Donaciones

Ayudanos a difundir libros gratuitos

Indagando en la poesía de Santa Cruz de la Sierra (Bolivia)

brujula.jpg

Vieja sobreviviente: Poesía
Por: Darwin Pinto

En una lucha ya de varios siglos, la poesía tiene sus propias victorias y derrotas en todas partes del mundo y también aquí [Bolivia].
En 2000, la Unesco proclamó al 21 de marzo como el Día Mundial de la Poesía, con la finalidad de fomentar el apoyo a los poetas jóvenes, volver al encantamiento de la oralidad, restablecer el diálogo entre la poesía y las demás artes y recordar que la convivencia y el diálogo entre las diversas culturas están en la base de las poesías del mundo. A propósito de la fecha, este año, el presidente de la Unesco (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, por sus siglas en inglés), Koichiro Matsuura, dio un discurso en homenaje a la fecha (ver recuadro inferior derecho).
Aprovechando esa fecha, mandamos una sonda al “espacio” editorial, comercial y creativo de la poesía en Santa Cruz y el resultado fue que sigue siendo el género menos vendido en las librerías y el menos producido por las dos principales editoriales de la ciudad. Pero en materia de creación y actividades de poetas tribales o lobos esteparios, su cultivo sigue siendo fuerte en la ciudad de los anillos. Pero vamos por partes…
LIBRERÍAS Y EDITORIALES
En la librería Ateneo, la poesía es el género que menos se vende. De cada 100 libros comprados (la gran mayoría novelas o ensayos), menos de 30 son de poemas. El autor nacional que más se comercializa es Gringo Bendeck y los internacionales son varios, a decir de Juan Carlos Vargas, vendedor en el lugar.
En la librería Cunumi Letrao, la situación para la poesía es peor. Del total de libros vendidos, sólo entre un 5 y 10% corresponden al verso. A eso hay que agregar que quienes compran poesía son gente adulta, o sea, la juventud prefiere otras cosas. Los autores nacionales más vendidos en esa librería son Pedro Shimose y Óscar Gutiérrez, y el internacional es Borges, afirma Katerine Solíz.
En Lewilibros sólo un 5% de las ventas son obras poéticas. La mayoría son libros de los autores nacionales Homero Carvalho y Gary Daher Canedo, y en el caso de los extranjeros, el favorito es Becquer. “Es raro que la juventud no lea poesía, pese a que hay buenos autores jóvenes como Ema Villazón. En los colegios deberían inducir más a la lectura porque ayuda a la memoria e inculca valores”, indica Gabriela Lewi.
Y las malas noticias para el género no acaban ahí. Hasta hace dos años, el 40% de la producción de editorial El País era de poesía, pero en la actualidad ha disminuido al 10%, pese a tener títulos de Pedro Shimose, Claudia Peña o Reymi Ferreira, según afirma el directivo de esta editorial, Ricardo Serrano.
A su vez, Édgar Lora, de la editorial La Hoguera, señala que de los 86 libros que tiene a la fecha en catálogos, sólo 10 son de poesía, lo que equivale al 11,6% de la publicación en general.
POETAS
Pero ¿qué dicen los poetas sobre este bajo interés por este tipo de lectura?
“Quisiera pensar que la gente lee poesía en otros medios y no sólo en libros. Pareciera que mientras más grande es un libro, como las novelas, eso lo hace más vendible, a diferencia de libros de versos que usualmente son más pequeños y económicos”, expresa Ema Villazón, ganadora del Premio de Noveles Escritores-Poesía, que organizó la Cámara Departamental del Libro y Petrobras en 2007.
Para el poeta y narrador Homero Carvalho, el que haya poca venta de libros de poemas es toda una paradoja porque casi todas las personas, incluyendo a narradores, han escrito un poema alguna vez en su niñez o adolescencia.
“De chicos o de estudiantes casi todos hemos hecho poesía o lo que uno creía que lo era. La mayoría de los narradores empezaron haciendo versos y después se dirigieron en otros caminos. En mi caso empecé con poética, luego me fui hacia el cuento y la novela, y he vuelto al poema. A la gente pareciera que no le interesa reflexionar, parece que sólo quisieran leer algo que les divierta en el momento, como es el caso de algunas novelas. Me parece que por eso evitan los ejercicios reflexivos que le sugiere la poesía”, dijo Carvalho.
Por otro lado, Alfredo Rodríguez es un poeta que tiene un programa de radio dedicado al género y en el que celebró el domingo pasado (en radio Clásica) el Día Internacional de la Poesía. Allí hizo un recorrido de los clásicos españoles, pasando los latinoamericanos, los bolivianos de todos los tiempos y los contemporáneos cruceños. Para él, es posible que en términos comerciales no se consuma mucha poesía en comparación con otros géneros, pero en la poca producción que hay se compilan trabajos de varios poetas. “Hay círculos de vates que se reúnen; para mi programa hay varios que mandan sus trabajos, quieren ser leídos, escuchados; hay algunos, como Gustavo Rivero, que le ponen música a versos importantes en las letras cruceñas como algunos escritos de Cañoto”, comenta.
“Me parece injusto evaluar el tema desde las compras en las librerías, pues hay tantos factores que inciden en ese tema (desde lo económico, hasta la falta de difusión), pero percibo que se escribe bastante, que hay muchas voces nuevas, que incluso toman las paredes para darse a la luz, o buscan publicarse de manera colectiva y por cuenta propia, como ocurrió con la Breve Poesía Cruceña II, que incluyó a 52 autores, o el libro de la Expoética 2006 (28 autores).
Estos vates tienen sus espacios, hay colectivos o cofradías en los que se encuentran, como Literae, Ilustres Desconocidos y Tres al Hilo, para intercambiar sus creaciones. También hay publicaciones alternativas, como los fanzines Rostros o La Pirata, que circulan por las plazas y universidades con poemas, especialmente de voces femeninas”, afirmó.
Así las cosas, se produce pero no se consume poesía.
Habrá que ver la forma en la que se equilibren ambas cosas para bien del lector, que a veces se encuentra con malos escritos, o del escritor, que no halla la manera de hacerse oír.
Poética activa en un mundo triste
Los temas de la poesía no sólo se encuentran encerrados en libros que datan de hace 300 años, ni andan nomás flotando en el universo virtual de la Internet o de boca en boca o mano en mano en los grupos de poetas que se reúnen para competir quién es el más creativo o quién tiene el ego más grande…
La poesía está en el aire y tiene pescadores siguiéndola con el arpón de su ingenio en alto, como si se tratara de ir a la caza de Moby Dick, la gran ballena blanca.
Alfredo Rodríguez, cultor del género, afirma que su trabajo se enfoca en una poesía urbana que retrata los cotidianos problemas de la gente, los temas de coyuntura que afectan al conjunto de los bolivianos, que emanan de lo que dicen las autoridades (y que generan opinión entre las personas) o que emergen de las calles.
Para Ema Villazón, la poesía en el mundo actual ha vuelto sus ojos, en algunos casos, a la guerra de medioriente o a la búsqueda de la identidad del ser que se halla dando tumbos en medio de movimientos políticos, sociológicos y socioeconómicos.
Agrega, además, que hay nuevas propuestas estéticas dentro de las formas de hacer este tipo de bella arte, entre las cuales destacan los escritos que ya no se limitan a una sola lengua, sino que conjugan incluso hasta más de dos. En cuanto a su poesía personal, Villazón afirma que sus temas son el paso del tiempo, la identidad o el cómo enfrentarse a sí mismo día a día cuando hoy uno ya no es el mismo que el que era ayer.
En el caso de Homero Carvalho, el creador beniano que ha transitado por varios géneros literario, confiesa que sus trabajos son monotemáticos pero de largo aliento. “Trabajo en los grandes temas de la poesía a los que se refería Borges, como el amor, la muerte, la soledad o los mitos históricos. Me agrada emprender proyectos literarios de largo aliento en los que me enfoco en un solo tema, pero agarro otros para explotarlos”, afirmó.
Para el joven poeta Jesús González Verdún, los temas del mundo son los mismos que los de los individuos, aunque no lo parezcan. “En esas reflexiones íntimas tratamos de hallar las respuestas que no nos da ni el sentido común (desgastado por la rutina) ni la tecnología (que es una cosa viva pero no humana). Somos ciegos en un mundo que ya no es nuestro”, dice.

El idioma es la materia prima del verso
Koichiro Matsuura | Director general de la Unesco

Diversa y movediza, la poesía lleva en sí la imagen del presente. Nunca se petrifica: es un ámbito en el que la relación con el mundo y con el sentido, con la cultura y con el lenguaje, se formulan una y otra vez con nuevas palabras.

Cada año, el Día Mundial de la Poesía (DMP) abre un espacio de diálogo y reflexión para afrontar una situación de marginalidad con la que intentan luchar múltiples manifestaciones, ferias y fiestas de la poesía.
El año 2008 reviste un significado especial para la poesía, pues las Naciones Unidas lo han proclamado Año Internacional de los Idiomas. Ahora bien, el idioma es la materia misma de la poesía, la sustancia con la que se componen los poemas. De manera que a los poetas este año les brinda la ocasión de meditar y operar sobre la extraordinaria riqueza que la diversidad lingüística representa para su labor artística.
Los idiomas constituyen una parte esencial del patrimonio vivo de la humanidad.
Sin embargo, más de la mitad de las aproximadamente 6.700 lenguas que se hablan en el mundo corre el riesgo de desaparecer y se calcula que el 96 por ciento de ellas sólo las habla el cuatro por ciento de la población mundial.

La acción de la Unesco acompaña y apoya a los esfuerzos de cuantos laboran para salvaguardar y proteger nuestro patrimonio cultural. Esos esfuerzos sólo darán fruto si se insertan en el marco de una acción internacional mancomunada, en la cual los poetas dispondrán del sitio que les corresponde por derecho propio
Quiero invitar a la comunidad letrada a movilizarse durante 2008 en pro de amparar la poesía en todas sus formas y en todos los idiomas y, de manera muy especial, en las lenguas en peligro de extinción para que nuestros hijos puedan conocer otras formas de manifestación oral y escrita más allá de sólo las actuales lenguas dominantes.

