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Acerca de la librería de Plural en La Paz

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Plural Libros, el refugio de las letras bolivianas
Por: Javier Badani Ruiz
Sopocachi anida a esta librería, un espacio interactivo con más de 2.500 títulos. Una taza de café, música y ambientes especiales acompañan la lectura.
Los versos de Óscar Cerruto, Jaime Saenz y Adela Zamudio revolotean en el corazón de Sopocachi. Junto a ellos, resuena una vez más el pensamiento crítico de Sergio Almaraz y Marcelo Quiroga Santa Cruz. Son los ambientes de Plural Libros, una librería que ofrece un innovador espacio para que los amantes de las letras se encuentren con los autores bolivianos.
Amplios ambientes, mesas y sillas para una cómoda consulta y un café y buena música para acompañar la lectura conforman parte de las armas con las que Plural Editores —que lleva 20 años de trabajo— busca romper con una preocupante tendencia entre los libreros del país: ´Se están cerrando las librerías´, asegura José Antonio Quiroga. Las palabras del director de Plural invitan a recordar a las tradicionales librerías paceñas como Ictus, en El Prado, o Tercer Milenio, en la Plaza del Estudiante, las que cerraron sus puertas. Otras como Los Amigos del Libro y Juventud se encuentran muy debilitadas debido a la irrupción de la piratería.
A pesar de las dificultades —como la falta de una ley que apoye a los autores, editores, libreros y distribuidores—, la librería de Plural en La Paz se constituye en la segunda de esta casa editora. La primera abrió sus puertas en Cochabamba el 2006 y para este año se proyecta la inauguración de otra en el departamento de Santa Cruz.
Para hacer viable esta iniciativa, Plural ha concertado alianzas con otras editoriales que trabajan en Bolivia. Así, además de la producción de Plural, el visitante puede hallar en la librería las obras más importantes de los sellos del Grupo Santillana —en especial la de autores extranjeros—, La Hoguera, Gente Común y Muela del Diablo.
´En la industria cultural, la competencia funciona de forma distinta a la de otros rubros. Debemos apoyarnos entre todos los editores y crear redes para difundir los libros´, dice Quiroga.
Actualmente, 2.500 títulos forman parte de Plural Librería. Al final de este año se espera llegar a los 7.000 y la meta es alcanzar los 10.000 en un par de años. La gran mayoría de las obras corresponde a literatos e investigadores bolivianos y a los profesionales extranjeros que realizan estudios sobre la realidad nacional.
Destacan en los estantes de la librería —que abrió sus puertas en diciembre— las ediciones que rescatan a los clásicos de la literatura boliviana. Bajo el nombre de Letras fundacionales, la colección reúne a autores de la talla de Ricardo Jaimes Freyre, Óscar Cerruto y Adela Zamudio. La obra de Jaime Saenz también cobra notoriedad con la edición de lujo de la novela Felipe Delgado. Este trabajo fue coordinado con profesionales de la carrera de Literatura de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA).
Presentes, además, están las obras de los premios nacionales de Novela, Cuento y Poesía.
Lo mejor de la literatura universal está presente a través de la obra de consagrados autores como el alemán Günter Grass, el colombiano Gabriel García Márquez y el ruso León Tolstoi.
El trabajo de rescate de obras clave de la época colonial se muestra en obras como la Historia de la Villa Imperial de Potosí, de Bartolomé Arzáns de Orsua y Vela y Nacimiento de la guerra de guerrillas, investigación de Marie-Danielle Demélas. La autora, a través del diario de combate de José Santos Vargas (el tambor Vargas), defiende la tesis de que el concepto contemporáneo de la guerra de guerrillas nació en hispanoamérica en el siglo XIX.
“El fomento al pensamiento boliviano es una prioridad. Por eso, a través de alianzas y convenios con otras instituciones como el IFEA (Instituto Francés de Estudios Andinos) o el PIEB (Programa de Investigación Estratégica en Bolivia) ofrecemos ensayos e investigaciones dedicados a áreas como la historia, la sociología y la antropología”, manifiesta Álvaro Cuéllar, encargado de la Dirección Editorial.
El visitante a Plural Libros, que se ubica en la calle Rosendo Gutiérrez esquina avenida Ecuador, encuentra un ambiente que invita a dedicar más que una simple mirada a los títulos expuestos. Pequeñas mesas y sillas están dispuestas en los dos ambientes para que la gente pueda sentarse a escudriñar el contenido de las novedades bibliográficas, acompañado de música y un café, cortesía de Plural Libros.
Un repaso más ligero se puede dar a las revistas como Lazos, Nueva Crónica, Tinkazos, Mariposa Mundial y El tonto del pueblo, que tienen su propio sector.
Con una publicación de al menos 80 títulos al año, Plural Editores se prepara para aumentar este año la oferta en su librería. Quiroga anuncia, por ejemplo, la edición de obras completas de autores bolivianos como René Zabaleta Mercado (cinco volúmenes), Yolanda Bedregal (cinco volúmenes) y Marcelo Quiroga Santa Cruz (siete volúmenes).
