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Carnaval y literatura



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Carnaval y literatura
Por: Pedro Shimose

En el libro Los cruceños y la cultura (Santa Cruz de la Sierra, edición Cooperativa de Cultura, 1990; 2ª edic. 399 págs.), Aquiles Gómez Coca firma el ensayo El Carnaval (págs. 238-249), en el que aboga por conservar las raíces auténticas del Carnaval cruceño, porque si se convierte en un espectáculo turístico “nos habremos hecho famosos, pero habremos vendido el alma al diablo” (sic).
Alcides Parejas Moreno, otro intelectual cruceño, ingresó en la Academia Nacional de Ciencias de Bolivia (La Paz, 26/02/1999) con un discurso bajo el brazo, titulado El Carnaval cruceño a través del tiempo. En él, reproduce los versos de un ‘Carnaval’ clásico compuesto por Zoilo Saavedra y Arturo Pinckert. Dice así: “Cuando muera el Carnaval / yo con él quiero morir / y que lloren las peladas / de todingo Santa Cruz (…) / En el alma camba / nunca muere el Carnaval, / (porque) pa’ los cruceños / la vida es un Carnaval…”.
Bueno, bueno. La vida es un Carnaval no solamente ‘pa’ los cruceños’. También para la cubanísima Celia Cruz, que nos sigue recordando que “la vida es un Carnaval / y las penas se van cantando / y todo pasa…”. Eso parece, aunque también todo vuelve como El Niño y La Niña con sus aguaceros devastadores.
La literatura boliviana registra cuentos antológicos como El pepino, de Wálter Montenegro; algunas piezas dramáticas de Raúl Salmón, y el relato durrelliano El Carnaval de Leda, de Augusto Céspedes (reconvertido como pieza novelística en Trópico enamorado, capítulo III /1968), cuyo escenario es la capital cruceña de los años 50. Una soberbia reconstrucción de época, dicho sea de paso.
Con referencia tácita al Carnaval cruceño, Enrique Kempff Mercado escribió una joya del cuento realista, titulada Tarde de Carnaval; y Orestes Harnés Ardaya, un cuento pirandelliano –Una aventura de Carnaval– en el que se confunden lo real y lo ficticio, la verdad y la mentira, en esa metáfora existencial de los disfraces y las máscaras.
En el plano de la poesía, José Callaú (1888-1963) escribió Añoranza de los carnavales de antaño, con reminiscencias becquerianas; Agustín Landívar (1907-1940), Un recuerdo de Carnaval, y Hernando Sanabria Fernández (1913-1986), Elogio del Carnaval. A Sanabria Fernández le debemos, además, la recuperación de un puñado de coplas populares, picarescas y atrevidas, referidas al Carnaval.
Pero fue Raúl Otero Reiche quien nos legó varios poemas carnavaleros como, por ejemplo, el romance lorquiano Se huyó en Carnaval, en el que narra el robo de la corteja, hecho común en el oriente de Bolivia, a comienzos del siglo pasado. Reflejaba los amores contrariados por la oposición de unos padres que no consentían unas relaciones sentimentales por diferencias de edad, condición social o patrimonial. Se huyó en Carnaval combina el realismo costumbrista con un desenlace fantástico, pues el raptor es el diablo disfrazado de mascarita.
Otero Reiche registró como nadie todo lo concerniente al Carnaval cruceño. Desde la década de los años 30 hasta los 70, publicó comentarios, crónicas y poemas en la prensa de su tierra natal. En un artículo titulado Encuesta sobre el Carnaval (1939) se atrevió a pedir que las mujeres puedan disfrazarse, “porque ellas también tienen derecho a tirar una cana al aire”. ¡Vaya con este poeta feminista!
En el tomo V, volumen 2, de las Obras completas de Otero Reiche (págs. 645-928) encontrará el lector algo así como 50 artículos sobre el Carnaval cruceño que bien podrían ser editados en un libro monográfico sobre el tema. Lanzo el reto a ver si las comparsas unen sus esfuerzos para dar a conocer este aspecto de la amplia y rica obra del gran escritor boliviano nacido en las llanuras grigotanas. //Madrid, 15/02/2008.
Fuente: El Deber



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