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NUEVA NARRATIVA BOLIVIANA



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Miguel Lundin Peredo: un brucolaco andino en Halland
Por: Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Los niños de los vecinos chillan con una estridencia que jamás alcanzará ninguna ciencia-ficción. Y ya que hablamos de monstruos, de seres que pueblan a veces -como hoy- la realidad, y otras se agitan en sueños, vale la pena referirse a un creador onírico-concreto de ellos, a una novedosa síntesis de modernidad y tradición, de tierra y universo, de afición literaria y de libertad de creación: Miguel Lundin Peredo.
Ayde Mori canta Jarnana, tradicional balcánico. Ello para poner énfasis en algo que abunda en la creación lúndica: misterio, suspenso, la convergencia de los negros caballeros medievales de Walter Scott -luego de Tolkien- con Hellboy.
No me mueve ánimo de ser visionario que somete a la posteridad la verdad de sus aseveraciones, dudosas con más, incluso para mí. Llanamente deseo hablar de la obra de un joven escritor boliviano, radicado en Suecia, para quien quizá esa lejanía ha sido fructífera, aliviándolo del virus pagano de mediocridad que impera en el país, y que sociólogos y críticos deberán desnudar y hallarle teórica solución a corto plazo.
No me refiero a que en Bolivia no haya buenos escritores. Los hay, contados pero existen. Y aquellos que pudieran ser mejores, crecer en un arte que no sólo es inspiración sino trabajo (remontándonos al viejo Wilde), son atenazados por la desidia alrededor que se extiende como lodo sobre el panorama nacional.
Lundin Peredo, dichoso él, escapó de las garras de un malhechor que él mismo podría haber inventado: macabro demonio antiletrado que se alimenta de las buenas páginas de los manuscritos de los oscuros, ignotos, aindiados autores. Demonio que se escuda en la tradición, en el racismo, en las faldas de la abuelita y la tiíta, del profesor y del fraile (padrecito), en las botas hediondas del ejército y en la malsana mezquindad que nos caracteriza. A Dios gracias (Dios ha muerto) vive en la región de Halland, Suecia, y añora aquel bello y maldito polvo que recordamos todos, la multifacética Bolivia cuyo único error y mal destino fue parirnos -a nosotros, bolivianos-. En Halland, Lundin Peredo remonta su imaginación al rincón “perdido” y la suma a la amplia gama de sus lecturas como a su ajeno a medias) entorno, para dar lugar a una auténtica originalidad que tiene que ser provechosa para animar la caducidad de nuestras letras. Al decir caducidad no me refiero a los temas, que muchos tenemos y muy ricos, más bien a la falta de entereza para hallar un camino propio, una literatura verdaderamente nacional, así hable, como en el caso de Miguel, de atormentados vampiros o de mutantes duales, caso Mature Tinku Fighter, Kosovo Orchid, Araña Argentina, Veneno Lúndico, todos personajes de una irrepochable y ambiciosa galería de seres que alternan ambos mundos, todos los mundos como su progenitor.
Miguel Lundin Peredo no apuesta por la imitación, intenta abrirse por un paso cerrado en artificio; representa de manera genuina su juventud (nace en 1983, en Santa Cruz). Generación que crece bajo el augurio de la tecnología, cuyos márgenes desbordan en lo extenso como en lo intenso, con una búsqueda particular de asociar lo antiguo, hasta lo mítico, con la pantalla del computador, con una contemporaneidad avasallante. Es el tiempo, aunque lo fue también para nosotros, del comic, de la televisión, de la animación por computadora cada vez más sofisticada, de la explosión del cine como fenómeno de masas, y de la asunción de éste como parte del erario personal y casero a través del video y del DVD. Epoca que rescata a Leónidas y sus espartanos y adapta su historia a una estilizada y notable cinta (300), producto de alta tecnología. Ello no descalifica a los griegos clásicos y se puede continuar leyendo a Eurípides, o a Jenofonte, o acerca de las Termópilas sin desapreciar los productos artísticos de hoy.
Miguel Lundin Peredo inventa (crea, imagina) el Realismo Lúndico (una variación de su apellido), que sin descartar lo mágico penetra en las ansiedades y deseos ocultos del individuo; en la antesala donde el sueño y lo cotidiano se entremezclan, en un espacio donde la violencia ha establecido raíces y donde se disputa la eterna brega entre el Bien y el Mal.
Heredero de Mad Max y de Belphégor, el fantasma del Louvre que se remonta al asirio Baal-Peor; del cine extraordinario de Delicatessen o La Cité des enfants perdus; de Vidocq y la narrativa fílmica de Guillermo del Toro, Miguel Angel Lundin propone, por primera vez en nuestras letras, una auténtica universalidad, que junto a la herencia de Tolkien o C.S. Lewis ¿Poe?, Stephen King, entre otros, debe también su notable intención al ancestro autóctono, urbano y creativo de autores como Víctor Hugo Viscarra, sito en la extraña ciudad de La Paz (Olympuscollo en la obra de Lundin), donde “la realidad es más macabra que la fantasía” (lo diría él).
Fuente: www.ecdotica.com



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