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Indagando en la poesía de Santa Cruz de la Sierra (Bolivia)

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Vieja sobreviviente: Poesía
Por: Darwin Pinto

En una lucha ya de varios siglos, la poesía tiene sus propias victorias y derrotas en todas partes del mundo y también aquí [Bolivia].
En 2000, la Unesco proclamó al 21 de marzo como el Día Mundial de la Poesía, con la finalidad de fomentar el apoyo a los poetas jóvenes, volver al encantamiento de la oralidad, restablecer el diálogo entre la poesía y las demás artes y recordar que la convivencia y el diálogo entre las diversas culturas están en la base de las poesías del mundo. A propósito de la fecha, este año, el presidente de la Unesco (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, por sus siglas en inglés), Koichiro Matsuura, dio un discurso en homenaje a la fecha (ver recuadro inferior derecho).
Aprovechando esa fecha, mandamos una sonda al “espacio” editorial, comercial y creativo de la poesía en Santa Cruz y el resultado fue que sigue siendo el género menos vendido en las librerías y el menos producido por las dos principales editoriales de la ciudad. Pero en materia de creación y actividades de poetas tribales o lobos esteparios, su cultivo sigue siendo fuerte en la ciudad de los anillos. Pero vamos por partes…
LIBRERÍAS Y EDITORIALES
En la librería Ateneo, la poesía es el género que menos se vende. De cada 100 libros comprados (la gran mayoría novelas o ensayos), menos de 30 son de poemas. El autor nacional que más se comercializa es Gringo Bendeck y los internacionales son varios, a decir de Juan Carlos Vargas, vendedor en el lugar.
En la librería Cunumi Letrao, la situación para la poesía es peor. Del total de libros vendidos, sólo entre un 5 y 10% corresponden al verso. A eso hay que agregar que quienes compran poesía son gente adulta, o sea, la juventud prefiere otras cosas. Los autores nacionales más vendidos en esa librería son Pedro Shimose y Óscar Gutiérrez, y el internacional es Borges, afirma Katerine Solíz.
En Lewilibros sólo un 5% de las ventas son obras poéticas. La mayoría son libros de los autores nacionales Homero Carvalho y Gary Daher Canedo, y en el caso de los extranjeros, el favorito es Becquer. “Es raro que la juventud no lea poesía, pese a que hay buenos autores jóvenes como Ema Villazón. En los colegios deberían inducir más a la lectura porque ayuda a la memoria e inculca valores”, indica Gabriela Lewi.
Y las malas noticias para el género no acaban ahí. Hasta hace dos años, el 40% de la producción de editorial El País era de poesía, pero en la actualidad ha disminuido al 10%, pese a tener títulos de Pedro Shimose, Claudia Peña o Reymi Ferreira, según afirma el directivo de esta editorial, Ricardo Serrano.
A su vez, Édgar Lora, de la editorial La Hoguera, señala que de los 86 libros que tiene a la fecha en catálogos, sólo 10 son de poesía, lo que equivale al 11,6% de la publicación en general.
POETAS
Pero ¿qué dicen los poetas sobre este bajo interés por este tipo de lectura?
“Quisiera pensar que la gente lee poesía en otros medios y no sólo en libros. Pareciera que mientras más grande es un libro, como las novelas, eso lo hace más vendible, a diferencia de libros de versos que usualmente son más pequeños y económicos”, expresa Ema Villazón, ganadora del Premio de Noveles Escritores-Poesía, que organizó la Cámara Departamental del Libro y Petrobras en 2007.
Para el poeta y narrador Homero Carvalho, el que haya poca venta de libros de poemas es toda una paradoja porque casi todas las personas, incluyendo a narradores, han escrito un poema alguna vez en su niñez o adolescencia.
“De chicos o de estudiantes casi todos hemos hecho poesía o lo que uno creía que lo era. La mayoría de los narradores empezaron haciendo versos y después se dirigieron en otros caminos. En mi caso empecé con poética, luego me fui hacia el cuento y la novela, y he vuelto al poema. A la gente pareciera que no le interesa reflexionar, parece que sólo quisieran leer algo que les divierta en el momento, como es el caso de algunas novelas. Me parece que por eso evitan los ejercicios reflexivos que le sugiere la poesía”, dijo Carvalho.
