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Acerca de la última novela de Manuel Vargas

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Se llamaba Jacinto Quiroz o Don Zorro
Por: Juan Carlos Ramiro Quiroga

“Tantos cuentos, piensas, ¿esto no será también un cuento?”
Música de zorros (2008), Manuel Vargas.

1. Gracias a Dios que no me gusta leer novelas y Dios me libre de semejante bajeza. Como el autor de Ficciones, descreo de las novelas porque no son más que una acumulación de palabras y más palabras. Harto desperdicio de palabras observo en ellas. Si un libro te hace gozar y volver a él una y otra vez, de seguro que no es una novela.

2. En efecto, Música de zorros (La Paz, 2008) la reciente obra de Manuel Vargas no es una novela, sino un cuento que prolonga o crea otros cuentos. Es decir, el arte de narrar del autor opera como una suerte de cajas chinas, porque un cuento reserva otro cuento: nada de las abominables amplificaciones de un Jaime Saenz o de un Adolfo Cárdenas.

3. Soy apenas un hombre que acostumbra leer poemas y que guarda cierta resistencia a las novelas, por una sencilla razón: no hay vida en tal mal habidas palabrerías. O son una osamenta o son una pérdida del tiempo vivido. Vaya redundancia. Pero Música de zorros me ha fascinado no bien salió de la imprenta.

4. Su autor sabe bien de la tarde en la que compartió conmigo, y con una cómplice de sus andares narrativos, no sólo la cola del animalejo, sino todo el hocico colorado y ese pelaje que sabía a rojos ponientes y crepúsculos íntimos. No precisamente porque era una novela, sino porque era otra cosa.

5. Menos que el aire marino que extraño a medida que pasa el año, la obra de Vargas me ha producido esa perplejidad de la que los hombres cuerdos deben cuidarse: todo lo que ha narrado en Música de zorros es purita esencia de jacintos o de Jacinto. Y este Jacinto nada tiene que ver con la mitología griega menos con el encantamiento que produce ese nombre.

6. Más cercano a la transparencia de un arroyo y con menos densidad que una montaña, Jacinto es el raposo que le faltaba a la narrativa boliviana. Ese simple paisano (“un mendigo hecho y derecho”, lo llama Vargas) que se gana la vida como Moisés, desde el silencio y desde la incomunicación. Es decir, desde el desarraigo.

7. Pero la vida de Jacinto Quiroz es sencilla y sin misterio, a pesar de haber asesinado a un hombre por mera pasión o mera alucinación. Un pobre indio que no sabe hablar y analfabeto, casi huérfano de madre y sin padre. Crecido con lo elemental para vivir en la bonanza agreste o en el Pueblo Encantado.

8. El personaje de Música de zorros sabe moverse en este lado y en el otro como pez en el agua. Para el autor, Jacinto Quiroz era un duende salido de las peñas, o un simple viejo delirante, o un engendro de las quebradas; pero para los niños que lo vieron gravitar en una esquina de la plazuela del pueblo no había ninguna duda: Era Don Zorro.

9. En ese marco de probabilidades narrativas, la única aventura posible de Jacinto contempla los siguientes verbos ilustres: nacer, crecer, amar, matar, huir, enloquecer, casarse, cuidar vacas , tener hijos, volverse próspero, envejecer y convertirse en Don Zorro. Y todo para nada más morirse como un perro en las afueras de un pueblo que lo reconoce a medias.

10. Acaso después de haber vivido en el más completo desarraigo o plenitud, Don Zorro vuelve al pueblo que lo vio nacer y crecer convertido en el perfecto don nadie. No obstante, ese que regresaba no era Jacinto Quiroz, sino un animal que maravillaba a los niños con experiencias de vida y triunfos que más parecían puros cuentos.

11. Pero no eran puros cuentos. Jacinto se había ganado la vida en un santiamén. No sólo la vida, sino la mujer, los hijos y las vacas. Y así como se había ganado la vida, también la perdía en un cerrar y abrir de ojos, porque de lo único que somos dueños en la vida es de nuestra consciencia o de nuestra desnudez.

