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Un poco más acerca de La toma del manuscrito



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La novela de Sebastián Antezana
Por: Ramón Rocha Monroy

Recuerdo que Luis Espinal publicaba en la Editorial Don Bosco unos pequeños libros de iniciación al cine, en los cuales aprendí a quitarme algo de la ingenuidad con que antes veía una película. No olvido una lección básica: la importancia del encuadre, porque el fotograma es un rectángulo que abstrae muchas cosas del paso vertiginoso de la realidad, y entonces nada que aparezca en ese rectángulo es gratuito. Sobre esa base, pienso que la escritura es aun más subjetiva, porque transforma lo que vemos y sentimos en un estampado de palabras, que son la combinación de 28 signos abstractos, las letras. Por ello, nada de lo que expresamos de la vida en el acto de escribir debería ser gratuito.

Estos recuerdos se me presentaron al leer La toma del manuscrito, novela de Sebastián Antezana Quiroga, que recibió el Premio Nacional Alfaguara en su décima versión, porque está construida sobre el examen de una sucesión de fotografías de una expedición inglesa al lago Victoria, en África, con la solitaria presencia de una potosina en esa sucesión de personajes británicos y japoneses.

Construir personajes de ficción, darles vida y hacerlos verosímiles es un arte mayor. Ésa es la mayor virtud de la novela de Sebastián, pues la sucesión abigarrada y diversa de pequeñas biografías de los personajes de las fotografías agota al lector más ávido con sus astucias incesantes y me mueve a pensar que si todos esos personajes son inventados, este joven escritor es capaz de reescribir el Génesis.

Lo digo con alegría, porque es un joven creador, a quien auguro una larga trayectoria por la vía más despejada de la literatura. Esto porque en el dígito 2 de su vida usa con maestría recursos narrativos que han servido para construir obras inolvidables, como la enumeración, la conjetura y sobre todo la incertidumbre, que a cada paso frena al lector inocente y le advierte que Sebastián está jugando a escribir, y que lo que diga no puede confundirse con la realidad, sino con visiones subjetivas superpuestas, que se parecen más a los sueños que a lo que llamamos realidad real.

Las enumeraciones prolijas, las conjeturas y cavilaciones se suceden sin amago de literatura adrede y con un prurito meritorio por no cometer lugares comunes. Sebastián escribe en un lenguaje sobrio y preciso, utilizando una información que nos habla de un escritor culto, leído y trabajado (iba a decir raro para su edad, pero quizá lo es para toda edad).

Quizá algún lector suspicaz se extrañe al no encontrar en esta novela boliviana ninguna referencia principal al país, sólo la circunstancia de que uno de sus personajes es una mujer que nació y vivió brevemente aquí. A mi juicio, este no es un demérito pero tampoco un mérito. Es, y punto, porque Sebastián decidió construir así su novela. En lo que hay que fijarse es en su maestría narrativa poco común en los narradores jóvenes. Esto lo digo porque los poetas jóvenes han revolucionado la poesía (pienso en Rimbaud); en cambio, quizá no haya un paralelo en la narrativa, que afina sus recursos con la edad y el oficio; aunque en las aguas movedizas de la literatura siempre hay una excepción que jode la regla.

Fuente: Ecdótica



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