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Editor de Mafalda en Bolivia

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Flor de editor Divinsky
Por: Marcelo Suárez Ramírez

Así como la literatura argentina es rica en escritores de alto nivel, también ha engendrado editores que abrieron mundos nuevos a los lectores. Uno de ellos es Daniel Divinsky, que desde hace más de cuatro décadas está a cargo de Ediciones De la Flor, una de las pocas editoriales independientes que ha logrado hacer frente a los grandes sellos, con autores y títulos que se han convertido en algo más que best sellers. El editor argentino conversó con Brújula, a pocos días de su participación en la novena Feria Internacional del Libro de Santa Cruz, en la que brindará diversos talleres. Divinsky valoró que actualmente se produzca una mayor cantidad de libros, como también las nuevas herramientas para los lectores.
- La editorial continúa en manos de sus dueños luego de más de 40 años de su creación, ¿cuál ha sido la clave para mantenerse?
- En realidad, mi mujer, Elisa Miler, se incorporó en 1970, tres años después de la aparición de los primeros libros. La clave no es una sola. Pero si pudiera mencionar, las principales, serían: la fidelidad de Quino y Fontanarrosa, nuestros autores de más venta, que continuaron publicando con De la Flor incluso durante el periodo en el que los editores estuvimos presos a disposición del Poder Ejecutivo, en 1977, y durante los seis años de exilio en Venezuela. Asimismo, la ocupación, por muchos años, de lo que se llama un nicho de mercado en el que nos especializamos: el humor gráfico y escrito. Siempre bromeamos sobre esto parafraseando a Inodoro Pereyra en un cuadrito de la historieta de Fontanarrosa: “En la división internacional del trabajo (editorial), a nosotros nos tocó hacer reír”.
- ¿Cómo es que el humor gráfico llegó a convertirse en el caballito de batalla de la editorial?
- Mi elección personal de autores que hacían dibujo humorístico derivó, por una parte, de mi admiración por los dibujantes en general, muy fundamentada: fui un estudiante muy aplicado en la secundaria, pero en el primer año me aplazaron en la asignatura Dibujo, por lo que debí pasar un examen de fin de año, previa preparación en una academia bastante patética. Y por la otra, de lo que creo es mi vocación por el humor: tengo la risa fácil y me gusta que un libro me divierta.
- ¿Qué obras se rehusó a editar?
- Me rehusé a editar centenares de obras porque no me gustaron, pero si lo que se quiere significar es cuáles no editamos por objeciones a su contenido, puedo citar el muy exitoso Cartas para Verónica, de Poldy Bird, en su momento directora de una revista para mujeres, un libro lacrimógeno, de previsible repercusión, pero que no era para De la Flor.
- ¿Cómo se logra mantener una editorial independiente en un mercado cada vez más globalizado?
- El secreto que nos permitió subsistir a la globalización editorial tiene dos facetas: la permanencia de nuestros autores más vendidos (a los mencionados debe agregarse Rodolfo Walsh, cuyos herederos volvieron al sello, originalmente elegido por él, luego de una desafortunada experiencia en una trasnacional) y la agilidad para estar atentos a los nuevos y apostar a algunos de ellos. El ejemplo más reciente de esto es el suceso de los libros de Nik (Gaturro) y Liniers (Macanudo).
- Se ha comprobado que el soporte papel y el electrónico son compatibles. ¿el libro impreso tiene alguna desventaja dentro de este panorama?
- No lo creo y estoy entre los que piensan que hoy se lee más que otrora: la lectura en pantalla o a través de Internet también es lectura y estimula luego el consumo de libros. Los lectores de hoy son propensos a lo que en televisión se llama ‘zapping’: cubren espectros de interés más diversos, pero al mismo tiempo tienden a profundizar poco, porque su atención se dispersa entre los diversos focos, que se desplazan unos a otros rápidamente
- ¿Qué factor considera que ha incidido para que la piratería se extienda en el continente?
- Son varias causas, que van desde la penuria económica de sectores que quieren leer pero no pueden comprar libros que son cada vez más caros, por el creciente e imparable costo del papel y por la reducción de las tiradas, hasta la falta de conciencia de policías y jueces acerca de la naturaleza delictiva de la reproducción ilegal de libros. Cuando estuvimos con Quino en la Feria del Libro de La Paz, por dos años consecutivos, repartimos una hoja en la que advertíamos que él no iba a firmar ediciones piratas. Se aclaraba que presumíamos que la gente las había comprado de buena fe, pero que el autor no podía alentar la proliferación de libros ‘falsificados’.
- ¿Cuáles deberían ser las principales aptitudes de un buen editor?
- El mejor editor sería el que pudiera publicar lo que le guste sin estar obligado a vender los libros publicados para ganarse la vida: o sea, tener por detrás el respaldo de un enorme capital desinteresado o el del Estado, algo casi imposible.
Los años difíciles
Un año después del golpe de Estado de 1976 en Argentina, Divinsky y su esposa Elisa Miler fueron encarcelados por la publicación de un libro infantil con un puño en alto en la tapa que fue interpretado torcidamente. “Aunque nadie lo había pensado con finalidades ideológicas, la imagen fue considerada una apología de la subversión destinada a los chicos”, mencionó Daniel.
Esos arrestos desencadenaron una ola de adhesiones de las editoriales de todo el mundo. Peter Weidhaas, director de la Feria del Libro de Francfort, les envió pasajes para que salieran del país. El destino elegido fue, como para muchos otros, Venezuela. Ya instalado en Caracas, Divinsky se encargó de la distribución y promoción de los libros publicados por la Biblioteca Ayacucho, dirigida por el reconocido crítico literario uruguayo Ángel Rama. “La editorial siguió funcionando con un mínimo equipo dirigido por nosotros, por carta o por teléfono, y capitaneado por la madre de mi esposa. En ese lapso se siguieron publicando libros con mucha prudencia sobre su contenido, aunque la prudencia no era nunca suficiente por la falta de criterio del gobierno militar. Debimos cancelar la edición de un libro titulado La supernada: ideología y lenguaje de la publicidad, ante la aparición de comentarios amenazadores ante el solo anuncio del título. También la de una antología de Rufino Blanco Fombona, historiador venezolano nacionalista, a quien se sindicaba de ser enemigo del Libertador por textos críticos que había publicado sobre el general San Martín”, recordó el editor.
Con la restauración democrática, Divinsky regresó a su país y desde entonces su tarea al frente de la editorial no ha dejado de recibir premios y reconocimientos.
Fuente: www.eldeber.com.bo

