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Un cuento de Óscar Barbery. Parte II



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Por: Óscar Barbery

Un arma de tres puntas para liquidar las aspiraciones cada vez más amenazantes de los cruceños, enfrentándolas, primero, con un apoyo efectivo al indigenismo y a la revolución racial; segundo, una nueva versión discursiva de la lucha de clases cuyo objeto era destruir el sistema productivo de Santa Cruz, y tercero, la promesa electoral de repartir el territorio del oriente y sus recursos naturales, éste como el espacio vital que había que conquistar para entregarlo a los habitantes empobrecidos de occidente. Un plan perfecto, dada las circunstancias. Un ente que empezó a moverse como se movía el ingeniero antes del accidente. Pero al ingeniero le cayó encima un vagón del tren, despedazándolo. Y al ente, ese invento familiar, le cayó encima un movimiento político que al principio fue un aliado eventual menospreciado, pero luego se volvió indomable y poderoso. El mango del “Tridente” le fue arrebatado a su clase, y blandido como un arma por un puño indigenista, acabó con la larga permanencia en el poder de los Recacochea y sus amigos.
Los médicos consideraban que con la nanotecnología estaban logrando sorprendentes avances en la recomposición del sistema neurológico del ingeniero, quien ya podía pestañear a gusto. Para él fue un gran alivio ver y dejar de ver a voluntad las cosas, ventanas, puertas, aparatos, objetos persistentes. Recuperada la facultad de pestañear, durmió por primer a vez en ocho meses. Maritza, con su particular sentido del humor, le decía: “A ver, querido , haceme ojitos, haceme ojitos” y Recacochea, dentro de su escafandra, se los hacía, ante el regocijo de médicos y enfermeras. Si él hubiera podido sonreír, lo hubiera hecho, pues estaba feliz de dominar la luz y la sombra como un efecto mágico de sus parpadeos.
A veces parpadeaba rápidamente, sin querer. O se le cerraba un ojo en la vigilia, o a mitad del sueño se le abría. Es que los eslabones nanotecnológicos de su sistema eran inestables debido a la extrema sensibilidad de sus componentes. La corriente eléctrica, incluso la estática, podía provocar en ellos un caos de vínculos erráticos que se expresaban en gestos faciales vigorosos, graciosos e inútiles, y de miradas punzantes, desprovistas de párpados, o cubiertas por éstos de manera enfática y recurrente. Esta accidental indomabilidad de la luz le provocaba ,con sus relámpagos, efectos hipnóticos que hacían surgir en su conciencia escenas llevadas en lo más íntimo de su ser, fogonazos de múltiples disparos a mitad de la noche, explosión de morteros , estela súbita de los aviones que caían del cielo, o helicópteros reventados por algún misil tierra-aire; imágenes de la Segunda Guerra Federal que tenía profundamente grabadas en sus pupilas, producto de la guerra de occidente contra oriente que sumió al país en la peor crisis de su historia.
La Segunda Guerra Federal terminó en un empate catastrófico provisional. El oriente se recuperó antes que el occidente del shock apocalíptico, y usó su capacidad para producir y distribuir alimentos como un arma más para someter a La Paz, Oruro y Potosí. Así, el empate derivó en una victoria pírrica, pero suficiente para la creación de una nación federal, con la ciudad de Sucre como capital de la república reconstituida, en donde volvieron a localizarse los tres poderes del Estado. El Alto se constituyó en un nuevo Estado Federal y la ex capital, La Paz, se volvió un exitoso municipio turístico.
Libre de sus ataduras, Santa Cruz de la Sierra inició un intenso proceso de reconstrucción de la mano de los cruceños, a los que se sumarían gentes venidas de todas partes, incluyendo la familia Recacochea, algo recuperada de las sacudidas históricas. La hermana del ingeniero insistió en el negocio de las consultorías, mientras que él fundó la empresa constructora “Recacochea y asociados”, unas veces unida a otras empresas constructoras de menor capacidad pero con mayor influencia en el gobierno municipal, y otras veces asociada con los mismísimos alcaldes, según los tiempos. De esta forma, una llamativa capacidad de gestión vinculada a la influencia directa de los alcaldes de turno, lograron que “Recacochea y asociados” obtuviera los contratos de construcción de las más grandes obras de ingeniería de la ciudad, entre ellas, el tren colgante de levitación magnética que recorría el séptimo anillo de circunvalación, suspendido a una altura de dieciséis metros, desde donde el desprendimiento de un vagón con veinte pasajeros adentro podía ser mortal.
Al cumplir un año en el quinto hospital Japonés, le llevaron una torta. Sin que fuera su cumpleaños, su hermana, dos sobrinos y Maritza, encendieron una velita y le cantaron el cumpleaños feliz, en ruso. Recacochea lo tomó con filosofía, diciéndose a sí mismo, con una voz interior bastante metálica que ya reconocía como suya, que al final de cuentas cumplía un año en su nueva vida cibernética. Condescendientemente aceptó, sumergido en los líquidos de su escafandra, que Maritza acercara la torta al cristal de su visor gritando “ que la muerda, que la muerda”, y cuando graciosamente pidió que Recacochea piense en tres deseos y apague la velita, el primer deseo del ingeniero fue que Maritza desapareciera de su vida para siempre. El segundo deseo fue el recuperar sus capacidades, pues esa vela encendida y la imposible hazaña de apagarla estimulaba el insondable dolor por sus dones perdidos. El tercer deseo fue no escuchar más las voces, no aquellas metalizadas que asumía como propias, o las de Maritza, de los médicos o las enfermeras. Tampoco eran aquellas voces lejanas que le contaban la historia de su familia. Éstas eran voces más torturantes, tan íntimas como sus microelectrodos: las voces de los veinte muertos del vagón, que según suponía Recacochea, al impactar sobre su Hammer 2080 fundió chatarras con órganos, y almas con almas.