Además, se presentará Prosa Breve, obra que reúne narraciones de Jaime Saenz. Con todo, el movimiento en la casona republicana de Plural —y otras iniciativas como Escaparate Cultural, en San Miguel— prevé para este año una recuperación de los libreros.
Fuente: La Razón


Libros de autoayuda para los cochabambinos

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Los cochabambinos buscan autoayuda
Por: Catalina Rosel y Claudia Eid

“La gente necesita orientación para resolver sus problemas”, dice la escritora Gaby Vallejo, al ser consultada sobre por qué cree que los cochabambinos buscan libros de autoayuda antes que literatura. Lo que parece evidente es que hoy en día, hombres y mujeres de todas las edades, buscan respuestas a las tantas preguntas que existen siempre, como religiosas, ambientales y existenciales, este es el resultado de un sondeo realizado en librerías, puestos de revistas y los puestos de venta de libros del pasaje del correo. Según el sondeo la manera de encontrar un poco de tranquilidad a los problemas personales, es la lectura. Uno de los libros más vendidos desde que apareció a fin de año es El secreto, Rhanta Byrne, quien revela una manera de hacer que los deseos se cumplan, una especie de “Lámpara de Aladino” para los lectores.
Gracias a la piratería o a la buena distribución, en los últimos cinco años, Bolivia ha conocido las novedades de la literatura universal; libros de diversos países llegan constantemente, lo cual genera mayor opción a la hora de elegir algún libro.
Existe un grado más alto de venta de libros en la época de colegio, según los vendedores del correo, y de librerías consultadas como Libros 1000, Los Amigos del Libro y librería Yachaywasi, esto también porque los profesores exigen cierto grado de cultura literaria a sus alumnos, pero en vacaciones, las ventas no disminuyen notablemente, al aparecer un libro nuevo, ya sea epopeya, novela, poesía o literatura en general, se vende con fuerza, ya que cualquier novedad causa curiosidad.
Los fanáticos de las novelas literarias de los autores Julio Cortazar, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa e Isabel Allende, suelen ser, hombres y mujeres de los 25 años hacia arriba, sus obras tanto clásicas como nuevas, son bien vendidas.
Los más vendidos
Pero sin duda, los libros de autoayuda se han vuelto los más requeridos por la juventud entre los 17 y 25 años, en su mayoría mujeres, quienes buscan libros de, Paulo Coelho con obras clásicas como El Alquimista, El Zahir y La quinta montaña. Carlos Cuauhtémoc con Un grito desesperado, Juventud en éxtasis y Volar sobre el pantano. En el caso de la mujer adulta en primer lugar se encuentra el libro de Yamice Humar Mierda, llegué a los 50, leído por mujeres desde los 45 años para adelante.
En general toda obra nueva es vendida y solicitada por la gente, pero las obras más compartidas por ambos sexos hoy, es el ya mencionado El secreto y La Vaca, un libro escrito por el doctor Camilo Criz, quien muestra a la mediocridad como la culpable de todo y el objetivo es aprender a cómo salir de ella y por qué.
Literatura infantil
En el caso de los más pequeños, se encuentran todos los libros de Harry Potter, de la escritora J.K Rowling, Las crónicas de Narnia del escritor C.S Lewis y El señor de los anillos de J.R.R Tolkien quienes en su mayoría entretienen a chicos y chicas de 12 hasta los 18 años.
Los cochabambinos además de leer literatura, leen libros de política e historia, según datos de las librerías Los Amigos del Libro y Yachaywasi, obras como Transformación permanente, de José Tejada, Pluralista del Estado, de Álvaro García Linera e Historia de Bolivia, de Carlos Mesa, son buscados durante todo el año.
Revistas
Revistas como “National Geographic”, “Discovery” y “Muy interesante”, son las más vendidas en esta época, según los revisteros de la plaza 14 de Septiembre, y la mayoría de los compradores son hombres entre los 25 y 50 años.
En el caso de las mujeres siempre quieren estar al día con la moda y el mundo de espectáculo, por lo que son grandes compradoras de revistas como “Vanidades” “Cosmopolitan” y “Cosas”, en su mayoría son mujeres de 20 años hasta los 50.
Las chicas tampoco se quedan atrás, ya que las mujercitas de 12 hasta los 20 años son fanáticas de las revistas “Tu” y “Miss 17″.
De todas las revistas una de las más vendidas casi de manera gradual y regular durante todo el año es la famosa y clásica caricatura “Condorito” de su creador René Ríos Elphick, más conocido como Pepo, quien con sus páginas de humor directo e irónico saca risas de niños, adultos y hasta de los más viejitos.
Una buena lectura
En cuestión de literatura, según Los Amigos del Libro, los cochabambinos han elegido la edición homenaje a Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, como uno de sus libros favoritos el año pasado. Y entre los autores nacionales más leídos están Ramón Rocha Monroy, Gonzalo Lema y Edmundo Paz Soldán, quienes se mantienen entre los favoritos desde hace ya buen tiempo.
La vaca y El secreto son los libros de autoayuda más buscados por los cochabambinos, uno habla de cómo hacer los deseos realidad y el otro de cómo vencer la mediocridad.