La filosofía en Bolivia

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La filosofía en Bolivia
Por: Abdón Carlos Zárate

La historia del pensamiento filosófico en Bolivia ha tenido un exponente prolífico en Guillermo Francovich. Su texto Filosofía en Bolivia es el documento mejor elaborado en la historia de las ideas de nuestro país. Hacemos una presentación de las ideas de este documento, fundamental para la comprensión de la filosofía boliviana.

La historia de la filosofía boliviana se debe rastrear desde la aparición de los primeros hombres. Se cree que los indios vivían dentro del mundo en una especie de inmersión mística y mágica. Para los indígenas, dice Francovich, las piedras, las montañas, las fuentes, los animales, los astros y los meteoros eran objetos animados, dotados de vida y de poderes maravillosos. Estaban en este estado de pensamiento para el cual las fuerzas naturales son manifestaciones de una voluntad que poseen todos los seres, voluntad caprichosa y arbitraria que no está sujeta a orden alguno. Carecían de los elementos lógicos indispensables para llegar a la concepción del mundo como una realidad ajena a ellos. No podían tener una idea del “universo” sino como una entidad constitutiva del hombre. Aunque esta posición está siendo rebatida por nuevas investigaciones.

La Colonia, con su imposición y restricción, tiene en el pensamiento tomista su verdadera expresión. La filosofía tomista asegura una concepción armoniosa y profunda del mundo y una elevada visión de la realidad humana. El sistema de Santo Tomás conciliaba los principios de Aristóteles sobre la naturaleza con la concepción que el catolicismo tenía acerca del hombre y de Dios. Coloca en la base del pensamiento a la razón que está encargada de llevar a las verdades de la revelación y de la gracia porque, según el tomismo, hay una gradación continua en el universo, desde las formas materiales de existencia, a través de las plantas y de los animales, hasta el alma racional del hombre, los ángeles y Dios. La moral produce en el hombre el desarrollo de su naturaleza racional, pues Santo Tomás afirma que en la conducta predomina la inteligencia sobre la voluntad y el sentimiento. La libertad es la capacidad de decidirse sobre la base del conocimiento. Las leyes y el derecho civil se subordinan al derecho divino, lo que hace de éste un ordenamiento jurídico orientado hacia una ciudad de Dios.

El pensamiento colonial adquirió un nivel intelectual elevado en América con la creación de la Universidad de Chuquisaca en 1624. La imposición del tomismo como corriente filosófica y religiosa tiene su quiebre con el advenimiento del pensamiento intelectual originado en esta universidad, acompañado por la expulsión de los jesuitas en 1767, lo que permite la renovación del pensamiento filosófico en este continente. Entre los representantes de esta corriente intelectual transitoria encontramos al padre Calancha, Bartolomé Martínez, padre Alonso Barba, Gaspar Escalona, Francisco Suárez, Gaspar de Villarroel, José de Aguilar, San Alberto, Juan José de Segovia, Victoriano de Villava y padre Feijoo, de quienes se puede encontrar bibliografía filosófica.

El advenimiento de nuevas corrientes filosóficas hay que rastrearlo en las etapas previas a las revoluciones libertarias. La mayor gloria de la universidad, después de su creación, consistió, según Francovich, en haber sido no solamente un foco de cultura que durante la época colonial difundió desde sus aulas el saber filosófico, sino en haber constituido a principios del siglo XIX un centro de conciencia americana, una fuerza renovadora que contribuyó a la estructuración política y social interna y externa. El pensamiento crítico nace en las aulas de la universidad, en los diálogos filosóficos de Bernardo Monteagudo, quien se esfuerza por establecer el contraste entre los españoles, codiciosos y duros, y los pobladores indígenas. Esta reflexión teórica va a permitir la consolidación y desarrollo posterior de un pensamiento libertario.

La independencia americana tiene inspiración en principios filosóficos extranjeros como la libertad, igualdad y fraternidad asimilados por los intelectuales de este continente. Los vientos revolucionarios franceses tienen una acogida de tal magnitud que los nuevos intelectuales de referencia internacional como Rousseau, Locke y Hobbes se constituyen en los nuevos paradigmas políticos y filosóficos de América. Después de la Independencia, se establece la “religión católica” para el culto; la forma de gobierno “republicana” como la expresión más sólida de la independencia política; se establece la “reunión de pueblos” como medio de unión de un país sólido. Bolivia nace a la luz de los intelectuales libertarios, entre los que encontramos a Bernardo Monteagudo, Manuel Rodríguez, Mariano Moreno y Destutt de Tracy, entre los más sobresalientes.

A partir de la nueva República se inicia un desarrollo intelectual que tiene como característica la recuperación y asimilación de los vientos intelectuales del extranjero. Los ímpetus de modernización que se imponen bajo el impulso del desarrollo intelectual occidental son el racionalismo cartesiano, el moralismo kantiano, el eclecticismo de Gallupi, el cristianismo de Lammenais, la filosofía jurídica de Arhens, el positivismo de Comte. Nuestros intelectuales más sobresalientes de esta época son Luis Velasco, Manuel José Cortés, José Manuel de la Reza, Mariano Baptista, Miguel de Santos Taborga e Ignacio Prudencio, entre otros.

