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Dislexia y latinoamericanidad



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Dislexia y latinoamericanidad
Por: Giovanna Rivero Santa Cruz

Como tentáculos de un sistema-pulpo literario, cada libro de Roberto Bolaño remite a otro, imitando los procedimientos del destino y la causalidad. Así, meterse con Los detectives salvajes (1998), Amuleto (1999) o con 2666 (2004) es instaurar en la base del cerebro o el centro del estómago la necesidad, imperiosa, lógica, sibilante, de leer Entre paréntesis (2004), la compilación de Anagrama de sus ensayos publicados en diversos periódicos hispanoamericanos, antes, durante y después de la escritura de sus novelas. Esa gigantesca metáfora rizomática –un progresivo palimpsesto- que es cada una de sus historias sólo puede ser abordada de a poco, fragmentariamente, con humildad de taxidermista, pero de taxidermista fetichista y eufórica, que sería mi caso.

Digo, pues, que esa lectura vinculada de antemano, en un origen dulcemente siniestro, por su creador, se torna didáctica, justa y necesaria en vista de que ayuda a corroborar algunas hipótesis en relación a la veta ensayística –veta, no; vena, espíritu, inteligencia- de Roberto Bolaño respecto a temas tan interesantes como la latinoamericanidad en estos tiempos de crisis. En las dos primeras parte del libro Entre paréntesis, tituladas “Tres discursos insufribles” y “Fragmentos de un regreso al país natal”, Bolaño se ocupa del tema del exilio para postular una patria latinoamericana en “movimiento permanente”. Para Bolaño, “exiliarse no es desaparecer sino empequeñecerse, ir reduciéndose lentamente o de manera vertiginosa hasta alcanzar la altura verdadera, la altura real del ser” (49). La poética bolañiana, desaparecer, convertirse en un fantasma, cobra aquí una fuerza política de resistencia ante/contra la institucionalidad de los países que (bajo el modelo norteamericano) pretenden del hombre una membresía de ciudadano, la pertenencia a un club, y no de sótano ni de pelea. Bolaño propone, en esa onda, descarnarse, desapegarse, despegar.

La identidad como un equipaje monolítico que se llevaría, impoluto, a través de los aeropuertos del mundo es un lastre con el que definitivamente Roberto Bolaño no está de acuerdo. Si hacemos dialogar sus textos con el ensayo “La guagua aérea” del puertorriqueño Luis Rafael Sánchez, encontraremos un importante factor de coincidencia: la naturaleza camaleónica del latinoamericano que aprendió a exiliarse en la segunda mitad del Siglo XX. Para Sánchez, sin embargo, la identidad “flotante” apenas se ha afectado o mixturado por los ires y venires de la aventura internacional. Su mirada es, en ese sentido, además de profundamente amorosa, poscolonial y nostálgica:
-¿De dónde es usted? Unos ojos rientes y una fuga de bonitos sonrojos le administran el rostro cuando me contesta –De Puerto Rico. Lo que me obliga a decirle, razonablemente espiritista- Eso lo ve hasta un ciego. Como me insatisface la malicia inocente que le abunda en el mirar, mirar de tal pureza que le hace cosquillas a mis ojos, añado, copiándole el patrón interrogador –Pero, ¿de qué pueblo de Puerto Rico? Con una naturalidad que asusta, equivalente a la sonrisa más triunfal de las marchas, la vecina de asiento me contesta –De Nueva York. (…) Es la reclamación legítima de un espacio furiosamente conquistado. ¡El espacio de una nación flotante entre dos puertos de contrabandear esperanzas! (21-22)