Fuente: www.lostiempos.com


Ensayo sobre En el Cusco el rey de Bartolomé Leal

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En el Cusco el rey de Bartolomé Leal
Por: Nicolo Gligo V.

Bartolomé Leal nuevamente nos sorprende con una novela ambientada en el mundo andino. Hace poco más de un año atrás este autor a través de Morir en La Paz, un thriller de crímenes e intrigas premiado en España y traducido en Alemania, penetraba con fuerza en la descripción de costumbres y paisajes como si fuera un avezado ciudadano boliviano.
En En el Cusco el Rey, Pepe, como llaman al autor, ahora en Perú, vuelve a penetrar en ese mundo de altura tan lleno de tradiciones, costumbres y valores, tan atado a sus especiales condiciones físicas y ecológicas. Y logra empaparse de la idiosincrasia, de los ritos, de la fuerza telúrica del paisaje, hasta del aire liviano y transparente. Para ello, el autor, no cabe duda, tiene que estar enamorado del mundo andino, pues nadie que no ame a esta geografía podría describirla con tanto acierto y tan lúcidamente.
La novela rescata un conflicto histórico aún vigente: el saqueo de la riqueza precolombina y colonial a que se ha sometido a esta tierra. Y precisamente se va tejiendo la trama de esta historia a través del robo de pinturas coloniales. Lo más probable es que el autor ideó su novela en algunos de sus muchos viajes a la región, cuando le tocó en carne propia recibir las ilícitas ofertas de venta de algún auténtico cuadro colonial.
El tema de las falsificaciones está tratado con profundidad, como si el autor fuera un perito, pues da una serie de antecedentes prolijamente expuestos. No es fácil descubrir falsificaciones, y menos falsificadores y traficantes. Esto hace más interesante aún la novela. Los conventos, los curas, los seminaristas, transitan con sus conflictos vitales. Y las mujeres no podían estar ausentes. El erótico y descarnado fin de fiesta final con las dos elegidas no puede ser más espectacular en sus descripciones y tratamientos diferenciados. Da la impresión de que En el Cusco el rey revive en los frenéticos ritmos de temblor y sexo. Loas al autor.
El comienzo de cada capítulo es una interpretación sui generis, a veces irónica, en la que se describe a un santo o a una figura sagrada de algún supuesto cuadro. Más loas.
En resumen, una gran novela y una llamada de atención para los de adentro, pues alguien desde afuera revive un drama policial que está permanentemente sucediendo.
Fuemte: www.ecdotica.com


Entrevista a Roberto Alem Rojo director de Nunca más!

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“Hasta ahora veo una cholita y un bate de béisbol por detrás”
Por: Sergio de la Zerda

La imagen de una mujer de pollera golpeada a palos todavía persiste, más de un año después, en la mente de Roberto Alem Rojo. Tal fue una de las miles que registró durante el 11 de enero de 2007, cuando la ciudad de Cochabamba fue escenario de violentos enfrentamientos fraticidas por posiciones políticas encontradas.
Con más de 55 horas de grabación y un guión del escritor Ramón Rocha Monroy, el director creó ¡¡Nunca más!!, documental trabajado por diez meses y estrenado en televisión la noche del pasado jueves.
La obra, de casi una hora, impacta por sus aciertos de edición y las reflexiones que plantea a partir de las voces de los actores.
Alem se esfuerza en mostrar lo irracional del conflicto y sus móviles, los altos niveles de racismo presentes y su ferviente deseo de un ¡¡Nunca más!!.
Lo anterior está lejos de la querencia del director pues, mientras transcribo esta entrevista concedida al equipo de la Ramona, la televisión no deja de mostrar absurdos mensajes del Comité Cívico local, concentraciones convocadas por la Prefectura, uso de fondos públicos para propaganda falseada a título de “reportajes especiales” y reuniones conmemorativas por separado del otro bando que podrían derivar en nuevos luctuosos sucesos. Parece que, para algunos cochabambinos y sus autoridades, un año, tres muertos y decenas de heridos sí pueden pasar en vano.
-En el documental se ve que, en el discurso de los cocaleros, el enemigo está personalizado. Por otro lado, grupos como los “jóvenes por la democracia” tienen un discurso más general y referido al indio, al cocalero. Ahí se encienden varias luces de alerta. ¿El reflejar esto en el documental fue intencional?
Creo que los cocaleros, la gente que vino, vino a sacar a Manfred. Ese era su discurso y era contra Manfred. Ellos han sido un poco adoctrinados; en cambio del lado de los citadinos había la visión de que, como ellos dicen, esa gente había venido a “joder nuestras calles, poner piedras, deshacer las plazuelas, la ciudad y es el colmo”. Pero ellos (citadinos) van y luego sacan enormes palos para pegar en la cabeza a los otros. Son cosas contradictorias. El documental tiene golpes de imágenes cuando muestra palos grandes y gente que dice “que se vayan”. Personalmente como camarógrafo, hasta ahora veo una cholita con su sombrero en la calle y un bate de béisbol por detrás. Y cada vez veo más de eso en la ciudad. El 11 de enero a mí me ha movido el piso, pues nunca sentí algo que me haga sentir tan mal como boliviano. A mí esos sucesos me han deshecho.