Por otro lado, Alfredo Rodríguez es un poeta que tiene un programa de radio dedicado al género y en el que celebró el domingo pasado (en radio Clásica) el Día Internacional de la Poesía. Allí hizo un recorrido de los clásicos españoles, pasando los latinoamericanos, los bolivianos de todos los tiempos y los contemporáneos cruceños. Para él, es posible que en términos comerciales no se consuma mucha poesía en comparación con otros géneros, pero en la poca producción que hay se compilan trabajos de varios poetas. “Hay círculos de vates que se reúnen; para mi programa hay varios que mandan sus trabajos, quieren ser leídos, escuchados; hay algunos, como Gustavo Rivero, que le ponen música a versos importantes en las letras cruceñas como algunos escritos de Cañoto”, comenta.
“Me parece injusto evaluar el tema desde las compras en las librerías, pues hay tantos factores que inciden en ese tema (desde lo económico, hasta la falta de difusión), pero percibo que se escribe bastante, que hay muchas voces nuevas, que incluso toman las paredes para darse a la luz, o buscan publicarse de manera colectiva y por cuenta propia, como ocurrió con la Breve Poesía Cruceña II, que incluyó a 52 autores, o el libro de la Expoética 2006 (28 autores).
Estos vates tienen sus espacios, hay colectivos o cofradías en los que se encuentran, como Literae, Ilustres Desconocidos y Tres al Hilo, para intercambiar sus creaciones. También hay publicaciones alternativas, como los fanzines Rostros o La Pirata, que circulan por las plazas y universidades con poemas, especialmente de voces femeninas”, afirmó.
Así las cosas, se produce pero no se consume poesía.
Habrá que ver la forma en la que se equilibren ambas cosas para bien del lector, que a veces se encuentra con malos escritos, o del escritor, que no halla la manera de hacerse oír.
Poética activa en un mundo triste
Los temas de la poesía no sólo se encuentran encerrados en libros que datan de hace 300 años, ni andan nomás flotando en el universo virtual de la Internet o de boca en boca o mano en mano en los grupos de poetas que se reúnen para competir quién es el más creativo o quién tiene el ego más grande…
La poesía está en el aire y tiene pescadores siguiéndola con el arpón de su ingenio en alto, como si se tratara de ir a la caza de Moby Dick, la gran ballena blanca.
Alfredo Rodríguez, cultor del género, afirma que su trabajo se enfoca en una poesía urbana que retrata los cotidianos problemas de la gente, los temas de coyuntura que afectan al conjunto de los bolivianos, que emanan de lo que dicen las autoridades (y que generan opinión entre las personas) o que emergen de las calles.
Para Ema Villazón, la poesía en el mundo actual ha vuelto sus ojos, en algunos casos, a la guerra de medioriente o a la búsqueda de la identidad del ser que se halla dando tumbos en medio de movimientos políticos, sociológicos y socioeconómicos.
Agrega, además, que hay nuevas propuestas estéticas dentro de las formas de hacer este tipo de bella arte, entre las cuales destacan los escritos que ya no se limitan a una sola lengua, sino que conjugan incluso hasta más de dos. En cuanto a su poesía personal, Villazón afirma que sus temas son el paso del tiempo, la identidad o el cómo enfrentarse a sí mismo día a día cuando hoy uno ya no es el mismo que el que era ayer.
En el caso de Homero Carvalho, el creador beniano que ha transitado por varios géneros literario, confiesa que sus trabajos son monotemáticos pero de largo aliento. “Trabajo en los grandes temas de la poesía a los que se refería Borges, como el amor, la muerte, la soledad o los mitos históricos. Me agrada emprender proyectos literarios de largo aliento en los que me enfoco en un solo tema, pero agarro otros para explotarlos”, afirmó.
Para el joven poeta Jesús González Verdún, los temas del mundo son los mismos que los de los individuos, aunque no lo parezcan. “En esas reflexiones íntimas tratamos de hallar las respuestas que no nos da ni el sentido común (desgastado por la rutina) ni la tecnología (que es una cosa viva pero no humana). Somos ciegos en un mundo que ya no es nuestro”, dice.

