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Sobre Matilde Cazasola

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“Ser artista engloba toda una existencia o una razón de ser”
Por: Beatriz Rossells

Poeta, compositora, intérprete en canto y guitarra, Matilde Casazola constituye una de las figuras más importantes de la creación musical popular en Bolivia por la calidad de la conjunción poética y musical de su obra. Su cueca De regreso capturó el corazón de los bolivianos ausentes y de los doblemente ausentes, los exiliados.
Nació en Sucre (Chuquisaca) y creció en una casa con jazmines y huerta poblada de olorosas plantas caseras. Escribió poemas desde niña y se aferró a la guitarra en la adolescencia, está muy claro que recibió una positiva influencia del hogar de intelectuales del que procede. Jaime Mendoza —el multifacético escritor y médico que defendió la tesis del Macizo boliviano y que es autor de la novela En las tierras de Potosí— fue abuelo de Matilde Casazola.
Dice la creadora: “Me defino como artista si debo definirme de alguna manera. El ser artista engloba toda una existencia, una razón de ser”.
Pequeña, frágil, con aire de niña preocupada, tras una fachada sobria y lentes graves, esconde un alma fina y una exquisita sensibilidad que le ha permitido penetrar en las formas más profundas del sentimiento de pertenencia a una tierra. Varias de sus canciones reviven los rincones de Sucre, la guitarra de ligero aire moruno, el rumor de los arroyos, la tristeza suave del atardecer, los aires templados que corren por los balcones y las esquinas, y tantas vivencias únicas que hacen la historia de una ciudad de un pueblo mestizados por el aporte de dos culturas.
Catorce libros de poemas publicados, 10 discos, e innumerables canciones y versos testimonian un impresionante trabajo entregado al país.
En la trilogía de bailecitos Como un fueguito, El contraste y Mi dueño, Matilde ha plasmado el requiebro gentil de la conquista y la dulce melancolía de la desilusión, que caracterizan el bailecito chuquisaqueño —expresión de toda una filosofía popular del amor y de la vida— a cuyo encanto no escaparon poetas como Nicolás Ortiz Pacheco y Claudio Peñaranda, quienes unieron sus versos a la música de destacados compositores o a la inspiración del pueblo.

Para querer bien
hay que arriesgarse.
La vida o la muerte
entera darse.
(El contraste, bailecito)

Como despertar de un sueño
así fue nacer, mi dueño.
Como ir a buscar el centro
de un ardiente sol y encontrar
al fin del tiempo
que también vivir fue un
sueño.
(Mi dueño, bailecito)

De las muchas vetas que incluye su obra musical, la dedicada al amor, como matriz de la vida, ocupa un lugar especial:

Yo sigo andando y andando
pero no hay cuando regrese
y el tiempo sigue jugando
con mi esperanza de verte
Tal vez cuando esté llegando
no me dé tiempo la muerte.
(Tiempo, yaraví)

La matriz humana en Matilde Casazola se manifiesta en el reconocimiento espontáneo del dolor, tal como se da en la cotidianidad de la vida; el dolor que nace del mar de amores, el dolor incurable, el que se mitiga con el abrazo fraterno o el dolor sordo y terrible de la impotencia social. Así, sus canciones no naufragan en el lamento estéril o en la compasión mesurada; ellas otorgan el apoyo inviolable de la solidaridad, fundado en una gran dosis de esperanza y amor, que desborda los límites del lenguaje literario y sólo puede comunicarse a través del signo musical, y una lúcida comprensión de las posibilidades humanas para realizar cambios colectivos.
El sello de autenticidad de las sencillas estrofas que siguen resulta de la coherencia de una vida personal despojada de aparato, consustanciada con el humilde hombre de la calle y dueña de una responsabilidad artística e intelectual sin abdicaciones.

He oído muchos pájaros
cantar
he visto muchos soles
alumbrar
y he visto muchos hombres
arrastrándose en la senda,
cansados de pelear.
……………………….
Yo les dijera: -Hermano,
espérame
contigo pan de arcano
partiré,
Te juro que una estrella aún
palpita en la tiniebla,
resucita tu fe.
(La estrella, canción)

Y sobresale aquella veta que la muestra como una peregrina del mundo, de expresión universal. De ahí que su obra resuma la congoja y el temor existencial provenientes del eterno enigma del ser humano. El viaje y el retorno —metáforas que condensan la necesidad de explicar la precariedad de la existencia— aparecen frecuentemente como leit motiv de sus canciones:

¿Adónde vamos en barcos
de tiempo?
Siempre lejos.
(Distancia, canción)

Fuente: La Razón

Recordando a Modesta Sanginés

Modesta Sanginés, una mujer que se adelantó a su época
(El 26 de febrero se recuerda el 176 aniversario del nacimiento de la compositora paceña. La periodista Patricia Montaño acaba de publicar un libro que reconstruye la vida de esta mujer)
“Cuando falleció Modesta Sanginés, el año 1887, aún no había nacido el feminismo en el mundo”, afirma la periodista Patricia Montaño Durán, que reconstruyó la vida de una de las mujeres valientes que pasó por la sociedad boliviana y que hoy es casi una desconocida.
Se puede comprender su aporte, añade Montaño, ´echando un vistazo a la patriarcal sociedad paceña del siglo XIX, en tiempos en que la mujer no era considerada ´ciudadano´ y por lo tanto no tenía derecho al voto, ni a ejercer una función pública y menos a ser elegida´. A decir de Rossana Barragán, en cuanto a derechos, ´la mujer de aquellos días estaba en igualdad de condiciones que los menores de edad, los indígenas y los alienados mentales´.
La educación, que ya era restringida para los varones, lo estaba mucho más para las mujeres. Según Rafael Reyeros, los padres preferían que sus hijas ignorasen la escritura porque la consideraban ´casi como un arte de hechicería´. Y las estadísticas citadas por José María Dalence indican que del millón y tercio de habitantes, sólo 100 mil tenían acceso a la educación y, en 1846, sólo había cuatro colegios para mujeres en todo el país con un total de 68 alumnas.
Este panorama gris para el género femenino, estaba apoyado en la ley. Por ejemplo, el Art. 31 del Código Civil boliviano —que había tomado como modelo el código napoleónico—, decía: ´El marido debe protección a su mujer y ésta obediencia al marido. La mujer casada no tiene otro domicilio que el de su marido. Está obligada a habitar con él y a seguirle donde él juzgue conveniente residir. El marido está obligado a recibirla en su casa y a darle restricciones en la vida civil y económica. La mujer no puede dar, enajenar, hipotecar, ni adquirir por título gratuito u oneroso sin la concurrencia del marido al acto o sin su consentimiento o ratificación por escrito´.
Una fisura en esa norma fue aprovechada por Modesta Sanginés para escapar y realizar así con cierta libertad su obra creadora y benefactora, concluye Montaño. ´Si bien el Código establecía una cadena de prohibiciones para las mujeres casadas, no regulaba la vida de las solteras y por lo tanto, les permitía velar por sí mismas´.
Permanecer soltera fue la elección de Sanginés, decisión que ´pudo tomar por su carácter fuerte e independiente, por su seguridad en sí misma y porque era la única posibilidad que tenía de ser libre, aunque \’libre\’ dentro de los limitados términos de la época, pero al menos, no pasar a ser propiedad de un esposo´.
El camino de la soltería estaba, sin embargo, sembrado de inconvenientes. Primero, había que rechazar ´buenos partidos´; el más notable de ellos, Adolfo Ballivián, hijo del vencedor de Ingavi, con quien compartía el amor por la música y quien sería más tarde Presidente de Bolivia. En segundo lugar, enfrentar a una sociedad en la que no había lugar para las mujeres sin marido y, por si fuera poco, decidir tras la muerte de sus padres, no vivir bajo el techo de su hermano, sino comprar su casa propia.
Transgredió las costumbres, pero no la ley y menos la religión. Como periodista, Sanginés fue directora del periódico Jardincito de María que luego se convirtió en Semanario Católico y del cual llegó a publicar 267 números. Si bien escribió leyendas y algo de poesía, su creación literaria está inscrita fundamentalmente en el ámbito periodístico y esto ocurrió más de medio siglo antes de que el periodismo femenino surgiera en el país con Feminiflor.
Sin embargo, la cima alcanzada por Modesta Sanginés estuvo en el ámbito de la creación musical. Por esta razón, el teatro de la Casa de la Cultura lleva su nombre. La compositora figuró junto a destacados compositores de la época —todos varones—, como Norberto Luna, Benedetto Vincenti o Eloy Salmón. Como en el periodismo, también se alió con la Iglesia en su faceta musical escribiendo varias composiciones de carácter religioso.
Otra faceta suya fue la beneficencia. ´Extendió su mano caritativa a los desamparados, a los huérfanos y a los pobres, pero ante todo, siempre defendió a las mujeres´, explica la biógrafa. ´Se indignó tanto ante la miseria y necesidad de atención en salud para las mujeres, que hizo construir y equipó con su propio dinero una sala de hospital limpia y elegante para ellas. En su testamento las favoreció sobre los varones, principalmente dejó herencia para sus sobrinas Adela y Angelita Sanginés´.
Legó, asimismo, joyas y dinero para un buen grupo de mujeres entre primas, sobrinas, amigas y empleadas. Llama la atención como ejemplo, la cláusula 17 de su testamento, que refleja su opinión sobre algunos varones y dice textualmente: ´Dejo mil pesos a doña Petrona Torres de Valdez para que con ese dinero a réditos eduque a su hija menor y cuando esté en su mayoría se los dé a dicha su hija y que su esposo, mi primo Plácido Valdez, no tenga que intervenir en dicho dinero, así lo mando para que conste´.
Sanginés falleció en 1887 a los 54 años. Sus restos descansan en el mausoleo familiar, en el Cementerio General de La Paz, pero no tiene lápida, porque seguramente sus parientes dieron vuelta la suya para usarla en beneficio de otro miembro de la familia sin que nadie reclamara a su favor, porque ella no tuvo hijos y por lo tanto, no tiene descendientes directos. Modesta Sanginés, precursora de la equidad de género.
Patricia Montaño Durán. Fundappac y Konrad Adenauer Stiftung. La Paz, 2007.
http://www.la-razon.com/versiones/20080224_006192/nota_269_553253.htm