12. Y no fue extraño que los niños del pueblo donde Jacinto Quiroz decidió morir le preguntaran: “Don Zorro, ¿de ande es usted?, ¿de cómo llegó al pueblo?, ¿es cierto que tuvo mujer y tuvo vacas sin contar?…” Si yo mismo no sé cómo explicarles esta noche, lo maravilloso que fue oír la Música de zorros.

Fuente: http://www.palabrasmas.org/nius/index.php?page=32&idn=313


Literatura y prostitución

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La prostituta en la literatura latinoamericana
Por: Camila Urioste

¿Por qué la prostituta? ¿Por qué aparece y reaparece con diferentes grados de protagonismo en la literatura de Latinoamérica y el mundo? En Internet hay publicados al menos 5 ensayos o artículos en castellano acerca de la figura de la prostituta en la literatura. Esta cifra puede no parecer grande y sin embargo lo es si consideramos que no hay ni dos artículos que traten la relevancia de otros personajes femeninos en la literatura. No hay un ensayo acerca de “La Madre y su tratamiento literario.” Ni un solo autor se ocupa de analizar “El personaje de La Esposa en la novela”. En su articulo “La metáfora mas vieja del mundo”, publicado en el diario argentino Pagina 12, Liliana Viola escribe: “En pocos sitios pueden hallarse tantas putas juntas como en una biblioteca.”

¿Por qué la prostituta? Si se mira desde el punto de vista de género, esta pregunta esconde muchas otras. ¿En qué grado es la literatura un espacio de condescendencia con la institución de la prostitución y, por ende, con la explotación de la mujer? ¿Se puede entender mejor la relación entre prostitutas y prostituyentes desde la literatura? ¿Deberíamos ser críticos frente a este fenómeno?

Los autores latinoamericanos que han tratado a este personaje en sus obras son muchos: Vargas Llosa en sus novelas La casa verde y Pantaleón y las visitadoras, José María Arguedas en Zorro de arriba y Zorro de abajo, el boliviano Juan de Recacochea en American Visa, García Márquez incontables veces, pero más recientemente en Recuerdo de mis putas tristes, Onetti en Juntacadáveres, Xavier Velasco en Diablo Guardián (Premio Alfaguara 2004). Creo que el último ha sido Fernando Ampuero con la novela “Puta Linda” (Planeta. Lima 2006).

El tratamiento del personaje en las obras citadas es diverso, y sin embargo todas comparten algunas características generales. Primero, el tono de las obras es invariablemente de descripción y no de denuncia de la triste situación de la mujer “de vida alegre”. En un mundo en el que ya no es políticamente correcto hacer apología de la explotación de los indios o los negros, es aún permitido en la literatura hacer apología de la explotación sexual de la mujer.

En segundo lugar, la caracterización del personaje de la prostituta es generalmente idealista; ella es en realidad una mujer “libre” que no siente ni vergüenza ni autocompasión por lo que hace y se le hace. La puta es orgullosa. “Yo no me vendo. Me alquilo”, como dice Ana en El lado oscuro del corazón, película argentina que recoge todos los clichés literarios respecto a la relación entre prostitutas y escritores habidos y por haber. O Blanca, en American Visa: “No empieces a malgastar tu plata. Cuando un hombre me gusta soy gratuita.” En esta obra, la idealización del personaje es paradójica: Blanca es a la vez inocente y seductora, capaz de dormir como una niña tras una noche de “entretener” a sesenta hombres, a veinte pesos por nuca. Esta forma aparentemente dignificante de retratar a la prostituta esconde una función más oscura: permite al protagonista masculino (para nuestros fines el prostituyente) llevar a cabo la “transacción” liberado de cualquier sentimiento molesto, como la culpa o el remordimiento.

