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Carnaval y literatura

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Carnaval y literatura
Por: Pedro Shimose

En el libro Los cruceños y la cultura (Santa Cruz de la Sierra, edición Cooperativa de Cultura, 1990; 2ª edic. 399 págs.), Aquiles Gómez Coca firma el ensayo El Carnaval (págs. 238-249), en el que aboga por conservar las raíces auténticas del Carnaval cruceño, porque si se convierte en un espectáculo turístico “nos habremos hecho famosos, pero habremos vendido el alma al diablo” (sic).
Alcides Parejas Moreno, otro intelectual cruceño, ingresó en la Academia Nacional de Ciencias de Bolivia (La Paz, 26/02/1999) con un discurso bajo el brazo, titulado El Carnaval cruceño a través del tiempo. En él, reproduce los versos de un ‘Carnaval’ clásico compuesto por Zoilo Saavedra y Arturo Pinckert. Dice así: “Cuando muera el Carnaval / yo con él quiero morir / y que lloren las peladas / de todingo Santa Cruz (…) / En el alma camba / nunca muere el Carnaval, / (porque) pa’ los cruceños / la vida es un Carnaval…”.
Bueno, bueno. La vida es un Carnaval no solamente ‘pa’ los cruceños’. También para la cubanísima Celia Cruz, que nos sigue recordando que “la vida es un Carnaval / y las penas se van cantando / y todo pasa…”. Eso parece, aunque también todo vuelve como El Niño y La Niña con sus aguaceros devastadores.
La literatura boliviana registra cuentos antológicos como El pepino, de Wálter Montenegro; algunas piezas dramáticas de Raúl Salmón, y el relato durrelliano El Carnaval de Leda, de Augusto Céspedes (reconvertido como pieza novelística en Trópico enamorado, capítulo III /1968), cuyo escenario es la capital cruceña de los años 50. Una soberbia reconstrucción de época, dicho sea de paso.
Con referencia tácita al Carnaval cruceño, Enrique Kempff Mercado escribió una joya del cuento realista, titulada Tarde de Carnaval; y Orestes Harnés Ardaya, un cuento pirandelliano –Una aventura de Carnaval– en el que se confunden lo real y lo ficticio, la verdad y la mentira, en esa metáfora existencial de los disfraces y las máscaras.
En el plano de la poesía, José Callaú (1888-1963) escribió Añoranza de los carnavales de antaño, con reminiscencias becquerianas; Agustín Landívar (1907-1940), Un recuerdo de Carnaval, y Hernando Sanabria Fernández (1913-1986), Elogio del Carnaval. A Sanabria Fernández le debemos, además, la recuperación de un puñado de coplas populares, picarescas y atrevidas, referidas al Carnaval.
Pero fue Raúl Otero Reiche quien nos legó varios poemas carnavaleros como, por ejemplo, el romance lorquiano Se huyó en Carnaval, en el que narra el robo de la corteja, hecho común en el oriente de Bolivia, a comienzos del siglo pasado. Reflejaba los amores contrariados por la oposición de unos padres que no consentían unas relaciones sentimentales por diferencias de edad, condición social o patrimonial. Se huyó en Carnaval combina el realismo costumbrista con un desenlace fantástico, pues el raptor es el diablo disfrazado de mascarita.
Otero Reiche registró como nadie todo lo concerniente al Carnaval cruceño. Desde la década de los años 30 hasta los 70, publicó comentarios, crónicas y poemas en la prensa de su tierra natal. En un artículo titulado Encuesta sobre el Carnaval (1939) se atrevió a pedir que las mujeres puedan disfrazarse, “porque ellas también tienen derecho a tirar una cana al aire”. ¡Vaya con este poeta feminista!
En el tomo V, volumen 2, de las Obras completas de Otero Reiche (págs. 645-928) encontrará el lector algo así como 50 artículos sobre el Carnaval cruceño que bien podrían ser editados en un libro monográfico sobre el tema. Lanzo el reto a ver si las comparsas unen sus esfuerzos para dar a conocer este aspecto de la amplia y rica obra del gran escritor boliviano nacido en las llanuras grigotanas. //Madrid, 15/02/2008.
Fuente: El Deber


Franz Tamayo, el insigne poeta boliviano

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Franz Tamayo, el insigne poeta boliviano
Por: Víctor Montoya