El pensamiento filosófico del siglo XX es el periodo histórico en el que nace un verdadero desarrollo intelectual, reflejado en su originalidad y profundidad. Los pensadores originales han sido agrupados por Francovich con el denominativo de “la mística de la tierra”. Sostiene esa mística que la tierra, el paisaje, lo telúrico tienen una especie de espíritu que actúa sobre el hombre creando formas de vida individuales y sociales, dando nacimiento a tipos culturales con fisonomías tan propias como los ambientes geográficos que las han producido. Bolivia, al estar constituida por un paisaje diverso, ha permitido el surgimiento de esta corriente de pensamiento original con matizaciones regionales. A lo anterior se suma el pasado histórico del que somos guardianes. El primer exponente de la mística de la tierra es Franz Tamayo, para quien “la tierra se estudia en la raza. La tierra hace al hombre y, en este sentido, la tierra no sólo es el polvo que se huella, sino el aire que se respira y el círculo físico en que se vive”. En esta misma línea de pensamiento se encuentran Jaime Mendoza, Humberto Palza, Fernando Diez de Medina y Rigoberto Paredes.

Ciertamente un hecho fundamental para el desarrollo de la filosofía como disciplina y profesión es la fundación de la Escuela de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación el 12 de mayo de 1944, la cual iniciara sus actividades como Escuela de Filosofía y Letras en la Universidad Mayor de San Andrés. Desde esta facultad se ha irradiado el pensamiento filosófico. Aquí hay que reconocer la importancia que tiene la revista Kollasuyo, espacio desde donde se propiciaron los debates intelectuales más complejos y abstractos, en un diálogo sin igual con intelectuales del extranjero. Su iniciador, Roberto Prudencio, comprendía que el concepto de universalidad de la cultura era un producto del racionalismo abstracto, para lo cual las culturas regionales debían presentarse con su vitalidad original. “Cada región del mundo, decía Prudencio, plasma sus propias formas, cada paisaje suministra sus propias expresiones”.

El diálogo entre la producción intelectual universal con la local se ha expresado en varios intelectuales que han permitido que nuestra filosofía se incorpore a los debates internacionales. Hoy se sigue con esta corriente filosófica expresada en el nacionalismo de René Zavaleta, el indianismo de Fausto Reinaga, el cristianismo del padre Bertolusso, la filosofía de la educación de Luis Carranzas y Arturo Orías, el marxismo de José Antonio Arce, la filosofía del amor de Mamfredo Kempff, la ontología de Rubén Carrasco, la hermenéutica de Wálter Navia, el liberalismo alemán de H.C.F. Mansilla, el trotskismo de Guillermo Lora, el multiculturalismo y multisocietalismo de Luis Tapia, la semiología de Luis Antezana, la epistemología de Raúl Prada, la filosofía occidental de Blitz Lozada, el antitrotskismo de Germán Montaño, el latinoamericanismo de Juan José Bautista y la filosofía andina de Josef Estermann y Jorge Miranda.

Muchos de nuestros intelectuales están apareciendo en publicaciones esporádicas, de los cuales se espera su manifestación pública en documentos sistemáticos. Las transformaciones históricas por las que está pasando nuestro país, seguramente, tendrán su expresión intelectual en los filósofos actuales. Existe una filosofía original en Bolivia, exportable y explotable a escala internacional. La época de los “covers” en filosofía felizmente está terminando.

Fuente: www.laprensa.com.bo

Acerca de la feria del libro de Santa Cruz

La Feria del libro [de Santa Cruz] abre sus páginas a Argentina
Por: Cristian Massud

Argentina, uno de los países con mayor producción literaria en Latinoamérica, dejará su huella en la capital cruceña. Lo hará a través de una docena de personalidades en la novena versión de la Feria Internacional del Libro de Santa Cruz (FIL).
Se trata de Florencia Abatte, Miguel Vitagliano, Sergio Olguín, Mario Manuel Méndez, María Rosa Lojo, Beatriz Goldberg, Martín Sivak, Ezequiel Ander-Egg, Gustavo Giorgi, Alejandro Vaccaro, Daniel Divinsky y Ana María Cabanellas. Se suma a esta lista el artista Dardo Nardelli, que ofrecerá un espectáculo para niños.
El encargado de abrir las actividades literarias será Miguel Vitagliano, que dictará La escritura y lectura de la novela. El taller será hoy y mañana, a las 17:00, en el salón Gabriel René Moreno. Volcará la página la sicóloga clínica Beatriz Goldberg, con la conferencia La familia hoy, en el salón Humberto Vásquez Machicado (19:00).
La carta literaria estaría incompleta sin Jorge Luis Borges, uno de los autores más destacados de la literatura en el siglo XX, que será visto desde la óptica de Gustavo Giorgi en Borges y el cine. Habrá charlas hoy y mañana en el salón Hernando Sanabria Fernández (19:00). Además, el auditorio ha sido empapelado con una pancarta gigante con imágenes de la biblioteca que lleva el nombre de este autor.
Construyendo lazos entre los autores de Latinoamérica es el nombre de la conferencia que dictarán hoy en el salón Gabriel René Moreno, a las 20:00, Florencia Abbate y Miguel Vitagliano.
Para mañana, el ciclo continuará con Borges y el tango, a cargo de Gustavo Giorgi (salón Hernando Sanabria Fernández), y La literatura infantil, experiencias para compartir, del marplatense Mario Manuel Méndez (salón Humberto Vásquez Machicado); las dos actividades serán a las 19:00.
Méndez también dará Consejos para armar bibliotecas escolares, este domingo en el auditorio Gabriel René Moreno, a las 17:00.
Los salones están ubicados frente del pabellón Brasil y albergarán alrededor de 14 conferencias.
Fuente: www.eldeber.com.bo

Reportaje: Feria del libro de Madrid

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América Latina pasa página
Por: Winston Manrique Sabogal 24/05/2008

Hacia dónde va la literatura latinoamericana? Y el escritor extendió el brazo derecho señalando hacia un lado mientras exclamaba: “¡Hacia allá!”. Todos giraron la cabeza y trataron de descubrir con la mirada el lugar al que apuntaba el índice del autor uruguayo Pablo Casacuberta. Tantos años cercados por esa pregunta. Miles de reflexiones. Tantos años esperando la respuesta y ahora, por fin, estaba ahí, a la vista de todos, reducida a un punto en el horizonte. Hacia dónde va el propio Casacuberta junto a un número sin precedentes de nuevos escritores de América Latina, comprometidos con búsquedas estéticas innovadoras.