El idioma es la materia prima del verso
Koichiro Matsuura | Director general de la Unesco

Diversa y movediza, la poesía lleva en sí la imagen del presente. Nunca se petrifica: es un ámbito en el que la relación con el mundo y con el sentido, con la cultura y con el lenguaje, se formulan una y otra vez con nuevas palabras.

Cada año, el Día Mundial de la Poesía (DMP) abre un espacio de diálogo y reflexión para afrontar una situación de marginalidad con la que intentan luchar múltiples manifestaciones, ferias y fiestas de la poesía.
El año 2008 reviste un significado especial para la poesía, pues las Naciones Unidas lo han proclamado Año Internacional de los Idiomas. Ahora bien, el idioma es la materia misma de la poesía, la sustancia con la que se componen los poemas. De manera que a los poetas este año les brinda la ocasión de meditar y operar sobre la extraordinaria riqueza que la diversidad lingüística representa para su labor artística.
Los idiomas constituyen una parte esencial del patrimonio vivo de la humanidad.
Sin embargo, más de la mitad de las aproximadamente 6.700 lenguas que se hablan en el mundo corre el riesgo de desaparecer y se calcula que el 96 por ciento de ellas sólo las habla el cuatro por ciento de la población mundial.

La acción de la Unesco acompaña y apoya a los esfuerzos de cuantos laboran para salvaguardar y proteger nuestro patrimonio cultural. Esos esfuerzos sólo darán fruto si se insertan en el marco de una acción internacional mancomunada, en la cual los poetas dispondrán del sitio que les corresponde por derecho propio
Quiero invitar a la comunidad letrada a movilizarse durante 2008 en pro de amparar la poesía en todas sus formas y en todos los idiomas y, de manera muy especial, en las lenguas en peligro de extinción para que nuestros hijos puedan conocer otras formas de manifestación oral y escrita más allá de sólo las actuales lenguas dominantes.

Fuente: http://www.eldeber.com.bo/brujula/2008-03-29/nota.php?id=080328202624

Artículo de Claudio Ferrufino-Coqueugniot

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Libros de memorias Evocación
Por: Claudio Ferrufino-Coqueugniot