(Encuentre su Obra escogida en la B¡blioteca gratuita de ecdotica para su descarga)
Escribir una apretada síntesis sobre una de las figuras más descollantes de la literatura boliviana parece fácil, pero resulta una tarea difícil, debido a su personalidad polifacética y a la complejidad de su prolífica obra que, hasta el día de hoy, sigue siendo motivo de interpretaciones y controversias.
Sobre la vida y la obra de Franz Tamayo se han escrito libros, pero ninguno logra atraparlo en su verdadera dimensión, que es la de un genio alzándose como una cumbre en medio de la planicie intelectual de su medio, donde algunos lo consideran un simple mortal de carne y hueso, con virtudes y defectos; en tanto otros lo mantienen en un pedestal, convirtiéndolo en un mito y hasta en un tabú.
A tiempo de dedicarle estas líneas, quiero dejar constancia de que la obra de Tamayo es una de las joyas mejor pulidas en el cofre literario de un país que, a pesar de la desidia y los cercos de silencio que soportó durante siglos, aprendió a distinguir las luces de la genialidad en medio de las tinieblas. Asimismo, por razones didácticas y sentido común, he optado por dividir su trayectoria en tres facetas: la familia, el político y el poeta.
La familia
Franz Tamayo nació en la ciudad de La Paz el 28 de febrero de 1879 —en pleno conflicto internacional con Chile—, y murió en la misma ciudad el 29 de julio de 1956. Fue el primogénito del abogado, político y diplomático Isaac Tamayo Sanjinés, quien, después del desastre de la Guerra del Pacífico, partió rumbo a Europa con sus propios recursos, como lo haría años más tarde, estableciéndose en París con su familia durante la revolución federalista de 1899.
Según sus biógrafos, Isaac Tamayo Sanjinés sirvió al gobierno de Hilarión Daza y llegó a ser prefecto de La Paz y ministro de Hacienda del presidente conservador Aniceto Arce. Aunque fue un estudioso entroncado en el gamonalismo, tuvo certeros atisbos sobre el problema del indio, al que consideraba, a pesar de las corrientes racistas y antiindigenistas profesadas por las clases dominantes de la época, el núcleo fundamental de la nación boliviana. Su obra sociológica Habla Melgarejo (1914), firmada con el seudónimo Thajmara, explaya la tesis fundamental de que el tirano fue el producto de la sociedad boliviana, de todos sus vicios y no un hecho accidental.
Franz Tamayo asimiló desde su infancia las ideas y experiencias de su padre, el mismo que, consciente de la aguda inteligencia y la enorme capacidad asimilativa de su primogénito, le procuró una educación privada de humanidades, con asignaturas que incluían lecciones de piano, alemán, inglés y francés.
De su madre, doña Felicidad Solares, se sabe poco y lo poco que se sabe es que fue una mujer de sangre indígena y dedicada íntegramente a la crianza de sus siete hijos. Mas por el amor y la admiración con que Franz Tamayo se refiere a ella, se deduce que, a través de sus sentimientos maternales y hablándole en la dulce lengua de sus antepasados, le transmitió la sensibilidad para captar las vibraciones de la naturaleza, la belleza del paisaje altiplánico, la nobleza de una raza injustamente menospreciada por los colonialistas; pero, ante todo, con ella aprendió a sentir orgullo por su abolengo aymara y a no tener desdén por los valores culturales de sus ancestros. No en vano, en un furibundo documento de respuesta a Fernando Diez de Medina, apuntó: “Por la línea materna en mi raza y en mi sangre no hay birlochaje —muchacha proveniente del cruce de la chola y el criollo, y que ya cambió la pollera por el vestido occidental— (…). En mi madre por ningún lado aparece el mestizo, el híbrido ni la mula (…). En mis venas y gracias a mi madre, no hay una gota de birlochaje putrefacto”.1
La infancia de Franz Tamayo, que transcurrió entre la casa solariega de la ciudad y las propiedades rurales de su padre, estaba marcada por el amor de sus progenitores y la grata compañía de sus hermanos, con quienes compartía los juegos y las fantasías propias de su edad. En su adolescencia entró en contacto con las culturas, las lenguas y los escritores del Viejo Mundo. Uno de los que mejor supieron tocar sus fibras íntimas fue Víctor Hugo, cuyas obras leía en francés y con pasión inusitada.
Franz Tamayo retornó a Bolivia en 1904, pero se ausentó nuevamente gracias al sostén económico de su padre, quien lo mandó a estudiar en La Sorbona de París. En Londres conoció a la joven francesa Blanca Bouyon, con la que contrajo matrimonio sin el previo consentimiento paterno. Tras vivir un tiempo en Europa, la pareja se trasladó a Bolivia, donde convivió algunos años más, combinando el ambiente urbano con el rural, hasta que la unión se rompió de manera inevitable, debido, en parte, a desavenencias culturales. Las dos hijas del matrimonio, Blanca y Anita, fallecieron a temprana edad. El amor que Tamayo sentía por la francesa, según algunos, inspiró el célebre poema “Balada de Claribel”, una auténtica joya de la lírica hispanoamericana.
Tiempo después, al cumplir los treinta años de edad, Tamayo conoció a Luisa Galindo, una mujer de singular belleza y carácter afable, que le cautivó el corazón y le alivió el dolor sentimental de su matrimonio anterior. Y, a pesar de la oposición de su madre y sus hermanos, Tamayo, en una actitud que denotaba su rebeldía juvenil, formalizó su relación con Galindo, sin necesidad de acudir al registro civil ni a la iglesia católica. Así, y por varias décadas, empezaron a compartir los instantes más felices junto a sus hijos, pero también las adversidades que la actividad pública le deparó al insigne poeta y pensador fecundo, quien acabó siendo admirado por unos y criticado por otros, sobre todo por quienes en los corredores del poder político se declaraban sus adversarios ideológicos. Vivió en una casona de La Paz y en su hacienda de Yaurichambi —situada cerca del majestuoso Illampu y el lago Titicaca—, que adquirió en 1910 y donde creó gran parte de su producción literaria.
El político
De Franz Tamayo, personaje de tendencias liberales en la cultura y la política, se sabe que terminó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional Ayacucho de La Paz, que obtuvo su título de abogado en un examen de excepción rendido en la Universidad Mayor de San Andrés y que durante su estadía en Europa cursó estudios de filosofía, literatura y ciencias políticas, aparte de que aprendió el griego y el latín.