Avanza sin miedo. Sin prejuicios. Sin presiones. Explorando. Libres. Inaugurando un nuevo tiempo.

Son de linaje absolutamente contemporáneo. Hijos del mestizaje genético, cultural y literario. Viajeros, cosmopolitas que viven en diferentes ciudades del mundo, herederos de toda la literatura universal, de vocación global en sus temáticas, sin mundos totalizadores, con más mujeres que en otras épocas y unidos por la diversidad y la pluralidad de estilos. Estirpe de estos tiempos para quienes hablar hoy de si existe o no una literatura latinoamericana es una entelequia. Comparten pasado e idioma, pero su creación no es homogénea, surge y avanza por una frondosa geografía literaria sin fronteras que atraviesan sus autores en busca del lugar señalado: “Hacia allá”.

Ése es el presente. Así lo ve ese grupo de latinoamericanos que en esta década ha debutado o publicado algunas de sus primeras obras de narrativa en las que se aprecian talento y semillas de prestigio. Forman una gran polifonía de voces procedentes de 19 países, varias de las cuales sonarán más allá de este comienzo del siglo XXI, y cuyo paisaje literario describen hoy aquí Ena Lucía Portela, Juan Gabriel Vásquez, Lina Meruane, Claudia Amengual, Edmundo Paz Soldán, Andrés Neuman, Oliverio Coelho, Guillermo Martínez, Wendy Guerra, Leonardo Valencia, Pablo de Santis, Antonio Úngar, Diego Tréllez, Pablo Casacuberta y Santiago Roncagliolo.

Saben que muchos miran hacia América Latina. Editores y lectores de medio mundo aguardan. Las expectativas son enormes tras el mítico éxito literario de los años sesenta y setenta conocido como el Boom. Demasiado etiquetado. Eclipsante para los lectores. Pero eso ya es una página pasada que los nuevos narradores han incorporado con naturalidad a la tradición literaria universal. No hay tendencias parricidas, y lo que mejor ha asimilado de aquel festín creativo esta generación es la libertad de rupturas temáticas y estéticas. Crean el paraíso del riesgo donde todo es posible.

“Quizá la literatura latinoamericana se sintió obligada a retratarse a sí misma. Como si se mirase a través de lo que otras culturas esperaban de ella. Pero desde hace varios años aspira a simbolizar cualquier espacio, a ser una metonimia del mundo. La sensación es de desprejuicio territorial”, asegura el argentino Andrés Neuman (autor de títulos como Una vez Argentina). Si hay una tendencia clara tiene que ver “con el desembarazamiento de las características más notorias que identificaron para el lector europeo lo que significaba Latinoamérica: tropicalismos, barbarie, realismo mágico, representación de la gran escena del poder y la sociedad a través de dictadores y patriarcas”, explica el argentino Guillermo Martínez (Los crímenes de Oxford).

Adiós al tópico tropical y exuberante que insiste en ver el mundo y ensombrece el resto del panorama creativo.

Lejos ya de fulgores y liberados de prejuicios y presiones, se trata de una literatura más emigrante y nómada que nunca. Todos avanzan, exploran, pero de manera individual y con micromundos que albergan el universo. Se sabe de sesenta, setenta…, un incontable número de escritores recientes que no paran de adentrarse en un territorio que tiene el aire fresco dejado tras una gloriosa tempestad. “Ya nadie tiene que justificarse, como les tocó a Borges o a Cortázar, por contar historias europeas o indias o norteamericanas con personajes norteamericanos o indios o europeos. Nuestra tradición es toda la literatura”, sentencia el colombiano Juan Gabriel Vásquez, autor de Historia secreta de Costaguana, al reflexionar sobre el derecho a trabajar con toda la literatura universal como pedía Jorge Luis Borges. Este grupo de escritores invoca las palabras libertad y ruptura, porque “un narrador latinoamericano de ahora mismo no tiene que circunscribir sus relatos a la contemporaneidad, o a la historia, o a su país. Tampoco es obligatorio escribir sobre política. No hay ‘compromiso social’ que valga; sólo el compromiso consigo mismo”, afirma la cubana Ena Lucía Portela (Cien botellas en una pared).

Más que manifiestos, lo que ha cambiado es la percepción. Con esas coordenadas ha echado a andar este grupo de escritores. Buscan ese lugar señalado aquella noche de agosto pasado en Bogotá 39 -el encuentro que reunió a algunos de los mejores autores latinoamericanos menores de 39 años, convocados por el Hay Festival y la Unesco dentro de los actos de Bogotá Capital Mundial del Libro-. Y cuentan que tan pronto como Pablo Casacuberta reveló que “hacia allá” era el lugar de destino de las letras latinoamericanas, empezó a correrse la voz, y que cuando llegó a oídos del argentino Pedro Mairal, éste sólo atino a advertir: “Y apúrense porque va corriendo”.

La travesía no es fácil. Para entenderla mejor, J. Ernesto Ayala-Dip, uno de los críticos de Babelia, se remonta al penúltimo capítulo de esta historia: “Después del sarampión del posboom (años ochenta), y sus enormes secuelas, en cuyo vértice funcionaría como paradigma una novela como La casa de los espíritus, de Isabel Allende, un sarampión que duró mucho y que supuso un grave malentendido en torno a los acuerdos entre imaginación, escritura y realidad social (tanto que se tuvo que volver sobre la importancia de una novela capital como Cien años de soledad, escrita por Gabriel García Márquez en 1967, uno de los orígenes involuntarios de ese malentendido), después de ello, en los últimos años, tal vez décadas, parece que se transita por soluciones de transversalidad en las tendencias narrativas. Hay un proyecto festivo de la invención, otro de experimentación e intertextualismo, de reflexión crítica de las últimas dictaduras latinoamericanas. Novelas realistas (con el criterio también huidizo e inaprehendible con que César Aira tonifica el concepto de realidad) que compiten con las que Roberto Bolaño llamaba novelas mutantes (mezcla, como las suyas, de novela y cuento). El compromiso político, en esta época de inhibición ideológica, rivaliza con el más exigente compromiso estético. Y con una gran presencia del cuento, que allí siempre ha tenido acogida por escritores y lectores”.