Los médicos estaban inclinados a creer que había más alma en el resoplido del aire comprimido y en el zumbido de la electricidad impulsora de movimientos, que en esas voces de ultratumba. Por eso Recacochea no dio más explicaciones y se dedicó a escuchar a estas almas de mujeres y hombres metidos en su cabeza, quienes le hablaban de lo inhumano que era vivir en esta ciudad cuyas grandes obras de ingeniería dividían, segregaban, conducían al desasosiego absoluto con su automatismo robótico. Las voces le declamaban poemas. Soy la ciudad, me he bebido el río. Mi piel de cocodrilo se levanta para besar las nubes. Los satélites escudriñan mis entrañas para saber cuánta miseria ha digerido hoy. El hombre es el barro con el que Dios construye las ciudades a su imagen y semejanza. Y el ingeniero visualizaba anonadado las obras de “Recacochea y asociados” de las que era cómplice : las cintas sin fin transportadoras, radio concéntricas, que distribuyen gentes, bienes y servicios, desde el Primer Anillo de Circunvalación al centro, luego de recibir su caudal de muchedumbres provenientes de “ los Topos”, esos trenes que bajo tierra recorren el Segundo, Tercer y Cuarto anillo de circunvalación depositando su carga y recargándose, radial por radial, en cada una de las 28 intercepciones subterráneas de su circuito, mientras circunvalan la ciudad, las 24 horas. Bajo el cielo, sobre la superficie de los anillos y las radiales, se mueven velozmente los vehículos unifamiliar con permisos especiales conferidos por el municipio a quienes pueden pagar sus altas tasas por el uso de las vías al aire libre. El tren colgante de levitación magnética, como una arteria fundamental del organismo urbano, transporta gentes y mercaderías, impulsado a gran velocidad por el séptimo anillo, con escasas paradas en puntos estratégicos localizados en la doble avenida que bordea el río, llamada la Costanera. El tren va cargando y descargando vidas y bienes en los influyentes nudos de las autopistas Santos Dumont, doble vía a La Guardia, Prolongación Roca y Coronado, el Cristo Redentor y la avenida Virgen de Cotoca, para después bifurcarse en dos líneas de trenes que pasando por encima del jardín botánico, circulan en línea recta hacia dos extremos: la Estación Norte y la Estación Sur, dos grandes estaciones antípodas localizadas en el gran anillo de circunvalación internacional que forma parte del sistema vial “Bioceánico” cuya función es unir el océano Pacífico con el Atlántico.
Recacochea les dijo a sus voces “ por qué más bien no me ayudan a apagar la velita”, y Maritza, como si le hubiera adivinado el pensamiento, la apagó con un resoplido que empañó el cristal de la escafandra. Después uno de los médicos dijo: “ Felicidades; en su primer año de vida usted empezará a andar” y Maritza empezó a corear: “Que se pare, que se pare”. El ingeniero empezó a caminar. Las voces de las almas acallaron. Una especie de sonidos hidráulicos fueron la música de fondo para su júbilo. Caminaba. Escuchó a Maritza preguntarle al médico si esas patas no le rayarían el piso de madera de la casa. Una enfermera tomó una de sus grandes manos y lo guió hasta un objeto envuelto en papel de regalo, puesto sobre una mesa, cinco metros más allá. Maritza se apresuró a abrirlo, temiendo que Recacochea, en su torpeza, rompa el regalo. Abierto, emergió un tablero inalámbrico, con una serie de botones, cada uno de ellos era una causa, con una etiqueta que informaba sobre un efecto en el cerebro del ingeniero. Maritza le dijo: “te beso, te beso” y apretó el botón con la etiqueta “beso” y el ingeniero, por primera vez en esa eternidad de su calvario, sintió en su cerebro un beso tierno, prolongado, tibio, suave, humano. “También hay caricias”, decía Maritza con entusiasmo infantil y al tocar el botón correspondiente, logró que Recacochea entrecerrara los ojos, abandonándose a una caricia maternal, fundamental, entrañable. “Cosquillitas, cosquillitas” decía Maritza, apretando otro botón, y el ingeniero respingaba con placer ante el hormigueo de unos dedos invisible que lo puncionaban. Maritza seguía: “Rasca, rasca” y al pulsar le botón “rascar”, el ingeniero sintió que algo le rascaba todo el cuerpo que ya no tenía, devolviéndole la certidumbre sobre su condición humana.
Maritza dejó el tablero para invitarle torta a su cuñada, a sus sobrinos, médicos y enfermeras. Recacochea no se recuperaba del placer de sentir, y bajo ese influjo, hablando consigo mismo le habló a las voces de su prosapia y a las voces de ultratumba, diciéndoles que a lo mejor esta nueva vida no será tan mala. Luego, como para verificarlo, con pesado índice apretó el botón “orgasmo”.
Fin
Fuente: www.eldeber.com.bo



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