Esa es otra característica de estas novelas: la condescendencia con el prostituyente, ya sea este un personaje literario o el mismo autor de la novela. En su libro “Ninguna mujer nace para puta” (Lavaca, 2007), Maria Galindo concluye que es difícil encontrar un espacio masculino desde el cual entender la prostitución sin que éste sea de complicidad con el prostituyente. Ni el Estado, ni la Iglesia, ni la familia son una excepción.

Hace algunos años, en una entrevista por televisión, se le preguntó a un conocido escritor boliviano cuál había sido el mejor regalo de su vida. Respondió: “Cuando tenía quince años mi padre me regaló dos peladas.” Lo dijo con una sonrisa, mezcla de orgullo y saudage. Ni un ápice de vergüenza. Y es que si la prostitución es el oficio más viejo del mundo, lo es gracias a la complicidad de la sociedad entera con los clientes de la prostitución.

¿Por qué no puede la literatura ser una excepción? Talvez porque no se podría escribir (o vender) una novela acerca de una puta si en ella se retratara el rostro verdadero de la mayoría de estas mujeres (que llegan a cuatro millones en todo el mundo, según datos de la ONU). Si García Márquez y quienes escriben sobre putas regordetas y vivaces como peluqueras de barrio se vieran obligados a retratar la soledad, la exclusión social y política, la vulnerabilidad frente a todas las formas de violencia masculina que viven las “jineteras”, otro sería el rostro de la literatura latinoamericana.

Entonces…¿por qué la prostituta?

“Por la democratización del sexo”, respondería el protagonista de American Visa. Porque la institución de la prostitución permite que, por 20 pesos, un hombre de extracción humilde y origen aymará pueda ligarse a una camba de metro ochenta, castaña y de ojos verdes. Y eso es democracia.

“Por necesidad biológica”, respondería el Pantaleón de Vargas Llosa. Porque un hombre sano y maduro requiere de al menos dos polvos por semana de mínimo 15 minutos de duración, y el no conseguirlos suele ser causa de malestar físico, psicológico, bajo rendimiento laboral y manifestaciones de violencia intra y extra-familiar.

“Para sentirme vivo”, sería el balbuceo del anciano de Recuerdo de mis putas tristes, quien despierta una mañana decidido a “estrenar” a una niña de catorce años quien ofrece su virginidad a cambio de tres pesos porque es pobre y huérfana tiene que alimentar a sus hermanitos. “Porque no todos los días se cumplen noventa años.”

Podríamos concluir: “Ahhh. Por eso la prostituta.” Sin embargo se intuye la existencia de algo más profundo, una razón más fuerte para la devoción de los autores (y lectores) latinoamericanos por la figura de la puta. Esta razón tiene que ver con la existencia misma de la prostitucion: la debilidad masculina. Porque, ¿qué es la prostitucion sino la institucionalización de todas las formas de la debilidad del hombre? El miedo a la impotencia, la inseguridad, la supremacía de los instintos, la violencia, la explotación del más débil y la carencia de afecto tienen muchas veces como respuesta a la prostitución. La puta es generosa con el sexo, y el sexo es sinónimo de refugio, compañía, comprensión. El hombre no tiene que hacer un gran esfuerzo para conquistar a la prostituta. No hay que ser caballero, ni buen mozo, ni tener éxito ni prestigio, ni estar bien dotado. Ni siquiera se necesita tener mucho dinero. Al contrario de las señoritas, las putas no dicen que no. Por último, la prostitución es la forma más evidente de sometimiento de la mujer en una sociedad patriarcal.