Senderos que exploran autores como Guadalupe Nettel, Iván Thays, Antonio José Ponte, Juan Carlos Botero, Ronaldo Menéndez, Martín Solares, Inés Bortagaray, Jorge Eduardo Benavides, Florencia Abbate, Fabrizio Mejía, Pilar Quintana, John Jairo Junieles, José Pérez Reyes, Claudia Hernández…

Vocación universal. Expedicionarios que crean un gran puzzle con tonos transgresores o de renovada tradición. Julio Ortega, del Departamento de Estudios Hispanoamericanos de la Universidad de Brown, completa este presente aclarando que en la última narrativa latinoamericana “no hay parricidios, hay relevos, turnos y diversificación. Y también renovación: los jóvenes del crack cumplieron 40 años y escriben todavía mejor. Y hay narradores de veintipocos años que merecen atención. Se debe a las demandas de esa extrema libertad recibida. No sorprende que sean parte de una conversación más amplia, donde se descubren como interlocutores de una charla que incluye a otros”. Y cierra su retrato con un juego literario, como en un jardín de senderos que se bifurcan: “El jardín es una cita literaria, y los senderos se abren incesantes a nuevas lecturas. La última narrativa es una narrativa de narrativas”.

Casi todos han renunciado al afán totalizador de construir novelas o proyectos literarios que explicaban una época y que ha caracterizado a la literatura latinoamericana, asegura el escritor peruano Diego Tréllez (El círculo de los escritores asesinos), que publicará en verano una antología con autores de la última generación. Los nuevos narradores describen mundos más cercanos, íntimos. Hacen de lo particular y singular lo universal. El amor, la soledad, el desconcierto, la muerte, la inmigración, el éxito, la envidia, las repercusiones del 11-S, los nuevos miedos, el desamparo, las ilusiones, las dudas o las diferentes formas de violencia que van moldeando el mundo.

Su legado literario procede de todas partes y lo buscan en todos lados, recuerda el boliviano Edmundo Paz Soldán (Río fugitivo). “Mientras los escritores europeos o norteamericanos suelen leer sólo literatura de sus propios países, en América Latina se puede encontrar a mexicanos que leen a Kawabata, argentinos que apuestan por Janet Malcolm, colombianos que siguen a Conrad, peruanos aficionados a Modiano, puertorriqueños fanáticos de Ngugi Wa Thiongo, guatemaltecos fervorosos de Vila-Matas, chilenos obsesionados con Clarice Lispector”. Lecturas universales combinadas con las de sus paisanos clásicos, como José Eustasio Rivera, Alejo Carpentier, Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti, Juan Rulfo, Rómulo Gallegos, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Augusto Roa Bastos o Gabriel García Márquez.

Es una generación que vive y siente con naturalidad las tradiciones culturales y literarias de sus países de origen, su continente y el resto del mundo. Avanzan como alegres guaqueros. “Somos saqueadores de las tradiciones de todos lados”, reconoce el mexicano Antonio Ortuño (Recursos humanos). Por eso no es fácil hablar de literatura latinoamericana. Son 19 países y cada uno de ellos es un mundo. No son un grupo uniforme, ni existe un español latinoamericano, sino muchos, aclara Ena Lucía Portela. “Pero de ningún modo debe hablarse de literatura latinoamericana vinculada a una ideología determinada y a motivos considerados exóticos según una visión eurocéntrica”, hace énfasis la uruguaya Claudia Amengual (Desde las cenizas).

Tampoco se consideran una hermandad de literatos intentando preservar y legalizar para el mundo una herencia cultural milenaria e inmaculada, afirma Diego Tréllez. “El chovinismo en la literatura es un cáncer extirpable. Lo nacional tiende a ser un concepto desfasado para analizar nuestras correspondencias”. Y si algo queda de esto, es por poco tiempo, vaticina el peruano Santiago Roncagliolo (Abril rojo). Recuerda que en países como el Reino Unido y Estados Unidos la literatura ha incorporado miradas mestizas y el índice de la última antología de jóvenes narradores de la revista Granta “parece un listado de la oficina de migraciones. En España, la inmigración es reciente, pero ya hay autoras como Najat el Hachmi que escribe en catalán. Pronto empezarán a hacerlo también los hijos de los latinoamericanos y la pregunta por su identidad carece de sentido”.

Se sienten orgullosos de tener deudores tan diferentes. No quieren que les sorprenda el olvido.

“Heredamos la literatura de los años sesenta de nuestros padres. Reconstruimos con nuestra ‘filosofía barata y zapatos de goma’ a los pensadores alemanes, a sabios del Oriente, a los clásicos, los grafitos de los metros, la mítica popular. Cada quien se arma un puzzle con sus referentes y necesidades”, resume la cubana Wendy Guerra (Todos se van). Es una literatura en continuo devenir, que en cualquier momento puede engendrar algo que nunca fue leído antes, está convencido el argentino Oliverio Coelho (Promesas naturales).