Para Bolaño, en cambio, la condición “móvil” del viajero es lo único que importa. Aprovecha el ensayo Literatura y exilio para dejar claro, de entrada, que no cree en el exilio, no cuando esa palabra va “junto a la palabra literatura”. Entonces, ¿qué sería el exilio? ¿Una mochilera teñida por todos los soles, un motoquero anfetamínico en una larga carretera Kerouac? Más que eso, diría Bolaño, porque se intuye tanto en sus novelas como en sus ensayos una batalla limpia y dura contra los espejismos de la nostalgia. El exilio sería el viaje, “sin ninguna intención de quedarse”, sin cursilerías; otra conceptualización implicaría una traicionera caída en la trampa de los nacionalismos. A todo nacionalismo o fundamentalismo –ahí los tenemos a Eva y Adán- le interesa hacer del exilio un instrumento de reafirmación, una rigurosa evangelización: “o conmigo o contra mí”, “o adentro o afuera”. Bolaño escribe:
“En fin, tenemos a Rubén Darío y tenemos a Alonso de Ercilla que son los cuatro grandes poetas chilenos, y tenemos lo primero que nos enseña el poema de Parra, es decir, que no tenemos ni a Darío ni a Ercilla, que no podemos apropiarnos de ellos, sólo leerlos (…) La segunda enseñanza del poema de Parra es que el nacionalismo es nefasto y cae por su propio peso (…) Y la tercera enseñanza es que probablemente nuestros dos mejores poetas, los dos mejores poetas chilenos, fueron un español y un nicaragüense que pasaron por esas tierras australes, uno como soldado y persona de gran curiosidad intelectual, el otro como emigrante, como un joven sin dinero pero dispuesto a labrarse un nombre, ambos sin ninguna intención de quedarse (…) simplemente dos personas, dos viajeros” (Entre paréntesis 46).

Intenta entonces Bolaño reubicar las sobreexplotadas connotaciones de la definición exilio latinoamericano como un factor central y finisecular de la identidad latinoamericana, restándole ese gesto serio, y a veces soberbio o culposo, que aparece con frecuencia en los rostros de los exiliados (no importa, aclara Bolaño, si voluntariamente exiliados). Bolaño no banaliza la idea del exilio, o de la latinoamericanidad vivida físicamente lejos de Latinoamérica, pero la rescata, por gracia de la anarquía del humor, de los filtros sublimes de la nostalgia y la propone, diríamos, como un accidente: “En ocasiones el exilio se reduce a que los chilenos me digan que hablo como un español, los mexicanos me digan que hablo como un chileno y los españoles me digan que hablo como un argentino: una cuestión de acento” (53).

Es justamente el humor lo que lo distancia de los territorios estéticos de Octavio Paz, mucho más solemne y preocupado, con quien, sin embargo, comparte la percepción de que México, el surrealista por excelencia, es un país de fantasmas que ha dejado atrás las crisis de identidad. (Los fantasmas tienen otros conflictos). Pensar apresuradamente que México ya no tiene líos frente al espejo por un exceso de pragmatismo o una evolución del autismo al nihilismo no nos conduce a nada. Comparemos más bien las imágenes que, alternativamente, ofrecen Octavio Paz desde el ensayo puro, en El laberinto de la soledad (1993), y Roberto Bolaño desde el ensayo sucio, en Entre paréntesis y en fragmentos publicados en Bolaño por sí mismo (2006):

La historia de México es la del hombre que busca su filiación, su origen. Sucesivamente afrancesado, hispanista, indigenista, “pocho”, cruza la historia como un cometa de jade que de vez en cuando relampaguea. En su excéntrica carrera ¿qué persigue? Va tras su catástrofe: quiere volver a ver el sol, volver al centro de la vida de donde un día -¿en la Conquista o en la Independencia?- fue desprendido. (Pag. 41)

En aquella época (1968) Ciudad de México tenía catorce millones de habitantes y era un planeta aparte, era la ciudad donde todo podía suceder. Para mí fue cambiar el potrero por la metrópolis porque en Chile yo era de pueblo… (…) Lo primero que me pasó el primer día de colegio en México, es que un tipo me desafió a pelear, sin que hubiéramos cruzado ni media palabra, sólo por ser yo chileno. (Bolaño por sí mismo 56). Por entonces el DF era para mí como la Frontera, ese vasto territorio inexistente en donde la libertad y las metamorfosis constituían el espectáculo de cada día. (Entre Paréntesis 52)