-¿Cómo no asumir partido frente a los hechos? ¿En ningún momento tomó partido por alguno de los bandos?
No, porque creo que ambos bandos estaban con posiciones tan intransigentes e imbéciles, que realmente uno no tiene porqué tomar partido. Eso me parece absurdo. Creo que todos los bolivianos tenemos derecho a estar en cualquier lugar de nuestro país. Si estás viniendo a joder o a provocar un enfrentamiento los otros se tienen que defender. Se crea enfrentamiento. En este país siempre ha habido tensiones y enfrentamientos. Desde que me acuerdo vivimos peleando, pero nunca a un nivel racional como al que se ha llegado el 11 de enero.
-¿Cuándo surgió la idea de filmar los hechos para un documental? ¿Se intuía que podía pasar lo que sucedió?
Toda mi vida he filmado, lo grabo todo desde hace 30 años. Trabajo como corresponsal para la agencia Reuters y en esa época estaba trabajando como corresponsal para Al Jazeera. Era rejodido ir a mandar el material a Entel a las ocho o nueve de la noche. Todo estaba apagado, lleno de fogatas y tenías que ir con tu equipo a despachar imágenes y volverte solito, sin que haya en qué. Estaba muerto de miedo. Fueron tres noches seguidas en las que temblaba.
-¿En qué tiempo se hicieron las grabaciones?
Teníamos mucho y buen material, hemos sido más o menos tres camarógrafos filmando cinco o seis días. En un principio, apenas acabaron los conflictos el 17 de enero, hicimos otro pequeño documental de 15 minutos. A raíz de eso pensamos en hacer algo más profundo, más investigativo. Queríamos hacer una docuficción y la hemos filmado. Lo teníamos a Luis Bredow como actor, él era un periodista que estaba llegando a Cochabamba dos meses después de los acontecimientos, que revisaba materiales de prensa para entender qué es lo que había pasado. Nos fuimos con él al Chapare, a Santa Cruz a realizar entrevistas, pero, dada la cantidad de material que teníamos, la historia de Luis nos quedaba sobrando, no la podíamos hilvanar por ningún lado. Desechamos entonces la idea de la docuficción y nos dedicamos exclusivamente al material documental.
-En su trabajo de registro seguramente sufrieron las susceptibilidades de ambos bandos ¿Llegaron a agredirlos?
Sí, hemos recibido de los dos lados.
-Tal vez de un lado lo tipificaban como camba y del otro…
No, a mí por lo menos no me han dicho camba, pero por ejemplo el otro día que salí en un paro cívico me han dicho “chavista” (risas).
-¿En las imágenes de los conflictos se observó el uso de armas de fuego?
Yo no he visto, me he movido por hartos lugares y no he visto. Tenemos un archivo de imágenes donde hay gente disparando, pero no las hemos puesto en el documental porque no valía la pena entrar al morbo ni elucubrar si el que disparó mató o no a personas. Hemos querido no entrar a la crónica roja, no hablar de que si una polera del Barcelona tenía o no cuello, nada de eso. No se muestran ni muertos ni nada porque entrar en eso ya es un tema mucho más judicial y no estamos para eso. No hemos querido comprometer ni acusar a nadie, sino que nos veamos y pensemos en lo que nos está pasando, en por qué no podemos dialogar.
-¿Cómo reaccionaron los nuevos movimientos juveniles de corte fascista que surgieron después del 11 de enero, como los “jóvenes por la democracia” y “juventud cochala”, y la ya antigua Federación de Cocaleros? ¿Estos sectores sabían de la preparación del documental?
No sé, no tengo idea, ni sé cuál será su reacción; no tengo idea de si serán organizados o no. Tal vez son organizados porque el otro día me llamaron “chavista”.
-¿Será que se repite otro 11 de enero similar?
Después de lo que ha pasado en Sucre, ya se ha repetido. Y allá también ha sido un enfrentamiento racial. La capitalía era cualquier cosa. Se trataba de sacar a los indios constituyentes como sea.
-¿Cochabamba es igual después del 11 de enero de 2007?
No sé si ustedes se sienten igual. Yo realmente no. A mí me ha cambiado mucho la visión de lo que está pasando en este país. Y eso me preocupa mucho porque no me siento tranquilo. Yo he sido productor de coca, tenía mi chaco, iba y cosechaba coca, participaba en sindicatos y reuniones pero, ahora, cuando voy al Chapare la gente hasta me ve raro, me ve distinto que antes del 11 de enero. No soy el mismo cochabambino. ¿No han sentido además el desprecio por la vida que hubo en medio de todo? Menos mal y los muertos fueron pocos. Con semejante movilización, fácilmente había unas 80 mil personas de uno y de otro lado. Me parece increíble que haya habido tres muertos, más cuando se dice que ha habido cualquier cantidad de gente armada que ha disparado. Hace poco hemos estado con familiares de las otras víctimas y son como ocho personas, una con una fractura en la pierna y otro con una bala en el pulmón, pero no es más.