Fuente: http://www.eldeber.com.bo/brujula/2008-03-29/nota.php?id=080328202624


Artículo de Claudio Ferrufino-Coqueugniot

claudio.jpg

Libros de memorias Evocación
Por: Claudio Ferrufino-Coqueugniot

A naïs Nin escribió una obra monumental, su famoso Diario que admiró Henry Miller, y por el que desfilan el mismo Miller, Gore Vidal, Lawrence Durrell y tantos otros. Obra de peso, y no la exclusivamente reveladora de la vida de los artistas de París en la década del 30, el Diario se mantiene como lectura obligatoria para aquellos interesados en las autobiografías.
En distinto nivel, porque fue la creación de un artista solitario, y porque el autor se preocupa de temas anexos a lo que podría ser sólo la descripción de su vida, no tan rica ni tan experimentada como la de Nin, los Diarios de Franz Kafka son una introspección donde se busca a sí mismo como hombre, como judío, como escritor. Sus anotaciones en muchos casos son de carácter filosófico y alejan estos textos de lo que comúnmente llamaríamos ‘memorias’, escritos que adrede apuntan a describir la existencia de quien escribe en una cronología específica.
Otro judío alemán cuyas memorias afirmaron mi gusto por Europa central fue Stefan Zweig. El mundo de ayer es un notable y melancólico paso antes de la debacle del nazismo. Zweig guía por una Austria que se desmorona históricamente, pero que es fértil y cultivada entre una intelectualidad de excepción.
Mucho tiempo ha pasado desde que leí aquel libro, en edición argentina, en los estantes de casa, sentado sobre los mosaicos fríos del pasillo, mosaicos que, con el tiempo supe, cuando me hice obrero de una marmolera local, se hacían con restos de mármol y granito picados, amalgamados en arcilla coloreada a gusto y pulidos en grandes máquinas que les daban precioso brillo.
Narraciones de labor aparte, hablábamos del papel guía de Stefan Zweig por una Austria agonizante. Joseph Roth, autor también judío que sintió el colapso del imperio austro-húngaro como colapso propio, toca la misma temática que Zweig en su novelística. El arte en general, muy rico en la región, sintió el estertor y luego el derrumbe. No otra cosa son los angustiosos modelos de Schiele, los parcos demonios de Von Stuck, los oros de Klimt, los dibujos inverosímiles del autor/pintor Alfred Kubin que presagian un próximo Armagedón y la inutilidad humana de impedirlo.
El húngaro Arthur Koestler hizo de la autobiografía un género popular. Lo ayudó la época de grandes cambios ideológicos, el advenimiento del comunismo, del nazismo, la guerra mundial, la Guerra Civil Española. Lo que hizo de su obra literatura de aceptación masiva vino quizá de su origen periodístico y de que Koestler se apropia de los temores, por lo general fundados, de la gente en épocas de cambio que habrían de decidir el futuro curso de la historia.
Apuesta por el comunismo y se desencanta; desenmascara a los regímenes dominantes de entonces en Europa: Alemania hitleriana y Rusia soviética y opta por el hombre, circunstancia que trasladada al campo político se transformaría en la aceptación de la democracia representativa (Inglaterra, Estados Unidos) como única opción aceptable.
Cuando Arthur Koestler, en su biografía en cinco tomos, comienza a inclinarse hacia allí, la calidad literaria de su obra (hablo de La escritura invisible) merma. Es superior al principio. En Euforia y utopía es todavía el viajero impenitente y crítico cuyas descripciones son plenas de sabor: Georgia, los revolucionarios del Cáucaso, el vino blanco regional…
Koestler es quizá el último autor del siglo XX que hace de las memorias un objeto de consumo. Cierto que hay escritores populares, hablemos de Paul Theroux, pero su obra es más literatura de viaje que memoria, parecido a Richard Francis Burton, Pierre Loti o al contemporáneo Kapuszinski. Será que la esencia del hombre se arrumba (herrumbra) en el diván del olvido y no hay comparación, por citar un caso concreto y conocido, entre la autobiografía de Mario Vargas Llosa y aquella de Arthur Koestler.
Rusia es ejemplificadora. La figura de Alejandro Herzen se levanta en la cúspide de la memoria/literatura, síntesis de una vida riquísima en acontecimientos y personajes singulares y un intelecto genial. Le siguió Viktor Shklovski con una obra que jamás me canso en referir como gran literatura: Viaje sentimental, título apropiado de Sterne, y que es la más extraordinaria descripción de los años de la revolución rusa y la guerra civil, donde un -también genial- Shklovski en prosa de alto nivel trashuma por la actualidad, la historia, la geografía, la etnografía, la política, la filosofía y el arte desde su modesta posición de oficial de rango menor de las fuerzas soviéticas.
Testigo excepcional del momento, el libro de Shklovski podría ser hoy texto imprescindible para comprender la enrevesada situación de los países del Cáucaso, parte del Asia central, el problema kurdo, el armenio y las trágicas ramificaciones por las que pasamos.
Por último, mi favorito: Iliá Ehrenburg, el mejor retratista de dos mundos: el París de Picasso, Pascin, Modigliani, MacOrlan y de la Rusia pre, post y revolucionaria, que abandona este país a los 18 años, desde la estación de Finlandia (recuérdese) a tiempo de la revolución, y retorna autor logrado en los años posteriores, los de la dificultad y de riqueza cultural extrema: encuentra al gran poeta Blok en una fila donde repartían; en la Rusia de entonces las filas eran incansables e interminables para pan, para carbón, para azúcar.
Una libra de azúcar valía más que gemas, así lo cuenta igualmente Shklovski, y basta acordarse de aquel cuento de Babel, La sal, para ejemplificar. Ehrenburg en Un escritor en la revolución menciona a Bunin, a Saitsev, Alexei Tolstoi, Durov, y se centra con particularidad en figuras como Esenin, Pasternak, Maiakovski, Mandelstam, Meierhold, que son tal vez las más trágicas del periodo. Adora a Pasternak como poeta y desmerece su novela Doctor Zhivago alegando que Pasternak no sabía de lo que hablaba.
Este libro de Ehrenburg, y los tres tomos de sus memorias, transcurren por un mundo que fue rico y decisivo en la formación del arte moderno. Y sin embargo abruman de tristeza. Tal vez ésta (la tristeza) llega desde la hermosa Kiev asediada por los blancos, quizá de la gris belleza de los versos de Marina Tsvetaieva o de las líneas de Alejandro Blok, puestas en boca de una niña, que dicen: “¡Oh, estas ropas descoloridas! ¡Oh, este extraño silencio!… Con los brazos llenos de azucenas me miras sin pensar…”.
Fuente: www.eldeber.com.bo


pez-de-piedra.jpg

Pez de Piedra
Por: Gary Daher Canedo. Marzo, 2008

Leer es un acto subjetivo, subjetividad que se pronuncia mucho más cuando esa lectura es una lectura de poesía. Se trata de penetrar en el mundo del poeta a través de la escritura, pero este ingreso no tiene más llave que aquella que traemos en la alforja, y cuyas muescas y códigos están hechos del bagaje de nuestras experiencias y lecturas anteriores. Leer, pues, es una aventura en la que el mundo del otro emerge en volúmenes y sombras debido al lenguaje y que luego se pinta con la luz de nuestros colores. Este paisaje emergente será entonces uno osado y nuevo, porque no es precisamente el que fue creado por el escritor, quien hace la propuesta, germinando diferente, enriquecedor y fértil para el lector, a pesar de que éste ha puesto mucho de sí para recrearlo, y eso precisamente es el que lo hace incorporarlo a su cultura, a su ya transformada subjetividad, gracias al texto.
De esta manera es como enfrentamos Pez de Piedra.
El libro se presenta en tamaño media cuartilla, y trae en la tapa la sugestiva imagen de una laguna o arroyo. El agua está cubierta de hojas que flotan sobre su superficie, hojas plateadas, y por sus variadas formas suponen procedentes de árboles de diferentes especies; bajo la superficie, y a nuestro alcance, flota un pez de apariencia antediluviana, el pez tiene colores dorados, a pesar que la cola se hace plateada en armonía con los colores del conjunto. Diremos, además, que la imagen del agua se pierde, y va más allá del libro. Esta portada no es casual y sí se convierte en visión referencial de la lectura, como sugiriendo que los poemas parten de las experiencias de la poeta, en meditación delante de los estanques, de los arroyos, de las lagunas, en fin, delante del agua, y los diversos elementos que la componen en su múltiple escritura.
Pez de piedra está compuesto de poemas sin título, y que los encontramos distribuidos en tres partes.
En la primera parte, o Pez de Piedra Uno, como titula se plantean las preguntas del trabajo poético, preguntas que no se formulan sino como un asombro, como el descubrimiento de lo oculto. Este presentimiento, esta revelación, se produce gracias al afuera. En él se presiente el entresijo del alma, que tiene que ser esencial (los huesos), y el lector se sorprende con un diálogo interior, pues la poeta le habla a la voz poética, mientras su cuerpo se estremece ante ese misterio, que se insinúa gracias a los pequeños detalles, la tarde, el té, la piedra, el agua, los geranios.
En este diálogo interior, descubrimos dos voces, el narrador poético, y el alma poética a quién se le habla. Es decir ocurre un desdoblamiento en dos personas el yo y el tú, revelados en el siguiente fragmento:

“me digo a mí misma estas cosas
que no son siempre las mismas
y son casi siempre el agua.”

Y ese tú es uno que no hace parte de las alegrías básicas y femeninas: “No podré verte esta tarde / cuando transcurra mi sombra entre flores que aman / los niños”. Se diría más bien que el estado es neutral “No hay tristeza ni alegría: / hay un estar extraño que hace conmigo / lo que las migas de pan / cuando estoy lejos de casa.”
Para que el lector tenga cartografía en este universo, diremos que la casa es el punto de referencia, mientras que la voz (es decir, la voz poética, la voz que dice los poemas desde el interior de la poeta) es a la que se le habla, y la que se aleja cuando se está lejos de los huesos, es decir, de lo esencial.

“Sé que estos huesos
Me serán ajenos de pronto
Y me son ajenos ya,
Ahora,
Cuando estoy más lejos de mi voz.”