A partir de 1910, compaginó su vocación literaria con su participación activa en la política. Fundó, junto con otros jóvenes intelectuales, el Partido Radical en 1911, que tuvo existencia efímera por la falta de experiencia y solidez organizativa. Su pasión por los problemas nacionales y sus deseos de terminar con el “bandidismo gubernativo”, lo llevaron a desempeñar numerosas tareas en la administración pública: presidente de la Cámara de Diputados, delegado de Bolivia ante la Liga de las Naciones para presentar y debatir los reclamos marítimos, asesor jurídico del Ministro de Relaciones Exteriores y canciller de la República.
Tanto sus simpatizantes como sus adversarios lo recordaban siempre protagonizando memorables discusiones con el también poeta Ricardo Jaimes Freyre en el Parlamento y con otros representantes del Partido Republicano de Saavedra. Sus poses y su retórica, capaces de deleitar, persuadir y conmover, lo destacaban como a un orador consumado y polemista temible. Claro que detrás de la actitud del político estaban los conocimientos y la inteligencia de un hombre que supo ganarse el respeto a fuerza de medir sus argumentos con la mediocridad de sus contrincantes.
Franz Tamayo desarrolló una amplia labor como periodista. Fue fundador de El Fígaro (1913), El Hombre Libre (1917) y director del matutino El Diario. Asimismo, ejerció la cátedra de sociología en la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz y colaboró con varias publicaciones nacionales y con el Amauta del peruano José Carlos Mariátegui, entre otras.
El 11 de noviembre de 1934, en plena Guerra del Chaco, fue elegido presidente de Bolivia por imposición de Daniel Salamanca. Y si no asumió el cargo, a punto de ser investido, fue debido a un golpe militar que anuló la elección considerándola ilegítima. De todos modos, aquí surgen las preguntas obligadas: ¿qué hubiera hecho el poeta desde la silla presidencial? ¿Hubiera acabado con la oligarquía minero-feudal, que por entonces ostentaba el poder político y económico del país? ¿Hubiera proclamado la justicia social para los desposeídos? La incógnita de esa historia no se llegará a saber nunca, aunque por todos es conocido que Tamayo no fue pobre sino un señor. “Un gran señor feudal, dueño de haciendas y de indios”, como irónicamente lo definió Tristán Marof. Más todavía: “Tamayo fue un burgués liberal (…). Un señor de sombrero de copa, un conservador de los privilegios de su casta y de su país”.2
Franz Tamayo, a pesar de las críticas insensatas y los comentarios malintencionados, ha sido uno de los propulsores del nacionalismo boliviano que, años más tarde, se vio reflejado en la revolución de 1952; un proceso que impulsó la nacionalización de las minas, el voto universal y la reforma agraria, pero sin resolver plenamente las tareas democráticas burguesas pendientes.
El político en Tamayo se frustró mucho antes de que empezaran las reformas de la revolución nacionalista presidida por Víctor Paz Estenssoro. Nadie sabe exactamente cuáles fueron las causas que motivaron su alejamiento de la vida pública. Probablemente se debió a la desilusión que sintió por los políticos de turno o al fracaso en su intento por forjar un país con una visión que se extendía más allá de la mente chata de sus contemporáneos, quienes tenían la impresión de que Tamayo, acostumbrado a sentir el dolor metafísico ante los enigmas del mundo y sus asuntos, contemplaba la realidad montado sobre las nubes, como todo genio que no siempre encuentra la compresión entre el resto de los mortales.
La prueba de su genialidad aparece citada en el Diccionario de la literatura boliviana, donde se refiere la siguiente anécdota: “En 1954, el Departamento ‘This I’ Belive’, de una empresa norteamericana de revista y radio, invitó a un grupo selecto de intelectuales y científicos, entre ellos a Einstein y Tamayo, para explicar en forma sintética su pensamiento filosófico. Así, a comienzos de 1955, El Diario de La Paz registró en sus páginas este acontecimiento, relievando la participación de Tamayo. Frente a los hechos de entonces, exponía una concepción vitalista, manifestando que la inteligencia y la acción del hombre se perdían ‘en un mar de síntomas y detalles, en el fondo secundarios, pero por otra parte indispensables para la polémica conducción de la vida. Pocos se abstenían del vértigo de la luna’ —decía—, ‘porque abstenerse del todo es también imposible (el Apekhou griego). Pocos tienen la fuerza de alcanzar un plano superior al plano superficial en que todos vivimos y luchamos, y alcanzar un plano superior de mejor verdad y mayor realidad (una cosa triste: hasta en la verdad hay gradaciones)”.3
Apartado del compromiso político, y ante la necesidad de seguir transmitiendo su erudición a través de los versos, se recluyó en su casa vetusta y colonial de la calle Loayza y, como su padre, se entregó a la soledad, rechazando los compromisos sociales y el trato con la gente. Se cuenta que en las postrimerías de su vida, pasaba los días sólo en compañía de sus seres más allegados, dedicado a la meditación filosófica, a su quehacer literario y a tocar las notas de Chopin en el piano; un instrumento que amó desde niño y a través del cual aprendió a amar la música clásica.
Franz Tamayo, por mucho que haya muerto en la soledad, quedó para siempre en el corazón palpitante de un pueblo que, en honor a la verdad, sabe reconocer y defender a los hombres cuyas mentes iluminadas son el mayor orgullo de una nación en busca de su propio destino. Tamayo fue el poeta más grande de Bolivia, un defensor de la raza aymara, un estadista honesto y un ejemplo para las generaciones de ayer y de siempre. Su incursión en la política, casi en desmedro de su creación literaria, no impidió que su gran legado de intelectual trascendiera como una luz brillante en la tierra que tanto ocupó su tiempo y su talento.
El poeta
El modernismo en la poesía boliviana irrumpió con figuras como Manuel María Pinto, Ricardo Jaimes Freyre (con su ya famosa Castalia Bárbara), Gregorio Reynolds y, el mayor de todos, Franz Tamayo; una verdadera revelación que sacudió los cimientos de la versificación castellana junto a casos geniales como Rubén Darío y Leopoldo Lugones.