Liliana Viola escribe: “No es cuestión de escandalizarse por que esta sociedad permita la compra del sexo, ni porque la misma práctica que deshonra a la que vende prestigie al que compra.” Sin embargo es necesario ver la prostitución como lo que es: una institución que denigra a todas las mujeres, las que se prostituyen y las que no. Esto, según María Galindo, porque el denominativo de “puta” puede caer sobre cualquiera de nosotras en cualquier momento, ya sea por la forma de vestir o de vivir la sexualidad, la forma de hablar u opinar. Puta fue el denominativo que se usó para intentar destruir a muchas de las grandes mujeres de la historia. Se lo usó, por ejemplo, contra Manuela Sáenz, George Sand y Maria Magdalena. Tampoco es cuestión de satanizar a las novelas, ni a los autores. Pero sí tener una mirada crítica frente a la idealización estética de la forma más antigua de explotación humana.

Fuente: http://www.palabrasmas.org/nius/index.php?page=32&idn=311


Ensayo sobre Sicarios de Homero Aridjis

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Sicarios de Homero Aridjis
Por:Wilmer Urrelo Zárate

Imagínese ser secuestrado al salir de su casa, de la oficina, del mercado. Imagínese que lo suben a una camioneta sin placas y de vidrios polarizados con el cañón de una 45 hincándose en su espalda. Imagínese que le cubren los ojos y que sólo puede escuchar detrás de sí las palabrotas de un hombre que, fuera de recordarle a su mamacita, le dice que si levanta la cabeza se la hace volar de un balazo.

Imagínese a la camioneta sin placas y vidrios polarizados dando muchas vueltas por la ciudad, como queriendo perderse a propósito. Imagínese ser bajado de esa camioneta a empellones, ser atado de manos y pies y luego ser introducido en un armario. Imagínese que una voz anónima de mujer le dice a cada momento que su familia no quiere pagar el rescate y encima imagínese que no le dan de comer y que esa anónima mujer escucha cumbia mexicana en el radio (la Qué buena) todo el tiempo. Imagínese los días pasando, a usted pidiendo a gritos ser llevado al baño. Imagínese ser golpeado a cada instante y un día, cuando cree que va a ser liberado (piensa esto porque lo sacan del armario y lo sientan en una silla), una voz de varón le corta una oreja con una navaja o una tijera. Imagínese a su oreja llegando metida en una caja de leche en polvo a su casa. Imagínese a su esposo o esposa abriendo la caja y viendo lo que hay en su interior. Imagínese su cuerpo lleno de balazos, tirado en un descampado. Imagínese que su familia no pagó el rescate.

Sicarios (Alfaguara, 2007) del mexicano Homero Aridjis es una de esas novelas violentas y ágiles que no hacen más que mostrarnos descarnadamente los tiempos que estamos viviendo. Miguel Medina, periodista de profesión, recibe varias amenazas de secuestro. Nada raro dentro del panorama periodístico mexicano, dirán algunos. Las autoridades del ramo le colocan protección (un guardaespaldas, un “guarura”). Pero mientras la novela se desarrolla se dará cuenta de que los que deben protegerlo hacen todo lo contrario. Con Sicarios, Aridjis no hace más que mostrarnos una de las caras terribles de Latinoamérica: el crimen organizado. Policía corrupta, autoridades más corruptas todavía, crímenes no resueltos o crímenes que ocurren y se mimetizan bajo el disfraz de “accidentes”: se accidentó, lo accidentaron, dicen los personajes.

En Sicarios se podrán hallar los ejemplares más truculentos de los bajos fondos mexicanos: el 666, el Tecolote, el Petróleo. Los secuestradores que amenazan a Medina y que cortan las orejas de las víctimas (el jefe de la banda, no hay duda, no es ni más ni menos que el famoso Mochaorejas, personaje real que si no me equivoco ya está encarcelado). Otro punto alto de la novela es conocer (y el reto que significa pasarlo a la ficción, por supuesto) al detalle la forma en que operan no sólo las bandas criminales, sino también los “guaruras” y las mismas autoridades policiales (que, en el fondo, parecen ser los mismos). “Lo que no saben ustedes es que la banda de La Culebra se vengó del comandante que los aprehendió, colgando a su esposa y a su hijo de un árbol en un parque público de Cuernavaca. Sobre la piel del costado derecho de ambos asesinos les marcaron con un cuchillo la palabra Benganza”, escribe en alguna parte. Otro de los méritos de esta novela no sólo se detiene en lo anteriormente mencionado, sino en el empleo de un lenguaje claro, preciso, como el filo de una navaja, el cual parece que no hace más que ser un reflejo de sus personajes, de esa alocada carrera del crimen, del dinero, de los muertos, de los gobiernos corruptos.

