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Mi viejo y querido profesor



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Mi viejo y querido profesor
Por: H. C. F. Mansilla

Mi última estadía en Alemania incrementó un ánimo pesimista que arrastro desde la infancia. Uno de mis maestros universitarios más admirados estaba gravemente enfermo, y yo le hice una visita de cortesía. Ambos nos dimos cuenta de que era la última vez que nos veríamos. Ello dio a la ocasión un aire solemne: sin quererlo, tratamos de sopesar cada palabra y de medir cada gesto. Me pareció curioso, porque mi profesor era el paladín de la ironía y de las bromas. En mis años estudiantiles él me enseñó algo que no practiqué: la necesidad de ponerse a diario en cuestionamiento, la conveniencia de tomar todo con distancia y la pertinencia de ejercitar un estoicismo moderado y distinguido. Y yo pensaba a menudo como necio consuelo: proponer algo así es mucho más fácil que actuar en consonancia.
Mi maestro, que siempre había evitado referirse a sucesos y circunstancias personales, me contó inesperadamente muchos detalles y episodios de su vida. Esto fue lo que me produjo pesadumbre: el hombre había hecho de la crítica y la ironía su arma intelectual, su estilo de enseñanza y hasta la marca distintiva de su escuela, y ahora dejaba vislumbrar una existencia por demás prosaica y sin relieve. Ninguno de los relatos tenía valor literario o anecdótico, y ésto era lo triste: esos retazos de vida, contados con cariño y morosidad, trataban de concitar mi atención, dilatar mi visita y quizá ilustrar o dar cuerpo a un mensaje que resumiera el cúmulo de sus conocimientos.
El había querido brillar en la ingrata república de las letras y las ciencias, y hasta ejercer alguna influencia sobre los asuntos públicos. Sus muchos libros y, sobre todo, su incansable asesoramiento en favor de diferentes gobiernos eran testimonio de ese designio. Hubiera querido ser el preceptor de una nueva Alemania, razonable y democrática, como también lo deseó Max Weber, su gran modelo. Como defendiéndose de un posible reproche, en cierto momento mi apreciado catedrático afirmó que jamás se había hecho ilusiones en torno al reconocimiento del ámbito académico y que nunca le interesó el juicio de la posteridad, pero eso, obviamente, no correspondía a la realidad. Acto seguido me aseguró, por ejemplo, que no eran las enfermedades ni el olvido de sus hijos lo que le dolía, sino la indiferencia de sus pares, el olvido de la opinión pública y el alejamiento de sus discípulos. Eso me dejó profundamente abatido: hasta mi respetado profesor, el campeón de la lógica práctica, el conversador agudo y preciso, caía en incongruencias tan notorias y pueriles. Y ahí pensé: todos nos comportamos de manera similar. Cuando se acerca el fin ─ o mucho antes ─ cometemos los mismos errores, caemos en las mismas vanidades y endulzamos del mismo modo la infancia y la juventud. Y nos mostramos, por consiguiente, carentes de sentido común y, lo que es más grave, de elegancia.
Quien lo hubiera imaginado: durante décadas mi maestro daba la impresión de una notable fortaleza espiritual y de un olímpico desdén por las recompensas de este mundo. Desde afuera su vida parecía ser una seguidilla de éxitos, pero ahora aseveraba que había sido una cadena ininterrumpida de pequeños agravios, de innumerables derrotas repetidas casi cotidianamente. Imposible, me aventuré a contradecirle con estudiada vehemencia: ahí estaban el aprecio de cientos de discípulos, la fama bien establecida, las menciones laudatorias y agradecidas en varios discursos del Presidente Federal alemán, los innumerables estudios y comentarios sobre su teoría y la fascinación que ejercía sobre muchas alumnas. Pero él afirmó, subiendo sorpresivamente la voz, que esto último fue precisamente lo más fugaz, lo más deleznable, lo menos digno de ser recordado. Se había casado tres veces, con mujeres jóvenes, bellas e inteligentes que lo admiraban, y ahora terminaba sus días en la soledad total. La felicidad, me confesó, era el resplandor de unos instantes, la dicha de ciertos momentos y, ante todo, la falsa seguridad que proviene de nuestras confusiones y nuestros prejuicios.
El viejo y querido profesor había representado para mí un dechado de corrección, un paradigma de sabiduría: un ejemplo de vida bien lograda, como se decía en la Antigüedad clásica. Su producción teórica no llegó a convencerme, y no compartí del todo sus análisis y diagnósticos sobre la realidad política y social. Pero su sapiencia práctica era para mí la última palabra. Su actitud estoica frente a los avatares de la vida me pareció lo más sensato que los mortales pueden hacer en un mundo irracional e impredecible. Su talante sereno, su virtuosismo verbal ─ el alemán más bello que jamás escuché ─, su buen gusto admitido y envidiado por la comunidad intelectual y su comportamiento siempre adecuado y oportuno habían constituido a mi entender la norma de perfección que debía imitarse. Y ahora que lo veía tan vulnerable y decaído, contradictorio e ilógico, tierno como un niño y orgulloso como en sus mejores tiempos, me percataba de la fragilidad de los grandes modelos, de la futilidad de todo esfuerzo sostenido, de la debilidad de nuestra especie. Hasta pensé que no poseía un mensaje claro y sistemático o una concepción coherente, sino observaciones circunstanciales, fragmentos centrados en asuntos autobiográficos, recuerdos soterrados, anhelos ambiguos, pensamientos sin grandes enseñanzas ni moralejas. Una doctrina llena de brumas y sombras. (¿Cuál está libre de ello?) Entonces me acordé de una de sus observaciones: la herencia cultural amenazada y precaria es la más valiosa.
Al término de la visita me dijo ─ como una especie de corolario existencial ─ algo que me afligió aun más, porque probablemente se acerca a la verdad, si es que hay algo tan inasible e incierto como la verdad: al final de la carrera y de la vida se sabe menos que al comienzo.
Fuente: www.ecdotica.com



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