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Octavio Paz. Sobre liberalismo y sociedad de masas



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Octavio Paz. Sobre liberalismo y sociedad de masas
Por: H. C. F. Mansilla

Sobre el liberalismo

A la vista de los muchos fracasos asociados al neoliberalismo en el Tercer Mundo, parece promisorio explorar algunas posibilidades de mitigar los excesos de esta doctrina en la realidad. Un camino es diferenciar claramente entre liberalismo (clásico) y neoliberalismo (postmodernista). Un gran liberal, como fue sin duda Octavio Paz, mantuvo hasta su muerte la convicción de que la democracia pluralista, la opción por el individualismo y el régimen de libertades públicas representarían la herencia más noble y rescatable de la modernidad occidental. El liberalismo en la praxis política es ─ o debería ser ─ el civilizado reconocimiento de los otros. Paz tomó partido por el ideario liberal clásico en contraposición a las corrientes neoliberales que han inundado el mundo en las últimas décadas. Una porción central de este legado está encarnada en las concepciones liberales de la política y la economía, sobre todo en la vigencia irrestricta de los derechos humanos y en el respeto a los individuos de parte del Estado. La democracia liberal se distingue por el valor atribuido al ciudadano autónomo: no debería haber una participación forzosa y manipulada en los asuntos políticos.

Sobre la solidaridad y el romanticismo

Pero la libertad no es la única aspiración humana, dice Octavio Paz. De igual rango son la fraternidad, la justicia, la igualdad y la seguridad. El mérito del romanticismo histórico es haber llamado tempranamente la atención sobre estos temas. La mutilación y parcelación del ser humano, la carencia de solidaridad y la falta de lazos emotivos, que también son características del mundo moderno y de la democracia liberal, conducen a que los seres humanos estén aislados, angustiados y siempre descontentos: la libertad se revela como una pesada carga. La sociedad contemporánea arranca al individuo de su comunidad orgánica y de sus lealtades primarias. El liberalismo doctrinario y sobre todo el neoliberalismo diluyen todas las ataduras (incluyendo las religiosas) y exponen los ciudadanos al mero azar y al mercado implacable. Así, paradójicamente, esta corriente prepara el camino para los diferentes totalitarismos, pues éstos prometen esa fraternidad, ese calor humano y esa comunión con los otros que el gélido ámbito del consumismo a ultranza, del “todo vale” y de la perfección técnica del neoliberalismo no puede brindar.

Sobre el socialismo

Pero este análisis no significa un retorno al socialismo. La crítica de Octavio Paz a la Unión Soviética y al experimento cubano resultó clarividente. La naturaleza de esos regímenes fue descrita tempranamente por Paz como la combinación de la opresión y la violencia, la atrocidad y el cinismo. Estos “monumentos a la esquizofrenia” no tenían nada de libertarios; eran “estados kafkianos” en la vida cotidiana, que en sus momentos más terribles degeneraron en “paranoias sanguinarias”. El escritor mexicano supuso que estos modelos tenían mucho de una pseudorreligión totalitaria y muy poco de las tradiciones utópicas del marxismo original. Crearon nuevos cultos de lo absoluto: la sabiduría infalible del partido y del jefe, la divinización de las metas históricas, la justificación de cualesquiera medios a causa de la pretendida superioridad de los fines, los individuos reales al servicio de una abstracción ideológica. En suma: una nueva iglesia totalitaria. En la antigua Unión Soviética Paz percibió la tradición zarista, autocrática y arcaica, apenas encubierta por las máscaras del socialismo igualitario, la industrialización forzada y la modernidad técnica.

Cuando el sistema socialista se derrumbó en 1989/1991, Paz acentuó su crítica a la horrible combinación de globalización inescapable y capitalismo salvaje que desde entonces se ha apoderado del planeta. El colapso del socialismo ocurrió casi simultáneamente con la expansión del consumismo a escala mundial y de la economía de libre mercado. A comienzos del siglo XXI podemos afirmar que esta evolución no ha producido ni la felicidad de los pueblos, ni la instauración de regímenes más razonables que los anteriores, ni menos todavía un auténtico renacimiento cultural. La actual democracia de masas está unida inextricablemente a la manipulación de los votantes por medio de la llamada industria de la consciencia. Por otra parte, el mercado desregulado ha destruido en amplias zonas del planeta la agricultura de subsistencia, que estaba bien adaptada a entornos ecológicamente precarios. Es decir: el progreso tecnológico ha aniquilado un saber milenario basado en conocimientos particulares, es decir opuestos a recetas de vigencia global. La “antigua” comprensión de los ecosistemas naturales ha sido reemplazada por la utilización indiscriminada de productos industriales “modernos”, cuya bondad a largo plazo es más que dudosa. No hay duda de que estos aspectos de la globalización resultan deplorables y perniciosos.