En la segunda parte, o Pez de Piedra Dos, hace su aparición la conciencia del cuerpo, pero que va más allá de lo femenino, porque se habla de la herida hermética, impenetrable. “En algún rincón de mi cuerpo / hay una herida hermética, / un dolor que se manifiesta como invierno”.
El cuerpo se descubre material: “Mi cuerpo es de madera, / de mental, / de piedra, / de harapos.” A partir de este nuevo elemento, agregado al primero, al afuera, se desarrolla el misterio planteado inicialmente, y se ahonda adentro de la reflexión poética. Hay una inquietud por descifrar las letanías, los secretos que emergen como un anuncio que llega pero que no puede develarse, situación que produce miedo. “No puedo destejer esta lentitud: / mi frente apoyada, / mi mano ausente. / Es el miedo.”
La poeta descubre que si bien el misterio se ha provocado por el afuera, es el cuerpo quien guarda el misterio: “Cierro los ojos / y transito cada tramo de mi cuerpo, / palpando / una infinita oscuridad / que me ahoga.”
Ese desdoblamiento del Pez de Piedra Uno, no puede realizarse sin poesía. “Deseo poesía para mis dedos / para lavarme los pies. / Para desvestirme de mí / y hablarme de lejos.”
La búsqueda de su alma puede ser confundida, mal interpretada por el mundo exterior “Mientras yo te buscaba, / confundieron / nuestros ritos / con las flores dormidas.”
Pues ese espacio se prefiere en un contexto ajeno a la identidad mundana, se procura algo diferente al nombre propio, donde existe un divorcio entre la esencia y el nombre: “Me llamo por mi nombre / y mi nombre pregunta por mí. / Prefiero una lluvia diferente.”
Sin embargo, esta búsqueda poética requiere de ritos y los ritos llenan el poemario, pero son lo que son: poesía: “Para besar las piedras me preparé un siglo. / No hubo lágrimas, / ni risas, / ni palabras.”
Así, desbautizado, el ser poético está perdido en el lenguaje, y se pregunta: “¿Cómo sabré reconocer mi fuego / en medio de tanto murmullo?”, para responderse inmediatamente:
“Vendrán los otros / a jugar con nuestros signos”
Apostando por aquellos que realizan el acto de leer: nosotros, los lectores, y así ocurra el reconocimiento, que se pide vaya más allá del nombre, es decir, que llegue al alma, al misterio que en estos versos se insinúa.
Como hemos visto, el desnudarse del ser poético va más allá de la identidad o de su nombre, pero, a último momento de Pez de Piedra Dos, ese desnudarse se ve afectado por el pasado, pues “Hay días en los que soy un reflejo de agua. / Me descubro atrapando un papel, / rebuscando en la tierra un recuerdo extraviado.”
Trasladada por ese acto de memorias desde el agua a la tierra, buscar en la tierra será entonces salir del estado poético, ingresar en lo material, en lo térreo.
Dejando al lector en la duda de si el caminar, el morir de la identidad, exige también la muerte de la memoria.
En la tercera parte, Pez de piedra Tres, la poeta da el salto para el que nos estuvo preparando, el salto a la meditación profunda, ya sin el ropaje del nombre, ni del cuerpo, ni del pasado: el estado de la meditación por causa del silencio:
“Este es un intento de caer al fondo de la soledad más / pura: / el de no hablar.”
Cuando el ser poético deja de hablar. Observa. Así los días se hacen impecables. “Los días son como un pañuelo bien planchado donde las moscas no se atreven.”
A partir de allí “Hablas sin repetir los miedos,”. Y hay un retorno a la simpleza, el fin del viaje es el comienzo del viaje, enriquecido; un Ítaca recuperada después de la guerra y la experiencia de la andanza.
En este nuevo espacio, la cotidianidad doméstica ha sustituido la necesidad de la erudición. “Es aquel olor a libros. / (a polvo de antes) / el que ya no está, / el que ha desaparecido para siempre.” Y no solamente el ritual cotidiano y doméstico, sino de patios, “Amo los geranios. / las piedras, / la luz temprana que guarda silencios.”
Finalmente, me atreveré a señalar que este libro, no es otra cosa que el desarrollo de un poema fundamental que viaje y regresa constantemente, poema que aparece como colofón del libro:
¿Qué será de estos huesos que ignoro,
que no veo,
que son como mi alma?

¿Qué será del alma que ignoro,
que no veo,
que es como mis huesos?

¿Acaso habrá una forma de llegar al agua,
de romper los muros sin estruendo?

Huye la palabra como un pájaro asustado,
desaparece,
como desaparecen sus huesecillos misteriosos.

Fuente: www.ecdotica.com por gentileza de Gary Daher Canedo que realizó en día jueves 27 de marzo en el Centro Simón I. Patiño de la ciudad de Santa Cruz.


El encanto de las letras

las-letras.jpg

Si lees esto ¡TE VA A ENCANTAR LEER!
Por: Ramón Rocha Monrroy

Escribí esta nota para mis nietos Ale y Antü
Los niños son reacios a hacer sus tareas. Mis nietos tenían como tarea practicar la búsqueda de palabras en el diccionario y ponían todo pretexto para posponer su trabajo. De pronto se les ocurrió buscar la palabra “traste”, de ella pasaron a “nalgas” y de ella a “culo”, mientras reían a carcajadas. En una sesión se volvieron diestros en el manejo del “cementerio de palabras”, como llamaba Cortázar al diccionario, y al final el mayor de los dos fabricó una definición más precisa e imaginativa que la del diccionario de la Real Academia o del de María Moliner. Me dice: “Culo es la extremidad inferior de las nalgas”.
Cuando se iniciaba en primaria, mi hijo Manuel terminaba sus operaciones de matemáticas y las decoraba con lápices de colores. Le tocó revisión de cuadernos y el profesor, un cura dispéctico y agrio, le hizo rehacer todo el cuaderno. Ah, si estimuláramos la imaginación de los niños, ellos se encargarían de devolverles la vida a los signos.
¿Qué fue primero, la naturaleza o el verbo? Para judíos y nominalistas, el verbo, pero la historia del alfabeto muestra lo contrario. Cuando se inventó el alfabeto a fuerza de sintetizar los jeroglíficos en signos, resulta que el signo más utilizado, el jeroglífico de un toro, se convirtió en la letra A, que si se la ve como un dibujo, es la cabeza invertida de un animal con astas. Esto me mueve a pensar que todos los signos aluden a la vida, a la sensualidad, porque son alusiones a formas bellas de nuestro cuerpo y de nuestros sentimientos.
La A y la Z tienen una historia en común. La A es un toro que rumia sospechando el origen de sus cuernos y la Z es el rumbo de su deambular acosado por el insomnio y los celos. La b está chuta, como esperando un implante de silicona; en cambio, la B, ¿no es una nodriza generosamente dotada por la naturaleza? Ramón Gómez de la Serna lo decía mejor: “La B es el ama de cría del alfabeto”. ¡Qué tetas! Sólo habría que añadirle pezones.
La Y es una mujer bella, estirada y derecha, pero se la ve muy depilada. No le haría mal pintarle vellitos. Como a la V, mujer madura, o a la v, mujer púber, ¿no ve?
La C es un culo y la c, un culito. Un duende juguetón le pintaría un anito. La D es una mamá embarazada; no sería profanarla pintarle también vellitos.
La j y la i son letras erguidas y cachondas en trance de disparar una perla. ¿Quién podría aguantar tanto tiempo verticales sin estallar? La g es una perfecta hormiga.
La f es un farol apagado a cuya sombra se besan los enamorados.
La n y la u son damas de honor abollado, la primera tronco abajo y la segunda piernas arriba. La m es una gorda de Botero buscando musarañas en el piso. La H es la silla de un hidalgo desconocido visto de espaldas y la h es una silla que invita a reposar y guardar silencio. La k es una bailarina. La p y la q son un fifí que se mira al espejo.
La o nos remite a la Historie d’o: como diría Giovanna Rivero, es la boca dispuesta a la fellatio. Sobre la r, una dulce amiga escribió líneas que no voy a repetir porque aluden a su vida íntima. La s es un dios fálico. La t es un poema de amor transmitido por el telégrafo. La w: doncellas siamesas. En el Kama Sutra del alfabeto, la x es una pose que entrelaza a los amantes y los lleva al éxtasis.
Los profesores de mi colegio eran puros viejos bigotudos, excepto una normalista que hacía sus prácticas y me ocasionò un enamoramiento súbito y fatal. Era justamente profesora de literatura.
Sin embargo, ni siquiera ella nos enseñó que las palabras son cuerpos, y las frases, cuerpos entrelazados por conjunciones copulativas, categoría que parece remitirnos nuevamente al Kama Sutra del alfabeto, porque las conjunciones ayudan a las palabras a copular. Alfonso Reyes decía que a las palabras hay que dibujarlas como cuerpos, no escribirlas. Así evitaremos escribir través con z, travéz, según el ejemplo que da el escritor mexicano, porque es como pintarle una jorobita a esa inocente palabra.
Mientras escribo estas greguerías recuerdo con pena a esos viejos que han convertido el alfabeto en un conjunto de signos abstractos, cuando son signos con vida, con sensualidad, que aluden a formas bellas de nuestro cuerpo y de nuestros sentimientos.


In Memoriam de Arthur C. Clarke

odisea-del-espacio.jpg

Arthur C. Clarke
Por: Pedro Shimose

El escritor británico Arthur Charles Clarke (Minehead/ Reino Unido, 16/12/1917–Colombo/ Sri Lanka, 18/03/2008) murió, a los 90 años, en un hospital llamado Apolo, homónimo del proyecto espacial estadounidense que hizo posible la conquista de la luna, en 1969.
Divulgador de temas científicos y autor de novelas y relatos de ciencia ficción, Clarke residía en Colombo, capital de Sri Lanka (la antigua Ceilán), desde 1956. Su nombre adquirió fama mundial gracias a la película 2001: una odisea espacial (1968), dirigida por Stanley Kubrick, basada en El centinela (1951), relato breve de Clarke que narra el hallazgo, en la luna, de un objeto geométrico fabricado en tiempos remotos por seres inteligentes y con materiales desconocidos. Éste es el punto de partida del guión cinematográfico escrito al alimón por Clarke y Kubrick. A partir del filme, Clarke desarrolló la idea argumental hasta convertirla en novela. Autor de 80 libros y opúsculos, sus novelas más representativas son: El fin de la infancia (1953), La ciudad y las estrellas (1956), 2001: Una odisea espacial (1968), Cita con Rama (1973) y Regreso a Titán (1975).
Al día siguiente de su muerte, los científicos de la NASA informaron de que el telescopio Hubble, en Pasadena (California), había detectado moléculas orgánicas en un mundo fuera de nuestro sistema solar. A Clarke le hubiera satisfecho saber que a 63 años luz de la Tierra, en la constelación Vulpecula, existe un inmenso planeta del tamaño de Júpiter, cuya atmósfera contiene metano y vapor de agua. Es un dato que refuerza la hipótesis de que existen seres vivos en otros planetas.
De este modo se veía cumplido uno de los tres deseos que obsesionaron a Clarke: 1) que la humanidad reciba alguna evidencia de vida extraterrestre; 2) que la humanidad abandone su dependencia del petróleo a favor de energías no contaminantes y; 3) que concluya el conflicto que divide a Sri Lanka y se imponga la paz. Lo curioso es que su último deseo parece ser el menos realizable.
En su libro Perfiles del futuro (1962/1973), Clarke formuló tres leyes. La primera reza: “Si tres leyes fueron suficientes para Newton, modestamente decido parar aquí”. La segunda: “Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. Y tercera: “La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse hacia lo imposible”. Estos aforismos definen el carácter, la actitud y el sentido del humor de Clarke.
En un artículo publicado en 1945 vaticinó los satélites de órbita geoestacionaria (en su honor serían bautizados como ‘órbita Clarke’), invento que hizo posible la telefonía móvil (los teléfonos celulares de hoy). Por consejo de su abogado no patentó la idea y así perdió la oportunidad de ser rico. A este respecto, escribió un opúsculo titulado con humor: Pequeña prehistoria de los satélites o cómo perdí un billón de dólares en mi tiempo libre. Otra de sus intuiciones fue predecir lo que hoy conocemos con el nombre de Internet.
Arthur Clarke es uno esos escritores –como Isaac Asimov, Robert A. Heinlein, Carl Sagan y Bill Bryson– que tratan de dotar a la raza humana de una conciencia moderna del tiempo y del espacio, de nuestros conocimientos del universo y del puesto del ser humano en el cosmos. Creía fervientemente en el progreso y la ciencia como instrumentos de trascendencia de la especie humana. Vagamente ‘nietzscheano’ en alguna de sus novelas, espiritualmente afín al pensamiento de Teilhard de Chardin, admirador de la mística oriental, su obra exalta las grandes conquistas de la mente humana. Su vida sentimental fue caótica, salpicada de amores frustrados, divorcios y rumores acerca de su presunta pederastia, jamás confirmada. Midió su edad no en años, sino en órbitas alrededor del Sol. Murió, pues, tras haber cumplido 90 órbitas alrededor del Sol. //Madrid, 31/03/2008.