Los críticos aseveran que algunas de sus obras, aun perteneciendo al género dramático, se han analizado siempre como piezas líricas, debido a su gran carga poética tanto en la forma como en el contenido. De ahí que La Prometheida (1917), al lado de Scherzos (1932), Scopas (1939) y Epigramas griegos (1945), es una de las creaciones donde más resplandece el talento poético de Tamayo, no sólo porque representa una grandiosa tragedia humana, con personajes de la mitología grecorromana, sino también porque constituye una sinfonía lírica en la cual la musicalidad del idioma encuentra su más alta expresión, unida a una sinestesia, cuya imagen o sensación subjetiva, propia de un sentido, está determinada por otra sensación que afecta a un sentido diferente, como una suerte de disco cromático en el cual las palabras expresan la diversidad de los colores. “Tamayo pretende hablar con los sonidos de las palabras que emplea, y en ello estriba buena parte de su originalidad”. Por ejemplo, el canto de Melifrón “es de una armonía imitativa de tan certeros efectos que demuestra cómo se puede expresar, con el sonido de las palabras antes que con el sentido de éstas, largamente, la melancólica voz de un ruiseñor en el preciso momento en que va a producirse la muerte de la protagonista”.4
Así como su poesía destaca por la cadencia de las palabras y la armonía musical, destaca también por las transgresiones literarias y su deslumbrante dominio del idioma que le permite, además de desnudar su alma de manera sabia y profunda, ensayar nuevos giros idiomáticos y técnicas literarias sin precedentes.
Como todo hombre universal, con un vasto bagaje cultural y una hipersensibilidad a toda prueba, cultivó la mayoría de los géneros y en todos ellos fue innovador y creativo. Sus libros, escritos en verso y en prosa, abordan temas con un alto valor ético y estético. En ellos revela la fuerza de su inteligencia, su amplio conocimiento de las ciencias filosóficas y las artes en general. Algunos lo consideran el poeta boliviano por excelencia, mientras otros lo tratan como al vate iberoamericano digno de ser conocido, leído y difundido más allá de sus fronteras nacionales. Nadie pone en duda que fue supremo artífice del arte de versificar con la precisión de un orfebre.
El crítico literario Nicolás Fernández Naranjo, con respeto y admiración ante una obra y un autor de proyecciones universales, afirma en su comentario: “Tamayo es un poeta de extraordinaria dimensión artística. Su conocimiento de la lengua castellana asombra; nos deja atónitos su maestría y culto de la perfección. Formado en la escuela de Goethe, habría ‘preferido una revolución a un desorden’; no se hallan ripios, lugares comunes ni ‘rellenos’, ni tampoco prosaísmos en su obra poética (…). Los metros favoritos de Tamayo fueron el endecasílabo y el heptasílabo. Sus rimas son ricas, magistrales. Sensorialmente, era colorista: hay en sus versos derroche de sensaciones de color. Sentía atractivo y cultivaba a la perfección las figuras: las aliteraciones, las ‘derivaciones’, las onomatopeyas; en el retruécano no tiene rival; sus metáforas son igualmente ricas, inesperadas, asombrosas (…). Leyendo sus versos, se nota el trabajo de síntesis: sentía predilección por las fórmulas lapidarias, los pensamientos más densos expresados en pocas palabras”.5
Por otra parte, es preciso señalar que el poeta andino, aunque empapado de una sabiduría grecolatina, no dejó de rendirle homenaje a su ascendencia escribiendo, a veces con un dejo de melancolía y pesimismo, versos que reflejan el espíritu de los habitantes del kollasuyo y la geografía física de una nación enclavada entre las cumbres nevadas de la cordillera andina, sin acceso al litoral, rodeado de llanuras y de selvas.
Estaba convencido de que había una profundidad y grandeza en el espíritu aymara y en los enigmas telúricos del altiplano. Por eso mismo, con una dicción impecable y una intuición natural para el manejo del lenguaje figurativo, en su poesía elevó un canto sinfónico a las virtudes y costumbres de su raza, a las imponentes montañas, a las pampas yermas y, por último, a la belleza de un país mágico y secreto, que Tamayo supo interpretar por medio de su inteligencia innata y sus metáforas, como quien posee una personalidad prodigiosa que deja estelas por doquier.
Si bien es cierto que su búsqueda de un lenguaje efectivo, basado en las lenguas clásicas y modernas, lo convirtió en un innovador del arte poético, es cierto también que el manejo excesivo de un vocabulario rebuscado, lleno de neologismos y voces extrañas, lo convirtió en un poeta casi impenetrable para la mayoría de los lectores, pues, paradójicamente, siendo uno de los poetas bolivianos más renombrados, es uno de los menos leídos.
El hermetismo de Tamayo, de manera consciente o inconsciente, ha contribuido a que su poesía sea poco conocida en el continente americano y casi desconocida internacionalmente. Sus obras no han circulado debidamente, ni siquiera en las bibliotecas públicas ni académicas. Y, claro está, menos entre los lectores que por razones económicas no tienen acceso a la literatura en general, y menos aun a los libros de poesía; un género apreciado apenas por un reducido círculo de lectores acostumbrados a pasarse los libros de mano en mano, de reunión en reunión, de tertulia en tertulia.
Sin embargo, valga reconocer que la limitada difusión de la poesía de Tamayo obedece, por otro lado, a factores socioeconómicos, históricos e incluso geográficos. Según Mariano Baptista Gumucio, por citar un caso, el desconocimiento de Tamayo “tiene que ver con el encierro físico y espiritual en que se halla Bolivia y con el menosprecio que los poderes públicos y los empresarios del nuevo riquismo vacunado sólidamente contra cualquier expresión del espíritu, manifiestan hacia la cultura. Para las gentes obnubiladas con el nuevo becerro de oro del desarrollo bien poco importa que la obra de autores como Tamayo, sea divulgada en el exterior. Si no hay una sola reedición de sus libros de poemas y hasta ahora no se ha recopilado sus ensayos y artículos dispersos en diarios y revistas, ¿cómo podemos imaginar que se le conozca fuera del país?”.6
De sus trabajos en prosa es necesario citar Horacio y el arte lírico (1915), Proverbios sobre la vida, el arte y la ciencia (2 vols. 1905-1924) y, como no podía faltar, su polémica Creación de la pedagogía nacional (1910), conformada por una serie de 55 editoriales publicadas en El Diario de La Paz, y que, contrariamente a lo planteado por Alcides Arguedas en Pueblo enfermo, aborda con lucidez aspectos de la educación boliviana desde una perspectiva indigenista y nacional; se trata de un auténtico ensayo filosófico que, por su trascendencia y por el impacto que tuvo —y sigue teniendo—, merece un análisis profundo y una nota aparte.