-¿Ha notado algún cambio de actitud de los actores políticos involucrados?
Después de la reunión de anoche (martes) entre gobierno y prefectos, todo es una taza de leche en este país. Que “distinguido presidente”, que “querido prefecto” y al final no entiendes un carajo (risas). Creo que hay un cambio de actitud, pero no sé hasta dónde será creíble.
El director
Roberto Alem Rojo, boliviano, es pedagogo audiovisual y fotógrafo. Ha dedicado 30 años de su vida a la producción de trabajos audiovisuales educativos, políticos, sociales y culturales, los cuales se han difundido en varios medios de comunicación, festivales y salas de cine de Latinoamérica. Durante los dos últimos años, ha enfocado su trabajo en la región guaraní de Bolivia. Además del documental ¡¡Nunca más!!, sus más recientes trabajos son: Tentayape, la última casa (director y camarógrafo), Gasolina (productor. Largometraje de ficción realizado en Guatemala, ganador de Cine en Construcción del Festival de San Sebastián 2007), Inal Mama, lo sagrado y lo profano (productor. Ganador en Bolivia del concurso Doc TV Iberoamérica 2006) y Cocalero (productor asociado. Obra seleccionada para los festivales de Sundance, Guadalajara, Miami y Mar del Plata 2007).
Fuente: www.opinion.com.bo


La literatura boliviana vista por los argentinos

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Alta en el cielo
Por Nicolas G. Recoaro

La cita ideal para entrar en el mundo literario boliviano se da todos los jueves y domingos, en la surrealista Feria 16 de Julio, de la ciudad de El Alto. Entre aguayos, chicharrón de cerdo y ropa norteamericana de segunda mano, uno puede encontrar esos pequeños puestitos que ofrecen libros para la gente de a pie. La Cordillera Real y el majestuoso pico nevado del Illimani son el telón de fondo del shopping andino más alto del planeta. “Llévese este, caserito. Obras nacionales, lo mejorcito y baratito nomás”, me sugiere una chola rodeada de varias docenas de ejemplares piratas –y no tanto–, en pleno corazón de la 16. Bajo un sol impiadoso, la chola librera descansa con aire budista en su pequeño puesto, sitiada por obras de Jesús Urzagasti, Víctor Hugo Viscarra, Oscar Cerruto, Marcelo Quiroga Santa Cruz, Humberto Quino, Jaime Sáenz, Carlos Medinaceli (la lista podría cobrar dimensiones pantagruélicas). Estas son sólo algunas de las joyas mejor guardadas de una literatura que ha quedado injustamente enclaustrada dentro de sus fronteras. Porque la mediterraneidad es un rasgo esencial para entender a la poco conocida literatura boliviana. Un cerco de tierra, que además de haber encerrado al Tíbet Sudamericano, parece haberlo mantenido un poco lejos de las demás letras latinoamericanas.
“Como que los escritores bolivianos tienen un trauma por no haber alcanzado reconocimiento a nivel internacional”, reflexionaba Martín Zelaya, el editor del suplemento cultural más reconocido de La Paz, Fondo Negro (del diario La Prensa) cuando lo consultamos por la falta de conocimiento de la literatura boliviana fuera del país. “La literatura boliviana no tiene un Gabriel García Márquez como tiene Colombia, o un Vargas Llosa como tiene Perú, un Roa Bastos como Paraguay, un Cortázar o un Borges como los argentinos… ¿Por qué? Sin duda no es por una falta de talentos literarios, pero la realidad es que las letras bolivianas siguen siendo la ilustre desconocida en el contexto de la literatura universal”, reflexionaba el editor. Los premios y distinciones que han cosechado las obras de Edmundo Paz Soldán, Román Rocha Monroy y Claudio Lechín dan pequeños indicios de un despertar que aún no termina de concretarse.
El mercado editorial más chico de América latina, con un 12% de la población sometida por el analfabetismo y precios muchas veces siderales –libros a 100 bolivianos, cuando el sueldo básico es de 500– ha limitado el acceso de buena parte de los bolivianos a su literatura. “Hemos notado que es bastante dificultoso el acceso de los sectores populares a la literatura en general. El Estado debería buscar mecanismos que permitan que la población acceda a los libros de autores nacionales, con precio módicos”, explica la alfabetizadora cubana Andi Castillo, durante la presentación del programa de alfabetización Yo sí puedo, en plena Plaza Murillo, el centro político de la hoyada paceña.
“Cuando le dije a mi madre que iba a ser poeta me dijo que estaba loco. Pero así soy, un bolita con muchas bolas”, explica el poeta Humberto Quino, en su casa alojamiento sobre la calle Max Paredes, en el corazón neurálgico de la ciudad de La Paz. La falta de apoyo estatal y el desinterés de las grandes editoriales, además de cierto cripticismo con que se maneja el círculo literario boliviano, han colaborado a la poca difusión de las obras. “Bolivia es un país donde la cuestión del libro es bien complicada. Estamos hablando de un país con una presencia étnica muy importante. Con culturas ágrafas que guardan otras textualidades y que pelean por ser reivindicadas. La relación palabra y no palabra en este país es bastante conflictiva, y sigue siendo colonizadora a pesar de todo”, cuenta la editora Virginia Ayllón. El esfuerzo por narrar el país, que se traduce en obras de marcado corte realista, y con una fuerte tendencia sociológica, se enriquece por la diversidad cultural de un verdadero variopinto pluriétnico.
