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In Memoriam de Arthur C. Clarke



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Arthur C. Clarke
Por: Pedro Shimose

El escritor británico Arthur Charles Clarke (Minehead/ Reino Unido, 16/12/1917–Colombo/ Sri Lanka, 18/03/2008) murió, a los 90 años, en un hospital llamado Apolo, homónimo del proyecto espacial estadounidense que hizo posible la conquista de la luna, en 1969.
Divulgador de temas científicos y autor de novelas y relatos de ciencia ficción, Clarke residía en Colombo, capital de Sri Lanka (la antigua Ceilán), desde 1956. Su nombre adquirió fama mundial gracias a la película 2001: una odisea espacial (1968), dirigida por Stanley Kubrick, basada en El centinela (1951), relato breve de Clarke que narra el hallazgo, en la luna, de un objeto geométrico fabricado en tiempos remotos por seres inteligentes y con materiales desconocidos. Éste es el punto de partida del guión cinematográfico escrito al alimón por Clarke y Kubrick. A partir del filme, Clarke desarrolló la idea argumental hasta convertirla en novela. Autor de 80 libros y opúsculos, sus novelas más representativas son: El fin de la infancia (1953), La ciudad y las estrellas (1956), 2001: Una odisea espacial (1968), Cita con Rama (1973) y Regreso a Titán (1975).
Al día siguiente de su muerte, los científicos de la NASA informaron de que el telescopio Hubble, en Pasadena (California), había detectado moléculas orgánicas en un mundo fuera de nuestro sistema solar. A Clarke le hubiera satisfecho saber que a 63 años luz de la Tierra, en la constelación Vulpecula, existe un inmenso planeta del tamaño de Júpiter, cuya atmósfera contiene metano y vapor de agua. Es un dato que refuerza la hipótesis de que existen seres vivos en otros planetas.
De este modo se veía cumplido uno de los tres deseos que obsesionaron a Clarke: 1) que la humanidad reciba alguna evidencia de vida extraterrestre; 2) que la humanidad abandone su dependencia del petróleo a favor de energías no contaminantes y; 3) que concluya el conflicto que divide a Sri Lanka y se imponga la paz. Lo curioso es que su último deseo parece ser el menos realizable.
En su libro Perfiles del futuro (1962/1973), Clarke formuló tres leyes. La primera reza: “Si tres leyes fueron suficientes para Newton, modestamente decido parar aquí”. La segunda: “Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. Y tercera: “La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse hacia lo imposible”. Estos aforismos definen el carácter, la actitud y el sentido del humor de Clarke.
En un artículo publicado en 1945 vaticinó los satélites de órbita geoestacionaria (en su honor serían bautizados como ‘órbita Clarke’), invento que hizo posible la telefonía móvil (los teléfonos celulares de hoy). Por consejo de su abogado no patentó la idea y así perdió la oportunidad de ser rico. A este respecto, escribió un opúsculo titulado con humor: Pequeña prehistoria de los satélites o cómo perdí un billón de dólares en mi tiempo libre. Otra de sus intuiciones fue predecir lo que hoy conocemos con el nombre de Internet.
Arthur Clarke es uno esos escritores –como Isaac Asimov, Robert A. Heinlein, Carl Sagan y Bill Bryson– que tratan de dotar a la raza humana de una conciencia moderna del tiempo y del espacio, de nuestros conocimientos del universo y del puesto del ser humano en el cosmos. Creía fervientemente en el progreso y la ciencia como instrumentos de trascendencia de la especie humana. Vagamente ‘nietzscheano’ en alguna de sus novelas, espiritualmente afín al pensamiento de Teilhard de Chardin, admirador de la mística oriental, su obra exalta las grandes conquistas de la mente humana. Su vida sentimental fue caótica, salpicada de amores frustrados, divorcios y rumores acerca de su presunta pederastia, jamás confirmada. Midió su edad no en años, sino en órbitas alrededor del Sol. Murió, pues, tras haber cumplido 90 órbitas alrededor del Sol. //Madrid, 31/03/2008.



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