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Réquiem por Tomás Lozano



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Réquiem por Tomás Lozano
Por: Pedro Shimose

Le conocí en La Paz en 1984. Él era embajador del reino de España y yo, un boliviano exiliado que volvía a su tierra natal después de 13 años de ausencia. Me topé con otra Bolivia, diferente a la que me había visto obligado a abandonar en 1971. Otra generación despuntaba en el horizonte político, con diferentes etiquetas y discursos, pero con las mismas mañas de los demagogos profesionales de siempre. Si la juventud de los años 60 soñaba ilusamente con cambiar el mundo, la de los años 80 soñaba con hacer dinero fácil, triunfar como sea y cuanto más rápido, mejor.
En ese clima espeso, cargado de temores y asechanzas, y agobiado por una hiperinflación galopante, conocí al embajador Tomás Lozano (Madrid, 26/01/1927-ídem, 16/03/2008), hombre de fe –de buena fe–, español enamorado de América, profesional probo y circunspecto. Me impresionaron su llaneza, su sencillez, su trato cordial, su voz pausada, su lenguaje claro y directo, ajeno a los oropeles y protocolos propios de su oficio y, sobre todo, su voluntad de servicio a Bolivia y su preocupación por los indígenas americanos y los marginados del banquete de la vida. Su familia ganó mi corazón, su hermosa familia: su esposa Blanca, dignísima, discreta, sobria, elegante; su hija Blanca, licenciada en filología francesa, hoy brillante abogada, profesora universitaria y autora de tratados de Derecho, y su hijo Álvaro, historiador consagrado y diplomático que, años después, también representaría a España en la embajada de La Paz. A su hija Inés acabo de conocerla. Hace días pronunció una hermosa oración fúnebre en memoria de su padre.
A un mes de la muerte de Tomás Lozano, me uno al dolor de sus deudos para evocar su fe cristiana. Desde la época de Orígenes (siglo III d.C.), los teólogos acostumbran a distinguir los tres sentidos de la palabra muerte: 1) la muerte física, biológica, que no necesita mayor explicación; 2) la muerte espiritual, es decir, la condición moral fuera de los preceptos cristianos (la muerte del alma, se decía en términos retóricos), y 3) la muerte mística o fusión con la divinidad, la trascendencia del ser en Cristo. La muerte mística es, para decirlo con pocas palabras, la fe en la resurrección. Esto lo explica San Pablo al decir: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?” (Cor. 15, 55).
Eso me pregunto hoy, al pensar en el creyente Tomás Lozano: Muerte, ¿dónde está tu victoria?, porque Tomás vive en sus amigos, hijos y discípulos y, según su fe, en el seno de la divinidad. Jubilado sin jubileo, no quiso desvincularse de América y desde Madrid siguió sirviéndola, desde la cátedra universitaria y desde su puesto en el Fondo para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas de América Latina y el Caribe. Nuestra amistad, como toda amistad verdadera, se fundó en el respeto y la admiración. Yo no compartía su optimismo y su fe ciega en la integración de los indígenas americanos al caudal de la civilización occidental. No por ser escéptico respecto a los programas integradores y de cooperación esbozados en Europa, sino porque percibo que los líderes indigenistas (que no siempre son indígenas) impiden que sus pueblos decidan salir de la marginalidad para plantarse en la contemporaneidad. Lo que ellos pretenden es imponer su mundo arcaico y arcaizante al resto del mundo que los ha sobrepasado. En este sentido, Tomás no participaba de mis dudas; era un cristiano formado en la Patrística y en la doctrina social de la Iglesia, un ser misericordioso que murió creyendo en la redención social de los pobres y humillados, no sólo de los indios.
Hombre de paz, defendió la paz, luchó por la paz y murió en paz. De él puede decirse con el poeta de las Coplas a la muerte de don Rodrigo Manrique, que fue “amigo de sus amigos” y que “cercado de su mujer, / y de hijos, y hermanos…/ dio el alma a quien se la dio, / el cual la ponga en el cielo / en su gloria. / Y aunque la vida murió, / nos dejó harto consuelo / su memoria”. // Madrid, 18/04/2008.
Fuente: www.eldeber.com.bo



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