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Literatura femenina en Bolivia



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Literatura femenina como epíteto, no como género literario
Por: Martín Zelaya Sánchez

(La mujer en la literatura, más allá de géneros y encasillamientos, puede ser sujeto activo o tema a tratar, pero no es conveniente –señalan autoras bolivianas- limitar y agrupar, pues ello puede denotar discriminar.)
Virginia Wolf, la gran escritora inglesa, dijo una vez que para escribir bien, las mujeres necesitan una habitación propia, un espacio geográfico donde se pueda cerrar la puerta por dentro.
Al plantear el tema de la literatura femenina, o de mujeres en la literatura –que tan pertinente resulta si recordamos que ayer se celebró el Día Internacional de la Mujer- cinco escritoras y académicas bolivianas coinciden en que, a la hora de la creatividad, no hay discriminación genérica que valga, (Virginia Ayllón dice que “lo biológico no ha de determinar el aura de la escritura”) pero a la vez, advierten de ciertos puntos a tomar muy en cuenta: “en los últimos años –dice la poetisa María Soledad Quiroga- se hace mucho énfasis en las escritoras mujeres, porque son mujeres, lo que de alguna manera remite a la idea de que son seres con desventaja que requieren de políticas de discriminación positiva”.
En consonancia con lo que plantean Wolf, y Quiroga, la cuentista cruceña Giovanna Rivero, identifica también un cierto peligro de paternalismo y riesgo de prejuicio, ante la histórica condición menguada de las féminas. “Yo diría que después de la exaltación de lo femenino, cuando había que conquistar territorios y aspirar al canon, apareció la necesidad de declarar otras cosas, por ejemplo, de decir que se poseía a la literatura por sí misma, y no había por qué estar mencionando si se era escritor o escritora”.
A propósito, Rivero es la única que asegura que sí hay, y la reivindica, una literatura marcadamente femenina: “creo que el hecho de reconocer (y alegrarse por ello) que existe una literatura femenina en diferente longitud de onda, con distinta sensibilidad, no la hace menos literatura, no le quita un ápice de legitimidad artística”.
Verónica Ormachea, mención del Premio Nacional de Novela, dice que “hay una literatura, más bien feminista, aunque no en Bolivia, pero aparte de esta corriente no hay diferencias. Prescindiendo del tema de género, el autor o autora tiene total libertad de definir la temática y crear un estilo propio”.
Temática y estilo
El tono y las inclinaciones o preferencias, pueden o no circunscribirse al sexo de quien narra algo. Pero como en todo, hay quienes se preocupan en que esto se note por sobre todo, y quienes trabajan con los sentidos puestos simplemente en emitir y expresarse, de pronto, lo realmente importante en la literatura.
Rivero -que confiesa que es de esas autoras “a las que nos gusta más marcar nuestros textos a través de una voz que formule el mundo desde lo femenino”- dice que “cuando las escritoras quieren hacer de esa diferencia una voz poética o ficcional porque consideran que eso enriquece su obra, que las va definiendo como artistas” evidentemente se puede hablar de una literatura femenina”.
Pero, segura de que hay que escribir desde la condición humana y no desde la condición de género, Quiroga dice que “es verdad que no se puede expresar una realidad ajena con la riqueza con que se expresa lo que se conoce bien. Pero creo que esto no es aplicable al género porque todos somos femeninos y masculinos, todos tenemos un conocimiento profundo de personas del otro sexo, y esto permite al escritor expresarse casi indistintamente como hombre y como mujer”.
La literata Daniela Renjel incide en los patrones y limitaciones que predominan al encasillar a ciertas obras y a ciertas autoras. “Lamentablemente se ha circunscrito “lo femenino” a un hacer de las mujeres, como si cualquier producción femenina respondiera por oposición a “lo masculino”. De tal suerte, que muchas veces simplemente se ha trasladado a la escritura el drama casero de la vida de las mujeres, ajenas a todo poder y nada más”.
Pero más allá de dejar en claro lo poco acertado de ciertos preconceptos y generalizaciones, Rivero insiste en que dejando de lado la idea de que “una literatura con tono femenino es involuntariamente cursi, dulzona, simple y predecible”, se debería analizar cómo este tipo de inclinaciones de algunas narradoras “pueden abrir universos estéticos tan válidos y deseables como la más neutra de las literaturas”.
Insistiendo en que solamente se puede hablar de autoras y obras feministas, Ormachea asegura que “la gran figura del siglo pasado fue la francesa Simone de Beauvoir, con su obra El segundo sexo con la que revolucionó al mundo y dio un paso importante para crear conciencia sobre los derechos de las mujeres”. Y si no hay creadoras que destaquen a la par o más que los varones es “porque recién hace unos años las mujeres han tendido la oportunidad de formarse académicamente y de escribir, con las mismas oportunidades”.
Mercedes Arriaga Flórez, catedrática de la Facultad de Letras de la Universidad de Sevilla, tiene una interesante reflexión con la que es pertinente cerrar estas reflexiones:
“la canonización en literatura es un procedimiento sumario y selectivo que responde a criterios culturales y posiciones ideológicas de los canonizadores, que logran posicionar “su” concepción de la literatura. Nuestro mundo moderno y democrático no ha podido acabar con este control que, si en tiempos pasados se hacía con criterios estéticos, políticos, religiosos, etc., ahora responde casi exclusivamente a exigencias del mercado editorial”.



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