Lo que Paz ve como una catástrofe: el obsesivo encubrimiento de una identidad esencial a través de las máscaras, Bolaño percibe como metamorfosis y libertad: no hay esencialismo, sólo deseo de ser, sin la pesada carga de lo que se era o de lo que se habrá de ser. Por ejemplo y a modo de paralelismo, refiriéndose a los exiliados “bizarros” de allá para acá, Bolaño escribe:
Pero es que Argentina, además de un país, es, o al menos era, una estación de paso de inmigrantes. Una fábrica de inmigrantes (…) Gombrowicz supo ver en Argentina esa cualidad del exilio y para el exilio: una tierra en donde la Forma se deshace constantemente, tierra no historiada, es decir tierra abierta a la libertad y a la inmadurez. (54)

Es imprescindible, para Bolaño, que la identidad no se constituya en un obstáculo, en una institución abstracta pero pesada como un bloque de hielo, para la expansión del artista. Sobre esa expansión que necesita del movimiento perpetuo, del tránsito, Juan Villoro escribe en el prólogo a Bolaño por sí mismo: “Se servía de expresiones de Chile, México, España, y de ciertos giros catalanes, pero su voz representaba el país de una persona. El acento movedizo permitía saber dónde había estado y ocultaba adónde iba”. (12).

Es cierto también que Bolaño encara el problema de la latinoamericanidad –si es que en algún momento es un “problema”, pero bueno, un problema epistemológicamente hablando- desde el ser artista. Este factor, el ser artista, impregna el discurso bolañiano de otra ética, ligeramente distinta a la ética de Octavio Paz, que más bien se concentra en los otros, los que no son como él y a quienes trata de comprender, pero no son como él no sólo por variables terrenales –status, educación, esas cosas- sino porque se han fugado del centro de la identidad. Así, cuando Paz indaga en la condición folk del “pachuco” no puede evitar el sesgo burgués del reclamo, de la autolesión en el ego nacional. Entonces, delinea la antropología del “pachuco” como uno de los extremos, indeseables, de la mexicanidad, identidad siempre en fuga:
Este estado de espíritu –o de ausencia de espíritu- ha engendrado lo que se ha dado en llamar el “pachuco”, vocablo de incierta filiación, que dice nada y dice todo (…) No reivindican su raza ni la nacionalidad de sus antepasados. A pesar de que su actitud revela una obstinada y casi fanática voluntad de ser, esa voluntad no afirma nada concreto sino la decisión –ambigua, como se verá- de no ser como los otros que los rodean. (35)
Desde su esquina del ring, Roberto Bolaño insiste en narrar el destino mexicano-literario a través de la suerte Mario Santiago Papasquiaro, poeta mexicano que, como no podía ser de otra manera, y expulsado de Austria, país al que nunca perteneció, pero no importa, debía (lo hizo) morir en México, sin papeles que atestiguaran su ciudadanía, técnica perfeccionada del exilio posmoderno. :
Mientras Mario se daba a la muerte, tirado y solo en una calle nocturna de uno de los barrios periféricos de México Distrito Federal, una ciudad que en algún momento de su historia se asemejó al paraíso y que hoy se asemeja al infierno, pero no un infierno cualquiera sino el infierno especial de los hermanos Marx, el infierno de Guy Debord, el infierno de Sam Peckinpah, es decir un infierno singular en grado extremo, y allí murió Mario, como mueren los poetas, sumido en la inconsciencia y sin papeles…(42)

Mientras Octavio Paz habla de alienación –una mexicanidad lastimada casi por propia voluntad-, Bolaño habla de “extranjería” –un chileno que sin dejar de ser chileno se convierte acumulativamente en un mexicano y en un español, y que no podrá ya volver a ser chileno sin ser español o mexicano, o lo que es más: es imposible a estas alturas de la historia ser español sin ser un poco o un mucho mexicano; ser universal es ser latinoamericano, de México- y ahí reside la principal diferencia entre las aproximaciones de estos dos escritores a la nueva ciudadanía del hombre o la mujer que deja su patria.