Notas
1) Cita tomada de: Baptista Gumucio, Mariano: Yo fui el orgullo. Vida y pensamiento de Franz Tamayo, Ed. Los Amigos del Libro, La Paz-Cochabamba, 1983, p. 40.
2) Marof, Tristán: Ensayos y críticas, Ed. Juventud, La Paz, 1961, p. 161.
3) Cáceres Romero, Adolfo: Diccionario de la literatura boliviana, Ed. Los Amigos del Libro, La Paz-Cochabamba, 1997, p. 235.
4) Castañón Barrientos, Carlos: Literatura de Bolivia, Ediciones Signo, La Paz, 1990, p. 105.
5) Fernández Naranjo, Nicolás y Gómez de Fernández, Dora: Los géneros literarios, Ed. Juventud, La Paz, 1973, p. 80.
6) Baptista Gumucio, Mariano: Yo fui el orgullo. Vida y pensamiento de Franz Tamayo, Ed. Los Amigos del Libro, Cochabamba-La Paz, 1983, pp. 21-22.
Fuente: www.letralia.com


Entrevista a Gonzalo Lema

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Gonzalo Lema, tras Su obra número 14
Por: Catalina Aparicio

Con ya trece obras publicadas, entre ellas cuentos y novelas, Gonzalo Lema, el escritor tarijeño, quien reside en Cochabamba, va en busca de su obra número 14.
Lema comenzó su carrera de escritor desde muy temprana edad, a sus 15 años ya había comenzado a escribir y a los 17 publicó su primera obra, un libro de cuentos llamado Nos conocimos amando.
A sus 49 años no se cansa de la tinta y el papel, por lo que admite tener una maquina de escribir en el, que es inagotable y por ello no dejará de crear futuras obras.
Independiente de su rol en la política, Lema dice ser, primero que nada, escritor y actualmente se está dedicando a la creación de su nueva obra, la cual publicara cuando sus más recientes libros circulen entre la población, pero dejemos que él nos cuente un poco de esto y de un poco de su universo relacionado con la literatura y poco de su vida.
Desde cuentos policiales hasta novelas del fútbol, Gonzalo Lema, escritor tarijeño, no se cansa de crear obras y a pesar de su actual ocupada agenda política, se hace un tiempo para una de sus grandes pasiones, que es, la literatura, ya que antes de nada, se define como un escritor.
Actualmente se encuentra escribiendo su obra número catorce y nos habla un poco de ella, al igual que nos comenta un poco de su vida en general y sus maneras de pensar.
L.T.- ¿Háblenos de su nueva producción?
G.L.-Ahora estoy escribiendo un libro de cuentos policiales, son historias progresivas, sucesivas. Mis cuentos policiales los escribo con el mismo personaje, que es Santiago Blanco, quien es un personaje que tiene mi edad, yo lo he querido crear así Son cuentos que siguen, son continuos.
L.T.- ¿Alguno de sus personajes son reales o todos son ficticios?
G.L.- Cuando el escritor formula un mundo verbal, lo que le sucede en ese proceso es que esta decodificando la realidad, él esta diseminado en varios, es por eso que muy rara vez se siente la tentación de copiar de principio a fin a alguien. Hasta el intento de calcar a alguien, creo que es prácticamente imposible, porque con seguridad el escritor lo va a distorsionar.
L.T.- ¿Cuándo planea publicarla?
G.L-Yo quiero que circulen primero mis libros, quisiera que salga la segunda edición de Ahora que es entonces, también Nos conocimos amando y Anota que soy un hombre, en una segunda edición pero juntos. Y cuando ya circulen y circulen estos libros en el tiempo, ahí recién me pondré a pensar en cuándo publicar esta última obra.
L.T.- Cuándo comienza alguna obra, ¿se pone meta de tiempo para finalizarla?
G.L.-Yo escribo a salto de mata, un poco apurado más o menos, por los trabajos que me han tocado realizar, pero el tiempo para una novela hasta ahora ha sido de dos años, pero nunca las he publicado de manera inmediata, siempre ha tenido que pasar un mínimo de cinco a seis años para que un libro mío se publique.
L.T.- ¿Alguna obra le ha costado más?
G.L.-”La vida me duele sin vos”, que no me costó, sino que me encantó, entonces me la hacia durar, esa la escribí como en nueve años creo, pasé de una etapa de mi vida a la otra escribiendo esta novela… me encantaba, la manera en como está escrita, una belleza, hay capítulos largos, cortos, todo tipo de tiempos, primera, segunda, tercera persona, tiene crucigramas, me gusta, sinceramente he sido feliz escribiendo esta novela.
L.T.- ¿Cómo empezó la creación de esa novela?
Con la primera frase, con el arranque del libro “…tu eres un hombre que duele a la gente…”, esa fue la frase detonante, ahí me di cuenta de que en mis manos ya tenia material para una novela. Definidamente esa fue la obra que más me gustó y disfruté.
L.T.- ¿Tiene alguna obra favorita?
G.L.-Tengo un conjunto que por extraña razón se me han ido quedando más, porque les debo cosas. Por ejemplo “La huella es el olvido”, porque está en la tercera edición y porque me abrió la puertas a todo un mundo. Comenzaron a llamarme presidentes de Bolivia, ex presidentes, el presidente, candidatos y bueno así comenzó a conocerme la gente, realmente me abrió las puertas ese libro, es importante.
Luego, “La vida me duele sin vos”, que fue el Premio Nacional de Novela, ese libro me gustó mucho escribir, al igual que “Contra nadie en la batalla”, que es el libro que se publicó el año pasado, que creo que es el más intenso de todos mis libros, el más fuerte sin duda.
Estos tres libros han sido clave ya que me han impulsado hacia adelante.
L.T.- ¿Tiene algún autor favorito, nacional o extranjero?
G.L.-Por temporadas, en una época fueron los bolivianos, que era cuando yo estaba en el colegio, autores como Céspedes y Nataniel Aguirre. Y bueno, en mi primera etapa sólo fueron libros nacionales pero creo que fue muy inteligente de parte de mi mamá también…
L.T.- ¿Ella le inculcó la lectura?
G.L.-Claro, ella me iba entregando libros cada vez de ellos y así me aproximó a esos autores bolivianos, como Jesús Lara, y eso que hizo mi madre fue muy importante.
Y bueno ya casi saliendo de bachiller, comencé a leer a los autores extranjeros, curiosamente salté a Borges, yo no sé cómo me llegó la obra completa de Borges y a mis 17 años la leí, la devoré. En Australia comencé a leer a Cortazar, por pura casualidad; un chileno, me mostró el camino hacia Cortazar y uno que otro libro de Vargas Llosa, en fin, vuelvo de Australia, yo tenía 22 años y Vargas Llosa, García Márquez… el ¡boom!, Carlos Fuentes, Roa Bastos… que bella época para mí, porque los descubrí a todos y claro, leía alguno de ellos y cada uno tenia 15 a 20 libros, entonces para mí no se acaba nunca esa felicidad, que cosa más bella.