Con el fuego en la palabra

victor_montoya_con_el_fuego_en_la_palabra.jpg

Javier Claure presenta “Con el fuego en la palabra” sobre el escritor boliviano radicado en Suecia Víctor Montoya
Realizada a manera de entrevista, ya está en circulación la biografía de uno de los escritores bolivianos más destacados en el exterior, Víctor Montoya, con el nombre de Con el fuego en la palabra.
El libro, publicado en Europa, fue escrito por Javier Claure Covarrubias y está a la venta en la librería Los Amigos del Libro. También se puede hacer pedidos al correo electrónico javiercla@yahoo.com
El autor señala que se trata de una obra confeccionada a lo largo de más de diez años, mediante entrevistas y conversaciones con Montoya, quien reside en Suecia.
Así, se relata la vida íntima del escritor desde su niñez, sus luchas junto a los mineros potosinos, la influencia de la cultura tradicional sobre su escritura y su labor como pedagogo en el área de literatura infantil, entre otras temáticas como su incursión por la literatura erótica.
“Conozco a Víctor desde hace mucho tiempo, hemos trabajado con él desde hace mucho tiempo y hemos realizado el Primer Encuentro de Poetas y Narradores Bolivianos en Estocolmo, Suecia, en 1991. Durante los últimos diez años hemos conversado mucho sobre literatura y sus puntos de vista sobre el país”, afirma Claure.
“Me parece que es un autor extraordinario, el más prolífico, el más creador y el que está entre los mejores de la literatura moderna boliviana” agrega.
Indica que el público lector de Bolivia conoce generalmente las obras del escritor, pero no así sus motivaciones, sus análisis sobre la literatura.
Claure asevera que la publicación de “Con el fuego en la palabra” es la continuación de los esfuerzos para realizar la difusión de la literatura boliviana en círculos europeos.
Adelantó que ya tiene contactos con escritores de La Paz, Cochabamba y Santa Cruz, para próximamente publicar obras de autores nacionales en español, en formato de antologías.
“Si bien se está haciendo conocer la literatura boliviana, la misma está todavía un poco enclaustrada. Se publicarán libros inicialmente en español para darlos a conocer a la población hispana, y así dar a conocer que en Bolivia también hay buenos poetas y escritores”, sostuvo Claure.

FRAGMENTO DE LA OBRA

Javier Claure: ¿En qué circunstancias escribiste tu primera obra?
Víctor Montoya: La escribí estando en la cárcel. Mi libro de testimonio, que luego se publicaría con el título de “Huelga y represión” en 1979, lo escribí con el mismo lápiz y en el mismo cuaderno que me entregaron mis carceleros para que confesara los detalles de mi actividad política y delatara a otros compañeros. Así, sentado en un rincón de la celda, empecé a escribir las primeras páginas de mi primera obra, con una temática que gira en torno a las causas que motivaron la huelga minera de 1976, un episodio histórico que comenzó con la intervención militar a los centros mineros y terminó con el apresamiento y el exilio de varios dirigentes del movimiento sindical. Te cuento que tuve que escribir con mucha cautela burlar la vigilancia. Las hojas escritas, con letra menuda y apretada, las escondía en el botapié doblado de mis pantalones, hasta que mi madre, quien venía a visitarme de cuando en cuando, se los llevaba con el pretexto de lavar. Por eso digo que las primeras páginas de mi primera obra se fueron filtrando por los barrotes de la cárcel sin que notaran los carceleros. En esas circunstancias escribí “Huelga y represión”, una obra que, sin mayores pretensiones, se mueve entre el testimonio personal y el relato novelado.

Javier Claure: ¿Cuáles son las razones que te motivan a escribir?
Víctor Montoya: Son varias, pero las principales son dos: por un lado, la necesidad de escribir para no morirme y, por el otro, la necesidad de transmitir mis pensamientos y sentimientos a través de la palabra escrita. La escritura es un acto solitario que, durante el proceso de creación, se torna en una suerte de libertad absoluta y en un placer infinito, que te permiten narrar hechos reales y ficticios con la ayuda de la imaginación, que es el principal instrumento de la creación. Sin embargo, es imprescindible aclarar que en mi caso, y en mi condición de escritor comprometido con la realidad social, mi escritura es también un arma de protesta y de denuncia contra las discriminaciones raciales, las injusticias sociales y los poderes de dominación que arremeten contra los derechos humanos. Está comprobado que no creo en la literatura por la literatura, sino en una literatura cuya función consiste en revelarnos el contexto histórico que nos toca vivir, con todas sus grandezas y miserias, tanto humanas como sociales. Tampoco creo en los autores que, más que por necesidad existencial, escriben motivados por la ciega ambición de alcanzar la fama, como peones de algunas editoriales comerciales, que piensan más en las ganancias que en la difusión real de la buena literatura. Esta desconfianza en el mercado salvaje, me induce a creer más en la literatura marginal, en esa literatura que, a veces financiada por el propio autor, circula de mano en mano y de boca en boca, exactamente como la buena poesía que se da modos de llegar a sus lectores por los caminos más inverosímiles y no gracias al márketing de una gran empresa editorial.
Fuente: www.opinion.com.bo
Foto enviada por Victor Montoya


Una tarde de nostalgias y melancolías

cafe.jpg

Una tarde de nostalgias y melancolías
Por: H. C. F. Mansilla

Un chubasco repentino me obligó a buscar refugio en una cafetería destartalada en el centro de la ciudad de La Paz. Y allí me encontré con algunas personalidades de las letras nacionales, poetas y novelistas que apenas dos décadas atrás eran figuras destacadas de la cultura boliviana. En el local formaban un corro de ancianos desamparados, ansiosos de recibir alguna noticia que no resultara calamitosa o algún elogio que fuese creíble. Son la sombra de tiempos mejores. Respetados y hasta ilustres en su día, hoy son las víctimas de la pobreza, el olvido y la tristeza. Ellos mismos reconocen que ya no tienen nada que decir en el presente, que se les han acabado la inspiración y el entusiasmo y que están sumidos en una pesadumbre continua. Y lo más grave: admiten que ya no entienden nuestro tiempo, signado tan abrumadoramente por la prisa, el cinismo y el placer barato. Son gente de otra generación, es decir de otro universo: cifraron su honor en la creación de la belleza o en el esclarecimiento de la verdad, y ninguno supo (o pudo) acumular una fortuna regular o asegurarse influencias políticas duraderas.
En la cafetería la atmósfera en torno a ellos era deprimente. Hablaban de temas repetitivos y tediosos que un hombre sagaz hace bien en evitar, como el sufrimiento de los justos, las inesperadas vueltas del destino, el sinsentido de la vida, la corrupción irrefrenable de la esfera política, la deslealtad de las mujeres y la insensibilidad de los hijos.
Hace escasos veinte años estos escritores estuvieron en el centro de las letras bolivianas. Su voz era escuchada con atención y hasta con reverencia. La opinión pública se ocupaba a menudo de ellos. Algunos estadistas (por los motivos que fueran) se enorgullecieron de estar a su lado. Las damas de la alta sociedad se hacían fotografiar con estos representantes de la cultura. Y ahora sólo experimentan la indiferencia de los jóvenes, el desprecio de los poderosos, el desinterés del ámbito académico, el silencio de los periódicos y la televisión. En fin: uno de los males nacionales desde el comienzo de la república. Me fue muy fácil el identificarme con ellos…
En una constelación así lo único que cabe es dar la espalda al mundo, pero de manera inteligente y hasta divertida. En una situación similar decía Theodor W. Adorno (pensando en su amigo Walter Benjamin) que lo mejor es vivir en los textos y escribir en un café. Dentro del texto el escritor se acomoda como en un hogar: sus pensamientos se parecen a los muebles y las palabras a los objetos que uno va cambiando de lugar, a los que uno toma cariño y con los que uno se enfada ocasionalmente. La escritura es la morada más conveniente, más cálida, más acogedora, la menos extraña: quien no tiene casa, se refugia en las palabras como en una habitación propia. En el café ─ el hogar impersonal, temporal y casual ─ uno observa al público con ojo clínico, sin identificarse con sus problemas ni tomarlo demasiado en serio.
Pero Adorno mismo prefería la seguridad de la torre de marfil y la cátedra bien pagada. La torre de marfil es el lugar del asilo, pero también de la pureza y la belleza. Es en cierto modo una huida del mundo, ya que permanecer en el mundo ─ en la política, por ejemplo, como su forma más conspicua y visible ─ significaría avalar la suciedad generalizada, compartir la estupidez cotidiana, legitimar la injusticia. Cuando no hay perspectivas de una praxis razonable, la torre de marfil constituye el mejor resguardo contra los desastres de la época. Hay que dejar obviamente una puerta abierta. Otro consejo de Adorno para evitar la desesperanza era sumergirse en el trabajo: sostuvo que su asombrosa productividad era el esfuerzo permanente por superar “una soledad y una melancolía casi insoportables”.
Quería reconfortarlos y brindarles alguna esperanza, algún aliento, alguna palabra amable. Pero no me atreví a hablarles de Adorno y de sus reflexiones, pues lo que podría haber dicho hubiera sonado a impudor, a falta de tacto, a vana erudición. Podría haberles recordado que todo trabajo creativo es un naufragio si uno considera el abismo entre las propias aspiraciones y la modestia de los resultados, y que, por lo tanto, la derrota existencial de cada uno es relativa y circunstancial. Pero esta verdad no era un buen consuelo para aquellos escritores que encontré literalmente en la intemperie. Como tampoco era una palabra de alivio afirmar que la auténtica felicidad reside en el conocimiento puro, en el tiempo libre para pensar, en resistir la estulticia colectiva, en la contemplación de las grandes obras de arte, y no en reunir grandes caudales ni acceder a la fama ni alcanzar las cumbres del poder. Todas estas expresiones clásicas de la filosofía y la teología me parecieron en aquel momento como presuntuosas y vanas, insubstanciales y groseras frente al sufrimiento concreto.
Después de dos horas con aquellos escritores del pasado (¿por qué del pasado?) quedé desalentado: ese destino es el que me espera. No supe qué decirles: no hay un consuelo efectivo para esas personas, ni un consejo que sea realmente adecuado, ni una palabra que no parezca falsa. Si fuera cínico, les recordaría los hermosos versos del poeta romántico brasileño Manuel Antônio Alvares de Azevedo (1831-1852), que en mi ya frágil memoria dicen más o menos así:

“Tengo por mi palacio las largas calles;
paseo a gusto y duermo sin temores.
Cuando bebo soy rey como un poeta,
y el vino me hace soñar con el amor.
Mi patria es el viento que respiro,
mi madre es la luna macilenta,
y la indolencia la mujer por la que suspiro.
[…]
Soy hijo del calor, odio el frío.
No creo ni en el diablo ni en los santos.”