Sobre estos predios vecinos exploran autores como William Ospina, Álvaro Enrigue, Rodrigo Hasbún, Ana Gabriela Alemán, Marcelo Birmajer, Eduardo Halfon, Jorge Franco, Marbel Sandoval, Mariana Enríquez, Ricardo Silva, Armando Luigi Castañeda, Rodrigo Blanco, Héctor Abad, Damián Tabarovsky…

Refundar con palabras. Ahora se vuelven a visitar

Territorios conocidos. Autores que escriben sobre la historia de sus países o regiones, una especie de revisión de la historia para tratar de descifrar o interpretar el presente. Andrés Neuman cree que se trata de un doble desplazamiento: “Muchos escritores latinoamericanos (por ejemplo, los del crack) se han propuesto emigrar literariamente a escenarios que trasciendan sus fronteras nacionales, y otros (en general, influidos por una experiencia emigratoria) hemos revisitado la historia de nuestros países desde perspectivas oblicuas, conscientemente extranjeras (pienso en Juan Gabriel Vásquez, Fernando Iwasaki, Álvaro Enrigue, Guadalupe Nettel o Juan Carlos Méndez Guédez)”. Un vistazo atrás muestra que el Boom, en palabras de Juan Gabriel Vásquez, se dedicó obsesivamente a dar su versión de la historia latinoamericana, a construir una nueva historia en la literatura. “Luego hubo una especie de reacción hacia otras maneras de contar la experiencia, menos públicas, más intimistas. Ahora algunos novelistas se dan cuenta de que el Boom está lejos de haber agotado los lugares oscuros de nuestra historia, y se han concentrado en iluminarlos”.

Son las luciérnagas perpetuas en la historia de la literatura. Lo que cambia son las miradas, insiste Santiago Roncagliolo. “Siempre tratamos de darnos sentido a nosotros mismos hurgando en nuestro pasado”. Y añade que de la misma manera que se han vuelto a escribir novelas sobre historia, también lo hacen sobre guerrilleros, sólo que su figura ya no es épica ni ideal. “En Latinoamérica, nuestras heridas no han cicatrizado”, afirmó el poeta argentino Juan Gelman el 23 de abril durante su discurso por el Premio Cervantes, en Madrid. Una aseveración que Wendy Guerra complementa diciendo que en el caso de su generación las heridas no han sido nombradas. “Mi diferencia con los colegas latinoamericanos es que estamos en un punto donde nombrar las heridas ya es ganancia, nos reconcilia con la conciencia de los personajes que narramos, nos vuelve persona y personaje en el propio acto de la narración transitoria y la vida dilatada por el texto. La revisión histórica se inicia, en mi caso, en el minuto en que decido decir la parte de la historia que he vivido y necesita ser nombrada, aunque duela en mi entorno”.

Pero la brújula no siempre funciona bien por este trayecto. “Se corre el riesgo de la tipificación editorial. Se empiezan a ver repeticiones de lo mismo con novelas domésticas”, advierte el ecuatoriano Leonardo Valencia (El libro flotante de Caytran Dölphin). “Ocurre ahora con la novela histórica o política del país de origen del autor, con temas interesantes pero que no aportan ni avanzan en la forma novelística ni en el lenguaje, y con guiños evidentes para reforzar el tópico o el trópico. Son correctas, pero siguen sin superar a las grandes novelas históricas y políticas de los setenta y ochenta. Esa revisión del pasado puede ser provechosa, si es una relectura formalmente arriesgada, pero me temo que no es así”.

Todos tratan de volver a fundar con palabras América Latina. De desandar con las palabras ese atlas de sus vidas hechas de historias oídas, leídas, vistas, imaginadas, intuidas, vividas. Vívidas.

Los desencantos han dado paso a la ilusión por contarlo. Quizás lo que ha cambiado, reflexiona Andrés Neuman, es el abandono del propósito de encarnar determinados esencialismos nacionales y políticos, que no se han perdido, sino reformulado. De opinión parecida es Claudia Amengual. Recuerda que sus predecesores tenían un compromiso ideológico fuerte que se correspondía con la efervescencia de la década de los sesenta y la resistencia a las dictaduras que oprimieron la sociedad latinoamericana en los años siguientes. “Nuestra generación -me refiero a la de los escritores que estamos entre los treinta y cuarenta años- ha sufrido no sólo esas dictaduras sino también los efectos posteriores. Es una generación quizá algo desilusionada con el nuevo orden mundial, con menos utopías, pero no con menor compromiso. Nuestra literatura no siente que deba cumplir, necesariamente, con una función social, sino que tiene un valor intrínseco en tanto arte. Sin embargo, si bien la obra vale por sí, siento que sí existe un compromiso ético del autor con la coyuntura que le ha tocado vivir”.

Sin miedo. Con descaro y más conciencia del oficio de escribir. Una metamorfosis literaria que Tréllez reconoce a través de “la alegoría, de la parodia, de la digresión, del secreto, y de todo lo que tenga relación con el juego y con el contrabando literario (el plagio, la cita apócrifa, el guiño, la deformada noción de autoría)”. Un legado, agrega, que proviene de autores como Borges, Monterroso, Piglia, Bolaño, Pauls, Bellatin o Aira. En el mundo de los nuevos narradores no se teme a los dioses. “Es un placer escribir porque se hace sin la sombra de escritores paradigmáticos”, confiesa el colombiano Antonio Úngar (Las orejas del lobo). Sobre todo en su país, porque si en América Latina la sombra de Gabriel García Márquez es fuerte, en Colombia lo es mucho más. “La generación anterior a la mía sufrió el paradigma: se podía escribir con o contra García Márquez, no había muchas más opciones. En mi generación, el vacío de referentes inmediatos es absoluto, lo que da mucho vértigo pero también una gran sensación de libertad”.

Como se percibe en las páginas de Vivian Abenshuhan, Martín Kohan, Karla Suárez, Giovanna Rivero, Carlos Labbé, Susana Haug, Sergio Vilela, Juan Pablo Meneses, Efraín Medina, Gonzalo Garcés, María Fasce, Ariel Magnus, Luigi Amara, Alonso Sánchez Baute, Antonio García, Álvaro Bisama, Andrea Jeftanovic, Mario Mendoza, Jaime Alejandro Rodríguez, Wynter Melo, Yolanda Arroyo…

“Hacia allá”. Es la era de los nichos, como la define el chileno Alberto Fuguet. La de aventuras individuales. Tras el hallazgo de Pablo Casacuberta (La parte de debajo de las cosas y Una línea más o menos recta), muchos son los que también señalan que el destino está en “hacia allá”. Él lo mencionó cuando en Bogotá emboscaron a los escritores invitados con la pregunta: ¿hacia dónde va la literatura latinoamericana? “Fueron tantas veces, con tal esperanza acerca de nuestras habilidades para conocer el presente y predecir el futuro, que merecía ser contestada con el mismo entusiasmo visionario. Ese “hacia allá” no señalaba estrictamente hacia adelante, sino hacia adelante y a un costado. Se me ocurrió que tratar ese destino como si fuera un punto preciso en el espacio era la mejor manera de manifestar nuestra incapacidad para abordar la pregunta. Después, en la foto, todos señalamos el mismo punto, como si fuéramos un excitado corrillo de científicos apuntando hacia un meteorito”.

