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La toma del Manuscrito de Sebastián Antezana, obra ganadora del Premio Nacional de Novela



Sebastián Antezana, el buen mentiroso
Son muchas las novelas dentro de la historia de la literatura boliviana que, pese a su enorme y notable calidad, fueron excluidas del circuito oficial de las más conocidas o bien de aquellas que deben ser leídas sí o sí. Un ejemplo claro de lo que les estoy hablando es Rodolfo el descreído, de David Villazón S. Aquélla apareció hace muchos años ya en medio del fragor ideológico que significó la culminación de la guerra del Chaco. Publicada en 1938 Rodolfo el descreído hace algo que, hasta ese momento (y tengo la impresión que hasta ahora), la novelística boliviana había pasado de largo o se había rehusado hacer: emplear el humor. Rodolfo el descreído es una novela humorística sobre la guerra del Chaco. Algo raro, claro, pues imagínense una obra de esas características en medio de otras llenas de dolor, sufrimiento, patriotismo y uno que otro Rambo boliviano en medio (que me perdone mi abuelo por estas palabras); y encima, Villazón, el autor, utilizó ciertas técnicas muy adelantadas para su época. Por ejemplo, colocar dentro de la misma fotografías, o dibujos que reflejaban la disposición de las tropas o el cuadro sentimental (a modo de estadísticas) del su personaje central.
Ya sé que muchos de ustedes se preguntarán ¿y qué tiene que ver esa novela con el libro del Sebastián?
A primera vista, obviamente, nada. Son dos autores separados por décadas de distancia, son generaciones, diríamos, contrapuestas. Los dos están a ambos costados de la mesa. Sin embargo, tengo la impresión (y ojo que es sólo una percepción personal) que ambos autores hicieron algo que la historia de la literatura boliviana deberá agradecerles en algún momento: patearon el tablero, acto que ya es una excentricidad en nuestras letras; Villazón en 1938 y el Sebastián (perdón Sebas, pero no puedo decirte Antezana a secas) en 2008. Setenta años si no me fallan mis pésimas matemáticas para hallar algo diferente, distinto, una bocanada de aire fresco, sí, aunque parezca extraño. La toma del manuscrito es una novela que viene a romper con una tradición pétrea, monolítica al estilo Tihuanacota, con la que los lectores y lectoras bolivianas nos topamos todo el tiempo. El Sebas, de esa forma, se viene a unir a esa renovación generacional en las letras bolivianas tan necesaria y tan fundamental y esperada desde hace tantos años atrás, y quién quita y es una de las muestras más originales de la misma.
Ya sabrán ustedes que la novela premiada no transcurre en Bolivia. Pero bueno, claro que eso no es algo que se haya hecho por primera vez. Recuerdo, por ejemplo, Fin de semana de Juan de Recacoechea o Este lado del mundo de Gonzalo Lema o si queremos algo más reciente La doncella del Barón Cementerio, de Eduardo Scott Moreno, y de hecho la propia Rodolfo el descreído, pues una parte transcurre en París. Sin embargo, ése no es el único mérito de La toma del manuscrito, la novela no se queda sólo en eso: también está presente, y lo digo con énfasis para que me crean, la magnífica capacidad técnica de su autor. La estructura de la novela del Sebastián es impresionante, pues parece haber sido construida con la sabiduría de un escritor de los más experimentados (el Sebas tiene sólo 25 años a la fecha). En este sentido, no existen resquicios, lagunas o bien huecos que podamos señalar como errores… o quizá sí, pero el talento del Sebas hace que las mismas pasen desapercibidas y que encima nos creamos que son parte integral de la historia. El Sebastián, con esta novela, nos ha demostrado que es un gran mentiroso, ojo familiares y amigos del premiado, esto no es un insulto, así que no se enojen o quieran saldar cuentas; digo que es un buen mentiroso como debe serlo todo buen novelista. Una novela, al fin y al cabo, es una mentira y el premiado de este año ha entendido eso a la perfección. Es por eso precisamente que La toma del manuscrito es una novela creíble de principio a fin, es una novela imposible de dejar de lado; entre otras cosas Sebastián Antezana, el buen mentiroso, es un escritor con una formidable imaginación, capaz por eso de crear exquisitos e inolvidables personajes. Algo que, desde mi punto de vista, otro es otro pilar fundamental de una buena novela. Ya la leerán ustedes, pero por lo pronto, antes de desembolsar la marmaja para tal fin, me gustaría leerles unas cuantas palabras del libro La verdad de las mentiras, de Mario Vargas Llosa y que creo que le vienen como anillo al dedo a lo que quiero decir, cito: …los fraudes, embaucos y exageraciones de la literatura narrativa sirven para expresar verdades profundas e inquietantes que sólo de esa manera sesgada ven la luz. Una yapa imprescindible del libro que nos convoca esta noche es la creación o recreación de singulares personajes, que como hace explícito Vargas Llosa, no verían la luz si no fuera gracias a la literatura, a la buena literatura y gracias a ellos a esas verdades profundas e inquietantes que sólo de esa manera sesgada ven la luz. Pienso en este punto, por ejemplo, en algunos de esos personajes que me llamaron la atención y que dejan expresas esas verdades profundas e inquietantes: el amor-odio de los hermanos Ito o la eterna presencia fantasmal y deprimente de Erica Loza, la cual, dicho sea de paso, es la única boliviana que aparece en el libro.
Quiero terminar con una fabulación. ¿Qué habría dicho, o diría si es que aún vive, David Villazón S., el autor de Rodolfo el descreído acerca de La toma del manuscrito? Sin duda la vería como una sonrisa en labios, con mucha simpatía pues de cierta manera su novela y la del Sebas se parecen bastante. Sin embargo, la gran diferencia radica en que a La toma del manuscrito le irá mejor que a Rodolfo el descreído, eso sin duda, estoy completamente seguro que no será una novela que pase desapercibida; las letras bolivianas, por lo tanto, deben estar de plácemes este año, esta noche, pues un nuevo autor de peso y calidad ha llegado para quedarse.
Fuente: Ecdótica



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