¿Se conformarían ellos (y yo) con las calles como hogar y con el viento como patria, aunque se trate de imágenes y metáforas?
Fuente: www.ecdotica.com


Mi viejo y querido profesor

profesor-de-mansilla.jpg

Mi viejo y querido profesor
Por: H. C. F. Mansilla

Mi última estadía en Alemania incrementó un ánimo pesimista que arrastro desde la infancia. Uno de mis maestros universitarios más admirados estaba gravemente enfermo, y yo le hice una visita de cortesía. Ambos nos dimos cuenta de que era la última vez que nos veríamos. Ello dio a la ocasión un aire solemne: sin quererlo, tratamos de sopesar cada palabra y de medir cada gesto. Me pareció curioso, porque mi profesor era el paladín de la ironía y de las bromas. En mis años estudiantiles él me enseñó algo que no practiqué: la necesidad de ponerse a diario en cuestionamiento, la conveniencia de tomar todo con distancia y la pertinencia de ejercitar un estoicismo moderado y distinguido. Y yo pensaba a menudo como necio consuelo: proponer algo así es mucho más fácil que actuar en consonancia.
Mi maestro, que siempre había evitado referirse a sucesos y circunstancias personales, me contó inesperadamente muchos detalles y episodios de su vida. Esto fue lo que me produjo pesadumbre: el hombre había hecho de la crítica y la ironía su arma intelectual, su estilo de enseñanza y hasta la marca distintiva de su escuela, y ahora dejaba vislumbrar una existencia por demás prosaica y sin relieve. Ninguno de los relatos tenía valor literario o anecdótico, y ésto era lo triste: esos retazos de vida, contados con cariño y morosidad, trataban de concitar mi atención, dilatar mi visita y quizá ilustrar o dar cuerpo a un mensaje que resumiera el cúmulo de sus conocimientos.
El había querido brillar en la ingrata república de las letras y las ciencias, y hasta ejercer alguna influencia sobre los asuntos públicos. Sus muchos libros y, sobre todo, su incansable asesoramiento en favor de diferentes gobiernos eran testimonio de ese designio. Hubiera querido ser el preceptor de una nueva Alemania, razonable y democrática, como también lo deseó Max Weber, su gran modelo. Como defendiéndose de un posible reproche, en cierto momento mi apreciado catedrático afirmó que jamás se había hecho ilusiones en torno al reconocimiento del ámbito académico y que nunca le interesó el juicio de la posteridad, pero eso, obviamente, no correspondía a la realidad. Acto seguido me aseguró, por ejemplo, que no eran las enfermedades ni el olvido de sus hijos lo que le dolía, sino la indiferencia de sus pares, el olvido de la opinión pública y el alejamiento de sus discípulos. Eso me dejó profundamente abatido: hasta mi respetado profesor, el campeón de la lógica práctica, el conversador agudo y preciso, caía en incongruencias tan notorias y pueriles. Y ahí pensé: todos nos comportamos de manera similar. Cuando se acerca el fin ─ o mucho antes ─ cometemos los mismos errores, caemos en las mismas vanidades y endulzamos del mismo modo la infancia y la juventud. Y nos mostramos, por consiguiente, carentes de sentido común y, lo que es más grave, de elegancia.
Quien lo hubiera imaginado: durante décadas mi maestro daba la impresión de una notable fortaleza espiritual y de un olímpico desdén por las recompensas de este mundo. Desde afuera su vida parecía ser una seguidilla de éxitos, pero ahora aseveraba que había sido una cadena ininterrumpida de pequeños agravios, de innumerables derrotas repetidas casi cotidianamente. Imposible, me aventuré a contradecirle con estudiada vehemencia: ahí estaban el aprecio de cientos de discípulos, la fama bien establecida, las menciones laudatorias y agradecidas en varios discursos del Presidente Federal alemán, los innumerables estudios y comentarios sobre su teoría y la fascinación que ejercía sobre muchas alumnas. Pero él afirmó, subiendo sorpresivamente la voz, que esto último fue precisamente lo más fugaz, lo más deleznable, lo menos digno de ser recordado. Se había casado tres veces, con mujeres jóvenes, bellas e inteligentes que lo admiraban, y ahora terminaba sus días en la soledad total. La felicidad, me confesó, era el resplandor de unos instantes, la dicha de ciertos momentos y, ante todo, la falsa seguridad que proviene de nuestras confusiones y nuestros prejuicios.
El viejo y querido profesor había representado para mí un dechado de corrección, un paradigma de sabiduría: un ejemplo de vida bien lograda, como se decía en la Antigüedad clásica. Su producción teórica no llegó a convencerme, y no compartí del todo sus análisis y diagnósticos sobre la realidad política y social. Pero su sapiencia práctica era para mí la última palabra. Su actitud estoica frente a los avatares de la vida me pareció lo más sensato que los mortales pueden hacer en un mundo irracional e impredecible. Su talante sereno, su virtuosismo verbal ─ el alemán más bello que jamás escuché ─, su buen gusto admitido y envidiado por la comunidad intelectual y su comportamiento siempre adecuado y oportuno habían constituido a mi entender la norma de perfección que debía imitarse. Y ahora que lo veía tan vulnerable y decaído, contradictorio e ilógico, tierno como un niño y orgulloso como en sus mejores tiempos, me percataba de la fragilidad de los grandes modelos, de la futilidad de todo esfuerzo sostenido, de la debilidad de nuestra especie. Hasta pensé que no poseía un mensaje claro y sistemático o una concepción coherente, sino observaciones circunstanciales, fragmentos centrados en asuntos autobiográficos, recuerdos soterrados, anhelos ambiguos, pensamientos sin grandes enseñanzas ni moralejas. Una doctrina llena de brumas y sombras. (¿Cuál está libre de ello?) Entonces me acordé de una de sus observaciones: la herencia cultural amenazada y precaria es la más valiosa.
Al término de la visita me dijo ─ como una especie de corolario existencial ─ algo que me afligió aun más, porque probablemente se acerca a la verdad, si es que hay algo tan inasible e incierto como la verdad: al final de la carrera y de la vida se sabe menos que al comienzo.
Fuente: www.ecdotica.com


La guerra del pacífico en la literatura boliviana

guerradelpacifico.jpg

La Guerra del Pacífico en la literatura boliviana
Por:Adolfo Cáceres Romero *

Desde luego que abundan los ensayos, estudios y análisis históricos sobre la Guerra del Pacífico en la historiografía boliviana; lo predominante está en la cuestión marítima, pues al paso de los años, gran parte de los bolivianos sentimos cada vez más lejano el retorno a las costas del Pacífico. Con el tiempo, no sólo nos hemos dado cuenta de todo lo que perdimos con esa rica franja costera: el guano de Mejillones, las salitreras de Antofagasta y los minerales de Caracoles, sino también el amplio mar, con todas sus riquezas y posibilidades.
La imaginación y la creatividad bolivianas no se inspiran en las gaviotas, ni en las olas del mar, la arena o las embarcaciones y sus marineros, como parte de su ser; más bien las sienten desterradas, ausentes, cortando su acceso a ésa y otras latitudes.
En 1879, al perder la libertad de surcar por el aire y el cielo marítimos, perdimos la capacidad de deleitarnos con su contemplación. Por eso abundan los estudios y ensayos sobre esa guerra injusta, pero el arte de la palabra, ya sea en poemas, novelas, cuentos o piezas de teatro, apenas sí se ha aproximado a sus predios. Todos sabemos que el arte es regocijo para el espíritu, así sea trágico, como en la Grecia de Esquilo, Sófocles o Eurípides, porque se hace purificador, catártico, como bien lo señalara Aristóteles. Sin embargo, ¿por qué no tenemos una obra señera de la contienda del Pacífico? Es, indudablemente, el hecho histórico de mayor significación en la Bolivia de hoy.
Juan de la Rosa (1885), de Nataniel Aguirre, se ha constituido en la novela que nos evoca la gesta libertaria de la Guerra de la Independencia, al igual que mi Saga del esclavo (2006); asimismo, Sangre de mestizos (1936), de Augusto Céspedes, es el libro de cuentos más leído sobre la contienda del Chaco. Pero de las guerras del Pacífico y del Acre no encontramos nada relevante, a no ser algunos relatos y diarios de campaña que ni siquiera han sido difundidos. Críticos e historiadores llenan ese vacío con una serie de razonamientos que se repiten en inacabadas propuestas de carácter ensayístico. Ya ni los pobladores de las ciudades del Litoral, que viven en cautiverio, añoran su pasado boliviano, porque no hay una obra literaria que se los evoque.
Como nuestro reclamo no se ha perpetuado en una obra de arte que permanezca en el corazón de los bolivianos, todavía aguardamos al autor que recree el heroísmo de los Colorados o la inmolación de Avaroa, en la defensa del Topáter. Algo hizo Joaquín Aguirre Lavayén con su novela Guano maldito (1976), que también la adaptó al teatro en 1986, pero no perduró, constituyéndose en una solitaria alegoría histórica.
Si revisamos a los historiadores de la literatura boliviana, especialmente a Enrique Finot y Fernando Diez de Medina —que todavía son los más consultados—, vemos que ninguno da razón de algún poeta o narrador que se hubiera inspirado en la Guerra del Pacífico; tampoco nos exponen una justificación de ese vacío.
Finot, en su Historia de la literatura boliviana (1943), si bien menciona la narrativa de la guerra, se refiere únicamente a los autores de la Guerra del Chaco; en cambio, Diez de Medina dedica el capítulo 10 de su Literatura boliviana (1953) a la Guerra del Pacífico y los indagadores, pero se queda con los historiadores; entonces nos lanza una motivación engañosa cuando dice: “Se diría que las mutilaciones territoriales retoñan en brotes del espíritu. Bien mirado, las guerras del Pacífico, del Acre, del Chaco son gérmenes fecundos en la evolución del pensamiento nacional”.
Decimos motivación engañosa porque, en concreto, ignora los “brotes del espíritu”, para dedicarse únicamente a los historiadores como “gérmenes fecundos en la evolución del pensamiento”. Su indagación naufraga en el vacío, pues al no encontrar nada de poesía, novela, cuento o teatro que emerja de esa experiencia bélica, se pregunta: ¿Y por qué si somos valientes en la pelea, perdimos todas nuestras guerras? Su respuesta es por de más ingenua, porque considera que el boliviano tiene “coraje individual”, al ser luchador por instinto; en cambio “como pueblo, como sociedad organizada, es diferente”, (…) “ignoramos la ciencia de la guerra como nación” (¿). Ni siquiera sospecha que los políticos y militares, como administradores de los recursos del Estado, fracasaron en su preservación.
No se dieron cuenta de que Diego Portales ya diseñó la expansión chilena combatiendo la Confederación Perú-Boliviana, al propiciar la caída de Andrés de Santa Cruz, que fue derrotado por el ejército chileno, comandado por Bulnes, en 1839; luego ni Ballivián, ni Belzu, ni Melgarejo ni Daza se dieron cuenta de la política expansionista de Chile. Y cuando se consumó el despojo, los políticos lo primero que hicieron fue asegurar la preservación de sus bienes; entonces, Campero, Pacheco y Arce procuraron que las ventajas del ferrocarril construido por Chile les fueran beneficiosas, sobre todo para Arce y la explotación de sus minas. Diez de Medina como colaborador de los gobiernos militares de facto, desde Barrientos a García Meza, tuvo acceso a muchas fuentes que lamentablemente no supo indagar.
Desde luego que a comienzos del siglo XX en algunos periódicos y revistas se publicaron diarios de guerra, relatos y anécdotas que fueron recopilados en parte por Edgar Oblitas Fernández, y por el historiador Roberto Querejazu Calvo; este último en su Guano, salitre y sangre, sin que empero ese material hubiera trascendido en nuestro medio; lo propio ocurrió con la novela de Alcides Arguedas Pisagua (1903), de la que el autor luego renegó por considerarla fruto inmaduro de su talento (tenía 24 años cuando la publicó). En cuanto a los otros géneros, especialmente la poesía, no se ha encontrado nada digno de mención; en teatro aparece la solitaria figura de Antonio Díaz Villamil, con su drama La hoguera (1924), que tuvo poca repercusión.
Es curioso advertir que poetas y narradores como Nataniel Aguirre, Benjamín Lenz, Adela Zamudio, Julio Lucas Jaimes, Benjamín Blanco, Ricardo Jaimes Freyre, Franz Tamayo, Man Césped, Santiago Vaca Guzmán; Arturo Oblitas, Jaime Mendoza, Armando Chirveches y otros como Claudio Peñaranda y su Grupo de la Mañana prácticamente eludieron el tema; en parte, podríamos considerar que la posición universalista de los seguidores del Modernismo influyó en el ánimo de esos creadores, por cuanto se consideraban innovadores al buscar sus temas en otros tiempos y ámbitos culturales.
Así, Ricardo Jaimes Freyre se inspiró en la mitología nórdica y Franz Tamayo en la griega. Por su parte, los románticos de principios del siglo XX prefirieron continuar inmersos en sus penas del alma, antes que lacerar su espíritu con temas de la guerra. Para ambas tendencias —romántica y modernista—, la guerra no era nada relevante para ser cantada en poemas y loas; y, para los realistas, menos ser tema de sus novelas o cuentos, máxime si esas guerras nos habían resultado adversas.
No ocurrió lo mismo con los poetas y narradores chilenos que festejaron su conquista, con bastante éxito, en una serie de obras, siendo una de las más mentadas Episodios nacionales, que derivó en varios títulos, resaltando los que recoge Ramón Pacheco en los volúmenes que comienzan con La chilena mártir, luego continúan con La escuadra liberadora, La corte del general Daza, Un carnaval boliviano, hasta culminar con Los mártires de Tarapacá y Los vengadores.
Algo semejante a las letras de Bolivia ocurrió en el Perú, con predominio del Modernismo, apareciendo muy pocas obras que tocan la Guerra del Pacífico, en la segunda mitad del siglo XX, con los volúmenes novelados por Guillermo Thorndike, a partir de su 1879 y su exaltación biográfica de Miguel Grau, el Caballero de los mares.
http://www.laprensa.com.bo/fondonegro/23-03-08/23_03_08_edicion3.php