La narrativa boliviana parece empaparse constantemente de la realidad, una realidad casi ficcionalizada. “Sus datos, la historia, los hechos –y si no vean la vida del presidente Evo Morales– suelen ser tan sobresalientes que en otra parte seguramente sería ficción y nadie creería que todo eso es posible”, completa Ayllón. Clásicos como Bartolomé Arzans de Orsúa y Vela, con su extraordinaria crónica de la Villa Imperial del Potosí colonial; Adela Zamudio, poeta y narradora que rompió esquemas en una época donde sólo los hombres tenían acceso a la producción intelectual; poetas de la talla de Franz Tamayo o Ricardo Jaimes Freyre; novelistas como Jorge Suárez, Néstor Taboada Terán y Jaime Mendoza –fiel representante de la literatura minera– o Alcides Arguedas son escritores que siguieron más o menos de cerca los dictados de su época, pero que además tatuaron sus obras con el sello único de quienes crean su propio universo.
La huella de Saenz
Dicen los entendidos que la literatura boliviana del siglo XX tiene su punto de quiebre a partir de la obra de este misterioso escritor y poeta paceño llamado Jaime Saenz. La literatura “saenziana”, como gustan llamarla los críticos especializados, intenta recuperar el espacio ocupado por el silencio del anonimato y de la dominación. “El escritor es un místico, al igual que el alquimista. En el ejercicio de la mística encontrará la materia prima de la obra”, le gustaba decir a Saenz, durante las prolongadas tertulias que ofrecía en su casa, en los denominados Talleres Krupp, epicentro de la movida literaria boliviana avant-garde, de la década del sesenta.
Con una obra poética descomunal, varios libros de cuentos y Felipe Delgado (1979), la novela de la literatura boliviana de los últimos 30 años, este hombrecillo enorme bordeó y exploró las zonas más oscuras del ser paceño. En sintonía con la deriva errática del maldito Céline: las rondas nocturnas, los delirium tremens y obviamente el alcohol hicieron que el mito de Saenz haya cobrado dimensiones monumentales dentro de las letras bolivianas. “Felipe Delgado encarna ese personaje paceño mítico del que se habla en bares y en los cafés, a tal punto que se confunde con su propio autor. A estas alturas ya nadie sabe si Jaime Saenz era Felipe Delgado o viceversa o si era Jaime Delgado o Felipe Saenz”, comenta el escritor cruceño Homero Carvalho.
Pero hay un quiebre en la narrativa de Saenz luego del errar noctámbulo de Felipe Delgado. Con Los cuartos (1985), Saenz se aleja del deambular nocturno y agitado, donde encontró su propia muerte, y lo cambia por el paseo calmo por los espacios de la luz y la vida de una pensión paceña, donde “los cuartos sumidos en penumbra son grandes, fríos y desolados, y tienen olor a cotense, huacataya, a chalona, y a guardado”. Saenz descubre, ya no el otro lado de la noche, sino el más acá de la vida. “Todos mueren, menos yo. Y con los años que tengo, ya podría haber muerto cien veces”, escribe Saenz en Los cuartos. Sobrevivir a todos en soledad, soledad de la muerte y de la vida que, después de todo, son las únicas que no mueren. Saenz dejó este mundo en 1986, pero algunos escritores prefieren seguir creyendo que su espíritu todavía recorre las empinadas calles de La Paz.
El Bukowski boliviano
“Lleve este casero. El Bukowski boliviano”, me sugiere un librero mientras le doy un sorbito a un vitamínico jugo de api, en las cercanías de la Catedral de San Francisco, en uno de los tantos barrios marginales de La Paz. “Si se da una vuelta por los barcitos de mala muerte que están cerca del Cementerio General, puede encontrar ese mundo que caminó Víctor Hugo Viscarra”, agrega el hombre.
Narrador del margen y dueño de un lenguaje directo que atrapa, Viscarra escribió sobre lo que conocía: el insoportable frío paceño, el singani barato, la delincuencia, la adicción a la clefa y la marginalidad. “Se podría decir que estoy demasiado emputado con mi existencia. Cada día que pasa, ni bien le estoy pescando gustito al sueño, ¡zas!, un puntapié disfrazado de negro me recuerda que tengo que levantarme y seguir caminando sin tener a dónde ir. Porque para los miserables como yo, no existe el derecho de dormir nuestro cansancio encima de una tarima del pasaje Tumusla”, escupe Viscarra en Avisos necrológicos (2005), su quinto libro de relatos.