La insistencia en conectar Bolaño con Octavio Paz no responde a la coyuntura bibliográfica oportunista, o no únicamente a esas intenciones, sino al deseo de establecer una lectura en respuesta a algunos signos encontrados en la obra de Roberto Bolaño. Por ejemplo, en Los detectives salvajes leemos el testimonio de Clarita, la secretaria de Octavio Paz, quien en cierta ocasión acompañó a su jefe –según ficciona Bolaño- a Parque Hundido, donde lo único que hizo fue dar vueltas, solito, en espiral. De pronto aparece Ulises Lima, el poeta realvisceralista, es decir surrealista, es decir ultraísta y revolucionario, es decir estridentista, que “también caminaba en círculos y sus pasos seguían la misma senda, sólo que en sentido contrario” (505). Pues bien, esto es exactamente lo que hace el poeta realvisceralista Roberto Bolaño, ir en el sentido contrario de Paz: no sólo asumir que puede incorporar a su discurso la distinguida universalidad de la cultura clásica sin mellar su mexicanidad, sino incorporar la universalidad de la mexicanidad a la en ocasiones provinciana y, por ello, nacionalista cultura clásica oficial.

“El concepto de “tierra extraña” (así como el de “tierra propia”) presenta algunas lagunas, abre nuevas interrogantes. ¿La “tierra extraña” es una realidad objetiva, geográfica, o más bien una construcción mental en movimiento permanente?” (49), se pregunta Bolaño en el ensayo Exilios que figura en la segunda parte de Entre paréntesis. Antes, Octavio Paz ha clausurado la posibilidad de que el “pachuco” trascienda su condición de fantasma a la de una forma de la mexicanidad igual de legítima que otras más hegemónicas, como por ejemplo la que acaricia Carlos Monsiváis para Gloria Trevi, que dentro de su irresistible vulgaridad es encabronadamente mexicana. Pero el “pachuco” no; él ya se ha rajado de lo mexicano. Quién dice y Octavio Paz recibió una diferente irradiación del surrealismo; quiero decir, sí escribió en el tono del surrealismo, pero lo abordaba del modo en que los antropólogos abordan los mitos: no siempre con fe. Paz celebra el imaginario mexicano -no cabe duda- pero no termina él mismo de incorporarlo a la definición y descripción de la existencia ordinaria, con la espontaneidad de un niño. “La mentada de madre” que supone El laberinto de la soledad lo condujo a realizar una segunda versión, pues, cómo él apunta: “ya era visible que habíamos pasado el período activo de la Revolución mexicana. Estábamos en pleno régimen institucionalista, en esta paradoja de la revolución petrificada” (304). La titánica tarea de atrapar al pachuco en una imagen pétrea, coherente con la idea fija que es México fue uno de los riesgos inmensos que corrió Paz. Algunos dijeron que había escrito “contra México” (305), pero en realidad se trataba de un libro sobre la contradicción. Al insistir en la filiación de la otredad, insiste, de algún modo, en la distancia, en el abismo. De modo que cuando apunta:
El pachuco es un clown impasible y siniestro, que no intenta hacer reír y que procura aterrorizar. Esta actitud sádica se alía a un deseo de autohumillación, que me parece constituir el fondo mismo de su carácter: sabe que sobresalir es peligroso y que su conducta irrita a la sociedad; no importa, busca, atrae la persecución y el escándalo. Sólo así podrá establecer una relación más viva con la sociedad que provoca: víctima, podrá ocupar un puesto en ese mundo que hasta hace poco lo ignoraba; delincuente, será uno de sus héroes malditos. (37).

Sigue percibiendo el más profundo y sublime de los Méxicos, ahora enajenado por el pachuco, esa especie de híbrido alienígena que representa una herida para el verdadero México. ¿Por qué duele esa sinécdoque? ¿No bastaría con permitir que el pachuco se largue, jamás regrese, se interne en la soledad del abstracto, de número de seguridad social norteamericano, o ya de plano, en el abstracto de la ilegalidad? Tal vez porque el pachuco, mutante más que caricatura, es la metáfora más deliciosa del ser fronterizo, rasgo sin el cual México no sería México. Paz nos dice todo eso, sí, también, y con cierta ternura, en efecto, mas “protegido” y un pelín “asqueado” por/de la famosa “otredad”. Como sea, practicó “la veneración y la transgresión”- y en sus meras palabras- la “falta de respeto al objeto amado”.

