Síguenos en



Follow Me on Pinterest





Donaciones

Ayudanos a difundir libros gratuitos

Recomendamos




2200 personas ya han visto Justo en lo mejor de mi vida



carlos-valverde-1.jpg

Escudriñando los motivos del éxito. Casateatro
Por: Fanny Luz Rizo Avellaneda

Escribir sobre teatro no es cosa fácil. Sin embargo, hablar de la gente hacedora de teatro, aunque tampoco sea sencillo, es algo diferente. Aquí, precisamente en este punto en el que es posible encarar este tema, desde una posición restricta, si se quiere personalizada, está permitida cierta licencia, a fin de valorizar un aspecto riquísimo, desde una posición crítica.
“No podía esperarse otra cosa de ti”, fueron mis palabras definidoras de la magistral dirección evidenciada por René Hohenstein en la puesta en escena de Justo en lo mejor de mi vida.
La comedia citada, de la dramaturga argentina Alicia Muñoz, fue laureada con premios importantes por su temática creativa. La trama argumental de su obra permite la adaptabilidad del libreto a cualquier medio o lugar del planeta.
Precisamente, esa virtud creativa de Muñoz ha sido genialmente utilizada por Hohenstein, quien ha sabido capitalizar la cualidad plástica de la pieza teatral, cuyo conflicto, sustentador de la obra, permite la adecuación localista del argumento por su temática universal. Dicha temática se plantea en un plano real y, a la vez, virtual, en tanto valores de inmanencia y trascendencia del ser humano. Esos valores, revestidos de seriedad por su connotación, magníficamente llevados al plano del género de la comedia, son mostrados en el desempeño actoral de cada uno de los integrantes del elenco teatral.
Los actores y actrices realizan su papel con absoluta libertad creadora de la imagen escénica. Paralelamente, es posible precisar las pautas clave del desplazamiento dentro del plano escenográfico. Dichas pautas, visiblemente captadas como una jerarquía de acciones, indudablemente están prefijadas por Hohenstein, en el marco de un preciso logro. En su conjunto, la puesta en escena de la obra denota una perfecta sincronización entre las distintas maneras de interacción del elenco teatral. En tal sentido, los planos escenográficos, de ubicación y desplazamiento de los personajes, marcado por el director, armonizan con el plano subjetivo genialmente manejado por los actores y actrices del elenco.
Es precisamente el plano intraindividual de cada uno de los personajes el que trasluce la fuerza, la intensidad orgánica, plenamente subjetiva de cada intérprete, dando como resultado una suerte de armonización grupal.
Carlos Valverde, debutante como actor, nos demuestra una genuina condición, privilegio de pocos. Pone en juego principalmente la acción interior, o sea el manejo de la emocionalidad plena. Esa emocionalidad, elaborada en concordancia con el sentir de su personaje de ficción, tiene una genuina procedencia. No es otra cosa que la capacidad de manejar algo conocido y experimentado por todo ser humano, el sentimiento de temor, de miedo, de frustración, de duda y tantos más.
Si el manejo diferenciado entre el sentimiento real y el sentimiento ficcional, al momento de encarnar un personaje o ubicarse en una situación escénica, consiste en saber aflorar cualquier tipo de experiencia emocional propia, Valverde posee la virtud de todo actor genuino: la capacidad tanto de sentir como la de transmitir un sentimiento. Es un verdadero armonizador en tanto realiza de forma coherente el gesto y la acción, el sentimiento y la actitud corporal.
El gran genio rector de Stanislavsky transmitió principios fundamentales, cuya vigencia no pierde ni perderá fuerza. Consideraba, entre otros principios, la importancia del desplazamiento de la emoción a la acción física. Ése sería el camino más seguro para penetrar en la esencia del personaje. De esta manera, las auténticas emociones del actor hallarían su estímulo.
Es así como en la actuación individual de cada uno de los demás artistas integrantes del elenco, Arturo Lora, Jorge Urquidi, Cindy Ruiz y Sandra Elías, puede apreciarse un trabajo orgánico de auténtica calidad. Principalmente Arturo Lora, que posee la virtud del actor consubstanciado con el mundo escénico y con el trabajo de su personaje. Además tiene el aplomo y la seguridad tanto en el manejo de la acción como en la intencionalidad comunicativa. Su experiencia teatral le otorga la facilidad de improvisación para cubrir los baches impredecibles, propios del mundo teatral. Se trata de una capacidad de respuesta muy necesaria para agilizar el curso de los parlamentos, sin que el público lo advierta.
Finalmente, cabe distinguir la calidad de actuación tanto del elenco teatral de esta obra como de la excelente dirección de René Hohenstein.
Justo en lo mejor de mi vida permanece en cartelera desde octubre de 2007 en la sala de Casateatro, ubicada en la calle Junín, al frente de Correos. Hasta la fecha, 2.200 personas han visto la obra.
Fuente: www.eldeber.com



Escribe tu comentario