Autocrítica y conciliación en la visión artística sobre el mar

bolchil.jpg

Autocrítica y conciliación en la visión artística sobre el mar
Por:Martín Zelaya Sánchez

En la vieja e inextricable calle Jaén —en la zona norte de La Paz—, entre media docena de repositorios no sobresale entre los más vistosos y visitados el Museo del Litoral Boliviano. Esta situación, no obstante, pinta para cambiar a partir de la reciente instalación de la sala Mar Azul, al menos así parece desprenderse de la mirada de Adalberto, un joven lustrabotas de 13 años que queda sin habla al ver cómo operarios municipales ultiman detalles del decorado que incluye reproducciones pictóricas y escenográficas de peces, corales, agua, arena y otros motivos marinos.
“Es increíble ver a un boliviano —comentó alguna vez el poeta chileno Vicente Huidobro— de cara al mar, o tan sólo percibir cómo siente su ausencia en la médula cuando se refiere a éste”.
La desolación a la que se refiere el célebre autor de Altazor se traduce también en la escasa producción artística sobre la Guerra del Pacífico, de cuyo desenlace hoy se recuerda el 129 aniversario. En un exhaustivo ensayo, en la página siguiente, el escritor Adolfo Cáceres Romero dice que esta contienda “no se ha perpetuado en una obra de arte que permanezca en el corazón de los bolivianos”.
Quizás la razón de esta falencia sea que la visión de los artistas e intelectuales, al igual que la de los gobernantes y los ciudadanos de a pie, no dejó de evolucionar en este poco más de un siglo. Desde Pisagua, novela que Alcides Arguedas escribió en 1903 y que brinda una mirada aún caliente, dolida de la guerra, hasta las instalaciones satíricas, críticas, pero conciliadoras y pacifistas que se pueden ver en la exposición Mar a la vista, actualmente abierta en La Paz, la visión artística boliviana trazó un ascenso evidente, pero aún insuficiente como para englobar un capítulo cultural sobre esta temática.
La mirada de hoy
Entre ayer y mañana, en el Museo Tambo Quirquincha, colectivos de hiphoperos y raperos bolivianos y chilenos efectúan el encuentro Conexión Bolivia-Chile, en el que además de difundir su baile y música, llevarán a cabo debates y charlas sobre la problemática marítima, desde el enfoque de las nuevas generaciones.
Sdenka Suxo, coordinadora de la Organización Komunitaria de Raptivistas Urbanos (O-kru), comenta que “hace algunos años no se tocaba el tema en ninguna esfera, pero ahora podemos ver que tanto la sociedad civil como los poderes del Estado han comenzado una nueva era de entendimiento. Entonces el papel de los artistas es incentivar y dar continuidad al trabajo de integración con nuestras herramientas: la danza, la música y otras iniciativas culturales”.
Para Avril Filomeno, curadora de Mar a la vista —que puede verse también en el Tambo Quirquincha hasta el 4 de mayo—, “la mayoría de los 16 artistas participantes no toca la temática de la guerra, sino más bien refleja la necesidad de los bolivianos de vivir la experiencia del mar, el agua, el horizonte… la arena”. La crítica dura y satírica al rencor hacia Chile transmitido en la escuela es otro de los comunes denominadores de la muestra de trabajos, todos de artistas menores de 40 años.
En coincidencia con estas perspectivas, a nombre de O-kru, Suxo explica que “nuestra intención es crear un acercamiento entre naciones a través de la cultura y el diálogo. Encaminar a las nuevas generaciones a que superen el alejamiento que desde pequeños nos inculcan hacia Chile. Hoy en día se debe que cambiar, ir por nuevos caminos que incentiven la integración latinoamericana”.
Las obras en el tiempo
Además de Pisagua, en una primera franja temporal a la que se le puede achacar una postura de distanciamiento y marcada influencia sociopolítica, otras obras —casi todas literarias— sobre la guerra son La Hoguera (1924), drama teatral de Antonio Díaz Villamil, y Guano, salitre y sangre (1965) de Roberto Querejazu. En el medio, cronológicamente hablando, junto a otros trabajos que se pueden considerar de una época de transición, están la novela Guano Maldito (1976) de Joaquín Aguirre Lavayén —que, según Cáceres, “no llegó a trascender”—; varios relatos recopilados por Edgar Oblitas, en un tomo llamado Historia secreta de la Guerra del Pacífico (1978), y la película —primer y único aporte cinematográfico— Amargo Mar (1984) de Antonio Eguino.
Más allá del conteo y el análisis de los enfoques y su cambio en el tiempo, ¿sirve de algo referirse, hoy en día, al mar perdido en cualquier expresión artística-cultural?
Según Suxo, “debe ser un punto de partida para empezar el diálogo. De la protesta se debe ir a la propuesta; los jóvenes tienen que hacer oír su voz que, en su mayoría, estoy segura, está libre de rencores y resentimientos. Es mejor buscar soluciones y no peleas. Tal vez algún día recuperemos una salida al mar, pero eso se logrará con el acercamiento y el diálogo”.
Con letra y música
Entre la escasa interpretación artística sobre la mediterraneidad boliviana, en los últimos años destaca la cantata El mar nuestro de cada día creada por el cantautor Luis Rico con base en textos de Eduardo Galeano. De la esencia y razones de la pieza, que se repondrá hoy a las 11.00 en el Museo del Litoral, nos habla el tupiceño.
—¿En qué consiste la cantata?
—Está compuesta por 12 relatos unidos por mis canciones y que abarcan desde 1865 hasta 1891, periodo en que bolivianos, peruanos y chilenos se destriparon a golpes de bayoneta, mientras los ingleses compraban los campos de batalla riquísimos en salitre.
Este género trovadoresco me permite hacer una propuesta para que todos los bolivianos intentemos una nueva política marítima basada en la integración regional de América Latina, y para de una vez por todas hacer entender al planeta que Bolivia no puede continuar “secuestrada” en el corazón de América del Sur, mientras el mundo económico global navega por los mares.
—¿Por qué te basaste en los textos de Galeano?
—El entrañable cronista uruguayo es un autor que mira el continente con ojos integradores. Cuando le envié la obra me felicitó agradecido, pensando seguramente que era otra forma de refrescar la “memoria del fuego” de los latinoamericanos.
—¿De qué sirve hoy en día referirse al mar perdido en cualquier expresión artística-cultural?
—Considerando que la crisis política, social y económica de Bolivia se basa en las profundas diferencias entre los bolivianos que viven en el norte y el sur, en los extremos territoriales. Considerando que los grandes negocios del mundo navegan por los mares. Considerando que nuestro enclaustramiento geográfico está produciendo enclaustramiento psicológico en ya varias generaciones, algunos artistas debemos renovar nuestro espíritu de lucha por un entendimiento que nos devuelva la soberanía sobre las costas del Pacífico.
—¿Cambió la visión de los intelectuales y artistas bolivianos sobre la problemática marítima en las últimas décadas? ¿Cómo era esta mirada cuando empezabas tu carrera?
—En Managua, Nicaragua, y en Zúrich, Suiza, compartimos escenario con Ángel e Isabel Parra, hijos de la inolvidable Violeta. Entonces ya habíamos sufrido el exilio de las dictaduras. Después de los conciertos analizábamos nuestros problemas concluyendo que la democracia chilena después de Pinochet y la boliviana después de Banzer y García Meza serían tan dolorosas como las dictaduras y que deberíamos seguir cantando para lograr una verdadera democracia. Con Ángel nos prometimos dialogar cuando esto suceda. Mientras tanto seguimos cantando y contando.
Algunas miradas desde Chile
Caliche sangriento (1969)
Helvio Soto