A naïs Nin escribió una obra monumental, su famoso Diario que admiró Henry Miller, y por el que desfilan el mismo Miller, Gore Vidal, Lawrence Durrell y tantos otros. Obra de peso, y no la exclusivamente reveladora de la vida de los artistas de París en la década del 30, el Diario se mantiene como lectura obligatoria para aquellos interesados en las autobiografías.
En distinto nivel, porque fue la creación de un artista solitario, y porque el autor se preocupa de temas anexos a lo que podría ser sólo la descripción de su vida, no tan rica ni tan experimentada como la de Nin, los Diarios de Franz Kafka son una introspección donde se busca a sí mismo como hombre, como judío, como escritor. Sus anotaciones en muchos casos son de carácter filosófico y alejan estos textos de lo que comúnmente llamaríamos ‘memorias’, escritos que adrede apuntan a describir la existencia de quien escribe en una cronología específica.
Otro judío alemán cuyas memorias afirmaron mi gusto por Europa central fue Stefan Zweig. El mundo de ayer es un notable y melancólico paso antes de la debacle del nazismo. Zweig guía por una Austria que se desmorona históricamente, pero que es fértil y cultivada entre una intelectualidad de excepción.
Mucho tiempo ha pasado desde que leí aquel libro, en edición argentina, en los estantes de casa, sentado sobre los mosaicos fríos del pasillo, mosaicos que, con el tiempo supe, cuando me hice obrero de una marmolera local, se hacían con restos de mármol y granito picados, amalgamados en arcilla coloreada a gusto y pulidos en grandes máquinas que les daban precioso brillo.
Narraciones de labor aparte, hablábamos del papel guía de Stefan Zweig por una Austria agonizante. Joseph Roth, autor también judío que sintió el colapso del imperio austro-húngaro como colapso propio, toca la misma temática que Zweig en su novelística. El arte en general, muy rico en la región, sintió el estertor y luego el derrumbe. No otra cosa son los angustiosos modelos de Schiele, los parcos demonios de Von Stuck, los oros de Klimt, los dibujos inverosímiles del autor/pintor Alfred Kubin que presagian un próximo Armagedón y la inutilidad humana de impedirlo.
El húngaro Arthur Koestler hizo de la autobiografía un género popular. Lo ayudó la época de grandes cambios ideológicos, el advenimiento del comunismo, del nazismo, la guerra mundial, la Guerra Civil Española. Lo que hizo de su obra literatura de aceptación masiva vino quizá de su origen periodístico y de que Koestler se apropia de los temores, por lo general fundados, de la gente en épocas de cambio que habrían de decidir el futuro curso de la historia.
Apuesta por el comunismo y se desencanta; desenmascara a los regímenes dominantes de entonces en Europa: Alemania hitleriana y Rusia soviética y opta por el hombre, circunstancia que trasladada al campo político se transformaría en la aceptación de la democracia representativa (Inglaterra, Estados Unidos) como única opción aceptable.
Cuando Arthur Koestler, en su biografía en cinco tomos, comienza a inclinarse hacia allí, la calidad literaria de su obra (hablo de La escritura invisible) merma. Es superior al principio. En Euforia y utopía es todavía el viajero impenitente y crítico cuyas descripciones son plenas de sabor: Georgia, los revolucionarios del Cáucaso, el vino blanco regional…
Koestler es quizá el último autor del siglo XX que hace de las memorias un objeto de consumo. Cierto que hay escritores populares, hablemos de Paul Theroux, pero su obra es más literatura de viaje que memoria, parecido a Richard Francis Burton, Pierre Loti o al contemporáneo Kapuszinski. Será que la esencia del hombre se arrumba (herrumbra) en el diván del olvido y no hay comparación, por citar un caso concreto y conocido, entre la autobiografía de Mario Vargas Llosa y aquella de Arthur Koestler.
Rusia es ejemplificadora. La figura de Alejandro Herzen se levanta en la cúspide de la memoria/literatura, síntesis de una vida riquísima en acontecimientos y personajes singulares y un intelecto genial. Le siguió Viktor Shklovski con una obra que jamás me canso en referir como gran literatura: Viaje sentimental, título apropiado de Sterne, y que es la más extraordinaria descripción de los años de la revolución rusa y la guerra civil, donde un -también genial- Shklovski en prosa de alto nivel trashuma por la actualidad, la historia, la geografía, la etnografía, la política, la filosofía y el arte desde su modesta posición de oficial de rango menor de las fuerzas soviéticas.
Testigo excepcional del momento, el libro de Shklovski podría ser hoy texto imprescindible para comprender la enrevesada situación de los países del Cáucaso, parte del Asia central, el problema kurdo, el armenio y las trágicas ramificaciones por las que pasamos.
Por último, mi favorito: Iliá Ehrenburg, el mejor retratista de dos mundos: el París de Picasso, Pascin, Modigliani, MacOrlan y de la Rusia pre, post y revolucionaria, que abandona este país a los 18 años, desde la estación de Finlandia (recuérdese) a tiempo de la revolución, y retorna autor logrado en los años posteriores, los de la dificultad y de riqueza cultural extrema: encuentra al gran poeta Blok en una fila donde repartían; en la Rusia de entonces las filas eran incansables e interminables para pan, para carbón, para azúcar.
Una libra de azúcar valía más que gemas, así lo cuenta igualmente Shklovski, y basta acordarse de aquel cuento de Babel, La sal, para ejemplificar. Ehrenburg en Un escritor en la revolución menciona a Bunin, a Saitsev, Alexei Tolstoi, Durov, y se centra con particularidad en figuras como Esenin, Pasternak, Maiakovski, Mandelstam, Meierhold, que son tal vez las más trágicas del periodo. Adora a Pasternak como poeta y desmerece su novela Doctor Zhivago alegando que Pasternak no sabía de lo que hablaba.
Este libro de Ehrenburg, y los tres tomos de sus memorias, transcurren por un mundo que fue rico y decisivo en la formación del arte moderno. Y sin embargo abruman de tristeza. Tal vez ésta (la tristeza) llega desde la hermosa Kiev asediada por los blancos, quizá de la gris belleza de los versos de Marina Tsvetaieva o de las líneas de Alejandro Blok, puestas en boca de una niña, que dicen: “¡Oh, estas ropas descoloridas! ¡Oh, este extraño silencio!… Con los brazos llenos de azucenas me miras sin pensar…”.
Fuente: www.eldeber.com.bo