Crítica a Misteria pavoria. Cuento de terror de Velia Calvimontes

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Miedo y espanto en la obra de Velia Calvimontes
Por: Víctor Montoya

[(n. del e.)Esta reseña ya fue publicada con anterioridad en ecdotica, pero lamentablemente omitimos el nombre de quien la escribió: Víctor Montoya. El mismo nos manda nuevamente el artículo en su versión completa y le pedimos disculpas por la omisión]
El libro “Misteria pavoria. Cuentos de terror”, publicado por la editorial colombiana Panamericana e ilustrado por Luz Stella Rodríguez, es una verdadera cajita de sorpresas. Se trata de una obra compuesta por cinco cuentos de espanto y aparecidos, reunidos bajo un título sugestivo que atrapa de inmediato la atención del lector. La narrativa de Velia Calvimontes, avalada por un estilo limpio de ripios, hace gala de un lenguaje sencillo y ofrece una lectura amena a los lectores de todas las edades.
Los cuentos, que destacan por el buen manejo del hilo discursivo, nos relatan las historias de muertos, almas en pena y personajes del mundo esotérico, poniendo en boca de sus personajes palabras apropiadas y recreando situaciones sobrecogedoras, como en los cuentos “A dedo” y “El fraile encapuchado”. Los relatos más tétricos discurren en ámbitos insólitos, que van desde un cementerio hasta el patio trasero de una casona de antaño. No faltan los gallos y caballos, el tañido de la campana, el llanto de los difuntos, el lamento de los condenados, el viento y la tormenta, que son también personajes secundarios. Todo esto recuerda a esos seres que estando muertos, según la tradición y creencia popular, retornan al reino de los vivos para vengarse de sus enemigos y ajustar cuentas con sus deudores. Son cuentos de la más pura tradición oral que los niños bolivianos, hasta el día de hoy, se siguen contando sentados en un ruedo y bajo el resplandor de la luna.
Así ocurría en las tabernas coloniales, donde se daban cita truhanes y cuenteros, músicos y ciudadanos de vida alegre, en afán de confabular los sucesos más inverosímiles que imaginarse pueda. Los parroquianos, blandiendo el verbo cual espada de doble filo, abordaban temas de miedo y espanto, con una imaginación desbordante y acaso proclive a las supersticiones. Muchos de esos relatos llegaron con los colonizadores que se asentaron en la Villa Imperial de Potosí una vez descubiertos los ricos yacimientos de plata. De ahí que Velia Calvimontes, en su cuento “Un aullido en el cementerio”, ambientando en el siglo XVII, nos recuerda que las naves llegadas de allende los mares, además de traer noticias del Viejo Mundo, venían cargadas de historias que fascinaban a propios y extraños
Las consejas coloniales, atravesadas por personaje que aparecían y desaparecían de un modo misterioso y sin ninguna explicación lógica, se mezclaban con la chismografía sobre la vida privada de los habitantes de las urbes, sobre todo, de las familias consideradas poderosas, donde aparentemente sucedían hechos increíbles y macabros, como ocurre en “Un aullido en el cementerio”, cuyo argumento gira en torno a un hombre que, siendo en vida rico pero avaro, se condena a poco de ser sepultado. Las beatas dicen que se trata de un castigo por haberle negado al cura una contribución para reparar la campana de la iglesia. Los vecinos saben también que los aullidos lastimeros son de don Crisanto, quien, presa de su avaricia, no encuentra paz en su tumba. Mientras esto se comenta de boca en boca, los jóvenes