Viscarra eligió vivir en la calle hace más de tres décadas. Esas calles donde no tenía nada que perder, donde caminar la noche con un abrigo y su botellita con alcohol puro fueron construyendo su universo. “Jamás podrán decir que Víctor Hugo escribía sobre lo que no sabía, como ocurre con varios escritores borders de moda”, explica la editora Virginia Ayllón. Solo unos papeles garabateados que atesoraba en los bolsillos de su saco guardaban esas caminatas nocturnas de Viscarra. Cuando pesaban demasiado, quedaban olvidados en cualquier rincón de un boliche o junto al banco de una plaza. Lo que atesoraba Víctor Hugo no necesitaba espacio físico.
Los relatos de otros escritores paceños, Adolfo Cárdenas y su novela Periférica Bvd (2005) y los cuentos de Fastos marginales (2000), son buenos ejemplos, encuentran fuerte sintonía con la obra de Viscarra. Relatos urbanos de un estilo similar al cross arltiano; historias autobiográficas que recuperan fragmentos de la vida errante, donde el humor ácido y la ironía se posan sobre la explotación que viven los marginados llegados del desolado altiplano, cuando descienden en ese dantesco hueco que forma la ciudad de La Paz.
Con cuatro libros de relatos y un diccionario del coba (lunfardo) paceño –que la policía boliviana se apropió y publicó como si la institución lo hubiera realizado–, Viscarra terminó de construir un caso único de narrador etnográfico del margen paceño. Cuentan que en su último libro, Borracho estaba, pero me acuerdo (2003), Viscarra vaticinó su muerte antes de llegar a los cincuenta años. Se fue en mayo de 2005. Tenía 49 años.
El deshabitado
A pocas cuadras del misterioso Mercado de las Brujas paceño, en la empinada cuesta que lleva a la desolada Garita de Lima, el nombre de una plaza rinde justo homenaje al fantástico novelista y ensayista Marcelo Quiroga Santa Cruz. Nacido en el seno de una familia burguesa y terrateniente de Cochabamba, en 1931, y luego de pasar buena parte de su infancia y adolescencia en Chile y México, Quiroga Santa Cruz regresó a su oriente natal, el trópico cocalero boliviano, para trabajar como docente de letras y periodista. Es en el escenario demarcado por los límites de la ciudad de Cocha donde Quiroga Santa Cruz escribe su primera y única novela, Los deshabitados (1959), premiada por la Fundación William Faulkner con el galardón a la mejor novela iberoamericana, en 1962.
El mundo que crea Quiroga Santa Cruz es un fresco con toques surrealistas de aquella sociedad, todavía rural y feudal, también clerical, en una ciudad donde “cada vez se instalaban más fábricas”. La revolución nacional que se había instaurado en Bolivia el 9 de abril de 1952 será el inevitable trasfondo –no político, sino ético y moral– de un horizonte desolador e incierto, correlato de la decadencia que prevalece en un alma colectiva que pretende superarse a sí misma, buscando los remansos de la fe. Cuando le preguntaban sobre la esencia de su primera novela, Quiroga Santa Cruz explicaba que había sido “escrita como no debe escribirse nunca un libro: es casi una secreción. Comenzó a vivir bajo la forma de una extraña sensación de melancolía”. En la novela, Fernando Ducrot –alter ego del escritor– debate su vida entre la exasperante necesidad de plasmar sus ideas en un papel y las discusiones existenciales con un viejo y sabio párroco franciscano. Los dilemas morales y espirituales sobre la labor del intelectual y su compromiso social parecen no tener remedio, es la semilla del compromiso político que el propio Quiroga Santa Cruz encarnará durante el resto de su vida.
Pocos años después, el escritor dejó la ficción y dedicó su vida a la política. Pionero en la lucha por el control de los recursos naturales bolivianos, Quiroga Santa Cruz logró la nacionalización de los yacimientos petrolíferos controlados por la Gulf Oil Company. El golpe de Estado del dictador Hugo Bánzer lo obligó a un largo exilio en Argentina y México, y dos demoledores ensayos, El saqueo de Bolivia (1972) y Oleocracia o patria (1977), lo constituyeron en un referente de la izquierda boliviana, hasta que un grupo de paramilitares al mando del general Luis García Meza lo secuestró y asesinó, durante el sanguinario narcogolpe de Estado de 1980.
¿Qué hay de nuevo, Evo?
Más allá de la escasa difusión a nivel nacional e internacional y las dificultades para publicar, una buena cantidad de nuevos escritores bolivianos viene pidiendo pista desde hace varios años. “El ingreso a las élites literarias bolivianas se hace muy complicado para los jóvenes escritores, y mucho más viniendo de la ciudad de El Alto. El círculo literario boliviano se autoalimenta, funciona con el antiguo sistema de padrinazgo y casi no les ha prestado atención a los nuevos narradores”, explica el escritor alteño Roberto Cáceres, mientras termina de armar unos libros artesanales con tapas de cartón en el barrio de Villa Adela, de la conflictiva Ciudad de El Alto, aquella urbe que hace pocos años declaró la “Guerra del Gas” y echó al agringado ex presidente Gonzalo Sánchez de Lozada.
