata la “saga” del esclavo, el zambo Federico y la que nos narra la historia de Isabel, para nombrarla con sus señas completas: María Isabel Cienfuentes y Orgaz, la desventurada hija del Maestre don Benito Cienfuegos.
Si bien la novela empieza con un admirable despliegue discursivo en el cual se entrecruzan las dos diégesis principales de la novela –muchas veces el entrecruzamiento se da en un mismo párrafo, aunque la maestría del manejo de los dos planos es tal que no da pie a ninguna confusión. A esta complejidad se añade el empleo de una técnica impecable en los planos temporales de la historia del zambo: empieza por relatar su asistencia al acontecimiento histórico-político de la proclama de Castelli, después de haber participado en el brutal acto de agresión a su amo con otros dos cómplices: Mariano Ventura y Juan de Altamirano, con el fin de robar la tienda del Maestre. El zambo se halla en un estado de tensión nerviosa extrema, pues tiene la certeza de que el Maestre sufre una dolorosa agonía. Llevado por la piedad y el amor que siente todavía hacia su amo moribundo, “en medio de ese estrépito de miedo y alborozo –miedo de los vecinos [habitantes de la ciudad] y alborozo de los soldados–, el zambo Francisco decidió volver a la casa de su amo, el Maestre, para ultimarlo si aún seguía con vida” (: 21). Es aprehendido por las todavía autoridades monárquicas, junto a sus dos cómplices, y en el interrogatorio irrumpe en un arranque de arrepentimiento, y declara que sólo lo mató para terminar con sus sufrimientos por las terribles heridas que le inflingieron sus cómplices. Los tres son condenados; pero en el siguiente capítulo, que corresponde a 15 días después, nos sorprendemos al seguir el relato de los afanes del padre Aldana que los que serán ejecutados son tres personalidades sobresalientes del antiguo régimen, pues se produjo el relevo de las autoridades judiciales, y los tres malhechores se hallan ahora integrando el cuerpo del ejército libertador.
La “saga” del zambo, quien irónicamente había sido declarado liberto por su amo, al cual debía además el saber leer y el haber gustado de las manifestaciones poéticas más exquisitas del Siglo de Oro español, como son los poemas de Fray Luis de León, tiene como un hipertexto (el texto que tematiza anteriormente en la literatura Occidental ofreciendo algunos códigos característicos a los cuales de una u otra manera se remonta el lector competente) a Crimen y castigo, pues el zambo se halla realmente arrepentido de su acción violenta contra la vida de su amo, y toma como su tarea redimirse realmente –además de haber sido absuelto por el padre Aldana–, razón por la cual se enrola al ejército, donde sigue las enseñanzas del piadoso y ejemplar cura. Luego de la muerte del padre Aldana, intenta ingresar en la orden de los franciscanos, y aunque no lo hace por decisión propia, vive una vida religiosa intensa y, finalmente reencuentra al gran amor de toda su vida, la mulata Eudolinda.
Sin embargo, desde el punto de vista de la configuración de los personajes y espacios, así como la intensidad del relato, la diégesis de Isabel es mucho más rica y dramática. Pues desde su inicio, en la página 66, domina en el contrapunteo con respecto a la diégesis factual. La configuración de Isabel como una mujer, si bien dotada de una fuerte voluntad de resistencia y lucha, como un personaje complejo, es ejemplar y resalta sobre todos los otros personajes de la novela. El relato que empieza con el enfrentamiento ante Castelli y su tensa y desesperada odisea que le lleva, acompañada de tres jóvenes y fieles servidores (dos muchachos y la mulata Eudolinda, la mujer amada por el zambo Francisco), se convierte en una larga y desesperada travesía en medio de un paraje desértico, frío, desolado y adverso. Sin duda, los capítulos breves y cortados, intercalados con la diégesis factual, constituyen los momentos más eficaces en el dominio del lenguaje narrativo, sobre toda la espantosa noche en que son amenazados por dos feroces canes, Gory y Castalia, convertidos en verdaderos depredadores, es realmente magistral. La tensión dramática se mantiene hasta la página 184, cuando la pobre mujer, cuyos bienes fueron incautados por el ejército porteño, es acogida en la casa de su cuñado Juvenal, por la servidumbre de éste. Luego llega su esposo de su viaje a Buenos Aires, nace su primogénito y, finalmente, con el triunfo de las tropas de Goyeneche y la restauración del poder del imperio español, logra, paradójicamente, que se le haga justicia.