Y los escritores se dirigen hacia ese destino desde múltiples y variadas rutas. A la chilena Lina Meruane (Fruta podrida y Cercada) lo que le resulta llamativo es “la aparente renuncia a construir una literatura que exprese la complejidad del mundo contemporáneo desde la ficción (la llamada no-ficción está en auge)”. Destaca que se ha producido una esqueletización del entorno y del relato: de su imaginario, de su estructura, de su lenguaje. “Algo muy visible en la microficción, en el acortamiento del cuento y en la creciente brevedad de la novela. Esta literatura ‘anoréxica’ (así describía Alan Pauls la obra reciente de Mario Bellatin) insiste en sembrar agujeros en la trama: la idea de que el texto sólo muestre la punta del iceberg se ha transformado en la noción del relato-gruyère”.

Otras bifurcaciones relevantes son las novelas de género, la hibridación de éstos a veces desencadena en la llamada no ficción citada por Meruane, al tiempo que coge fuerza el periodismo literario. Al argentino Pablo de Santis (El enigma de París) siempre le ha interesado la cuestión de los géneros: “Creo que nos conectan con lo más puro que hay en el hecho de narrar y por eso el encanto del policial, la ciencia-ficción y lo fantástico. Muchos autores se han inclinado por tomar a los géneros como inspiración; Guillermo Martínez, Edmundo Paz Soldán, Jorge Franco y Mario Mendoza, con el policial; Marcelo Birmajer, con el humor y la sátira, y Leopoldo Brizuela, con la novela de aventuras”.

Una de las rutas más arriesgadas la ha encontrado Diego Tréllez en el mestizaje de géneros, con autores como Alejandro Zambra, Oliverio Coelho, Tryno Maldonado, Guadalupe Nettel o Inés Bortagaray. Sus obras, cuenta, “pueden ubicarse en esa zona indeterminada donde, de manera oscilante y a menudo indiscernible, se cruzan el ensayo y la novela, la verdad y la ficción, el crítico y el escritor”.

La tercera gran ruta no es nueva, pero se refuerza. Se mueve en las fronteras entre periodismo y literatura, coinciden Santiago Roncagliolo y Edmundo Paz Soldán. “Hemos tenido una tradición interesante de cronistas desde la segunda mitad del siglo XIX, pero nunca, como ahora, tantos y de tanta calidad”. El retrato de esta página literaria la completa Roncagliolo al decir que “el narrador se ha bajado del pedestal del sabio para sentarse en el banquillo de los testigos, y el periodista ha abandonado su complejo de inferioridad”.

Y a este rumor alegre de la renovación literaria han contribuido más que nunca las mujeres. Algo muy significativo en un continente con poca tradición narrativa femenina. A diferencia de la poesía donde hay referencias que van desde sor Juana Inés de la Cruz pasando por Gabriela Mistral y Alejandra Pizarnik hasta Olga Orozco y Blanca Varela. Entre las debutantes de esta última década, cuenta Ena Lucía Portela, hay alrededor de una decena de narradoras que han alcanzado cierta visibilidad más allá de las fronteras de sus respectivos países.

Mujeres y hombres que Piedad Bonnett, poeta y narradora colombiana, ha leído en su mayoría porque fue una de las responsables de seleccionar a los escritores convocados en Bogotá 39. Para ella, “el panorama de la joven narrativa latinoamericana está lleno de sorpresas y diversidad de nombres ya bien conocidos y de otros que aún circulan poco y que el continente tiene que descubrir. Abarca desde obras como las de Jorge Volpi o Juan Gabriel Vázquez, que fabulan la historia universal o local en novelas de largo aliento, hasta las nouvelles de Alejandro Zambra, construidas sobre poderosos silencios y con personajes y argumentos que se niegan a consolidarse y que implican una propuesta muy novedosa sobre el género. Por el camino encontramos obras interesantísimas, como la de Junot Díaz o Daniel Alarcón -el uno dominicano, el otro peruano- que escriben en inglés pero desde su condición de latinoamericanos, y con gran conciencia de la dureza de la vida en sus países pero también -sobre todo Junot- de la discriminación que padecen en el extranjero, de su condena a ser ciudadanos de segunda. Son inquietantes también las obras del prolífico y versátil Andrés Neuman, o la de mujeres con voces muy sugerentes y poderosas, como las de Guadalupe Nettel y Enna Lucía Portela. Pero no todo queda enmarcado en Bogotá 39. Escritores como Paz Soldán, Alan Pauls y otros que superan los cuarenta años se están ocupando de una renovación de la novela y el cuento que nos permite hablar de una muy dinámica búsqueda de nuevos lenguajes”.

A ellos se han unido César Gutiérrez, Rafael Baena, Alejandro Parisi, Andrea Maturana, Maximiliano Barrientos, Tryno Maldonado, Mauricio Bernal, Javier Ponce, Margarita Borrero, Fernando Quiroz, Washington Cucurto, Sergio Bizzio, Slavko Zupcic, Romina Paula…

Sobre el futuro de todos ellos, uno de los más citados por los propios entrevistados, aunque empezó su andadura en los años noventa, es el peruano-mexicano Mario Bellatin, quien expresa su fe “en que autores que han nacido, viven, provienen por lazos de familia, o sienten que poseen alguna afinidad con la parte de América que utiliza alguna lengua latina -o una mezcla que incluya a una de ellas- como herramienta de trabajo no caigan en la soberbia de sentirse parte de un todo narrativo. Curiosamente, las veces que esto ha ocurrido marcó el declive en la obra de autores que hubieran podido ser clave, quizá, en la literatura universal”.