¿Una novela pesimista? ¿Pesimista del siglo XX y XXI? Parece que sí, pues tengo la impresión de que Homero Aridjis al final nos dice que nada puede cambiar, que el crimen organizado (anónimo y por eso tan grande y efectivo) es el que preside los gobiernos del mundo por ahora y por todos los tiempos.

Fuente: www.laprensa.com


La narrativa del post-boom

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Paz Soldán
Por:Adolfo Cáceres Romero

Desde la década del 60, hasta cerrar el siglo XX, y aun comenzando el XXI, los narradores del boom latinoamericano continúan en plena producción. De hecho, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Mario Benedetti siguen activos, con nuevas obras y reimpresiones, sobre las cenizas vivas de Juan Rulfo, Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar, José Donoso, Guillermo Cabrera Infante y Augusto Roa Bastos; todos iluminados por Jorge Luis Borges.

La generación inmediatamente posterior a estas figuras sigue sus pasos con excelentes resultados; ahí se destacan, junto al viejo Ernesto Sábato, Eduardo Mallea y Manuel Mujica Lainez: Manuel Puig, Osvaldo Soriano, Antonio di Benedetto y Tomás Eloy Martínez, en Argentina; Eduardo Galeano, Carlos Martínez Moreno y Napoleón Baccino Ponce de León, en Uruguay; Julio Ramón Ribeyro, Manuel Scorza, José María Arguedas y Alfredo Bryce Echenique, en Perú; Antonio Skármeta, Carlos Droguett e Isabel Allende, en Chile; Óscar Collazos, en Ecuador; Álvaro Mutis y Manuel Mejía Vallejo, en Colombia; Josefina Pla, Rubén Bareiro Saguier, Gabriel Casaccia y Carlos Villagra Marzal, en Paraguay; Arturo Uslar Pietri, Miguel Otero Silva y Salvador Garmendia, en Venezuela; Reynaldo Arenas y Severo Sarduy, en Cuba; José Revueltas, Gustavo Sáenz, Vicente Leñero, José Agustín y Laura Esquivel, en México; Jaime Saenz, Renato Prada, Néstor Taboada Terán, Jesús Urzagasti, Julio de la Vega, Arturo von Vacano, Homero Carvalho, Ruber Carvalho, Manuel Vargas y Juan de Recacoechea, en Bolivia. Desde luego que los que nombramos no son todos; hay más, muchos más narradores con una producción igualmente valiosa, sobre todo entre los nacidos en las décadas del 50, 60 y 70, pero dejemos de ser enumerativos y concretémonos a esbozar algunas consideraciones.

En todos los narradores que hemos citado, incluso en los que vienen luego, existe una clara intención de ser realistas; en muchos, fielmente realistas, sin que importe si son coetáneos o de una misma generación; objetivistas o subjetivistas; lo único que importa es que saben que no se puede crear nada al margen de la realidad. Si algo los destaca es su lenguaje y diseño artístico

—la técnica, que desde luego no lo es todo— con la que procuran dar vida a su obra. Y esto siempre ha sido así, en cualquier cultura y época. Sólo ahora la globalización sitúa a los nuevos narradores en una actitud universalista, mal interpretada, y hasta barajan una serie de nombres en busca de un modelo en el que fincar su obra, sin tomar en cuenta que tienen, como nunca, varios y de innegable calidad entre los representantes del boom.