“Siempre los escritores tenemos un poquito de problema con la cuestión de los fondos. En Bolivia, el gobierno no apoya con fomentos para la escritura. Inclusive, los gobiernos pasados tenían una visión muy folklorizada de la literatura”, explica la narradora quechua Elvira Espejo. Con las editoriales establecidas importando libros argentinos o peruanos, y sin el apoyo del Estado, la primera editorial cartonera de Bolivia –actualmente funciona otra similar en la ciudad de Cochabamba–- le da espacio a una buena cantidad de autores noveles. Con la matriz de la experiencia de Eloísa Cartonera como modelo, la editorial alteña Yerba Mala Cartonera ha publicado varias obras vanguardistas de escritores de toda Bolivia.
Luna, Portugal, Urrelo, Barrientos, Frudenthal, Piñeiro, Spedding, Hasbum, Montellano y Camacho son algunos de los narradores y poetas que traen aire fresco a las letras bolivianas. Ciencia ficción ambientada en comunidades altiplánicas del siglo XXI, novelas negras de corte político; tramas donde el español, el aymara y el spanglish se mezclan creando fascinantes híbridos lingüístico; relatos urbanos donde se narran las peripecias de los migrantes rurales y mitologías andinas protagonizadas por nostálgicas cholitas luchadoras de catch trazan la nueva cartografía literaria de un país que se sigue narrando. Con increíble vuelo en la libertad temática y expresiva, la nueva ola de escritores anuncia un importante quiebre al interior de las letras bolivianas.
“Siempre pensamos que la literatura no debía marginarse plenamente del contexto político y social de una época. En ese sentido creo que la literatura debe constituirse en un ente interventor sobre la realidad, debe actuar y operar sobre ella. Con la llegada de Evo al gobierno, vivimos un momento harto importante de nuestra historia como país, y creemos que la literatura puede dar la posibilidad de abrir otros puntos de vista. Creo que eso ha pasado desde la creación de Yerba Mala Cartonera”, reflexiona Cáceres, antes de convidarme con un matecito de coca, para evitar el apunamiento que regala la urbe alteña y sus más de 4500 metros de altura.
Una pregunta me quedaba dando vueltas por la cabeza luego de innumerables caminatas por las librerías y mercados bolivianos. ¿Cuál sería la posición de Evo en relación con la literatura? “Le voy a contar algo –me explicó el poeta Humberto Quino–. Cuentan que Evo no tiene una buena relación con los escritores. Hasta algunos dicen que no lee libros. Evo prefiere leer la realidad.”
Voces del Altiplano
“Mi madre siempre me había dicho que el día en que me case y tenga mis wawas, y su papá me los quiere pegar, al tener que elegir entre él y mis hijos, primero van a ser las wawas, y que el hombre ése se vaya por donde ha venido. Además, he tenido la suerte de haberme separado del Valentín, que cuando estaba borrachísimo era más terco que una mula, y a las wawas les encajaba sus tremendas patadas por donde me las pescaba, y si yo me metía a defenderlas, toda la yapa era para mí. Y al día siguiente tenía que ir al mercado cojeando, con mis ojos verdes, mi boca rota y algunas de mis costillas más rotas todavía.”
(Víctor Hugo Viscarra. “Elegir o no elegir, that is la prablem”, en Avisos necrológicos, Editorial Correveidile, 2005)
“El modo de ser de mi vida, quiero decir, mi modo de ser, a estas alturas ya no admite transformación alguna. El camino del amor es siempre el camino de la esperanza, y yo, por desgracia o fortuna, no creo en la esperanza. El que una mujer busque el bienestar, la felicidad, la alegría y todo lo demás es sólo natural, y yo a ese paso nada de eso puedo ofrecer en absoluto, sencillamente porque son cosas en las que no creo.”
(Jaime Saenz. Felipe Delgado, Editorial Plural, 1989)
“Porque creo que el drama del hombre no es el de la vacilación frente a una dualidad; no nos habita ni siquiera una duda; no nos habita nada: estamos deshabitados.”
(Marcelo Quiroga Santa Cruz, en Los deshabitados, Editorial Plural, 1959)
“Lo que sí he aprendido en esta profesión es la ciencia de cómo gritar todito el día sin que en la noche estés hablando como locutor de radio chojchacaltaya o como camba resfriado de tanto calor. Atención pasajeros que con esto se k’amanea bien. Primero uno se tiene que levantar a las cinco, no a las cuatro porque hay que cuidar la voz haciéndola dormir por lo menos cuatro horas. No hacer caso de lo que dice la Floricienta: que hay que estar tomando mini cascadita de 50 todo el tiempo. No, con eso acabas aguantándote de mear desde el Monje hasta la parada de El Alto.”
(Roberto Cáceres. Línea 257, Editorial Yerba Mala Cartonera, 2006)
“Para que el pan / Sea un bocado común / Para que la blasfemia / vaya en carroza / En fin / Para suprimir los golpes de Estado / Hay que suprimir el Estado.”
(Humberto Quino, “A propósito de nuestro mal”, en Mudanza de oficio, Ediciones En Cautiverio, 1983)
Fuente: Pagina 12




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