L.T.- ¿Hasta ahí llegó?
G.L.-No. Yo ya fui ampliando las fronteras, fui conociendo otros autores y aquello me fue modificando de ciertos hitos literarios que tenia, me fue arrastrando, transfiriendo, yo busqué aquello, amplié mis horizontes, dejar de releer y comenzar a leer y leer más.
Pero si yo tuviera que hacer una columna con mis autores favoritos pondría lo mucho que me gusta Cortazar, la sabiduría de Borges, me gusta Juan Marsé el que escribió “Últimas tardes con Teresa”, las novelas policiales de Raymond Chandler o de Vázquez Montalbán
L.T.- ¿Alguna vez alguien le dijo que no siguiera el camino de escritor?
G.L.-No, nunca, a mi todo el mundo me alentó. He sido muy mimado aquí en Cochabamba y Bolivia en general. Yo era un tipo un muy pobre y mi familia no estaba articulada socialmente, quedó destrozada después del golpe del 64´, pero yo he tenido mucha suerte en Bolivia… un mimo extraordinario, yo lo noto, siempre me han hecho un campo especial en el país. Ya desde hace mucho años, yo llego a Tarija, Pando, Potosí y la gente se me acerca y me reconocen. El otro día unos albañiles en bicicleta gritaban “Gonzalo Lema” y me saludaban, en las chicherías, donde íbamos a comer charque y ser felices, la gente se me acercaba diciendo “¿Gonzalito Lema, cuando vas a sacar otra best seller?”. Realmente he tenido la fortuna de estar rodeado de gente grande y buena, como Walter Guevara Arce, que fue Presidente de Bolivia, jugábamos ajedrez en las tarde y el me esperaba diciendo “ya llega mi cordero”. He tenido amistad con Víctor Paz, el me ha llevado a su casa, me a alojado en su casa dos veces, me llamaba en mis cumpleaños, unos tres o cuatro años hemos sido amigos. Jaime Paz ha venido a esta casa y hasta se ha quedado a dormir mi amigo, yo hasta tengo un cuarto en su casa allá en Tarjita en el Picacho. También he conocido a Juan Lechín, hemos visto juntos las eliminatorias del 93, nos íbamos a tomar café. He conocido a Tuto Quiroga, siempre ha venido aquí, a Samuel Doria Medina, el ¡Evo! me llama casi siempre… una bellaza, todo eso me ha llevado a la Corte Electoral y si yo llegue ahí fue por ser escritor.
L.T.- ¿Se siente una persona afortunada?
G.L.- Mimadísimo, realmente me siento afortunado. He sido bachiller en música, toco guitarra, he sido baletista, he estado un ballet neoclásico, viaje al Estados Unidos con el ballet, éramos ocho hombres y 12 mujeres, pero bueno eso se acabó a los 17 años, pero después me puse a jugar fútbol… realmente yo no debería quejarme por nada, hasta he sido candidato a la alcandía y no sabes lo duro que es ser un candidato.
L.T.- ¿Cómo ve a la literatura en su vida?
G.L.-La literatura dio un paso, me llevó a la Corte Electoral y ahí di otro paso, la literatura volvió a dar otro paso, me fui a La Paz, entonces viene la candidatura y es otro paso, nuevamente mis libros otro paso… entonces he andado en base a dos zancos, un zanco eterno la literatura obviamente y otro zanco la Corte Electoral, la política, pero la literatura es la me hace ir pasos adelante.
L.T.- ¿Cómo se definiría usted?
G.L.- Por supuesto yo soy escritor, yo me defino como escritor, mi ética, mi código moral, mi percepción de la realidad proviene netamente de la literatura, no estoy formado políticamente por un partido, sino que por los libros y las amistades.
L.T.- ¿Y con que parte se queda? ¿Literatura o política?
G.L.- Yo creo que con la literatura no más, en todo caso ya tengo un camino más que avanzado. Debo ser de los escritores con más producción en Bolivia, al menos de mi generación, de la anterior y de la siguiente… y no creo que me alcancen (risas), no creo, ya que tengo una máquina de escribir dentro de mí que es ¡inagotable!
L.T.- ¿No piensa dejar de escribir?
G.L.- ¡No! Jamás, porque mis ganas de escribir son inagotables, de verdad, además que no padezco de dificultades en la escritura, todo lo contrario y tengo llegada en la gente, lo que es importante. En Paraguay hay un libro mío “Anota que soy un hombre”, que es un texto de la universidad, en Colombia “La vida me duele sin vos” y “Ahora que es entonces”, en Estados Unidos están toditos mis libros, en el sistema de bibliotecas informatizadas.
L.T.- ¿Qué piensa de la cultura literaria de los bolivianos? ¿Qué tipo de libros están leyendo?
G.L.- En general pienso que se lee mucho más ahora al autor nacional, por la influencia de los colegio y las universidades. El público adulto lee con reticencia, seleccionando y lee mucho más literatura extranjera… ¡hace bien! Tiene que ser más selectivo, y si leen autores nacionales lo hacen muy pero muy selectivamente, porque no leen a todos.
L.T.- ¿Piensa que se lee más en Bolivia últimamente?
G.L.- Sí, se lee mucho más, yo en meses tengo que sacar segundas ediciones, sí, se lee más, está mucho más organizado el sistema libresco, sin haber llegado a nada óptimo, pero está más organizado el sistema librería-lector-escritor y la verdad es que los colegios y universidades están jugando un rol muy importante.
L.T.- ¿Su familia lee?
G.L.- Claro, aquí mis dos hijos van a terminar siendo intelectuales, el mayor es una máquina para leer, ahora estaba leyendo un libro de Alejo Carpentier, un libro gruesote, bueno él responde a un listado de libros que yo le hago, por que él me lo pide obviamente. Pero desde sus diez años más o menos leen y han ido leyendo como debe ser, o sea en orden.
L.T.- ¿Cómo cree que terminará su carrera?
G.L.- Yo he escrito varios artículos, en el diario Los Tiempos más que todo, y yo creo que voy a terminar mi vida publicando un libro de todos mis artículos, eso lo tengo claro, ya que mis artículos van a dar para escribir un libro. El año pasado no escribí muchos artículos, pero en 2006 creo que escribí 18, uno por semana más o menos.
Circulan bien esos artículos, los he visto publicados en La Paz, en Pulso, en el correo, en Sucre, en Los Tiempos, se leen en Internet también, en fin, han sido varios y todavía planeo escribir de tiempo en tiempo.
Como te digo son inagotables mis ganas de escribir…
Fuente: Los Tiempos


