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Castigado, la nueva novela de Gaby Vallejo



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Castigado, una novela sobre la verdad
Por: Rosalba Guzmán

Gaby Vallejo Canedo escribió Castigado, una novela para niños, o más bien para preadolescentes compuesta por 15 capítulos a lo largo de los que se teje una red de significaciones por las cuales transita la vida de Juan Carlos. Ese niño invisible, hasta antes de comenzar a hacerse mirar. ¿Cómo? A través del castigo. Juan Carlos encuentra un espacio de existencia en el otro a través de la travesura, del amor y del odio, de los malentendidos y la repercusión de éstos en sus afectos.
Estructuralmente, la novela es impecable en el manejo de la intensidad, la intriga, el humor, la sorpresa, la fatalidad y la esperanza. Los temas y las situaciones son auténticamente infantiles, por lo que voy a puntualizar sobre algunos de ellos.
El amor
Es una de las situaciones por las que muchos niños atraviesan, si no todos. Ésta es una maestra digna de amor. La única, desde la percepción de Juan Carlos, que le brinda un espacio distinto de existencia. La única con la magia de crear lazos invisibles que lo pueden sostener como inteligente, atento, capaz.
Pero la otra cara del amor, indudablemente, es el odio. Son dos sentimientos de la misma cualidad. Así que cuando el amado se equivoca por cualquier razón, aunque sea, como en este caso, un malentendido que provoca un castigo injusto para el niño, la moneda se invierte y aparece el rencor, la rabia, la decepción… Es cuando Juan Carlos, y no la maestra, cierra ese cofre valioso para buscar el otro espacio de existencia y entonces se coloca en el lugar de “castigado”. Quizás desde allí es él quien castiga a los otros. Menos mal que, al ser una moneda de dos caras, se puede revertir una y otra vez y así curar ese dolor resignificando el lazo.
Amistad y complicidad
Freud, cuando nos habla de las fases por las que pasamos desde que nacemos, afirma que la latencia, etapa por la que atraviesa Juan Carlos, se caracteriza por la emergencia de una corriente cariñosa que deja fuera las pulsiones sexuales vigentes en etapas anteriores. Entonces se hace posible el surgimiento de la amistad, sentimiento que mantiene el afecto y deja y suprime el deseo, o al menos lo retiene en el inconsciente.
Por supuesto alguien afín para este niño tiene que ser otro que se inscriba en el club de los castigados. Ahí está la lenteojuda Magda, traviesa y atrevida como es, marcando el camino y el lugar del encuentro con dos mensajes que le envía: “Me parecen muy inteligentes las mentiras que has construido para ser famoso” y “me gustaría compartir tu capacidad de provocar emociones y confusiones entre las personas”.
Nada más provocativo y seductor que saber que hay alguien que quiere, igual que uno, hacerse castigar. Se trata pues de un trabajo cooperativo sui géneris en que el ingenio, la picardía, el arrojo, la mirada como pulsión gozosa y la ruptura de la ley son sus características. Es con ella con quien llega a los extremos, hasta el punto de hacerse expulsar. Ser castigado, entonces, ya no es el significante primordial; hay otro que es el de ser expulsado, y ser expulsado es estar fuera.
El secreto familiar
Expulsado es no tener lugar, como cuando su padre se va y no vuelve a buscarlo, no llega a la función del día del padre, ni a su cumpleaños, ni cuando lo castigan y hay que ir a dar la cara por él. Es entonces un padre expulsivo que lo desaloja con su implacable ausencia. Juan Carlos logra construir un lugar para sí mismo posiblemente para no confrontar esa “verdad”. El secreto familiar peligroso y amenazante gira, para este niño, alrededor del padre.
El secreto familiar, como parte de todos los equívocos, daña a Juan Carlos. Gaby plantea en su novela que no se puede proteger a nadie de la verdad ya que ésta puede doler profundamente, pero no herir. Juan Carlos descubre la verdad sobre su padre en un aviso necrológico que anuncia su muerte. Una revelación que echa por tierra el abandono del que se sintió objeto.
Cuando ese velo se desgarra, recién Juan Carlos entiende las razones por las que se hacía castigar. Cae el temor de no tener lugar en el padre, caen las posiciones autodestructivas de hacerse botar, hacerse expulsar, hacerse castigar. Cae la culpa. Ya no son necesarias.
Juan Carlos supo que ya se armó la historia redonda, completa. Y que ahora que descubrió por sí mismo la historia de sus padres, era de verdad un hombre.
El armar su propio rompecabezas hace posible que un ser humano nazca de nuevo:
“Al día siguiente miró a su madre a los ojos, directamente y le sonrió… Se instaló el puente entre ellos por el que pasaban palabras invisibles, palabras buenas. Era como si un juego de relojería que andaba mal se hubiera arreglado para marcar las horas exactas”.
Fuente: www.laprensa.com.bo



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