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Por qué me gustan las obras de ficción: H.C.F Mansilla



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Por qué me gustan las obras de ficción
Por: H. C. F. Mansilla

Sostengo que la literatura y las artes representan la forma más noble y elevada de la creación humana, la realmente perdurable, la única que merecería sobrevivir a la conclusión de nuestra historia sobre la Tierra. Los productos más importantes de la filosofía y las ciencias no alcanzan ese nivel de lo excelso y sublime propio del arte. La esfera de la literatura y las artes poseen una eminencia superior a las ciencias porque está vinculada con la verdadera inmortalidad. Para escribir un voluminoso tratado en ciencias sociales se requiere de disciplina y esfuerzo, de rigor y dedicación. Pero para componer un himno (en el sentido de la Antigüedad clásica), para crear una leyenda o para inventar una epopeya resulta indispensable un toque de inspiración casi divina: el haber sido, aunque sea por un instante, el favorito de las musas.

Dentro de los géneros literarios la novela es aquel que más me gusta. El largo y a veces enmarañado texto de una novela está sometido ciertamente a criterios estéticos más laxos que el cuento o la poesía. Se parece algo al ensayo y al panfleto porque se apoya en hipótesis extraliterarias y a menudo transmite experiencias razonadas e ideas sociales, políticas y filosóficas. Lo que más me impresiona de las grandes novelas es que irradian una visión coherente del mundo junto con los avatares particulares de individuos inconfundibles.

No hay duda de los progresos de la novelística latinoamericana en las últimas décadas. Y ello se debe no sólo al excelente dominio de técnicas literarias, sino también a la cosmovisión y a la mejor formación intelectual de los grandes autores. Las obras bolivianas de ficción van por ese camino promisorio. Curiosamente la novelística boliviana no ha incursionado todavía en una gran temática: la reconstrucción de pautas de comportamiento y valores de orientación de la vieja aristocracia terrateniente, normativas que corren el peligro de desaparecer de la memoria colectiva de la nación. Y si estos asuntos emergen en las novelas del país, lo hacen bajo la forma de la caricatura. Ayer y hoy la literatura boliviana ha celebrado otras cosas: la lucha de los explotados, la vida de los campesinos y mineros y las temáticas urbanas contemporáneas de las aborrecibles clases medias, es decir motivos que me parecen trillados y hasta tediosos. Sostengo que hay que recuperar algo que es valioso, precisamente porque la mayor parte de la sociedad boliviana se niega a reconocerlo como tal: las normas aristocráticas de comportamiento, el buen gusto formado en el hogar paterno, la elegancia que viene de generaciones, la distinción que requiere de siglos para consolidarse. Estos hábitos aristocráticos ─ que no tienen nada de oligárquicos ─ están contrapuestos a las horribles usanzas de los nuevos ricos contemporáneos y de las plutocracias mafiosas que nos gobiernan.

Una visión aristocrática del mundo (en cualquier parte del planeta y en todo periodo histórico) no tiene nada de reaccionaria: en política está vinculada a una ética estricta de servicio público, su estética tiene bases más sólidas (apoyadas por un depurado buen gusto que ha resistido el paso de los siglos y las edades), y su moral está anclada en un pesimismo fundamental que no excluye el amor al prójimo, la auto-ironía y la lucidez que brinda la consciencia de la propia debilidad.

Aunque admiro diversos estilos, tiempos y corrientes, tengo una pequeña predilección por las obras de la Antigüedad clásica, del Renacimiento y de la Ilustración. Me impresionó el ideal canonizado por Johannes Winckelmann: la belleza estaría contenida en las obras que se destacan por una grandeza silenciosa y una noble sencillez. La concisión, la claridad, la falta de afectación y la precisión fueron las características de los ensayistas, los enciclopedistas y de muchos novelistas franceses (hasta Prosper Merimée), antes de que la literatura de esta gran nación cayera en manos del fárrago postmodernista. En América Latina Jorge Luis Borges y Octavio Paz se consagraron a revitalizar una literatura similar a la elegancia ateniense, que es algo muy alejado de todo barroquismo, que ahora vuelve a tener la condición de una moda obligatoria.

He leído desde mi más tierna infancia obras de ficción de la proveniencia más diversa. Supongo, por ejemplo, que conozco todos los libros de Jules Verne. Numerosos géneros y autores me han emocionado. Sería largo y tedioso nombrarlos. Pero puedo dar algunos indicios: los himnos sumerios, los mitos babilónicos, las epopeyas y las tragedias griegas clásicas, los relatos árabes de aventuras, los dramas de William Shakespeare y Pedro Calderón de la Barca, la novela realista francesa y rusa (Honoré de Balzac, Stendhal, Fjodor M. Dostoevskij, el conde Lëv N. Tol’stoj), algunos escritores que conocieron por dentro el totalitarismo comunista y lo sufrieron en carne propia (Arthur Koestler, Manès Sperber, Ignazio Silone), el teatro de autores tan disímiles como Friedrich von Schiller, Oscar Wilde, Albert Camus, Jean Anouilh, Samuel Beckett y Eugène Ionesco, las novelas de Daniel Defoe, Joseph Roth, Thomas Mann, Max Frisch, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, las biografías de Stefan Zweig, los cuentos de Jorge Luis Borges. Y, naturalmente, algunos filósofos y ensayistas muy cercanos a la creación literaria, como el divino Platón, Michel de Montaigne, el duque de La Rochefoucauld, Voltaire, Hans Magnus Enzensberger, Octavio Paz. En suma: el canon occidental. El motivo primordial de esta elección es simple: la calidad y la profundidad de estas obras, perceptibles desde la primera página.

Fuente: Ecdótica



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