La estética suburbana de la sordidez

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La estética suburbana de la sordidez
Por: Daniela Renjel Encinas *

(Breves análisis de dos conocidas obras nacionales permiten a la autora sustentar una interesante tesis sobre un “intergénero” que parte de la llamada novela negra).
Tal vez sea mi afán docente el que me lleva a buscar entradas distintas para presentar la literatura, especialmente la boliviana, a jóvenes que, como casi todos, determinan que un libro es bueno cuando la historia simplemente les interesa. Un libro malo es aquel aburrido o aquel que no se entiende, lo que lo hace inmediatamente aburrido. No es un misterio que el comprender es la clave para una lectura reflexiva y productiva. La cuestión surge al momento de proponer un canon posible para aquellos que probablemente no vayan a enfrentarse a un texto literario respetable en los siguientes años. No obstante, con todo el esfuerzo que esto implica, el lado amable de estar al otro lado de las sillas está en esa misma posibilidad de proponer qué y cómo podrían abordarse obras que, por algún motivo, se han hecho importantes dentro de la narrativa boliviana contemporánea.
De más está enfatizar en la abolición del concepto “género” en literatura. Sin embargo, cuando se trata de mostrar a los estudiantes qué hace a un libro ser lo que es, o qué le falta para llegar a ser lo que bien podría ser, hay que empezar por algún lado, es decir, limitando el terreno para luego cruzarlo, o lo que es mejor, habitar el propio límite. En ese sentido, encuentro dos novelas que se prestan perfectamente como ejemplo de lo que propongo. American Visa de Juan de Recacoechea y La tumba infecunda de René Bascopé Aspiazu. Se ha circunscrito a la obra de Recacoechea, y con demasiada ligereza, al ámbito del género negro. Este rótulo aparece en la misma contratapa del libro.
Entonces, lo primero que cabría preguntarse para avalar la calidad de la obra es ver qué hace el autor en su obra con el género, y aquí un primer problema, porque resulta que son tantas y tan variadas las definiciones de lo “negro” que éste iría desde la persecución de criminales por policías, hasta la novela psicológica, el thriller, la crítica social, etc. Por lo tanto, si la misma definición de lo “negro” está en cuestión, es demasiado fácil pensar a American Visa como representante del género sólo porque encontremos aspectos que no están exentos en otro tipo de literatura.
El crimen que se comete no es el detonador del argumento, es un accidente. Los policías no pretenden atrapar al asesino, tal vez incluso le agradecen haber matado al delincuente. El final es más bien feliz, hay redención, posibilidad de otra vida, de otro comienzo y de paso encuentra un amor sincero con Blanca, la ahora ex prostituta. Finalmente, si bien puede haber suspenso, una forma de manifestación de rechazo a la realidad social o de crítica, éstos —reitero— son factores compartidos por gran parte de la literatura. Lo que quedaría pendiente, ya que parece haberse circunscrito a eso al género negro, es el tema del estilo, de la mirada de la realidad, la creación de la sordidez, del ambiente, de la atmósfera, y es ese espacio que sugiere algo nuevo.
Mario, el profesor orureño que llega a La Paz en busca de la visa que le permitiría reunirse con su hijo, al cual no ve desde hace años, se autodefine como un hombre frustrado, apabullado por la realidad que “no se esfuma”; un “loser”, en una palabra: “La sola idea de pensar en el viaje enterró esa crónica depresión que acompañó toda mi existencia de adulto, esa sensación de inutilidad que hacía que todos mis actos parecieran estériles. Volvía a estar atrapado en una red de dudas e indecisiones (…) La suerte era una moneda que yo echaba siempre al revés, no tenía remedio, era mi karma y no podría cambiarla”.
En estas palabras hay al menos un esbozo de existencialismo, de la soledad y fatuidad de las cosas, de esa tendencia a ver inútiles los esfuerzos, la imposibilidad y la desesperanza en todo. Sin embargo, este pesimismo existencial del cual habla el personaje es constantemente traicionado por el humor con el cual ve la vida y sus circunstancias. Entonces, la construcción de pesimismo, de atmósferas desesperanzadas, de inutilidad de los actos y la vida es parcial, ya que está en el discurso, pero no en los hechos; está en los antros y en los suburbios, pero no en su mirada, que no deja de hacer comparaciones humorísticas y generar metáforas irrisorias, o que al menos pretenden serlo, ante todo lo que ve. Es por eso que American Visa no puede ser una novela negra, sino algo que está entre la novela negra —en su acepción más amplia; es decir, la que comprende suspenso, acción, crítica social, etc.— y entre la novela urbana postmoderna. Es decir, un intergénero que yo llamaría estética suburbana de la sordidez.
