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Artículo de Claudio Ferrufino-Coqueugniot



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Libros de memorias Evocación
Por: Claudio Ferrufino-Coqueugniot

A naïs Nin escribió una obra monumental, su famoso Diario que admiró Henry Miller, y por el que desfilan el mismo Miller, Gore Vidal, Lawrence Durrell y tantos otros. Obra de peso, y no la exclusivamente reveladora de la vida de los artistas de París en la década del 30, el Diario se mantiene como lectura obligatoria para aquellos interesados en las autobiografías.
En distinto nivel, porque fue la creación de un artista solitario, y porque el autor se preocupa de temas anexos a lo que podría ser sólo la descripción de su vida, no tan rica ni tan experimentada como la de Nin, los Diarios de Franz Kafka son una introspección donde se busca a sí mismo como hombre, como judío, como escritor. Sus anotaciones en muchos casos son de carácter filosófico y alejan estos textos de lo que comúnmente llamaríamos ‘memorias’, escritos que adrede apuntan a describir la existencia de quien escribe en una cronología específica.
Otro judío alemán cuyas memorias afirmaron mi gusto por Europa central fue Stefan Zweig. El mundo de ayer es un notable y melancólico paso antes de la debacle del nazismo. Zweig guía por una Austria que se desmorona históricamente, pero que es fértil y cultivada entre una intelectualidad de excepción.
Mucho tiempo ha pasado desde que leí aquel libro, en edición argentina, en los estantes de casa, sentado sobre los mosaicos fríos del pasillo, mosaicos que, con el tiempo supe, cuando me hice obrero de una marmolera local, se hacían con restos de mármol y granito picados, amalgamados en arcilla coloreada a gusto y pulidos en grandes máquinas que les daban precioso brillo.
Narraciones de labor aparte, hablábamos del papel guía de Stefan Zweig por una Austria agonizante. Joseph Roth, autor también judío que sintió el colapso del imperio austro-húngaro como colapso propio, toca la misma temática que Zweig en su novelística. El arte en general, muy rico en la región, sintió el estertor y luego el derrumbe. No otra cosa son los angustiosos modelos de Schiele, los parcos demonios de Von Stuck, los oros de Klimt, los dibujos inverosímiles del autor/pintor Alfred Kubin que presagian un próximo Armagedón y la inutilidad humana de impedirlo.
El húngaro Arthur Koestler hizo de la autobiografía un género popular. Lo ayudó la época de grandes cambios ideológicos, el advenimiento del comunismo, del nazismo, la guerra mundial, la Guerra Civil Española. Lo que hizo de su obra literatura de aceptación masiva vino quizá de su origen periodístico y de que Koestler se apropia de los temores, por lo general fundados, de la gente en épocas de cambio que habrían de decidir el futuro curso de la historia.
Apuesta por el comunismo y se desencanta; desenmascara a los regímenes dominantes de entonces en Europa: Alemania hitleriana y Rusia soviética y opta por el hombre, circunstancia que trasladada al campo político se transformaría en la aceptación de la democracia representativa (Inglaterra, Estados Unidos) como única opción aceptable.
Cuando Arthur Koestler, en su biografía en cinco tomos, comienza a inclinarse hacia allí, la calidad literaria de su obra (hablo de La escritura invisible) merma. Es superior al principio. En Euforia y utopía es todavía el viajero impenitente y crítico cuyas descripciones son plenas de sabor: Georgia, los revolucionarios del Cáucaso, el vino blanco regional…
Koestler es quizá el último autor del siglo XX que hace de las memorias un objeto de consumo. Cierto que hay escritores populares, hablemos de Paul Theroux, pero su obra es más literatura de viaje que memoria, parecido a Richard Francis Burton, Pierre Loti o al contemporáneo Kapuszinski. Será que la esencia del hombre se arrumba (herrumbra) en el diván del olvido y no hay comparación, por citar un caso concreto y conocido, entre la autobiografía de Mario Vargas Llosa y aquella de Arthur Koestler.
Rusia es ejemplificadora. La figura de Alejandro Herzen se levanta en la cúspide de la memoria/literatura, síntesis de una vida riquísima en acontecimientos y personajes singulares y un intelecto genial. Le siguió Viktor Shklovski con una obra que jamás me canso en referir como gran literatura: Viaje sentimental, título apropiado de Sterne, y que es la más extraordinaria descripción de los años de la revolución rusa y la guerra civil, donde un -también genial- Shklovski en prosa de alto nivel trashuma por la actualidad, la historia, la geografía, la etnografía, la política, la filosofía y el arte desde su modesta posición de oficial de rango menor de las fuerzas soviéticas.
Testigo excepcional del momento, el libro de Shklovski podría ser hoy texto imprescindible para comprender la enrevesada situación de los países del Cáucaso, parte del Asia central, el problema kurdo, el armenio y las trágicas ramificaciones por las que pasamos.
Por último, mi favorito: Iliá Ehrenburg, el mejor retratista de dos mundos: el París de Picasso, Pascin, Modigliani, MacOrlan y de la Rusia pre, post y revolucionaria, que abandona este país a los 18 años, desde la estación de Finlandia (recuérdese) a tiempo de la revolución, y retorna autor logrado en los años posteriores, los de la dificultad y de riqueza cultural extrema: encuentra al gran poeta Blok en una fila donde repartían; en la Rusia de entonces las filas eran incansables e interminables para pan, para carbón, para azúcar.
Una libra de azúcar valía más que gemas, así lo cuenta igualmente Shklovski, y basta acordarse de aquel cuento de Babel, La sal, para ejemplificar. Ehrenburg en Un escritor en la revolución menciona a Bunin, a Saitsev, Alexei Tolstoi, Durov, y se centra con particularidad en figuras como Esenin, Pasternak, Maiakovski, Mandelstam, Meierhold, que son tal vez las más trágicas del periodo. Adora a Pasternak como poeta y desmerece su novela Doctor Zhivago alegando que Pasternak no sabía de lo que hablaba.
Este libro de Ehrenburg, y los tres tomos de sus memorias, transcurren por un mundo que fue rico y decisivo en la formación del arte moderno. Y sin embargo abruman de tristeza. Tal vez ésta (la tristeza) llega desde la hermosa Kiev asediada por los blancos, quizá de la gris belleza de los versos de Marina Tsvetaieva o de las líneas de Alejandro Blok, puestas en boca de una niña, que dicen: “¡Oh, estas ropas descoloridas! ¡Oh, este extraño silencio!… Con los brazos llenos de azucenas me miras sin pensar…”.
Fuente: www.eldeber.com.bo



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