El filme recrea la odisea de un grupo de soldados chilenos perdidos en pleno desierto en el trayecto de Ilo a Moquegua, durante el conflicto bélico.
En la travesía, y debido a las inclemencias del crudo clima desértico, se desarrollan pleitos internos entre los soldados, lo que otorga una proyección humana a un acontecimiento histórico de tanta relevancia. Es una película pacifista y polémica, sobre el tema político que desencadena una guerra y las personas que finalmente se ven inmersas en ella.
El mar enterrado (2005)
Patricio Jara
Esta novela de historia-ficción narra las peripecias de un hombre derrotado antes de combatir, matizada con la semblanza de un soldado y de un grupo de marinos bolivianos que presenciará la toma del puerto de Antofagasta por parte de los chilenos. Es su regreso a casa a través de los Andes.
La obra está ambientada en el torbellino de revueltas políticas por pugnas de litigios fronterizos en el norte de Chile, en los meses previos a la guerra. Es en este contexto en el que emerge la figura de un erudito capitán boliviano que deberá abandonar la tranquilidad de los salones de instrucción asentados en La Paz para embarcarse rumbo a un hostil puerto encallado en un inhóspito desierto, que oculta un nido de almas y pasiones nacionalistas dispuestas a luchar con desenfreno por una causa que termina dejando sin mar a Bolivia.
Paz, un proyectocinematográfico
Charly Vargas

El director Charly Vargas prepara una cinta basada en la Guerra del Pacífico, cuyo título inicial Paz define su visión integracionista. Según informa La Tercera on-line, el proyecto comenzó en 2002 y no halló la continuidad deseada, pero de todas maneras no fue cancelado. La historia se refiere a un grupo de jóvenes del sur de Chile que se enlistaron voluntariamente para ir al frente de batalla, aunque sólo dos van a volver.
La idea es rescatar detalles poco conocidos sobre el conflicto, como la labor de los telegrafistas y lo peligroso que resultaba en la guerra unir dos cables para comunicar a dos ciudades, o la participación de muchos inmigrantes chinos.
Epopeya (2007)
Rafael Cavada

En marzo de 2007, la Televisión Nacional de Chile, a instancias de la Cancillería, postergó la exhibición del documental Epopeya de Rafael Cavada y Cristian Aylwin, que finalmente se exhibió semanas después.
El programa consta de tres capítulos, fue grabado en Chile, Perú y Bolivia, y muestra “las clases (de historia) a los niños y a la gente que va a por la calle”, según Cavada. “Grabamos en las plazas de armas de Lima, La Paz y Santiago y la gente nos contó su parte de la historia que, dependiendo del país, minimiza sus brutalidades y exacerba las de los otros”.
Para Cavada, el fin de su trabajo en la serie es eliminar las ignorancias que existen en Chile, Perú y Bolivia respecto de la contienda bélica. “El programa elimina esa ignorancia, la que existe en los nacionalistas exacerbados, y se limita a mostrar las visiones actualmente sobre la Guerra del Pacífico y cómo nos afectan en el diario vivir”.
La amarga historia en la óptica de Eguino
La película Amargo Mar (1984) de Antonio Eguino es una interpretación histórico-política de hechos y personajes de la Guerra del Pacífico. El expansionismo chileno del siglo XIX, apoyado por el imperialismo inglés, y la actitud de la poderosa oligarquía minera boliviana son reinterpretados críticamente, en una tesis que rescata personajes vilipendiados por la historia oficial, reconstruye episodios de combatientes poco conocidos y cuestiona a otros.
Un personaje de ficción, el ingeniero Manuel Dávalos (interpretado por Germán Calderón) y su enamorada una rabona —mujer que acompañaba a la tropa para preparar los alimentos—, tarijeña conocida como “La Vidita” (Enriqueta Ulloa), son los testigos conductores de este relato de intrigas y mezquindades.
De retorno de un viaje de exploración al Litoral, Dávalos alerta al presidente Hilarión Daza (Eddy Bravo) acerca de los inminentes peligros que se ciernen sobre la zona, ambicionada por los capitales chilenos y británicos. Al estallar el conflicto, Daza, a quien la versión tradicional presenta como el gran culpable, intenta movilizarse pero ya es demasiado tarde.
“Yo, al igual que los bolivianos medianamente instruidos —comenta Eguino en el portal de la Universidad de Santiago de Chile— sabía muy poco de lo que había sucedido en ese conflicto. Fue ese desconocimiento el motor que impulsó una investigación titánica. Todos sabemos que la historia la escriben los que vencen, los poderosos. En Bolivia sucedió que la oligarquía de la plata decidió qué se debe decir y cómo”.
Mar a la vista
Mientras aún se acomodan y terminan de ordenarse 16 instalaciones, performances y exposiciones marinas en la vieja casona del Tambo Quirquincha, se pueden apreciar ciertos sesgos interpretativos predominantes y llamativos.
Alejandra Alarcón presentará un video llamado Miss Litoral, en el que, con un fondo musical montado de la conocida marcha Recuperemos nuestro mar, se puede ver un concurso de Miss y Señorita Litoral de los años 80. En Postal desde el mar, Alejandra Delgado muestra una serie de tomas en las que se la ve a ella mirando el horizonte marítimo en la playa peruana de Huanchaco, como queriendo decir que el mar puede estar o no estar, que es algo circunstancial.
El peruano Paul Zelada en su obra Dos segundos en el mar desglosa una grabación de sólo dos segundos —en cámaras a diferentes velocidades— en la que se ve a una persona acercándose, perdiéndose, empapándose irremediablemente de mar. Alejandro Archondo prepara una instalación llamada In situ, que consiste en un paisaje lineal a modo de horizonte, que ofrece distintas perspectivas visuales mediante espejos estratégicamente ubicados.
Por andar de fiesta hasta perdimos el mar, parece ser el mensaje directo de la instalación de Juan Fabri y Mariela Arroyo, en la que se ven varias toallas de playa bordadas con lentejuelas. Completan la muestra los trabajos Terrimedáneo de Rodrigo Rada, que es una filmación de las costas de Copacabana desde el centro del lago; Son de mar es de Alejandra Andrade, quien grabó un CD con varias canciones sobre el mar, que junto con un glosario sobre los objetos necesarios para ir a la playa o a alta mar son un regalo para los visitantes de la muestra que abrirá hasta el 4 de mayo.
Fuente: www.laprensa.com.bo


Ciudadano X de Emilio Martínez

ciudadanox.jpg

Emilio Martínez y su literatura X
Por:Darwin Pinto

Emilio Martínez se entrevista a sí mismo en su libro Ciudadano X que, como su nombre lo indica, es en verdad una incógnita en muchos sentidos. La obra, que trata sobre las influencias que padece el actual Gobierno boliviano por parte de monopolios extranjeros que pretenden dominar el posible futuro mercado legal de drogas, ha sido sustentada, según el autor, por información de revistas, periódicos en papel y digitales, la internet, entrevistas y charlas de café off the records, es decir que no se puede revelar el nombre de sus interlocutores, lo cual (el anonimato de las charlas) es válido en este caso, dado el tema que toca.
—¿Quién es este ciudadano X?
—Es un personaje literario que fusiona voces de muchos protagonistas del proceso político boliviano de los últimos años. Lo he ido construyendo con una acumulación de off the records y conversaciones. Hablamos de información acumulada desde 2005 hasta ahora. El trabajo de escritura lo comencé hace poco menos de un año.
—¿Cuál es el eje del libro?
—La relación entre todo el proyecto de Evo con poderes fácticos, nacionales e internacionales, con grupos de poder y con ONG…
—En el libro hay una tesis sobre el financiamiento del actual Gobierno por el magnate George Soros. ¿Cuál es la relación del Gobierno con este especulador mundial que, según tu libro, saldría ganando si se legaliza la droga?
—Esa relación está comprobada. Hay varias ONG que han participado en la construcción del proyecto de Evo Morales desde 1994, cuando no era ni diputado. Hay una ONG que se llama Coca 90, dirigida por un británico, Anthony Hennan. Una de sus principales fuentes de financiamiento es el Open Society Institute, que es de Soros y que financia unas 50 ONG en todo el mundo, muchas de éstas están dedicadas a promover la despenalización de las drogas.
Hay varios nexos con Evo, hay muchas fuentes de prensa internacional que han apuntado a esto y están citadas en el libro. Incluso se sabe de una cena que tuvieron Soros, Quintana y Morales en Nueva York, un día antes de que Evo hablara ante la ONU promoviendo la despenalización de la coca. Nos queda la duda de que si la despenalización de la coca que promueve el Gobierno formaría parte de la agenda mayor de Soros, que apunta a la despenalización de la cocaína.
—Si tuvieras que encasillar el libro en un género, ¿en cuál sería?
—Es un transgénero, es un cruce entre periodismo y literatura. Es la primera vez que cruzo las dos vías por donde venía mi escritura.
—¿Cómo imaginas al ciudadano X?
—Una persona mayor, usa gafas, fuma, a veces toma café o whisky.
—¿Con quién conversa en su diálogo y en qué escenario?
—Con un periodista. Es mi álter ego. El escenario varía, a veces es un café, Viru Viru, en la Monseñor Rivero, un restaurante de El Prado de Cochabamba o la plaza 24 de Septiembre.
—Las fuentes de los datos son clave en cualquier libro para ver el peso y la credibilidad de un escrito. Me refiero a fuentes de verdad, además de las revistas y los periódicos digitales que mencionas en el libro como fuentes. En el trabajo de recopilación de información, ¿hiciste labor de campo, fuiste a Chapare, estuviste en ese tipo de lugares?
—En el libro hay muchas citas reveladas por Tomás Eloy Martínez o Álvaro Vargas Llosa. Mis fuentes son entrevistas, conversaciones informales, investigación de prensa (revistas, periódicos, agencias de noticias) y mucha internet.
—En el libro dices que hay escribas del Gobierno que falsean la verdad. ¿Tienes identificados a esos biógrafos oficiales?
—Álex Contreras.
—Otra parte de tu libro dice que estos biógrafos oficiales afirman que Evo estudió secundaria en el colegio Marcos Beltrán Ávila de Oruro, pero en tu libro el ciudadano X dice tener información de que Evo sólo cursó pocos años de primaria y que eso lo confirma Eloy Martínez… Además de lo que dice el escritor argentino, ¿tienes pruebas reales de que es falso que Evo haya estudiado secundaria en ese colegio? ¿Fuiste al colegio, hablaste con la directora Alicia Luna para confirmar ese dato que figura en otras biografías? Ella muestra las notas de cuarto medio de Evo a quien se las pida. Yo las he visto…
—Tengo una fuente testimonial de una persona de Oruro que conoció a Evo desde la infancia.
—En tu libro dices que los biógrafos “generosamente” pagados por el Gobierno o por PDVSA han creado la leyenda de un Evo que corre tras las primeras faldas que se le cruzan, o sea, una especie de “latin lover aymara”… Es una versión que está en Un tal Evo (libro escrito por el autor de esta entrevista). ¿Tienes pruebas de que los biógrafos que escribieron eso han sido pagados?
—Es obvio que si Álex Contreras escribe la biografía de Evo… Sé que Pablo Estefanoni ha escrito algo también y que tenía una oficina en el Palacio Quemado. No me refiero a Un tal Evo. Confieso que no lo he leído.
—Sorprendiste a todos dejando la literatura por la política en este libro. ¿Cuándo tomaste la decisión de cruzar la barrera?
—Más que cruzar la barrera, eran dos caminos paralelos que se fusionaron. Esta realidad supera todas las ficciones.
Fuente: www.laprensa.com.bo