Octavio Paz creyó que el liberalismo era aceptable en cuanto instrumento y no como meta normativa. Llegó a la sabia conclusión de que los mecanismos del mercado libre y las instituciones de la democracia moderna constituyen sólo instrumentos y caminos al servicio de fines morales. A la sociedad liberal contemporánea dirigió esta severa crítica: “La marca del conformismo es la sonrisa impersonal que sella todos los rostros. […] La publicidad destruye la pluralidad no sólo porque hace intercambiables los valores sino porque les aplica el común denominador del precio. En esta desvalorización consiste, esencialmente, el complaciente nihilismo de las sociedades contemporáneas. […] Nada menos democrático y nada más infiel al proyecto original del liberalismo que la ovejuna igualdad de gustos, aficiones, antipatías, ideas y prejuicios de las masas contemporáneas”.

Paralelamente a su defensa del liberalismo, Octavio Paz trató de rescatar elementos fundamentales de la tradición romántica, es decir de aquéllo que queda más allá de la razón instrumental y de su geometría: la fraternidad y unidad entre los mortales, las vivencias del amor, los paraísos vislumbrados en el éxtasis utópico, la integridad del ser humano y la experiencia religiosa. Se trata de valores que poseen una dignidad superior: son fines en sí mismos. Paz se opuso a la aceleración de la historia, y en su obra poética se empeñó en detener, al menos por un instante, la marcha perversa del tiempo. Para Octavio Paz la salvación genuina ─ si es que la hay ─ está fuera del tiempo, de los afanes políticos y de los aspectos cuantitativos del mercado: en el amor, la poesía y la religiosidad.

Sobre el futuro la democracia occidental

La cultura mediática del uniformamiento universal, los mediocres resultados de la economía globalizada, la pervivencia del imperialismo político-militar y el renacimiento de nacionalismos y fundamentalismos nos mueven a reflexionar en torno a las perspectivas de la democracia occidental. En sus obras: El ogro filantrópico y Tiempo nublado, Octavio Paz introdujo estos temas hace más de dos décadas, cuando estos fenómenos recién afloraban en la consciencia colectiva. Según Paz la incertidumbre ha tendido su velo sobre el conjunto de la civilización occidental. Los gobiernos se sienten compelidos por las múltiples imposiciones de movimientos incontrolables, ocasionados por las demandas de innumerables grupos de presión que tienen poco o nada que ver unos con otros. La calidad real de la vida se ha estancado y la inseguridad ciudadana va en aumento.

“Los políticos de Occidente”, aseveró Octavio Paz, “han mostrado, con unas cuantas excepciones, una mezcla suicida de miopía y cinismo. Han sido agresivos con los débiles y mansos con los poderosos y los arrogantes”. En el mismo pasaje Octavio Paz señaló que el mundo occidental está retratado en la visión que de él tienen los poetas y novelistas: “[…] túneles, cárceles de espejos, subterráneos, jaulas suspendidas sobre el vacío, ir y venir sin fin y sin salida”. La actitud predominante es la de un nihilismo de la abdicación, un hedonismo vulgar, un erotismo convertido en técnica y vaciado de arte y pasión, y una chabacanería tan frívola como generalizada.

Sobre el sinsentido de la vida

En las naciones del opulento Occidente se difunde un malestar universal a causa del sinsentido de la existencia, que aumenta paulatinamente al mismo ritmo aparente del avance tecnológico. Surge entonces la cuestión tematizada por Paz: ¿Vale la pena esta vida, si en medio de todo el progreso el ser humano se siente más solo, más vacío y más infeliz? Los individuos se han transformado en engranajes bien aceitados, el nivel de vida es el más elevado de la historia, las oportunidades de diversión son casi ilimitadas, pero el tedio es la característica más notoria, las oportunidades de desarrollo para los jóvenes son las más promisorias y, sin embargo, los adolescentes se sienten los seres más aburridos del planeta. Algo anda mal, evidentemente.