parroquianos, reunidos en la taberna y en plan de desafío, hacen apuestas por quien se atreva a entrar en el cementerio a medianoche y, en señal de su valentía, dejar un puñal sobre la tumba de don Crisanto; un reto que no pocos rechazan atravesado por un temor que les recorre el espinazo. Sin embargo, como en todo cuento bien contado, no falta uno que, luciendo espada al cinto y aspecto de valiente mancebo, se atreve a probar su bravura. Entra en el camposanto, se acerca a la tumba de don Crisanto y, en el justo instante en que va a clavar el puñal en el lugar preciso, se le aparece el muerto envuelto en un manto oscuro. El mancebo se lleva tal susto que cae fulminado por un ataque al corazón. A la mañana siguiente, sus amigos que apostaron por él, lo encuentran con el rostro ensangrentado y sin un hálito de vida.
En el cuento “Las tres vueltas del gallo”, escrito con un halo de misterio y contextualizado en una casona colonial de la ciudad de Sucre, nos transporta al mundo fascinante de Eliza, la joven protagonista, quien cuida de sus hermanas menores hasta altas horas de la noche, mientras su madre trabaja como empleada doméstica. Eliza, luego de acostar a sus hermanas, se reúne con un grupo de amigas que se transmiten cuentos de espanto y aparecidos. Una de esas noches, al retornar a su hogar, cruza ante su mirada atónica un gallo de alas desplegadas. El animal se acerca a una tapia y, dando tres vueltas, escarba la tierra. Luego desaparece con el mismo misterio con el que aparece. Eliza le relata a su madre lo acaecido, pero ésta guarda silencio y espera la mejor oportunidad para cerciorarse personalmente del hecho, hasta que llega la festividad de la Virgen de Guadalupe. Entonces, en tanto el pueblo asiste a la celebración, madre e hija deciden revelar el misterio que representa el gallo y, justo allí donde éste escarbaba la tierra, encuentran enterrada una petaca de cuero que contiene joyas y monedas de oro y de plata.
En “El fraile encapuchado”, donde el suspenso y la curiosidad se apoderan del lector, se recrea un suceso que se arrastra desde la época colonial en Potosí, donde años más tarde, en el patio de una escuela, Elvira avista a un fraile con el rostro cubierto por la capucha de su hábito. La protagonista, como suele suceder en las historias de aparecidos, se queda helada y con el grito atascado en la garganta. No obstante, y sin salir de su asombro ante tal aparición, guarda el secreto por un tiempo. No se lo cuenta al cura de la parroquia ni a su marido. Primero decide comprobar que la aparición del fantasma no es una aberración de su mente sino un caso real. Para comprobarlo, un día arroja una piedra contra el hábito del fraile; la piedra atraviesa la vestidura y deja un impacto en la pared a modo de señal. Sólo entonces Elvira decide revelarle el secreto a su marido, quien, a pesar del miedo que se le mete entre pecho y espalda, no tiene más remedio que ayudarle a descifrar el misterio de aquella extraña aparición.
Una noche acuden al lugar donde el fraile hacia acto de presencia. Abren a fuerza de pico un boquete en la pared de adobe, se deslizan por él y, apenas iluminados por la luz mortecina de la luna, distinguen a sus pies una entrada que conduce hacia un sótano. Para continuar su pesquisa, se arman de velas y mecheros. Una vez en el fondo del sótano, quedan deslumbrados ante una abundante riqueza junto a “una docena de ropajes de altos prelados de la iglesia cubiertos de pedrería”. Durante tres largas noches, Elvira y su marido acarrean a su casa el tesoro escondido, y, una vez convertidos en ciudadanos prósperos, abandonan Potosí para disfrutar de su fortuna en una ciudad valluna. Hasta aquí, todo parece tener un final feliz como en los clásicos cuentos de hadas, pero no, en “El fraile encapuchado” los sueños se tornan en pesadillas; primero se desvanece la dicha en la familia de la pareja, y después Elvira, la protagonista principal, acaba enloquecida por haber visto y tocado lo que no debía.