Costumbres del alcaucil, libro de cuentos de Fernando Sorrentino

alcaucil.jpg

Costumbres del alcaucil de Fernando Sorrentino
(Publicamos hace poco en ecdotica el cuento el Irritador de Fernando Sorrentino, publicado nuevamente en su reciento libro de cuentos Costumbres del alcaucil)
Costumbres del alcaucil es un libro para niños a partir de once años, y reúne cinco historias del escritor argentino Fernando Sorrentino (Buenos Aires, 1942). Se trata de un libro bastante peculiar, pues aunque su autor ya ha publicado otros títulos para niños y jóvenes —Cuentos del Mentiroso, La recompensa del príncipe, Historias de María Sapa y Fortunato, entre otros—, los relatos que lo conforman fueron escritos originalmente para cualquier público, sin distinción de edad.
Los cinco relatos ya habían sido publicados en otros libros del autor. “Costumbres del alcaucil” apareció originalmente en 2005; “El irritador”, en 2004; “En defensa propia”, en 1982; “Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza”, en 1972, y “Para defenderse de los escorpiones”, en 1982. Ahora han sido reunidos en este volumen de Pan Flauta, la colección del sello Sudamericana orientada a niños y jóvenes.
Quizás la razón por la que estos cuentos encajan tan bien como literatura infantil haya que buscarla en el epílogo que Sorrentino ha incluido al libro. “…No quiero simbolizar absolutamente nada ni pretendo pintar una alegoría de ninguna cosa ni intento construir metáfora alguna. Tampoco busco trasmitir ningún mensaje de carácter moral ni espiritual ni social ni político…, ni nada de nada. En resumen: cuando escribo un cuento, sólo quiero escribir un cuento, y mi exclusivo propósito es que me salga lo mejor posible”.
La prosa de Sorrentino —iluminada, además, por las imágenes de María Delia Lozupone— suele ser llana, directa, como ya sabrá el lector que se haya topado con sus trabajos publicados en Letralia. Sus historias inician contando hechos cotidianos que poco a poco van desembocando en retorcidas y absurdas peripecias, como puede verse en la que le da título al libro: “Algunos alcauciles estrangularon y devoraron a las demás plantas del balcón: malvones, geranios, un rosal siempre frustrado, unos helechos antiquísimos, un bravío cacto espinoso. Otros alcauciles, en cambio, prefirieron cavar la tierra y capturaron lombrices útiles y sabandijas perjudiciales. Un tercer grupo trepó por las paredes y penetró en lo hondo de los antros de las arañas”.
En otros casos, como en “Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza”, el absurdo se prefigura desde el primer párrafo camuflado bajo la apariencia de la cotidianidad: “Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza. Justamente hoy se cumplen cinco años desde el día en que empezó a pegarme con el paraguas en la cabeza. En los primeros tiempos no podía soportarlo; ahora estoy habituado”.
Fuente: http://www.letralia.com/183/caracol01.htm


Cuento del mes de Marzo. Una selección de Bartolomé Leal

pimienta.jpg

Cuento del mes: marzo 2008
Les informamos que ya está disponible el cuento del mes de marzo, una selección de Bartolomé Leal.
Se trata de Pimienta, escrito por Naguib Mahfuz quien nació en El Cairo en 1911. Licenciado en filosofía y literatura, se inició escribiendo novelas históricas, lo que abandonó para abocarse a expresar la vida de las clases populares egipcias, en la tradición del humanismo árabe. Al ganar el Premio Nóbel en 1988, su renombre se hizo universal. Aparte de sus célebres novelas, fue prolífico autor de cuentos. En 1994 un integrista islámico intentó asesinarlo por supuestos ataques a la religión musulmana en su obra, clavándole un cuchillo en el cuello. El ataque le causó graves daños en la visión y la audición, así como la parálisis de un brazo. Dos años más tarde fue calificado de “hereje” y sentenciado a muerte por grupos radicales islámicos. Desde entonces permaneció recluido en su hogar, con esporádicas salidas bajo control policial. “No lo entiendo, nunca podré entender por qué algunos aman tanto la violencia”, dijo a propósito del atentado. Falleció en El Cairo en el 2006.
El enlace es: http://www.ecdotica.com/cuento-del-mes/


Presidencia sitiada. Memorias de mi Gobierno de Carlos Mesa

carlos-mesa.jpg

Carlos Mesa hace memoria de su sitiada presidencia
El 12 de febrero de 2003, en plena balacera de policías y militares en la plaza Murillo, Gonzalo Sánchez de Lozada salió del Palacio de Gobierno no en una ambulancia, como dijeron los medios informativos, sino en el blindado auto presidencial. El vicepresidente Carlos Mesa lo hizo en una vagoneta oficial, no blindada, cuyo vidrio trasero protegía con un chaleco antibalas su personal de seguridad.
Con un detalle que puede ser anecdótico, el ex presidente de la República Carlos Mesa da la pauta de cómo la historia contemporánea, que nosotros vamos viviendo y creemos conocer, necesita en realidad de más voces, de testigos, de gente que haya vivido mucho más de cerca los hechos para poder armar una verdad que, de todas maneras, siempre será parcial.
Una de esas voces es justamente la de Mesa, quien ha traducido en un libro de 327 páginas cuanto su memoria, documentada y no por ello libre de subjetividad, le permite reconstruir de un periodo traumático, cuyas consecuencias vivimos hoy mismo los bolivianos.
En primera persona, el historiador, el periodista, el ¿político? —según él mismo se pregunta— hace el recuento de su paso por el poder. Explica el porqué aceptó acompañar a Goni en la fórmula del MNR, pondera el primer gobierno de este hombre a quien pronto conoció mejor, decepcionándose hasta llegar a la ruptura.
Los entretelones de octubre del 2003 están descritos, con sus personajes y las circunstancias que no quisieron o no supieron salvar. Mesa habla de la Presidencia que le tocó asumir abruptamente y señala las decisiones que tomó, sus errores, sus aciertos, sus amigos incondicionales y quienes hicieron lo posible para que el proyecto fracasara.
Es el testimonio de un protagonista de primera línea. Relata, reconstruye y se confiesa.
Como se ha dicho, seguramente hay más voces, más verdades. Lo que resulta valioso en esta memoria —la única escrita por un ex mandatario boliviano sobre su periodo presidencial— es que tiende un escenario sobre el que la memoria de cada quien puede moverse y reflexionar sobre la responsabilidad de las propias acciones u omisiones.
El Congreso, el Tribunal Constitucional, los medios informativos, la Embajada de EEUU, la Iglesia Católica, los partidos tradicionales, Evo Morales, los líderes regionales… Allí estuvieron, con su parte de culpa o de redención. Es decir, la historia no empieza hoy. Presidencia sitiada. Memorias de mi Gobierno. Carlos D. Mesa Gisbert. Plural Editores. La Paz, marzo del 2008.
Algunas revelaciones y admisiones
DEFENSORA
• Ana María Romero no podía ser Defensora del Pueblo, no debía ser Defensora del Pueblo por la simple y sencilla razón de que no se podía aceptar que la antipolítica le dictara la agenda a la política, pregonaba Jaime Paz desde El Picacho. (Pág 63).
CUOTEO • El cuoteo era un dogma que los operadores no aceptaban poner en tela de juicio. ´Para qué hemos llegado al poder sino para ejercerlo, lo más que podemos hacer es encontrar a los mejores dentro de aquellos que vamos a imponer, decían muy tranquilos, especialmente Eid (Franco), que en privado nunca andaba con los largos y tediosos rodeos que daba en público. (Pág 64).
IGLESIA • La actitud de Juárez…, Abastoflor…, Solari…, del propio Cardenal, amigo personal de Hormando Vaca Diez, fue de un enfriamiento progresivo, hasta el convencimiento de todos ellos de que debía irme del gobierno. Abastoflor me lo dijo sin rodeos en una reunión que sostuvimos en el Palacio… ´. (Pág. 115).
PARTIDO • ´El trabajo (de organizar una estructura política propia para tener mayor margen de juego en el Congreso) se empezó tarde, por culpa mía, y no pudo consolidarse, pues para lograrlo era imprescindible la creación de un partido que me negué a organizar, con una increíble falta de visión política, como luego demostraron los hechos´. (Pág, 137).
EVO MORALES • ´…me llamó por teléfono al Palacio y me dijo en tono risueño: ´¿Por qué ha renunciado a la presidencia? No debía haber renunciado, el Hormando puede ser Presidente y no sé qué va a pasar. Nosotros lo vamos a bloquear desde el primer minuto que jure´. ´Pero si tú mismo me has pedido la renuncia en una carta, Evo´. ´No pues, no debía tomarse en serio esa carta jefecito, era una movida política no más´. (Pág. 192).
Fuente: www.la-razon.com


Los recursos de las fronteras literarias se van ampliando

4_dochera.jpg

Las fronteras de los recursos literarios se van ampliando
Por: Edmundo Paz Soldán

La literatura es parte de una ecología de medios que compiten entre sí. Esa competencia puede producir diálogos tensos o estimulantes, apropiaciones constantes de los efectos producidos por otros medios. La llegada del cine, la televisión y el ordenador no significó, como algunos críticos apocalípticos llegaron a sugerir, el fin de las novelas, de los poemas. Los escritores se han ido adaptando a la convivencia con estos medios: los novelistas incorporaron a su escritura procedimientos narrativos derivados del cine; los poetas experimentaron con la tipografía de la máquina de escribir; hoy, gracias a internet y las facilidades tecnológicas del ordenador, ha aparecido el blog como un nuevo género literario; una nueva generación de autores lo utiliza como parte fundamental de su proyecto narrativo, a la vez que busca incorporar en su escritura procedimientos aprendidos en la diaria convivencia con los medios y las tecnologías emergent