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La estética suburbana de la sordidez



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La estética suburbana de la sordidez
Por: Daniela Renjel Encinas *

(Breves análisis de dos conocidas obras nacionales permiten a la autora sustentar una interesante tesis sobre un “intergénero” que parte de la llamada novela negra).
Tal vez sea mi afán docente el que me lleva a buscar entradas distintas para presentar la literatura, especialmente la boliviana, a jóvenes que, como casi todos, determinan que un libro es bueno cuando la historia simplemente les interesa. Un libro malo es aquel aburrido o aquel que no se entiende, lo que lo hace inmediatamente aburrido. No es un misterio que el comprender es la clave para una lectura reflexiva y productiva. La cuestión surge al momento de proponer un canon posible para aquellos que probablemente no vayan a enfrentarse a un texto literario respetable en los siguientes años. No obstante, con todo el esfuerzo que esto implica, el lado amable de estar al otro lado de las sillas está en esa misma posibilidad de proponer qué y cómo podrían abordarse obras que, por algún motivo, se han hecho importantes dentro de la narrativa boliviana contemporánea.
De más está enfatizar en la abolición del concepto “género” en literatura. Sin embargo, cuando se trata de mostrar a los estudiantes qué hace a un libro ser lo que es, o qué le falta para llegar a ser lo que bien podría ser, hay que empezar por algún lado, es decir, limitando el terreno para luego cruzarlo, o lo que es mejor, habitar el propio límite. En ese sentido, encuentro dos novelas que se prestan perfectamente como ejemplo de lo que propongo. American Visa de Juan de Recacoechea y La tumba infecunda de René Bascopé Aspiazu. Se ha circunscrito a la obra de Recacoechea, y con demasiada ligereza, al ámbito del género negro. Este rótulo aparece en la misma contratapa del libro.
Entonces, lo primero que cabría preguntarse para avalar la calidad de la obra es ver qué hace el autor en su obra con el género, y aquí un primer problema, porque resulta que son tantas y tan variadas las definiciones de lo “negro” que éste iría desde la persecución de criminales por policías, hasta la novela psicológica, el thriller, la crítica social, etc. Por lo tanto, si la misma definición de lo “negro” está en cuestión, es demasiado fácil pensar a American Visa como representante del género sólo porque encontremos aspectos que no están exentos en otro tipo de literatura.
El crimen que se comete no es el detonador del argumento, es un accidente. Los policías no pretenden atrapar al asesino, tal vez incluso le agradecen haber matado al delincuente. El final es más bien feliz, hay redención, posibilidad de otra vida, de otro comienzo y de paso encuentra un amor sincero con Blanca, la ahora ex prostituta. Finalmente, si bien puede haber suspenso, una forma de manifestación de rechazo a la realidad social o de crítica, éstos —reitero— son factores compartidos por gran parte de la literatura. Lo que quedaría pendiente, ya que parece haberse circunscrito a eso al género negro, es el tema del estilo, de la mirada de la realidad, la creación de la sordidez, del ambiente, de la atmósfera, y es ese espacio que sugiere algo nuevo.
Mario, el profesor orureño que llega a La Paz en busca de la visa que le permitiría reunirse con su hijo, al cual no ve desde hace años, se autodefine como un hombre frustrado, apabullado por la realidad que “no se esfuma”; un “loser”, en una palabra: “La sola idea de pensar en el viaje enterró esa crónica depresión que acompañó toda mi existencia de adulto, esa sensación de inutilidad que hacía que todos mis actos parecieran estériles. Volvía a estar atrapado en una red de dudas e indecisiones (…) La suerte era una moneda que yo echaba siempre al revés, no tenía remedio, era mi karma y no podría cambiarla”.
En estas palabras hay al menos un esbozo de existencialismo, de la soledad y fatuidad de las cosas, de esa tendencia a ver inútiles los esfuerzos, la imposibilidad y la desesperanza en todo. Sin embargo, este pesimismo existencial del cual habla el personaje es constantemente traicionado por el humor con el cual ve la vida y sus circunstancias. Entonces, la construcción de pesimismo, de atmósferas desesperanzadas, de inutilidad de los actos y la vida es parcial, ya que está en el discurso, pero no en los hechos; está en los antros y en los suburbios, pero no en su mirada, que no deja de hacer comparaciones humorísticas y generar metáforas irrisorias, o que al menos pretenden serlo, ante todo lo que ve. Es por eso que American Visa no puede ser una novela negra, sino algo que está entre la novela negra —en su acepción más amplia; es decir, la que comprende suspenso, acción, crítica social, etc.— y entre la novela urbana postmoderna. Es decir, un intergénero que yo llamaría estética suburbana de la sordidez.
Este tipo de construcción está igualmente presente, a través de otra entrada, en La tumba infecunda. A simple vista podría decirse que la narración respondería a un realismo mágico; es decir, “hay hechos de la realidad cotidiana combinándose con el mundo irreal, fantástico del autor, con un final inesperado o ambiguo. Además, escenarios americanos: en mayoría ubicados en los niveles más duros y crudos de la sociedad o que más reflejan el primitivismo cultural”, según nos recuerda el diccionario, así como la presencia de lo mítico y la superstición, entre otros. De tal suerte que por un lado tenemos todo lo maravilloso, irreal e inexplicable, como ser la presencia y duración del cometa, el aviso de la proximidad de la muerte mediante el gemido de animales muertos o cosas inanimadas, los poderes del feto etc., pero por el otro estamos frente a un existencialismo manifiesto que por momentos colinda con cierta estética del mal y que es posible gracias al tratamiento que Bascopé da a la ciudad. Ésta no es sólo el escenario de los hechos, sino la condición de los mismos.
De ahí la necesidad del Mayor Belmonte de “buscar los lugares umbríos de la ciudad, solamente para tratar de entender qué era en realidad, más allá del regazo de esas almas inocentes y tumultuosas que le habían acogido todos los últimos años”. Y es eso lo que hace, conocer una versión de la ciudad, la marginal, la lumpérica, la extraoficial. Los prostíbulos y los artilleros como una libre elección de vida, constituyen la esfera suburbana que es el principal escenario de la narración, con toda su miseria, relegación y desconocimiento.
“Ya como es imposible mirar el mar desde un cuarto cerrado en el centro de una isla, es también imposible comprender el significado de esa otra vida si no se vive ésta orillando siempre la muerte”. Grandes filósofos, los miserables. Eligen la vida que está en el exceso, el exceso es el mal. Lo que el libro hace es contar maravillosamente ese desasosiego, ese vacío, esa mirada pesimista que sólo puede consolidarse en la ciudad, porque ésta es el vacío, el hueco.
Seguramente son muchas las obras que podrían alinearse en la estética suburbana de la sordidez, que como vemos no puede hacer más que contactar espacios, rozar escenarios donde convergen todo tipo de actores, habitando siempre un lugar “entre” aquello que ahora se borra por añejo, y que no necesariamente se constriñe a lo grotesco. Tal es el destino de la literatura, parece. Desmarcarse de los géneros, y llamar Libro al libro, como diría Borda. Aunque me pregunto si esta erradicación genérica no es más que una transformación de los mismos géneros que responde al tiempo y sus exigencias, y más en el caso de la novela que desde siempre ha permitido y promovido transgresiones al interior de sí misma. Vaya paradoja, en todo caso. Como sea, sin camino no se va a ninguna parte, y considero que estos atajos no estorban al momento de nombrar.
* Literata y docente



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