Pero éste no es el problema y ya lo ha señalado Ángel Rama en su excelente estudio Diez problemas para el novelista latinoamericano. Lo curioso es que muchos narradores e intelectuales todavía piensan que el boom no ha sido nada más que una explosión fabricada por los medios, en complicidad con las editoriales. Vamos a medio siglo de su aparición y en ningún otro sitio del planeta se ha dado tal eclosión de obras y narradores como en nuestra América. Por eso nos extraña que un grupo de calificados narradores considere a García Márquez antimodelo, cuando existen generaciones que lo siguen; luego, tampoco han tomado en cuenta la importancia de Cortázar, Lezama Lima, Onetti o Carpentier; aunque, en algún momento, se han planteado la posibilidad de tomar a Manuel Puig (lo cual no está mal, como también podrían haber elegido a Rulfo o Vargas Llosa). Pero insistimos, el problema no es ése. Y creo que sería bueno recordar al viejo Hugo, cuando dice en el prólogo a Cromwell (1827): “No hay reglas ni modelos o, mejor dicho, no hay otras reglas que las generales de la naturaleza”.

Lo que se advierte es que descartan a García Márquez por su concepción mágica de la realidad que, desde luego —como Asturias, Carpentier o Rulfo— tiende a lo grotesco popular —tal como Rabelais lo hiciera en su tiempo, a quien también le negaron importancia algunos de los post-renacentistas. Por cuanto, desde el punto de vista formal, los recursos narrativos de García Márquez son los mismos que manejan Fuentes, Carpentier, Onetti, etc., etc., con un estilo peculiar, que es propio e inconfundible en cada uno de ellos, y que también son recursos de los narradores que se reunieron en Sevilla, quienes destacan la importancia de Borges, pero creen que con la globalización van a ser más universales y se van a garantizar la perpetuidad. Ser universal no quiere decir ser de cualquier parte, sin identidad.

Hace un siglo, los costumbristas copiaban la realidad tal cual era, sin penetrar en su epidermis; en cambio, los socialrealistas la conflictuaban; mientras que los neorrealistas la recreaban y los hiperrealistas, actualmente, tienden a deformarla, racionalizándola; entonces, surge una visión mágica, grotesca, esperpéntica, virtual, subjetiva, objetiva o crítica del medio. No importa si fantasean con personajes que levitan o viven entre mariposas amarillas, o si los santos y las vírgenes de escayola bajan de sus altares, lo cierto es que se hacen verosímiles. No importa que la mentira sea descarada, si se hace vital e interesante y lleva al lector a meditar sobre su existencia y la de todos.

En fin, un verdadero creador tiene libertad para imaginar o soñar en todo lo que se le ocurra. La cuestión está en cómo lo va a hacer y los recursos que va a usar para ello. No olvidemos que la literatura hace florecer el contenido viviente de las palabras.

En Bolivia, los narradores que tienen elementos del boom son muchos y, los que además ven la magia de la realidad, a la manera de García Márquez, son: Arturo von Vacano, con El Apocalipsis de Antón (1972); Adolfo Cáceres Romero, con La mansión de los elegidos (1973); Néstor Taboada Terán, con El signo escalonado (1975) y El Manchaypuito (1977); René Bascopé Aspiazu, con La tumba infecunda (1985); Jesús Urzagasti, con El país del silencio (1987); Wolfango Montes Vannucci, con Jonás y la ballena rosada (1987), y Edmundo Paz Soldán, con Río Fugitivo (1998) y El delirio de Turing (2003), entre muchos otros.

A propósito de El delirio de Turing, galardonada con el Premio Nacional de Novela 2002, percibimos que no escapa a la retórica del realismo mágico, sobre todo la que apareciera con Juan Carlos Onetti y la animación de sus personajes, con Miguel Ángel Asturias en su El Señor Presidente (1946), cuando con prosa anacolútica reproduce los efectos sonoros de la realidad, lo que algunos críticos consideran de efecto onomatopéyico. Y las parataxis y el asíndeton, que tan bien maneja el autor de Cien años de soledad (1967), están en El delirio de Turing. Desde luego que Paz Soldán procura diversificar sus recursos, siempre en procura de una renovación, aunque sus ámbitos son los mismos. Su lenguaje no puede dejar de ser mágico, tampoco puede apartarse de la realidad, así sea urbana.