La juventud europea y norteamericana representa el aspecto más deprimente de esta constelación. En medio de condiciones materiales e intelectuales realmente óptimas, viven jóvenes desprovistos de fantasía, espontaneidad y capacidad de entusiasmo, sin sentimientos ni objetivos serios para la vida, si exceptuamos la inclinación a ser como los demás y mimetizarse con el grupo social en el cual están inmersos. Son incapaces de sentir curiosidad, de interesarse por el prójimo o de mostrar algún indicio de amabilidad… para no hablar de altruismo. Pero, eso sí, son maestros para adquirir ciertas habilidades técnicas, para encontrar defectos en los demás y para dar muestras tempranas de un sometimiento acrítico a las modas del día. Se asemejan a robots: eficiencia en algunas labores delimitadas y poca humanidad en la vida cotidiana y en las relaciones sociales. Ya desde pequeños son educados dentro de un ritmo infernal dominado por la manía de la rentabilidad creciente.

No es de extrañarse, según Octavio Paz, si entonces la vida en cuanto tal deja de tener un sentido, aunque la mayoría de los hombres no sean conscientes de ello. Es la era de la tensión permanente, la época de demasiadas demandas y diversiones simultáneas pendientes sobre el mismo sujeto, el tiempo de las neurosis colectivas y la extrema velocidad para no moverse del mismo sitio. El culto al progreso ha transformado al ser humano en un mero apéndice de los grandes aparatos administrativos. Los apologistas del sistema afirman que hay que divertirse en medio de estas turbulencias, puesto que el humanismo clásico, el ocio creador, el espíritu crítico (y cualquier otro), la política como una actividad racional, pertenecen a los fenómenos anacrónicos y depasados por la evolución. Lo que debemos hacer es sumergirnos sin preguntar en los flujos informativos y financieros, confiar en el orden creado por el mercado, dejar la política a los políticos y gozar el instante presente.

Las tendencias neoconservadoras desmantelan el Estado de bienestar social y erosionan la dimensión cívica de los derechos humanos y políticos. Se intensifican el cinismo y el oportunismo en los planos político y socio-cultural, se despliega el fenómeno de una corrupción gigantesca y surgen inclinaciones racistas ─ todo ésto, paradójicamente, en medio del mayor progreso tecnológico conocido en la historia de la humanidad. Las élites intelectuales, mediante las ideologías del relativismo básico y del individualismo asocial a ultranza, han contribuido efectivamente a esta evolución histórica. El futuro de la democracia occidental aparece entonces como incierto y precario. Pero aquí reside nuestra tarea, nos dice Octavio Paz: “Hay que reanudar la crítica de nuestras sociedades satisfechas y adormecidas y despertar las consciencias anestesiadas por la publicidad”.

Coda: recordatorio de Jesús Silva Herzog y Octavio Paz

Durante mi primera visita a México pasé un día por la redacción de CUADERNOS AMERICANOS. Me recibió sin dilación su director, Don Jesús Silva Herzog, el destacado historiador económico y hombre de letras, a quien debo un generoso patrocinio: alentar una posición intelectual que iba contra la corriente de la época. Mis diez primeros ensayos aparecieron en aquella revista. El maestro Silva Herzog se acercaba entonces a los noventa años. Su andar era extremadamente lento; veía con un solo ojo (y muy escasamente), pero su buen humor era jovial y hasta contagioso. Sus conocimientos podían ser calificados de enciclopédicos, y lo notable era que los había conseguido mediante el uso agobiador de sus ojos enfermos. Desde muy niño había estado casi ciego, y su formación constituía un ejemplo moral de tenacidad y denuedo, aunque poco de ésto se trasluce en su hermosa autobiografía Una vida en la vida de México.

Silva Herzog fundó CUADERNOS AMERICANOS a fines de 1941 y dirigió la revista por más de cuarenta años, sin mecenas ni instituciones que la apoyasen. Con su letra de rasgos desiguales contestaba personalmente cada carta y remitía al autor un cheque con los honorarios, modestos pero infaltables. Eran hábitos totalmente diferentes a los que ahora prevalecen en organismos similares. La revista era un foro intelectual antidogmático y multidisciplinario. El maestro Silva Herzog se caracterizaba por una enorme generosidad a la hora de elegir las contribuciones para cada número, y ésto condujo probablemente a relajar la calidad de CUADERNOS AMERICANOS en sus últimos tiempos. Con Silva Herzog, quien fue una figura descollante en la estatización de los petróleos mexicanos, hablé de dos temas: la Revolución de April en Bolivia (1952) y el desempeño mediocre de los regímenes nacionalistas en América Latina, en contraste con las enormes esperanzas que despertaron. Su libro clásico, Historia de la revolución mexicana, contiene finas observaciones en torno a las promesas siempre incumplidas de estos sistemas de modernización acelerada.