Es el alba de una diáspora de creadores y creaciones de gran diversidad y vigor que han empezado a ser traducidos a varios idiomas. Algunos más conocidos fuera que en su propio continente. Transgresores autores del siglo XXI, que avanzan bajo la invocación de Sherezade hacia ese lugar señalado. “No me extrañaría que, dado ese inesperado consenso, la literatura latinoamericana termine yendo ‘hacia allá’ un día”, reconoce Pablo Casacuberta. Y da más detalles de su ubicación para los que requieran coordenadas específicas: “El punto puede hallarse estirando el brazo en forma exactamente perpendicular a la línea trazada entre los hombros. Una vez allí, se desplaza el brazo una vez y media el ancho de la mano extendida hacia la derecha. Y luego se estira el índice y se señala levemente hacia abajo, como si una línea casi paralela al piso fuera a encontrarse con el horizonte. El lugar es exactamente ahí”.

Fuente: www.elpais.es

Entrevista a Sebastián Antezana II

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El manuscrito de Antezana Galardonado
Por: Marcelo Suárez Ramírez

Aunque el jurado calificador del Nacional de Novela afirme que La toma del manuscrito tiene una estrategia narrativa sólida y original, y las historias y personajes se convierten en la excusa para contar por el sólo placer de hacerlo, Sebastián Antezana prefiere no marearse con los halagos y, manteniendo un perfil bajo, se remite a disfrutar de la noticia que recibió. A sus 25 años se convirtió en el ganador del premio más importante de las letras nacionales, con una obra que superó a las de postulantes más experimentados, como Néstor Taboada Terán, que recibió una mención por La virgen de los deseos.
- ¿Cómo nace La toma del manuscrito?
- Fue a raíz de una inquietud que se me presentó a principios de 2004. La elaboración de la obra se dio en varias etapas, desde la investigación sobre la historia central que me interesaba contar, hasta el planteamiento esquemático. La novela aglutina mis influencias literarias del género de aventuras y el policial; en ella se entrelazan varias historias que se unen para contar el descubrimiento de un antiguo manuscrito y una expedición que parte de Europa hacia África alrededor de 1870, durante la colonización de ese continente.
- ¿El hecho de que la obra aglutine algunas de tus influencias literarias se puede interpretar como una autobiografía?
- Tengo un montón de influencias que he intentado dejar explícitas en la obra, pero la novela es autobiográfica en un sentido literario. No he pretendido contar mi propia historia, ni las vivencias de Sebastián Antezana, sino más bien hacer una especie de homenaje a escritores y obras que me han influenciado al momento de escribir.
- El jurado la calificó como una novela con una estructura narrativa original. ¿Cómo lo ves tú?
- Considero que en esencia es bastante difícil ser original, en cuestión de estructura. No sé si la estructura sea tan novedosa, pues en estos tiempos es difícil decir que una obra pueda ser original en cuanto a su forma narrativa, pues todo ya está casi hecho, pero sí me interesó darle un significado más profundo a la historia de este personaje.
- ¿Qué te motivó a participar en el concurso?
- Básicamente el tema de la difusión, porque tanto el Premio Nacional de Novela como el de poesía y de cuento dan la oportunidad de difundir la obra de los escritores noveles como yo. También para que gente que pretende seguir un camino dedicado a la producción literaria cuente con un respaldo económico importante.
- ¿Qué autores has leído últimamente?
- Se me pueden venir a la mente unos 25 autores, pero en mi mesa de noche ahora tengo dos libros, uno es de Rose Macdonald, titulado El martillo azul, y otro de Harold Bloom, que se llama El canon occidental.
- ¿Te inclinas más por algún tipo de literatura en particular?
- Me considero más bien un lector bastante amplio, pues no quiero encasillarme en algo específico. Por ello intento leer toda clase de autores y corrientes literarias. Eso me parece adecuado para que más adelante me encamine por algo más definido. Eso es lo bueno de la literatura, que la posibilidad de una mayor apertura.
- ¿Qué escritores bolivianos están entre tus lecturas?
- Desde los clásicos, como Jaime Saenz, Óscar Cerruto y Edmundo Camargo, hasta las obras más nuevas como las de Ramón Rocha Monroy y Cé Mendizábal.
- ¿Cómo ves el panorama de la literatura latinoamericana en la actualidad?
- Siempre he considerado al territorio latinoamericano muy rico en el tema literario. Creo que por ser un continente que no ocupa un primer plano a nivel mundial, los escritores tienen una identidad propia. Históricamente se ha probado, primero con Borges y luego con García Márquez, que la literatura latinoamericana puede ocupar un lugar preponderante en Europa y otras regiones.
- ¿Ves algún elemento en común en los nuevos autores con los de la época del boom?
- No lo creo, más bien considero que hay muchas diferencias estilísticas e incluso diferencias temáticas. Todo es parte de un proceso de cambio natural que se ha ido dando en el continente, tanto por las historias sociales y políticas de los países, como por el crecimiento literario en cada nación.
Datos del autor
- Sebastián Antezana nació el 11 de diciembre de 1982 en México, durante el exilio en ese país de sus padres, Mauricio Antezana y María Soledad Quiroga, que fue ministra de Educación en Bolivia en la gestión de Carlos Mesa (2003-2005)
- El joven escritor anteriormente recibió una mención en un concurso de cuento corto policial del diario paceño La Prensa.
- La toma del manuscrito relata una expedición europea a África en el siglo XIX. El personaje central mata para robar un álbum de fotos y poco a poco se van introduciendo en la vida de cada una de las personas que aparecen en las fotografías.
- Antezana es nieto del líder socialista Marcelo Quiroga Santa Cruz, que fue asesinado en 1980.
Fuente: www.eldeber.com.bo



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