En El delirio…, quiéralo o no, delira y juega como lo hace cualquier modelo del boom: “Mi nombre es Albert. Nací…Hace. Muy. Poco. Nunca nací… No tengo memoria de un principio. Soy algo que ocurre. Que siempre está ocurriendo… Que siempre ocurrirá. Soy. Un. Hombre. Consumido. Y. Terroso… Ojos. Grises… Barba. Gris…” etc., que se constituyen en proposiciones hipotáxicas que también están en la obras de Alejo Carpentier, sobre todo en El acoso (1956), al reproducir los arpegios de la Sinfonía Heroica de Beethoven, y están en muchos pasajes de Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo. Además, Paz Soldán anima sus novelas en un mismo escenario: Río Fugitivo que, si bien lo coloca en la línea de Santa María, de Onetti, también lo aproxima al Macondo de García Márquez. Entonces, ¿será posible que con la globalización se pueda desincronizar con la realidad local para ser más universales? ¿Qué tal si Homero, siendo griego, en vez de cantar la guerra de Troya lo hubiera hecho sobre los lances épicos de los egipcios o de los chinos? Si se quiere un modelo, precisamente Homero es el de todos, al menos en el mundo occidental. ¿Y qué tal Cervantes? ¿Qué narrador no anhela estar cerca del Quijote?

Fuente: www.laprensa.com.bo


Charlando con Ana María Cabanellas, reina del mundo editorial

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Ella gobierna el mundo editorial
Por: Marcelo Suárez Ramírez

La publicación de libros en Latinoamérica se encuentra en un muy buen momento, pese al auge de la piratería. Así lo afirma la argentina Ana María Cabanellas, la primera mujer en ser presidenta de la Unión Internacional de Editores (UIE), entidad que desde 1896 representa los intereses de las cámaras editoriales de todo el mundo. Cabanellas destacó el fenómeno de que en la región cada vez se imprimen más títulos, aunque con tiradas menores.