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Pez de Piedra
Por: Gary Daher Canedo. Marzo, 2008

Leer es un acto subjetivo, subjetividad que se pronuncia mucho más cuando esa lectura es una lectura de poesía. Se trata de penetrar en el mundo del poeta a través de la escritura, pero este ingreso no tiene más llave que aquella que traemos en la alforja, y cuyas muescas y códigos están hechos del bagaje de nuestras experiencias y lecturas anteriores. Leer, pues, es una aventura en la que el mundo del otro emerge en volúmenes y sombras debido al lenguaje y que luego se pinta con la luz de nuestros colores. Este paisaje emergente será entonces uno osado y nuevo, porque no es precisamente el que fue creado por el escritor, quien hace la propuesta, germinando diferente, enriquecedor y fértil para el lector, a pesar de que éste ha puesto mucho de sí para recrearlo, y eso precisamente es el que lo hace incorporarlo a su cultura, a su ya transformada subjetividad, gracias al texto.
De esta manera es como enfrentamos Pez de Piedra.
El libro se presenta en tamaño media cuartilla, y trae en la tapa la sugestiva imagen de una laguna o arroyo. El agua está cubierta de hojas que flotan sobre su superficie, hojas plateadas, y por sus variadas formas suponen procedentes de árboles de diferentes especies; bajo la superficie, y a nuestro alcance, flota un pez de apariencia antediluviana, el pez tiene colores dorados, a pesar que la cola se hace plateada en armonía con los colores del conjunto. Diremos, además, que la imagen del agua se pierde, y va más allá del libro. Esta portada no es casual y sí se convierte en visión referencial de la lectura, como sugiriendo que los poemas parten de las experiencias de la poeta, en meditación delante de los estanques, de los arroyos, de las lagunas, en fin, delante del agua, y los diversos elementos que la componen en su múltiple escritura.
Pez de piedra está compuesto de poemas sin título, y que los encontramos distribuidos en tres partes.
En la primera parte, o Pez de Piedra Uno, como titula se plantean las preguntas del trabajo poético, preguntas que no se formulan sino como un asombro, como el descubrimiento de lo oculto. Este presentimiento, esta revelación, se produce gracias al afuera. En él se presiente el entresijo del alma, que tiene que ser esencial (los huesos), y el lector se sorprende con un diálogo interior, pues la poeta le habla a la voz poética, mientras su cuerpo se estremece ante ese misterio, que se insinúa gracias a los pequeños detalles, la tarde, el té, la piedra, el agua, los geranios.
En este diálogo interior, descubrimos dos voces, el narrador poético, y el alma poética a quién se le habla. Es decir ocurre un desdoblamiento en dos personas el yo y el tú, revelados en el siguiente fragmento:

“me digo a mí misma estas cosas
que no son siempre las mismas
y son casi siempre el agua.”

Y ese tú es uno que no hace parte de las alegrías básicas y femeninas: “No podré verte esta tarde / cuando transcurra mi sombra entre flores que aman / los niños”. Se diría más bien que el estado es neutral “No hay tristeza ni alegría: / hay un estar extraño que hace conmigo / lo que las migas de pan / cuando estoy lejos de casa.”
Para que el lector tenga cartografía en este universo, diremos que la casa es el punto de referencia, mientras que la voz (es decir, la voz poética, la voz que dice los poemas desde el interior de la poeta) es a la que se le habla, y la que se aleja cuando se está lejos de los huesos, es decir, de lo esencial.

“Sé que estos huesos
Me serán ajenos de pronto
Y me son ajenos ya,
Ahora,
Cuando estoy más lejos de mi voz.”

