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He aquí la ciudad



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Estambul
Por: Pedro Shimose

Estoy en Estambul, junto a mis traductores y colegas turcos, en pleno Festival Internacional de Poesía. El narrador Orhan Pamuk (Premio Nobel de Literatura 2006) nació aquí y a él le debo, como lector, una experiencia intelectual gratificante. Su libro de memorias titulado Estambul. Ciudad y recuerdos (2003) me hizo comprender mejor la ‘intrahistoria’ de esta ciudad compleja y bella. Con prosa realista y agudas reflexiones, Pamuk nos explica su ciudad y rectifica, amablemente, los tópicos difundidos en Occidente por Lamartine, Gautier, Nerval, Flaubert, Loti y Mark Twain –en el siglo XIX– y por Knut Hamsun, André Gide y Joseph Brodsky –en el siglo XX– acerca de Estambul y sus palacios, sus harenes, derviches y cementerios.
Hace ocho años visité Estambul y me encantó, pues pude cotejar la ciudad de mis sueños de adolescente con una ciudad poliédrica, pujante y cosmopolita, de la cual quedas prendado. Mi interés por Estambul nace en la literatura y el cine. En las escuelas de Riberalta de los años 40, se nos hacía recitar poemas, de los cuales sólo memorizábamos el ritmo y la música de los versos. Uno de esos poemas era Canción del pirata, de José de Espronceda, aquél que dice, en su segunda estrofa: “Asia a un lado, al otro Europa, / y allá a su frente Stambul”. (Espronceda escribe con ‘S’ inicial lo que hoy escribimos Estambul).
El nombre de esta ciudad creció en mí al proyectarse en los cines de mi pueblo la película Estambul (dir. Norman Foster, 1942), interpretada por Joseph Cotten, Orson Welles y Dolores del Río. La verdad sea dicha, los riberalteños íbamos a deleitarnos con la belleza de la estrella mexicana (nuestra Greta Garbo), cuyo nombre real era Dolores Asúnsolo Martínez. La II Guerra Mundial había producido una serie de películas de espionaje cuya acción transcurría en ciudades exóticas como Casablanca, El Cairo y Estambul. Años después vería, ya en La Paz, dos películas que acentuaron mi interés por esta ciudad: Estambul 65 (dir. Antonio Isasi, 1965), con Horst Buchholz, Silva Koscina y Klaus Kinsky, y Topkapi (dir. Jules Dassin, 1965), con Melina Mercouri, Maximilian Schell, Peter Ustinov y Robert Morley.
A estas alturas de mi vida, yo había profundizado mis conocimientos históricos y jurídicos en la UMSA. Autores como Arnold Toynbee y Theodor Mommsen me indujeron a indagar por qué era importante esta ciudad nacida durante la hegemonía griega en el Mediterráneo (s. VII a.C.), refundada bajo el imperio romano bizantino con el nombre de Constantinopla (s. IV) y rebautizada por el imperio otomano (s. V) con el nombre de Estambul (Ístanbul, en turco). Según la leyenda, Istanbul deriva de la expresión griega ‘eis tan polis’, que quiere decir: “He aquí la ciudad”.
Bizancio fue una referencia literaria para los modernistas hispanoamericanos. Rubén Darío, Enrique Gómez Carrillo, Vargas Vila, Herrera y Reissig, Amado Nervo y Gregorio Reynolds la evocaron asociándola con el lujo, la decadencia y la voluptuosidad. Ecos de esa melodía modernista resuenan en algunos versos de Lezama Lima y Gastón Baquero. Y así, hasta que viene Orhan Pamuk a situarnos en la Estambul de hoy mismo, ‘su’ Estambul vivida y sufrida con cierto deje de altiva melancolía, ya anunciado en una frase del periodista Ahmed Rasim que Pamuk cita como epígrafe inicial de su libro sobre Estambul: “La belleza del paisaje está en su amargura”.
En 1965 cité al poeta Veli Vanik en una crónica sobre Marcelo Quiroga Santa Cruz que, por entonces, no había incursionado en la política. Después, otros notables poetas turcos llamaron mi atención: Nazim Hikmet, Ilhen Berk (eterno candidato al Premio Nobel), Adnan Ozer y Tugrull Tanyol. Turquía es, en sus raíces más profundas, parte importante de Occidente, esa cultura que reivindica Pamuk, sin negar el pasado otomano con sus grandezas y miserias y su joven tradición republicana. En tierras hoy turcas se codificó el Derecho romano, se fundó el mito de la guerra de Troya, fructificó la filosofía presocrática, floreció el arte bizantino y aquí nació, en la ciudad de Tarso, el apóstol San Pablo, lo cual no es poca cosa. // Estambul, 16/05/2008.
Fuente: www.eldeber.com.bo



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