Una llamada telefónica suya me abrió el acceso a Octavio Paz. No sé qué le dijo, pero Paz me invitó a pasar por su casa ese mismo día a las cinco de la tarde. Ocurrió el 31 de enero de 1979. Si no me equivoco, Paz habitaba un apartamento amplio, pero no lujoso ni extravagante, exornado con innumerables libros y con algunas obras de arte de la India y el Lejano Oriente. Octavio Paz se mostró discretamente amable, pero en ningún momento afectuoso. La suya era una cortesía sobria y distanciada, mas no hostil hacia el desconocido interlocutor. Se percibía que tenía una clara consciencia de su significación en el universo de la cultura en general y de la literatura en particular. Comentarios sobre su obra le eran indiferentes. Tuve la impresión de que su arrogancia no ofendía necesariamente a otros; era una admirable (y envidiable) autoseguridad, si consideramos que aun no gozaba de la fama y el reconocimiento posteriores. Pese a su estudiada indiferencia y a su elegante estoicismo supuse en aquel momento que a Octavio Paz le dolía la dilatada incomprensión de sus conciudadanos con respecto a su inexorable posición crítica. Por otra parte no estaba todavía rodeado del estrecho círculo de discípulos celosos y adulatorios que en sus últimos años lo aislaron del mundo. Paz era entonces una figura atacada sin piedad por la izquierda marxista, denostada por los nacionalistas y olvidada por las instancias estatales. Fue difícil arrancarle una sonrisa, pero tampoco mostró ningún signo de impaciencia a medida que la visita se alargaba considerablemente. Lo que estaba anunciado como un breve encuentro para compartir un té se convirtió en una larga conversación de varias horas. El y su esposa Marie-José no parecían dispuestos a concluirla, y, si la memoria no me falla, fui yo quien le puso fin ya muy entrada la noche. A Marie-José le gustaba contar anécdotas y detalles de todos los personajes y lugares que habían conocido en el Asia. Aquello que los poetas llaman el ultraje de los años no impedía vislumbrar que había sido una mujer bella y sensual en sus años juveniles.

Lo que parecía interesar a Octavio Paz era mi proyectado viaje al mundo oriental. Esta empresa estaba consagrada exclusivamente a conocer las grandes obras de la historia y del arte. En casos similares mi habitual propósito ha sido eludir las aglomeraciones urbanas modernas, esquivar los testimonios de la cultura popular y huir de los lugares promovidos por agencias de turismo. Este plan contó con su mesurada simpatía. Mi primer viaje a la India y países aledaños tuvo lugar en 1980, y seguí un itinerario aconsejado en gran parte por Paz. El me había sugerido evitar ciudades como Goa y Poona, muy apreciadas por los turistas occidentales, ávidos de drogas y emociones baratas y de una religiosidad exótica pero fácil de comprender. Los santuarios que gozaban del favor popular y que ofrecían experiencias místicas a precios módicos eran simulacros organizados por hábiles hindúes que ya no creían en sus dioses tradicionales y sí en el todopoderoso dinero. Paz sentía una inclinación especial por las religiones que en su propio lugar de origen se habían convertido en minoritarias (como el budismo y el jainismo) y me aconsejó visitar algunos países limítrofes (como Nepal: una joya en todo sentido) y las provincias periféricas de la India, donde el budismo es aun fuerte, como Ladakh (el pequeño Tibet) y las situadas en el extremo nororiental (Sikkim, Assam, Tripura), pero las guerrillas me impidieron realizar una parte del programa. Contra su consejo viajé a Sri Lanka (Ceylán), que resultó ser ─ como él me lo anticipó ─ una desilusión histórico-estética.

Por aquel tiempo Octavio Paz empezó a publicar la revista VUELTA, que pronto alcanzó una fama legendaria y que parecía ser una especie de contraste premeditado con respecto a CUADERNOS AMERICANOS. En VUELTA no había espacio para esa fatal combinación de nacionalismo con socialismo tan usual en América Latina después del triunfo de la Revolución Cubana. Y la diagramación, las ilustraciones, el papel y la tipografía de VUELTA eran de un gusto exquisito ─ la elección de un verdadero artista ─, mientras que la revista de Silva Herzog, gruesa, convencional y dispar en calidad, parecía encarnar rutinas anticuadas. Pero un examen retrospectivo nos muestra que VUELTA no fue realmente tan novedosa y tan persistente en excelencia y originalidad intelectuales, mientras que CUADERNOS AMERICANOS, pese a todas sus deficiencias, constituyó durante décadas el mejor órgano de discusión de ideas en el Nuevo Mundo.

Fuente: www.ecdotica.com



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