En la segunda parte, o Pez de Piedra Dos, hace su aparición la conciencia del cuerpo, pero que va más allá de lo femenino, porque se habla de la herida hermética, impenetrable. “En algún rincón de mi cuerpo / hay una herida hermética, / un dolor que se manifiesta como invierno”.
El cuerpo se descubre material: “Mi cuerpo es de madera, / de mental, / de piedra, / de harapos.” A partir de este nuevo elemento, agregado al primero, al afuera, se desarrolla el misterio planteado inicialmente, y se ahonda adentro de la reflexión poética. Hay una inquietud por descifrar las letanías, los secretos que emergen como un anuncio que llega pero que no puede develarse, situación que produce miedo. “No puedo destejer esta lentitud: / mi frente apoyada, / mi mano ausente. / Es el miedo.”
La poeta descubre que si bien el misterio se ha provocado por el afuera, es el cuerpo quien guarda el misterio: “Cierro los ojos / y transito cada tramo de mi cuerpo, / palpando / una infinita oscuridad / que me ahoga.”
Ese desdoblamiento del Pez de Piedra Uno, no puede realizarse sin poesía. “Deseo poesía para mis dedos / para lavarme los pies. / Para desvestirme de mí / y hablarme de lejos.”
La búsqueda de su alma puede ser confundida, mal interpretada por el mundo exterior “Mientras yo te buscaba, / confundieron / nuestros ritos / con las flores dormidas.”
Pues ese espacio se prefiere en un contexto ajeno a la identidad mundana, se procura algo diferente al nombre propio, donde existe un divorcio entre la esencia y el nombre: “Me llamo por mi nombre / y mi nombre pregunta por mí. / Prefiero una lluvia diferente.”
Sin embargo, esta búsqueda poética requiere de ritos y los ritos llenan el poemario, pero son lo que son: poesía: “Para besar las piedras me preparé un siglo. / No hubo lágrimas, / ni risas, / ni palabras.”
Así, desbautizado, el ser poético está perdido en el lenguaje, y se pregunta: “¿Cómo sabré reconocer mi fuego / en medio de tanto murmullo?”, para responderse inmediatamente:
“Vendrán los otros / a jugar con nuestros signos”
Apostando por aquellos que realizan el acto de leer: nosotros, los lectores, y así ocurra el reconocimiento, que se pide vaya más allá del nombre, es decir, que llegue al alma, al misterio que en estos versos se insinúa.
Como hemos visto, el desnudarse del ser poético va más allá de la identidad o de su nombre, pero, a último momento de Pez de Piedra Dos, ese desnudarse se ve afectado por el pasado, pues “Hay días en los que soy un reflejo de agua. / Me descubro atrapando un papel, / rebuscando en la tierra un recuerdo extraviado.”
Trasladada por ese acto de memorias desde el agua a la tierra, buscar en la tierra será entonces salir del estado poético, ingresar en lo material, en lo térreo.
Dejando al lector en la duda de si el caminar, el morir de la identidad, exige también la muerte de la memoria.
En la tercera parte, Pez de piedra Tres, la poeta da el salto para el que nos estuvo preparando, el salto a la meditación profunda, ya sin el ropaje del nombre, ni del cuerpo, ni del pasado: el estado de la meditación por causa del silencio:
“Este es un intento de caer al fondo de la soledad más / pura: / el de no hablar.”
Cuando el ser poético deja de hablar. Observa. Así los días se hacen impecables. “Los días son como un pañuelo bien planchado donde las moscas no se atreven.”
A partir de allí “Hablas sin repetir los miedos,”. Y hay un retorno a la simpleza, el fin del viaje es el comienzo del viaje, enriquecido; un Ítaca recuperada después de la guerra y la experiencia de la andanza.
En este nuevo espacio, la cotidianidad doméstica ha sustituido la necesidad de la erudición. “Es aquel olor a libros. / (a polvo de antes) / el que ya no está, / el que ha desaparecido para siempre.” Y no solamente el ritual cotidiano y doméstico, sino de patios, “Amo los geranios. / las piedras, / la luz temprana que guarda silencios.”
Finalmente, me atreveré a señalar que este libro, no es otra cosa que el desarrollo de un poema fundamental que viaje y regresa constantemente, poema que aparece como colofón del libro:
¿Qué será de estos huesos que ignoro,
que no veo,
que son como mi alma?

¿Qué será del alma que ignoro,
que no veo,
que es como mis huesos?

¿Acaso habrá una forma de llegar al agua,
de romper los muros sin estruendo?

Huye la palabra como un pájaro asustado,
desaparece,
como desaparecen sus huesecillos misteriosos.

Fuente: www.ecdotica.com por gentileza de Gary Daher Canedo que realizó en día jueves 27 de marzo en el Centro Simón I. Patiño de la ciudad de Santa Cruz.