En “La muerte azul”, inspirado en un acápite del libro “Exploración Fawcett” del explorador inglés Robert Fawcett, nos arrima a finales del siglo XIX y al peligroso trayecto entre La Paz y los Yungas; un recorrido que los aventureros, arrieros y errantes hacían a lomo de bestias. En este territorio, cubierto de niebla, precipitaciones y vegetación exuberante, el protagonismo recae en un jinete buscador de fortunas, quien, en procura de pasar la noche, pide hospedaje en un aposento. El posadero le niega arguyendo que todos los cuartos están ocupados, mas el forastero, pistola al cinto y sin darse por vencido, solicita el último que queda, justo aquél donde todo quien entra no sale con vida. Aquí valga destacar que la sola descripción del cuarto, como en las historias de crímenes y terror, constituye un excelente recurso literario que le permite al lector ubicarse en un contexto escalofriante.
Entrada la noche, y mientras afuera la tormenta ruge como bestia herida, en el cuarto de la muerte, donde descansa el forastero, se oye el estampido de un disparo. El dueño de la posada, que apenas alcanzó a cerrar los ojos, salta de la cama y se dirige al temible lugar, donde el forastero sigue con vida, aunque visiblemente pálido. Ante semejante realidad, el posadero no se lo puede creer, pero el protagonista del cuento se encarga de explicarle que estando en la cama, todavía despierto, vio que por el orificio del cielo raso descendía una gigantesca tarántula, que era la causante de las muertes que se producían en ese cuarto, donde todos aparecían al nacer el día con la cara y el cuello azules.
“Misteria pavoria. Cuentos de terror” (2005) es una obra breve que tiene la propiedad de suspender al lector en el terror de la imaginación, con narraciones que descubren un mundo de misterios y se sumergen en el subconsciente colectivo, lejos del maniqueísmo didáctico y las normas de moralización, tan propias en la mayoría de los libros destinados a los jóvenes y niños.
Velia Calvimontes Salinas (Cochabamba, Bolivia, 1935). Escritora y profesora de idiomas. Figura destacada de la narrativa infantil y juvenil. Según reveló en una entrevista, desde niña supo que sería escritora pero no fue sino hasta 1963, cuando residía en Chicago, Estados Unidos, que empezó a escribir. Debutó con su libro “Y el mundo sigue girando…” (1975). Obtuvo premios nacionales e internacionales. Entre sus obras destacan: “Abre la tapa y destapa un cuento” (1991), “La ronda de los niños” (1991), “El uniforme” (1993), “Amigo de papel” (1995), “Lágrimas y risas” (1995), “Cuentos de la vida” (1997), “En busca de hogar” (2002), “Sabor a Navidad” (2005), “Nueve noches y un día” (2007), “El niño de la pérgola” (2007) y la serie de libros sobre Babirusa que, desde el año en que empezó a publicarse (1993), se ha convertido en una referente de la literatura infantil boliviana, como “Papelucho”, la clásica obra de Marcela Paz, es un referente del cuento infantil chileno.
Fuente: www.ecdotica.com por gentileza de Víctor Montoya