Este tipo de construcción está igualmente presente, a través de otra entrada, en La tumba infecunda. A simple vista podría decirse que la narración respondería a un realismo mágico; es decir, “hay hechos de la realidad cotidiana combinándose con el mundo irreal, fantástico del autor, con un final inesperado o ambiguo. Además, escenarios americanos: en mayoría ubicados en los niveles más duros y crudos de la sociedad o que más reflejan el primitivismo cultural”, según nos recuerda el diccionario, así como la presencia de lo mítico y la superstición, entre otros. De tal suerte que por un lado tenemos todo lo maravilloso, irreal e inexplicable, como ser la presencia y duración del cometa, el aviso de la proximidad de la muerte mediante el gemido de animales muertos o cosas inanimadas, los poderes del feto etc., pero por el otro estamos frente a un existencialismo manifiesto que por momentos colinda con cierta estética del mal y que es posible gracias al tratamiento que Bascopé da a la ciudad. Ésta no es sólo el escenario de los hechos, sino la condición de los mismos.
De ahí la necesidad del Mayor Belmonte de “buscar los lugares umbríos de la ciudad, solamente para tratar de entender qué era en realidad, más allá del regazo de esas almas inocentes y tumultuosas que le habían acogido todos los últimos años”. Y es eso lo que hace, conocer una versión de la ciudad, la marginal, la lumpérica, la extraoficial. Los prostíbulos y los artilleros como una libre elección de vida, constituyen la esfera suburbana que es el principal escenario de la narración, con toda su miseria, relegación y desconocimiento.
“Ya como es imposible mirar el mar desde un cuarto cerrado en el centro de una isla, es también imposible comprender el significado de esa otra vida si no se vive ésta orillando siempre la muerte”. Grandes filósofos, los miserables. Eligen la vida que está en el exceso, el exceso es el mal. Lo que el libro hace es contar maravillosamente ese desasosiego, ese vacío, esa mirada pesimista que sólo puede consolidarse en la ciudad, porque ésta es el vacío, el hueco.
Seguramente son muchas las obras que podrían alinearse en la estética suburbana de la sordidez, que como vemos no puede hacer más que contactar espacios, rozar escenarios donde convergen todo tipo de actores, habitando siempre un lugar “entre” aquello que ahora se borra por añejo, y que no necesariamente se constriñe a lo grotesco. Tal es el destino de la literatura, parece. Desmarcarse de los géneros, y llamar Libro al libro, como diría Borda. Aunque me pregunto si esta erradicación genérica no es más que una transformación de los mismos géneros que responde al tiempo y sus exigencias, y más en el caso de la novela que desde siempre ha permitido y promovido transgresiones al interior de sí misma. Vaya paradoja, en todo caso. Como sea, sin camino no se va a ninguna parte, y considero que estos atajos no estorban al momento de nombrar.
* Literata y docente


Raza de Bronce en la Biblioteca Gratuita

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Raza de Bronce de Alcides Arguedas
Alcides Arguedas (1879 - 1946) LA DUALIDAD BLANCO/INDIO que sostiene a la primera novela [Alcides Arguedas, Wuata Wuara (1904)], da paso a una visión mucho más compleja del problema racial [en Raza de bronce (1919)], en el que los mestizos se hacen pasar por blancos por cuestiones de oportunismo social, poniendo así en duda nociones ontologizantes de la identidad. El problema racial es también provisto de un contexto histórico, en el que el origen de los abusos se remonta a los años en el poder del caudillo cholo Mariano Melgarejo (1864-1871). El enfrentamiento entre criollos-mestizos e indígenas, en una estructura melodramática de oposición maniquea entre el vicio y la virtud, no se resuelve en el supuesto triunfo de la virtud. La concepción lineal de la historia, en la que se pasa de un período tradicional a uno moderno, se transforma en una visión cíclica del retorno de lo reprimido (la rebelión indígena) en la constitución del proyecto hegemónico nacional.
José Edmundo Paz-Soldán




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