El encanto de las letras

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Si lees esto ¡TE VA A ENCANTAR LEER!
Por: Ramón Rocha Monrroy

Escribí esta nota para mis nietos Ale y Antü
Los niños son reacios a hacer sus tareas. Mis nietos tenían como tarea practicar la búsqueda de palabras en el diccionario y ponían todo pretexto para posponer su trabajo. De pronto se les ocurrió buscar la palabra “traste”, de ella pasaron a “nalgas” y de ella a “culo”, mientras reían a carcajadas. En una sesión se volvieron diestros en el manejo del “cementerio de palabras”, como llamaba Cortázar al diccionario, y al final el mayor de los dos fabricó una definición más precisa e imaginativa que la del diccionario de la Real Academia o del de María Moliner. Me dice: “Culo es la extremidad inferior de las nalgas”.
Cuando se iniciaba en primaria, mi hijo Manuel terminaba sus operaciones de matemáticas y las decoraba con lápices de colores. Le tocó revisión de cuadernos y el profesor, un cura dispéctico y agrio, le hizo rehacer todo el cuaderno. Ah, si estimuláramos la imaginación de los niños, ellos se encargarían de devolverles la vida a los signos.
¿Qué fue primero, la naturaleza o el verbo? Para judíos y nominalistas, el verbo, pero la historia del alfabeto muestra lo contrario. Cuando se inventó el alfabeto a fuerza de sintetizar los jeroglíficos en signos, resulta que el signo más utilizado, el jeroglífico de un toro, se convirtió en la letra A, que si se la ve como un dibujo, es la cabeza invertida de un animal con astas. Esto me mueve a pensar que todos los signos aluden a la vida, a la sensualidad, porque son alusiones a formas bellas de nuestro cuerpo y de nuestros sentimientos.
La A y la Z tienen una historia en común. La A es un toro que rumia sospechando el origen de sus cuernos y la Z es el rumbo de su deambular acosado por el insomnio y los celos. La b está chuta, como esperando un implante de silicona; en cambio, la B, ¿no es una nodriza generosamente dotada por la naturaleza? Ramón Gómez de la Serna lo decía mejor: “La B es el ama de cría del alfabeto”. ¡Qué tetas! Sólo habría que añadirle pezones.
La Y es una mujer bella, estirada y derecha, pero se la ve muy depilada. No le haría mal pintarle vellitos. Como a la V, mujer madura, o a la v, mujer púber, ¿no ve?
La C es un culo y la c, un culito. Un duende juguetón le pintaría un anito. La D es una mamá embarazada; no sería profanarla pintarle también vellitos.
La j y la i son letras erguidas y cachondas en trance de disparar una perla. ¿Quién podría aguantar tanto tiempo verticales sin estallar? La g es una perfecta hormiga.
La f es un farol apagado a cuya sombra se besan los enamorados.
La n y la u son damas de honor abollado, la primera tronco abajo y la segunda piernas arriba. La m es una gorda de Botero buscando musarañas en el piso. La H es la silla de un hidalgo desconocido visto de espaldas y la h es una silla que invita a reposar y guardar silencio. La k es una bailarina. La p y la q son un fifí que se mira al espejo.
La o nos remite a la Historie d’o: como diría Giovanna Rivero, es la boca dispuesta a la fellatio. Sobre la r, una dulce amiga escribió líneas que no voy a repetir porque aluden a su vida íntima. La s es un dios fálico. La t es un poema de amor transmitido por el telégrafo. La w: doncellas siamesas. En el Kama Sutra del alfabeto, la x es una pose que entrelaza a los amantes y los lleva al éxtasis.
Los profesores de mi colegio eran puros viejos bigotudos, excepto una normalista que hacía sus prácticas y me ocasionò un enamoramiento súbito y fatal. Era justamente profesora de literatura.
Sin embargo, ni siquiera ella nos enseñó que las palabras son cuerpos, y las frases, cuerpos entrelazados por conjunciones copulativas, categoría que parece remitirnos nuevamente al Kama Sutra del alfabeto, porque las conjunciones ayudan a las palabras a copular. Alfonso Reyes decía que a las palabras hay que dibujarlas como cuerpos, no escribirlas. Así evitaremos escribir través con z, travéz, según el ejemplo que da el escritor mexicano, porque es como pintarle una jorobita a esa inocente palabra.
Mientras escribo estas greguerías recuerdo con pena a esos viejos que han convertido el alfabeto en un conjunto de signos abstractos, cuando son signos con vida, con sensualidad, que aluden a formas bellas de nuestro cuerpo y de nuestros sentimientos.