Robbe-Grillet ha muerto

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Robbe-Grillet ha muerto
Por: Pedro Shimose

El ingeniero agrónomo, cineasta y escritor francés Alain Robbe-Grillet (Brest, 18/08/1922–Caen, 18/02/2008) perteneció al movimiento narrativo que él mismo bautizó con el nombre de ‘nueva novela’ (Pour un nouveau roman /1963, ensayos). Fue considerado el cabecilla del grupo integrado por Claude Simon (1913-2005 / Premio Nobel 1985), Marguerite Duras (1914-1996) y Michel Butor (1926). Con ellos coincidió una escritora de origen ruso –Nathalie Sarraute (1900-1999)– que debería ser considerada la matriarca de la escuela porque, con carácter precursor, se les había anticipado al publicar sus novelas Tropismos (1939) y Retrato de un desconocido (1947), con prólogo de Vladimir Nabokov, ruso blanco exiliado como ella. Jean-Paul Sartre le dedicó cálidos elogios. Sarraute publicó La era del recelo (1956), libro de ensayos críticos que afianzó los planteamientos teóricos de la nueva tendencia narrativa.
La nueva novela, también llamada ‘escritura objetivista’, ‘antinovela’ y ‘novela experimental’, nació enfrentada al realismo tradicional, el psicologismo, el sociologismo y la literatura popular. Era una narrativa exigente, morosa, descriptiva hasta el hartazgo, desbordada de intelectualismo, ajena al lenguaje cotidiano. En una de las novelas de Robbe- Grillet –La celosía, en versión española (el título en francés es ambiguo; ‘jalousie’ significa indistintamente celos y celosía)–, un hombre movido por los celos espía a su mujer con total impavidez, sin que suceda nada.
Este espíritu de renovación del arte de novelar tenía mucho que ver con la idea de que la novela decimonónica había muerto. Ortega y Gasset había anunciado, en 1925, la muerte de la novela y la deshumanización del arte. Alentados por las vanguardias, la ciencia (la teoría de la relatividad), la filosofía (la fenomenología de Husserl) y la técnica cinematográfica, los escritores del ‘nouveau roman’ instauraron un nuevo modo de concebir la novela.
Robbe-Grillet escribió nueve novelas y dirigió nueve películas escritas por él, una extensa autobiografía (El espejo que vuelve, 3 vols., 1984-1994), un libro de ensayos críticos Por un nouveau roman, (1963) e Instantáneas (1962), prosas. Las novelas de Robbe-Grillet: Les gommes (1953, publicada en español con el título de La doble muerte del profesor Dupont), Le voyeur (1955, El mirón), La jalousie (1957, La celosía), Dans le laberynthe (1959, En el laberinto), La maison de rendez-vous (1965, La casa de citas), Proyecto para una revolución en Nueva York (1970), Topología de una ciudad fantasma (1976), Reanudación (2001) y Una novela sentimental (2007) fueron publicadas por editoriales argentinas y españolas. Varias novelas suyas fueron traducidas al castellano por el escritor guatemalteco Miguel Ángel Asturias (Premio Nobel 1967).
El poeta Julio de la Vega, lector asiduo de la revista Les Cahiers du Cinéma, nos trajo noticias de la ‘nueva ola’ francesa y comentó El año pasado en Marienbad (1961), película extraordinaria escrita por Robbe-Grillet y dirigida por Alain Resnais. El guionista fue candidato al Oscar de Hollywood.
Escritor cerebral y austero, esquivo y solitario, nada efusivo, quienes le trataron en la intimidad dicen que era amable y locuaz, dotado de un gran sentido del humor. Vladimir Nabokov declaró, más de una vez, que admiraba el talento del escritor francés y decía que le gustaban su lucidez de pensamiento, la pureza y la poesía de su prosa, “el espejismo en el espejo”.
Alain Robbe-Grillet ha muerto, pero su obra renovadora sigue viva. En los años 60 y 70 se proyectó en las novelas del mexicano Salvador Elizondo (+), del cubano Severo Sarduy (+), de los argentinos Juan José Saer (+) y Néstor Sánchez, y de los españoles Andrés Bosch (+), Jorge Cela Trulock y Manuel García Viñó. Algo le deben, hoy, el sueco-alemán Peter Weiss, el estadounidense Paul Auster y el argentino César Aira. // Madrid, 29/02/2008.
Fuente: www.eldeber.com.bo

Sobre los libros electrónicos

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Unión de Editores siente “pena” por mercado latino
Buenos Aires | Efe

El mercado editorial latinoamericano da “pena” porque no está invirtiendo en las ediciones electrónicas, aunque “mejoró mucho”, opinó la presidenta de la Unión Internacional de Editores (UIE), la argentina Ana María Cabanellas.
En una entrevista difundida ayer por la edición electrónica del diario bonaerense Clarín, Cabanellas también criticó a los fabricantes de hardware y a “gigantes como Google” por la demora que sufre la promoción del “e-book” (libro electrónico).
“Aunque mejoró mucho, me da pena el mercado editorial de nuestros países porque no estamos invirtiendo en las ediciones electrónicas, en los e-books. La edición electrónica en Latinoamérica no está llevada adelante por los editores”, reflexionó.
Según la primera mujer que llegó a presidir la UIE, “muchos son piratas lamentablemente o gente que viene de otros sectores”, por lo que “hay un espacio y no se trabaja en los e-books por la desconfianza en cuanto a la piratería”.
En otro orden, evaluó que un “problema” que conspira contra el desarrollo del libro electrónico “son los fabricantes de hardware que quieren imponer enseguida nuevos modelos de sus equipos que no son compatibles con los software” con los que venían trabajando.



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