3.4. Entre Suipacha y Guaqui, radiografía de una derrota: la diégesis factual
Como ya vimos en 3.1. la historia real integra, bajo las modificaciones impuestas por la ficcionalización, el enfrentamiento de la causa libertaria, encarnada por las tropas auxiliares del Río de la Plata, cuyo personaje central hasta muy avanzada la historia –prácticamente hasta la eminente derrota que sufrirá frente a las tropas realistas encabezadas por el sanguinario Goyeneche– es el doctor Castelli, integra decimos la contraposición de dos programas narrativos. Al primer programa narrativo de liberación se le opone el antiprograma de las fuerzas monárquicas. Aunque, y aquí radica uno de los méritos de la novela, las cosas no se presentan de manera tan simple, tan maniquea: como aliados del antiprograma se presentan los factores de desorden, caos y la indisciplina de las tropas auxiliares, por una parte, y por otra, la calidad de muchos de sus milicianos, algunos de los cuales fueron mercenarios: hombres sin escrúpulos, ladrones, violadores y asesinos. Los personajes más notorios entre estos últimos son los dos facinerosos Juan de Altamirano y Mariano Ventura, dos hombres típicamente protervos, desde el inicio al final de la novela, sin ninguna remisión.
La narración nos conduce desde el triunfo de Suipacha, por el ejército porteño auxiliar a su derrota en Guaqui, terminando con la disolución militar y moral de los hombres que podían jugar, al menos, un papel más digno en nuestra larga alborada independentista. Si bien, de la batalla triunfal sólo sabemos por la connotación que implica su entrada en la Villa Imperial, su avance hacia La Paz, donde son recibidos con grandes honores ofrecidos por el primo del general Goyeneche que se apresta a dar el zarpazo mortal a los hombres de Castelli, mientras éste, con la frivolidad y la vanagloria que le caracterizan, cae en los enredos del Gobernador de La Paz destinados a distraer su atención que debería centrarse sobre todo en la continuación de la campaña militar y no en el jolgorio y la buena vida. La batalla de Guaqui es relatada con un contrapunto excelente entre el frío y acertado cálculo de Goyeneche y la falta de una estrategia definida y contundente de los patriotas del Río de la Plata. La disolución militar y, sobre todo moral, ocupa al narrador de una manera más amplia y, podríamos decir, programática: emergen los generales y comandantes militares tales como Francisco de Rivero y el general Balcarce; pero sobre todo la reacción del pueblo potosino que se rebela contra los crímenes y atropellos de la banda de Juan de Altamirano y Mariano Ventura, quienes al pretender violar a la mulata Eudolinda, encienden la chispa de la insurrección, la cual termina en una masacre al pueblo y un repliegue a sus cuarteles de lo que pudiéramos llamar los residuos del ejército auxiliar.
Los límites de este ensayo, señalados en la introducción, no nos permiten entrar en toda la riqueza de esta excelente novela histórica, pues es tan compleja como amplia, sin embargo, no queremos dejar de señalar uno de sus aciertos narrativos –del cual, lamentablemente, el narrador implícito no saca mayor provecho: la emergencia de un factor metadiscursivo cuando el discurso narra el atropello brutal al pueblo potosino hecho por la banda de Juan de Altamirano, que es secundado por la tropa libertaria, y que desencadena en una masacre y en una revuelta popular es relatada por un cronista, el cual emerge en el discurso como actor, reflexiona sobre su escritura y actúa sobre ella. Este momento es realmente de una maestría narrativa innegable y nos lleva a cerrar este breve análisis hermenéutico manifestando algo que desde Nietzsche sabemos que son nuestros discursos: interpretaciones de una interpretación, apenas eso. Nada más que eso.




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