In Memoriam de Arthur C. Clarke

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Arthur C. Clarke
Por: Pedro Shimose

El escritor británico Arthur Charles Clarke (Minehead/ Reino Unido, 16/12/1917–Colombo/ Sri Lanka, 18/03/2008) murió, a los 90 años, en un hospital llamado Apolo, homónimo del proyecto espacial estadounidense que hizo posible la conquista de la luna, en 1969.
Divulgador de temas científicos y autor de novelas y relatos de ciencia ficción, Clarke residía en Colombo, capital de Sri Lanka (la antigua Ceilán), desde 1956. Su nombre adquirió fama mundial gracias a la película 2001: una odisea espacial (1968), dirigida por Stanley Kubrick, basada en El centinela (1951), relato breve de Clarke que narra el hallazgo, en la luna, de un objeto geométrico fabricado en tiempos remotos por seres inteligentes y con materiales desconocidos. Éste es el punto de partida del guión cinematográfico escrito al alimón por Clarke y Kubrick. A partir del filme, Clarke desarrolló la idea argumental hasta convertirla en novela. Autor de 80 libros y opúsculos, sus novelas más representativas son: El fin de la infancia (1953), La ciudad y las estrellas (1956), 2001: Una odisea espacial (1968), Cita con Rama (1973) y Regreso a Titán (1975).
Al día siguiente de su muerte, los científicos de la NASA informaron de que el telescopio Hubble, en Pasadena (California), había detectado moléculas orgánicas en un mundo fuera de nuestro sistema solar. A Clarke le hubiera satisfecho saber que a 63 años luz de la Tierra, en la constelación Vulpecula, existe un inmenso planeta del tamaño de Júpiter, cuya atmósfera contiene metano y vapor de agua. Es un dato que refuerza la hipótesis de que existen seres vivos en otros planetas.
De este modo se veía cumplido uno de los tres deseos que obsesionaron a Clarke: 1) que la humanidad reciba alguna evidencia de vida extraterrestre; 2) que la humanidad abandone su dependencia del petróleo a favor de energías no contaminantes y; 3) que concluya el conflicto que divide a Sri Lanka y se imponga la paz. Lo curioso es que su último deseo parece ser el menos realizable.
En su libro Perfiles del futuro (1962/1973), Clarke formuló tres leyes. La primera reza: “Si tres leyes fueron suficientes para Newton, modestamente decido parar aquí”. La segunda: “Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. Y tercera: “La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse hacia lo imposible”. Estos aforismos definen el carácter, la actitud y el sentido del humor de Clarke.
En un artículo publicado en 1945 vaticinó los satélites de órbita geoestacionaria (en su honor serían bautizados como ‘órbita Clarke’), invento que hizo posible la telefonía móvil (los teléfonos celulares de hoy). Por consejo de su abogado no patentó la idea y así perdió la oportunidad de ser rico. A este respecto, escribió un opúsculo titulado con humor: Pequeña prehistoria de los satélites o cómo perdí un billón de dólares en mi tiempo libre. Otra de sus intuiciones fue predecir lo que hoy conocemos con el nombre de Internet.
Arthur Clarke es uno esos escritores –como Isaac Asimov, Robert A. Heinlein, Carl Sagan y Bill Bryson– que tratan de dotar a la raza humana de una conciencia moderna del tiempo y del espacio, de nuestros conocimientos del universo y del puesto del ser humano en el cosmos. Creía fervientemente en el progreso y la ciencia como instrumentos de trascendencia de la especie humana. Vagamente ‘nietzscheano’ en alguna de sus novelas, espiritualmente afín al pensamiento de Teilhard de Chardin, admirador de la mística oriental, su obra exalta las grandes conquistas de la mente humana. Su vida sentimental fue caótica, salpicada de amores frustrados, divorcios y rumores acerca de su presunta pederastia, jamás confirmada. Midió su edad no en años, sino en órbitas alrededor del Sol. Murió, pues, tras haber cumplido 90 órbitas alrededor del Sol. //Madrid, 31/03/2008.



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