- ¿Cuál es la función de la Unión Internacional de Editores?
- La UIE es una entidad que agrupa a las cámaras del libro de todo el mundo. Casi todos los países tienen una cámara del libro, que son nuestras asociadas; como dijo Alfonso Cortez, somos la FIFA del libro. Nosotros también representamos a los editores ante organizaciones como la Unesco y la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual. Asimismo, hay cada vez más instituciones internacionales que se ocupan de la problemática del libro, por ejemplo, la Organización Mundial del Trabajo y la Organización Mundial del Comercio, con las que nosotros coordinamos nuestras tareas.
- ¿Hasta qué punto les corresponde atender la problemática específica del sector?
- Dependiendo de los casos. Yo, por ejemplo, no puedo ir a Chile y decirle al Gobierno que retire el IVA del 17%; yo necesito que la Cámara Chilena del Libro nos diga: “No queremos ese IVA, ayúdennos”. Entonces nosotros podemos buscar documentación y poner como ejemplo otros casos, como el de Suecia, donde cobraban un 28% de impuestos, pero después lo bajaron 16 puntos, lo que causó que la venta de libros también suba un 16%.
- El impuesto del 13% que se cobra en Bolivia es una de las principales quejas de los libreros…
- De acuerdo, están en su derecho porque eso se convierte en un obstáculo para su trabajo desde el momento en el que entra un libro y tienen que pagar ese porcentaje sobre el monto de la factura. De ahí resulta el encarecimiento del libro importado.
- ¿Cómo está la realidad del mercado editorial latinoamericano?
- Actualmente hay muchas amenazas para la propiedad intelectual. Hay un criterio de que todo lo que está en Internet es gratis. Hay mucha piratería editorial y no me refiero sólo a esa piratería de un libro igual a otro libro. A las fotocopias hay que sumar los libros que se copian en un CD-Rom y se venden en un puesto de la calle a un precio que sólo es el doble del costo del CD vacío.
No obstante, también hay un crecimiento muy significativo del mercado editorial latinoamericano, pues la mayoría de los países han aumentado en número de editoriales. Si bien en un momento parecía que disminuían por las fusiones entre ellas, paralelamente fueron apareciendo otras. Asimismo, el mercado ha crecido mucho en cuanto a la diversidad, y eso se ve en los registros del ISBN, que es un número que tienen todos los libros, lo que permite comercializarlos y determinar dónde ha sido editado y con cuántos ejemplares.
- Se ha comprobado que el soporte papel y el electrónico son compatibles. ¿Cuáles son las ventajas y los obstáculos?
- Yo no hago una diferencia entre el libro electrónico y en papel. El libro es libro siempre y cuando esté hecho por un escritor, con su respectivo editor y tenga su número de ISBN. Claro que no todos los escritores y editores están dispuestos a publicar en soporte electrónico. Podemos decir que la digitalización le ha traído al mundo editorial grandes ventajas: la rapidez con que se hacen los libros, la facilidad para armarlos, para corregirlos, etc. Por otro lado, la digitalización conlleva una serie de peligros relacionados con la facilidad con la que los libros se pueden copiar.
- ¿Qué es necesario para que una editorial se mantenga?
- Lo importante es que exista el reconocimiento que se logra gracias a la solvencia intelectual de la editorial. Es saber que si compro un libro no me van a vender papel pintado, que la redacción va a ser buena; en síntesis, un trabajo hecho con respeto hacia el usuario.
- ¿Qué acciones ha desarrollado la UIE para luchar contra la piratería en el continente?
- Permanentemente estamos buscando la forma de acabar con este mal, pero el problema es que se trata de mafias a nivel continental. A eso se le debe añadir la falta de conciencia de las autoridades, que no ven el daño que hace la piratería en nuestros países. Recuerdo una vez que en La Paz, el secretario de Cultura de la Alcaldía dijo que se podían piratear los libros de autores extranjeros pero no así los de autores nacionales. Eso es una falta de respeto, no creo que les guste que en Argentina pirateen libros de autores bolivianos. El problema es de educación, hay que educar al público, al librero, al juez, al fiscal; todo el mundo debe darse cuenta del mal que causa la piratería.

Perfil

Abogada ligada a los libros
Ana María Cabanellas nació en Buenos Aires. Es abogada y escribana, egresada de la Universidad de Buenos Aires. Fue socia fundadora de Editorial Heliasta S.R.L., empresa de carácter familiar que en 1978 adquirió Editorial Claridad S.A, de la que es presidenta desde 1983.
Desde 1989 trabajó en el ámbito gremial empresario editorial donde ha ejercido diversos cargos. Fue miembro del comité ejecutivo de la Cámara Argentina entre 1989 y 1993. En 2000 presidió el comité organizador del 26º Congreso de la Unión Internacional de Editores y en el periodo 2001-2003 integró el comité ejecutivo, cargo que conservó en 2004. Fue miembro del comité ejecutivo de la Asociación de Derechos Intelectuales en 1990.
De 1993 a 2003 se desempeñó como integrante del comité organizador de las Jornadas de Profesionales en la Fundación El Libro; en 2002 presidió el Comité de Relaciones Internacionales de la misma institución y el comité organizador de las Jornadas de Profesionales en 2003. Integró la Unión Internacional de Editores entre 1996 y 2000 en representación de Argentina, país organizador del congreso de esa entidad, de la que, a su vez, fue vicepresidenta entre 2000 y 2004 y presidente en la actualidad.

Fuente: http://www.eldeber.com.bo/brujula/2008-06-14/nota.php?id=080613211609




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