Bolaño, en contrapartida, ofrece un México no menos inventado, es decir, ni más ni menos verdadero que el que han abandonado los pachucos, el que nos ha contado Televisa o ése abstracto e intelectual de Paz, pero más cercano y entrañable, o quizás no, quizás sólo más comprensible para el latinoamericano de hoy. No es gratuito que en sus historias los meros mexicanos sean extranjeros, como la uruguaya Auxilio Lacouture, madre de la poesía mexicana en la novela Amuleto, o como el chileno Arturo Belano, de Los detectives salvajes, que funda el movimiento del real visceralismo y se cree Breton, y por creerse Breton aplica la técnica de la expulsión, es decir, del exilio artístico. La provocación de fondo parece susurrar que hay que mexicanizarse para alcanzar la plena latinoamericanidad, la cual a su vez sería una especie de movimiento político. La explicación bolañiana es, como lo sospechábamos, surrealista:
Bajo mi dislexia acaso se esconda un método, un método semiótico bastardo o grafológico o metasintáctico o fonemático o simplemente un método poético, y que la verdad de la verdad es que Caracas es la capital de Colombia así como Bogotá es la capital de Venezuela, de la misma manera que Bolívar, que es venezolano muere en Colombia, que también es Venezuela y México y Chile. (Por sí mismo 34)

Si la dislexia es una “incapacidad total o parcial para comprender lo que se lee” (www.rae.es), estamos entonces, además, ante una denuncia de las verdades violentas, ésas que se instauran como inamovibles, cubiertas de canon y literatura oficial. Pero si además esa incapacidad es “producida por una lesión cerebral”, hablamos de fuerzas físicamente más siniestras, cuando no de destino, de accidente, de dictaduras o mala suerte. Por suerte, la dislexia no afecta la inteligencia y, en compensación, desafía los tradicionales caminos de la memoria, obligando al disléxico a imaginar, a establecer nuevas conexiones, a dudar de lo que ve. En este sentido, la dislexia de Bolaño tiene un fondo borgiano, ya que no necesita de los camellos, de la verdad de los camellos, para comprender y aceptar la autenticidad árabe del Alcorán o para aceptar y comprender la oscuridad, la parte que no se ve de los signos y que sólo siendo disléxico es posible intuir.

En fin, que la dislexia poética de Bolaño le permite distinguir, de entre la masa, al individuo: el viajero, transportándose con su biblioteca mental y algunos remordimientos hacia la gran patria. Enfatizo la idea de individuo pues uno de los rasgos que hace de Roberto Bolaño una voz nítida en medio del rumor es su insistencia en la acción individual –el anonimato es otra cosa- como aquélla que define y engendra la historia. No es una latinoamericanidad fragmentada, vaciada o enferma de “pachuquez” la que dibuja en Entre paréntesis, sino una que se ha diseminado y, ¿por qué no?, disipado (con todas las connotaciones que el término evoca) en un viaje de búsqueda, en ese singular genoma que desarrolla el transterrado. Tampoco la visión de Bolaño es menos romántica que la de Martí, la del Che o la de Emerson; sólo que es mucho, muchísimo más apocalíptica; es una nueva hermenéutica de la utopía.

Obras citadas

Bolaño por sí mismo. Ed. Andrés Braithwaite. Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2006.
Bolaño, Roberto. Entre paréntesis. Barcelona: Anagrama, 2004.
—. Amuleto. Barcelona: Anagrama, 1999.
—. Los detectives salvajes. Barcelona: Anagrama, 1998.
Borges, Jorge Luis. “El escritor argentino y la tradición”. Discusión. Obras Completas. Buenos Aires:
Emecé, 1961.
Culler, Jonathan. Sobre la deconstrucción. Madrid: Cátedra, 1982.
Paz, Octavio. El laberinto de la soledad y otras obras. Barcelona: Penguin Books, 1993.
Real Academia Española de la Lengua. www.rae.es.
Sánchez, Luis Rafael. La guagua aérea. San Juan: Editorial Cultural, 1994.

Fuente: Ecdotica



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